Viktor estaba incómodo.

Estaba tan acostumbrado a viajar en clase ejecutiva que no podía no sentir pequeños los asientos. Mila, sin embargo, estaba tan cómoda que roncaba, mientras Yuuri leía en silencio. Su índice derecho marcando el ritmo –sobre el libro de tapa dura color rojo– de la canción de turno en su reproductor y los audífonos parcialmente cubiertos por los largos cabellos.

A Viktor le encantaba que su hijo hubiese decidido adoptar su estilo de cuando era un adolescente, sobre todo los días más fríos, cuando Mila, Yuuri y él se acomodaban muy juntos frente a la calefacción y tanto su esposa como Viktor se dedicaban a cepillar o tan solo acariciar el espeso cabello. Yuuri, en más de una ocasión, los había hecho reír al entonar:

—Flor que da fulgor, con su brillo fiel...

La canción que Rapunzel cantaba a Goethe para devolverle la juventud en la película Enredados, pero, en su mayoría, era el propio chico quien iniciaba la tonada de Canción de cuna, la misma canción que Viktor y Mila tantas veces habían usado para que durmiera cuando bebé.

Solo que, Yuuri la cantaba en su letra original. Yuuri la cantaba en japonés.

Yurikago no uta o
Kanariya ga utau yo
Nenneko Nenneko
Nenneko yo

Yurikago no ue ni
Biwa no mi ga yureru yo
Nenneko Nenneko
Nenneko yo

Viktor recordaba a la perfección cómo habían brillado aquellos orbes color tierra húmeda la primera vez que viajaron a Japón, para el cumpleaños del menor tal y cual lo había prometido. El cumpleaños número siete. Al volver a Rusia, Yuuri había solicitado un maestro que le enseñara aquel idioma extranjero y en más de una ocasión Viktor o Mila habían tenido que reprenderlo por mascullar en aquella lengua tan bonita como desconocida para ellos.

—¿Papá?

—¿Umh? —Viktor sacudió la cabeza y parpadeó repetidas veces—, ¿dime?

—La señora del frente pide que por favor dejes de patear su asiento.

Viktor elevó la mirada y se encontró con un ceñudo rostro. Una rechonchita mujer asiática lo miraba con enfado.

—Oh, lo siento —se disculpó en japonés, la mujer gruñó y no le respondió, girándose y volviendo a sentarse.

—Es estadounidense —Yuuri le sonrió con burla y Viktor se rio.

Al menos ambos compartían el ruso.