EL JARDÍN DE LAS HADAS SIN SUEÑO

Como desees

El techo abovedado de piedra fue lo primero que vieron mis ojos al despertar. Me llevó un instante reconocerlo y recordar dónde me hallaba. Cuando lo hice, una bofetada de realidad me impulsó a incorporarme en la cama.

Permanecí sentada tratando de serenar mi respiración y haciendo memoria de lo que había ocurrido. Visualicé a Grimmjow entrando en la habitación. Después de eso, mis recuerdos eran inconexos y se confundían con delirios y pesadillas.

Desorientada, me froté la frente y me fijé en las vendas que cubrían mis muñecas. Ya no estaba atada. Una visión en forma de flash me transportó al momento en el que mi captor me había liberado. Aunque no estaba segura de que fuera un recuerdo real, en él me veía llorando y suplicando que no me matara mientras temblaba despavorida.

—Tranquilízate, Rukia, no voy a hacerte daño…

Creí recordar esas palabras y una jeringuilla en su mano. Después, el dolor punzante de una aguja abriéndose paso en mi piel.

Me miré el brazo para asegurarme de que no lo había soñado. Un bultito en la parte interna del codo me confirmó que así era. En aquel momento había pensado que me inyectaba algún tipo de sustancia letal. Había intentado luchar, pataleando y agitándome con todas mis fuerzas, pero a él le había bastado una sola mano para inmovilizarme mientras me pinchaba con la otra. Ahora me daba cuenta de que podía tratarse de aquel suero de la verdad que ya había probado en la Dehesa, o tal vez de un sedante… Me encontraba muy cansada pero también extrañamente relajada, como si aquella escena no fuera conmigo y yo observara todo desde una nube.

Un olor a ropa limpia hizo que me fijara en las sábanas. Ya no estaban sucias y había una manta nueva sobre ellas, todavía con la etiqueta de Marks & Spencer.

No recordaba el momento en que las había cambiado. Traté de imaginarme cómo se las habría ingeniado conmigo encima, cuando me di cuenta de que yo también llevaba puesto un camisón distinto. Era parecido al mío, de algodón blanco, pero me quedaba algo grande y tenía marcados los pliegues del doblado. Su tacto era algo áspero, como si estuviera almidonado.

Eché un vistazo a mi alrededor y vi que había una esponja y una pastilla de jabón dentro de la palangana de cerámica. También había un cubo de latón y una banqueta con un vasito de plástico y varios utensilios de higiene personal: unpeine, un cepillo de dientes y un dentífrico. Sentí la tentación de asearme un poco, pero la fatiga pudo más que mi deseo de estar limpia y no me moví de la cama. A mi lado había una silla que tampoco había visto antes. Sobre ella reposaba una bandeja con comida, una edición del Daily Telegraph y una florecilla morada.

Aunque esto último me pareció un detalle de mal gusto, me sorprendió que mi captor se hubiera tomado tantas molestias.

¿Acaso pretendía que estuviera a gusto en aquel agujero?

Miré la fecha del diario con curiosidad. Era un periódico atrasado, del día anterior a mi secuestro, así que era imposible saber cuánto tiempo había pasado desde entonces. Al no haber ventanas, tampoco tenía pistas sobre la hora; ni siquiera sabía si era de día o de noche.

Me pregunté si alguien habría advertido ya mi desaparición y si mi foto saldría pronto en las páginas de sucesos de algún diario sensacionalista. En menos de una semana, Momo volvería de París y se preguntaría por Alice. Había dejado todas mis cosas en la habitación, así que lo más probable es que acudiera a la policía. Si no lo hacía antes Kenzaki… A Rukia, en cambio, nadie la echaría de menos.

Hacía meses que no contactaba con Senna o con mi padre, y no había vuelto a saber de Ichigo desde nuestra separación en el bosque.

Dudé unos instantes en llevarme algo a la boca. No tenía hambre, pero me dije a mí misma que no podía permitirme enfermar. Tenía que recobrar fuerzas por si surgía alguna ocasión de escapar, por pequeña que fuera. Había un sándwich de pavo, dos muffins de chocolate y un zumo de naranja en envase de cartón. Cuatro bocados de aquel pan inglés bastaron para saciarme.

Abrí el diario como puro ejercicio de distracción, pero las letras empezaron a mezclarse unas con otras. Mis sentidos estaban embotados y me costaba concentrarme.

Tampoco podía dejar de mirar la puerta. Esperaba temerosa el momento en que volviera a abrirse. Busqué con la mirada cualquier objeto contundente que, llegado el momento, pudiera servirme para defenderme. Pero no hallé nada. No había objetos de cristal, ni espejos, ni utensilios punzantes…

Me levanté de la cama entre confusa y mareada.

El sonido de una cadena al chocar contra el suelo hizo que me diera cuenta de algo que me había pasado por alto hasta entonces: ¡estaba encadenada! Tenía un grillete en el tobillo unido a una gruesa cadena. Tiré de ella buscando el otro extremo. Estaba amarrada a una argolla de hierro que había en el suelo fijada con un candado.

Abatida, volví a la cama. Sentí el miedo atravesando las paredes de la somnolencia y una voz interior que me apremiaba a actuar y evitar un desenlace fatal. Pero no tenía fuerzas. Notaba los músculos flácidos y la mente bloqueada.

Un ruido metálico en la cerradura, seguido de bisagras rechinando, me anunció la entrada de mi captor.

Cerré los ojos con fuerza y me cubrí la cabeza con la manta. Permanecí muy quieta, conteniendo la respiración. Supongo que tenía el deseo infantil de hacerme invisible a sus ojos, de desaparecer.

Me sobresalté cuando retiró la manta de mi rostro.

—Me alegra ver que has descansado… Ya sé que este alojamiento no es muy digno para una estudiante internacional como tú, pero confío en que tu estancia aquí sea corta. —Se dirigió a mí en castellano, con aquel acento yanqui que tan bien recordaba desde nuestra primera conversación en casa de Kaien.

—Si piensas matarme, hazlo ahora mismo, y así será corta de verdad —me atreví a decir con voz temblorosa.

Volvió a impresionarme el bronceado de su piel en contraste con su pelo azul y sus cejas gruesas. Tenía poco más de veinte años, pero su expresión sombría le hacía parecer mayor. Estaba más fuerte que la última vez que lo había visto en el bosque, como si sus músculos se hubieran sometido a un entrenamiento intensivo. Aunque ya no llevaba el mono militar, su ropa seguía siendo tan negra como su alma.

Me estremecí cuando retiró las sábanas, pero no opuse resistencia cuando tomó mi pie e introdujo un dedo en la rendija del grillete.

Deduje que quería comprobar si había hueco suficiente para no lastimarme.

—Si no haces ninguna tontería, no te haré daño.

—¿Significa eso que vas a matarme sin dolor? —Aunque una parte de mí estaba muerta de miedo, la rabia me hacía hablarle con desdén.

—Mi cometido es otro. No soy un criminal.

—Ah, ¿no? ¿Desde cuándo no es un crimen secuestrar y drogar a alguien?

—Solo era un tranquilizante. Estabas muy nerviosa, al borde del síncope.

Un escalofrío me recorrió el espinazo al recordarlo y me mordí la lengua para no protestar. Al menos ya no estaba atada de pies y manos, y mi captor parecía dispuesto a dialogar. Me atreví a preguntarle:

—¿Por qué estoy aquí?

—Lo sabes muy bien.

Callé mientras sentía todo mi cuerpo en tensión. No quería mencionar a Ichigo, ni hablar de la semilla. Recordé la brutalidad con la que habían tratado a Senna y me acordé de Adam. Él y dos de sus hombres habían muerto atacados por un ejército de abejas asesinas. De pronto, mis labios pronunciaron una pregunta que había estado dando vueltas en mi cabeza durante meses.

—¿Cómo es que te salvaste? ¿Por qué a ti no te picaron las abejas?

Me miró un instante con dureza antes de contestar:

—Por la ropa. Me la cambié después de que tu tío nos rociara con aquel perfume asqueroso.

En aquel momento lo entendí todo. El potente elixir había atraído a las abejas; pero Grimmjow se había salvado al cambiarse el uniforme.

—Tu tío fue muy listo —continuó.

—¡Él no tiene nada que ver en esto! Fue una casualidad que aquel panal se interpusiera en vuestro camino.

—¿Crees que soy idiota? De todas formas, eso ya no importa, Adam era un cabrón.

—¿Y los otros dos? —pregunté tratando de recordar sus caras.

—En toda guerra hay bajas —dijo tomando aire—. Y ellos no serán los primeros ni los últimos que mueran en esta.

—Byakuya... ¿está bien? —pregunté con el corazón en un puño.

—Lo estará si colaboras.

—¿Qué quieres de mí?

—No voy a pedirte nada de momento. Solo que permanezcas aquí.

—Gracias por pedírmelo tan educadamente —mascullé—. Disculpa que no te acompañe hasta la puerta para despedirte… pero creo que la cadena no llega hasta allí.

Ignoró la ironía de mis palabras.

—¿Quieres que te suelte?

El pulso se me aceleró ante esa posibilidad.

Asentí con la cabeza.

—Entonces negociemos. Te doy mi palabra de que así será algún día.

Saldrás viva de aquí.

—¿Qué quieres a cambio? —mi voz se quebró.

—Nada. Considérate mi invitada. Puedes pedirme cualquier cosa… menos la libertad.

Aquello era lo único que yo deseaba. Salir de allí. Respirar aire puro aunque solo fuera unos segundos.

—Necesito ir al baño —dije finalmente.

—Como desees.

Grimmjow se dirigió hacia el cubo de latón y lo acercó a mis pies.

To Be Continued...