Hola a todo el mundo… veréis… mientras he estado escribiendo me he dado cuenta de que con el cambio de ordenador que realicé y el traspaso de los documentos de un sitio a otro, este capítulo me había quedado olvidado. El caso es que una chica me comentó que del capítulo ocho al nueve parecía faltar algo… busqué y me encontré con que me había saltado publicar este capítulo!!!

Lo siento mucho, de verdad. Os ruego que lo leais ahora porque seguramente hay cosas que si no os las leeis luego parecerán no tener sentido.

Un besito para todos, espero que sea de vuestro agrado. Nos leemos abajo!!

Capítulo 10. Ónix.

No era un doble espía por nada, era consciente de todo lo que pasaba a su alrededor, sensible al menor cambio de lo que le rodeaba, sus ojos negros eran capaces de vislumbrar en la oscuridad y su olfato perfeccionado durante años debido a su habilidad como Maestro Pocionista le ayudaba a notar el mínimo cambio que pudiera acontecer.

Lo había notado tan pronto había cruzado la puerta. Olor a salvia y a vino francés. Su mano se movió rauda hacia la varita enfundada en el bolsillo interior de su túnica negra. Creía saber quién estaba en sus dominios, pero era mejor estar alerta siempre. La voz siseante que arrastraba las sílabas con un acento francés que intentaba ser disimulado constantemente y que de hecho lo conseguía si no fuera porque Severus sabía que ese acento estaba ahí, le llegó desde uno de los rincones oscuros de la pequeña sala que hacía de recibidor.

-Buenos reflejos.

Severus se relajó visiblemente pero no soltó la varita, no aún.

-¿Cómo has entrado aquí?

Los ojos plateados brillaron con cierta diversión mientras miraba de forma significativa la alta ventana abierta de la sala. Severus gruñó y movió su varita para cerrarla. Seguramente había olvidado cerrarla aquella mañana después de enviarle una carta al encargado del almacén de Ingredientes Extravagantes pidiéndole algunas cosas que se le habían agotado.

Severus encendió la luz del lugar con un pase de varita hecho con un gesto mecánico, se acercó al mueble bar y sirvió dos copas de vino francés.

-¿Quieres salir de las sombras, Lucius? Tengo la sensación de que no has venido sólo para decirme que cierre la ventana –le dijo con sarcasmo.

Tan altivo como siempre. Severus no se sorprendió. Lucius Malfoy podría estar siendo buscado por el Ministerio de Magia de Inglaterra, de América, de Francia, de Dinamarca y de España y siempre tendría el mismo porte altivo que había visto en él cuando se habían conocido en el expreso de Hogwarts, el primer curso.

-¿Por qué hueles a salvia? –indagó el hombre sentándose en su butacón favorito indicándole a Lucius que hiciera lo mismo en el sillón de enfrente.

-Narcisa está probando nuevas fragancias –se excusó el hombre encogiéndose de hombros-. Le dije que esta era demasiado fuerte y que yo también terminaría oliendo a salvia, pero ya sabes como es –dijo con cierto tono condescendiente.

-Sí, lo sé –contestó Severus.

Ninguno de los dos habló durante un rato. Severus esperando que Lucius le dijera qué hacía allí, Lucius si saber cómo decir lo que quería decir.

-¿Y bien? –preguntó entonces Severus-. No has venido a preguntar por Draco porque estoy seguro de que ya les has visto furtivamente antes de venir aquí, ni a halagarme por mi buen gusto con el vino, así que ¿qué ocurre? –una sombra cruzó sus ojos-. ¿Narcisa está bien?

-Sí, está bien –contestó tranquilo-. Está preocupada por la presencia de Ann Seever en Hogwarts –dijo sin rodeos.

Los ojos de Severus brillaron con entendimiento mientras le miraban.

-¿Y tiene motivos para estar preocupada?

Como única respuesta, Lucius le sonrió de forma cansada. Severus esperó. Le conocía bastante bien y sabía que tras esa sonrisa venía un cambio de tema que no se hizo esperar.

-Cuéntame por qué ahora no te fías de Dumbledore –dijo con cierto retintín.

Severus gruñó y Lucius se sorprendió. Severus Snape nunca perdía la paciencia. Jamás le había visto perder la calma ni siquiera en sus años de estudiante cuando se convirtió en el centro y blanco de las bromas de los merodeadores; Snape siempre había conservado la sangre fría y por eso en las mazmorras se había corrido el rumor de que quizá era la mejor serpiente de Hogwarts, por su sangre fía y su imperturbabilidad ante todo.

-Parece serio.

-Es serio –contradijo Snape-. Hay cosas que Albus nunca me dijo… cosas que he descubierto… cosas que nadie debería hacer nunca y que él las ha hecho.

-Parece que hablas en serio –apuntó Lucius.

-No bromeo –dijo simplemente Severus. Suspiró-. Lo que se dice en esta habitación, queda en esta habitación, ¿entendido?

Lucius enarcó una ceja fingiendo ofenderse por aquel comentario, pero Snape no dio su brazo a torcer y el rubio supo entonces que estaba hablando muy en serio.

-Te escucho.

-Dumbledore borró los recuerdos de Black de la cabeza de Potter este verano. Potter se enteró. Lupin se enteró. Seever y Addams se enteraron…

-¿Él hizo qué? –preguntó Lucius confundido-. Creía que Potter era el ojo derecho de Dumbledore.

-Yo también-suspiró cansado-, pero quizá haya estado equivocado todos estos años –admitió con pesar.

-Y Seever ha regresado a Hogwarts con el licántropo y Addams para cuidar del pequeño Potter –preguntó sarcástico Lucius.

-Eso parece… y lo peor de todo es que no es una mala idea –reconoció Severus. Lucius le miró-. Hay algo diferente en Potter. No sé qué es, así que ahórrate el preguntármelo… Sólo sé que hay algo diferente en él. Creo que la burbuja en la que mantenía idealizado a Dumbledore le ha estallado en la cara.

-Siempre has tenido buen instinto –le recordó Lucius-. ¿Qué es lo que piensas?

-Que esconde algo –franco, directo y sin ningún tipo de vuelta-. Que hay algo que ellos saben y que Albus desconoce.

Lucius asintió. Tragó el vino de su copa con tranquilidad, como si en lugar de estar hablando de magia, secretos, manipulaciones y viejas rencillas, el clima de Londres fuera el tema principal de su conversación.

-¿Crees que Seever lo sabe?

No necesitó preguntar nada, ambos sabían a qué se refería Lucius. Un secreto cómplice y compartido que los dos habían prometido no rebelar nunca, algo que siempre estaría en sus conciencias, en sus recuerdos, en su vida, como una cadena de firmes eslabones de acero frío que los mantenía unidos a un pasado común.

-Siempre he dicho que te valoras demasiado, Lucius –bromeó Snape con voz fría y sin un ápice de sonrisa en sus labios-. Ya te lo he dicho. Seever está aquí por Potter. Por nada más.

-Siempre fue muy inteligente, y observadora –insistió el rubio mirándolo fijamente.

-Lucius, cada vez que miro a Draco tengo la sensación de estar viéndote a ti, ¿lo entiendes? Es una copia exacta tuya, no hay ni un solo rasgo de ella; tiene tu apariencia, los ademanes de Narcisa y la terquedad de ambos. Ann no sabe nada.

Lucius la miró y sonrió a medias.

-¿La sigues llamando por su nombre?

-Las malas costumbres. Una vez fuimos amigos –le miró suspicaz-, época en la que tú, por cierto estabas más irritable que de costumbre –Lucius le fulminó con la mirada-. Si te quedas más tranquilo, puedo preguntárselo.

-¿A Seever? –preguntó Lucius escéptico.

Severus le sonrió.

-No, a Annie. Cuando la llamas por su nombre tiende a ser bastante más comuicativa.

Lucius Malfoy apuró su copa de vino saboreándolo, dejó el recipiente de fino cristal en la mesita baja que separaba los sillones de ambos hombres y se levantó.

-¿Me mantendrás informado?

-¿Cuándo te he fallado? –preguntó Snape.

Los dos sabían la respuesta a esa pregunta. Nunca.

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Había olvidado lo mucho que le gustaba enseñar a los demás lo que sabía. Era algo que a menudo entre ella y Remus habían tenido que poner en práctica con Peter y con Emi en alguna que otra asignatura en sus días de colegio. Lo adoraba. Poder enseñar a alguien a pensar por sí mismo, ayudarle con lo que no entendían, explicarles con paciencia y una sonrisa mil formas diferentes de hacer una sola cosa.

Le gustaba estar en Howgarts por eso, en especial cuando habían terminado ya las clases por esa mañana y tenía la tarde libre. Suspiró mientras caminaba por los pasillos del castillo. Quizá no era tan buena idea que tuviera la tarde libre… Tenía la, como decía siempre Sirius, mala costumbre de pensar demasiado. Rió al recordar precisamente, una de esas conversaciones con Sirius.

(flashback)

-Voy a hacer el tonto –dijo solemnemente mientras intentaba inútilmente que Sirius no la arrastrara empujándola desde detrás-. Voy a tropezarme y voy a terminar cayéndome. No quiero caerme… -anunció con media voz lastimera.

Sirius rió roncamente y apoyó su mentón en el hombro de ella.

-No vas a caerte… no voy a dejar que te caigas –le aseguró él apoyando su mentón en el hombro de ella.

-Voy a caerme, quizá deberías intentar patinar con Sara Jonson, seguro que ella no es una patosa y sabe patinar perfectamente.

-¿Qué? –preguntó él ahogando una carcajada-. Te he visto volar en escoba Annie –le susurró par que ningún muggle lo escuchara-, no eres patosa, sólo no sabes patinar. Es más fácil aprender sobre cuatro ruedas que sobre hielo, confía en mí, y además –añadió mirándola-. ¿Quién diablos es Sara Jonson?

-Sara Jonson, ya sabes, la acabamos de ver en el mostrador, tenía una plaquita con su nombre en una chapa muy mona sobre la solapa izquierda, morena, ojos verdes… babeaba sin quitarte la vista de encima… ¿la recuerdas ahora?

-Jajjajaja no, no la recuerdo, quizá porque estaba demasiado ocupado mirándote a ti, princesa, ya deberías saberlo, ¿no te parece?

Por supuesto que lo sabía. Ambos sabían que Sirius la quería a ella y que cuando la miraba, el resto del mundo desaparecía para el hombre en el que se estaba convirtiendo Sirius, pero la inseguridad de Ann era algo con lo que los dos tenían que trabajar cada día, un esfuerzo que valía realmente la pena para el chico cada vez que veía sus halagos recompensados con esas media sonrisas avergonzadas, ese sonrojo de mejillas y ese brillo en los ojos que le hacía sentir bien consigo mismo al darse cuenta que era él quien hacía que ella sonriera de aquel modo.

-Claro, eso lo dices porque quieres convencerme para que salga ahí, me caiga, me rompa la cabeza y tú puedas salir con Sara Jonson.

Sirius resopló entre divertido y resignado, rodeó a Ann sin quitar sus manos de la cintura de ella y se colocó delante de la mujer que lo miró con una ceja enarcada.

-Ann, no vas a caerte, no voy a permitirlo ¿de acuerdo?

Aún sabiendo que hablaba en serio, ella enarcó una ceja.

-Dame una buena razón para entrar en esa pista de patinaje sobre ruedas –le retó ella.

Sirius se acercó a ella, rozó con su nariz la de la chica inclinado la cabeza con suavidad y sin borrar la sonrisa, acercó sus labios a los de ella sin llegar a rozar la boca de Ann.

-No voy a dejarte caer, y quiero que patines conmigo –le explicó divertido-. Por favor… hazlo por mí.

-Odio cuando me miras así… -le reclamó ella.

-Y yo odio que pienses tanto las cosas… deberías ser más impulsiva –le dijo él sujetándola por la cintura.

Annie rodeó el cuello de Sirius con sus brazos porque siempre tenía el mismo problema cuando él la abrazaba, a saber, no sabía donde colocar sus brazos, hasta que había descubierto que a él se le erizaba el vello cuando le acariciaba justo en la nuca.

-¿Así de impulsiva? –preguntó elevándose sobre las puntas de los pies y besándolo en los labios.

-Exactamente así –aseguró Sirius volviendo a besarla-. Ahora, a patinar.

-Te odio –le dijo ella cuando sintió que él le daba una ligera palmada en el trasero mientras la soltaba y la tomaba de las manos para incitarla a caminar.

-Yo también te quiero, princesa –le contestó él divertido-. Sobre todo, cuando no piensas tanto.

-¿Qué quieres que te diga? –se encogió de hombros-. Tú eres el impulsivo en la relación.

La única respuesta que obtuvo fue un beso, rodó los ojos en su cabeza y se encogió de hombros mentalmente, le gustaba la forma en que él la callaba, así que se limitó a disfrutar del beso. Como siempre hacía.

(fin flashback)

Aún sonriendo entró en la sala común, encontrando a Harry tumbado en el suelo de la sala; Ónix, que permanecía cerca de él, la miró cuando entró por la puerta, reconociéndola, volvió a su trivial ocupación de alisarse las plumas.

Ante el movimiento de su ave y la presencia de un aura poderosa y reconocible, el adolescente miró a Ann levantando la vista y la mujer tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sobresaltarse. Los ojos de Harry, verdes como esmeraldas brillaban envueltos en una delgada línea negra y roja como la sangre. Suspiró.

-Harry… -advirtió. El adolescente sacudió su cabeza y le lanzó una mirada de disculpa-. Te he dicho cientos de veces que no practiques magia negra si no estoy contigo… Tu aura aún es demasiado sensible y no me gustaría que por una estupidez…

-Sólo fue un conjuro simple –aseguró Harry-. Sé hasta donde puedo llegar Ann, no te preocupes. Además, Ónix no me ha dejado solo.

Ann suspiró, sabía cuándo tenía las batallas perdidas y definitivamente aquella era una de ellas. La testarudez de Lily y James parecían cada vez más resueltas en Harry. Sonrió para sí misma, no era algo que le molestara demasiado.

-De acuerdo, me rindo, ¿qué estás haciendo?

-Intentando resolver esto –le contestó él con un resoplido levantándose de donde estaba tumbado y quedando sentado con la espalda contra uno de los sofás-. Quiero estar preparado. No me gustan las sorpresas.

-¿No te gustan las sorpresas?

-No las que tengan que ver con el mundo mágico –arrugó la frente-. Suelen ser desagradables para mí –movió su mano y el libro que tenía delante de él levitó suavemente hasta los ojos de Ann-. Mira el grabado –le pidió-. ¿No ves nada extraño?

Ann pasó sus ojos por el dibujo. Todo parecía seguir igual que siempre. Harry insistió un poco más.

-Las manos, el símbolo que no se distinguía, ¿ves? –señaló el dibujo en cuestión.

Ann asintió. Parecía que la neblina que difuminaba lo que fuera que la figura del hombre llevaba en la mano, se había disipado. En su lugar, una pequeña espera flotaba sobre la mano de la figura humana y dentro de la esfera, un símbolo, algo que Annie no conseguía descifrar pero que parecía ser un…

-¿Un reloj de arena? –preguntó.

Harry arrugó el ceño.

-A mí me parece un simple "ocho" alargado. ¿Qué crees que significa?

Ann parpadeó y miró a Harry.

-No tengo la menor idea, cielo, pero el que por fin podamos verlo debe significar algo, ¿no? –él arrugó la frente-. ¿Qué?

El libro volvió a cerrarse y a guardarse automáticamente en la estantería más alta, bajo un hechizo de camuflaje que Harry le había puesto para asegurarse de que estuviera a salvo y seguro.

-No estoy del todo convencido que signifique algo bueno o malo. Generalmente a estas alturas del curso ya suelo meterme en problemas.

-¿En serio? Tu padre y los chicos se metían en problemas el primer día –le aseguró la mujer. Harry sonrió a medias-. ¿Por qué no estás con tus amigos?

-Están raros conmigo desde la última clase de Encantamientos –se encogió de hombros como si no le importara demasiado-. Supongo que Hermione estará enfadada porque la he superado y que Ron está pensando por qué no le enseñé el truco para hacer lo que hice… Después de todo, parece que siempre es lo mismo, ¿no?

-Harry… -empezó a decir la mujer sentándose en el sofá-… ¿Por qué no les dices la verdad? –sugirió-. Seguramente eso acallaría algunos de los problemas que tenéis últimamente.

-Sí, claro –dijo él sarcástico-. Ya imagino la escena: "Ron, Hermione, si estuve a punto de matar a Remus durante la última clase de defensa y he mejorado tanto en las demás asignaturas es porque estoy adquiriendo magia oscura que me será rebelada del todo en el próximo Halloween. Oh y por cierto, soy el Primero. Buenas noches, que durmáis bien"

Se dejó caer en el sofá malhumorado. Annie le sonrió.

-Bueno, no creo que sea el mejor modo de decírselo pero… -el chico la miró-… debes de empezar a confiar en alguien Harry. En alguien de tu edad –añadió al ver que él iba a abrir la boca para replicar.

No quería hacerlo. No quería confiar en nadie. Aún podía escuchar los rumores y los murmullos cuando su magia se había excedido durante la clase de Encantamientos y simplemente había hecho que todos los objetos que no estuvieran anclados al suelo terminasen volando alrededor del techo mientras cambiaban de forma y color. Casi había tenido el mismo sentimiento de cuando en segundo le esquivaban porque pensaban que por el hecho de saber hablar pársel, era el heredero de Slytherin. No quería confiar en nadie. Sabía que no iba a poder hacerlo.

-Danielle a veces parece que tenga mi edad, ¿no basta con que ella sea una de las personas en quien confío?

Annie rió. Pero pese a esa suave risa, Harry sabía que la respuesta estaba clara: no, no bastaba.

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Voldemort movió su varita de nuevo con un gesto mecánico que expresaba aburrimiento. Los alaridos de aquella muggle ya no le divertían, al menos, no tanto como hacía una hora, momento en que había decidido que quería jugar un poco.

Nagini a su lado siseó algo y él sonrió. Su serpiente también se aburría. Con un fuerte movimiento de muñeca, tensó la varita y susurró unas palabras. Un rayo verde fugaz atravesó la reja de la mazmorra donde la mujer intentaba esconderse en un rincón mohoso y frío, impactando de lleno en el pecho de la mujer y dejándola caer sin vida sobre el suelo. Los ojos de Voldemort ni siquiera pestañearon.

Siempre era igual, siempre que lanzaba la maldición asesina, la dirigía hacia el pecho, hacia el corazón. No era nada significativo como algunos periódicos mágicos escribían en sus portadas, sólo le gustaba hacerlo porque era el punto más débil del cuerpo humano.

Voldemort sabía perfectamente que esa maldición concentrada en el punto más débil del hombre se expandía por el sistema nervioso actuando como una sobredosis de la droga muggle más potente; haciendo que la sangre coagulara, que los órganos quedaran destrozados y que el corazón se detuviese gradualmente, provocando un dolor indescriptible que mantenía al ser humano en un estado de agonía durante minutos que a ellos les parecía toda una eternidad.

Nagini saltó del regazo de su dueño y se dirigió hacia el cuerpo inerte, colándose entre los barrotes de la celda, apresando a la mujer entre su cuerpo donde se enroscó varias veces haciendo crujir los huesos del ya cadáver.

-¿Mi señor? –interrumpió la voz de Bellatrix -¿Me has llamado?

El hombre la miró.

-¿Dónde está tu hermana, Bella? –preguntó sin rodeos-. ¿Dónde está tu hermana y el traidor de su marido?, ¿Y tu sobrino?

-No lo sé, mi Lord –dijo sinceramente la mujer.

Voldemort entrecerró sus ojos inyectados en sangre y ahondó en la cabeza de la mujer. Bellatrix era su más fiel servidora, siempre lo había sabido. Había en ella una fuerza inusitada que nunca se había preocupado de averiguar de dónde provenía pero que estaba allí, muy presente en ella y que era imposible de fingir que no existía. Bellatrix tenía una belleza inusitada que pocas veces se podía encontrar en una persona, menos aún en un mortífago. Era una belleza con el porte de los Black y su misma arrogancia; combinado con su frialdad, la convertían en un arma perfecta de matar. Y era suya.

-Me mantendrás informado si sabes algo ¿verdad?

-Por supuesto, mi señor –dijo sin vacilar la mujer morena.

Voldemort asintió satisfecho.

-Quédate aquí y vigila que Nagini disfrute su banquete –le informó mientras empezaba a caminar hacia la salida.

Bella no contestó. No dijo nada. No respondió. Se quedó quieta, observando como la enorme serpiente clavaba sus colmillos envenenados en el cuello de la mujer muerta. La visión de ver a Nagini devorar a alguien siempre la había extasiado hasta un punto que nadie podía imaginar y que a veces, ni siquiera ella misma, alcanzaba a comprender.

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Danielle rió suavemente cuando las burbujas de la espuma le hicieron cosquillas en el mentón. Se encogió con ligereza apretándose contra el cuerpo desnudo que había detrás de ella, cubierto de la misma espuma que el suyo propio.

-¿Por qué me siento como si tuviera quince años? –preguntó ella de repente.

Las manos de Remus se entrelazaron en su cintura apretándola más contra él si eso era posible pero ella no se quejó. Le había echado de menos. Cada segundo que pasaba a su lado se preguntaba cómo había podido estar tanto tiempo sin él… ahora necesitaba recuperar el tiempo que ella misma había perdido, el tiempo que había pasado lejos de él, el tiempo que no iba a regresar nunca más. Suspiró cuando él depositó un suave beso en su cuello.

-Quizá es porque sigues teniendo el mismo cuerpo que cuando tenías quince años… -le susurró roncamente el hombre lobo.

Danielle volvió a reír. Era tan fácil estar así con él, en realidad, era tan fácil y sencillo estar con Remus que asustaba pensar que podría haberle perdido para siempre. A su risita adolescente le siguió el silencio, un silencio cómodo, tranquilo, natural, roto únicamente por el ruidito del agua al chapotear cuando alguno de los dos hacía algún pequeño movimiento. Se sentía bien estar así. En silencio, como si no existiera nadie más en el mundo fuera de ellos dos… en aquellos momentos, todo era perfecto, simplemente perfecto.

-No es cierto… -dijo ella con una media sonrisa-… mi cuerpo ha cambiado desde que tengo quince…

Remus dejó escapar una risita suave. Sus manos se movieron y con la fuerza que siempre le había caracterizado, movió a la mujer que tenía entre sus piernas, sentada en el regazo, y le dio la vuelta, dejándola sentada sobre él de lado, de forma que pudiera mirarla. Una de sus manos se mantuvo en su cadera redondeada y suave, la otra abrazó su espalda y se refugió en el hueco entre su pecho y la cintura, protegiéndola, cogiéndola, sintiéndola y abrazándola mientras la miraba de forma apreciativa.

-Bueno… quizá tengas razón… tu cuerpo ha cambiado… un poco… -admitió mientras movía su mano de forma sugerente sobre la cadera de ella haciéndola reír con suavidad.

Era cierto. Su figura estaba más definida; sus caderas más anchas, sus pechos más llenos, su piel más tersa, y en su rostro se apreciaban señales del tiempo que había pasado y de todo lo que había vivido aún estando sola y apartada del mundo.

-Idiota… -le insultó ella con tono cariñoso y juguetón dándole un pequeño golpe en el pecho.

Se quedó callada un segundo, con los ojos clavados en el pecho desnudo de él. La mano que le había golpeado estaba acariciándole con cierta suavidad. Remus siguió con sus ojos la mano de ella mientras se estremecía al notar que estaba recorriendo una de sus cicatrices.

-¿Qué ocurre?

-Esta… esta cicatriz no te la había visto… -se sorprendió.

Remus sonrió mientras colocaba su mano sobre la de ella, haciendo que Dani dejara de acariciarla.

-Esa… fue la primera que me hice cuando tú… -carraspeó-… cuando tú…

-Cuando me fui… -susurró ella levemente.

-Sí…

(flashback)

-¿Estás bien?

Fueron las primeras palabras que escuchó al abrir los ojos. Le sonrió. Danielle siempre estaba ahí cuando se despertaba después de pasar una noche de transformación; desde luego que echaba de menos los comentarios sarcásticos de Sirius, las chocolatines que Peter le llevaba siempre y las bromas de James que le quitaban hierro al asunto, pero sinceramente, despertar con la voz de la mujer a la que amaba y con la que estaba ligado durante el resto de su vida, era mucho más agradable que despertar con la risa perruna de Sirius.

-Sí, estoy bien… -le sonrió-. ¿llevas mucho despierta?

-Desde que los chicos te trajeron –le contestó ella acomodándose en el borde de la cama mientras le terminaba de poner una gasa en el hombro-. Parece que ha sido una noche agitada, ¿verdad?

-Sí… aunque no recuerdo nada ¿te han contado algo?

-Sólo que parecías inquieto –hizo un gesto con la mano para quitarle importancia-. Pero ninguno de los tres tiene ninguna herida… -fingió meditarlo unos segundos-… porque el que Sirius sea a veces así de tonto es algo natural, ¿verdad?

Remus rió.

-Me gusta que te rías… -le dijo ella sinceramente.

-A mí me gusta verte cuando me despierto –le contestó Remus.

-Voy a estar siempre a tu lado cuando despiertes, cariño –le aseguró la chica inclinándose sobre él y besándolo gentilmente en los labios-. Durante el resto de tu vida, cada vez que despiertes después de tu transformación voy a estar a tu lado, voy a curar tus heridas y a adorar tus cicatrices…

-Eso suena a promesa… ¿Es una promesa?

Dani rió.

-Lo es… Es una promesa.

(fin flashback)

Danielle le sonrió despacio.

-No cumplí mi promesa… lo siento… lo siento tanto, Remus…

-Shhhhh…. –la calló él-… lo sé, no importa cielo, está bien… lo entiendo… No pasa nada…

Silencio. Otra vez silencio. El latido de sus corazones era lo único que se escuchaba en el baño. Comodidad. Tranquilidad. Amor. Respeto. Cierto sentimiento de culpabilidad. Cariño…

-Remus… -susurró rompiendo el pequeño silencio.

-¿Mmmm?

-Te quiero, lo sabes ¿verdad?

-Sí, lo sé… pero me gusta que lo digas… -le contestó él divertido. Ella estaba a punto de reprocharle algo cuando los labios de Remus sellaron los de Danielle en un beso tan suave como posesivo-. Te quiero… -le susurró a escasos centímetros de la boca de ella.

Dani sonrió satisfecha porque sabía que por mucho tiempo que pasara, que por mucho que lloviera, que por muy alejados que pudiesen llegar a estar, lo que Remus y ella sentían el uno por el otro era algo que nadie ni nada podría arrebatarles nunca.

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Mudanza. Cómo Draco había conseguido el permiso de Snape para permitir que Pansy se mudara a la habitación de los chicos era un misterio, aunque todos sabían que el hecho de la relación padrino – ahijado seguramente habría influido en algo.

-¡Por Merlín, Pansy, en serio! –se quejó Blaise -¿Dónde pretendes meter tantas cosas?

La chica se limitó a agrandar dos cajas más dentro de las cuales parecía haber más ropa mientras que Blaise, cansado de pasarse toda la tarde ayudándola con la improvisada mudanza, se apoyó contra uno de los postes de su cama mientras conjuraba una cerveza de mantequilla, agradeciendo que Nott hubiera aprendido a hacer aquel hechizo a los trece años.

-Aunque no te hayas dado cuenta, Blaise, soy una chica y las chicas tenemos más cosas que los chicos… es inevitable.

-¿Mas cosas? –preguntó él divertido-. ¿Cómo qué?

Pansy le miró. Conocía aquel tono burlón perfectamente. Se cruzó de brazos y le sonrió.

-Empezando por la ropa interior, nosotras usados dos prendas, vosotros una, y algunos, ni siquiera eso –añadió con cierta mueca de asco al recordar algo.

-Espera, ¿con quién has salido tú que no llevara ropa interior?

-Dougal Meigonst de Ravenclaw –le contestó ella tranquila mientras sacaba algunos jerseys que iba metiendo en el armario- Va a faltarme sitio… -se quejó para sí misma más que para otra cosa.

Blaise tenía el ceño fruncido, pero aún así, su respuesta fue automática.

-Mi armario está casi vacío, puedes usar los cajones si quieres –le sugirió.

Nott arqueó una ceja.

-¿No te importa?

-Siempre que no metas ropa que huela a lavanda –se encogió de hombros Blaise.

-Mi ropa no huele a lavanda –protestó ella.

-Tienes razón –bebió de su cerveza mientras ella empezaba a colocar ropa en su baúl-. Tú eres la que huele a lavanda. ¿Qué haces? –le preguntó- ¿Te duchas con lavanda o algo así?

-Es mi olor natural –ella frunció el ceño y se giró hacia Nott-. ¿De verdad huelo a lavanda?

-El que te huele es él, no yo –dijo simplemente Nott. Blaise le dedicó una mirada fulminante pero Pansy no pareció entender, por suerte, el doble sentido de la oración de Theo.

-No huelo a lavanda. Odio la lavanda… Es… cursi…

-Puedes usar mi champú de hombre si quieres –bromeó Theo sin dejar de leer.

-Olvídalo, la lavanda es para ella –objetó Blaise. Pansy le miró-. Quiero decir… ehmmmm… ¿aún tienes más ropa? Si quieres puedo ir a buscar lo que falta en tu cuarto.

-No, creo que lo tengo todo ya –le interrumpió ella.

Desde la cama donde estaba tumbado con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, Nott les miró enarcando una ceja levantando la vista del libro de transformaciones que tenía en aquel momento entre las manos. Sonrió de la misma forma en que sonreía Draco cuando tenía algo en mente; una sonrisa típicamente Slytherin.

-¿Cuándo vais a dejar de coquetear y vais a empezar a salir? –preguntó a bocajarro.

Pansy que estaba colocando su ropa en el baúl, tembló y la ropa cayó desordenada dentro del baúl; Blaise que estaba tomando un poco de su cerveza de mantequilla, la escupió para no atragantarse pero aún así, terminó tosiendo y mirando de forma fulminante a Nott.

-¿De qué diablos hablas, Nott? –preguntó Pansy confusa.

-Sinceramente Pansy, creía que eras más observadora. Lo que quiero decir es que…

-¿No es tu hora de ir a la biblioteca? –le interrumpió Blaise con voz demasiado amable para ser verdadera.

Nott miró el reloj. Sería divertido quedarse un rato más incordiando a Blaise, después de todo, era divertido. Pero el chico tenía razón. A esa hora, Ginevra Weasley estaría en la biblioteca, era un ritual para ella; los martes y jueves después del entrenamiento de Quiddich. Descruzó las piernas, bajó los pies al suelo y se levantó de la cama, dejó el libro cerrado pulcramente sobre el colchón, se colocó bien la túnica y tomando su varita de encima de la mesita de noche asintió.

-Sí, tienes razón. Nos vemos en la cena.

Pansy enarcó una ceja mirando a Nott mientras se marchaba del cuarto y se giró hacia Blaise que seguía teniendo el ceño fruncido.

-¿Y a este qué le pasa?-preguntó rompiendo los deseos de Blaise de que Theo se atragantara con todos los libros. Blaise sonrió.

-Sinceramente, Pansy, creía que eras más observadora.

La chica sonrió malvadamente. Cuando Crabbe y Goyle aparecieron veinte minutos después, los dos chicos se encontraron con que aún estaban peleando con las almohadas. Se miraron y se encogieron de hombros antes de tomar las suyas propias y unirse a la diversión.

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Lo había notado desde la otra punta del castillo. La presencia de Lucius Malfoy en Hogwarts. Quizá era porque había pasado tanto tiempo evitándolo cuando eran adolescentes que su cuerpo ya lo buscaba de forma inconsciente para alejarse de él lo máximo posible.

Ese hombre… Annie no se caracterizaba por ser una persona mezquina, mucho menos rencorosa; cualquiera que la conociera podría dar fe de ello. Pero Lucius Malfoy… nunca lo había podido soportar. Quizá porque siempre se había sentido insignificante en su presencia, o quizá porque él siempre la había tratado de forma déspota y humillante; tal vez porque había intentado hacer daño a sus amigos y eso era lo último que Ann permitía. Nadie hacía daño a las personas que ella quería; no, si podía evitarlo.

Golpeó rítmicamente la puerta de madera y acero y esperó pacientemente a que él la abriese con su habitual rostro de mal humor, su ceño fruncido y la túnica negra mientras dirigía su mirada de "cómo osas molestarme" a cualquiera que lo llamara y que no llevara en su túnica una serpiente en verde y plata. No tuvo que esperar demasiado.

-Seever, ¿a qué debo el placer de tu inesperada visita? –preguntó reponiéndose de su sorpresa.

-¿Qué quería? –preguntó ella directamente.

-¿Esto es una adivinanza? –preguntó el profesor de pociones.

-Sabes a quién me refiero. Podría notar su aura desde el otro extremo de Londres –dijo ella ligeramente enfadada.

-No sé a qué te refieres, pero…

-Podemos discutir esto aquí o podemos pasar dentro, Severus, ¿qué prefieres?

Severus la miró. Varios alumnos de Slytherin, apostados a unos metros del despacho del cabeza de casa de Slytherin, dejaron de hablar para prestar atención a la conversación. Snape refunfuñó.

-¿No tienen clases a las que asistir? –un tímido Slythering de tercero se arriesgó a negar con la cabeza-. ¡Entonces vayan a estudiar, panda de holgazanes sin cerebro! –miró a Annie con lo que parecía ser intención de gritarle, pero nuca había podido gritarle a Ann-. Pasa… -dijo simplemente.

-Sigues teniendo un gusto austero, ¿verdad Severus?

El hombre no dijo nada. Sabía que sus muebles eran demasiado oscuros, que las luces de las antorchas proyectaban sombras alargadas, que las cortinas de terciopelo verde y negras daban un ambiente demasiado tétrico y que la chimenea chispeante de lenguas de fuego, daban un asombro aspecto de mazmorra fría. No le importaba. Era un ambiente en el que él se sentía cómodo; todo a su alrededor era oscuridad porque así era como él se sentía. Oscuro. Toda su vida era una mentira, toda su vida estaba sumida en la oscuridad y quizá por ello, se sentía tranquilo si a su alrededor no había demasiada luz.

-Siempre fuiste buena en clase de Auras –admitió el hombre cambiando de tema.

-¿Bromeas? Era la mejor y los dos lo sabemos –le corrigió ella-. ¿Qué quería?

-Saber qué hacíais aquí –dijo ofreciéndole un sillón donde sentarse.

-Bueno, teniendo en cuenta que seguramente fuiste tú quien le dijo que estaba aquí, no debería extrañarme, ¿no?

Severus levantó la comisura de sus labios en lo que parecía ser una pequeña sonrisa. Débil, pero una sonrisa después de todo.

-¿Sigues tomando vino de elfos? –preguntó dirigiéndose hacia el mueble bar.

Ann rió levemente.

-No. Aunque sí tomaría un poco de whiskey de fuego –admitió. Severus la miró con ambas cejas enarcadas pero no dijo nada-. Viejas costumbres que no quiero olvidar…-dijo ella como si necesitar excusarse por algo.

-Era la bebida favorita de Black si no me equivoco.

-Hasta que James le dio a probar la cerveza muggle –admitió Ann tomando la copa que él le ofrecía-. Gracias.

-Siempre dije que Potter era demasiado influyente en el pulgoso.

Ann sonrió lejos de enfadarse por aquel apelativo; después de todo, eso también era una vieja costumbre a la que le gustaba aferrarse un poquito cuando soñaba que las cosas no habían cambiado tanto como en realidad lo habían hecho.

-¿Qué es exactamente lo que le preocupa?

-Supongo que cuando alguien del pasado vuelve a tu vida quieres saber por qué ha vuelto –dijo simplemente el hombre.

-Ya veo… -contestó ella-. Dile a Malfoy que en estos momentos no voy a atacarle si eso es lo que le preocupa… Sólo estoy aquí por Harry…

Severus la miró.

-Tienes la misma mirada de Lily cuando ocultaba algún secreto –le advirtió.

-Severus, ni siquiera lo intentes –le dijo mientras bloqueaba su mente-. Puede que seas un experto en legeremancia, pero yo lo soy en oclumancia –le dijo sinceramente-, intenta entrar en mi cabeza y te aseguro que te toparás con una resistencia tan fuerte que pasarás tres días en cama con pociones estabilizantes.

Severus la miró. No bromeaba.

-Y además, que tú y Malfoy ocultéis secretos no significa que yo también lo haga –dijo mirándolo seriamente.

Severus la miró fijamente. Lo sabía. Ella lo sabía.

-¿Desde cuándo?

-Tiene los ojos de Lucius, pero ese brillo de determinación… -negó con la cabeza-… En cuanto lo vi, lo supe Severus.

-Siempre fuiste inteligente.

-No lo suficiente. Perdí a Harry –sentenció ella.

-¿Desde cuándo te lamentas por las cosas? La Ann Seever que yo conocía no era así.

Ella sonrió con cierta condescendencia.

-La Ann que tú conociste murió la noche de Halloween, hace dieciséis años.

-Esa noche murió demasiada gente –contestó él.

-Sí, demasiada –confirmó ella. Se levantó de su sillón, siendo consciente de que aquella conversación había llegado al final-. Dile a Malfoy que no se preocupe, no pienso decir nada; pero Draco no es estúpido, tiene un gran potencial y se dará cuenta de las cosas por sí solo… quizá más pronto de lo que nadie espera.

-Ann, sé que Lucius te hizo mucho daño, pero Draco no tiene la culpa. Draco no es su padre.

Ann enarcó ambas cejas y miró a Severus directamente, como hacía años que no le miraba, viéndole completamente y sintiendo su aura, la misma de cuando eran unos niños…

-Es curioso que precisamente tú seas quien me diga eso, Severus… -el hombre se tensó-, precisamente tú que durante estos años has estado culpando a Harry de lo que su padre te hizo. Harry tampoco es James, Severus. Es una suerte para Draco que yo no sea como tú. Buenas noches.

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Siempre le había gustado aquel rincón del castillo. En el séptimo piso, el aula vacía junto al cuadro de Sir Snaider, un caballero del siglo pasado que dedicaba su tiempo a ir de cuado en cuadro conquistando damas y buscando aventuras; era agradable mantener una conversación con él de vez en cuando, excepto en temas de amores… solía ponerse bastante pesado a ese respecto.

Allí había encontrado por primera vez el espejo de Oesed y en cierto modo, estar allí, le ayudaba a darse cuenta de que los sueños no pueden cumplirse a menos que uno luche por conseguirlos, a parte, por supuesto, de que en aquel lugar se sentía unido a sus padres, a unos padres que no recordaba pero que había visto en aquel cristal reflejados mientras le acariciaban como si siempre hubieran estado con él.

Entre sus manos, un trozo de pergamino con un número ocho alargado dibujado en él. ¿Qué significaba aquello? Sonrió sarcástico al pensar que quizá Voldemort lo supiera. Sería irónico que tuviera que preguntarle al Lord Oscuro qué significaba aquello… Ónix revoloteó sobre la cabeza de su dueño unos instantes y Harry movió la mano como el que espanta una mosca, pero Ónix no se dio por vencido y apoyándose en el hombro de su dueño, inclinó la cabeza y le picoteó la oreja con suavidad. Inmediatamente Harry le miró reprendiéndole.

-Para –le ordenó.

Había algo en Ónix que le desconcertaba. Quizá era el modo en que tenía de obedecer todas y cada una de sus órdenes, entendiéndole; o quizá era simplemente que siempre parecía saber cuando él estaba mal porque aparecía a su lado.

-Ónix, para –repitió.

Hacía algún tiempo que el animal estaba alterado. Concretamente desde la primera clase de Magia Elemental. Seguía mostrándose igual de callado que siempre, igual de silencioso y únicamente parecía cordial cuando estaba él presente; pero estaba alterado, como si de algún modo pudiera prever lo que podía estar acercándose, acechándole. Únicamente cuando extendió parte de su magia alrededor de su cuerpo hasta rozar al ave, ésta pareció tranquilizarse relativamente.

-¿Qué te ocurre? –le preguntó directamente.

Por toda respuesta, Ónix le miró fijamente con sus grandes ojos negros clavados en los suyos propios, como si con ese simple gesto pudiera hacerle entender a su dueño lo que le ocurría. Harry frunció el ceño. Sabía que había algo que lo estaba molestando; algo relacionado con los sueños que tenía respecto a Voldemort, algo relacionado con el dolor punzante que sentía en su cicatriz, pero no llegaba a saber qué era exactamente y eso, eso lo estaba volviendo loco.

-¡Un fénix negro!

Harry se dio la vuelta rápidamente maldiciéndose por haber dejado la puerta abierta. La pequeña figura de Luna, tan extravagante como siempre y con el cabello rubio y ondulado completamente suelto aquel día, lo miraba desde el lindar de la entrada, con los ojos azules muy abiertos.

-Maldita sea… -murmuró el adolescente.

-Luna… Luna no puedes decírselo a nadie, ¿lo entiendes?

La rubia lo miró con sus grandes ojos azules, mitad extrañada, mitad confusa, pero con una expresión de claro entendimiento en su rostro que hizo que Harry se preguntara si la mitad de las cosas que Luna fingía no entender, las comprendía perfectamente mucho mejor de lo que los demás creían.

-Claro que lo entiendo Harry –le contestó ella de forma condescendiente-. No puedo decirle a nadie que tienes un fénix negro-. ¿Puedo tocarlo? –preguntó suavemente.

-En realidad no creo que sea muy buena idea, Ónix no suele ser…. –pero antes de terminar su oración, el ave había volado hasta la mano de Luna y se quedó quieto mientras la menuda y blanca mano de la chica acariciaba con suavidad su plumaje negro y suave-… cariñoso… ¿Qué…

-Tienes suerte ¿sabes? –le interrumpió Luna una vez más.

Harry parpadeó ligeramente. Ónix no era sociable con nadie, incluso tenía cierta hostilidad hacia Remus, pero con ella… con Luna… era distinto. Sonrió a medias. Quizá Ann tuviera razón y Ónix fuera capaz de leer en el corazón de las personas y en sus almas… por eso, frente a alguien tan inocente e ingenuo como Luna no podía mostrarse con hostilidad.

-¿Por qué? –preguntó él.

Luna le miró divertida.

-Los pimukis te cuidan –le informó muy seria.

-¿Los pimukis? –preguntó Harry confundido enarcando una ceja.

-Sí, ya sabes, los pimukis… flotan en el aire y eligen a la persona que desean proteger; normalmente a quien necesita más protección. Tú tienes muchos a tu alrededor –le explicó como si hablara con un niño pequeño-. ¿No los puedes ver?

-No, Luna, lo siento, no puedo verlos –ella pareció ligeramente decepcionada-. ¿Qué aspecto tienen?

-Son como pequeñas hadas que desprenden una luz dorada y azul, como descargas de energía –le explicó ella animándose por el interés de Harry-. Te quieren –dijo sencillamente.

-¿Estás segura? –preguntó Harry con una amarga sonrisa-. A veces tengo la sensación de que sólo me quieren por quien soy…

Luna parpadeó de forma inocente.

-Pero es que yo te quiero por quien eres –él la miró-, por ser Harry –añadió-, por ayudarme a buscar las cosas cuando me las esconden, por ayudar a Neville con el vuelo, por estar siempre cuando alguien te necesita… -se encogió de hombros-. Por ser tú.

Harry le sonrió abiertamente.

-Luna, eso es lo mejor que me han dicho en toda mi vida –le dijo sinceramente. Ella le sonrió de vuelta.

Los ojos azules de Luna se fijaron en el pergamino que él tenía aún entre sus manos; entrecerró los ojos y luego sonrió.

-El infinito y la eternidad –dijo simplemente.

-¿Qué? –preguntó confuso el adolescente.

-Ese símbolo –apuntó el pergamino-. Parece un ocho alargado, pero si lo miras de forma horizontal forma el símbolo del infinito y todo lo que es infinito es eterno.

Harry parpadeó. ¿Eternidad?

-Tengo que irme, debo encender siete velas rojas y cuatro blancas para asegurarme de que las almas vagantes encuentran el camino hacia su cueva –dijo enigmáticamente.

Ónix voló de su mano hacia el hombro de Harry.

-Hasta luego Harry.

Harry levantó la vista del pergamino.

-Eh… sí, sí, hasta luego Luna.

Eternidad… ¿Qué significaba aquello?

-Ónix, vamos –lo llamó-, tenemos que ver a Ann.

El ave desapareció en una columna de humo negro y Harry salió deprisa de aquella aula. Tenía que hablar con Ann. De inmediato.

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Draco resopló mientras se echaba hacia atrás en la mesa de la biblioteca. Estaba cansado; la vela estaba casi consumida y hacía horas que no había nadie por allí. Sonrió; por muy discreto que Theo pudiera llegar a creer que era, él había visto claramente como salía de la biblioteca hacía un par de horas acompañando a cierta pelirroja que, por cierto, él estaba seguro, de que cada vez estaba más presente en los sueños de su amigo.

Unos pasos ligeramente taconeados le hizo mirar hacia delante; los pasos se detuvieron y Malfoy sonrió ante la figura de la castaña que aferraba un par de libros sobre los que llevaba pergamino blanco. Al parecer, no era el único a quien le gustaba usar la biblioteca cuando estaba prácticamente vacía.

-Granger… -dijo a modo de reconocimiento.

-Malfoy –contestó ella-. Necesito el libro de Pociones oscuras, ¿lo estás utilizando?-le preguntó directa al ver el libro sobre la mesa.

Draco enarcó una ceja.

-Supongo que es para el informe de la próxima semana ¿verdad? –ella asintió-. En realidad lo estoy usando en estos momentos, puedes sentarte si quieres y lo compartimos.

Hermione titubeó ligeramente y él contuvo la carcajada. Con el ceño fruncido, mordiéndose un labio y los ojos entrecerrados como si estuviera intentando descifrar algo que no había visto en su vida. Se apoyó en la mesa cruzándose de brazos y la miró.

-No te estoy diciendo que inventes un catalizador que transforme la lluvia en oro, sólo te he dicho que podemos compartirlo si quieres –bromeó.

-Vaya, Draco Malfoy bromeando con una sangre sucia –replicó ella-, jamás creí vivir lo suficiente para ver esto.

Malfoy se limitó a encogerse de hombros.

-Las cosas cambian, Granger. Yo soy dueño de mi propio destino. Nadie dirige mi nave. Y aunque seas una sangre sucia –dijo ignorando la mirada desafiante de ella-, tienes más cerebro que la mayoría de los que están estudiando aquí.

-¿Es que ya te has cansado de las tontas que babean por ti y que no saben sumar dos más o dos? –ironizó la castaña-. ¿O la compañía de tus orangutanes ya no te es placentera? Quizá has descubierto que la gente puede hablar y tener conversaciones interesantes si se tiene una pizca de cerebro.

Draco le sonrió y Hermione entrecerró los ojos. Por raro que pareciera, no le resultaba una sonrisa sarcástica o irónica, sino una sonrisa sincera… Algo que nunca había visto en Malfoy.

-Tienes razón, me he cansado de esas bobas y respecto a Vincent y Greg… -chasqueó la lengua-… no deberías de juzgar las cosas tan rápidamente, Granger. A veces, lo que ves no es siempre la realidad –Hermione abrió la boca para decir algo, pero él la interrumpió una vez más-. Bueno, ¿vas a usar el libro o no?

Hermione rodó los ojos. Rodeó la mesa y dejado sus útiles a un lado, se sentó en el banco junto a Draco que no quitó los ojos de ella ni un segundo. La chica ignoró la sonrisa socarrona de él y pasó las páginas del libro hasta encontrar lo que necesitaba.

-Espero que estés por aquí porque esto es lo que necesito.

-Tranquila Granger –le dijo él-, no es necesario que estés siempre a la defensiva y curiosamente, yo también tenía que leer ahora esta parte.

-Y para tu información –tomó su pluma roja verde y empezó a escribir en su pergamino-, te diré que sí es posible inventar ese catalizador y que de hecho, ya está inventado.

Malfoy sonrió. Le gustaban las chicas que tuvieran respuestas para todo.

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Que tal?? Bien?? Mal??

Dejadme vuestros comentarios y nuevamente perdonad por mi despiste, ya se sabe, las cosas del directo :p

Un besito para todos, espero teneros otro capítulo para la próxima semana, ok?

Que paseis un buen fin de semana!!!

Sed felices, nos leemos pronto!!