Capítulo 8: Las espinas de la rosa

Tras un pequeño paseo, los hermanos Pevensie entraron en la biblioteca municipal; un edificio relativamente antiguo, de grandes dimensiones y compuesto por dos plantas.

El primer piso constituía una amplia zona de estudio, en la que numerosos escritorios, con sus respectivas sillas, se hallaban dispersos por la mayor parte de la sala. Ésta estaba destinada a estudiantes, generalmente universitarios, quienes había días que podían llegar a pasarse horas y horas delante del mismo libro de texto. Y por último, en la zona este y justo al lado de las escaleras vinculantes a la segunda planta, estaba la bibliotecaria ojeando una gran cantidad de papeles y folletos. Era una mujer ya entrada en años, caracterizada por sus inseparables gafas y su mal carácter, que nunca permitía que se oyera ni a una mosca.

Susan y Lucy pasaron por su lado dedicándola dos afables sonrisas que ella misma agradeció con un leve asentimiento de cabeza, y acto seguido subieron las escaleras hasta llegar al siguiente piso, en donde se encontraba el área de lectura.

Por otro lado, Peter y Edmund siguieron los pasos de sus hermanas entre resoplidos y quejas de todo tipo. Pero cuando avistaron a la bibliotecaria, los dos esbozaron unas sonrisas pícaras y traviesas.

La veterana mujer, al verlo, entrecerró los ojos y le lanzó a cada uno una mirada furtiva como advertencia.

Odiaba a esos chicos, siempre conseguían sacarla de sus casillas.

Durante su estancia en la biblioteca, sus bromas pesadas y sus estrepitosas carcajadas molestaban a las demás personas que iban allí para poder concentrarse mejor en los estudios o para disfrutar en silencio de una agradable lectura, al contrario que ellos.

Pero todo eso, desgraciadamente, les daba exactamente igual a los hermanos Pevensie con tal de divertirse un poco.

Según ella, esos dos eran todo lo contrario a sus hermanas. Ellas sí que sabían comportarse y respetar las normas que regían la biblioteca.

Tras perder el contacto visual con la mujer, ambos recorrieron el mismo camino que las chicas hasta que consiguieron alcanzarlas en el último escalón.

Ese era uno de los lugares que ellos más aborrecían y en donde más se solían aburrir, al contrario que Susan y Lucy, ellas lo adoraban, por lo que solían visitarlo varias veces a la semana.

Para ellas, la biblioteca constituía una gran fuente de información y cultura necesarias para todo el mundo, por no hablar de las innumerables novelas ordenadas todas por orden alfabético y capaces de atrapar a los lectores con solo leer la primera página.

No obstante, ni Peter ni Edmund estaban muy de acuerdo con aquella filosofía. No les gustaba nada que tuviera páginas y letras.

Por eso, muchas veces evitaban a toda costa acompañarlas inventándose cualquier excusa factible, aunque no siempre lo conseguían.

Debido a las risas de los muchachos, Susan frunció el ceño para después dirigirles su típica mirada de reproche.

—Hacedme un favor e intentad comportaros como es debido. —Instó tras un pequeño suspiro.

—Eso, mi querida hermana, dependerá del tiempo que tardéis. —Contestó Edmund burlonamente —. Este sitio es demasiado aburrido, y lo más normal es que busquemos algo de entretenimiento. ¿O no, Peter? —Prosiguió con una sonrisa ladina en el rostro.

El susodicho, al escucharlo, le sonrió con complicidad mientras Susan rodaba los ojos con exasperación y Lucy negaba varias veces con la cabeza.

En ocasiones, sus hermanos podían llegar a comportarse como dos completos críos.

—No tenéis remedio —aseguró la mayor adquiriendo una posición en jarras.

Lamentablemente no podía reprocharles nada más, pues la idea de que las acompañaran fue suya. Aunque esa sería la última vez que lo haría.

Tras decir eso último, las dos adolescentes se adentraron en el interior de aquel laberinto literario.

Y mientras ellas buscaban los libros que necesitaban, Peter y Edmund se habían quedado junto a las escaleras.

Los dos tenían los brazos apoyados en la balaustrada de madera del segundo piso, mientras observaban desde su alta posición a la gente de la primera planta.

Entonces el rubio entabló conversación, rompiendo así aquel dulce silencio:

—Recuérdame decir "no" la próxima vez que quieran venir —pidió Peter.

Ante sus palabras, el menor rió divertido.

—Tranquilo, lo haré —secundó Ed aún sonriente —. No pienso regresar a este lugar jamás, aquí no hay nada interesante. —Se quejó poniendo una mueca de disgusto.

—Al menos hemos conseguido una nueva admiradora —señaló Peter, dirigiendo su mirada a la bibliotecaria que desde su asiento no les apartaba la vista de encima.

Edmund miró en la misma dirección que su hermano, encontrándose con la fulminante mujer unos metros por debajo de ellos.

—Me temo que no es mi tipo, así que toda tuya Pet.

El mayor no pudo contener la risa y rápidamente se la contagió a su hermano.

Sin embargo, algo llamó irremediablemente la atención de Peter: una chica que acababa de entrar al edificio.

Incorporándose a una velocidad asombrosa y con un brillo esperanzador iluminando cada centímetro de su rostro, entrecerró los ojos para observarla mejor.

Edmund al darse cuenta de su repentino interés por aquella joven, no pudo evitar centrarse también en ella.

Les resultaba familiar, no podían fijarse demasiado en los detalles debido a la distancia que los separaba, pero hubo un pequeño matiz que sí pudieron apreciar, el mismo que despertó cierto interés en Peter nada más verlo; su larga melena rubia.

El moreno tras proferir un lánguido suspiro volteó la cabeza hacia su hermano.

—No es ella —certificó en un tono de voz bastante serio.

Durante unos escasos segundos, el aludido ignoró por completo sus palabras. Y solamente cuando él mismo corroboró que eso era cierto asintió alicaído para luego llevarse una mano a la nuca.

—No logro entender cómo, a estas alturas, sigo esperando encontrarme con Elizabeth en este mundo. —Confesó en un débil susurro.

Edmund continuó observándole detenidamente, compadeciéndose de él.

Podía llegar a imaginarse lo mal que lo estaba pasando.

Desde que regresaron, el ánimo de Peter se había ensombrecido. Ya no reía tanto como antes y cada vez que sus hermanos hablaban de Narnia, él, simplemente prefería no intervenir en ninguna de esas conversaciones.

Edmund solía compararle con una vela, una vela que se iba apagando poco a poco con el paso de los días.

Y por mucho que se empeñara en negarlo, sus hermanos sabían perfectamente que se sentía culpable por haber abandonado a Elizabeth.

—Chicos —les llamó una voz a sus espaldas —, ¿podríais ayudarme a coger un libro? Es que yo no alcanzo…—Preguntó Lucy algo ruborizada.

Ambos se miraron entre sí una última vez antes de decidir que lo mejor sería dejar ese tema para otro momento.

— ¿Ves como al final yo siempre tengo razón? —Habló Edmund acercándose a ella —. Eres una pequeñaja, Lu. —Dijo entre carcajadas.

Las mejillas de la muchacha adquirieron un acentuado color carmesí que intentó disimular a toda costa.

— ¡Cállate, Ed! —Exclamó ella alzando la voz más de lo debido.

Acto seguido y antes de que alguno pudiera reaccionar, apareció la bibliotecaria con cara de pocos amigos.

— ¡Os lo advierto mocosos! Como oiga un solo grito más os echaré a patadas de aquí. ¿Entendido? —Les advirtió la mujer señalándoles de manera amenazante con el dedo índice.

La amenaza sirvió para que los tres guardaran silencio antes de que la pequeña se disculpara.

—Lo siento…—Musitó Lucy bastante avergonzada. —No volverá a ocurrir.

La mujer alzando la cabeza con altivez enarcó una ceja esperando que eso fuera cierto y entonces volvió a bajar por las escaleras dejándoles nuevamente solos.

—Creía que te gustaban las mujeres con carácter. —Le dijo Peter a Edmund, esbozando una sonrisa pícara y en un tono de voz relativamente bajo.

Por otra parte, su hermana les miró enojada provocando que los dos dejasen de reír.

—Siempre conseguís meterme en problemas. —Les recriminó. — ¿Me vais a ayudar o no?

Los dos asintieron a la vez y después, Lucy los guió hasta la librería correspondiente.


La joven reina paseaba tranquilamente por los exteriores de palacio.

Con paso elegante y sereno, caminaba disfrutando de la suave brisa matutina y del dulce aroma de las flores.

La primavera había dejado los jardines de Cair Paravel realmente hermosos, pues la exuberante vegetación había florecido en todo su esplendor, regalando a la vista mezclas de verdes y dorados, rojos y naranjas, morados y azules…

Su largo vestido de un color verde pálido acariciaba la humedecida hierba a medida que avanzaba. Como carecía de mangas, sus brazos permanecían cubiertos por un fino chal semitransparente, del mismo color y adornado con distinguidos bordados en dorado que simulaban enredaderas y flores.

Era temprano, pero eso a ella no le importaba. Había preferido salir a tomar un poco el aire antes que seguir encerrada en su dormitorio intentando no sucumbir al sueño.

Aquellas malditas pesadillas se habían vuelto cada vez más intensas e impredecibles. Todas las noches soñaba con lo mismo, y eso la frustraba aún más. Por eso procuraba no quedarse dormida, aunque eso fuese prácticamente imposible, ya que llevaba varios días sin dormir plenamente y el cansancio ya empezaba a hacer mella en la joven. Sus fuerzas le flaqueaban, su concentración era prácticamente nula y casi siempre estaba de malhumor. Físicamente había perdido el color, luciendo todos los días un rostro demasiado pálido y unas ojeras oscuras y enfermizas, claro que eso lo podía disimular con un poco de maquillaje.

Como Rieme pasaba mucho tiempo con ella, se había acabado enterando de las dolencias de su señora y le había repetido un millón de veces que visitara a Cornelius para ver si podía ayudarla. Elizabeth, tras negar la propuesta en varias ocasiones, acabó accediendo debido a la insistencia de su sirvienta. Al fin y al cabo, solo sería una pequeña consulta, le hablaría muy por encima de sus sueños y del efecto que estaban teniendo sobre ella, pero no entraría en detalles. Seguro que algún remedio o pócima para dormir del boticario del galeno serviría para librarse de todos sus males.

Estaba tan distraída pensando en todo aquello, que no reparó en que alguien la había llamado.

Cuando quiso darse media vuelta para ver de quien se trataba, se topó con un pecho ancho y fornido contra el que chocó, haciendo que perdiera el equilibrio, pero antes de que cayera al suelo unos fuertes brazos la rodearon impidiendo que eso ocurriera.

—Ya os tengo —la susurró en el oído.

Elizabeth alzó la mirada y pudo vislumbrar una enorme sonrisa. Durante unos instantes no pudo apartarla de aquellos ojos grises, eran demasiado fríos pero a la vez misteriosos.

— ¿Os encontráis bien? —Volvió a hablar el hombre, esta vez con más seriedad.

La reina, asintiendo, se separó de él con brusquedad.

—Sí, perfectamente.

El hombre, Kane, sonrió nuevamente.

—Volvéis a ser tan orgullosa como siempre, eso me deja mucho más tranquilo. —Se rió viendo como la rubia enarcaba una ceja con cierta irritación.

—Estaba muy bien sola, Kane, así que, ¿qué es lo que quieres? —Quiso saber ella, cruzándose de brazos y con muy poca paciencia.

El mago retornó a una expresión formal y luego aprovechó aquel corto silencio para recapitular lo que iba a decir.

—Estas dos últimas semanas habéis estado evitándome —señaló clavando su mirada en los ojos de la chica.

—Creía que captarías la indirecta —ironizó ella empezando a andar.

—Elizabeth —Kane fue tras ella y la tomó del brazo para impedir que diera un paso más, la joven, volviéndose hacia él, suspiró con cansancio —os lo ruego, por favor —. Pidió en tono de súplica.

Elizabeth se liberó de su agarre y decidió darle una oportunidad para explicarse.

—Sé que os molestó mi comentario del otro día, y lo entiendo, fui un insensato y un estúpido al tomarme tales confianzas con vos —ella le miraba con atención, fijándose en la agilidad con la que hablaba y la seguridad que impregnaba cada una de sus palabras. —Veréis, cuando bebo más de la cuenta suelo comportarme como un…

— ¿Cerdo? —Le interrumpió la joven entrecerrando los ojos y volviendo a cruzarse de brazos.

—Bueno, yo iba a decir idiota, al menos no suena tan horrible. Pero sí, esa es la idea. —Ella no pudo evitar poner los ojos en blanco ante su enorme ego.

Puede que Kane fuera todo eso y más, pero estaba siendo sincero. Podía apreciarlo en su mirada.

—Sé que no os caigo bien, pero quería disculparme. —Dijo al fin, sacando del interior de su túnica una bonita rosa roja y ofreciéndosela.

Elizabeth le miró un poco desconcertada, pues no esperaba un detalle así por su parte, pero después, una fina línea apareció en las comisuras de sus rosados labios, una línea que Kane interpretó como una sonrisa de agradecimiento.

—Entonces, ¿aceptáis mis disculpas? —Inquirió él.

—Sí, pero no te hagas ilusiones, aún falta mucho para que te ganes mi afecto. —Se limitó a decir con cierta picardía.

—Eso es más de lo que esperaba —respondió él en tono socarrón mientras la muchacha aceptaba la rosa.

— ¡Auch! —La rubia soltó un gemido de dolor cuando una gruesa espina penetró en la yema de su dedo índice.

—Dejadme ver —dijo Kane sosteniendo su mano y analizando la zona herida con un áurea paternal en los ojos.

—No es nada —protestó ella apartándose nuevamente de su lado, —ya está. —añadió cuando consiguió sacársela.

—Creía que las había quitado todas. —Pronunció el mago, asegurándose de que no quedaban más espinas en el tallo de la rosa.

—Pues al parecer no —replicó Elizabeth observando cómo manaba una pequeña gota de sangre.

De pronto sintió una extraña sensación, tenía la mirada fija en aquel punto escarlata que cada vez aumentaba más de tamaño. Entonces su vista se tornó algo borrosa, por lo que tuvo que entrecerrar los ojos para poder ver con claridad cómo sus manos se impregnaban de un líquido viscoso, caliente y de un color rojo brillante. Era sangre.

No entendía lo que estaba pasando, quería gritar pero sus cuerdas vocales se lo impidieron. El tiempo pareció detenerse durante unos instantes que a ella la parecieron eternos, hasta que una voz penetró en su mente.

— ¿Ocurre algo? —Preguntó Kane preocupado, ya que la reina había palidecido de repente y no dejaba de mirar sus manos con horror. — ¡Elizabeth! —Exclamó mientras la zarandeaba para que reaccionara.

La aludida, ante el movimiento, parpadeó varias veces hasta que volvió a la realidad.

Parecía que había salido de una especie de trance y ahora estaba aturdida y desconcertada.

— ¿Estáis bien? —Volvió a preguntar por segunda vez en lo que llevaban de conversación.

Ella volvió a mirar sus manos, sin embargo, ya no estaban ensangrentadas. Volvían a ser puras e inmaculadas salvo por la pequeña gota de sangre en su dedo índice.

Frunció el ceño extrañada, ¿qué había pasado? Por unos momentos aquella visión le había parecido tan real.

—Sí…—Contestó con un hilo de voz.

Kane miró a la chica con una mezcla de perplejidad y pavor.

Lo que acababa de pasar había sido bastante extraño, incluso para él, que creía haberlo visto todo en sus largos años como hechicero.

—Creo que deberíais ir a descansar. —La instó con severidad.

—No es nada. —Aseguró ella restándole importancia.

—Me quedaría más tranquilo si os acompañara a vuestros aposentos. —Insistió Kane sin creer demasiado en las palabras de su reina, pues sabía de sobra que sería capaz de mentirle con tal de no preocuparle.

—No hace falta, estoy bien —dijo impasible—. He de irme.

El hombre se dio por vencido y acabó apartándose a un lado para dejarla pasar.

Y mientras Elizabeth dirigía sus pasos hacia la salida de los jardines, Kane, sin poder borrar la preocupación de su rostro, la observó con atención hasta que su bella figura desapareció tras el arco de piedra.


Caspian bajó con paso apresurado los pocos escalones que quedaban y se dirigió al patio principal, en donde, un gran grupo de guardias acababa de llegar a palacio tras una larga patrulla.

Mientras los soldados desmontaban de sus corceles, el rey divisó a Reepicheep entre la aglomeración de capas rojas.

El roedor, que formaba parte de la guardia real igual que Trumpkin, al ver al monarca acercarse hacia él, inclinó levemente la cabeza en señal de respeto.

—Majestad —saludó con cordialidad.

— ¿Cómo ha ido? —Quiso saber Caspian con impaciencia.

—Hemos inspeccionado cada rincón del perímetro marcado, pero no hemos encontrado nada que evidencie la existencia de esos seres. —Explicó Reep tras echar una ojeada a su alrededor.

Un pequeño suspiro salió de entre los labios del joven. Por un lado se sentía aliviado, pero por el otro, no podía evitar desconfiar de todo ese asunto.

—No creo que Aslan nos advirtiera acerca de ellos sin tener pruebas factibles. —Señaló el moreno.

Habían pasado dos semanas desde que el Gran león les habló de esas criaturas. Desde entonces, numerosas patrullas habían salido en su busca pero ninguna de ellas tuvo éxito.

—Yo tampoco lo pienso, alteza. Pero, ¿en qué nos apoyamos? —Alegó el ratón. —Contamos únicamente con algunos rumores de taberna, tal vez no exista dicha rebelión. —Prosiguió atento al semblante pensativo del telmarino.

—Rumores que pueden ser ciertos —señaló Caspian enarcando un ceja. —Puede que estemos buscando en el lugar erróneo, quizás se esconden fuera de las fronteras de este reino. —Continuó divagando.

El roedor asintió ante sus especulaciones, esa teoría parecía bastante probable teniendo en cuenta que no habían encontrado nada por los alrededores en los últimos días.

— Entonces, ¿qué proponéis que hagamos? —Quiso saber Reep.

—Quiero que tú, Trumpkin y Horsa os reunáis conmigo en la sala de concilios en una hora. —Ordenó el rey antes de ir en busca de Elizabeth para comunicárselo.


—Es ese —informó Lucy mientras apuntaba con un dedo el libro que quería. Estaba colocado en la balda más alta de la estantería, por lo que su metro sesenta y seis de altura no la permitió cogerlo por su cuenta.

Peter colocándose delante del mueble, estiró el brazo hacia arriba para poder alcanzarlo. Cuando lo cogió, miró a su hermana con una pequeña sonrisa y después se lo dio.

—Gracias —pronunció ella devolviéndole la sonrisa.

—Bien, y ahora que ya tienes lo que querías creo ya que podríamos irnos. —Intervino Edmund harto de estar allí. —Por cierto, ¿dónde está Susan? —Preguntó echando una rápida ojeada a su alrededor pero sin encontrar a su hermana mayor.

—Aquí. —Señaló la aludida apareciendo frente a ellos. La joven sostenía tres libros que parecían bastante pesados.

— ¿En serio te vas a leer eso? —Consultó el moreno horrorizado.

—Sí, Ed, esa es la idea. —Respondió Susan esbozando una mueca escéptica.

Sin decir nada más, los cuatro caminaron en dirección a las escaleras. Pero cuando llegaron, una extraña sensación les invadió por completo, algo había ocurrido.

Lucy acercándose a la balaustrada, asomó la cabeza y observó con detenimiento la primera planta.

— ¿Dónde están todos? —Preguntó, frunciendo el ceño.

Sus tres hermanos se detuvieron a ambos lados de la joven, para poder observar con el mismo asombro lo solitario que había quedado el edificio.

—Todo esto es muy raro. —Susurró Susan.

Las personas que antes habían ocupado las mesas de estudio ya no estaban, incluso la bibliotecaria había desaparecido, lo cual les resultaba bastante extraño, ya que ella no solía abandonar su puesto durante las horas de apertura.

No quedaba nadie en la biblioteca, a excepción de los Pevensie.

Sin poder esperar más, bajaron al primer piso y continuaron inspeccionándolo en busca de algún conocido.

De pronto, una luz blanquecina brotó a través de las rendijas de la gran puerta de la entrada.

Peter al verlo, no pudo evitar sentir un escalofrío. Esa era la misma luz que aparecía en sus sueños y la que lo traía de vuelta a la realidad cada vez que despertaba.

—No puede ser…—Musitó aún sin creerlo.

¿Acaso ese era uno de sus sueños?

El rubio sin apartar la mirada del destello continuó caminando hacia la entrada.

— ¿Peter? —Pero él no respondió a la llamada de sus hermanos, y a estos no les quedó más remedio que seguirle con indecisión.

Extendiendo el brazo, tocó la superficie fría de la puerta y se detuvo.

No parecía tener miedo, sino todo lo contrario. En sus ojos brillaba la seguridad y la plena confianza de que más allá de aquella puerta encontrarían lo que habían estado buscando durante los dos últimos años.

Volteó la cabeza, viendo como sus hermanos menores asentían a modo de aprobación y entonces empujó la puerta permitiendo que aquel brillo se hiciera mucho más intenso.

Durante unos instantes, los cuatro se quedaron inmóviles, contemplándola con temor, pero después, la luz los engulló por completo.

Lo último que pudieron recordar fue que cayeron en un oscuro vacío y luego nada.

Cuando la luz desapareció, el tiempo se detuvo.

Ahora sí que la biblioteca había quedado completamente deshabitada.


Tal y como ordenó Caspian, el pequeño concilio se llevó a cabo.

Junto a él, Elizabeth, Trumpkin, Reepicheep y Horsa, el capitán de la guardia real, deliberaban el asunto en ciernes sobre aquellas extrañas criaturas que acechaban aldeas.

Se encontraban alrededor de una gran mesa, en cuya superficie estaba extendido un mapa.

—En estas dos semanas hemos conseguido inspeccionar todo el reino, sin embargo, aún no sabemos si esos seres tienen su asentamiento más allá de nuestras fronteras. —Comenzó a decir Caspian bajo las atentas miradas de sus compañeros.

—Lo más inteligente sería esconderse en algún lugar que tardáramos en reconocer. —Habló Elizabeth bajando la mirada hacia el mapa.

—Exacto —alegó Caspian —. Al norte, Narnia colinda con el Páramo de Ettin, y más allá están las Tierras Salvajes del Norte, habitadas por gigantes. Pero es bastante improbable que se encuentren allí, los gigantes son muy territoriales y no suelen aceptar en sus tierras ocupas de ningún tipo. —Todos asintieron, el norte había quedado descartado. —Al sur, hacemos frontera con Archeland, pero ellos ya nos habrían informado en caso de ser allí donde esos seres se reagrupan.

—Luego al este se encuentra el Océano Oriental. Pero no creo que posean branquias. —Intervino la rubia socarronamente.

—Solo queda el oeste. —Dijo Trumpkin al tiempo que atusaba su larga barba dorada.

—Eso es. —Secundó Caspian irguiéndose de nuevo.

—Allí se ubica Erial del Farol, pero existe también una región de montañas: los Territorios Salvajes del Oeste. —Puntualizó Horsa señalando su ubicación en el mapa. —Telmar.

—Y actualmente se encuentra deshabitada. —Pronunció Reep esbozando una sonrisa ladeada.

Un corto silencio se estableció entre ellos, mientras asimilaban la información.

—Ya lo tenemos. —Anunció Caspian victorioso.

Ahora solo tenían que mandar una patrulla de reconocimiento hacia las tierras del oeste para confirmar sus suposiciones.

—Pero aún hay algo que no me encaja —la voz de Elizabeth hizo que todos guardaran silencio y pusieran atención a lo que iba a decir. — ¿De dónde han salido? Es decir, hasta ahora Narnia ha estado viviendo un periodo de paz, ¿cómo es que de repente y casi de la nada aparecen estas supuestas criaturas? —Lamentablemente, esa pregunta quedó sin una respuesta inmediata, pero dejó pensativos a los demás miembros de la reunión.

—Bueno, eso es lo que tenemos que averiguar, milady. —Dijo Horsa con voz grave.

Entonces el sonido de la puerta los interrumpió y todos los presentes dirigieron sus miradas a la entrada.

Entrando en la sala, apareció un soldado que con respiración agitada se detuvo frente a ellos.

— ¿Ocurre algo? —Inquirió Caspian avanzando unos pasos hasta él.

—Me temo que sí, majestades —dijo manteniendo firme su posición. —Un campesino ha pedido una audiencia con los reyes de Narnia. —Elizabeth tras posicionarse al lado del telmarino, le miró confusa.

— ¿Ha dicho por qué? —Quiso saber la reina.

—No, milady. Solamente ha mencionado que el asunto que le ha traído hasta aquí es importante. —Los dos asintieron, dispuestos a hablar con él. —Pero también ha dicho que…no son buenas noticias.


¡Hola a todos!

Siento haber estado desaparecida, pero ya sabéis que ando muy liada con los estudios -.-

Pero para compensar aquí os traigo este capítulo de 13 páginas de Word xD

Bueno, creo que eso es todo. Espero que os haya gustado.

Muchas gracias por leer, besos ^^