10
1916
A partir de entonces, todo fue muy distinto. La señora Gaunt llevó en su piel, más que nunca, las consecuencias por desafiar a su marido, pero Sorvolo Gaunt jamás volvió a tocar a Mérope, no al menos delante de su esposa.
Y Mérope… Tardó tiempo en recuperarse, pero el miedo que sentía hacia su padre, eso era un miedo que no olvidaría jamás. Evitaba, a toda cosa, quedarse a solas con él, buscando siempre la protección de su madre, aunque sabía muy bien que esta nada tenía que hacer ante su padre. Pero era como un acto reflejo, como un lugar donde sentirse seguro en aquel infierno que era su casa.
Y Tom… Mérope echaba de menos a Tom como nunca antes le había echado de menos. Más de una vez pensaba en fugarse, en huir muy lejos hasta la casa de Tom, aquella mansión que nunca había visto con sus propios ojos pero de la que Tom siempre le había hablado. Más de una vez se quedaba frente a la puerta, confiando en que sus pasos la llevasen corriendo hasta Tom, hasta aquel claro donde compartieron muchas de sus vivencias.
Pero no, siempre era lo mismo, siempre temía encontrar a su padre delante de ella. Porque recordaba lo que le había dicho, que no volvería si se reencontraba con Tom. Y Mérope no lo hacía por no verse fuera de casa, sino por no dejar a su madre sola y desamparada frente a su padre. Ella era lo único que le mantenía atada a aquel horrible hogar, su frágil madre, pero tan fuerte ella, quien tanto le defendía… No, Mérope no podía abandonar a su madre.
Aunque bien mirado, no pasaría nada porque saliese de la casa. A fin de cuentas, ya le dejaban pasear fuera de ella. Y quien decía pasear fuera de la casa también querría decir poder caminar hasta el bosque. Y quien decía el bosque podría decir el claro que Tom y ella compartieron durante meses.
Cuando quiso darse cuenta, ya estaba en el claro. No esperaba ver a nadie, pero…
―Tom… ―saludó, casi sin palabras.
Él, sentado en su tocón, se dio la vuelta. Estaba muy cambiado. Había crecido un poco y tenía el pelo más largo.
―Mérope… Has vuelto.
Los dos corrieron hasta fundirse en un abrazo. Sonreían y reían.
―¡Tom! ¿Qué hace ella aquí?
Por supuesto, Cecilia también estaba. No quería decir que Tom hubiese ido por su cuenta al claro, es que había venido con ella.
―Cecilia, mira, es Mérope. Ha vuelto…
―Ya sé quién es. Creía que nunca volverías. ¿Sabes? Estábamos mejor sin ti ―Cecilia había perdido toda su discreción de la que hacía gala antaño. No quería ver a Mérope y no se molestaba en ocultarlo ante Tom.
―¡Cecilia! ―exclamó Tom, indignado.
―¡Mérope!
La joven se dio la vuelta. Morfin estaba allí. Le había seguido.
―Genial, otro desalmado ―soltó Cecilia.
―Calla, sucia muggle ― la joven no comprendió el apelativo ―. Volvemos a casa ahora, Mérope. Madre está enferma.
