Espero les gustee

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capítulo 10

Los puzzles le fascinaban. Buscar las piezas, revolverlas, probar una y otra vez hasta que encajaban, todo ello era un reto que siempre le proporcionaba satisfacción. Ese era uno de los motivos por los que había abandonado la tradición familiar para dedicarse a la investigación privada. Aunque, de todos modos, tenía una vena tan rebelde que habría elegido cualquier oficio con tal de mandar al cuerno la tradición familiar. Sin embargo, abrir su propia agencia de detectives tenía el aliciente añadido de permitirle resolver unos cuantos rompecabezas y enmendar de paso algunos entuertos sin tener que rendirle cuentas a nadie.

Edward tenía opiniones muy claras acerca del bien y del mal. Estaban por un lado los buenos y por otro los malos. La ley y el crimen. No era, sin embargo, un ingenuo, ni lo bastante simplista como para no apreciar el valor de los diversos tonos del gris. De hecho, frecuentaba a menudo las zonas grises, y disfrutaba con ello. Había, no obstante, ciertas líneas que nunca se permitía cruzar. Tenía, además, una capacidad lógica que de vez en cuando se perdía en caprichosos derroteros. Pero, más que nada en el mundo, le gustaba resolver misterios.

Esa mañana, después de dejar a Bella, había pasado largo rato en la biblioteca revisando microfichas y buscando cualquier noticia, por breve que fuera, acerca del robo de un diamante azul. No había tenido valor para decirle a Bella que ignoraba por completo de dónde procedía ella. Podía haber llegado a Washington hacía tan sólo un par de días, procedente de cualquier parte. El hecho de que ella, el diamante y la pasta estuvieran allí no significaba que hubieran emprendido en Washington su singladura. Ninguno de los dos sabía cuánto tiempo hacía que Bella había perdido la memoria.

Había estado leyendo de nuevo sobre la amnesia, pero no había encontrado nada que le sirviera de ayuda. Al parecer, la memoria de Bella podía activarse por cualquier motivo azaroso, o podía permanecer en blanco eternamente, de tal modo que ella habría empezado una nueva vida poco antes de irrumpir en la de él.

Estaba seguro, sin embargo, de que Bella había sufrido o presenciado un acontecimiento traumático. Y, aunque pudiera considerarse uno de aquellos virajes caprichosos de su imaginación que a veces le reprochaban, estaba seguro de que Bella no había hecho nada malo. ¿Cómo iba a cometer un delito una mujer con esos ojos?

Fueran cuales fuesen las respuestas, el caso era que estaba empeñado en proteger a Bella. Incluso estaba dispuesto a aceptar que se había enamorado de ella nada más verla. Fuera quien fuese, era la mujer que estaba esperando. De modo que no sólo pensaba protegerla: también pensaba quedarse con ella.

Había elegido a su primera mujer tal y como mandaba la tradición: por razones prácticas. O, mejor dicho, había sido empujado a ello ladinamente por sus suegros y su propia familia. Y, al final, aquella desangelada unión había sido un completo desastre.

Desde su divorcio, el cual había escandalizado a todos menos a los dos implicados, había evitado comprometerse, demostrando un consumado talento para el regate. Suponía que la razón de todo ello se hallaba sentada con las piernas cruzadas en la alfombra, a su lado, mirando con ojos de miope un libro sobre piedras preciosas.

—Necesitas gafas, Bella.

—¿Mmm? —ella tenía la nariz prácticamente pegada a la hoja.

—No sé por qué tengo la impresión de que usas gafas para leer. Si acercas un poco más la cara al libro, te vas a meter en él.

—Ah —ella parpadeó y se frotó los ojos—. Es que la letra es muy pequeña.

—No, no es eso. Pero no te preocupes, nos ocuparemos de eso mañana. Llevamos así un par de horas. ¿Te apetece una copa de vino?

—Creo que sí —ella se mordió el labio e intentó enfocar el texto— El Estrella de África es el diamante pulido más grande conocido en la actualidad, con 530,2 quilates.

—Menudo tocho —comentó Edward mientras sacaba la botella de Sancerre que guardaba para una ocasión especial.

—Está engarzado en el cetro real británico. Es demasiado grande, y además no es azul. De momento no he encontrado ninguno que se parezca al nuestro. Ojalá tuviera un refractómetro.

—¿Un qué?

—Un refractómetro —repitió ella, apartándose el pelo—. Es un instrumento que mide las características lumínicas de una piedra preciosa. Su índice de refracción —su mano se detuvo mientras Edward la miraba con curiosidad—. ¿Cómo sé todo eso?

Él agarró dos copas y volvió a sentarse en el suelo, junto a ella.

—¿Qué es el índice de refracción?

—Es la capacidad relativa de refracción de la luz. Los diamantes tienen refracción simple. Edward, no comprendo por qué sé todas estas cosas.

— ¿Cómo sabes que no es un zafiro? — Él tomó la piedra, que reposaba sobre sus notas como un pisapapeles—. A mí me parece un zafiro.

—Los zafiros tienen refracción doble —ella se estremeció. —Soy una ladrona de joyas. Seguramente lo sé por eso.

—O tal vez seas joyera o gemóloga, o una niña bien a la que le gusta jugar con piedrecitas de colores —le tendió una copa—. No te precipites, Bella, o pasarás por alto los detalles.

—Está bien—ella bebió un largo trago.— Ojalá recordara por qué sé ciertas cosas. Refractómetros, El halcón maltes...

—¿El halcón maltes?

—La película... Bogart, Mary Astor...Tenías el libro en tu habitación y me acordé de la película. Y luego están las rosas. Sé cómo huelen, y en cambio no recuerdo cuál es mi perfume favorito. Sé qué es un unicornio, pero no sé por qué tengo uno tatuado en el trasero.

—El unicornio —los labios de Edward se curvaron, y aparecieron sus hoyuelos— es símbolo de inocencia.

Ella se encogió de hombros y apuró rápidamente el resto del vino. Edward le pasó su copa y se levantó para llenar la de ella otra vez.

—Cuando estaba en la ducha me rondaba la cabeza una canción. No sé qué es, pero no consigo quitármela de la cabeza —bebió de nuevo, frunció el ceño, concentrada, y empezó a tararear.

—Es el Himno a la alegría, de Beethoven —dijo Edward—. Beethoven, Bogart y un animal mitológico. Nunca dejas de sorprenderme, Bella.

—¿Y qué clase de nombre es Bella? —preguntó ella, haciendo aspavientos con la mano en la que sujetaba la copa. — ¿Es un apellido o un nombre de pila? ¿Quién le pone a una niña un nombre como Bella? Preferiría ser Camilla.

Él sonrió otra vez, preguntándose si debía quitar el vino de su alcance.

—No, nada de eso. Te doy mi palabra. Háblame de los diamantes.

Ella se apartó el pelo que le caía sobre los ojos de un soplido e hizo un mohín.

—Son el mejor amigo de una mujer —ella se echó a reír y a continuación le lanzó una sonrisa radiante—. ¿Eso me lo he inventado?

—No, cariño, en absoluto —él le quitó de la mano la copa medio vacía y la dejó a un lado. «Nota mental», pensó. «Bella, con una copa, es un prodigio». —Dime qué sabes de diamantes.

—Sé que relucen y brillan. Y que parecen fríos. Incluso lo son al tacto. Así se puede identificar fácilmente una imitación. El cristal es cálido; los diamantes, fríos. Eso se debe a que son excelentes conductores del calor. Fuego frío —se tumbó de espaldas, estirándose como un gato, y a Edward se le hizo la boca agua. Ella cerró los ojos. —Son la sustancia más dura conocida, con un índice de dureza de diez en la escala de Mohs. Los diamantes que se utilizan en joyería son siempre blancos. Si tienen un tinte amarillento o ámbar, se consideran imperfectos —«oh, dios mío», pensó ella, y suspiró, sintiendo que la cabeza le daba vueltas—. Los diamantes azules, verdes y rojos son muy raros y extremadamente valiosos. El color se debe a la presencia, junto con el carbono, de otros elementos en pequeñas proporciones.

—Bien —Edward observó su cara, sus labios curvados, sus ojos cerrados. Bella parecía estar hablando de un amante—. Continúa.

—En entornos de gravedad controlada, su peso específico oscila entre 3.15 y 3.53, pero el valor del cristal puro es siempre de 3.52. Para ser un diamante hace falta brillo y fulgor —murmuró, desperezándose de nuevo.

A pesar de sus buenas intenciones, Edward deslizó la mirada sobre los pechos pequeños y firmes de Bella, que se marcaban contra su camiseta.

—Sí, apuesto a que sí.

—Los diamantes en bruto tienen un lustre graso, pero cuando se pulen, entonces sí que brillan —se tumbó boca abajo, flexionó las piernas y cruzó los tobillos—. A su brillo se le llama técnicamente «adamantino». El nombre «diamante» procede de la palabra griega además, que significa «invencible». Hay tanta hermosura en su fortaleza... —ella abrió los ojos enturbiados, se removió, agitó las piernas y se sentó prácticamente en las rodillas de Edward—. Tú también eres increíblemente fuerte, Edward. Y tan guapo... Cuando me besaste, pensé que ibas a comerme y que no podía hacer nada por impedirlo —suspiró, se removió un poco para ponerse cómoda y añadió—: Me gustó mucho.

—Oh, Dios mío —él sintió que su sangre iniciaba un lento viaje desde su cabeza a su entrepierna, y cubrió cautelosamente las manos de Bella, que ella había apoyado sobre su pecho. —Será mejor que pasemos al café.

— ¿Te apetece besarme otra vez?


Hola hola jejee sera ke se besaran? jejeje

Espero reviews

byeee