Capítulo 10: Intensidad

Al atardecer, después de haber disfrutado un largo baño relajante, cada uno en una piscina, se prepararon para ir al festival. Tigresa no recordaba la última vez que se había visto tan femenina, sin contar la noche anterior, en la que había dormido con el pijama que le había regalado Po. El kimono se le ajustaba a la perfección y era bastante cómodo. Po la conocía bien y sabía que un kimono tradicional de mangas largas y cinturón le hubiera resultado agobiante y no le hubiera sentado tan bien. Además, el color rojo siempre había sido uno de sus preferidos.

Cogió los adornos florales que había en la bolsa y miró en el espejo cómo quedaban los dos puestos, pero no terminó de convencerla la imagen que vio. Finalmente, decidió coger sólo uno y colocarlo cerca de su oreja derecha.

Salió de la habitación y se dirigió a la sala donde unas horas antes habían comido, y donde se suponía que debía estar esperando el panda. Abrió la puerta y entró en la estancia. Po no se encontraba allí. Salió afuera y echó una ojeada a las piscinas, pero tampoco lo halló allí. De repente, la puerta por la que había entrado poco antes, se abrió. Tigresa no era la única que iba a ir debidamente vestida al festival. Po había decidido cambiar sus viejos pantalones por unos nuevos de color marrón, a conjunto con el kimono que llevaba abierto, dejando ver su prominente y esponjosa barriga.

El oso miró tímidamente a Tigresa, rascándose la cabeza nerviosamente.

—Si me lo cierro me agobia mucho, ¿sabes? Queda muy apretado. En el Valle de la paz no suelen hacer ropa de mi talla. Como la mayoría de los clientes son más bien pequeños...

—Te queda muy bien —comentó Tigresa. Nunca había visto a Po vestido de otra forma que no fuera con sus usuales pantalones remendados.

—Pues a ti te queda más que bien. Ese kimono parece hecho a tu medida.

—Gracias —dijo, satisfecha —. ¿Nos vamos?


El pueblo no estaba excesivamente abarrotado. Se podía caminar con tranquilidad por las calles, viendo las luces de colores y los farolillos, los puestos de comida y de juegos. Todo el mundo iba vestido para la ocasión con sus mejores galas, no demasiado usadas en ese tipo de pueblos. Tigresa ojeaba sin que se diesen cuenta los kimonos de las demás. Los colores y motivos eran bonitos, pero no consiguió ver ninguno que le gustara tanto como el suyo. Po, sin embargo, iba más atento a los puestos de comida. Su estómago ya empezaba a reclamar que se llevase algo a la boca.

—¿Quieres que paremos a comer?

—No, no —negó él con la cabeza y las manos al unísono. Quería que Tigresa se divirtiera, ya habría tiempo más tarde para comer. — Más tarde.

Tigresa asintió y volvió a sumergirse en el encanto de la fiesta. Vio cómo unos niños miraban atentos los movimientos de un pequeño conejo que intentaba sacar un globo de goma de una pequeña piscina con un gancho, que terminaba por romperse. Los demás entonaron un "oh" de decepción. El conejito puso una expresión triste. Ya era la tercera vez que lo intentaba. Parecía que esa noche no conseguiría el preciado juguete. Se levantó, dispuesto a irse, pero antes que de pudiera dar un paso, el encargado sacó el globo azul con la mano y se lo tendió. El pequeño saltó de felicidad, le dio las gracias y se lo enseñó a sus amigos.

—¿Quieres jugar? —preguntó Po, viendo la atención que ponía Tigresa en el juego de los niños. Sin darle tiempo a contestar, la agarró de la mano y la guió hasta allí. Sacó una moneda y se la entregó al pato encargado —. Voy a intentarlo.

El pato le dio un gancho y Po se agachó para coger un globo rosa y rojo. Enganchó el globo y tiró de él, pero antes de que pudiera sacarlo, la cuerda se rompió y cayó al agua de nuevo.

—Oh, vaya...Pensaba que ya lo tenía.

Tigresa se acercó un poco más, pidió otro gancho al pato y se lo dio a Po. Colocó su mano encima de la de él y la guió despacio y con cuidado.

—Tienes que controlar tu fuerza —dijo, recordando lo que el Maestro Shifu le había enseñado cuando era una niña —. Hay que sujetarlo como si fuera algo muy delicado.

Cuando tuvo el globo enganchado, Tigresa tiró de la mano de Po suavemente y lo sacó de la piscina.

—¡Ajá! ¡Sí! —exclamó Po, poniendo la mano debajo del globo para que no cayera al suelo —. ¡Eres increíble!

Agarró su mano y le puso el globo que ella misma había ganado encima de la mano. Tigresa lo tocó con delicadeza. Hacía unos años habría roto algo tan frágil con sólo rozarlo. Ahora era capaz de controlarse. Se sentía fuerte, pero de otra manera.

—¿Jugamos ahora a los aros? A ver quién tiene más puntería —le retó Tigresa, señalando el puesto de aros, que en ese momento estaba prácticamente vacío.

Po sonrió con confianza.

—En ése sí que no me ganarás. ¡Demasiados años colando trozos de rábanos en las ollas desde lejos me preceden, Maestra!

—Bien, pues demuéstralo.


Tigresa y Po salieron un cuarto de hora más tarde del puesto de aros. El dependiente les despidió, agradecido. Nunca había tenido unos clientes que gastaran tantísimo dinero en jugar una y otra vez. Y es que los dos guerreros se habían picado. Cuando ganaba uno, el otro quería la revancha, y si no, era al revés. A su alrededor se habían colocado un grupo de niños de distintas edades, todos con la boca abierta, para presenciar la extraña pelea entre la Maestra Tigresa y el Guerrero del Dragón. Finalmente, advirtiendo que se habían gastado casi la mitad de lo que llevaban encima, decidieron dejarlo en un empate.

Antes de irse, miraron la montaña de juguetes que habían ganado entre los dos. No se los podían llevar al palacio Jade. Era imposible. Así que tomaron la decisión de conservar un muñeco cada uno y regalar a los niños que se habían quedado a presenciar el juego. Po decidió quedarse con un pequeño peluche de un tigre, y Tigresa, con un panda.

El estómago de Po rugió por quinta vez consecutiva en esa noche, y Tigresa decidió que, si ya se habían gastado tanto dinero, un poco más no importaría.

—¡Fideos! ¡Fideos con salsa de soja y verduras! ¡Acérquense a probar los famosos fideos de Bao Gu! —vociferaba un tendero cercano.

—No serán tan buenos como los de mi padre, pero ¡cómo huelen...!

Se acercaron a comprar un envase de fideos. El tendero los atendió con una sonrisa, contento de tener clientes que apreciaran su comida. Puso los fideos en una bolsa y se la entregó a Po una vez que éste le hubo pagado. Después cogió dos palillos y pinchó un par de pasteles artesanos y se los tendió.

—Un dulce de regalo para la bonita señorita y su acompañante.

Tigresa lo cogió, agradecida y sonriente. Pocas veces le hacían un cumplido y un regalo.

—Muchas gracias.

—Gracias —contestó también Po, cogiendo el suyo —. La próxima vez que vaya a comprar, te llevaré conmigo. Seguramente, nos regalarán la mitad de lo que nos llevemos —bromeó una vez que se habían alejado.

Pararon a comer en un lugar cercano, donde no había demasiada gente. El tendero había sido generoso y Po, exagerado. La cantidad de fideos que había en el envase no se la hubieran podido terminar ni teniendo tres estómagos cada uno. Llegó un momento en el que ni siquiera el estómago de Po pudo aguantar más comida y tuvieron que guardar lo sobrante.

—Esto no se tira. Después me lo como yo —dijo Po, volviendo a meterlo en la bolsa —. Se está haciendo tarde y mañana tenemos que madrugar. Será mejor que volvamos.

Esa era la intención, pero cuando estaban a punto de irse, algo pasó. Un alboroto se empezó a formar entre los pueblerinos. Algo malo estaba sucediendo en medio de la fiesta. Po y Tigresa corrieron hacia el epicentro del caos. Un cerdo cogía del cuello a un conejo. Iba acompañado de un par de patos con cara de pocos amigos.

Po, en un principio, pensó que se trataba de una broma. Tigresa, sin embargo, reconoció de inmediato al abusón. Su nombre era Tao. Había estado en el mismo orfanato que ella. Era el único que había osado decirle que era un monstruo a la cara. Se burlaba de ella, pero también de los demás niños. Cuando ella estaba delante, se hacía el valiente, pero Tigresa siempre había podido ver el miedo en sus ojos. Para nadie era un secreto el por qué Tao era así. Las cuidadoras le habían contado que su padre había sido un jabalí fuerte y rudo, y su madre una cerdita adorable, pero cuando la madre de Tao había fallecido por una terrible enfermedad, su padre, incapaz de hacerse cargo de él, lo dejó en el orfanato y se fue para no volver. Aun así, Tao no sentía rencor hacia su padre. Al contrario, siempre había deseado ser como él, le hubiera gustado nacer jabalí. Quería ser más fuerte, "una raza superior", como él decía siempre.

—¡Tao! —lo llamó ella —. Suéltalo ahora mismo.

El cerdo alzó la mirada y dio con la Maestra. Acto seguido, soltó al pobre y desgraciado conejo que se había puesto en su camino y avanzó un paso hacia Tigresa.

—No me lo puedo creer. ¡Pero mira a quién tenemos aquí! Ya había oído rumores de que andabas por el pueblo, pero no había terminado de creerlo. El monstruo Tigresa ha regresado. ¿Acaso no terminaste asqueada del orfanato?

Po se acercó con el ceño fruncido.

—¡Eh, ten más respeto! —gruñó, poniéndose al lado de su amiga.

El cerdo no le llegaba ni a la mitad de la barriga, pero eso no hacía que se echara para atrás. Su vida era una mierda y necesitaba pagar esa frustración con los que eran más débiles que él, y si para eso tenía que enfrentarse con un gigante como Po, lo haría.

—¿Respeto? ¿A quién? ¿A un monstruo como ella? Lo haré cuando me crezca el pelo y me salgan unos enormes colmillos de la boca como a mi padre.

Po sonrió maliciosamente. Se le había ocurrido algo. Tigresa ni siquiera se dio cuenta de cómo metía la mano en la bolsa. Estaba demasiado atenta a Tao.

—Pues lo de los colmillos es un problema, pero lo del pelo...creo que puedo solucionarlo.

Abrió el envase de fideos y lo volcó encima de la cabeza del cerdo. Los fideos cayeron como una larga melena por toda su cara.

—¡Ya tienes pelo!

Los pueblerinos estallaron en carcajadas. Tao se puso colorado de la rabia. No aguantaba las humillaciones, y menos en público. Tigresa no supo si eso estaba bien o mal, pero no pudo reprimir una sonrisa burlona. Se lo tenía bien merecido. Tao intentaba soltar algún insulto, pero nada salía de su boca. Nadie había osado nunca hacerle algo parecido.

—Ahora, escúchame bien, pequeñín. —La gente volvió a reír —. Ella, sí, esa preciosa tigresa que tienes delante, es toda una maestra del Kung Fu, ¿entiendes? Y si no te ha pateado ya el trasero es porque es mucho mejor persona de lo que tú serás nunca. Así que será mejor que dejes de molestar a la gente y te largues de aquí antes de que ella o yo te dejemos más pequeñito de lo que ya eres estampándote contra el suelo. ¿Te ha quedado claro?

Tao asintió con energía. Ese panda le había parecido un peluche cuando lo había visto llegar, pero le había demostrado que hasta los peluches podían llegar a dar miedo algunas veces.

—Bien, pero antes de que te marches. Quiero oír una disculpa.

—Pe...perdón —tartamudeó el cerdo.

—A mí no, a ella —señaló a Tigresa.

Tao no quería hacerlo. Él nunca pedía perdón. Era de débiles. Pero prefería tragarse su orgullo antes que quedar aplastado contra el suelo.

—Lo siento, Tigresa...

—Maestra Tigresa —aclaró Po.

—Lo siento, Maestra Tigresa...

Y dicho esto, salió corriendo, con los dos patos que tenía como amigos detrás. Las personas que estaban alrededor empezaron a aplaudir. Eso sí que había sido un espectáculo, ver cómo le daban su merecido al abusón del pueblo.


Había sido una noche divertida. Hacía mucho tiempo que no pasaba una como esa. Se lo habían pasado genial y habían conseguido olvidarse del trabajo y las preocupaciones por una noche. Sin embargo, al llegar a la cabaña, las cosas cambiaron. Po volvió a estar callado y serio. No podía quitarse de la cabeza esa estúpida pesadilla que había tenido la noche pasada. Era extraño cómo la realidad podía haberle golpeado la cara cuando se encontraba en un sueño. Extraño, pero era así.

Respiró hondo, aspirando el olor a hierva y flores, y sumergió la cabeza en el agua. Mantuvo la respiración durante unos segundos. Quería dejar de pensar por un momento, olvidarse de las cosas malas y tener en mente únicamente las buenas. ¿Qué debía hacer a continuación? Abrió los ojos debajo del agua. Qué difícil era hacerse mayor...La edad trae responsabilidades y te hace comerte la cabeza por cosas a las que de niño no le habrías dedicado ni un mísero segundo.

Una silueta se dibujo en la superficie. Alguien de pelo anaranjado se había asomado a la piscina, buscándolo. Sacó la cabeza del agua y cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron. Tigresa le sonrió.

—¿Pretendes ahogarte, Guerrero del Dragón?

—No, sólo relajarme —contestó él con otra sonrisa.

Miró a Tigresa, que se hallaba sentada detrás de una de las muchas rocas que rodeaban la piscina. Había apoyado sus brazos y su cabeza en ella para estar más cómoda. Po observó que ya se había puesto el pijama, ése que él le había regalado y tanto le gustaba. Pero no sólo eso. Llevaba algo más encima. Parecía una bata marrón.

—¿Te has puesto mi kimono? —preguntó el oso, divertido.

Ella se encogió de hombros.

—Ha refrescado un poco. ¿No tienes frío ahí dentro?

Po negó con la cabeza. El agua estaba a una temperatura perfecta.

—El agua está tibia.

El panda pensó lo mucho que le gustaba ver a Tigresa con su ropa puesta. Le resultaba adorable. El kimono le quedaba excesivamente grande. Parecía una niña pequeña que se había puesto la ropa de su padre. Una niña que debería haber estado ya metida en la cama. Un rato antes, cuando habían llegado del festival, cada uno se había dirigido a una habitación diferente. Tigresa le había dado las buenas noches y él, pensando que no la volvería a ver hasta la mañana siguiente, se había quitado la parte de arriba del kimono y la había dejado tirada en medio de la sala. Se había dirigido a una de las piscinas, se había quitado el pantalón y se había tirado al agua. En ese momento, recordó su desnudez, y dio gracias a Dios por que la visión de Tigresa quedara reducida por esas grades rocas que los separaban.

—¿No deberías estar acostada?

—No puedo dormir. ¿Y tú?

—No tengo sueño.

Ambos sonrieron. Pasaron unos minutos hasta que Tigresa se decidió a hablar. Cuando estaban juntos, el silencio no era tenso, sino relajante. Se conformaban con disfrutar de la compañía del otro. Eran momentos en los que solía sentirse feliz, pero desde que se habían levantado esa mañana, Tigresa tenía la sensación de que Po no se encontraba bien, de que estaba triste. No lo sabía a ciencia cierta, pero tal vez fuera por su culpa. Ese día había sido increíble, pero ella no podía relajarse del todo sabiendo que al panda podía estar pasándole algo malo.

—Po. —El oso, que había estado con los ojos cerrados, intentando relajarse, los abrió de inmediato. — Gracias por este día. Ha sido inolvidable.

—No tienes que darme las gracias. Pensé que necesitarías relajarte un poco.

—Sí, pero no puedo dejar de pensar en algo. Hay una cosa que ronda mi cabeza desde esta mañana. Te veo mal. Algo te pasa, y, la verdad...me sentiría mucho mejor si supiera que no es por mi culpa que estás así.

—No es por tu culpa —aclaró él. Sabía lo que ella estaba pensando. —No es por lo de ayer.

—¿Entonces?

—Es complicado.

—También lo mío lo era, y aun así te lo conté.

Po la miró a los ojos. Se lo tenía que contar. Era un tema demasiado delicado como para guardárselo para sí mismo, pero era tan difícil de aceptar...Seguramente, a ella también se le habría pasado por la cabeza el mismo tema alguna que otra vez. Era algo lógico. Lógico y preocupante. Por otra parte, ni siquiera sabía si debía preocuparse por ese tema. Tigresa le había confesado lo que sentía por él, pero no le había dicho que quisiera estar con él. Tal vez no le quisiera como pareja. Es más, aunque ella le había aclarado que no tenía nada que ver con eso, estaba casi seguro de que su atracción por él sólo era causado por el estado en el que estaba presa. En cuanto se le pasara, ni siquiera se plantearía estar junto a él.

Po sintió los ojos húmedos por sus propios pensamientos. La verdad dolía. Él no se sentía digno de alguien como Tigresa, y sin embargo, no podía dejarla escapar así como así. Era lo mejor que le había pasado, y esas oportunidades sólo se daban una vez en la vida.

Acercó su cara un poco a la de la felina, quien se inclinó levemente para recibirle. Po la besó tímidamente una vez más, como si fuera la primera vez que lo hacía, y se separó.

—¿Crees que funcionaría?—le preguntó ella. Había estado esperando todo el día a poder hablar de lo ocurrido la pasada noche.

—No lo sé. —La respuesta entristeció a Tigresa. No querría haber oído algo así. Necesitaba que Po la hiciera sentir segura, que le dijera que todo iba a salir bien, que podrían estar juntos sin que hubiese algún problema. Pero al parecer, ella no era la única que estaba asustada. —No sé si funcionará. No sé lo que nos deparará el futuro...pero sí sé una cosa, y es que quiero intentarlo —añadió con confianza —. Quiero hacer que salga bien. Necesito que salga bien. Pero tengo miedo, porque no sé si estaré a la altura.

Tigresa se sintió más confiada y segura con sus palabras, pero también confundida. ¿Por qué no iba a estar a la altura?

—¿Qué quieres decir con eso?

Po permaneció pensativo. Había llegado el momento de decírselo. Era ahora o nunca. Alzó una mano para que ella la agarrara y la guió hasta la entrada de la piscina: un pequeño hueco en el que faltaba una roca. Tigresa introdujo ambas piernas en el agua, sentándose en el filo de la piscina. Estaba más confusa que hacía unos segundos. ¿Qué pretendía Po?

El panda posó las manos en sus hombros y deslizó suavemente el kimono que hacía las veces de bata hasta dejarlo caer en el suelo. Después, sujetó a Tigresa por la cintura y la introdujo con cuidado en el agua. La felina se sonrojó por el atrevimiento de Po. El camisón rosa fue mojándose a medida que entraba en el agua, hasta quedar totalmente empapado. Po no se había atrevido a desnudarla entera. No quería que Tigresa le arañara la cara antes de explicárselo todo.

Tigresa pensó que Po la soltaría una vez que la hubiera metido en la piscina, pero no fue así. El oso la agarró fuerte de la cintura para que no pudiera huir. Y definitivamente, lo hubiera hecho si no se hubiera visto sujetada de tal forma. Estar así con Po la hacía sentir vulnerable y débil, y eso era algo que no le gustaba. Ella era fuerte, pero ese tipo de cosas se escapaban a su comprensión.

—La pasada noche, cuando dormimos juntos, tuve una pesadilla. Fue horrible. Estábamos hablando. La conversación era la misma que tuvimos ayer, pero con un final diferente. De repente te pusiste muy seria y te alejaste de mí. Decías que a pesar de lo que sentías, no podías estar conmigo, que éramos demasiado distintos y que tú necesitabas algo mejor. Decías que necesitabas alguien como...Shan. —Tigresa se puso tensa. Estuvo a punto de hablar, pero Po no había terminado. —Y...también dijiste...que yo jamás podría satisfacerte de la forma que tú necesitas. No sé si entiendes lo que te quiero decir. —Sí, Tigresa lo entendía. Po se refería a que no serían compatibles en temas mucho más íntimos. Ella también lo había llegado a pensar, pero le daba vergüenza reconocerlo. Era algo demasiado delicado. —Pero no por eso quiero rendirme —reconoció, con la cara completamente roja. Bajó los brazos y obligó a Tigresa a colocar sus piernas alrededor de su cintura—. Si tú me dejas, me gustaría intentarlo.

Tigresa estaba anonadada y con las mejillas sonrojadas. No se podía creer lo que estaba escuchando. Lo que menos se había esperado era que Po le propusiera algo como eso. La sorpresa la había dejado sin habla.

Sintió las grandes manos del oso subiendo despacio el camisón por su pierna derecha. Tigresa pegó un casi imperceptible respingo. ¿Qué debía hacer? ¿Le pegaba un puñetazo o dejaba que continuase? Estaba bloqueada. Una parte de ella le decía que le diera su merecido a ese panda grandullón por propasarse, pero otra parte, la parte que controlaba el celo y sus instintos, no la dejaba que moviera ninguna parte de su cuerpo.

—Po...esto es...¿no crees que es demasiado precipitado? —preguntó ella. Su voz sonó ridículamente suave y sumisa. ¿Qué demonios le pasaba?

—Si fuera precipitado, no me habrías dejado ni meterte en el agua —le susurró él en el oído, mientras seguía intentando quitarle el diminuto pijama.

Tenía razón. Tigresa sabía que la tenía. No quería hacerlo. Estaba mal. Su cabeza le decía que estaba mal, y aun así no podía detenerlo. Su cuerpo se negaba a obedecerla. Pero esas cosas nunca le pasaban a ella. Le pasaban a otros, pero no a ella. Nunca había hecho, o mejor dicho, le habían hecho algo como eso. Esas cosas sólo le pasaban a los adultos.

Po se deshizo del camisón y lo dejó flotando por el agua. Tigresa juntó su cuerpo al de Po. Le daba vergüenza que la viera desnuda. La felina se preguntó la razón por la que a otros no les avergonzaba tanto enseñar su cuerpo como a ella. La respuesta llegó sola: porque el suyo estaba mucho más desarrollado que el de muchos otros. Porque ya era toda una adulta, y no había sido consciente de ello.

Po volvió a besarla, notando la tensión y la preocupación de Tigresa. Él sólo quería hacerla feliz, no que tuviera miedo. Sabía que, aunque no lo supiera, ella deseaba que siguiera. Cuando pasó una de sus manos por la espalda de ella, acariciándola, Tigresa lo comprendió todo. Comprendió por qué la noche anterior los besos le habían sabido a poco. Entendió que hubiese querido llegar a algo más intenso y que hubiera mordido a Po sin darse cuenta. Eso era lo que ella quería, lo que Po estaba haciendo en ese preciso instante. El estado en el que se encontraba la hacía desear mucho más que besos, y Po había sabido captarlo.

Continuará...


Hi! :D Hola a todos. He aquí un nuevo capítulo. Me ha salido más largo que de costumbre. La verdad, después de lo que escribí no sé si querréis matarme o besarme. XD jajaja Nunca escribo escenas para mayores explícitas, prefiero dejar que vuestra imaginación funcione. Jajaja. En fin, ya me diréis qué os pareció. La verdad es que no sabía si escribirlo o no, pero finalmente me decidí.

Ahora, yendo a por los reviews...A ver, tengo que contestar alguno que otro:

-A Barduk30: Por supuesto, no iba a dejar que Po fuera con sus viejos pantalones. Ya tenía planeado un kimono para él, pero algo que no fuera demasiado elegante, porque no le pega. Con respecto a los días que han pasado...lo he calculado, y habrán pasado aproximadamente unos diez días o poco más. Es decir, que el tiempo de celo está a punto de terminar. Ya tenía planeado eso. Y bueno, lo del embarazo de Tigresa...xD Lo había pensado, no te creas, pero sería un poco raro, ¿no? ¿Qué es lo que saldría de ahí?...jajaja No, no voy a terminar con un embarazo. Sinceramente, aún no sé cómo terminará el fic. Las ideas me van llegando poco a poco. Ya pensaré en el capítulo final más adelante.

Bueno, y por último: ya te dejé mi opinión de tu fic. No lo critiqué, pero te di algunos consejillos que te pueden servir. Si hubieras visto cómo fue mi primera crítica...uff...qué cabreo cogí...xD jajaja

-A Masizo: Sí, Tigresa se bañó desnuda. XD Los dos se bañan desnudos. Es que no conseguía imaginarme a Tigresa con un bañador. o.O...Sería raro. Además, ella no sabía adónde iba, así que si hubiera tenido, no se lo hubiera llevado. XD

-A Leslie princess Seddie: ¡Espero que te mejores pronto! Escribiré lo antes posible el capítulo 11 para que te sientas mejor. :D Gracias por seguir leyendo el fic a pesar de todo.

A todos los demás, gracias por vuestros reviews. Se supone que no está permitido contestar los reviews, pero los mensajes privados a veces la gente ni los lee, por eso intento contestar sólo los imprescindibles. XD

Bueno, me despido.

Sayonara!

Pétalo-VJ