Capítulo 9

CANDY se acomodó mejor la compresa de hielo en la rodilla y revolvió los papeles que tenía en el regazo hasta dar con la página de las cosas por comprar. Tachó de la lista la furgoneta y revolvió los papeles otra vez hasta que encontró la página de las cosas por hacer. Apuntó que tenía que dar de alta a su furgoneta nueva y retrocedió de nuevo hasta la lista de las compras; tras observarla con detenimiento, se puso a pensar y tachó el ordenador.

Tenía que establecer prioridades, y en aquel preciso momento un ordenador no era importante. Un quad, sí. Dos cascos, sí. Ropa, ropa de abrigo para el invierno... Y anticonceptivos.

Se dio unos golpecitos con el lápiz en los labios y clavó la vista en el fuego, al tiempo que se preguntaba si habría un médico en Pine Creek. Llevaba sin tomar la píldora desde que cursaba la especialidad. Y tenía que buscar algo pronto, si es que había interpretado bien la mirada de Albert aquella tarde, cuando había accedido a tener una aventura con él.

Frunció el ceño; no lo imaginaba usando un preservativo. No porque fuera insensible o despreocupado, sino porque quizá los preservativos no encajaran con su concepto de vivir según las leyes de la naturaleza. Además, había tenido un hijo sin casarse, de modo que Candy decidió hacerse responsable de los anticonceptivos por los dos.

Volvió a mirar su lista de cosas por hacer. Ahora ya tenía una furgoneta, así que lo primero que haría al día siguiente sería ir a la oficina de correos a recoger el material para hacer joyas que se había enviado a sí misma. Y ya que estaba en el pueblo, seguiría el consejo de Ian y les preguntaría a los Dolan si alquilaban aquella tienda.

Sonrió para sí pensando en la suerte que tenía al contar con una estación de esquí por vecina. Le podría ir bien allí: calculó que en verano acudirían tantos turistas al hermoso lago Pine como en invierno a la montaña TarStone.

Quizá debía aprender a esquiar. Desde luego, lo que sí que iba a probar era llevar una motomeve. En el camino desde Bangor había visto varias tiendas de artículos deportivos y estaba deseando probar uno de aquellos vehículos de aspecto potente, líneas puras y colores vivos.

Parte de su nuevo plan de vida era vivir de forma un poquito más temeraria... Aunque no estúpida. Se pondría casco, recibiría las clases adecuadas, conduciría con prudencia y no saldría de los senderos indicados. Pero ya era hora de ampliar su mundo para abarcar algunas de las cosas más emocionantes de la vida.

¿Como, por ejemplo, tener una aventura amorosa con un sexy hombre de las montañas...? Caray, a Candy no se le ocurría nada más emocionante que revolver las sábanas con Albert Andrew.

Echó atrás la cabeza, la apoyó en el respaldo del sofá y cerró los ojos dando un suspiro. Le había ido bien el mantenerse ocupada aquellos últimos días, el evitar pensar en su problema...

Aunque, para ser justa, más bien era Albert Andrew el que había evitado que ella recordase lo ocurrido en el quirófano, hacía toda una vida.

Antes de marcharse de California le había dicho a su madre que preguntara discretamente por sus pacientes. Esther Brown y Jamie García habían salido del hospital aquel mismo día, y a ninguno de los dos se le notaban los efectos de su terrible experiencia.

No, era ella quien había salido herida.

No de forma mortal, aunque, desde luego, sí traumática.

Alzó la cabeza y bajó la mirada hasta la compresa de hielo que tenía sobre la rodilla. Si era verdad, si de verdad curaba a la gente sólo con la voluntad, ¿podría curarse a sí misma?

Y si podía, ¿debía hacerlo? ¿No era... poco ético o algo así? ¿Habría un código no escrito para personas como ella, que decía que no ejercieran consigo mismas?

Entonces, al tiempo que agitaba la mano sobre la rodilla como si fuera una varita mágica, dijo en voz alta:

—«Médica, cúrate a ti misma.»

—Así que, por lo visto, debería llamarte «doctora White»...

Candy saltó como un rayo del sofá, y su sorpresa estalló en un grito mientras daba la vuelta hacia el intruso.

Albert dio un respingo, pero no se movió.

—¡Maldita sea! —gritó ella, al tiempo que le lanzaba la compresa del hielo.

El se agachó a un lado y, tras dar en la pared, la compresa dejó escapar los cubitos de hielo, que se esparcieron por la habitación como vidrio hecho añicos.

El se enderezó con expresión resignada.

—¡Voy a cambiar la cerradura de la puerta!

—Eso no me detendrá.

—¡Me has dado un susto de muerte, Albert!

—Creí que a lo mejor lo de gritar era como el hipo: que un buen susto te curaba. —Sus facciones se endurecieron de repente—. Pero, por lo visto, ya intentabas curarte sola, doctora Candy White.

Ella se apresuró a desviar la mirada hacia el tercer botón de la camisa de Albert y se frotó las manos en los muslos tratando de calmar su acelerado corazón. Por fin, y con respiración temblorosa, tomó una decisión y alzó la vista para mirarlo a los ojos.

—En realidad, es «doctora Candice White».

El no cambió de postura... Pero sí de mirada: sus ojos se ensombrecieron, se entornaron y la atravesaron como el filo de un bisturí.

—¿Qué clase de doctora?

—Cirujana de traumatología.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Ah, sí?

—Lo explica todo —replicó él, aún sin moverse y taladrándola con su mirada de acero—. Como por qué les das tanta importancia a los cascos.

Ella intentó hablar, pero él prosiguió, con más energía:

—Y por qué actúas con tanta decisión y segundad. Un cirujano de traumatología está acostumbrado a tomar decisiones rápidas e instintivas. Dime si me equivoco, Candice, al pensar que exiges controlar cualquier situación en que te encuentras.

—Claro que sí. Es lo que hace un cirujano.

—Sí. Ahora lo entiendo... Has convertido tu autoridad en un blindaje protector, que te has creado para mantenerte aislada de tus pacientes...ya salvo del resto del mundo.

—No soy una mujer fría y despiadada.

—No —convino él en voz baja—, eres puro fuego, Candy. Y eso te asusta muchísimo, porque, hace una semana, en California ocurrió algo que hizo pedazos tu control.

—Ya no soy médico. Y ahora soy Candy, no Candice.

Albert se movió por fin. Rodeó el sofá y se detuvo delante de ella; por su parte, Candy estiró el cuello, negándose a deshacer el contacto visual.

Entonces, antes de que pudiera reaccionar, él alargó la mano y la cogió. Luego la subió al escalón de la chimenea para que estuviera a la altura de sus ojos, se apartó y unió las manos a la espalda.

—No se pasa uno toda la vida estudiando la carrera de cirujano y luego da media vuelta sin más y se marcha. ¿Qué pasó hace una semana, Candy?

—Una... una cosa que no sé explicar.

—Inténtalo —le rogó él con suavidad.

—No puedo —susurró ella—. Yo... No puedo decirlo en voz alta, Albert.

El separó las manos y le tomó la cara; con los pulgares le apartó las lágrimas que ella ni siquiera se había dado cuenta de que le corrían por las mejillas.

—Está bien, lass. Tu temor encontrará su propia voz cuando estés preparada —le aseguró en voz baja, mientras acercaba su boca a la de ella.

Candy recibió con ansia su beso, le rodeó los hombros con los brazos y se agarró a él con la desesperación de una hoja que afronta la tormenta. Abrió la boca y lo saboreó, sintió su vitalidad, y la fuerza de su respuesta la consumió.

Olía a humo de leña, a aire de montaña y a la fría y despejada noche otoñal que había atravesado para llegar allí. Aquel hombre era granito macizo bajo la franela de su camisa, y Candy le hincó los dedos en los hombros mientras ladeaba la cabeza para hacer más intenso el beso. El la envolvió por completo, y poco a poco, tranquilamente, la desesperación de Candy fue transformándose en pasión.

Con su lengua Albert le exploró su boca mientras con las manos buscaba la curva de su espalda, haciéndole sentir escalofríos de placer por donde la tocaba. Candy se apretó más contra su cuerpo y gimió cuando él la alzó deslizándola sobre él y le pasó despacio los labios por la barbilla, hasta la base de la garganta, deleitándose en el calor, el olor y el sabor de su piel.

Ella tenía la sensación de que flotaba, y tardó un minuto en darse cuenta de que Albert se había sentado en el sofá. Se encontró sentada a horcajadas sobre su regazo y no pudo evitar moverse contra él. Aquel íntimo contacto hizo que una oleada de calor la atravesara como un rayo y se instalara en lo hondo de la boca del estómago. Temblando de urgencia, le desabotonó la camisa.

Albert la detuvo poniéndole las manos sobre las suyas.

Candy alzó la vista hasta unos ojos de un azul tan intenso, que brillaban con un fuego hecho de puro deseo... Aunque era un deseo controlado por una sorprendente resolución.

Ella le agarró la cara entre las manos y lo besó en plena boca; luego se echó hacia atrás sólo lo suficiente para que él viera su sonrisa.

—No te atrevas a ponerte noble conmigo, Albert. Esto es algo que deseamos los dos.

El volvió a cogerle las manos y las inmovilizó contra su pecho. Sus ojos relucían de humor

—Sólo me preguntaba quién está al mando, en teoría —dijo con sorna.

Candy parpadeó.

—Podemos trabajar en equipo.

El alzó una ceja en un gesto que no indicaba precisamente conformidad.

—¿Ah, sí? No me siento parte de un equipo. En realidad, ni siquiera siento que tenga que participar, sólo hacerme notar.

Candy se echó hacia atrás.

—¿Eres uno de esos tipos a lo neandertal que tiene que estar al mando para poder funcionar?

Albert alzó las caderas contra ella.

—No creo que funcionar sea el problema, lass —dijo—. Y estoy un poquito más evolucionado que un cavernícola.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

El le tomó la cara entre las manos con expresión seria.

—Esta noche no he venido aquí a hacer el amor contigo, Candy.

De repente ella notó que le ardían las mejillas e intentó bajar de su regazo, pero él no dejó que se moviera.

—Esto no es un rechazo, mujer; es una llamada a la razón. Es demasiado pronto para ti. Y para mí.

—Entonces, ¿por qué has venido?

El esbozó una mueca de auto humillación.

—Sólo pretendía meterte mano un poco... para ponerme caliente, fastidiarme y frustrarme bien.

—Pero ¿por qué?

La miró inclinando la cabeza, con los ojos encendidos de regocijo.

—Creo que se llama «preliminares».

Candy le dio un tortazo en el hombro al tiempo que se soltaba y se apartaba de él; no se arrepintió en absoluto cuando Albert dio un gruñido de sorpresa y tuvo que protegerse para que no dañara su virilidad de un rodillazo.

Luego, con gesto resuelto, fue a la chimenea, se arrodilló y se entregó a la tarea de poner leños en el fuego mientras se esforzaba por controlar su genio.

No, su genio no; sus hormonas enrabietadas.

Maldijo en silencio... ¡Aquel hombre era idiota! Prácticamente, se le había ofrecido en bandeja de plata, y él le dijo a las claras que no, aunque luego intentó suavizar el rechazo afirmando que era por su bien.

¡Bueno, maldita sea...! ¡Pues ya estaba harta de tanta nobleza!

—Vas a provocar un incendio en la chimenea si pones más leña —la avisó él.

—Es mi cuerpo, ¿verdad? —dijo ella en tono acusador.

Siguió hurgando en los leños y decidió que era el fuego, no la vergüenza, lo que le encendía la cara.

—¿Cómo dices?

—Que parezco un niño.

El no hizo ningún comentario, y Candy hurgó en los leños con más energía. A la edad de diecisiete años, cuando por fin se dio cuenta de que no iba a crecer ni un centímetro más y nunca tendría curvas femeninas, había decidido que, de todas formas, probablemente el sexo estaba sobrevalorado.

Sí. Bueno... Pues ahora quería aquellas curvas. Y veinte centímetros más de estatura, ya que estaba. ¡Maldita sea, si él había tenido que ponerla en el escalón sólo para verle la cara...!

Candy dio un respingo cuando Albert la rodeó con los brazos, mientras con una gran mano le quitaba el atizador y con la otra la estrechaba contra su pecho.

—No pareces un niño —le susurró al oído, haciendo que un hormigueo de alerta la atravesara como un rayo—. Pareces fuego en mis manos, lass, cuando te toco.

Y entonces sí que la tocó: alzó la mano hasta cubrirle los pechos y la apretó más contra él, más íntimamente entre la abertura de sus muslos arrodillados. Y la prueba de lo que a él le parecía su cuerpo le abrasó la espalda.

Candy inspiró, trémula, y los pechos se le endurecieron dentro de la palma de su mano mientras él la estrechaba con ternura y le pasaba el pulgar sobre el pezón. Luego abrió la otra mano sobre su estómago y deslizó los dedos más abajo hasta tocar suavemente el centro de su feminidad.

La reacción de Candy fue instantánea, y el calor se transformó en un latido que la atravesó toda. La humedad se concentró. Y el pezón que él acariciaba empujó por el sujetador y la camisa, buscando más caricias.

Intentó volverse para verlo de frente, para rodearle el cuello con los brazos y ahogar su gemido en el hombro, pero él la mantuvo quieta y siguió acariciándola, llevándola hacia un Huracán de violento deseo.

La mano que tenía sobre su pecho fue a los botones de la camisa y, con meticulosa lentitud, los desabotonó uno por uno. Candy se agarró al borde del escalón de la chimenea y cerró los ojos mientras el calor crecía en su interior y la humedad seguía acumulándose contra la mano de él, entre sus muslos.

Una vez desabrochada por fin la blusa, él se la bajó por los brazos y con los labios buscó la base de su garganta.

Candy gimió, echó atrás la cabeza y susurró una palabrota.

Albert soltó una risilla, un sonido profundo y cálido, mientras le bajaba los tirantes del sujetador y, con la boca, seguía haciéndole el amor a su cuello.

Entonces subió ambas manos hasta sus ya desnudos pechos, cubriéndolos, amasándolos, incendiándola...

Y luego se trasladó al broche de sus pantalones.

Para entonces Candy apenas conservaba algo de cordura. La boca de él estaba llevándola al frenesí mientras pasaba, muy despacio, por cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Y en ese momento él le abrió los téjanos, deslizó los dedos dentro de sus braguitas y la acarició íntimamente.

Candy lanzó un grito y se retorció, intentando mirarlo de frente, pero él se negó de nuevo a dejarla moverse. Sencillamente, siguió haciendo magia con la mano, inflamando su deseo con los dedos, haciéndola anhelar más...

—Déjate ir, lass —susurró en su cabello—. Estalla en una hermosa llama.

Ella no quería, no sabía cómo hacerlo.

Estaba asustada. Desconcertada. Insegura...

—Yo estoy aquí mismo para cogerte, Candy —añadió él, con voz ronca de emoción.

Sus labios le rozaban la oreja; su aliento le acariciaba los sentidos y sus manos seguían con su magia.

—No te dejaré que salgas volando, lass. Déjate ir —la animó, al tiempo que hundía un dedo en su interior.

Y Candy obedeció en medio de un vendaval inconsciente que estalló en lo más profundo de ella, salió girando y se escapó de su garganta en un grito de puro placer. Entonces se contrajo en tomo a él, y Albert se inclinó sobre ella, atrajo su boca hacia la suya y apresó su grito.

Aquella maravilla duró una eternidad, y Candy se aferró con desesperación a su mano mientras una sucesión de sensuales latidos de placer le recorrían el cuerpo.

—A veces el grito de una mujer suena a música... —susurró Albert mientras la besaba, la calmaba con tiernas caricias y, poco a poco, iba devolviéndola a la realidad.

Candy se fundió contra él con un trémulo suspiro, deseando que su palpitante corazón redujera la marcha. Por fin abrió los ojos, miró parpadeando al fuego y se ruborizó toda, hasta los calcetines.

Albert se rió y la alzó con él al ponerse de pie. Antes de que ella pudiera recuperar el aliento, la cogió en brazos, se sentó en el sofá y la acunó en su regazo con ternura. Candy intentó cerrarse la blusa, pero él la detuvo, y en vez de eso le cubrió los pechos con su ancha y cálida palma y sus fuertes y masculinos dedos.

El rubor de Candy se hizo más intenso.

La sonrisa de él se volvió engreída.

—Ha sido tu primera vez —dijo, con manifiesta satisfacción masculina.

Sin saber muy bien cómo responder a aquella afirmación, y mientras seguía intentando volver a poner en orden sus ideas, ella permaneció muda.

Con gesto descuidado, él le acarició un lado del pecho.

—Y eso, lass, responde algunas de mis preguntas..., pero me hace pensar en unas cuantas más.

Candy seguía sin recuperar la voz. Tal vez fuese porque su corazón todavía iba a mil por hora, o porque estaba despatarrada encima de Albert como un verdadero pendón... O quizá es que temía que, si ahora abría la boca, volvería a gritar..., y esta vez no sonaría a música.

—¿Cómo es que una mujer de tu edad no había experimentado nunca un orgasmo?

Ella dio un respingo ante la franqueza de su pregunta y por fin recuperó la voz.

—Creo que los preliminares se han acabado.

El asintió y sonrió a medias.

—Por ahora sí —dijo con sorna—. En cuanto me di cuenta de que eras virgen, me he sentido como un niño de diez años pillado en falta.

—No soy virgen, Albert. He tenido muchos novios.

El asintió con un gesto, más lento esta vez, y la corrigió:

—Pero lo eres, lass. O lo eras —se apresuró a continuar—Quizá no en un sentido técnico, aunque sí sentimental. En realidad, no se habla de sexo hasta que los dos interesados están completamente satisfechos.

—Entonces, ¿qué es lo otro... en realidad?

El se encogió de hombros.

—Uso —aclaró—. O abuso, más probablemente, cuando uno queda saciado y el otro se queda... esperando.

Había vuelto Albert el filósofo.

Candy decidió que prefería al dios del sexo.

De nuevo intentó cerrarse la blusa, y esta vez Albert la ayudó y tiró de la tela sobre sus hombros. Candy se puso de pie, se abrochó los botones sola y luego se abrochó los pantalones.

Entonces se quedó allí, sin más, con la vista clavada en el fuego.

En teoría, ¿qué tenía que hacer ahora? ¿Qué le decía una mujer a un hombre que acababa de hacerle sentir la verdadera pasión por primera vez en su vida?

¿Gracias? ¿Espero que lo hagamos pronto otra vez?

¿Ahora mismo, a lo mejor? Sólo que esta vez, ¿nos desnudamos los dos, por favor, e incluso... lo hacemos?

Se volvió al oír ruido de papeles y vio que Albert estaba leyendo sus listas. El calor se le subió a la cara cuando se dio cuenta de la página en la que se había detenido.

El miró la mesita auxiliar, cogió el lápiz y empezó a escribir. Candy se inclinó para ver, pero él se apresuró a revolver las páginas y empezó a escribir otra vez.

Sin ponerse los zapatos, Candy giró sobre sus talones y, con las piernas flojas, fue a la cocina. Abrió el frigorífico, sacó la botella de vino que la considerada Annie Cornwell había añadido a los comestibles y luego empezó a hurgar en los cajones buscando un sacacorchos. Encontró uno, pero el maldito chisme se negó a funcionar como Dios manda. Así que volvió a hurgar por los cajones buscando algo para sacar el tapón de la botella a la fuerza o acabar de hundirlo dentro.

De pronto la botella de vino desapareció de su mano y en su lugar aparecieron las páginas de las listas. Albert se apoyó en la encimera, cruzó las piernas a la altura de los tobillos y, despacio, hizo girar el sacacorchos súbitamente obediente, hasta meterlo en la botella.

Se detuvo un instante para dar un golpecito con un dedo en la primera página que ella tenía en la mano y luego volvió a encargarse del vino.

—Cuando vayas a comprar ropa nueva, cómprate una cazadora color butano —dijo—. Y con el dinero que te sobre cómprate unas botas impermeables; nada congela más rápido a una persona que tener los pies mojados.

Candy miró su lista y vio que «anticonceptivos» estaba tachado y que, con pulcras letras oscuras, se había añadido «cazadora color butano» y «botas impermeables». También estaba tachado «quad» y a su lado se había escrito la palabra «motonieve».

—Mañana empieza la temporada del rifle —dijo Albert al tiempo que se volvía para abrir un armario—. Así que no salgas de casa sin ir vestida de naranja.

Cogió dos vasos, los puso en la en cimera y los llenó de vino.

—Ponte la cazadora naranja aunque sólo vayas al buzón. El color butano es obligatorio desde principios de noviembre hasta mediados de diciembre.

Candy volvió a bajar la mirada hacia la lista, pero el dedo de Albert le subió la barbilla para recuperar su atención.

—Y si alguna vez te pillo fuera sin ir vestida de naranja, lass, me encargaré en persona de que te arrepientas de haberte marchado de California —dijo en voz muy baja.

Sus ojos eran muchísimo más amenazadores que sus palabras.

Pero a ella no la asustaban, más bien sentía curiosidad.

—¿Qué quieres decir con eso de la «temporada del rifle»?

—La caza del ciervo.

—Ah.

Sí que iba a comprarse un montón de ropa naranja; hasta calcetines.

Entonces decidió que ya era hora de ponerlo nervioso y le preguntó:

—¿Por qué has tachado «anticonceptivos» de la lista? ¿Intentas darle un hermano o una hermana a Anthony?

Aquel hombre actuaba como si lo que acababa de suceder en el salón fuera algo cotidiano.

Santo Dios, ¡acababa de tener su primer orgasmo!

Pero no dio la impresión de que su pregunta desconcertara a Albert; sólo parecía regocijado.

—Yo me encargaré de los anticonceptivos —le dijo.

Candy meneó la cabeza.

—Como quien tendría que asumir las consecuencias soy yo, prefiero ser yo quien lo haga.

Dio la impresión de que él iba a discutir, pero en su lugar le pasó un vaso de vino. Luego hizo entrechocar los vasos y asintió.

—Entonces daremos por comenzada la aventura amorosa—dijo.

En sus ojos brillaba algo que Candy sólo pudo calificar de actitud posesiva.

Y eso la asustó; casi tanto como la capacidad que tenía para hacer reaccionar su cuerpo de formas que ella ni siquiera imaginaba. Tenía veintinueve años de edad y se sentía como si tuviera dieciséis: como una temeraria y temblorosa adolescente encaprichada que experimentaba por primera vez. Tomó un buen trago de vino, tosió durante un minuto más o menos y por fin, con los ojos turbios, bajó la mirada hacia la lista.

—¿Por qué...? —volvió a toser y, tras decidir trasladarse a un terreno más seguro, empezó de nuevo—. ¿Por qué has tachado «quad» y has añadido «motonieve»? Yo quiero un quad.

El meneó la cabeza.

—En el mejor de los casos, sólo te queda una semana para usarlo. Los quads no sirven para la nieve, y no está permitido usarlos en los senderos de motonieve.

—¿Tú tienes una motonieve?

—Sí. Y Tony también.

Candy quiso preguntar si el niño se ponía casco cuando montaba en ella, pero antes de que reuniera valor para hacerlo, él dijo:

—Y los dos llevamos casco. —Dejó ver una amplia sonrisa de complicidad—. Sólo un idiota con tendencias suicidas conduciría sin él. Y, además, nos mantienen abrigados.

Ella tomó otro sorbo de vino, esta vez más despacio.

—Veo que tienes la furgoneta de Callum —dijo Albert al tiempo que señalaba con una inclinación de cabeza hacia el garaje adosado a la casa—. Este invierno agradecerás la tracción a las cuatro ruedas... Y el tamaño. Esta es la carretera principal que sale de lo más hondo del bosque, y de lunes a viernes te encontrarás camiones cargados de maderos. Así que mantente alerta y nunca vuelvas a dar un volantazo por un animal; tu vida vale más que la suya.

Candy lanzó las listas a la encimera y, de un trago, se bebió el resto del vino.

—¿Es porque tengo más o menos la estatura de tu hijo por lo que sientes esa necesidad de sermonearme como si fuera una niña? —le preguntó.

Albert se movió tan rápido que Candy apenas tuvo tiempo de acabar de tragar antes de que él la cogiera, le diera la vuelta y la sentara sobre la encimera. Luego le quitó el vaso de la mano y lo metió en el fregadero, se acomodó entre sus muslos y tiró con firmeza de ella hasta pegarla a su cuerpo.

—No —dijo con exasperante tranquilidad—. Es porque quiero que vivas lo suficiente para que revolvamos tus sábanas.

Candy se quedó sin argumentos. Se limitó a tomarle la cara con las manos y a clavar la vista en sus relucientes ojos.

—Supongo que no llevarás algún anticonceptivo en el bolsillo, ¿verdad? —preguntó.

—No, lass —respondió él, meneando la cabeza dentro de sus manos—. Y dudo de que lo que tengo en casa valga de algo; por lo menos tiene un par de años.

A Candy debió de notársele la sorpresa en la cara, porque la amplia sonrisa de Albert hizo que se le movieran sus manos; luego él le apretó más fuerte las caderas y avanzó para besar su boca abierta.

—¿Piensas que acostumbro a tener aventuras? —le preguntó después, a sólo unos centímetros de sus labios.

—Yo... Pensaba... No sé lo que pensaba.

—Entonces piensa en esto, lass', he amado a dos mujeres, y las dos han muerto, llevándose cada una buena parte de mí. Lo que me queda apenas basta para mi hijo. Espera sólo pasión de mí, Candy, porque es todo lo que puedo darte.

—Eso me basta —susurró ella, acercándose la cara de él para besarlo.

Albert recibió su boca con buena parte de aquella pasión que le había prometido, y a Candy le pareció que sus hormonas iban a desbocarse en una nueva explosión... Pero de repente él se detuvo y retrocedió.

Cogió su chaquetón de una de las sillas de la cocina y, tras dirigirle una última mirada encendida, se marchó tan en silencio como había llegado.

Cabdy clavó la vista un instante en el visillo, que volvió a su sitio tras cerrarse la puerta. Luego se tapó el acelerado corazón con una mano y alargó la otra para coger el vino; después de dar un largo trago directamente de la botella, dejó que su mirada vagase por la cocina.

Parecía más grande ahora que Albert se había ido.

Y, desde luego, también estaba más tranquila. Sin tener que decir una palabra, hacer un ruido o moverse siquiera, aquel hombre la hacía sentirse como si estuviera en medio de una inminente tormenta.

Tomó otro trago de vino y siguió mirando por la silenciosa cocina hasta que por fin sus ojos se posaron en una cajita que había sobre la mesa.

No estaba allí una hora antes.

De un salto bajó de la encimera, fue a la mesa y cogió el sobre que estaba encima de la caja. Lo abrió, sacó el papel y leyó la nota, escrita con letras no demasiado pulcras, que una joven mano había formado laboriosamente.

Querida Candy:

Estaba pensando que a lo mejor quieres hacerme este pequeño trabajo, ya que eres artista y se te da bien hacer cosas con las manos. Estoy trabajando en un regalo de Navidad especial para mi padre, pero esta parte es demasiado difícil. Por favor, ¿puedes pintar la palabra «Táirneanaiche)) en el tablero de madera? También meto en la caja pintura dorada. No te preocupes, no te pido un favor, sólo te doy un trabajo para que ganes dinero hasta que abras tu estudio. Haré que papi te indemnice, pero no le digas para qué es, sólo cuánto vas a cobrar.

Gracias,

Anthony Andrew

Cabdy leyó dos veces la nota; luego rompió el trozo de cinta adhesiva que había en la caja y la abrió. En efecto, dentro había una pequeña tabla de madera de unos veinte centímetros de largo. La cogió y volvió a mirar la nota.

¿«Táirneanaiche»? ¿Qué palabra era ésa?

Miró de nuevo la madera. Parecía una especie (de placa, con las esquinas enrolladas hacia dentro y una raya biselada por los cuatro bordes. La placa estaba hecha de madera blanda, quizá pino o cicuta, y lijada con esmero.

¿Qué era «Táirneanaiche»?

Candy leyó otra vez la nota buscando una clave de qué significaba la palabra o para qué era la placa, pero Anthony se mostraba reservado respecto al regalo de Navidad de su padre.

Entonces llegó a la parte donde le prometía que su padre iba a indemnizarla y se rió en voz alta.

¿No acababa de pagarle Albert toda la deuda?

Metió la nota en la caja, la llevó a su dormitorio y la puso encima del tocador, pensando en la relación que había entre Anthony y Albert. Era evidente que el niño confiaba en que su padre le llevaría la caja sin echar una ojeada dentro... Y entonces decidió que también deseaba contar con su confianza: haría su trabajito y mantendría su secreto. La única indemnización que le pediría era el significado de «Táirneanaiche».

Candy se desnudó y se puso la gruesa bata de franela que había cogido en la granja de su abuela Pony, cuando fue a recoger su material. Luego se tapó con las mantas, metió los brazos bajo la cabeza y se quedó dormida... con la sonrisa de una mujer que por fin ha perdido la virginidad.

Continuara...