Hola de nuevo! Primero no publico por dos años, y ahora saco uno por semana! jaja Espero que les haya gustado el anterior.
Como siempre, gracias por leerme y cien veces más gracias por dejarme tu comentario. Se viene el próximo capítulo, asique hace tu apuesta sobre quien crees que será el Campeón de Hogwarts! :)
Acá el décimo, tenés tiempo de leerlo completo, acordate actualizo una vez por semana. Críticas, opiniones, sugerencias, preguntas sobre la historia en general, o simple saludo, ya sabés :3
Espero que te guste...
XXII.
El primero de sus asuntos lo llevó al Refectorio y allí se dirigió apresuradamente para desayunar cuanto antes. No podía permitirse llegar con retraso a la cita con Los que todo lo podían, tal como lo indicaba la invitación recibida. Y es que precisamente con la cantidad de asuntos que se había propuesto a solucionar esa mañana, no vaciló en reconocer lo oportuno de la circunstancias, dado que quienes se hacían llamar de esa manera de seguro podían ayudarle a resolver sus problemas tal como se los había previsto.
Lidiar con Malfoy y su hermano era una cuestión de niños, pero la situación con el Dursmtrang perturbado no podía pasar a mayores.
Los tres estudiantes de Slytherin enfundados en sus abrigos protectoes de la helada matutina, abandonaron los dormitorios de camino al desayuno entre bostezos y excitación. Como quien espera un gran acontecimiento, que de hecho lo era todo ese día. La fecha en la que el Cáliz de Fuego arrojaría sus tres campeones.
Muy pocos privilegiados en la historia de Hogwarts habían tenido la fortuna de ser partícipes de una ocasión tan especial para el mundo de la magia. Se estaba de acuerdo por doquier, al mencionar tal día como un recuerdo que pasaría célebre a la memoria de todos los estudiantes. Y para Albus y sus amigos este viaje en general sería una anécdota digna de rememorar por años.
Mientras Lorcan y Alexander parloteaban entusiasmados, Albus maquinaba en silencio la forma en la que se escaparía de sus amigos y llegaría al Bosque Negro sin ser notado. Cada tanto reía cómplice sin saber verdaderamente de que estaban hablando o se limitaba a comentar con muletillas como: sí, claro; o bueno, tú sabes; en el afán de simularse dentro de la conversación.
Las coincidencias parecían estar servidas. Luego de bajar el caracol infinito de escalones del Gran Torreón, los tres amigos divisaron el enorme pórtico del refectorio con las estatuas de Flamel y su esposa y bajo estas, a Lysander y Malfoy que los estaban esperando. Una vez más todo estaba servido, Scorpius adelantaba una mirada de recelo amenazante mientras los tres avanzaban hacia ellos. Mirada que ese día, le serviría a Albus como excusa para poder zafarse de sus amigos.
Los cinco ingresaron a un comedor atestado de estudiantes de todos los uniformes presentes, ya vibrando con el clima del Torneo. La fiebre de la jornada colgaba banderines y repartía cantitos como lluvia celebrando las rivalidades de los tres colegios y apostando por los campeones que los representarían. Las famosas ninfas de madera del comedor cantaban sus serenatas a la par que recitaban las noticias y el resumen de las festividades del día. El desayuno simplemente era un banquete celestial.
Los cinco Slytherin no tardaron en ubicarse y desayunar en una mesa en la que se olía la tensión habitual entre Albus y Scorpius, más el resto de los integrantes de la pandilla, acostumbrados a la situación hicieron caso omiso como siempre y continuaron con el refrigerio servido.
-Los de quinto año de Destreza nos retaron a un partido de quidditch, deberíamos darles una paliza- Comentó masticando un croissant de chocolate Lysander.
-¡Yo voy a unirme al Club de Arquería!- Agregaba Alexander llevando una taza de chocolate caliente a su boca. –No estoy seguro de que podamos darles una paliza precisamente nosotros, Scorpius quizás -. Concluyó para dar un sorbo.
-Bueno pues yo ya me anoté a clases de piano- Comentó Scorpius que también masticaba aunque más civilizado que los demás.
-¡¿Lo dices en serio?!- Inquirió Lysander.-¡Es un burla oír eso del buscador de Slytherin!-.
-Bueno mi madre insistió- Suspiró Malfoy resignado – No hay piano, no hay ó levantando el mentón de forma impetuosa, tal cual lo hacia su madre.
-Debería, es realmente bueno saben- Secundó Nott, halagando las habilidades del que más conocía en el grupo.
-¡¿Amigos, de que estamos hablando?!; ¿podemos concentrarnos en el quidditch por favor?- Se sobresaltó Lorcan. –Faltan unos quince minutos para las prácticas de la École de Compétence y se abrirán vacantes. Hablé con el profesor Flitwick anoche y dijo que podíamos presentarnos – Informó a sus amigos.
-Pero nos perderemos el primer período. Mi madre me matará- Rezongó Malfoy sosteniendo su cabeza entre las manos.
-¡Por supuesto que lo haremos! Deberías de dejar de hacerle caso a tu madre Scorpius- Sentenció Lorcan ante el estallido de carcajadas del resto.
-Lorcan, sabes muy bien lo que dijo mamá, no podemos faltar un período más- Interrumpió amonestando su hermano Lysander. Tenemos TIMOS este año-.
-Bueno pues tú no vengas si no quieres, yo no me perderé la práctica- Refunfuñó Lorcan.
Los Scamander comenzaron una discusión entre ellos, como las que estaban aclimatados sus amigos y que dejaban fluir para luego reírse por horas con los gestos, ademanes y palabras que usaban los mellizos cuando se trenzaban. Un simple contrapunto los acarreaba por las ramas con facilidad terminando en reclamos, viejos pases de factura y revelación de situaciones embarazosas de uno hacia a otro con la que sus camaradas se divertían luego. Nunca se estaba aburrido con los mellizos Scamander.
Albus observaba la polémica, fingiendo estar medio dormido así su silencio conspirador no levantaría sospechas. Bostezando y de brazos cruzados apoyados sobre la mesa, actuaba como si todavía no se despabilara. Su cabeza no dejaba de elaborar preguntas, ¿Quiénes eran Los que todo lo pueden?, ¿Cómo habrían hecho llegar el sobre su mesa de luz?, ¿Por qué precisamente él, había sido invitado?, ¿Algún otro alumno de Hogwarts también habría sido incluido?, ¿En qué parte del Bosque se contactarían con él? ; y así seguían sus cuestionamientos.
La ocasión se daría cuando sus amigos se fueran al campo de quidditch.
Una persona que ingresó al comedor lo sacó de su ejercicio mental y los demás notaron como se despertaba en un microsegundo. James caminaba por el comedor.
James Sirius Potter, airoso y seguro como siempre, estaba rodeado de un séquito de amistados viejas y nuevas y ni se molestó en detenerse en su hermano para pedirle disculpas por la conducta que había tenido anoche.
-¿Al te sientes bien?- Lo abordó Alexander. Scorpius sólo examinó en silencio. Nott era su mejor amigo, y recelaba mucho cuando este se acercaba a Albus sin su venia. La situación de los dormitorios lo tenía irritado.
-Perfecto- Respondió Potter seguro y despabilado. -¿Qué tenemos en el primer período?- Fingió estar dentro del tema.
-Pues…- Revisaba sus horarios Lorcan.- Pociones-. Respondió haciendo una mueca que derritió su cara.
-Malfoy y yo vamos primero a Transformaciones- Acotó Lysander, quien junto a su amigo estaban asignados a los dormitorios de la École des Paroles et de la Musique.
-Al diablo, Transformaciones, yo iré- Expresó con resignación Scorpius.
-¡Perfecto! Al, ¿estas dentro?- Celebró Lorcan arengando a todos.
-Lo siento amigos, no puedo. Soy un troll en Pociones, literal. Ustedes lo saben. Y Lysander tiene un punto: TIMOS.- Terminó su frase tras manotear unos macarons de una pirámide de estos. En eso, le sobrevino la charla que había tenido con su querido amigo, Ted Lupin en el tren hace un par de días atrás, "haz tonterías, divíertete", le había aconsejado este. Escapar de clases para ir al quidditch ciertamente era esa clase de tonterías que Ted le había recomendado. Pero de momento tenía otros asuntos más importantes que atender. Además siendo sincero, las habilidades deportivas no eran precisamente su fuerte, y sus amigos lo sabían.
El año escolar en Francia podía parecerles muy divertido, pero a fin de cuentas era eso, un año escolar. Y de los TIMOS del quinto año los alumnos de Hogwarts no podían escapar. Claro que para el Potter Slytherin, en esta ocasión esgrimir la carta de los exámenes, era sólo la pieza perfecta que ensamblaba de coartada.
En ese momento las campanas anunciaron el inicio de las actividades. El hormiguero de alumnos se fue levantando con rapidez de la mesas para acudir a sus respectivos periodos de clase hasta dejar el comedor sólo con las sobras del tentempié y un par de morosos rezagados.
Era el momento de huir.
-Ustedes se lo pierden- Los bufó Nott enarcando su ceja y llevando su boca a un costado.
Los cinco se pararon y abandonaron el Comedor cada uno en búsqueda de su dirección. En minutos, Lorcan, Alexander y Scorpius estaban en los campos del Chateau Chambord de camino a las prácticas de quidditch. Por su parte, Albus y Lysander abrían sus trayectorias al llegar los dos al Gran Torreón y partir a clases diferentes.
Al despedir a su amigo en las escaleras del Gran Torreón, Albus corrió hacia el Bosque Negro.
XXIII.
El otoño se hacía sentir, la brisa helada de la mañana no perdonaba a los aventurados que osaban salir del castillo. Mucho menos, a quienes se dirigiesen a las cercanías del bosque donde se aseveraba el declive de la temperatura. Bajo un cielo gris y sombríamente espeso las últimas semanas de la estación, soplaban gélidas ráfagas previniendo a los ateridos el desembarco de un invierno que no perdonaría incautos. Las hojas levantaban enormes médanos pintando por todo el campo la última etapa de su colorida metamorfosis. Los bronces, dorados y ocres se desteñían en grises, cenizas y negros y aunque faltaba más de un mes para el invierno, parecía que este se mostraba atrevido a escoger tal día para plantar bandera.
Al poner un pie fuera del refugio cálido de la Academia, la honda expectativa que sumía en el misterio al Slytherin no previno los cambios de clima. Y no habiendo recorrido más que unos cuantos pasos esta imprevisibilidad lo golpeó en la cara, o mejor dicho en todo el cuerpo, congelándole hasta la médula.
Pero ya no podía volver. Los minutos corrían y tenía que llegar a tiempo tal como lo indicaba la cita. Revisaba la invitación una y otra vez, para confirmar y re confirmar los datos que ya tenía apuntados de memoria en su consciente, condición que delataba el nerviosismo del que era preso. En la adrenalina de sus entrañas reconocía jamás haber estado tan nervioso, sus primeros sentimientos de preocupación eran relativos a poder escabullirse sin ser notado, pero una vez que consiguió pasar desapercibido de un grupo de estudiantes de Ravenclaw, el tamborileo del corazón le dio a entender otro estado, el de la incertidumbre.
Sentía desconfianza, pero también quería saber. Necesitaba cerciorarse si sus enigmáticos anfitriones podrían ayudarlo a salir de sus predicamentos.
Caminó a paso acelerado, cuidando no parecer sospechoso y comenzó a alejarse lentamente hasta que el castillo desapareció tras él. La primera postal que atravesó en las afueras, fue la de los legendarios jardines de Beauxbatons y comprobó el porqué del calificativo. Pese a quedar prendado de las enormes figuras de matas de boj que se movían con vida propia, las fuentes y las estatuas decorativas, no se dejó aminorar y continúo ya corriendo con rapidez hacia el abrigo del bosque.
En cuanto tomó gran velocidad, la agitación empezó a quemar sus fosas nasales, y la garganta se le congeló. El clima no era indulgente a sus propósitos y con indiferencia le exhalaba sus más crueles escarchas. Los tímpanos se le hincharon a medida que las primeras gotas de sudor se escurrían por su cara y se helaban al soplar del aire.
Una neblina consistente le dio la bienvenida al toparse con el bosque y empezó a sentir el alivio, de verse seguro al cobijo de la bruma.
Atenuó el ritmo de su carrera, mirando hacia atrás, hasta juzgar que ya había escapado.
Mientras su respiración se calmaba, los oídos le ardían con el frío de manera dolorosa, lo que hizo que llevara sus manos enguantadas a cubrirlos tratando de generarse calor. El fenómeno de su aliento transformado en vaho se perdía entre una niebla condensada que danzaba por los árboles.
Entretanto se adentraba a la arboleda rezagando el paso, notó que el bosque parecía extrañamente vació. No se veía ningún animal, ni pájaros, ni ardillas; ni se oía el canto de las aves. Toda la vida que lo habitaba, se preparaba para el invierno que eventualmente llegaría. Todo el panorama era blanco y ausente. El silencio era por momentos siniestro y confundía la profunda curiosidad que sentía, con el temor del que comenzaba a ser consciente. A medida que avanzaba, la densidad del bosque aquietaba los sonidos, hasta el punto de ni siquiera escucharse el viento rumoreando entre los árboles.
Sus pisadas eran el único eco entre la arboleda. Los crujidos de ramas y hojas secas le aseguraron que la soledad lo rodeaba. ¿Cómo sabría a donde tenía que dirigirse, dónde esperar? La tarjeta sólo tenía tres líneas de indicaciones y ninguna explicación que respondiera con detalles. ¿Alguien lo sorprendería? Esto era lo que le causaba mayor temor, quien o quienes lo abordarían y en qué forma, si su alrededor lucía desolado. La tensión nerviosa aumentaba.
Caminaba y caminaba, desorbitado ante el imperio de la naturaleza, envuelto en bruma y un laberinto de madera. ¿A dónde se dirigía? Empezó a preguntarse si ya era momento de detenerse, de esperar lo desconocido. Así decidió parar.
Enfundó su varita, bajo la experiencia de su último paseo por el bosque, en donde no sólo casi había muerto carbonizado, sino también víctima de los ataques de un demente. Y volvió a recordar porqué estaba allí, que lo había arrastrado a la mitad de la nada. Ares, el animago perturbado. Al que todos parecían respetar e inquietarse cuando aparecía, ese alumno de Durmstrang que lo empujaba a un estado de tensión constante. Jamás había sido expuesto a tal situación y sentía que la ayuda le llegaba, aunque de forma inesperada, en el momento ideal.
Pero la ayuda no aparecía y el tiempo transcurría. Se encontró divagando acerca de sus amigos en la práctica de quidditch, de los regaños que recibiría de Rose por haberse ausentado de clases, de las mentiras consecuentes que diría a toda esta situación y de lo que pensarían sus padres si supiesen en dónde estaba metido en ese momento. Se deslizo de espaldas sobre un gran tronco ennegrecido hasta encontrarse en el suelo y allí se quedó. Se acurrucó en su abrigo y observó hacia el cielo en busca de destellos de sol que no encontró. La luz era asfixiada, y parecía de crepúsculo. El ambiente lo ahogaba en un océano de bruma, no puedo evitar pensar que podía desaparecer y nunca nadie lo notaría.
Los minutos pasaban…
Los reflejos de su visión se negaban a acostumbrarse a las blancas tinieblas, que con intermitencias a su alrededor, lo confundían en sombras y resplandores de lo que sólo eran árboles. Se concentró en mantener la lógica de las cosas para no caer en la paranoia ya que todos sus sentidos estaban al máximo nivel y ante cualquier estímulo podían jugarle una mala pasada.
¿Qué estaba haciendo? ¿Se había perdido?
Empezaba a sentirse encerrado en el mismo, aislado y expuesto a los terrores que le proponía su imaginación. Si hubiese tenido que describir la soledad de alguna manera, innegablemente estaba seguro de haber encontrado el ejemplo.
Entonces, inmerso en el aturdimiento del silencio confundido en que estaba esperando, un sonido colosal lo asustó de muerte al estallar como una centella.
Bajo un reflejo salvaje, arrojado e instintivo se puso de pie en segundos, blandiendo su varita y esperando lo peor. Volteaba a todos lados apuntando a lo invisible, desesperado y con sus ojos verdes atentos al asalto. La respiración se le agitaba pero no temblaba al respecto, se sentía amenazado pero no temía. Giraba en sí mismo preparado a defenderse.
-Vaya, vaya, vaya… Con que este es el famoso Albus Severus Potter- Murmuró una voz envolvedora. –Puede bajar la guardia señor Potter, nadie le hará daño.- Siseó seductora la voz desconocida.
Albus desconcertado, mantenía el encantamiento aturdidor en la punta de su lengua a punto de ser pronunciado.
La voz misteriosa comenzó a hacerse visible entre las capas de bruma, hasta que empezó a tomar forma en el cuerpo de una roja e irrisoria silueta. Un provocador rojo cada vez más brillante en la impenetrable y pesada palidez de la neblina.
-¡¿Quién eres?!- Exigió Albus sosteniendo con firmeza su varita hacia la figura.- ¡¿Cómo llegó la invitación a mi alcoba?!- Espetó dispuesto a defenderse.
La silueta continúo caminando hacia él, irrumpiendo entre olas de nívea bruma, con el crepitar de las hojas secas acompañando el compás de sus pisadas. El rojo cobraba intensidad a medida que se acercaba como fuego avivado por el viento. La nitidez de la figura se volvía cada vez más colorida y tomaba forma de persona. O al menos eso parecía.
-Puede bajar su varita- Sugirió la silueta deseando tranquilizarlo. Albus no cedía a su guardia.
-¡Quiero ver tu cara primero!- Espetó a la defensiva.
Oculto de pies a cabeza el encapuchado escarlata caminó lentamente hasta frenar su avance a metros visibles del mago.
Al detenerse, con una actitud calmada descubrió sus brazos fuera de la capa, pausada y gradualmente para demostrarle a su abordado que no era una amenaza.
Lo primero que pudo notar Albus, que se mantenía estático, fue la singularidad del artefacto que colgaba de uno de los brazos del encapuchado: una canasta de mimbre.
-¿Qué sentido tiene que mostremos nuestras caras, cuando todos usamos máscaras? Como ve señor Potter, aquí no hay peligro alguno. A menos que le tema a las cestas de mimbre…- Se atrevió a bromear buscando alivianar la tensión.
-Recibí una tarjeta, cumplí con todas las indicaciones…- Espetó Potter, sostenido por la inercia de su varita empuñada.
-Lo sé, lo sé, señor Potter-Aseguró el encapuchado escondiendo nuevamente sus brazos.
-¿Cómo me hallaron? ¿Quiénes son?- Exclamó Albus.
-Tranquilo, todas sus inquietudes serán respondidas a la brevedad. Como verá, tiene las condiciones, pero aún así debemos asegurarnos que sea digno de fiar. Podrá notar que la, digamos…confidencialidad de nuestros miembros es un asunto de importancia-. Comentó tentador el misterioso.
-Me he arriesgado a venir sólo hasta aquí, cumpliendo todo lo que se me pidió. La invitación fue de ustedes- Sentenció Albus dejando explícito que el interés, no nacía de su parte-.
-Entonces, señor Potter, para que ambos no perdamos el tiempo, la pregunta correcta es ¿Viene?- Incitó místico el de la capa escarlata exponiendo la canasta frente a ambos.
Albus permaneció durante unos largos minutos, inmovilizado en el frenesí de un debate interno. Podía oír sus propias palpitaciones en el tímpano, y la respiración tranquila de su invitador. El inesperado visitante continuaba rígido con su cabeza gacha, sosteniendo la cesta ante ambos, sin inmutarse ante el análisis nervioso del mago.
No había atravesado todos esos inconvenientes para irse sin respuestas. Ya no, ya era tarde, le carcomía el saber. Dio dos pasos cautelosos hacia el brazo extendido de su interlocutor, que sostenía suspendida la canasta y musitó:
-¿Qué tengo que hacer?- De nada estaba seguro, pero no había vuelta atrás.
-Prepárese y ponga su mano sobre la canasta- Exclamó el encapuchado. El vapor de su aliento era lo único que surgía de la capa.
El mago de Hogwarts, confundido y enajenado, extendió su mano con desconcierto sobre el objeto indicado, deseando no arrepentirse.
La última escena que presenció el bosque, fue un revoloteo de hojas alrededor de los individuos y el estruendo implosivo de su desaparición.
XXIV.
En cuestión de segundos el panorama de Albus, cambió con brusquedad, no sin luego antes pasar por una explosión de colores e imágenes sin sentido que lo aturdieron y lo bambolearon en el viento.
No era la primera vez que viajaba con trasladores. En casa, solía utilizarlos junto a su abuelo cuando pasaba los veranos en La Madriguera, sin embargo de los medios de transporte del mundo mágico, precisamente este no era de sus favoritos. El mareo y la descompostura repentinos le recordaban su gusto por los transportes convencionales, o al menos por los que lo hacían caer de pie.
Sujetado al artefacto, otro páramo del bosque continuó siendo el mismo escenario. Al reestablecer su sentido del equilibrio notó que la única diferencia con su lugar de procedencia, era una destartalada cabaña que yacía frente a ellos. Un lugar que lucía abandonado hace años, cubierto de moho y oscurecido por la humedad. La choza presentaba claros signos de descuido: vidrios sucios y rotos, cimientos roídos, paredes cubiertas de hongos y un techo a punto de colapsar; nada de lo que veía, lo invitaba a ingresar.
-Bienvenido a la Cabaña señor Potter- Pronunció el encubierto estirando uno de sus brazos en señal de recepción. Albus lo miraba pasmado.
-¿Qué es este lugar?- Balbuceó inseguro.
-Tan sólo un sitio seguro en algún lugar del bosque. Tenga paciencia señor Potter, ya encontrará respuestas-. Decretó airoso.
Desde el interior de la ruinosa morada, un chirrido prosiguió con estridencia al abrirse la única puerta que presentaba la fachada. Otras voces se sumaron en murmuraciones al acompañamiento de los vacíos del bosque, y de repente Albus notó que otros encapuchados escarlata los esperaban dentro.
Cuatro personas, todas en la misma vestimenta y bajo el mismo aura de enigma se encontraban esparcidas en distintas partes de la estancia: dos estaban sentados alrededor de una mesa, un tercero se preparaba a encender fuego al costado de una salamandra y él último, hojeaba un libro recostado sobre una hamaca en la esquina del lugar. El escondrijo cumplía su cometido como albergue, mejorando notablemente sus condiciones con respecto del exterior. Las paredes estaban revestidas de madera barnizada, y los pisos cubiertos de piedra eran limpios y alfombrados por partes. Claramente la magia era una gran herramienta.
El amoblado sorprendía repartiendo varias sillas y sillones en una dimensión que engañaba desde el afuera, mostrándose amplio y confortable. Al fondo de la habitación, una biblioteca de estilo gótico cubría la pared de punta a punta y desde el zócalo hasta el techo. La mesa del centro en la que se encontraban dos de los moradores estaba surcada por dos gruesos candelabros ubicados a cortas distancias del medio y rodeado de ocho sillas. Como alfombra de bienvenida, Albus notó una enorme piel de lobo huargo estirada sobre el suelo apenas ingresó a la estancia y en la esquina derecha bajo la biblioteca, un enorme escritorio con un tintero y una lámpara de gas encima.
Cohibido, torpe y transfigurado por la sorpresa, el Potter de ojos verdes entró aún a la defensiva con su varita preparada para una emboscada o algo parecido. Los demás rieron por lo bajo al notar la actitud con la que ingresaba el novato al recinto.
-¿Eres así de desconfiado siempre Hogwarts?- Chanceó una voz femenina, la que cerrando el libro que hojeaba, abandonó la hamaca y se unió a la mesa.
-¡Está paralizado! - Comentó con burla e hilaridad el que acababa de encender el fuego. Lo socarrón y pesado de su tono coordinaron con el tamaño de su cuerpo.
-Muestra modales con el invitado, s'il vous plait- Amonestó galante el tercero reposado en una de las sillas de la mesa.
-¿De qué forma estarían ustedes en mi lugar?- Se atrevió a pronunciar Albus, que no podía descifrar los rostros cubiertos por las capas rojas y la escasez de luz. -¿Quiénes son?- Inquirió armándose de valor.
El cuarto de los encapuchados, sentado en la cabecera y que no había emitido sonido hasta el momento, tomó la palabra en cuanto todos los presentes se acomodaron alrededor de la mesa.
-En tu lugar, comenzaría por preguntar ¿Qué somos capaces de hacer?- Sugirió con un tono perceptible de madurez en su voz.
-Pues todo…- Aclaró cínica la versión femenina del grupo. Albus mantenía el silencio y la expectación más sediento de curiosidad que nunca.
-A penas supimos que la Academia organizaría el Torneo de los Tres Magos, entendimos que Hogwarts visitaría el castillo, y por ende uno de sus estudiantes estaría entre la delegación-. Comenzó explicando el portavoz.- Pues, por cálculos razonables, la logística se puso en marcha para extenderle una invitación- Aclaró tentador.
-No entiendo, ¿por qué por "cálculos razonables"?, ¿Qué quiere decir eso? ¿Y qué es lo que hacen realmente?- Indagó Albus, aunque ya un poco más relajado, todavía con varita en mano.
El orador prosiguió.
-Cada tanto ponemos en consideración el iniciar a un nuevo miembro, claro que este debe contar con cierto tipo de… digamos, cualidades excepcionales. Verás, no solo todo lo podemos, sino que también todo lo sabemos.- Continuó misterioso. –Supimos que gano la Cacería del Ciervo y que además enfrentó al príncipe Ares-. Expresó.
-Lo primero fue suerte, no lo hice sólo, tuve ayuda de varias personas más. Fue un trabajo en equipo. Y lo segundo fue un error, por el que creo decidí venir hasta aquí. Nunca busque conflictos con él, simplemente surgió. - Aclaró Albus apocado.
-¡Oh por favor! No seas modesto. Eres Albus Severus Potter, tu padre es Harry Potter, tu familia figura en los libros de historia. Tendrías que viajar muy lejos para que la gente no conociera tu nombre- Gimoteó sin sutilezas quien lo había acarreado hasta ahí.
Aunque el advenedizo no podía distinguir las caras de sus huéspedes, las voces y los distintos tamaños le servían para diferenciar a los cinco encapuchados. En la cabecera de la mesa el de voz madura y con liderazgo, a su derecha la voz femenina, a su izquierda, el esnobista y presumido, seguido de éste, el de actitud pesada y fornido. Mientras que quien lo había recogido en el bosque, se sentaba al lado de la chica, Albus ocupaba el último lugar de la mesa, siguiendo a éste.
-Reparamos en un par de estudiantes extranjeros, a los que debatimos en ofrecer la "membresía"…- interrumpió la voz femenina del grupo, haciendo notar el entrecomillado en su oración- pero las acciones demostradas desde tu llegada y tu reciente inscripción al Cáliz, terminaron por resolvernos a nuestro elegido-. Explicó.
El confundido Slytherin continuaba sin poder ver los rostros, alumbrados pobremente de la nariz hacia abajo. Caviló acerca de quienes podrían haber sido los compañeros de su colegio a formar parte de esa especie de logia secreta, ocurriéndosele varios nombres, a su criterio, muy por encima de él. El escozor de saber que había estado siendo observado, le produjo escalofríos, pues había sido en la mitad de la noche y en la anonimia de la soledad que había ingresado su nombre al Cáliz. O al menos eso había pensado hasta ahora.
-Pasaste por una gran selección para ser citado aquí. Algunos amigos de tu círculo inclusive, estuvieron en la lista-Comentó el corpulento que había encendido el fuego.
-No hay nada más penoso que el old money caído en desgracia- Exclamó con un desdén arrogante el encapuchado que empezaba a caracterizarse por el esnobismo. El inconsciente de Albus le susurró con pudor el nombre de Scorpius Hyperion Malfoy, seguido del de Alexander Theodore Nott… Amigos suyos, cuyas familias habían estado en boca de todos por años, precisamente víctimas de comentarios como esos.
-Así en cuanto a lo que a ti te concierne, puedes considerarte el afortunado candidato de Hogwarts- Agregó la voz femenina.
-¿Cómo puedo sentirme afortunado?, ¿Pueden ayudarme de alguna forma en particular?- Indagó el mago de Hogwarts.
-Pues eso depende. Por supuesto que podemos ayudarte, sólo que bajo ciertos términos- Aclaró el encapuchado líder.
-Llámalo cadena de reciprocidad si quieres- Acotó el sentado a la izquierda del cabecilla. Cada frase que esbozaba era pronunciada con tanto floreo, que Albus no tardó en condenarlo con el estereotipo del francés altanero.
-Nuestro tarea es conseguir que las cosas que nuestros miembros desean, pasen, se concreten- Secundó la fémina de rojo.- Esta es una posibilidad que no puede ser ofrecida a cualquiera como verás. La vida es una selección natural, no todos pueden todo y la mayoría simplemente no puede ni la mitad de nada-.
- O ganas o pierdes- Bufó el robusto de rojo.
-No podemos hacer nada con la naturaleza de las reglas, pero si crear el tablero de juego- Expresó el escarlata a su derecha.
-¿Y qué es lo que debo hacer para unirme?- Pronunció Albus viendo a sus hospedadores esbozar una sonrisa. La proposición sonaba de lo más tentadora, potencialmente la clase de asistencia que el necesitaba.
Las condiciones para formar parte de la Logia Escarlata, como la bautizó para sí mismo el propio Potter eran precisas y no daban espacio a segundas interpretaciones. Tal y como la había descrito uno de los encapuchados, consistía en una "cadena de reciprocidad": dar para recibir. Con la información restringida y bajo la más estricta medición y confidencialidad, Albus pudo descubrir que existían muchos más miembros de los que él había conocido, incluso ya fuera de edad escolar. Una red de favores que se extendía con el objetivo de mantener a sus miembros en la elite de diversas esferas o simplemente ayudarlos en cuanto estos lo necesitaran.
Como sus anfitriones le ilustraron, para formar parte de este privilegiado círculo, era necesario reunir una lista de condiciones excepcionales, y aunque el precio de su fama había sido motivo de disgustos en el pasado, ahora el apellido Potter le abría las puertas a un nuevo mundo de posibilidades.
No podía engañarse, ser un Potter lo había marcado desde la cuna, toda la sociedad lo congratulaba, siempre con reverencia y una especie de gratitud por la leyenda de sus padres. Quizás en él esa atención especial había resultado una carga en varias oportunidades de la vida, el costo de ser quien era y un precio que en sus años de Hogwarts hubo de pagar al formar parte de la Casa de Slytherin. Su hermano James en cambio, orgulloso y sin renegar, solía aprovechar este origen disfrutando cuando la gente lo saludaba o aceptando cuando se brindaba en su nombre. Pero Albus, no era como James, y Lily; al igual que el mayor de los Potter, vivía protegida en la burbuja de aplausos de Gryffindor.
No obstante esto era diferente, no se trataba de que te invitaran un trago, de aparecer en El Profeta o de que te sonrieran los adultos. Esta vez, su nombre era un condimento a lo que sin habérselo imaginado había logrado hacer. El apellido Potter, terminaba de imprimirle a sus recientes hazañas la firma que necesitaba para poder formar parte de algo superior. De generar un giro siendo parte de este grupo y no sólo un cambio en su vida, sino también un cambio en la de los suyos. Y esto incluía a Nott, y por supuesto a Malfoy, los caídos en desgracia.
Tal y como se lo explicó el líder escarlata, para formar parte de la logia secreta, debía cumplir una serie de encargues en beneficio de alguien más. Acudir a realizar una tarea que favoreciera o patrocinara a otro miembro del conjunto, de alguna forma que estuviera a su alcance. La identidad del beneficiado sería irrelevante, pues este nunca tendría la certeza de saber a qué integrante de los encapuchados estaría ayudando. Así y solo así, cuando lograra cumplir tres de las misiones que se le encomendarían pasaría a oficializar su status dentro de la logia y conseguir el galardón supremo, la capa roja. La medalla que protegería lo más importante, su identidad.
A cambio de todo esto, además del juramente de fraternidad sería recompensado en los mismos términos: obteniendo tres favores. El primero de ellos por adelantado.
-¿Alguna vez, lograré conocer sus identidades? – Preguntó preocupado, merodear por ahí con un montón de desconocidos era lo más difícil de digerir.
-Si haces bien tus deberes, serás recompensado- Se limitó a decir la voz arrogante.- Esto es una hermandad, una vez que ingreses serás considerado como tal- Añadió.
-¿Cómo les haré saber mi decisión? Necesito tiempo para pensarlo- Expuso pensante Albus.
El de frases presuntuosas y carácter altanero, descubrió desde los plieges de su capa un objeto resplandeciente que colocó sobre la mesa y deslizó hacia las narices de Albus, con la particularidad de tener sólo esa mano enguantada. -Espero que no te moleste que haya tomado prestada tu linda medalla- Se chanceó arrogante el francés.
-Si voy a unirme a jugar con ustedes en el bosque, necesito establecer los límites de mi privacidad- Espetó el Potter Slytherin fastidiado de verse invadido. El encapuchado le presentaba ante sus ojos la medalla al mérito con la que había sido condecorado al ganar la Cacería del Ciervo.
-No te sulfures mon cher frère, solo fue en tu beneficio. Ha sido convertida en traslador, utilízala para regresar a la Cabaña cuando te hayas decidido- Declaró el encapuchado ladrón.- Te llevará a tu habitación y te transportará aquí cuando lo necesites, pues no sabemos si tu Patronus es lo suficientemente bueno como para comunicarte todavía- Finalizó retrayendo su mano hacia la capa.
Y este tenía razón, Albus al igual que la mayoría de los suyos, aún no desarrollaba un Patronus. Sólo su prima Victoire era la orgullosa creadora de un gallo, la única de los miembros de su familia que lo había conseguido, y ni siquiera ella sabía enviar mensajes a través del encantamiento.
Fascinado sopesó la idea de que se encontraba con un círculo de magos avanzados.
-Tienes sólo hasta el día de hoy para decidirte. Ten en cuenta que esta noche es la elección de los campeones para el Torneo, y eso quiere decir que tenemos muchos favores dando vueltas por el aire- Manifestó en actitud mafiosa el líder de los encapuchados.-No podemos perder tiempo con inseguros- Espetó.-
Sin parecer demasiado emocionado por el hecho, Albus se levantó con sobreactuada dignidad de la mesa y dedicando una mirada final a todos dijo;
-Esta noche sabrán mi decisión- Con tono solemne y resoluto. Intentando parecer lo más maduro y preparado posible, anunció que comunicaría su decisión a la brevedad. Sin engañar a nadie, todos los presentes sabían, que el anzuelo estaba más que mordido. Albus Severus Potter, se extasiaba de ganas de pertenecer.
Colocando su mano sobre la medalla convertida en traslador, desapareció de la estancia.
