Maurice había envejecido en una semana lo que no había envejecido en diez años. Unas visibles arrugas surcaban su frente; sus patillas y su bigote habían blanquecido aún más; su corazón, fuerte como el de un joven de veinte años trabajaba con la dificultad de uno de setenta.
No comprendía muy bien por qué la Bestia le había dejado vivir. Quizá tras aquella monstruosa apariencia, pensó, se escondía un alma noble. Pero de no querer hacerle ningún daño, ¿qué sentido tendría mantenerlo prisionero?
Había perdido la noción del tiempo. Cada vez que miraba por la ventana veía el mismo paisaje lluvioso una y otra vez. La única luz con la que contaba, salvo la de los ocasionales relámpagos, era un par de pequeñas velas.
Otro hecho que le confundía era que en vez de estar prisionero en un sucio calabozo, su jaula era una enorme habitación que en otro tiempo tuvo que ser muy lujosa: Cama con dosel, tocador, armarios ricamente tallados en madera de pino y una hermosa chimenea. El papel que cubría las paredes estaba muy deteriorado, pero el inventor pudo reconocer la mano de una mujer en aquella decoración; aunque era evidente que aquella mano hacía tiempo que había abandonado la habitación, pues el mobiliario estaba completamente carcomido y una gruesa capa de polvo cubría toda la estancia.
Sólo le dieron de comer el día de su llegada. Poco después de ser introducido por la fuerza en aquella habitación, una criatura con aspecto de cadáver andante entró con una bandeja que contenía un tazón humeante y un plato con una masa negruzca que olía tan mal como el sirviente que la había traído.
–¿Es que pretendéis envenenarme? –preguntó Maurice en un intento de contener una arcada.
El sirviente se giró con un suspiro de ultratumba y salió de la habitación arrastrando sus quejumbrosos pasos.
–¿Cuál ha sido mi crimen para acabar así? –se lamentó el inventor con la mirada perdida en el techo.
Sus pensamientos entonces se centraron en Bella, su pobre hija, sola y desamparada en el Reino sin nadie que pudiese cuidar de ella. Su hija contaba con el dinero que ganaría en la feria de Fairville. ¿Qué haría ahora sin aquellos ingresos? Acabaría en la calle hasta morir de hambre. Y aquella idea convirtió sus ilusiones en un doloroso fantasma que lo atormentaba.
La perpetua humedad del castillo y la salvaje tormenta que rugía en el exterior comenzaron a hacer mella físicamente en Maurice. Sus huesos le dolían tanto como en los fríos días de invierno.
Desnutrido y totalmente desesperanzado, Maurice vivía las largas horas de su cautiverio en un agónico silencio. Hasta que un día, aunque no sabría decir si fueron días o semanas, apareció de nuevo el sirviente que conoció a su llegada. Esta vez no traía la típica ración de pan rancio y agua, por lo que Maurice pensó que finalmente habían venido a comunicarle su fatal destino.
–¿Ha llegado al fin mi hora? –preguntó Maurice con toda la dignidad de la que fue capaz de hacer acopio.
El sirviente, una criatura con más huesos que piel, que caminaba encorvada como un buitre abrió su desencajada boca y dijo:
–Su Majestad os invita a cenar a su mesa.
Cada palabra sonaba aguda y vacía, como los intentos de un moribundo por reunir el aire suficiente para pronunciar sus últimas palabras.
–Dile a Su Majestad –pronunció el inventor con cierta burla– que si desea dirigirse a mí que venga él en persona.
En el acto entraron en la habitación dos figuras de un tamaño colosal. Vestían armaduras de plata como los hombres, pero sus cabezas eran de león y tan oscuras como el fondo de un pozo. Maurice cayó de espaldas al suelo ante la impresión que le causaron tales seres. El poco valor que había conseguido reunir se desvaneció totalmente.
–Su Majestad no acepta negativas –dijo el sirviente–. Llevadle.
Los leones cogieron a Maurice por cada brazo y lo alzaron en volandas. El sirviente precedía la comitiva, sujetando un candil que iluminaba los lóbregos pasillos del castillo. A medida que avanzaban, Maurice escuchaba susurros, crujidos y otros siniestros ruidos que parecían proceder de detrás de las paredes.
Decidió no oponer resistencia, pues quedarse abandonado en aquel siniestro lugar parecía una alternativa aún peor que el destino que le esperaba.
El sirviente se detuvo ante una gran puerta. La abrió con cierta dificultad para un cuerpo de su consistencia y entró haciendo señas a los leones armados de que trajesen al prisionero.
Aquella habitación era una pequeña sala cuya mitad norte estaba sumida en la penumbra, fruto del juego de luces de un fuego que ardía en la chimenea. En medio de la sala se había dispuesto una larga mesa con abundantes platos y jarras con bebidas. Maurice fue sentado en una silla de respaldo alto.
Un creciente temor nació en su corazón, que interpretaba aquel banquete como su última cena. El sirviente vertió en su copa un denso líquido que olía peor que el aceite que utilizaba para limpiar los engranajes de sus máquinas.
De repente, se percató de que sólo una mitad de la mesa era visible, y que la otra se encontraba oculta en las sombras. Al alzar un poco más la vista, contempló una imponente figura cuya fisonomía ya conocía: la del mismo ser que le había raptado.
La Bestia.
–¿Vuestros aposentos son de su agrado? –preguntó la Bestia con cierta ironía.
A Maurice se le heló la sangre a medida que entonaba aquella pregunta. Si el diablo tuviese voz, sin duda sería esa; profunda y gutural, pero al mismo tiempo clara y cargada de solemnidad.
–Disculpad que me oculte en las sombras, pero al perecer mi visión es suficiente para detener los corazones de los hombres más fuertes.
Y Maurice agradeció en silencio que así fuese.
La Bestia fue servida por su lacayo y comenzó a devorar su comida.
–¿No coméis? –preguntó–. Puedo entender que esta comida no sea de vuestro agrado, no estoy acostumbrado a tener invitados.
–¿Invitados? Soy vuestro prisionero –replicó Maurice.
–Por esta noche no.
Maurice tanteó la comida con el tenedor, pero ya solo su hedor le echaba para atrás.
–¿Vais a matarme? –preguntó sin tapujos.
–Así es –respondió la Bestia.
Aquella respuesta tan directa le dio una idea muy concreta a Maurice de con quién se las tenía que ver. Una palabra en falso y no podría negociar por su vida.
–¿Si tan convencido estáis por qué no he muerto ya? –preguntó Maurice.
–Porque hay algo en vos que despierta mi curiosidad, y hasta que no obtenga algunas respuestas bien os puedo agasajar como a un invitado.
–¿Llamáis a esto agasajar? Me habéis matado de hambre todos estos días y ahora me ofrecéis el mismo menjunje con el que alimentáis a vuestras fieras.
–Mis criaturas saben alimentarse bien ella solas. Y si tan hambriento estáis entonces esta comida deberá saberos exquisitas –replicó la Bestia con frialdad.
Miles de preguntas cruzaban la cabeza de Maurice: quién era esa bestia, qué era aquel castillo; pero sólo una parecía tener más relevancia que todas ellas juntas.
–¿Qué quiere de mí?
La Bestia bebió ruidosamente de su copa, la enorme nuez de Adán se movía arriba y abajo claramente visible tras la densa melena.
–Cuando os encontré en el bosque portabais un extraño artilugio. ¿Qué era?
Maurice recordó con dolor el fruto de años de investigación esparcido por piezas en la maraña de ramas y hojas podridas. Le contó a su carcelero en pocas palabras qué era esa máquina y para qué servía.
–Así que sois inventor...
–Sí, señor.
–¿Y cuál es vuestro campo, maese inventor?
–Ingeniería –respondió Maurice con un inesperado orgullo.
Los ojos de la Bestia brillaron triunfantes dentro de la penumbra en la que estaban sumergidos. Algo similar a una carcajada brotó de sus fauces.
–Traedla inmediatamente.
Los caballeros aleonados se dirigieron a un rincón de la sala. Alzaron una pequeña repisa donde yacía un objeto oculto bajo una lona. Acercaron el pedestal a la luz, donde el sirviente retiró la lona con mucho cuidado rebelando un grueso cilindro de cristal de punta ovalada. En su interior flotaba, como por arte de magia, una rosa brillante como un rubí.
–Estáis de suerte, inventor. Vuestros conocimientos puede que os otorguen vuestro indulto.
–No comprendo... ¿Qué clase de rosa es esa? ¿A qué os referís?
–¡Silencio! –rugió la Bestia.
Maurice se apretujó todo lo que pudo a su asiento, aterrorizado.
–Os contaré todo lo que debéis saber respecto a esa rosa, y el precio por no arrancaros la cabeza ahora mismo será el de no hacer ninguna pregunta. ¿Entendido?
Maurice asintió efusivamente.
–Hace casi cien años me fue entregada esta rosa. El cómo y el porqué no os importan, Pero sabed que la persona que me la entregó me prometió que una vez consumidos esos cien años la rosa empezaría a marchitarse. Como podéis observar, dicha persona fue sincera conmigo; ya ha perdido dos pétalos de los veintiuno que tiene. Tengo mis razones para querer impedir que llegue a marchitarse del todo, deseo que ahora también compartiréis vos ya que vuestro destino está ligado al de esta flor. Evitad que muera y evitareis vos también a la muerte.
Sería imposible describir el tono de gravedad que la Bestia imprimió en cada palabra, la importancia que dio a cada pausa. Quería que ni una sola sílaba del mensaje se perdiese y al parecer lo consiguió, pues Maurice fue incapaz de apartar la mirada de aquel ser aterrador.
Una vez se hizo el silencio, Maurice comprendió que la Bestia había dicho todo cuanto debía decir. Su mirada se posó inmediatamente sobre la rosa flotante. ¿Cómo podía estar su vida ligada a un objeto tan frágil? Sólo a medida que repetía las palabras de la Bestia en su cabeza fue consciente de la peliaguda situación en la que se encontraba.
–Eso que me pedís es imposible –objetó Maurice con una voz convulsa.
–¿Rehusáis?
–No me entendéis; lo que me pedís atenta contra la naturaleza. Yo sólo soy un inventor, y uno bastante modesto –añadió en su defensa–. Mis conocimientos no son suficientes como para lograr detener el tiempo. Si esa rosa se está marchitando es porque ha llegado su hora.
De repente la Bestia se levantó de su trono con un fiero rugido y descargó un puñetazo sobre la mesa tan potente que la partió en dos. La vajilla se hizo añicos al estrellarse contra el suelo, la comida formando un repugnante mosaico sobre el mantel.
–No os he perdonado la vida para escuchar negativas, inventor. Evitad que se marchite, u os juro que vuestra cabeza caerá con el último pétalo.
Maurice enmudeció. No se atrevía a respirar, ni a moverse. Temía que aquella humedad que sentía entre los pantalones no fuese solamente el caldo que se había derramado sobre sus piernas.
–¿Tenéis familia? –preguntó la Bestia tras un largo silencio.
–Una hija –balbuceó Maurice.
La Bestia se dio la vuelta gruñendo con desprecio.
–Y seguro que la amáis igual que ella a vos.
–No podría haber mejor hija en el mundo –dijo Maurice, a quien evocar el recuerdo de su hija le era suficiente para reconfortar su corazón–. Es muy inteligente, y muy hermosa. Siempre me ayuda en todo lo que puede con una sonrisa y yo cada día me lamento más por no poder darle la vida que se merece. Y aunque ella podría valerse perfectamente sola, jamás ha querido separarse de mí; por muy mal que nos hayan ido las cosas.
De nuevo aquella fúnebre carcajada brotó de la boca de la Bestia.
–Mujeres... parece que no podamos vivir sin ellas y una vez tenemos una resulta que no son más que una fuente de desdicha.
Para sorpresa de Maurice, la Bestia decidió acercarse a la luz. Su cara, aquel puzle hecho con los rostros de los animales más salvajes del mundo, quedó expuesto ante las llamas. Maurice reprimió un grito, pero no pudo evitar que su corazón palpitase desbocado.
–Yo no he sido siempre este monstruo, aunque haya vivido más como tal. Durante mi corta vida como ser humano llegue a conocer a muchas mujeres, inventor. Y puedo deciros que vuestra hija no es diferente a todas ellas. Intentan cambiaros como si estuviesen domando a un cachorro y una vez lo consiguen no sólo no se contentan con eso, sino que no toleran una falta.
–Qui...quizá algunas faltas son irreparables.
–¡Tonterías! –volvió a rugir arrojando restos de saliva mezclados con su fétido aliento a Maurice.
–Si les das tu corazón te acabaran pidiendo el doble, y cuando sus pequeños mundos se tambaleen porque algo no sale como ellas quieren buscarán un culpable al que harán pagar su propia desdicha.
La Bestia pronunció las últimas palabras con gran amargura, mientras recorría con la mirada uno de aquellos brazos tan gruesos como un tonel, peludos como los de un oso y rematados en unas letales garras.
–¿Por qué me contáis todo esto? –preguntó Maurice.
–Porque el orgullo con el que habláis de vuestra hija me irrita.
–Mi hija es lo único que me ayuda a seguir adelante mientras vivo en esta prisión –reconoció Maurice.
–Entonces complacedme y puede que tengáis una oportunidad de comprobar si os sigue llevando en el corazón.
–No necesito comprobarlo. Sé que es así –replicó Maurice con decisión.
La Bestia se acercó a Maurice y bajó el rostro a la altura del inventor, de manera que tan sólo les separaban unos pocos centímetros.
–Cada vez tengo más ganas de ver cómo os rompen el corazón; si es que no os lo saco yo antes. No olvidéis, querido inventor –dijo con ironía–, que todo cuanto veis es el fruto del castigo desmedido de una mujer caprichosa. Ahora también es vuestro castigo.
El pecho de Maurice se hinchó de orgullo, pues aquella Bestia ya sólo le intimidaba en apariencia. Su infernal constitución únicamente servía para ocultar un alma débil y dolida.
–Si no fueseis un ser tan despreciable os presentaría a mi hija para que vieseis cuan equivocado estáis.
Un nuevo pétalo cayó sobre la base de la campana de cristal con un fulgor escarlata. La Bestia alzó una de sus afiladas garras señalando a la flor.
–Poneos a trabajar, inventor. Se os está acabando el tiempo.
El humor de la Bestia se volvía aún más lúgubre a medida que bajaba los viejos escalones hacia la biblioteca. Era la primera vez en muchos años que había tenido una conversación y sólo le había servido para demostrar su propia debilidad.
No albergaba esperanzas de que un milagro rompiese la maldición. De hecho, salvo por la eterna oscuridad en la que vivía, se había adaptado bastante bien a su condición: era hábil, fuerte, inmortal; ninguna criatura de este mundo o de otro era rival para él. Sin embargo, tuvo que pagar con la moneda más cara: su humanidad. Quería estar seguro de haberla sacrificado por una certeza.
Cuando llegó a la biblioteca metió inmediatamente su enorme zarpa en la chimenea y se introdujo en la gruta hacia la habitación secreta. La estatua de Rose Thorn le recibió con su sonrisa vacía. La Bestia fue incapaz de mirar a aquellos ojos pétreos durante mucho tiempo. Aún cuando habían pasado años tras la trágica historia que llevó a una hermosa joven a convertirse en piedra y a un atormentado príncipe a cumplir con su condena completa, contemplar aquella estatua era lo único que podía suscitar una leve presión en su ya marchito corazón.
Y no le gustaba.
Dispuesto a borrar de su mente aquellos pensamientos, cogió el Espejo Celestial, y acercándolo a su rostro dijo:
–¡Muéstrame a la hija del inventor!
El Kyoutenka emitió un brillo tan intenso como el de una estrella, sustituyendo el rostro salvaje de la Bestia por el de una agraciada muchacha a caballo. De vestiduras sencillas pero con un fuego en la mirada como el que desprenden los héroes legendarios y que le confería un aura de majestuosidad.
La Bestia se detuvo a contemplar los rasgos de la chica. Los ojos de la criatura se abrieron como platos; sus piernas siempre firmes retrocedieron unos pocos pasos.
Como si estuviese mirando un retrato viviente, la chica, que ahora había abandonado el caballo y se internaba a pie en los límites de Darthmoor, era el vivo retrato de Rose Thorn.
–Rose... –dijo en un lamento.
Su corazón, poco acostumbrado a aquellos sentimientos capaces de llenarlo de calidez, sintió un estremecimiento; una semilla de esperanza que la hija del inventor podía ser capaz de hacer germinar.
Toda aquella situación era tan surrealista que apenas podía creer que estuviese ocurriendo. Durante cien años de maldición había matado a cuanto ser humano había cruzado sus puertas. Las mujeres lo repudiaban y preferían la muerte antes de quedarse con él. Después, como si quisiese burlarse de su desdicha, creyó que Lady Igraine le había mandado a Rose Thorn con el simple propósito de aumentar su desdicha. Incapaces de entenderse el uno al otro, el cuerpo de Rose acabó convirtiéndose en un frió féretro de piedra, al igual que el corazón de la Bestia cuya crueldad aumentó hasta hacer palidecer al diablo.
Cien años después, el fantasma de Rose Thorn cabalgaba hacia su castillo con la inquebrantable voluntad de salvar a su padre.
Por mucho que le pesase reconocerlo, el inventor tenía razón.
La Bestia dejó el Espejo Celestial sobre su reposo de terciopelo. Alzó la cabeza y las garras hacia el techo y dijo:
–Si me envías otra mujer para burlarte de mí te prometo que será tu última mofa, Igraine. Aprenderé a amarla y ella aprenderá a amarme a mí. El inventor me ayudará a ganar el tiempo que necesito para que eso ocurra. ¡No! ¿A quién pretendo engañar? Me rodean demasiadas tinieblas como para que un ser humano halle amor en medio de ellas. Sea pues. Rose vuelve a presentarse ante mí como un fantasma y esta vez no pienso dejarla escapar. O vive para amarme o vive para ser mi esclava eterna entre estos muros.
