A pesar de que trabajar para Overwatch no favorecía la rutina, Angela y Gabriel establecieron unas pautas cómodas y agradables con las que se familiarizaron rápidamente. Cada vez que estaban juntos en Suiza, convivían en la misma casa. Solicitaban los días libres a la par, preocupándose cada vez menos de que pudiese resultar sospechoso. Cenaban juntos a solas al volver de misiones que se alargasen más de una semana e incluso recordaban qué añadir en sus respectivas listas de la compra para complacerse mutuamente.
—Es agradable, ¿verdad? —comentó la doctora una noche en que ambos se habían tumbado en la cama, muertos de cansancio, sin siquiera desvestirse.
—Sí que lo es… —admitió Gabriel buscando las manos pálidas y delicadas de su amada para entrelazarlas con las suyas—. Y me encantaría saber que siempre, pase lo que pase, cuando vuelva a casa tú estarás ahí.
—A veces estaré en el laboratorio —replicó ella, demasiado agotada como para captar la indirecta del californiano.
—Eso ya lo sé. O estarás en algún hospital… no tiene la menor importancia. Me refiero a que quiero vivir bajo el mismo techo que tú.
—¿En serio? ¿tan pronto?
—¿Eso es un «no»?
—¡Qué va! No es una negativa, simplemente… me sorprende que hablemos de esto cuando apenas llevamos medio año juntos.
—Supongo que soy demasiado mayor como para no darme cuenta de cuándo quiero algo.
Angela soltó una risita. Se deslizó hasta su amado y le besó.
—Creo que no tiene nada que ver con tu edad. Imagino que eras igual de imperioso con veinte años.
—Hm… tal vez.
—En cualquier caso, sí que quiero.
—Me haces muy feliz, Angela… por eso hay algo de lo que quiero hablar contigo.
—¿Algo malo?
—No. Desde que me degradaron de mi puesto como líder me han encargado cosas nuevas. Quizá me hayas notado raro últimamente… y antes de que pienses que sucede algo que deba preocuparte, quiero que sepas que es un asunto secreto. Una unidad para actuar de forma clandestina.
—Gabe, suena muy mal. ¿Por qué necesitaría Overwatch una unidad así…?
—Me temo que eso es precisamente lo que no puedo revelar.
—¿Qué podría pretender hacer Overwatch que requiriese clandestinidad? Se supone que somos héroes, que salvamos vidas…
—Angela. —Le apretó las manos levemente, como para centrar su atención en lo que decía—. Confía en mí. Me conoces mejor que nadie.
—Me preocupas. Has comenzado a distanciarte de Jack, de Ana…
—Porque ya no trabajo con ellos. Ahora lidero una unidad nueva.
—Yo… llevo tiempo pensando que quizá deberíamos dejar esto.
—¿Lo nuestro? —preguntó Gabriel, quebrantándose durante unos instantes. Sus ojos oscuros mostraron tal devastación que estuvo a punto de arrancarle lágrimas de compasión a la doctora.
—¡No! ¡Claro que no! Me refiero a Overwatch. Sería bueno alejarse de la guerra, del dolor, de las armas…
Gabriel resopló. Se tumbó boca arriba, pensativo. Aún tenía el pulso acelerado por los instantes de terror que había experimentado.
—No quiero dejarlo. Siempre he sido un militar, es todo lo que sé hacer… y se me da muy bien. Pero… tampoco quiero que tú lo pases mal. Quizá… exista un modo de aprovechar nuestros respectivos talentos juntos. Podríamos dejar Overwatch más adelante y marcharnos a la aventura. Asistir a los países que se encuentren en problemas… yo podría comandar a sus tropas mientras tú sanas a sus civiles. Los encaminaríamos de nuevo hacia la paz.
—Es bonito… pero, ¿es de verdad? —preguntó Mercy en tono soñador.
—Sí. Pero no es algo que vaya a suceder mañana.
