Capítulo diez: en la librería

La ciudad a esa hora de la mañana era un pandemonio. Las calles estaban atestadas de personas y vehículos. Delbert conocía cómo era el movimiento del tránsito y sabía qué caminos estaban menos congestionados. Al ir avanzando, el Doctor derrochaba sonrisas por doquier, a conocidos y desconocidos por igual. Unas cuantas cuadras y callejones después, llegó a su primera parada: la joyería. Tuvo que detenerse en la acera opuesta a la tienda porque había una cantidad nada pequeña de personas (en su mayoría mujeres) impidiendo el paso. Todas reunidas frente a las vidrieras, admirando la reciente exhibición de joyas. Bajó del carruaje y amablemente pidió que lo dejaran pasar, sin embargo le costó trabajo atravesar la multitud pues muchos parecían hipnotizados y poco dispuestos a ceder su lugar.

"Grandioso," pensó él. "tuve que elegir un día de ventas especiales para confirmar mi pedido."

En un planeta minero como Montressor, una venta especial no era cosa de broma. La última vez que él quiso entrar en una joyería durante una de esas ventas casi terminó aplastado por la multitud (por eso había siempre un oficial presente para imponer orden). Después de un colosal esfuerzo logró alcanzar la entrada. Dentro, la historia era completamente diferente, sólo había tres personas haciendo algo más que admirar la exhibición.

Una humana se acercó a Delbert con rostro amigable. "Buenos días, señor ¿puedo ayudarle en algo?"

"Sí," respondió Delbert. "vine a confirmar un encargo que hice hace tres semanas." Vio que en su uniforme portaba un gafete que decía: Hola, soy Alison. "¿me recuerda? Creo que usted fue quien me atendió."

"¡ah, sí!" exclamó Alison. "Usted pidió una Esmeralda Eiliccian ¿cierto?"

"Exactamente" corroboró él.

Alison sonrió ampliamente y dio media vuelta. "Por aquí, por favor" ella lo llevó hasta uno de los anaqueles, se colocó detrás de él y sacó un libro de registro de un cajón. "¿tiene su factura de reclamo?" preguntó ella.

"Justo aquí" contestó él, sacando la factura de su bolsillo. Se la entregó y rápidamente ella buscó su nombre en el libro.

"Hmm… señor… Doppler ¿correcto?"

Delbert asintió.

Ella continuó chequeando el libro, deslizando su dedo índice sobre la superficie. "Su encargo ya esta aquí, señor Doppler" le informó.

"¡Excelente!" exclamó él. "En ese caso, quisiera terminar de cancelarlo."

Alison dio un último vistazo al libro antes de guardarlo, entonces condujo a Delbert hasta la caja registradora. "Usted tiene abonado el sesenta por ciento del costo total ¿Cómo le gustaría al caballero pagar lo demás?, ¿En efectivo, con cheque o a crédito?"

"Cheque"

"Perfecto" contestó ella tecleando la caja.

La máquina imprimió el recibo mientras Delbert firmaba el cheque. Una vez terminada la operación, él se lo entregó junto con su identificación. Alison cruzó la puerta que había detrás de la caja. Unos minutos después regresó con un estuche rojo en la mano y por su cara de satisfacción, todo parecía estar en orden. Le devolvió su identificación y le entregó la factura, luego procedió a abrir el estuche para mostrarle la esmeralda.

Era una piedra en verdad preciosa, y como toda joya, brillaba de manera intensa cuando la luz incidía sobre ella. Era de un tamaño considerable y estaba tallada finamente en forma de óvalo con la precisión de un cirujano. Alison sostuvo el estuche con ambas manos mientras Delbert inspeccionaba la joya cuidadosamente. Él sonrió y esa fue la señal para que ella supiera que estaba satisfecho.

"¿Desea llevarse su adquisición ahora?" inquirió Alison. "Si es así, nuestro personal de seguridad lo escoltará hasta su vehículo. Si no dispone de uno, nuestros empleados se encargarán de llevarlo a su domicilio sin cargos adicionales."

Delbert se sintió muy complacido por el esmero con que la vendedora lo atendía. "Dispongo de un vehículo" dijo él. "pero quisiera que me fuese enviada, si no es mucho problema."

"No hay ningún problema, señor Doppler," le aseguró ella. "aquí ya tenemos su dirección, todo lo que necesitamos es que firme esta solicitud" le mostró un portapapeles con una planilla. "y la recibirá en muy poco tiempo, digamos… ¿mañana en la tarde le parece bien?"

"Mañana estará bien." contestó Delbert. Terminados sus asuntos, guardó su chequera, su cartera y su factura. "Muchísimas gracias, señorita, ha sido extremadamente amable conmigo."

"Yo soy quien debe agradecerle, señor," replicó Alison. "si no hubiese comprado esa valiosa joya, tal vez yo no estaría en ése muro."

Delbert volteó hacia donde ella estaba mirando y vio una placa que tenía una foto de ella y debajo un letrero que decía: empleada del mes.

"Me alegra haber contribuido," dijo él. "gracias otra vez."

Alison entrelazó sus manos frente a ella e hizo una reverencia. "Apreciamos su compra y esperamos que su esposa la disfrute."

"Dudo que yo haya tenido mucho que ver con esa placa." Pensó Delbert camino a la puerta. Tanta amabilidad sólo la había visto en su hija Catherine. Al salir, suspiró porque parecía que la cantidad de personas afuera se había triplicado. Batalló para poder alcanzar su carruaje pero logró llegar ileso. Delilah estaba muy intranquila con tanta gente a su alrededor y se alegró (al igual que Delbert) de salir de ahí rápidamente.

Las calles estaban notablemente más despejadas cerca del siguiente lugar que tenía que visitar. Al dar la vuelta en una esquina, pudo ver a la distancia un edificio de un piso. Llegó a él inmediatamente después y aparcó en frente pues la calle estaba vacía. La tienda de libros de Roger siempre abría sus puertas al público desde muy temprano, por eso Delbert se extrañó que tuviese el letrero de "cerrado" aún colgado en la puerta. Sin embargo, debía haber alguien allí porque había una luz encendida en el primer piso. Golpeó la puerta y esperó unos segundos antes de volver a golpear. La segunda vez oyó pasos adentro, acercándose.

"Lo siento, estamos cerrados hoy" dijo una voz.

"¿Roger, eres tú? Soy yo, Delbert."

"¿Delbert? un segundo" dijo Roger. Enseguida se escuchó como la cerradura era desatrancada. "pasa por favor"

El doctor entró, haciendo sonar la campanilla de la puerta. En el lobby, se encontró cara a cara con una criatura peluda y de orejas largas extendiendo su brazo. "¡Delbert!" exclamó la criatura, estrechándole la mano. "esta es una grata sorpresa."

"Seguro que lo es," concordó Delbert. "no esperaba encontrarte aquí pero es bueno verte otra vez ¿Cómo has estado?"

"Estupendamente," contestó Roger con una alegre sonrisa. "pero por favor, hablemos en otro sitio más cómodo ¿tienes unos minutos?"

"¿Para un amigo? Por supuesto." Respondió él.

Roger lo llevó a la sala de descanso donde habían sillones y lo invitó a sentarse. Ya más cómodos, empezaron a conversar acerca de todo lo que habían hecho desde su último encuentro, sobre sus familias, sus trabajos, su salud. En fin, de todo lo que dos viejos amigos de la escuela hablarían después de un largo tiempo.

"En un mes aproximadamente" dijo Roger. "mi pequeña hija irá a la preparatoria."

"Bien por ella. El tiempo realmente vuela." comentó Delbert.

Roger cruzó las piernas y apoyó su codo en el brazo del sillón. "Sí, y los niños parecen crecer más con cada segundo que pasa. Todavía me parece ver a Susie jugando con sus muñecas y pidiéndome que la lleve a la heladería. Ahora, sólo habla de conseguirse un novio y convertirse en profesora."

"¿En serio?" inquirió el doctor, curioso.

"Mmm hmm," afirmó Roger. "aunque me gustaría que lo pensara. Quiero decir, está en esa edad de enamorarse y todo eso, pero si en verdad desea ser profesora, tiene que dedicarse a ello por completo. No hay profesión más noble ni más difícil que cultivar la mente de los jóvenes. Quisiera que mejor se dedicara al negocio de la familia, es mucho más lucrativo que el salario de un profesor."

Delbert lo miró suspicazmente y cruzó los brazos. "Bueno, yo no diría que enseñar es un trabajo tan mal remunerado, y no todos pueden abrir una cadena de librerías."

Roger, dándose cuenta de lo que acababa de decir, quiso disculparse. "Lo siento, no quise…"

Delbert, de inmediato sacudió la mano para que no se preocupara. "Olvídalo, sólo bromeo. Además, debe haber algo cierto en tus palabras o yo no tendría por que trabajar en dos lugares diferentes." Ambos empezaron a reírse.

"Ya, hablando en serio," continuó Delbert. "no siempre podemos esperar que nuestros hijos sigan nuestros pasos. Mi hijo, por ejemplo, es muy inteligente y un excelente estudiante. Sólo tiene ocho años y sabe física, química, matemáticas, literatura, biología, idiomas, mineralogía…" tomó un poco de aliento. "la lista sigue y sigue. Cualquiera diría que esta en camino de convertirse en un científico como su padre, pero la realidad es otra. Recientemente nos confesó que su verdadera ambición es ser miembro de la Armada Interestelar."

"¡No me sorprende! estoy seguro que allí necesitan chicos listos como Derek." razonó Roger.

"Cierto, pero yo también quisiera que mejor recapacitase." Respondió Delbert, preocupado.

Roger notó la expresión de su amigo y sacudió la cabeza. "El mismo viejo Delbert," pensó. "siempre tomando todo muy en serio." entonces le dijo: "Vamos, Delbert, muchos niños alguna vez sueñan con ser Espaciales para explorar el universo. Cuando tú eras niño no fuiste la excepción ¿recuerdas?"

"Sí, lo recuerdo."

"Me dijiste cientos de veces que algún día alcanzarías las estrellas." Comentó Roger. "Y en cierta forma, lo lograste."

"Eso es diferente," replicó Delbert. "un astrónomo explora el universo desde un lugar seguro, ser Espacial es un asunto serio y peligroso. Le he dicho que sería mejor que pensara en otra carrera. Desafortunadamente para él, Amelia esta de acuerdo conmigo."

"¿Tu esposa esta de acuerdo?, ¿Cómo así?" preguntó Roger, sorprendido. "Siendo ella una ex miembro de la Armada, debería entender como se siente su hijo."

"Debería" admitió Delbert. "pero ella tiene… sus razones. Yo soy uno de esos que piensan que hay que dejar a los niños hacer lo que les gusta. Ella, por otra parte, piensa que hay que hacer lo que es mejor para ellos, aún si eso implica interferir con sus sueños."

Roger asintió. "En eso ella tiene razón, los padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero muchas veces lo que nosotros queremos no es lo que ellos quieren."

Delbert bajó la vista, apoyó la espalda en el sillón y suspiró. "Creo que eso es parte del problema. Derek ha estado metiéndose en líos últimamente y sospecho que es una forma de comunicarnos su descontento. He tratado de hablar con él, pero siento que esta cerrándose y no sé que hacer. Siempre habíamos sido muy cercanos el uno al otro."

Roger apoyó su mentón sobre su mano. "Probablemente sólo sea una fase," concluyó. "los niños pasan por muchas de ellas. Susie esta atravesando la adolescencia, así que sólo puedes imaginar cuan difícil me resulta a veces comunicarme con ella. Pero sabe que la amo, y sin importar lo que haga, la apoyaré en cualquier cosa que decida hacer. Mi consejo es que le des a Derek algo de tiempo. Espera y verás que todo estará bien. En estos casos el tiempo parece que tiene la última palabra. Derek eventualmente aceptará su decisión o ustedes tal vez cambien de opinión. Pase lo que pase, demuéstrale que aún lo quieres y que siempre vas a estar ahí para él."

Delbert se sintió un poco aliviado. Roger era un buen padre y sabía mucho al respecto. "Gracias Roger" dijo sinceramente.

"Cuando quieras, amigo mío."