jaja alguien ha comentado algo por ahí algo de una segunda parte...la verdad es que cuando yo acabé de escribir me sabio a poco...
Bueno ya sí que sí. El último. Espero que os guste, que no os deje con mal sabor de boca y que lo disfrutéis.
No prometo nada pero puede que (cuando disponga del tiempo suficiente) escriba un prólogo. Pero insisto, no prometo nada porque no estoy segura.
Gracias por seguir y comentar, siempre.
Ahora sí, os dejo con el capítulo.
Capítulo 10. Principio y fin
Intentar convencerse de que no estaba nerviosa era algo imposible. Llevaba todo el día intentándolo, y por mucho que lo había trabajado no lo había conseguido. Ahora observaba a lo lejos cómo Regina hablaba con su hijo. Bueno, ahora también era su hijo. Y eso era justo lo que la morena le estaba comunicando al pequeño en aquellos momentos. ¿Lo tenía ganado, verdad? El chico prácticamente la adoraba. Aunque en aquel momento, en la posición en la que se encontraba, no estaba del todo segura.
Regina estaba seria y agachada a la altura de Henry. El chico la escuchaba con atención y también estaba serio. No sabía de lo que estaban hablando. Bueno sí, claro que sí. Pero no sabía cómo sería la conversación y eso la inquietaba. Después de ese momento, su vida cambiaría irreversiblemente. Y ella no estaba segura de ser capaz de afrontar esas nuevas responsabilidades con entereza. Nunca las había tenido. Bueno, tampoco era correcto. Siempre las había tenido, como princesa, y de hecho nunca las había afrontado.
Simplemente había ido avanzando intentando esquivarlas. Y ahora se encontraba con algo que no podía rechazar. Que estaba empeñada en no rechazar, de hecho. Tenía un hijo y no quería defraudarlo. No quería rechazarlo. No quería estar lejos de él. Quería conocerlo y disfrutar del tiempo perdido. Siempre había adorado a los niños. Era cierto que nunca se había planteado tener uno hasta que volvió a ver a Regina. Y había deseado tenerlo con ella. Y ahora lo tenía. Aunque en sus sueños las cosas no pasaban así, pasaban de forma diferente.
Ahora todo eso estaba roto y todo era un poco más complicado de lo que habría imaginado. Empezando porque no quería volver a cometer el error de dejarse llevar por Regina y eso implicaba poner distancia entre ambas. Odiarla, más que amarla, si es que eso era posible. Olvidarse de ese amor que había sentido durante tantos años y reemplazarlo por el rencor que le producía el hecho de que hubiera jugado con ella desde el principio y sobre todo, de que le hubiera ocultado el hecho de que tenían un hijo juntas. Aquello era algo demasiado grave como para perdonárselo. Sin duda. Si pudiera cortaría todo contacto con ella. Pero desgraciadamente, no podía. Un hijo las unía, y eso era algo que duraría de por vida. Tenía que asumirlo. Debía concienciarse para saber afrontar la nueva situación que se le presentaba.
Henry se giró y la miró. Su corazón dio un vuelco. Le devolvió la mirada y la desvió hacia Regina para averiguar lo que debía hacer. Ella hizo que el niño volviera a mirarla, le dijo algo más, le dio un beso en la frente y avanzó hacia ella.
Tampoco había ido tan mal. O eso creía. Henry le había sonreído tímidamente cuando se había acercado a él una vez que Regina los había dejado solos en el jardín del palacio de sus padres. No había sido como otras veces. No había sido tan efusivo como otras veces, pero aun así no la había rechazado. Y eso ya era algo más de lo que había esperado. Llevaban un rato un silencio, simplemente disfrutando del paisaje que se ofrecía bajo sus pies. Emma no sabía que decir. Estaba nerviosa y solo esperaba a que el chico le dijera algo. No sabía cómo comportarse.
- ¿Vas a separarme de mi mamá?
Henry habló, por fin, después de tanto rato y fue para preguntarle eso. Emma sintió un pinchazo en su estómago. ¿Cómo podía preguntarle eso? Aunque no podía culparlo. La situación era complicada y difícil de entender. Si ya lo era para ella, no quería ni imaginar lo que sería para él descubrir de repente que tenía dos mamás. Y que además no estaban juntas y que jamás lo estarían. Tenía que comportarse a la altura de las circunstancias.
- Henry – comenzó muy seria y se acercó a él para que la escuchase con atención – yo jamás te separaría de tu mamá. Nunca.
- ¿No? – Ella sonrió un poquito.
- No Henry, puede que tu mamá y yo no seamos...bueno, puede que no nos llevemos muy bien, pero no podría hacer algo así.
Él sonrió de inmediato. Al parecer, había dado por buena la aclaración de Emma. Y al parecer, eso era todo lo que había necesitado para volver a comportarse de forma normal con ella. Aunque un poco más exagerado, porque ahora proclamaba a gritos que tenía dos mamás. Estaba realmente entusiasmado, algo que fue un alivio tanto para ella como para Regina.
Un día después ambos se marcharon del palacio. Aunque desde aquel día se iniciaron los intercambios entre una y otra. Regina había tenido algo de miedo al principio por cómo el niño pudiera llevar ese tema. Pero para su sorpresa, Henry estaba encantado. Cuando estaba con Emma siempre volvía contento y correteaba por todos lados dándole la alegría que antes no tenía a su propio palacio. Las cosas ya no eran tan oscuras, había más luz, y la gente era más amable, incluso había risas e intercambios sinceros. Todo iba sorprendentemente a mejor. Seguía faltándole Emma, pero tenía que asumir que aquel pequeño periodo había sido el más tranquilo y el más alegre de su vida.
Emma llegó temprano aquella mañana. Se había recuperado totalmente hacía algunas semanas y se sentía feliz por eso. Ahora era ella la que venía a recoger a su hijo y no su padre como acostumbraban. Henry llevaba despierto desde bien temprano, esperándola. Era extraño observarlo esperando a Emma. Se sentía feliz por él y por ella misma. Al final todo había salido medianamente bien. Había un punto amargo en todo aquello. Pero estaba bien.
Después de que Henry se descolgara de su rubia madre ésta le pidió que lo esperase en el jardín. Algo que sorprendió a Regina.
- ¿Qué ocurre? – Preguntó cuándo su hijo se había marchado.
Emma suspiró y dio dos pasos hacia ella. Por su cara no debían de ser buenas noticias.
- Los reinos vecinos se han unido a la guerra y afortunadamente han ganado bastantes plazas. – Regina enarcó una ceja.
- Pero eso es una buena noticia.
- Sí, lo es. Pero hay noticias. Todo el ejército de ogros se ha reagrupado y marchan rumbo a Camelot. – La morena abrió bien los ojos.
- ¿Todo el ejército? – Emma asintió. No hizo falta decir más, ella ya sabía lo que eso significaba.
- Voy a volver a liderar a los ejércitos de este reino. Partiremos lo antes posible.
- Emma no... – espetó más molesta que preocupada, o eso le pareció a la princesa. – Apenas te has podido recuperar no puedes irte otra vez...
- Tengo que hacerlo.
- No, no tienes que hacerlo. ¿Qué les pasa a tus padres? ¿Tanto tiempo con la corona puesta ha acabado por estrujar sus neuronas?
- Regina. – La regañó, aunque tímidamente.
- ¿Por qué no lidera él a su ejército?
- Él debe quedarse por si... – Emma se sintió mal nada más pensar aquello. No sabía por qué vio algo en el rostro de Regina que la coartó - ...por si Camelot cae.
La reina asintió apretando las mandíbulas. Lo entendía perfectamente. Todo estaba por decidirse en aquella batalla. Tenían que jugar a todo o nada. Todo terminaría o todo comenzaría.
- Puedo liderar yo al ejército. – Emma frunció el ceño, contrariada.
- No – aquella idea no se le había pasado por la cabeza pero no le gustaba en absoluto – he sido su líder durante mucho tiempo, el ejército me es leal. Incluso tus hombres...no creo que... – se avergonzó un poco, no sabía cómo decirle que no creía que la siguieran de la misma forma en la que la seguían a ella.
- Entiendo. – Afortunadamente la reina no era idiota. - Aun así puedo...
- No. Prefiero que te quedes con Henry. Saber que nuestro hijo estará a salvo si llegara a pasarme algo es todo el consuelo que puedo tener.
- Emma...- susurró Regina visiblemente afectada por las palabras de la rubia.
- No quiero que te marches... – le dijo Henry con voz penosa.
- Te prometo que será la última vez que te deje, Henry.
- Pero...y si no vuelves...
- Volveré.
- ¿Es una promesa? – Ella sonrío tiernamente. A veces le recordaba tanto a Regina...era hijo suyo, no podía ser de otra forma. Y se sentía tremendamente orgullosa de ello.
- Es una promesa. – Henry esbozó una tímida sonrisa y se enganchó a su cuello arropándola en un fuerte abrazo. Todo lo que sus pequeñas extremidades se lo permitían. Ella le correspondió.
Estaban bajo el manzano de la reina. Aquel jardín era visitado solo por algunos afortunados. Regina observaba la escena de lejos y no pudo evitar que una lágrima cayera por sus mejillas. Aquel podría ser el fin, y ella solo podía pensar en todo lo que sentía y todo lo que quería decirle a aquella estúpida y torpe princesa que le había robado el corazón. Desafortunadamente para ella, aquella no era una opción. Tenía que callar, precisamente por todo el amor que sentía hacia Emma. Aquello sería lo mejor. Ya la había hecho sufrir demasiado.
La guerra siempre es la base de la vida y la muerte. Aprender a luchar o resignarse a morir. La mejor victoria es la que se obtiene sin haber combatido, eso es panacea. Sin embargo, ¿qué hacer cuando la sed del enemigo es la propia sangre de un reino amigo, de un mundo unido?
La batalla fue cruenta. Interceptaron al grueso del ejército de ogros a kilómetros de Camelot. Intentaron por todos los medios posibles combatirles y evitar que la batalla se sucediera en la ciudad. Miles de niños y niñas, hombres, mujeres, ancianos y ancianas habían sido recluidos en el castillo. Si no conseguían retenerlos, todos morirían.
Emma ordenó a su ejército la retirada justo en el momento en el que se dio cuenta de que no había opción posible para ellos. Todos morirían si no se retiraban. Todos. Así lo hicieron también los reyes de los reinos que luchaban a su lado.
Todos se retiraron a Camelot rogando para que los ogros se detuvieran en algún momento o por alguna razón en su empresa de muerte. No lo hicieron. Era de noche cuando comenzaron a ver las antorchas, encendidas, formando un magnífico y terrorífico espectáculo bajo sus ojos. De inmediato supieron que el futuro se decidiría allí, aquella noche.
Y así fue. Lucharon durante horas sin sentir el frío de la noche ni el hielo del metal. Lucharon sin pensar ni padecer. Sin dudar ni pestañear. Sin piedad ni corazón. Fue una lucha cruel en las que muchos creyeron perder su humanidad y en la que otros la perdieron. Infinidad de hombres y mujeres dieron su vida por un objetivo común, un futuro mejor, a salvo y sin guerra. Muchos perdieron la vida aquella noche. Hermanos, hermanas, padres, madres, hijos, amigos...
Emma hincó sus rodillas en la fría tierra y se apoyó sobre su espada. Apenas podía tenerse en pie. Alzó sus ojos y vio a lo lejos como los ogros que aún quedaban en pie huían en retirada de los dominios del reino. Nadie entonó vítores, nadie celebró nada. Las voces que se oían eran de dolor. Lamentos por la pérdida, gritos desesperados por la búsqueda. Fuertes llantos y sonoros quejidos. Eso era todo lo que se oía. Eso era todo lo que sentía. El soplo del viento y el olor a muerte.
A su alrededor, todo era confusión. Los ogros habían sido expulsados pero había tanto descontrol, tantos kilómetros de campo de batalla que nadie sabía dónde estaba nadie y si la gente a la que buscaban aún estaba viva o muerta. Había miedo y confusión. Mucha confusión. Cuando Regina apareció en el campo no fue capaz de centrar su vista en ninguna parte. Todos corrían de un lado a otro. Los gritos eran insoportables y casi eran tapados por los llantos. Ante sus ojos, bañado por el sol que se ponía en aquellos momentos, un reguero de sangre, lamento, dolor y muerte se extendía bajo sus pies. Corrió lo más rápido que se lo permitieron sus pies. Como loca. De un lado a otro. Sin ver a nadie conocido. Buscándola. Y cuando casi la desesperación se había apoderado de ella casi destruyendo por completo cualquier esperanza que pudiera tener, la vio.
A lo lejos, en la colina, de rodillas. Sus cabellos estaban sueltos y ondeaban suavemente. Tenía la cabeza apoyada sobre su espada no podía ver su rostro. Pero estaba de rodillas. Era ella, tenía que ser ella.
- Emma...- susurró. Y cuando se dio cuenta de que su voz salía de su garganta demasiado débil hizo acopio de todas sus fuerzas para guardarse su dolor y soportar la opresión de su pecho y volvió a llamarla. Esta vez con más fuerza. - ¡Emma!
Y no dejó de hacerlo cuando echó a correr hacia ella, aunque la rubia no se volviera para mirarla. Aunque no le respondiera.
No fue hasta que unos metros apenas las separaban cuando pareció darse cuenta de que alguien la llamaba y levantó la cabeza para mirarla. Todo pasó demasiado rápido. Regina llegó cómo un vendaval arrasando todo a su paso. Apenas le dio tiempo a reaccionar. Solo fue capaz de sentir aquel brusco abrazo, fuerte, necesitado, lleno de calor. De repente se sintió en casa y consiguió respirar de nuevo. Regina susurraba su nombre como para recordarle que seguía siendo ella, Emma, y que seguía viva. Seguía allí. La reina solo rompió su abrazo para capturar su cabeza entre sus manos, mirarla a los ojos y besarla con toda la energía que le quedaba. Ella respondió a su beso, aún con la duda de no saber si era ilusión o realidad. Pero la duda desapareció cuando la morena rompió el contacto e hizo que la mirara a los ojos.
Allí estaban, marrones, llenos de lágrimas, pero allí estaban. La inmensidad, su corazón, podía sentirlo a través de su mirada. Podía sentirlo latir, podía sentir el tacto de sus manos sobre su piel y el calor de su cuerpo a su alrededor. Era Regina. Ella estaba viva, a salvo y Regina estaba allí.
- ¿Y Henry? ¿Cómo está Henry?
- Está bien, Emma. Está a salvo, nos espera en casa.
¿En casa? ¿Acaso eso era posible? ¿Había posibilidad de que existiera un lugar en el mundo en el que ella pudiera encontrar una casa después de todo el horror que había presenciado? ¿Después de haber acabado con infinidad de vidas? ¿Era acaso eso posible?
Regina la cubrió con su capa y la ayudó a levantarse. Sintió deseos de envolverla en una nube de humo y llevársela de allí de inmediato. Estaba en shock, demasiado afectada como para seguir viéndola así. Pero sabía que no podía hacer aquello. Emma necesitaba ser consciente. Necesitaba volver a la realidad. Necesitaba ubicar a sus hombres y encontrar a sus amigas. Vivas o muertas. Pensó, porque nada era demasiado alentador mientras caminaban por aquel campo de cadáveres.
Emma apretó el mango de su espada bajo su capa. La tarde era serena y el mar estaba en calma. Era buen momento para partir. Muchos de los reyes y reinas ya lo habían hecho y los que partirían esa tarde serían los últimos. El último viaje, pensó. Su último viaje. Le había costado un gran esfuerzo asimilarlo. No lo entendía, no podía entenderlo. Aún no se hacía a la idea pero al menos ahora era capaz de buscar la paz en su interior. Al menos ahora era capaz de serenarse. Ella no habría podido hacer nada para evitarlo. Mérida, su amiga, estaba muerta. Y ella no habría podido hacer nada para evitarlo.
Mulán se acercó por su espalda y puso una de sus manos sobre su hombro. Miró hacia dónde ella miraba y ambas permanecieron así durante unos instantes.
- ¿Qué vas a hacer ahora? – le preguntó a su amiga.
- Volver a casa.
- ¿Estás segura? – la guerrera asiática asintió con la cabeza.
- Hay cosas que he de resolver y me he dado cuenta de que no puedo seguir huyendo eternamente. – Emma asintió con tristeza, pero a la vez satisfecha y orgullosa de la decisión de su amiga.
En esos momentos Regina llegó hasta donde ellas estaban.
- Espero que al menos vengas a visitarnos de vez en cuando.
- Eso es algo que no debes dudar. – Ambas sonrieron.
Mulán se despidió de ella con un fuerte abrazo e hizo lo mismo con Regina. Algo que la complació. Ambas la observaron mientras se alejaba.
- ¿Y tú? – le preguntó la reina. La miró confundida, no sabía de qué hablaba. – Creo que deberíamos volver a casa. – Otra vez esa palabra, casa.
- Yo creo que deberíamos hablar.
Regina no se había separado de ella ni un solo segundo desde que la encontró en el campo de batalla y ella tampoco la había echado de su lado. Había sido un acuerdo en silencio. Ella simplemente no quería que Regina se marchara. La necesitaba a su lado, la quería a su lado, sobre todo ahora que se sentía tan cerca de haberla perdido para siempre, de haberse ido de ella sin decirle lo mucho que la amaba.
- No creo que sea el momento adecuado. – Le respondió con sequedad la morena.
- Lo es. – Regina puso los ojos en blanco.
Eso consiguió que Emma relajara sus formas. Estaba nerviosa y eso hacía que su rostro estuviera serio, su voz sonara ofuscada y su cuerpo estuviera más tenso de lo normal. Y lo mejor de todo, sabía que a Regina le pasaba exactamente igual. Simplemente porque la conocía. Siempre la había conocido. Por mucho que hubiese intentado huir de ella, siempre la había visto, y por eso siempre había vuelto a ella.
- Me besaste. – Continúo. Sabía que eso conseguiría captar la atención de la reina y provocaría que sus nervios hicieran cortocircuito.
Así fue. Regina abrió bien los ojos y entreabrió los labios para intentar decir algo, pero no dijo nada. En lugar de eso apretó sus labios de nuevo y soltó todo el aire que había conseguido guardar por la nariz. Agachó un poco la mirada antes de dirigirla de nuevo hacia ella. Decidida. Si Emma quería hablar, hablarían.
- Creía que te había perdido. Estaba preocupada. – Ahora ya no le mentía más.
- Eso no te daba derecho a besarme. – Su voz seguía siendo dura, pero eso no conseguía amedrantar a Regina, sabía que solo estaba intentando hacerse la dura.
Incluso en sus peores momentos, en sus conversaciones más serias, nunca Emma le había hablado con tanta dureza en la voz. Era una barrera, solo intentaba protegerse. Todo lo que tenía que hacer era serle sincera. Sabía que eso era lo que ella quería. Su franqueza. Y ella estaba dispuesta a dársela.
- Tú también me besaste, y tampoco tenías derecho.
- Pensaba que eras una alucinación, solo quería asegurarme de que eras real. – Eso consiguió desestabilizar un poco a la reina. Parpadeó intentando contener una sonrisa.
Emma la miró fascinada. La miró tan profundamente, como solo ella sabía hacerlo, con tanta veneración y tanto amor que creía que su frágil corazón se rompería de un momento a otro si no dejaba de hacerlo.
- Me encanta cuando los ojos te brillan de esa forma. – Le susurró sin dejar de mirarla y fue ella la que finalmente esbozó una tímida sonrisa. Una que parecía triste. Apretó sus ojos y dejó salir de nuevo el aire, como si hubiera conseguido quitarse un peso de encima. Entonces le preguntó lo que siempre había querido saber.
- ¿Por qué siempre eres así conmigo? ¿Por qué siempre me tratas así?
Emma entendió perfectamente a lo que se refería. Si por ella hubiese sido, le hubiera contestado simplemente la verdad "Porque te quiero. Porque estoy loca por ti." Pero eso habría sido lo más simple. Sabía que Regina quería saber más, necesitaba saber por qué la quería. Y ella estaba dispuesta a decírselo. No le importaba haberse doblegado de nuevo porque ella no consideraba que hubiese hecho tal cosa. Regina había estado allí. Regina estaba allí. Regina siempre había estado allí, con ella, acompañándola. Siempre. Desde el primer momento en que la vio. Siempre, y desde aquel momento supo que daría su vida entera, todo lo que era, todo lo que tenía, por lograr algún día llegar a ella. A su corazón. Y sabía que eso lo había logrado ya. Sabía que Regina la quería. Y sabía que era una estupidez negarse a algo que ella deseaba incluso más que respirar para vivir. Lo había sabido siempre, solo que le había costado aceptarlo después de tantas cosas por las que habían pasado.
- ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos, en la laguna? – La reina asintió.- No sabría explicártelo, pero fue...mi corazón no dio ningún vuelco y nada se removió en mi estómago...pero...fue como si...de repente...no me bastara con mirarte una vez sino que tenía que hacerlo dos o incluso tres...y después seguir mirándote porque simplemente mis ojos querían disfrutar de lo que habían descubierto...no fue como en los cuentos románticos. Simplemente te vi. Te vi y desde ese momento, desde el momento en el que desapareciste ante mis ojos y descubrí un vacío que no había existido antes en mí, porque simplemente no te conocía, supe que no podría dejar de verte. Así que no lo pensé. Cogí mi caballo y corrí a buscarte. Tenía que verte, tenía que saber de ti. No puedo decir que me había enamorado pero sí que te había visto. Como te veo ahora, a través de esos ojos. Esos ojos en los que podría perderme...- susurró esta vez más bajito, como perdida entre sus propios pensamientos. Los ojos marrones brillaron por las lágrimas que se amontonaban en su interior y que se negaban a salir. Emma era sencillamente fascinante. Había tanto amor...sentía tanto amor...que no sabía cómo había podido hacer lo que había hecho durante tantos años. Huir de ella, hacerle daño, negar sus sentimientos. – Cuando llegué y...bueno pensé que no podría hacer más el ridículo que cuando me presenté ante ti...pero me sorprendí a mí misma cuando me obcequé en acampar delante de las puertas de tu palacio – ambas rieron y eso hizo que Regina soltara las lágrimas que estaba guardando. Se secó de inmediato y se sorprendió al sentir el dedo de Emma ayudándola con suavidad a hacerlo –...nunca pensé que fueras como todos me habían contado. Sabía que no eras la reina malvada, sabía que en esos ojos podía ver a Regina, a la verdadera Regina, y no me equivoqué.
- ¿Cómo puedes estar tan segura de lo que dices? – Simplemente no podía creerlo. Nadie había creído en ella nunca. Ni siquiera ella misma, ¿Por qué lo había hecho Emma?
- Nunca has podido mentirme, Regina. Siempre he sabido leerte. Bueno...casi siempre que no te empeñaste en...intentar hacerme daño para que me alejara de ti. – Se corrigió. – Sé que solo actuaste así porque tenías miedo. Estabas demasiado dañada y demasiado asustada. Habías pasado por mucho. Y puedo entenderlo. Aun así sé que no eres así.
- Pero te hice daño, te hice daño y...- aún le costaba controlarse cuando pensaba en todo el dolor que le había causado - ...me aproveché de ti y te oculté la existencia de Henry, solo por puro egoísmo. Nunca pensé en ti y...
- Eso no es cierto. – Regina frunció el ceño y la miró – sabes que siempre pensaste en mí. Solo fuiste demasiado cobarde para aceptar tus sentimientos. – La morena no podía creer lo que oía.
- Eres igual de estúpida que de pretenciosa. – espetó casi molesta. Emma sonrió con ganas.
- Sabes que tengo razón. Y sabes que es justo por eso que te gusto.
- Sé que tienes razón. Lo que no sé es por qué demonios estás tan segura de eso cuando todo lo que te he demostrado siempre ha sido lo contrario. – Dijo casi desesperada. De una u otra forma, siempre conseguía romper todos sus esquemas. Y lo peor era que sospechaba que lo hacía porque simplemente ella era así.
- Ya te lo he dicho, Regina. Siempre he sabido verte...o casi siempre. – Se corrigió de nuevo pensando en Henry mientras se rascaba la cabeza.
- Me exasperas. – Fue todo lo que a reina le dijo. Y era verdad. Ambas sabían que era la verdad. Emma intentó controlarse, pero sus ojos delataron su sonrisa. Cuando la morena se dio cuenta fue ella la primera que soltó el aire e incrédula se atrevió a reír tímidamente. Como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Lo que le estaba pasando. – Tuve mucho miedo. – Se atrevió a confesar después de unos segundos en silencio. – Cuando te fuiste yo...pensé...quería decirte tantas cosas...pero pensé que no tenía derecho, pensé que no podía...y...todos esos días fueron...horribles...cuando llegaron noticias de la batalla me desesperé...nadie sabía nada de ti, nadie te había visto, pensaba...- sollozó – pensaba que habías muerto y yo...
Emma no la dejó que continuara. Simplemente la abrazó. Ella la rodeó por la cintura y se dejó arropar por la rubia. Allí era donde encontraba toda su paz. Entre sus brazos. No había sensación igual a esa. Y tampoco hubiera sabido explicar lo que sentía si alguien se lo hubiera preguntado. Solo sabía que aquel era su lugar en el mundo. Simplemente lo necesitaba. Lo necesitaba para vivir, necesitaba aquellos brazos, el calor de aquel cuerpo, el vaivén de aquella respiración, aquel pulso, aquella risa infantil, aquella mirada engreída, aquella forma de vida...la necesitaba.
Necesitaba a Emma en su vida. Quería tener a Emma en su vida. A su lado. Quería acompañarla en el camino. Quería acompañarla siempre. Quería quererla y que la quisiera. Quería perderse con ella y también perderse en ella. Quería recorrer todos los rincones de su cuerpo. Quería sentirla, quería que la hiciera suya, quería que la besara y la abrazara siempre. Quería hacerla rozar el cielo, gritar su nombre y quería hacer que solo fuera así con ella. Quería que se volviera loca pero por ella. Quería que se obsesionara y la llevara a la locura junto a ella. Quería todo y más con aquella princesa estúpida que la envolvía entre sus brazos en aquellos momentos. Quería todo eso y más con la mujer que le había dado un hijo. La mujer que había conseguido cambiar su vida por completo. La única que le había dado luz en una vida de sombras.
- Emma – pronunció su nombre con energía. Pero Emma tenía algo mejor que decir y no la dejó continuar.
- ¿Te gustaría que formásemos una familia?
- ¿Cómo? – Se quedó tan en shock que ni siquiera estaba segura de lo que había escuchado. Emma estaba acelerada y nerviosa. Podía sentirlo, su puso se había disparado. Y el suyo propio no se había quedado atrás, desde luego.
- Henry, tú y yo. Podríamos formar una familia si tú quisieras...
- No sabes lo que dices.
- Créeme cuando te digo que nunca he estado más segura de lo que digo. He querido esto toda mi vida. Hemos vivido separadas mientras compartíamos a nuestro hijo, casi muero en esa maldita guerra que le ha costado la vida a mi mejor amiga...he perdido demasiado Regina...he perdido demasiado tiempo. Yo te amo. – dijo casi ahogada - Te amo a ti y quiero estar contigo. No quiero seguir negando o haciendo como que no sucede nada entre nosotras. Ambas sabemos que eso no es verdad. Yo no te odio y tú no me odias. Lo sabes tan bien como yo. Te amo, Regina. A ti. Te amo por ser tú. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. Y no quiero vivir más tiempo separada de ti.
Regina no aguantó más. La cogió por el broche de su túnica y la acercó hasta ella. La besó con ganas, con intensidad y con amor. ¿Cómo era posible que su corazón tuviera la capacidad de sentir lo que sentía hacia Emma? ¿Cómo era eso posible? Era tan fuerte que no sabía cómo manejarlo, no sabía cómo expresarlo. Era tan extraño...Sin embargo, en aquel beso, a través de aquel beso fue la única forma que encontró de decirle todo lo que sentía. Deseó transmitírselo. Deseó que Emma sintiera en aquel beso todo lo que ella misma sentía en su interior y no era capaz de expresar.
Y debió ser así. Porque cuando rompieron el contacto para poder respirar Emma sonrió, como embobada, no sabría explicarlo, algo que la hizo sonreír. Y sonrió aún más cuando la rubia abrió los ojos y la miró maravillada. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo se podía sentir así y tan fuerte?
- ¿Eso es un sí? – Le preguntó casi con tono infantil.
Quería gritarle que sí. Se sentía tan eufórica que quería gritarle que sí, tirarse encima de ella y hacerle el amor allí mismo. Pero entonces pensó en su vida. En todo lo que había pasado y eso la detuvo.
Emma pudo notar la duda en sus ojos. Y creyó saber a qué podía deberse.
- No debes tener miedo, Regina. Yo jamás te abandonaré. Jamás te haré daño, te lo aseguro. Solo necesito que me des una oportunidad, solo necesito que te des una oportunidad. Que nos des una sola oportunidad para ser felices, Regina. Solo una, no necesitamos más. Una y te prometo que no habrá más miedos entre nosotras, te prometo que intentaremos vivir una vida feliz. Y te aseguro que no seré capaz de hacer eso si no es contigo a mi lado.
- ¿Eso es una amenaza? – Preguntó la reina, a su pesar, con una sonrisa en sus ojos.
- Sí, eso es totalmente una amenaza. – La voz de la rubia la hizo reír incluso más. Aturdida porque simplemente no podía negarse más a la evidencia.
- Emma...- susurró mientras buscaba sus ojos de nuevo – te amo. Te amo con todo mi corazón...- eso hizo que el pecho de la rubia se hinchara y todo explotara en su interior. Por fin lo había dicho. Por fin se lo había dicho. Por fin lo había escuchado de sus labios. La amaba. La amaba. No eran imaginaciones suyas. Regina la amaba. Esa mujer que tenía delante de ella la amaba. La amaba. Con una sonrisa dibujada en la cara se acercó a ella con prudencia. La rodeó por sus caderas y la atrajo un poco hacia ella. Reteniéndola. Sosteniéndola. – Pero...han pasado tantas cosas, te he hecho tanto daño...- Confesó.
- Lo sé y no puedo hacer nada para borrarlo pero te puedo asegurar que trabajaremos en eso juntas. – Regina rio un poquito. Si no conociera su parecido en ocasiones podría dejar de pasar por ser de la familia de los encantadores. – Yo también tengo miedo. Pero eso es algo inevitable ¿no? Más después de lo que nos ha costado llegar hasta aquí...- Emma le sonrió socarronamente mirándola desde abajo esperando a que reaccionara. Exactamente igual que lo hacía su hijo Henry. ¿Cómo resistirse a aquello? No podría hacerlo en ninguna vida que le tocase vivir.
Le sonrió y volvió a besarla, esta vez con más frescura. Con más energía. Con más alegría en su interior. Ninguna pudo dejar de sonreír en aquel beso. Sus labios se rozaban y se acariciaban pero sus sonrisas estaban ahí. Simplemente porque no podían dejar de estarlo. Emma se apartó un poquito a posta. Estaba segura de que no lo dejaría ahí.
- Dilo. – Regina puso los ojos en blanco. La miró muy seria pero no pudo evitar complacerla. Quería complacerla en todo. En todas las idioteces que se le ocurrieran. Había decidido, en aquel mismo momento, que quería tener eso en su vida.
- Quiero tener una familia contigo. Henry, tú y yo. – Su voz era tan ronca y profunda que Emma casi no consigue seguir el hilo de sus palabras solo por el despiste de lo que le provocaba aquella mujer solamente hablándole y mirándola de aquella forma en la que tanto le gustaba que lo hiciera. – Te amo, princesa Emma. Quiero que estemos juntos los tres, y que nunca más vuelvas a dejarnos para irte a ninguna otra absurda guerra...
- No lo haré. – Se acercó aún más a sus labios. La reina asintió satisfecha.
- Quiero acostarme contigo todas las noches y despertarme a tu lado todas las mañanas, quiero estar contigo, disfrutar de tu cuerpo y que tu disfrutes del mío – Emma casi suelta un jadeo de placer. A duras penas consiguió contenerse. – Quiero quererte...y quiero cuidarte, y quiero que tú hagas lo mismo conmigo...
- Será un placer...- susurró la rubia más cerca de sus labios con los ojos ya a medio cerrar por el placer que le producía imaginar todo aquello...
- ...y con nuestros hijos...
- ¿Con nuestros hijos? – Abrió los ojos y se retiró con el sobresalto reflejado en su mirada. Regina esbozó una sonrisa perversa y asintió satisfecha antes de continuar.
- Puede que podamos tener más hijos...
- ¿Más hijos? – Emma estaba un poco perdida y eso la divertía bastante. Ella asintió en un murmullo acompañado de un movimiento afirmativo de cabeza. La rodeó por su cuello y la atrajo hasta ella. - ¿No hablas en serio verdad?
- Por supuesto que sí, princesa Emma...no pensarías que me iba a conformar con uno ¿verdad?
- ¿Es eso cierto? – La retiró un poco de repente muy seria. Deteniendo el juego que la reina había iniciado. - ¿Desearías tener más hijos conmigo? – Regina dudó un poco pero le dijo la verdad. Estaba jugando con ella pero aun así ya lo había pensado antes y la respuesta era sí.
- Sí.- Le respondió en voz alta. Los ojos de la salvadora se llenaron de lágrimas. Algo que ninguna esperaba.
- Emma... ¿Qué ocurre? – Se preocupó la reina. Ella negó con la cabeza. Medio llorando y medio sonriendo.
- Nada...es solo...que nunca habría imaginado que alguna vez pudiera haberme sentido así...tan...feliz...contigo...todo esto...
Regina le regaló la sonrisa más hermosa que había visto en la vida y antes de besarla de nuevo, le susurró al oído "Yo tampoco".
Fin.
¿Os ha gustado el final o no? Me gustaría saber qué os ha parecido, si no es molestia...opiniones buenas y malas...
Tengo que decir que ha sido un placer.
Hasta pronto!
