–10–
No tardaron mucho en silenciarse las voces que habían criticado a Loki por su elección de esposa. La misma Frigga, que se había sentido algo insegura en un principio, tuvo que felicitarlo y disculparse por haber dudado de su criterio. Su hijo no se lo recriminó: él mismo también estaba sorprendido. En pocos meses, parecía que Sigyn no hubiese conocido otra cosa que el lujo y los algodones de una familia noble.
Loki había encargado a su preceptor, el mismo que se había ocupado de su propia educación y de la de Thor cuando eran pequeños, que instruyese a Sigyn en los conocimientos ordinarios de cultura general que facilitarían que pudiera alternar y conversar en las fiestas sin salir demasiado malparada. En cuanto a cuestiones de protocolo, fue la propia reina quien se ofreció a adiestrarla y prepararla para las obligaciones que la aguardaban cuando Loki recuperara el título de Príncipe de Asgard, algo que cada día parecía más asegurado.
El resultado fue que Sigyn llegó a hablar, moverse y conducirse como la más distinguida de las damas, aunque nunca llegó a perder la dulzura y la humildad que la habían caracterizado cuando era sirvienta. Él nunca habría esperado una adaptación tan rápida y se sentía bastante satisfecho al respecto.
Era agradable regresar del pesado y aburrido trabajo en el Observatorio y tener a alguien esperándole. Incluso, si llegaba temprano, podía observar los últimos minutos de las clases que Kvasir, el preceptor, tenía con Sigyn en su biblioteca –el mismo lugar donde la había besado por primera vez–. Le resultaba curioso y hasta divertido contemplar cómo el anciano hablaba sin parar de la milenaria historia de Asgard, sus gestas de antaño y sus relaciones con los otros reinos, mientras la muchacha absorbía todos aquellos conocimientos como una esponja, enormemente interesada por cada palabra como una niña buena atendiendo sus lecciones. No podía negar que la chica verdaderamente se esforzaba por encajar.
Normalmente regresaba al dormitorio sin interrumpirlos, pero aquel día no pudo evitar echarse a reír por algún comentario inocente de ella y ambos se dieron cuenta de su presencia. Los dos, el anciano y la joven, detuvieron la lección para levantarse al instante e inclinarse en señal de respeto.
–Alteza –lo saludó Kvasir.
–Mi se… esposo –rectificó ella. Loki había intentado habituarla a que lo llamara por su nombre, o simplemente "esposo". Aunque le gustaba el respeto que implicaba el tratamiento de "mi señor", era la forma con la que los criados se dirigían a los patrones y ésa ya no era la relación entre ellos, al menos oficialmente. Los nobles no debían oírla llamarlo así. Poco a poco ella había ido acostumbrándose a tutearlo, aunque a veces aún se equivocaba.
–No –la corrigió él con suavidad, tomándola de las manos y haciéndola levantarse, tal y como hizo Frigga aquel día de su boda–. Ya te he dicho que no te tienes que inclinar ante mí. Ahora eres mi esposa, no una sirvienta, ¿recuerdas?
–Oh, sí –ella pareció avergonzada–. Lo siento. Es la costumbre.
–Está bien, pero vigila eso en público, ¿de acuerdo? –le recomendó él– Espérame en el dormitorio.
Ella asintió obediente y se marchó, dejándolo solo con el preceptor.
–Alteza... –repitió éste, respetuoso.
–¿Cómo van las lecciones, Kvasir? ¿Percibes un progreso apropiado?
–Mucho más que eso, alteza. Vuestra esposa es una joven en verdad inteligente, una de los mejores alumnos que he tenido.
–¿Mejor alumna de lo que fui yo? –lo tanteó por pura diversión, disfrutando al verlo incomodarse.
–Oh no, eso no. Nunca nadie ha podido igualaros. Una mente tan brillante como la vuestra sólo se da una vez cada mil años, y fue un privilegio haber podido contribuir a vuestra educación –Loki sonrió; sabía que aquellas palabras, aunque no del todo desprovistas de adulación, eran esencialmente ciertas–. Pero vuestra esposa es realmente despierta para no haber tenido ningún tipo de formación hasta ahora, y sobre todo, nunca había visto a nadie con más deseos de aprender. Llegará a ser una gran dama, alteza, si es que no empieza a serlo ya.
–Excelente –Loki asintió satisfecho. Aquello lo ponía de buen humor: pronto tendría la esposa perfecta que lo acompañaría a las fiestas y que haría, por pura asociación, que todo el mundo empezara a aceptarlo y a verlo con mejores ojos.
De acuerdo a su orden, Sigyn lo aguardaba dócilmente en el dormitorio y se levantó al verlo entrar, pero al menos ya no se inclinó hacia él.
–¿Cómo te ha ido el día en el Observatorio, esposo?
–Aburrido, cansado, interminable. Como siempre –suspiró fatigado–. Pero me alegra ver que Kvasir está tan contento contigo.
–¡Oh, es un maestro maravilloso! Tan sabio… y es muy paciente conmigo.
–Aun así, estás trabajando bien, te felicito.
–Gracias, esposo. Estoy muy feliz de complacerte.
Loki se quitó el sobretodo que hacía las veces de abrigo y la dejó sobre la cama, aunque antes sacó de entre sus ropas un pequeño bulto envuelto en terciopelo y lo puso sobre el tocador de ella. Sigyn se apresuró a recoger el sobretodo y guardarla en el vestidor del matrimonio, y pareció confusa cuando vio el paquete.
–¿Qué es esto?
–Una tontería que vi en el mercado mientras volvía a palacio –se encogió de hombros, indiferente–. Pensé que tal vez te gustaría.
Ansiosamente ella abrió el saquito de terciopelo, y sacó un colgante con una aguamarina engarzada en plata asgardiana y sujeta con un cordón de seda.
–¡Oh Loki! ¡Es precioso! –exclamó emocionada casi hasta las lágrimas.
–Es sólo una baratija –comentó él sin mirarla–. Ni siquiera tiene un cordón adecuado. Te haré fabricar uno de plata de verdad.
–No, así está perfecto –Sigyn lo contempló contentísima–. ¿Pero por qué?
Él se encogió de hombros de nuevo. Parecía sentirse bastante incómodo.
–No sé. Simplemente lo vi y pensé en ti. Es del color de tus ojos –se giró y le dio la espalda, como si se sintiera avergonzado sólo de que ella le viera la cara en ese momento–. Considéralo un premio por tu buen trabajo en las lecciones con Kvasir.
–¿Me lo pones? –pidió ella.
Se sujetó el cabello para que no estorbase mientras Loki ajustaba el colgante en torno a su cuello. Él no sabía por qué le ponía tan nervioso el simple roce de sus dedos contra la fina piel de la nuca; ya había yacido con ella varias veces en los meses que llevaban casados, y lejos de acostumbrarse a su contacto, éste lo subyugaba cada vez más. Sin advertir la turbación que causaba en su esposo, ella se giró para que él pudiera juzgar el efecto:
–¿Qué tal?
–Te queda bien –dijo él muy bajo, algo azorado. Desvió la vista y quiso alejarse, pero en ese momento ella lo abrazó tomándole totalmente por sorpresa, y le besó. Fue un beso inesperado, lleno de entusiasmo, al que a su pesar él no pudo dejar de responder. Cuando ella se separó, el rostro del joven había cambiado su pálido color habitual por uno un tanto más sonrosado.
–Gracias… –susurró ella–. Me encanta. Nunca me lo quitaré.
Loki intentó mantener la compostura.
–Te conformas con muy poco –se obligó a hablar con ironía–. Ya te regalaré otras cosas más caras, joyas dignas de una princesa de Asgard.
–No me importa lo que cuesten. Cualquier regalo tuyo es valioso –alzó la mirada hacia él–. Sigo sin saber por qué me escogiste como esposa, pero en adelante me esforzaré todavía más y conseguiré que te alegres de haberlo hecho. Haré que estés orgulloso de mí, te lo juro.
–Eso está bien –la pellizcó condescendientemente en la mejilla y se forzó a apartarse de ella. No quiso decirle que ya empezaba a alegrarse más de lo que le convenía.
Al final, había tenido suerte dejándose llevar por el impulso de su capricho por ella –¿así le iba tan bien a Thor siempre, cediendo a sus impulsos y dejándose obsequiar por la fortuna?–, porque con Sigyn había hecho una adquisición mucho mejor que si hubiera podido escoger entre mil doncellas nobles. No sólo ella había ganado el aprecio de su madre, de Thor y hasta del propio Odín en poco tiempo, sino que incluso se llevaban bien entre ellos dos, algo difícil teniendo en cuenta que no podían ser más diferentes, no sólo en cuanto a la cuna, sino en sus personalidades, en su forma de ver la vida y en todo en general.
Ella era alegre, optimista, soñadora y totalmente carente de la menor ambición que no fuera tener una familia a la que pudiera cuidar y mimar, de una forma similar a la reina Frigga; pero a la vez era muy inquieta en el aspecto intelectual y amaba aprender y descubrir cosas nuevas. En los ratos en los que su instrucción social le dejaba libre y no tenía otra cosa que hacer, ella se encerraba en la biblioteca de Loki para seguir leyendo aún más, feliz como un niño por poder acceder a tanto conocimiento. Eso le recordaba a él mismo y en más de una ocasión se felicitó por haber encontrado, por una afortunada casualidad, a alguien con un carácter tan moldeable al suyo.
Loki siempre había pensado en convivir con ella el mínimo tiempo posible, dedicando la mayor parte de ese tiempo a buscar hijos; pero recién casados como estaban tenía que disimular un poco, aunque fuera sólo al principio. Después de todo, se había casado con ella porque se suponía que la quería, al menos de cara a la galería.
Pero lo cierto era que estar con ella no le disgustaba. Todo lo contrario: encontraba refrescante que alguien le recibiese siempre con una sonrisa en vez de con miradas de recelo. Ella se desvivía por complacerle y sólo su empeño era como mínimo halagador, por mucho que fuera su obligación. Aunque Loki no era en absoluto charlatán, en las pocas ocasiones en las que le apetecía hablar ya tenía alguien con quien hacerlo, aunque nadie más quisiera tratar con él aparte de Thor y Frigga, personas con las cuales era él quien no quería hablar más de lo imprescindible. A pesar de que al principio no dejaba de haber un enorme desnivel cultural entre ambos esposos, ella salvaba ese obstáculo hablando lo menos posible y dejándolo hablar a él, con apenas alguna pregunta ocasional.
Aunque él nunca llegó a revelarle cosas realmente significativas –tales como sus sentimientos hacia su familia o sus planes de venganza–, sí llegó a darle opiniones sobre libros o política, las mismas que el Consejo de Asgard nunca quiso escuchar. Ella sí lo hacía. Siempre escuchaba lo poco o mucho que quisiera contarle con enorme interés, como si sus opiniones fueran las más valiosas del mundo. Eso lo hacía sentir bien, importante.
Después de todo, resultó que Sigyn era más astuta de lo que había imaginado o tal vez estaba muy bien aconsejada, porque desde el principio de su matrimonio Loki observó que continuaba con aquella estrategia que había empezado a poner en práctica durante la noche de bodas. Ésta consistía básicamente en fingir, mediante dulces palabras y miraditas tiernas, que realmente sentía algo por él.
Tras un tiempo, se acostumbró a ello y pronto dejó de molestarle. En el fondo la comprendía: cada cual se defendía como podía, y eso mismo era lo que él habría hecho de estar en la misma situación de Sigyn. Precisamente él no podía reprochar a nadie que utilizara la mentira como forma de supervivencia, ni siquiera a la mujer con la que se había casado. Para él, aquello del matrimonio era una farsa, de modo que no veía problema en que ella lo considerara así también, mientras continuara obedeciéndole y supiera dónde estaban sus límites.
Además, aunque no le gustaba reconocerlo, ser objeto de tantos mimos y atenciones no era nada desagradable. Nadie había estado tan pendiente de él desde que era pequeño… ahora que lo pensaba, nunca nadie había estado tan pendiente de él. Así que Loki se permitía disfrutar de la gran actuación de su joven esposa, mientras tuviera claro que sólo era eso: una comedia, un teatro donde ellos dos eran los actores y a la vez el público. Ella fingía que estaba enamorada de él, mientras que él fingía que se creía la representación. Pero hacía falta mucho más que unos pocos arrumacos para embaucar a un embaucador.
Sin embargo, había veces que aquel teatro sí lo desestabilizaba. Era como si ya no supiese qué era simulado y qué era real. Sentirse halagado y querido era agradable, aunque fuera mentira; pero a veces provocaba en él que surgieran emociones auténticas, lo cual ya no le gustaba tanto. Aquellas emociones lo debilitaban, lo transtornaban. Y lo distraían de forma peligrosa, como cierta noche, unos meses después de su casamiento.
Él se había quedado trabajando en su laboratorio hasta altas horas de la madrugada. Las obras del Observatorio estaban en un punto crítico y había más trabajo que nunca, pero la auténtica razón de que estuviese allí tan tarde era que el trabajo que desarrollaba en aquel instante no tenía que ver con el Observatorio… ni con nada legal.
Sabiendo que su hermano sentía una debilidad especial por los mortales desde aquella primera vez en que Odín lo desterrara a Midgard y se enamorara de una de ellos, Loki había conjeturado que si atacaba la Tierra, Thor acudiría enseguida para ayudarlos, al menos cuando el Puente Arco Iris estuviera restablecido. Cuantas más veces lo intentara, más veces y más tiempo se libraría de Thor. Con un poco de suerte, tal vez su "querido" hermano podía no volver de alguna de esas aventuras. En la Tierra, Loki no tendría las trabas para actuar que tenía en Asgard, siempre rodeado de ojos vigilantes.
Por supuesto, tenía que tratarse de ataques muy sutiles, que jamás pudieran relacionarse con él, ya que en Asgard todavía debía mantener su máscara de "hombre rehabilitado"; pero en eso Loki no tenía problema, su extraordinario intelecto podía generar muchos y muy variados planes en ese sentido.
Además, para vigilar la Tierra sin que le descubrieran tenía la ayuda de uno de los muchos tesoros que tenía ocultos en su estudio, dejándolos disimulados pero a la vez a la vista de todo el mundo, como objetos sin valor. Había aprendido que era la mejor manera de esconder algo.
El objeto en cuestión había sido llamado las "Llamas de la Omnipresencia", pese a que se trataba de un espejo, porque el marco rojizo había sido tallado en forma de lenguas de fuego y cuando se activaba su poder, las llamas parecían inundar la luna de cristal, sumergiendo la imagen en lo que parecía una incandescencia mística. En realidad, no era más que un antiguo dispositivo asgardiano que permitía romper las barreras del tiempo y el espacio y manifestarse astralmente donde su poseedor lo deseara. Era un objeto maldito y olvidado que Loki había robado de la cámara de Odín; y cuyo uso había sido prohibido por el propio rey por el peligro de que cayera en malas manos… manos como las suyas. Pero, claro estaba, lo que Odín no supiera no tenía por qué afectarle. Al menos por el momento.
Esas "Llamas" no sólo permitían a Loki vigilar la Tierra, sino también interactuar con los mortales sin necesidad de moverse de Asgard. Podía incluso hacerse invisible, como una voz o incluso un pensamiento a través del cual dominar las mentes de los hombres.
Volvió a acercarse al espejo. Era arriesgado sólo el acto de utilizarlo sin salir de palacio, porque podría revelar sus intenciones ante ojos u oídos no deseados, por eso prefería trabajar de madrugada. Además, así se aseguraba de no ser interrumpido; necesitaba concentración total.
Pero entonces, unos golpes en la puerta lo sobresaltaron:
–¿Loki? ¿Esposo?
–Maldita sea… –murmuró él con fastidio. ¿Qué hacía Sigyn allí a aquellas horas? Consideró quedarse callado para que ella pensara que el laboratorio estaba vacío y lo dejara en paz, pero se arriesgaba a que ella, preocupada, mandara a alguien a buscarlo y llamara la atención–. ¡Qué quieres! –le gritó desde dentro.
–¿Me dejas pasar?
Con un suspiro hastiado, él rápidamente apoyó el espejo en un rincón y lo cubrió con un paño polvoriento y arrojó sobre la mesa un plano del Observatorio; después se dirigió hacia la puerta y la desatrancó. Al principio, se quedó de pie bloqueándole el paso, sin permitirle entrar:
–Qué –repitió, algo impaciente.
–¿No vienes a acostarte?
–No –dijo tajante.
–Pero es muy tarde –insistió ella–. Tienes que descansar –¡Ah, qué bien fingía que se preocupaba por él!
–Tengo que terminar esto –volvió a sentarse en su mesa e hizo como que examinaba concienzudamente el plano del Observatorio, plano que conocía de memoria–. Y me queda para rato. Tú vuelve a la cama.
Pero en lugar de obedecerle, ella se acercó a el y lo abrazó cariñosamente por la espalda. Loki puso los ojos en blanco, pero no podía hacer nada como no fuera rechazarla a la fuerza.
–No sabía que los príncipes tuvierais que trabajar tanto.
–Para mi padre sigo estando a prueba –gruñó él, molesto–. No soy como Thor, al que dejan estar de aventuras continuas, sólo porque es el heredero y por su cara bonita.
–Tu cara también es muy bonita –susurró ella, apoyando el rostro contra su espalda. Él alzó una ceja con incredulidad, aunque también algo divertido ante el piropo.
–Ya has tomado bastante confianza desde que nos casamos –comentó–. Parece que ya no me tienes tanto miedo, ¿cierto?
Ella, sin dejar de aferrarse a él, sacudió la cabeza tímidamente, como una niña pequeña.
–Nunca te tuve miedo realmente.
–Ya. Lo que temías era la predicción de la Vidente. ¿Y qué hay de eso? –sin poder evitarlo, se dio la vuelta para confrontar su mirada– ¿Ya no te da miedo que se haga realidad?
Ella, fijando sus ojos en él, volvió a hacer un gesto negativo.
–Esa mujer… estaba totalmente equivocada. Soy muy feliz.
–Claro –rió él, algo irónico–. Debe gustarte mucho esta vida de princesa.
Sigyn volvió a negar y se abrazó de nuevo, mimosa, contra su pecho.
–No. Eres tú quien me gusta.
Loki contuvo el aliento. ¡Pero qué lista era, la maldita! Sabía exactamente qué decir para descolocarle. Lo malo era que aquello estaba empezando a afectarle de verdad. Volvía a sentir en su estómago aquella misma turbadora sensación que había notado la primera vez, cuando la oyó salir tan generosamente en su defensa aquel día en los baños de las sirvientas; sólo que multiplicada por cien. Aquello le hacía sentirse mal… y muy bien, a la vez.
Ella, ajena a su caos interior, añadió susurrante:
–¿Por qué no vienes al lecho conmigo? Siempre dices que deseas tener descendencia cuanto antes. ¿Y cómo la vamos a tener si nunca… bueno, ya sabes… estamos juntos?
Él lo pensó apenas un segundo. En eso tenía razón. Al menos hasta que naciera el primer niño, tenían que buscarlo con todas sus energías. Sólo sería un momento, no le costaría mucho, y luego ella lo dejaría en paz.
–Está bien –dijo con voz indiferente, apartando sin el menor cuidado todos los planos y papeles de la mesa de trabajo, que cayeron al suelo. Después, tomó a Sigyn en brazos y, alzando su leve peso en volandas, la sentó en el tablero. Ella abrió los ojos sorprendida.
–¿Cómo? ¿Aquí?
–¿Por qué no? –él se encogió de hombros, y empezó a desanudarle el cordón de seda que ceñía su bata de dormir– Si tantas ganas tienes de estar conmigo, te dará igual el lugar, ¿verdad?
Ella lo miró dubitativa un instante.
–Yo… –la duda desapareció de su rostro, y sonrió– Lo cierto es que sí.
Volvió a rodearle el cuello con los brazos e intentó besarle, pero él la esquivó. En su lugar, hundió el rostro contra su cabello perfumado y empezó a mordisquear su cuello, haciéndola gemir.
"Nada de tonterías", se exigió a sí mismo. "Uno rápido para cumplir y la mando de vuelta a la cama. Y luego sigo con lo que estaba haciendo. Se acabaron las distracciones".
Pero cuando ella, aprovechando un descuido suyo, volvió a buscar sus labios y consiguió besarle, esta vez él no la evitó: tomó su rostro entre sus manos y profundizó en el beso. Simplemente se dejó llevar. Realmente no quería hacerlo, pero la ternura y la pasión de la joven eran peligrosamente contagiosas.
Casi sin ser consciente de ello, llevó sus manos bajo el camisón y empezó a acariciarla por todas partes. El tacto de su piel suave y cálida era absolutamente adictivo. Y cuando la tomó sobre aquella mesa, se sorprendió un poco al encontrarla totalmente dispuesta, sin él apenas haber hecho nada para prepararla. El temor y la vergüenza de aquella primera noche habían desaparecido por completo. Ahora ella era todo fogosidad y entrega hacia él, una entrega que lo enloquecía. Cada vez fingía mejor. Ojalá, pensó él, no hubiese estado actuando.
Pero parecía tan real… Cuando ella hundió los dedos en su cabello oscuro, revolviéndoselo; y lo estrechó contra sí como si lo deseara más que ninguna de otras mujeres nobles o plebeyas con las que había estado antes, él no pudo evitar sentirlo como real. Verdaderamente la sintió vibrar contra él, como sacudida por los estremecimientos del clímax –¡ah, era la mejor actriz del mundo!–, y entonces no pudo contenerse más y se dejó ir también, ansioso por liberar aquella agonía. Ya no le importaba que ella fingiera. No, mientras pudiera poseerla.
Ambos se quedaron abrazados unos segundos más, intentando recuperar el aliento. Al separarse, los ojos de ambos se encontraron y sin saber por qué, se echaron a reír. De nuevo ella avanzó para besarle, y esta vez él le correspondió sin el menor reparo.
–¿Qué vas a hacer? –preguntó Sigyn, algo apenada porque todo hubiera acabado–. ¿Vas a seguir trabajando, o…?
Él no lo pensó mucho. Sí, eso era lo que tenía planeado, pero...
–Creo que estaremos más cómodos en nuestra cama –dijo por impulso, olvidando completamente cualquier otra cosa que no fuera estar con ella. El rostro de ella se iluminó por la alegría y lo abrazó muy fuerte.
Atravesaron casi a la carrera los corredores de palacio hasta sus aposentos cogidos de la mano, ahogando sus risas como dos niños cometiendo una travesura. Cuando llegaron a sus habitaciones, pasaron frente a los guardias que custodiaban su puerta, y una vez dentro no pudieron contener las carcajadas ante la forzada impasibilidad de éstos, que intentaba esconder el asombro de aquellos soldados al ver a sus patrones con ese comportamiento y a aquellas horas de la noche. Después Sigyn se echó en sus brazos de nuevo y dejaron de reír.
Él ya no volvió a su estudio: una extraña e inoportuna compulsión lo volvió prácticamente incapaz de separarse de su esposa. La llevó al lecho conyugal y se quedó con ella toda la noche, haciendo el amor hasta el amanecer.
Cuando Loki despertó, ya era totalmente de día. Masculló una maldición silenciosa al darse cuenta de la hora. Probablemente ya llegaba tarde a su trabajo del Observatorio, aunque eso no le preocupaba: ese inútil de Arquitecto tendría que estarle agradecido por haberle salvado el trasero en más de una ocasión. Lo que le molestaba era haber perdido toda una noche de su verdadero trabajo por algo en lo que nunca había tenido intención de desperdiciar tanto tiempo.
Sigyn aún dormía, abrazada a él y con la cabeza reposando sobre su pecho. Él podía sentir la suave calidez de su cuerpo desnudo contra el suyo. Dormida, parecía aún más joven de lo que en realidad era, como una niña inocente. Costaba creer que era la misma mujer que se había mostrado tan ardiente la noche anterior. Al final, la condenada se había salido con la suya.
Debería haberse sentido enojado con ella por haberle hecho perder el tiempo, pero extrañamente no lo estaba. Una leve sonrisa se asomó a sus labios, una sonrisa que tenía un poco de resignación, y bastante de… ¿de qué? ¿Ternura, simpatía? ¿Acaso…? No, no quería seguir pensando en ello, se dijo inquieto mientras se separaba de ella con suavidad para no despertarla, se levantaba y buscaba sus ropas desperdigadas por toda la habitación. Lo hecho, hecho estaba, pero no se volvería a repetir. A una muchacha inculta y plebeya no podía serle tan fácil embrujarle, no a él.
Aun así… odiaba reconocerlo, pero tenía que admitir que habían sido unas horas deliciosas. Improductivas, pero deliciosas.
Sin embargo, al final no resultaron tan improductivas. Poco más de un mes después de aquella noche, ella corrió a abrazarlo llena de alegría y le anunció que estaba encinta. Él correspondió a su abrazo, sintiendo por fin la arrogante satisfacción del triunfo… pero también algo más, algo dulce y emotivo que no supo bien cómo definir.
–*–*–*–*–*–
Los tres jóvenes de la familia real de Asgard se encontraban congregados en la antecámara de la sala de curación. Diecisiete horas duraba ya aquella torturante espera. La preocupación aún continuaba presente en los ánimos de los dos que aguardaban sentados en un banco, pero también había empezado a consumirlos el cansancio típico de aquellas situaciones que parecían no tener final.
–Esto no acaba nunca –murmuró Balder, haciendo eco de los pensamientos de todos–. Yo creía que en estos casos había un par de horas de espera, algunos minutos de gritos y se acabó. Esto es desesperante.
–Al parecer, con las primerizas suele pasar esto –reflexionó Thor, a quien todas sus experiencias habían enseñado a ser algo más paciente–. No queda más remedio que tomárselo con tranquilidad.
–Ya, como hace él –comentó su primo, señalando a Loki, quien se mantenía de pie y un poco apartado de ellos, contemplando serenamente el paisaje a través de la ventana. Balder bajó la voz al añadir–: Es increíble. Él es el padre y nosotros estamos más nerviosos que él.
–Siempre ha tenido mucho autocontrol. Seguro que por dentro está que se sube por las paredes.
No andaba muy lejos de la realidad el dios del trueno. A pesar de la calma impasible que reflejaba el rostro de Loki, que podría hacer pensar que estaba muy alejado de todo aquello, la impaciencia y la inquietud estaban haciendo estragos en su espíritu.
¿Era normal que tardara tanto? No podía olvidar que no se trataba de un parto corriente. A pesar de que había buscado en todos sus libros, no había encontrado precedentes que le prepararan para lo que estaba ocurriendo allí. ¿Se combinarían bien los genes de gigante de hielo con los asgardianos? ¿O sería el niño resultado de esa mezcla un monstruo deforme?
Un nuevo grito, desgarrador como todos los que lo habían precedido, se escuchó desde la sala de curación, sobresaltándolo. ¿Y si la caprichosa naturaleza hacía que saliese un gigante de hielo puro? De ser así, el frágil cuerpo de Sigyn no podría resistir el alumbramiento de un ser que solía casi duplicar las proporciones de los asgardianos, con la extraña excepción de él mismo.
Se frotó los ojos, fatigado. De nada servía elucubrar. Si el niño salía con algún rasgo de gigante de hielo, se descubriría su secreto; era algo con lo que no había contado cuando había decidido ponerse a esta empresa de los hijos. Y si Sigyn moría… siempre podía buscarse otra esposa, pero prefería no pensarlo: sólo la idea le hacía sentirse enfermo. Ocurriera lo que ocurriera, no dependía de él. Y odiaba cuando algo se escapaba fuera de su control.
Al final, después de un período interminable, las puertas de la sala de curación se abrieron y emergieron la comadrona y el sanador, acompañados por Frigga. Los tres parecían fatigados, pero sus rostros se veían felices.
El sanador se dirigió directamente a Loki:
–Es un varón, Alteza; y está sano.
En un primer momento, él no supo reaccionar. El alivio le inundó, aunque externamente aquello sólo se manifestó con una leve sonrisa que se escapó de sus labios con una profunda respiración.
–Hermano, ¿has oído? –exclamó Thor con entusiasmo, pasando un brazo en torno a sus hombros– ¡Tienes un hijo!
–¡Felicidades, primo! –añadió Balder sonriente.
Loki estaba tan en shock que ni siquiera pudo encontrar desagradables el contacto o las palabras de Thor, de hecho casi ni era consciente de él. Tenía un hijo. Ya era padre. Aquello era lo que había ido buscando desde hacía tiempo, aquello por lo que había pasado por el trámite del matrimonio y demás, lo que había planeado para ablandar a Odín. Y ya lo tenía. ¿Por qué ahora le impresionaba tanto? Jamás habría esperado sentirse así.
Frigga se adelantó. En sus ojos había lágrimas de alegría:
–Enhorabuena, querido.
Él la abrazó casi sin darse cuenta:
–Madre, ¿el niño es… –vaciló– normal? ¿Y cómo está ella?
–El niño es precioso –le aseguró su madre adoptiva–, perfecto. Y Sigyn está bien, aunque ha pasado un duro trance. La he dejado despierta; creo que deberías ir a verla. Luego pasarán los demás, ¿de acuerdo?
Él asintió levemente, y desasiéndose del abrazo de la reina, se encaminó hacia la sala de curación. Andaba despacio, como con cautela.
Sigyn reposaba allí, en la misma cama donde él se encontraba cuando la había visto por primera –o segunda– vez, con el recién nacido en brazos. La joven estaba pálida y tenía mala cara, pero su expresión era radiante. Sus ojos se centraban en el pequeño como si fuera todo el universo. Casi ni se dio cuenta de que Loki estaba allí, a su lado.
–¿Puedo cogerlo? –pidió él algo tímidamente. Ella por fin pudo apartar la mirada del niño y, sonriendo, se lo entregó sin decir palabra. Loki lo tomó con un temor casi reverencial: temía tontamente dejarlo caer.
El bebé era pequeño, frágil y apenas se movía: un hálito de vida en su comienzo, tan débil que cualquier soplo de viento podría extinguirlo. Era como si se le pudiera romper en las manos si lo apretaba demasiado. Con mucho cuidado, Loki lo examinó buscando posibles signos que revelaran su mestizaje, temiendo que en cualquier momento cambiara de color y se le volviera azul mientras lo cargaba en brazos. No ocurrió nada. Su diminuto rostro, con los ojos cerrados por el sueño, era enteramente humano, su piel rosada en todo su cuerpo, y tenía todo en su sitio: una pelusilla oscura en la cabeza y sus manitas con sus diez deditos. Era completamente asgardiano. Loki no sabía si sentirse aliviado o decepcionado.
Lo que sintió, en cambio, fue otra cosa. Una sensación que jamás había experimentado antes, tan tremendamente poderosa que le tomó del todo desprevenido. Era una mezcla de dos emociones que casi siempre le habían resultado ajenas: amor y felicidad. Ambas asaltaron su corazón como una gigantesca y cálida ola que arrastró todo lo demás: odio, ambición, resentimiento... todo aquello había desaparecido, aunque fuese momentáneamente. En aquel instante, no existía en el mundo nada más que él y su hijo. Y Sigyn.
–Es… muy guapo –murmuró, mientras lo volvía a dejar en brazos de su madre. Quería haber dicho algo más, tenía infinitamente más cosas que decir, pero no le salieron; sólo eso.
–Se parece a ti –repuso ella–. ¿Piensas en algún nombre?
–Narvi –contestó él tras unos instantes.
–Me gusta.
Él se sentó a su lado y contempló cómo Sigyn mimaba al bebé, tomándole de las manitas por el puro placer de tocarlo y besándole la carita, con la más pura expresión de éxtasis que hubiera visto nunca. Y no pudo contener aquel extraño impulso que le hizo tomar a su esposa de la barbilla y hacerle levantar el rostro hacia él para besarla suavemente. Era el primer beso que compartían sin rastro alguno de deseo o sensualidad, sólo ternura.
Tras el beso, ella se le quedó mirando a los ojos. En los suyos se leía una emoción demasiado intensa como para poder expresarse sólo con palabras. O tal vez sí era posible, porque ella susurró:
–Te quiero.
Aunque Loki no contestó, su rostro se demudó al darse cuenta de algo aterrador. Hasta el momento, siempre había estado convencido de que el afecto que Sigyn mostraba por él era simulado, una manera de asegurar su puesto como su esposa y ganarse su amabilidad. Pero se había equivocado. En la mirada de su mujer había algo que no se podía fingir, que ni siquiera él podía fingir. Era amor sincero. Ella no estaba mintiendo: le amaba de verdad.
Él se incorporó y se apartó, lleno de turbación. ¡Aquello no estaba en el trato! Todas aquellas emociones y sensaciones extrañas le producían vértigo. No era en absoluto lo que él había planeado cuando se le había ocurrido esa manera de limpiar su imagen. No le gustaba sentirse así: tan sensible, tan expuesto.
Aunque la expresión de Loki apenas varió, el cambio fue sutil pero perceptible, y ella lo notó.
–¿He dicho algo malo? –preguntó inquieta. ¿Le habría molestado que ella le dijera que le quería? ¿Sería eso de mal gusto entre la nobleza? Era la primera vez que ella había tenido el valor para decírselo en voz alta, aunque lo había pensado no una sino mil veces durante el tiempo que llevaban casados, y había procurado demostrárselo de todas las formas posibles.
Pero él no quería hablar de ello y se apresuró a cambiar de tema:
–Diré a madre que empiece a buscar una nodriza. Tal vez te gustaría estar presente e intervenir en la selección.
Sigyn pareció sorprendida y consternada:
–¿Nodriza? Pero… el sanador dijo que yo no tenía problema para darle el pecho.
–Pero en la Corte no se acostumbra. Las mujeres de la nobleza emplean nodrizas.
–Me da igual lo que hagan las demás –obstinada, aferró a su bebé como si pensara que querían quitárselo–. Es mi hijo y lo criaré yo.
La agitación emocional de Loki desapareció para dar paso a la sorpresa y a la contrariedad. Ella nunca antes había discutido ninguna de sus decisiones, siempre las había acatado sin rechistar. Era la primera vez que le contradecía.
–Si lo haces, se te caerá… –completó la frase con un gesto que señalaba el pecho de su mujer.
–Bueno, pues mala suerte –replicó ella, molesta–. Es mi decisión, y no pienso cambiar de idea –No fue lo que dijo, sino su tono desafiante, lo que encendió de nuevo su indignación. Casi sintió alivio por ello: volvía a sentirse él mismo.
–Pues haz lo que te dé la gana –le espetó irritado, y le dio la espalda para abandonar la estancia a furiosas zancadas. De un golpe abrió las dos puertas de la sala de curación y se encontró con toda la gente esperando: sus padres adoptivos, Thor, su primo y muchos más, lo que le hizo sentirse muy agobiado–. Podéis pasar, yo ya he acabado.
–Por favor, no todos a la vez –pidió Frigga al grupo. El nacimiento de un niño era un acontecimiento que llevaba bastante tiempo sin producirse en palacio y todos estaban muy expectantes e ilusionados, olvidando que el padre fue el una vez llamado "traidor", al que temían y criticaban a sus espaldas. Precisamente aquél era el efecto que Loki había buscado, pero ahora que lo había conseguido estaba demasiado malhumorado para alegrarse de su éxito.
Frigga se dio cuenta de la mirada fría de Loki y lo interpeló, preocupada:
–Hijo, ¿todo va bien?
–Desde luego, madre –repuso él con voz inexpresiva. Inquieta, ella quiso añadir algo, pero no tuvo tiempo: todos los demás querían entrar en tromba a ver al bebé y tenía que evitar que molestaran demasiado a su nuera y a su nieto. Al final se decidió a entrar ella también en la estancia:
–¡Está bien, está bien, no la agobiéis!
Sigyn, cuya alegría había desaparecido y ahora se encontraba apenada por la reacción de Loki y arrepentida por haberla causado –¿por qué había saltado ella así? Sabía perfectamente que no hacía falta mucho para provocar a su marido–, pronto se vio rodeada por toda su familia política y por los amigos de Thor, todos hablándole a la vez, admirando al bebé y haciéndole carantoñas. No pasó mucho tiempo sin que todas aquellas felicitaciones y muestras de afecto volvieran a levantarle el ánimo y sonriera contenta, olvidando el amago de discusión que había tenido con su esposo.
Mientras tanto, Loki, en vez de marcharse, se quedó en el umbral de la puerta de la sala, observando a todos celebrar en torno a su esposa. Sosteniendo al bebé contra su pecho, Sigyn había recuperado esa expresión de dicha que tenía cuando él había llegado, expresión que él se había encargado de quitarle, aunque no por mucho tiempo. Ella, y el niño también, los dos, irradiaban amor y felicidad. Una felicidad que capturaba a quien los rodeara como la atracción gravitatoria de un planeta.
Una felicidad que él no podía permitirse.
Este capítulo sí me ha quedado un poco fluff (aunque el final sea algo oscuro), pero es la única parte que he hecho así. La nueva escena lime, que tampoco estaba planeada, sólo tenía el fin de no dejaros (ni dejarme) con las ganas de ver algo verdaderamente romántico y apasionado entre ellos, ya que la noche de bodas no lo fue tanto. Ya que llevan varios meses juntos y se conocen mejor, se sienten atraídos y demás, creo que ahora sí procede. Además, la escena (y todo el capítulo en general) actúa un poco como contrapunto dulce de toda la amargura que vendrá después.
Espero que Loki no haya quedado demasiado OoC. Lo he puesto un poco más "suave" para que no lo odiéis, por lo menos al principio (luego sí lo haréis, os lo aseguro). Tal vez sí haya quedado OoC con la parte del nacimiento del niño, pero siempre he pensado que si hay algo que pueda conmover y ablandar a una persona, por fría que sea, es más el tener un hijo que simplemente enamorarse. Además, como veis, ha sido la primera impresión; como siempre, él se resiste con todas sus fuerzas a dejarse ablandar por la menor emoción.
Sobre el nombre del niño, sé que las grafías más correctas son Narfi o Nari, pero me gusta más cómo suena Narvi. Simple cuestión de gustos. Según lo que he leído, Narvi es más parecido a Sigyn que su hermano Váli, pero yo he cambiado los papeles para que Loki se sienta más identificado con su hijo mayor (¿os suena de algo?).
En cuanto a lo de las "Llamas de la Omnipresencia", realmente es algo que Loki utiliza para trasladarse astralmente en el cómic (en la peli de Hulk vs Thor era una bola de cristal lo que utilizaba para ver lo que ocurría en otros lugares), aunque en el cómic es una hoguera mística que está alimentada por ramas caídas del Yggdrasil. Como en el movieverse el Yggdrasil no es un árbol de verdad sino el conjunto estructural de los nueve reinos, y además toda la "magia" de Asgard viene de ese tipo de dispositivos mecánicos (por ejemplo el Puente Arco Iris), yo lo he transformado en un espejo. Sé que queda muy tipo "madrastra de Blancanieves", pero de siempre se ha atribuido a los espejos el poder de abrirse a otras dimensiones.
