Capítulo 9
Los pájaros piaban más alto, el sol daba más calor y cualquier nube que había estado en el cielo el día anterior había desaparecido por completo. Desayuné solo ya que aquel día ninguno esperamos a los demás y me puse el traje caro que llevaba en la maleta por si acaso. Caro para mí, porque para un Holmes sería la ropa de un domingo por la mañana aburrido en casa.
Los invitados llegarían por la tarde pero mi madre prefería coger el tren de la mañana. La señora Holmes la había invitado a pasar unos cuantos días en la casa pero ella dijo que solo pasaría una noche porque la fiesta acabaría muy tarde. Escuché el timbre de la puerta y dejé el libro que estaba leyendo en la biblioteca.
La relación que tenía con mi madre era bastante buena. Se sentía culpable por no poder hacer también el papel de padre y desde que murió él siempre nos mimó a mí y a mi hermana. Después a ella la internaron y yo me convertí en una especie de hijo único siempre recibiendo las atenciones de mi madre. Yo siempre quise hacer medicina y ella se empeñó y me pagó la carrera entera a pesar de lo cara que era. La pensión de viuda de un militar no era muy buena y durante una época lo pasamos algo mal.
Después me fui a la guerra y todo el dinero que ganaba se lo mandaba a ella. Hace dos años, cuando me hirieron y me mandaron de vuelta a Londres, un antiguo compañero contactó conmigo y juntos abrimos una consulta en el centro de Londres. No era ni mejor ni peor que las demás, pero los cotilleos de la guerra atrajeron a muchos pacientes nuevos que, con el tiempo, se hicieron habituales. Así fue como nuestra consulta se convirtió en una de las más famosas de Londres haciendo incrementar con creces nuestro nivel de vida. Mi madre se mudó a una casita a las afueras de Londres y yo a un piso algo caro del centro. Cada fin de semana iba a visitarla y juntos íbamos a ver a Harriet.
—¡John! —escuché desde la puerta.
La abracé cariñosamente y ella me apretó entre sus brazos; llevaba sin verla ya un mes. Me di cuenta de que toda la casa había venido también a saludar y me sonrojé un poco por el abrazo.
—Madre, la he echado mucho de menos. ¿Qué tal el viaje?
—¡Mi niño se me casa! —gritó de puro nerviosismo y volvió a abrazarme—. ¿Dónde está? ¿Y Elisabeth?
Esta se adelantó un paso y mi madre fue corriendo a abrazarla también. Elisabeth puso cara de incomodidad que cambió a una sonrisa preciosa cuando se separaron.
—Un placer conocerla, señora Watson —hizo una pequeña reverencia y mi madre se rió cariñosamente.
—No he visto una joven más guapa en toda mi vida, querida —Elisabeth se sonrojó en el momento en que la señora Holmes entró en el recibidor.
—¡Ella! —le saludó la anfitriona y mi madre se separó como un rayo para abrazar a su vieja amiga.
—¡Josephine! —respondió mi madre y volvieron a abrazarse —. Cuatro años sin vernos, querida. Cómo pasa el tiempo... Pero tú sigues igual de estupenda que siempre.
—Oh, Ella. No me sonrojes, por favor. Aquí la joven eres tú.
Una tos a nuestra espalda las sacó de su conversación.
Un elegante Holmes se aclaraba la garganta enfundado en un exquisito traje azul marino. Se adelantó unos pasos y se acercó a mi madre. Yo no salía de mi asombro.
—Señora Watson, es un placer conocerla por fin —la tomó de la mano y besó el revés de ella.
—Oh —mi madre se sonrojó y rió tímidamente—. ¿Usted es el hijo de Josephine?
—Sherlock Holmes, mi señora.
—Vaya muchacho más apuesto, tendrás muchas pretendientas.
Sherlock se separó un poco y me miró de reojo.
—Madre, estará cansada. Diré que suban las maletas al cuarto...
—No te preocupes, John. Yo las subiré.
Y para sorpresa de todos, Sherlock cogió las maletas pequeñas de mi madre y subió las escaleras.
Mi madre desapareció con la señora Holmes y mi prometida por el saloncito del té y me quedé solo en el recibidor. ¿Qué acababa de ocurrir? ¿Sherlock Holmes siendo amable? Sin duda, había gato encerrado en todo aquello y no estaba muy seguro de querer saber lo que estaba pasando.
—¿Se puede saber que le ocurre? —grité nada más entrar en el cuarto que sería de mi madre.
—Estoy perfectamente y no sé a qué vienen esos gritos —respondió el detective con la mayor tranquilidad del mundo mientras colocaba las maletas en su mueble.
—Nunca es amable con nadie, ¿a qué venía eso con mi madre? —puse los brazos en jarra.
—Solo quería presentarme, no hagas un mundo de la nada, John. Tu madre parece una mujer amable —me sonrió forzadamente y dio media vuelta.
—No me piensa decir que está pasando, ¿verdad? —le corté el paso.
—Todo tiene una razón, mi querido John. Lo descubrirás esta noche —salió de la habitación silbando.
—¿Descubrir el qué? —chillé al pasillo.
—Tu regalo, obviamente —escuché a lo lejos.
A sí que era eso. Toda esta historia por el maldito regalo de compromiso que me prometió unas semanas atrás.
El almuerzo llegó rápido y la hora del té, más aún; los invitados estaban a punto de llegar.
Elisabeth bajó las escaleras cuando llamaron a la puerta para recibir a los invitados. Abrir la boca embobado delante de toda esa gente era de mala educación, me recordé a mi mismo. Sé que pensaba demasiadas veces que era perfecta y que no podía estar más bella, pero aquella vez lo superó. Llevaba un vestido de color rosa palo tan largo que le tapaba los pies. Su pelo rizado caía sobre sus hombros desnudos en un semi recogido. Noté que aquel día se había puesto rubor en las mejillas y un color más oscuro en los labios. Se acercó hasta mí sonriendo y me pasé así la hora entera de recepción de invitados, babeando disimuladamente.
A eso de las siete ya había llegado todo el mundo y la casa entera parecía estar alegre. Había un cuarteto de cuerda en el salón principal donde algunos valientes se atrevían a bailar. Todas las mesitas de la casas estaban llenas de deliciosos canapés y un camarero servía copas de champán a todo el que deseara una copa.
Yo sentía un cosquilleo en la tripa. Todo eso era por mí. No me lo merecía, claro está y, aunque la mitad solo venía a la celebración, habían venido a felicitarme y darme la enhorabuena por nuestro compromiso.
Mi madre me obligó a saludar a algunos parientes de los que no me sonaba ni el nombre. Por otra parte, la señora Holmes también me presentó a algunos familiares de Elisabeth, y esta vez no me pude escaquear y tuve que conocerlos a todos.
El tiempo pasaba muy despacio y no hacía nada más que escuchar falsos halagos de gente más falsa aún. Ni si quiera pude tomar una copa de champán, aunque dada mi última experiencia con el alcohol, tampoco deseaba beber mucho.
Por encima del hombro de mi acompañante vi al detective parado en medio de la gente que bailaba haciéndole ascos al cuarteto. Seguro que él solo podía triplicar el talento de todos ellos con una sola nota de su instrumento. En ese momento me miró, como si tuviera un radar cada vez que yo hacía lo mismo. Y me miró entendiendo el sufrimiento que estaba pasando, con comprensión. Le dije que no podía más, que me sacara de allí. Pasó por mi lado y cogiendo dos copas de champán, me indicó con la cabeza que le siguiera.
—Siento interrumpirla, señora Houston. Tengo que... —ni si quiera me preocupé en buscar una excusa decente.
Atravesamos la maraña de gente y escapamos al jardín exterior.
Me tomé mi tiempo para tomar aire y respirar tranquilamente.
—Ni si quiera me había dado cuenta del calor que hace dentro de la casa —comenté intentando romper el silencio que empezaba a resultar incómodo.
—Mm... —estaba apoyado en la pared y jugaba distraídamente con una hebra de hierba entre las manos.
La luna formaba una sonrisa de lado aquella noche, y siendo casi finales de Junio, soplaba una brisa casi fría.
—Holmes...
—Sí, ¿Hamish?
Suspiré.
—Quería disculparme por mi comportamiento. Lo único que hago últimamente es gritarle y enfadarme con usted —cogí aire—. Pero debe de entender por qué me pongo así.
Levantó la vista del suelo pero para mirar al horizonte. Tampoco es que esperara una respuesta pero un "vale","acepto tus disculpas" o simplemente un gruñido hubiera estado bien por su parte.
Pero qué digo, no sé ni por qué intentaba disculparme. El causante de todas aquellas situaciones era él y si me ponía así era solo por su culpa. No es que me importara mucho lo que hiciera con los sirvientes, pero no estaba muy cómodo tomándome con él en "esos momentos" exactos.
—¿Y mi regalo? —insistí.
—Paciencia, John. Antes de que acabe la noche lo tendrás. Aún no estás preparado —negó con la cabeza—. Quiero decir, el regalo —me sonrió de lado y siguió mirando el paisaje.
Escuché abrirse la puerta de detrás.
—¡Aquí estás! ¿Dónde te habías metido? —Elisabeth salió al jardín.
—¿No es obvio que estaba aquí? —respondió el detective, cortante.
Elisabeth le miró con cara de querer descuartizarle y me llevó a rastras hasta el interior de la casa de nuevo.
La gente empezó a marcharse poco a poco. Había algunos que ni si quiera se querían marchar -probablemente por el estado en el que se encontraban- y, ayudado por los cocheros, Smith consiguió meterlos a todos en un carro de caballos. Las únicas personas que se quedaron fueron Leonor y mi madre, como ya estaba previsto. Leonor se retiró a su cuarto en cuanto se fue el último invitado, mañana tendría que madrugar mucho para coger el primer tren.
Aquella fiesta no se pareció ni por asomo a la que se celebró cerca de la hoguera. Había también borrachos, pero ni la mitad que hace unas semanas. Y luego estaba el olor a Opio por los alrededores, y el aire cargado y... Aquel beso en el cuello. ¿Por qué me ponía a pensar en eso? De todas formas era mejor que pensar en lo que vi en la rosaleda... Ahora sí que pensaba en eso.
—Hijo mío, no te he visto en casi toda la noche —mi madre se sentó a mi lado en el salón vacío.
—Sí... Había mucha gente a la que conocer —rodeó mi brazo con los suyos y apretó cariñosamente.
—Eso está bien... —sonrió melancólicamente.
—¿Qué pasa, madre? —me separé para poder mirarla a los ojos.
—Nada, hijo —rió quitándole importancia al asunto—. Solo es que... Tu hermana no está, y tú te irás pronto.
—Pero madre, si ya vivía en mi propio apartamento.
—Ya lo sé.
Subí las escaleras rápidamente con ganas de acabar con todo eso de una vez por todas.
—¿Dónde? —le pregunté sin saber a donde dirigirme.
—A tu cuarto.
—¿Mi cuarto? Allí no hay nada.
—He dicho a tu cuarto, ¿lo quieres o no?
Bufé en respuesta y me dirigí a mi cuarto con Sherlock pegado a mis talones. Entré yo primero y observé en la penumbra. Estaba oscuro ya que era bien entrada la noche y no había ninguna vela encendida. Aun así podía afirmar que no había nada distinto en él.
—No hay nad-... —intenté decirle mientras me giraba para darle la cara.
Pero no me dejó acabar.
Apretó sus labios contra los míos tan fuerte que hacía daño. Cuando fui a protestar aprovechó y me mordió el labio inferior haciéndome sangre. Hice acopio de todas las fuerzas que tenía y lo empujé lo más lejos que pude.
Intenté gritarle que estaba loco, que yo no era de los suyos, que eso era antinatural y que estaba apunto de vomitar. Pero de mi garganta solo salían ruidos sin sentido, no podía vocalizar. Escuché el ruido del cerrojo y vi a Sherlock con una mano en el pomo de la puerta.
—¿Qué haces? —balbuceé como pude y comencé a caminar hacia atrás.
—¿Todavía no te das cuenta, doctor? —dio un paso hacia mí—. Y yo que te tomaba por listo —otro paso—. Garganta seca, pupilas dilatadas, pulso acelerado... Diría que no soy el único que quiere esto, ¿verdad?
Dio un último paso hacia mí haciendo que yo retrocediera otro y me chocase con la cama cayendo sentado sobre ella.
—S-Señor Holmes. Creo que h-ha habido una confusión...
Mi respiración se aceleró al igual que mis pulsaciones, pero ni mucho menos por las razones que me daba. Con un movimiento ágil y felino subió a la cama aprisionándome entre sus piernas. Sentía la adrenalina en cada poro de mi cuerpo, las gotas de sudor cayendo lentamente por mi frente, su peso encima de mí. Le sujeté de los brazos e impedí que siguiera avanzando. Por muy fuerte que él fuera, yo era un soldado, había estado en la guerra y a eso no me ganaba nadie. Pero aun así no podía controlar sus piernas. Estas se enroscaron a mi cintura y se movieron ligeramente frotando mi miembro con el ya duro suyo.
—S-sherlock, para...
Hizo exactamente lo contrario a lo que le había dicho.
Finalmente consiguió tumbarme sobre la cama con él sentado encima de mí.
¡Notas importantes!
Sé que en este momento me estaréis odiando por cortar aquí. Pero así os dejo con la intriga una semana más... En este punto, podría chantajearos... 10 reviews mínimo para el siguiente capítulo. Nah, no soy así de mala.
Como siempre, gracias a Taitta por corregir mis horrores y a Momo por ayudarme :)
Dudas, sugerencias, quejas, ideas, insultos, todo por un review. ¡Gracias! (Agradeceria que los Anons se logearan para poder contestaros :S)
