Gilbert abrió los ojos de golpe casi rasgando su garganta a gritos, se había quedado profundamente dormido sin ni siquiera percatarse de ello. Las pesadillas todavía le perseguían, aunque Lizzandra estuviera viva los horribles recuerdos del pasado le seguían acosando constantemente, sin darle ni un solo respiro.
Inclinó su cuerpo hacia el frente, encorvándose, mientras escondía su rostro entre las manos, a duras penas lograba controlar las náuseas que retorcían su estómago. Era bastante impresionante que después de tanto tiempo los recuerdos se mantuvieran tan nítidos en su memoria, como si apenas hubiera vivido todo aquello el día de ayer, o hace unas horas. Quizás muchas personas podrían desear aquello, recordar las cosas con la facilidad que él tenía. Aunque, en verdad, era un terrible suplicio.
Se estiró lentamente tras haber recuperado su calma habitual, por suerte tenía un gran control sobre sí mismo y sus emociones, hasta cierto punto obviamente. Se percató de que, contrario a lo que él creía, la televisión yacía apagada y Lizzandra no estaba acurrucada a su lado, meramente había un papel doblado en dos. Una nota, quizás. El albino tomó aquel papelillo y lo desdobló con cuidado de no romperle, reconociendo la letra de Lizzandra y confirmando sus especulaciones sobre la naturaleza de aquel extraño papel de origen aparentemente desconocido.
Pollito:
He decidido ir sola a comprar mi vestido para el baile que se avecina. No quiero que te lo tomes a mal o como algo personal, solamente no quería despertarte, te veías tan tierno durmiendo que no he tenido la fuerza para hacerlo. Ya me conoces, podría luchar contra mil hombres sin miedo pero no puedo molestar a alguna criatura que se ve tan tierna. Mi debilidad por la ternura me pasará algún día la cuenta.
Frost quiso venir conmigo, pero no le he dejado, quizás esté con un poco de mal humor así que ten cuidado de no molestarle demasiado. Creo que un lobo no sería visto de muy buena manera en la ciudad, ya sabes a lo que me refiero. El chucho terminaría atacando a alguien por mirarle muy fijo.
En fin, volveré lo más pronto que pueda, no te preocupes por mi, me sé cuidar por mi misma. Ah, ¡Te amo!
PD: he llevado conmigo tus tarjetas de crédito y un par de cuchillos pequeños. Prometo firmemente no gastar todos tus ahorros.
Gilbert no pudo evitar contener la sonrisa que luchaba fieramente por formarse en su pálido rostro, Lizzandra podía ser increíblemente tierna cuando se lo proponía y aquello le enamoraba aún más. Jugueteó con la nota, pensativo. Ella había dicho que iba armada con un par de cuchillos, lo que no era extraño en realidad, él tenía entendido que en alguna parte de aquella pequeña casa se encontraba alguna puerta oculta que le llevaría a un arsenal repleto de armas de todo tipo: cuchillos, espadas, pistolas, escopetas, bombas y muchas más, aunque nunca había logrado dar con él.
Los años posteriores al final de la Segunda Gran Guerra, tras la ejecución de la chica, él se había dedicado a investigar sobre la desconocida vida que ella había llevado. Ella nunca había hablado abiertamente de nada que respectara a su pasado a menos que fuera estrictamente necesario, generalmente creaba una red de mentiras a su alrededor para protegerse de posibles peligros. Ella siempre había sido bastante convincente, la gente creía todo lo que decía a ojos cerrados y él estaba incluido entre estas personas. Claro está que, con el paso del tiempo, fue descubriendo muchas cosas que ella nunca le mencionó, aunque nunca eran cosas de demasiada importancia.
Un par de meses después de conocer a la chica él había tenido que regresar al campo de batalla, le necesitaban en el frente francés. Ella también volvió al combate, aunque sin decirle nada a nadie, ya que una asesina debía trabajar en absoluto secreto si quería sobrevivir sin ser atrapada. El chico recordaba a muchos de sus compañeros que habían muerto a manos de un asesino americano aunque, realmente, nunca le había importado demasiado. La balanza de la guerra estaba a su favor y eso era lo que contaba en aquel momento, aquel asesino no podría cambiar aquello, no importaba a cuantos matara: siempre habría alguien listo para reemplazar su lugar. Recordaba haber estado 3 meses en el campo antes de que le dieran unas semanas de descaso para volver a casa, y poder ver a la chica. Aunque nunca supo que ella le había estado vigilando y protegiendo desde la lejanía todo aquel tiempo.
Así fueron pasando los años de guerra, la destrucción e incertidumbre abundaban en cada rincón del mundo, al igual que el miedo de los inocentes a ser exterminados. En una de las tantas batallas en las que el chico de ojos carmesí combatió fue salvado por Lizzandra, al igual que su hermano Ludwig. El menor de ambos creyó reconocerla, pero no hizo ningún comentario sabiendo que esto sería peligroso para su hermano y para la extraña chica con la que salía.
Después de aquello, las cosas habían ido de mal en peor, las noticias de la asesina y su espada roja que podía derrotar a un pelotón de mil hombres en un abrir y cerrar de ojos había sido polvorín a lo largo de Europa, sin ya mencionar el atentado contra Adolf Hitler que triplicó su ya dantesca fama. Alaska la asesina, con sólo nombrarle los soldados temblaban de terror, soltaban sus armas y huían por sus miserables vidas.
"Gilbert contemplaba a la chica entre los barrotes de la sucia y oxidada celda dónde la habían encerrado tras su captura. Ella le devolvía la mirada, sin arrepentimiento ni miedo, amenazante y salvaje, un alma indomable que aunque encerraran nunca sería derrotada."
"-He venido para que me digas la verdad sobre ti, Alaska- exclamó Gilbert, con voz firme. Él contrastaba bastante al lado de ella, que traía unos meros harapos sucios y raídos mientras él llevaba su impecable uniforme con su cruz de hierro al cuello.-O, por lo menos, me digas tu verdadero nombre- agregó."
"-¿Por qué habría de decírtelo, eh? Eres un mero soldado más en entre las filas de Hitler, no mereces tal honor- gruñó ella, en respuesta. Sus azules ojos chispeaban fuego y sus dientes rechinaban al ser apretados con fuerza.-Es mejor que te retires, sospecharán de ti y te culparan de traición- masculló, escupiendo veneno en cada una de las palabras que sus labios formulaban:"
"-Después de todo lo que hemos pasado creo tener el derecho de saber tal información- replicó. Ella soltó una amarga carcajada, en sus brazos se podían observar las heridas que le habían infringido los guardias para poder reducirla, la piel amoratada tenía una gama de colores que iban desde el amarillo hasta un tono azulado bastante enfermizo.- ¿Qué es lo que te parece tan gracioso?- murmuró él, frunciendo el ceño con algo de molestia en el rostro."
"-Es mejor que olvides todo lo que ha pasado, al fin y al cabo todo esto terminará pronto y tú serás libre de continuar con tu triste y aburrida vida, chico- respondió ella, con una cruel sonrisa. Sus ojos se habían vuelto del color de la sangre que manaba de un pequeño corte que tenía en la sien, ojos sangrientos, crueles y vacíos de todo sentimiento humano.-Pronto me ejecutarán y no quedará nada de mí en este mundo despreciable- agregó, casi gruñendo como una bestia salvaje. El chico apretó sus puños para finalmente golpear los barrotes de metal de la asquerosa celda, haciendo temblar aquella deplorable estructura, aunque la chica ni se inmutó."
"-¿¡Cómo quieres olvide todo esto!? Fueron 3 años, maldita sea- rugió él, con los ojos desorbitados de la mera ira que sentía. Ella le miraba, impasible, sin ni una emoción a flor de piel.- ¿¡Esto no significó nada para ti, acaso!?- insistió. Sintió su voz quebrarse y simplemente apretó la mandíbula para o empezar a soltar gritos que desgarrarían su garganta."
"-Ya vete, Beilsmidtch- masculló ella. Una fría y retorcida sonrisa se formó en sus resecos y partidos labios.-Sólo eres un juguetito roto más, ya no me sirves- agregó, escupiendo a los pies del chico al terminar la frase."
"Gilbert salió de los calabozos a paso firme, escuchando la risa de la mujer que alguna vez había amado a sus espaldas, amargas lágrimas bajaban lentamente por sus mejillas mientras que su corazón latía a duras penas, haciéndose cenizas a cada segundo que pasaba. No entendía por qué seguía latiendo, si hecho trizas estaba ¿Por qué no caía muerto al tener el corazón roto? ¿Por qué seguía respirando a pesar del terrible dolor que sentía en el fondo de su pecho?"
"Los días iban pasando, arrastrándose cada vez más cerca de la ejecución de la chica. El albino no volvió a visitarla, ni siquiera fue a contemplar las torturas que le aplicaban para extraerle información sobre el ejército aliado al que ella había ayudado, sólo se dedicó a estar encerrado en su despacho realizando el papeleo que nadie deseaba, ni siquiera lograba pegar ojo durante las noches. Su corazón estaba irremediablemente roto y las lágrimas no querían dejar de fluir de sus rojizos ojos, ella no le amaba como él a ella."
"Claro, él la seguía amando en el fondo de todo aquel dolor, seguía apreciando a aquella chica que le había alegrado los días más sombríos. Quizás era un tonto por ello."
"-Bruder...- murmuró Ludwig, mientras entraba lentamente en el cuarto de su hermano. Había abierto la puerta con cautela, intentando no molestarle, aunque de todas formas el de cabellos blancos ni se había inmutado mientras permanecía sentado y encorvado sobre su escritorio.-En una hora más se llevará a cabo la ejecución- agregó, con voz suave, intentando no alterarle."
"-No pienso ir a contemplar aquello, no quiero volver a ver a esa maldita- masculló en respuesta, sin levantar la cabeza de los papeles que tanto se esmeraba por analizar. En el fondo no quería aceptar aquella realidad, no podía, no cabía dentro de su mente.-Ella ya no siente nada por mi, si muere no es mi problema- agregó, en un lastimero susurro."
"-Gilbert, deberías ir por lo menos a despedirte...quizás puedan arreglar las cosas- replicó el menor, con mirada preocupada. Recibió en respuesta una mirada venenosa de un par de ojos escarlatas inyectados en sangre y un gesto frío de un rostro ojeroso y demacrado.-Sólo es un consejo- agregó, antes de retirarse cerrando la puerta a sus espaldas."
"Gilbert escuchó la puerta cerrarse, había vuelto a clavar la vista en los papeles que descansaban sobre su escritorio, que habían dejado de tener algún sentido para él mientras su mente viajaba a otro lado, lejos de las estadísticas y cuenta de suministros. Su orgullo le pedía que se quedara allí, que hiciera como si nada pasara y aquello no tuviera realmente ninguna importancia ni trascendencia en su miserable vida, pero su corazón... lo que quedaba de él le rogaba que fuera a ver a la chica, que estuviera con ella antes de que todo acabara, ver una última vez aquellos ojos azulinos que le enamoraron tanto hace años ya."
"Su corazón fue más fuerte que su orgullo."
Gilbert guardó la nota en el bolsillo de sus gastados jeans oscuros, volviendo nuevamente a cerrar los ojos mientras soltaba un largo suspiro. Recordaba perfectamente cuando bajó a los calabozos corriendo, casi cayendo varias veces por los empinados escalones de antigua piedra, viendo a la chica sentada en el piso de su celda cubierta de sangre y con la mirada perdida. Recordaba haber abierto la pesada puerta de metal que les separaba, cayendo de rodillas frente a ella y abrazarla con cuidado de no hacerle más daño del que ya habían logrado las crueles torturas que le habían infringido repetidas veces. Recordaba su mirada azulada triste, apagada y desesperada, su voz rogándole perdón por lo que había dicho antes y él también pidiéndole perdón por abandonarla durante aquellos oscuros y tristes días. Ella sollozaba, y entre hipos y sollozos le susurró su verdadero nombre, Lizzandra, antes de que los guardias aparecieran para llevarla a su juicio final, la última vez que vería la tibia luz del sol.
El albino volvió a abrir sus carmesíes ojos, sentía como la culpa y el recuerdo le aplastaban el pecho lentamente, una roca muy pesada que nunca había logrado quitarse dejando que le aplastara exprimiéndole lentamente la vida. Se estiró lentamente mientras se ponía de pie sin apuro alguno, aunque la chica hubiera vuelto milagrosamente de la muerte los recuerdos le seguían atormentando, pesadillas nocturnas que le quitaban el sueño y toda alegría y tranquilidad. Suspiró, mientras cruzaba a largas zancadas para atravesar el umbral sin puerta que daba a la pequeña y acogedora cocina, tenía en mente el sorprender a Lizzandra con una cena romántica cuando llegara de la ciudad. No tuvo que pensar demasiado el qué preparar, Lizz siempre había adorado la comida italiana.
Buscó los ingredientes, abriendo los estantes que allí habían: tallarines, una bolsa de salsa de tomate, sal, aceite entre otras especias, tomó una gran olla y la llenó con agua hasta la mitad dándole comienzo a la preparación de espaguetis con salsa de tomate. Agradeció mentalmente al pequeño italiano que salía con su hermano por enseñarle a cocinar durante un tarde entera, una pequeña sonrisa se asomó en sus labios mientras echaba los fideos dentro de la olla con el agua dentro de ella bullendo, Feliciano era muy tierno y quizás si West no le hubiera reclamado primero él le habría hincado el diente. Siempre había tenido una gran debilidad por las cosas tiernas.
Pero claro, tenía a su chica y no le cambiaría por nadie más en el mundo.
Revolvió la rojiza salsa de tomate mientras canturreaba una canción que había escuchado en la radio alguna vez.
I hate feeling like this
I'm so tired of trying to fight this
I'm asleep and all I dream of is waking to you
Lizzandra le había mencionado una vez que, normalmente, James era quién cocinaba para ella y cocinaba excelente cuando no se trataba de algo que tuviera que ver con lechuga, ya que esta siempre le quedaba mal y bastante amarga quién sabe como. Aquello al prusiano le había molestado un poco al principio, sentía arder su sangre por los celos que corrían por ella haciéndola más pesada y espesa. La chica le había asegurado en repetidas veces que el tipejo ese era meramente un amigo, más un hermano que nada aunque aquello nunca había logrado quitar los celos del corazón del albino. Aquel idiota de cabellos rubios y ojos color verde planta nunca le había agradado, siendo el desagrado algo mutuo, era demasiado frío y monótono para su gusto, aunque a la chica nunca había parecido importarle aquel detalle sobre su extraño amigo. A decir verdad, él parecía ser algo más cariñoso con ella que con los demás, si a ello se le podía llamar "cariñoso", y finalmente Gilbert había concluido que James sentía sentimientos algo más profundos por ella. Un mero amor no correspondido que se transformaría en un corazón roto al pasar del tiempo.
Tell me that you will listen
You're touch is what I'm missing
And the more I hide I realize I'm slowly losing you
Cortó con destreza casi perfecta una cebolla en pequeños cuadrados no mayores que una de sus uñas para luego echar aquellos trozos en una sartén para freírlos, mientras al mismo tiempo revolvía la burbujeante y rojiza salsa de tomates. James, tras la muerte de Lizzandra, había empezado a ser u problema bastante grabe para los nazis: corría por los campos de batalla con la destreza de un lince y la velocidad de un tren, con pistola en mano y un simple cuchillo esquivaba las balas como si de pelotas se tratara, despachando a todo hombre enemigo que se le cruzara sin importarle los golpes o cortes que pudieran infringirle. Era una máquina asesina, quizás la peor de todas.
Comatose
I'll never wake up without and overdose you
Él le había visto desde lejos la mayoría de las veces, mientras los gritos de los soldados rugían a su alrededor, recordaba solamente una vez en la que había hecho contacto visual con aquel monstruo: su oscura ropa de combate estaba rasgada y ensangrentada, a de saberse si de sangre suya o de otros hombres, su rubio cabello estaba sudado y amarrado en una coleta baja y desordenada, guantes acorazados de metal hasta los codos con los que lograba detener los cuchillos con los que le atacaban intentando defenderse sus enemigos dejando rasguños en el metal, botas hasta la rodilla grandes y pesadas que se hundían en la fría y sucia nieve. Lo más atemorizante de todo no era cuán armado iba, si no sus ojos: chispeantes como los de un animal salvaje, iracundos y sin humanidad alguna, de un verde bestial y letal, calculadores y fríos como un témpano. Claro, también podría influir un poco su sonrisa sádica aunque no tanto como sus ojos, ante los cuales el albino se había quedado petrificado del terror.
I don't wanna live
I don't wanna breathe
'Les I feel you next to me
You take the pain I feel waking up to you never felt so real
I don't wanna sleep
I don't wanna dream
'Cause my dreams don't comfort me
The way you make me feel
Waking up to you never felt so real
James había corrido hacia a él, como una locomotora enfurecida y él simplemente se había quedado petrificado en el lugar, aunque no recordaba haber gritado cuando aquella bestia le clavó en el abdomen un afilado cuchillo, rápido como un relámpago lo había extraído para continuar su frenesí asesino dejándole tirado en la nieve con un charco de sangre rodeándole. No le disparó para cerciorarse de que estaba muerto, lo que era extraño en su rutina normal de rematar al enemigo con un disparo en la cabeza, así que quizás en cierto modo le había perdonado la vida. No quitaba que fuera un idiota, eso sí.
Gilbert dejó de cantar para empezar a silbar una melodía indefinida, todavía conservaba aquella cicatriz que el cuchillo le había dejado en su vientre como recordatorio de aquel chico de ojos fríos y, de vez en cuando, soñaba con aquel monstruo asesino. Desvió su mirada al reloj de la cocina mientras extraía el agua de la olla de fideos con ayuda de un colador, se sorprendió al ver que ya eran las 6 de la tarde, colocó la salsa sobre los espaguetis y tapó la olla dejándola finalmente sobre la encimera, era extraño que Lizzandra todavía no hubiera vuelto a casa aunque cabía la posibilidad de que siguiera buscando un vestido perfecto o alguna otra chuchería parecida, así que el chico meramente se encogió de hombros y empezó a preparar la ensalada como si nada, cortando la lechuga recién lavada para luego ponerla en un bol y ponerle sal y otros aliños. La chica siempre había sido un poco perfeccionista y extraña con sus gustos respecto a la moda, no le impresionaría que se demorara horas en ir a comprar un simple vestido y un par de zapatos.
Al terminar tomó la decisión de ordenar un poco el comedor y preparar el ambiente, cambiarlo a algo más romántico ya que hoy, si lograba juntar el valor necesario, le pediría a la chica algo que ya hace varios años hizo, pero ella le rechazó por la mera razón de que tenía que irse. Iría a la guerra para jamás volver.
"Matrimonio" es una palabra que no existía en el vocabulario de Gilbert, a decir verdad. Cuando eres inmortal algo como el matrimonio es tan efímero como una flor, tarda en florecer y se marchita demasiado rápido, algo sin profundidad más que la de un mero juego a ser mortal. Todo ser eterno se había casado a lo menos una vez en su larga vida, aprendiendo finalmente a la fuerza que aquello no era para aquellos a los que los años les resbalan los años por la piel como si de agua se tratase. Pero, claro, Gilbert Beilsmidtch era parte de los inmortales, quizás el único siendo realmente sinceros, que sabía que contraer matrimonio era una maldita pérdida de tiempo, inservible, inútil. Durante su vida había compartido cama con una infinidad de hombres y mujeres, incluso con seres de su propia calaña inmortal, pero ni siquiera con estos últimos se le había pasado por la cabeza optar por conllevar una relación más seria.
¿Por qué? El amor era algo aún más efímero que el matrimonio, que la juventud o la vida humana, como la débil llama de una vela que arde moribunda. También era venenoso, te hería donde más dolía y no había forma de hacer cicatrizar la herida de manera rápida y las cicatrices podían ser permanentes. Lo único que había amado alguna vez había sido la guerra y la cerveza, aunque lo primero le daba asco al día de hoy. Claro, cualquiera de niño ha anhelado la guerra alguna vez, jugando con soldaditos de juguete o haciendo batallas de bolas de nieve en un día nevado, se podría decir que esto está en la esencia humana aunque suene cruel y frío. Fue un humano quién inventó la guerra, no los dioses.
Aunque se ha de mencionar que hay excepciones, personas que detestan profundamente los conflictos y Gilbert nunca creyó que algún día pertenecería a ese pequeño grupo porque, claro, hay que mencionarlo porque no es correcto poner a todos los hombres en la misma canasta. Tras aquel día en 1944 en que la chica fue asesinada su odio hacia los conflictos bélicos germinó para luego florecer, mostrando sus negros pétalos
El reloj marcaba la 6.30 de la tarde y la chica aún no daba señales de vida en la casa y Gilbert simplemente fue a revisar aquel viejo cajón donde había guardado aquel objeto que nunca había logrado darle a Lizzandra.
Abrió suavemente el cajón de la mesita de noche de la chica y, con cuidado, extrajo un sobre ya teñido de amarillo por el pasar de los años sobre el papel pero, justo cuando iba a abrirlo, alguien tocó el timbre de la entrada que resonó en cada rincón de la casa. El albino soltó el papel, dejándolo nuevamente en su lugar antes de bajar las escaleras para ir a abrir la puerta. No le extrañaría que a la chica se le hubieran quedado las llaves al salir, podía ser bastante olvidadiza a veces llegando a ser algo torpe en ese sentido. Al abrir la puerta se sorprendió al ver que su hermano era quién había llamado al timbre.
-Vaya sorpresa, hermanito- musitó Gilbert, con una pequeña sonrisa en los labios rosáceos. Su hermano estaba algo despeinado, con sus rubios mechones cayéndole sobre la frente, además llevaba la ropa que generalmente usaba para estar en casa: una camiseta gris y unos jeans claros. Era extraño que se apareciera con aquella vestimenta.-¿Qué te trae por aquí? Parece que no te hubieras cambiado de ropa tras levantarte de la cama- agregó, con su típica mirada burlona. El hombre frente a él tenía una mirada preocupada, congestionada, algo raro en él.
-Hace algunos minutos recibí una llamada del hospital Jüdisches Krankenhaus- exclamó en respuesta, clavando su mirada en el chico. Su voz tenía un deje de agotamiento, como si hubiera ganado una maratón antes de llamar a la puerta de aquella casa.-Preguntaban por ti, hermano- agregó. Sus azules ojos le observaban con preocupación, como si fuera a romperse en cualquier segundo.
-De seguro debe ser por Francis, siempre termina intoxicado de tanto alcohol que toma a veces o quizás alguna señorita de dudosa procedencia le habrá puesto alguna sustancia en su bebida- musitó, soltando una risa, aunque era demasiado falsa para reconfortar. Intentaba aparentar que no reimportaba aquella situación, que no era algo fuera de lo común para él, pero en el fondo sabía que no se trataba de Francis, que todo lo que había dicho a su hermano era una triste mentira. No, Francis en aquellos momentos estaba en Francia, quizás disfrutando de una fina copa de buen vino y algo de compañía. Sólo existía una persona que podía estar en aquel hospital para que le llamaran con tanta urgencia.
-No, se trata de Lizzandra- aclaró el de ojos azulinos, con una expresión de seriedad absoluta plasmada en su rostro. La tranquilidad del mayor se empezó a trizar lentamente, como un delicado cristal que lentamente se iba transformando en meras esquirlas afiladas.-La han encontrado en medio de una avenida inconciente y convulsionando, con espuma teñida de sangre brotándole de la boca- agregó, con una mirada de angustia y tristeza. Las miradas de ambos hermanos eran sombrías, aunque ha de destacarse que la del mayor era peor que la del menor, que meramente estaba preocupado por la reacción de su hermano.
-Gracias por tomarte la molestia de venir hasta acá, West- sonrió este, en respuesta. Una sonrisa rota era la que ahora surcaba su rostro, rota y sombría, triste y angustiada. Aquella no era una sonrisa, era una mera máscara para ocultar su sufrimiento interno, los gritos desgarradores de su alma.-Quizás deba llamar a un taxi para ir a ver a Lizz...-agregó, en un bajo murmullo que Ludwig a duras penas alcanzó a oír. El de cabellos blancos soltó una suave risa amarga, como si aquello fuera un mero chiste personal y no la cruel realidad.
-Yo te puedo llevar, no te preocupes por ello- musitó el menor, quizás intentando animar a su hermano un poco. Este simplemente negó en una respuesta silenciosa, no quería que su hermanito le viera caer a pedazos otra vez.-Digas lo que digas, te llevaré de todas formas- concluyó, con voz firme.
Gilbert asintió suavemente, murmurando con un mero hilo de voz que iría a por una chaqueta mientras volvía a entrar en la casa arrastrando los pies como si de concreto se tratase. Subió lentamente las escaleras hasta el dormitorio principal, donde dormía junto a la chica y, también, guardaba su ropa, su cuerpo se movía de manera automática como un simple robot programado para actuar como un humano, un humano deplorable que se estaba cayendo lentamente en un vértice de oscuridad y angustia. Sentía el pecho como una pesada roca de granito mientras se colocaba su chaqueta café muy parecida a la de Alfred y, suspirando, volvió a bajar a la primera planta para poder irse con Ludwig al hospital donde habían internado a la chica, sintió sus ojos humedecerse y en su garganta formarse un gran nudo, pero no lloró.
Aquel no era el momento para venirse abajo.
