CAPÍTULO 10


— Espero que no vaya a volver a nevar — oyó suspirar a Carole.— Aun estamos época de nieve.

A la mañana siguiente, temprano, los Hummel emprendieron el camino hacia Dayton. Había pasado menos de una hora desde su partida cuando el cielo se ensombreció violentamente y el viento sopló con más fuerza. Observando los primero copos de nieve, Kurt se estremeció y rezó para que sus padres llegaran a la casa de sus amigos sin contratiempos.

Media hora después sonó el teléfono y no se sorprendió cuando el señor Hummel le comunicó que habían decidido quedarse a pasar la noche en Dayton, en la casa de sus amigos.

—Me parece muy sensato, papá. Está nevando tanto que apenas puedo ver el sendero desde la ventana.

—Sí, es lo mismo acá, aunque apenas acaba de empezar. Los pronósticos del clima son malos, y lo menos que necesita Carole ahora es quedar atrapada en una tormenta de nieve. Sin embargo, se preocupa por ti, hijo. ¿Estarás bien?

— Oh, papá, ya soy un adulto. He vivido solo durante muchos años, ¿recuerdas? —Oyó la risa divertida de su padre.

—Claro, hijo. Pero ya sabes cómo son las chicas.

Una vez que colgó, decidió llamarle a Thad. Se había quedado muy preocupado por la llamada de Sebastian informándole que ya estaban separados. Supuso que Thad había decidido regresar a NY, así que marcó.

—¿Thad?

—¡Kurt! ¡Qué sorpresa amigo!, ¿Cómo estás?

— Te mentiría si te dijera que bien...

— ¿Por qué, Kurtie? ¿Qué está mal?

— Nada... no te preocupes... pero lo más probable es que regrese a Nueva York, así que seguramente nos veremos muy pronto, Thad. ¡La verdad es que te extraño mucho!

— Owww... yo también te extraño, Kurtie. Pero anda, cuéntame qué pasa, ¿por qué te oigo tan decaído?

— Estoy enamorado y no soy correspondido... Fin de la historia —suspiró Kurt. —Pero hey, yo no llamé para hablare de mis problemas amorosos... ¿Sabes que me llamó Sebastian?

— ¿Cuando? No estaba enterado. Supongo que te dijo que...

— Que lo dejaste. Thad de verdad estoy sorprendido y siendo honesto, me da mucho gusto que por fin te hayas decidido a hacer algo por ti. Pero, ¿estás bien? Yo se cuanto lo amas.

Thad suspiró.— En realidad... estoy muy bien Kurt... yo —la voz de Thad se escuchaba nerviosa a través del teléfono. Kurt notaba que algo pasaba con su amigo.

—¿Tu...?

— No te voy a negar que todavía lo amo.

—Y él te ama, Thad. Él mismo me lo dijo.

—Sí... yo se que me ama... pero las cosas han cambiado Kurtie. Yo necesitaba este tiempo para mi... y además... —rió nerviosamente.— ¿Crees en el destino?

—Bueno... todo depende, ¿por qué lo preguntas?

— Porque mi destino tiene unos hermosos ojos grises y se llama Dominic.

Kurt se sorprendió enormemente ante esta confesión. —Estás saliendo con alguien, Thad Harwood? —nunca se hubiera imaginado que su amigo superaría tan rápidamente a Sebastian.— ¡Woah! ¡Esto sí que es una noticia!

— Bu-bueno... ¡No! no... bueno sí... yo no... aun no...

Kurt no podía parar de reír ante las evasivas de su amigo. —Venga, Harwood. No hay de qué apenarse... aunque bueno... yo creí que regresarías con Bass. Pero okay, olvidémonos de Smythe. Cuéntame todo acerca de este Dominic tuyo.

Y así Thad le platicó a su amigo su primer encuentro con el misterioso hombre de ojos grises y de todo lo que había sucedido con él en estas semanas. Antes de colgar, Thad le sugirió que si regresaba a Nueva York, podrían compartir apartamento, a lo que Kurt se negó rotundamente —Oh no, no no Thad. No quiero interrumpir ninguna... escena, ya sabes... de tipo sexual

—Púdrete, Hummel.

Una vez que colgaron, Kurt se puso a pensar en lo cambiado que había escuchado a su amigo, y que si ese tal Dominic era el causante, le estaría eternamente agradecido. Vino a su mente su otro amigo, Jeff, y Kurt se dio cuenta que no había sido muy agradable con él que digamos desde el día que regresó a Nueva York. Le debía una disculpa, así que planeó llamarle.

Estaba a punto de marcar el número cuando se percató de que afuera estaba oscuro y nevaba de manera tan intensa, que era imposible ver dónde terminaba la tierra y dónde comenzaba el cielo. Se apresuró a ir a la chimenea y se percató de que no había suficientes leños. La llamada a su amigo Jeff tendría que esperar. El viento era tan fuerte que, cuando fue a abrir la puerta trasera para recoger los leños, la fuerza del aire le arrebató la puerta de las manos y la estrelló contra la pared con un ruido ensordecedor.

La nieve se había acumulado ya ante la puerta y Kurt tuvo que regresar para ponerse las botas, antes de salir a buscar los leños que necesitaba. Finalmente y después de muchos esfuerzos consiguió su objetivo y ahora se encontraba sentado cómodamente ante el cálido fuego.

Era momento de ponerse las pilas y ver qué haría de su vida. ¿Sería buena idea regresar a Nueva York? ¿Debería quedarse en Lima? ¿Soportaría mirar a Blaine siendo feliz al lado de otro hombre? Carole le había dicho que Nick había regresado a Nueva York pero... eso no garantizaba que ellos hubieran terminado. Y aunque así fuera, Blaine y él no tenían ya nada en común. Blaine lo había herido demasiado y había sido muy claro en su postura. Blaine no lo amaba y debía aprender a vivir con eso.

Un dejo de nostalgia le oprimió el pecho al recordar lo felices que habían sido en sus épocas de adolescente. Si él no hubiera seguido los consejos de su amiga Santana, quizás las cosas ahora serían completamente diferentes. Tal vez en estos momentos estaría acurrucado en compañía de Blaine, cubiertos por una manta, mirándose a los ojos, besándose y acariciándose, diciéndose mil y un cosas sin necesidad de palabras... Blaine quizás le diría que lo amaba... El hubiera no existe. Sacudió esos pensamientos de su cabeza y se concentró en lo importante. Su regreso a Nueva York.

Nueva York...

¡Jeff! Se había olvidado de llamar a Jeff. Se dirigió al teléfono y empezó a marcar el número de su amigo. Seguramente no estaba en casa ya que escuchó el sonido de una grabación: Ya sabes qué hacer. Después del bip, Kurt dejó su mensaje:

Hey Sterling! Yo... te debo una disculpa. No he sido muy agradable estas últimas semanas, pero te quiero!. Ojalá podamos charlar pronto.

Después colgó.

Estaba acomodándose nuevamente frente al fuego cuando oyó el ruido del motor de un auto. Se levantó y se dirigió al ventanal. Miró hacia el sendero de entrada y vio la silueta azul de un Land Rover a través de la ventisca. El vehículo se detuvo frente a la cerca y, el conductor descendió.

Incluso enfundado en un grueso abrigo de lana, Kurt reconoció a Blaine. Llevaba la cabeza descubierta y su cabello estaba alborotado por el viento.

¿Qué hacía allí?

— Kurt, necesito tu ayuda —dijo, después de haber tocado a la puerta y haberse encontrado con él en el umbral.

El castaño lo miró fijamente, sin responder.

— Escucha, no tengo mucho tiempo. Venía para acá para hablar contigo cuando recibí la llamada de una de mis pacientes diciéndome que ha iniciado un trabajo de parto prematuro; vive a unos kilómetros de aquí y no podré llevarla a tiempo al hospital. Por suerte, acabo de adquirir este Land Rover que me ha servido para movilizarme.

¿Blaine venía a hablar conmigo? ¿De qué? ¿Por qué todos tienen un interés repentino por hablar conmigo? —pensaba Kurt.

— ¿Kurt?

— ¿Si?

— Te decía que venía para acá a hablar contigo cuando recibí...

— Si... te escuché... No escuché mal... Él venía a hablar conmigo...

— Por favor —le decía el médico notando la confusión en el rostro del castaño. —Tengo que hablar contigo pero ha surgido esto. ¿Me ayudarás?

— Pero... yo no puedo ayudar — dijo Kurt con voz incierta.— No tengo preparación médica.

— No te quiero para eso —repuso Blaine con cierta impaciencia.— Deseo que me ayudes cuidando a los hijos de la señora. Su esposo está de viaje. Se supone que regresa hoy dentro de unas horas. Le pediría a Carole que los cuidara, pero...

— Carole y papá no están en casa. Se quedarán en Dayton con unos amigos.

Finalmente Kurt accedió. Fue un trayecto espeluznante, apenas a unos seis kilómetros de la casa de los Hummel, pero el clima no ayudaba. Era la peor nevada de los últimos años registrada en Lima.

Tres veces el Land Rover se atascó en la nieve, y Blaine tuvo que ingeniárselas para poder avanzar otra vez.

Kurt apenas podía creer que lo lograrían cuando por fin, Blaine detuvo el vehículo frente a una casa.

Dos pequeñas cabezas asomaron por la puerta trasera a la vez que el castaño se bajó del Land Rover. Los niños eran gemelos sin duda, decidió Kurt y siguió a Blaine al interior de la casa. La cocina estaba calentada por el fuego de una enorme estufa, y la aflicción en el rostro de la mujer contaba toda la historia.

—Lamento el retraso —se disculpó Blaine.— ¿Cómo se encuentras?

Kurt casi pudo sentir en su cuerpo el espasmo de dolor que contrajo el rostro de la mujer, cuando ésta se inclinó hacia adelante. Pasaron varios segundos antes que pudieran hablar.

—No creo que tarde mucho. No sabe cuánto me alegra que haya venido, doctor —miró a Kurt por primera vez cuando se acercó. La mujer le dirigió una débil sonrisa.

—Traje a Kurt para que cuide a los niños —explicó el médico, mientras consultaba su reloj; medía la frecuencia de las contracciones sin duda, pensó Kurt con nerviosismo. Nunca había tenido mucho trato con niños y jamás había estado presente durante el nacimiento de uno.

— Tengo todo listo arriba doctor — informo la mujer embarazada.

— Muy bien, señora Thomson, estaré con usted en un minuto. ¿Podrás arreglártelas aquí abajo? —preguntó el médico a Kurt dirigiéndole una cálida mirada y sonrió de manera tranquilizadora a los tres chiquillos que lo miraban con diferentes grados de temor.

— ¿Mami va a tener a nuestro bebé? —dijo a media voz la mayor de ellos.

— Si, eso creo —el castaño acarició su mejilla y se volvió a Blaine.— ¿No debo hervir agua o algo? —preguntó Kurt.

Blaine rió.— No.

Hacía mucho, mucho tiempo que Kurt no lo había escuchado reír con naturalidad y pudo sentir que su corazón se aligeraba en respuesta, al recordar aquellos días más inocentes en los que se había conformado sólo con su amistad. Definitivamente no era su imaginación. Blaine Anderson estaba actuando de manera sumamente extraña.

Mantener a los chicos ocupados no fue una tarea demasiado difícil. Estaban bien educados y el hecho de que el castaño fuera un desconocido los inhibió un poco pero cuando Kurt vio la consola del x-box y sugirió que jugaran a eso, los chicos comenzaron a relajarse. Kurt no era muy bueno con las consolas de videojuegos, pero recordaba a Finn pasando horas y horas con ese aparato entre las manos.

De vez en cuando, Kurt alzaba la mirada hacia el piso superior esperando que todo resultara bien para la señora Thomson y su bebé.

Cuando la mujer gritó, los gemelos alzaron la mirada con temor y uno de los pequeños se acurrucó, asustado, en el regazo de Kurt. Él le acarició la cabeza con ternura.

— Mami grita.

El ojiazul lo miró sin saber qué hacer o decir, pero Lyn, la mayor, salió a su rescate, diciendo con la sensatez de una adulta en miniatura:

— No te preocupes Christopher... es como cuando Betsy tuvo a sus cachorros.

Era una forma de ver la situación, se dijo Kurt con ironía. Los niños no estaban habituados a los alumbramientos. Nadie lo estaba, para ser francos.

El tiempo pareció alargarse mientras Kurt esperaba en temeroso silencio. ¿Cuánto tiempo tardaba en nacer un niño? Se puso de pie y se dirigió a la cocina para preparar un café.

Cuando regresó, los gemelos le pidieron algo de beber y con la ayuda de Lyn, les sirvió un poco de jugo de naranja. Apenas los había vuelto a acomodar frente al televisor para reanudar el juego, cuando otro grito desgarrador de la madre rompió el silencio.

Kurt contuvo el aliento, abrazando a los gemelos, mientras Lyn, más valiente, se conformó con pararse muy cerca de él.

Desde el descanso de la escalera, escuchó que Blaine lo llamaba y Kurt, aturdido, se levantó y se apresuró a atravesar el cuarto.

— ¿Puedes venir un momento, Kurt? —El médico parecía calmado, aunque impaciente. Luego de tranquilizar a los pequeños, Kurt subió de prisa por la escalera. Sarah Thomson estaba acostada, con el rostro contraído y el oscuro cabello pegado a su frente a causa del sudor. Kurt experimentó una profunda compasión al escuchar sus gemidos

— ¿Qué sucede? —pregunto al médico con ansiedad.— Blaine, yo...

— Está bien. Todo lo que quiero es que permanezcas junto a Sarah para que te sujete una mano ¿Puedes hacerlo?

La mujer se retorcía y gritaba y Kurt olvidó su temor.— Moja un lienzo en agua fría, para que le limpies la cara —instruyó el médico.

Cuando se sentó en el borde de la cama siguiendo las instrucciones de Blaine, y sintió que las uñas de Sarah se hundían en su carne, incluso Kurt, en su ignorancia, supo que ya casi era hora.

Una oleada de amor y admiración lo invadió al escuchar que Blaine alentaba y tranquilizaba a la señora Thompson. Lo miró, observando la total concentración de su rostro antes de volverse para tomar un lienzo y acercarse a él para limpiar cuidadosamente el sudor que perlaba su frente. Blaine lo miró sorprendido por esa acción y le regaló una sonrisa. En sus ojos había una mirada que Kurt no alcanzaba a descifrar.

—Sólo un esfuerzo más, Sarah. Puedes hacerlo. Otro.

Un fuerte temor invadió a Kurt cuando, como hipnotizado, contempló el momento maravilloso del nacimiento de un ser humano.

En su aturdimiento y asombro oyó que Blaine decía con tono cansado aunque satisfecho.

— Felicitaciones, Sarah; tienes otra hija.

Desde su lugar en la cama, Kurt observó, con fascinación, cómo el médico colocaba a la diminuta nena sobre el vientre de su madre. Había lágrimas en los ojos de Sarah Thomson cuando alargó una mano para tocar la cabeza húmeda de su bebé.

— Kurt, ¿podrías bajar y preparar una taza de té? — sugirió Blaine con voz gentil. Por un momento, el castaño permaneció inmóvil, contemplándolo. Sus miradas se encontraron. Fue una fracción de segundos y luego, como saliendo de un sueño, se dirigió a la cocina.

Abajo, los niños lo miraron con ojos dilatados e interrogantes, y Lyn preguntó al fin.

— ¿Ya llegó nuestro nuevo bebé?

— Ya, y es una nena —informó Kurt— Su madre necesita dormir ahora pero en cuanto haya descansado podrán subir a verla.

— Estás llorando —dijo uno de los gemelos y cuando Kurt se llevó una mano a los ojos humedecidos, se percató de que en efecto, lloraba. Se sentía privilegiado y lleno de emoción por haber podido presenciar la magia de un nacimiento en manos del hombre que tanto amaba. Era algo que recordaría toda su vida.

Permanecieron ahí hasta que el señor Thompson llegó. Había cesado la tormenta de nieve y el viento comenzaba a aminorar. David Thomson les dio las gracias, con lágrimas en los ojos. Los niños ya habían visto a su madre y a su nueva hermana, y Lyn indicaba a sus hermanos, con tono solemne, que no debían tocar a los bebés con las manos sucias.

Había oscurecido cuando Blaine y Kurt salieron de ahí; la nieve comenzaba ya a congelarse. Kurt se estremeció.

Les llevó casi una hora regresar a su casa. Extrañamente, los envolvía un cómodo silencio, pero en todo el trayecto Blaine intentó ser valiente e iniciar la conversación. Pero ¿qué debía decir? ¿perdóname por haberte insultado hasta el cansancio? ¿soy un idiota y te amo?.

— No va a ser tan fácil, Anderson. Y sí, eres un idiota. —Blaine se sorprendió de haberlo dicho en voz alta.

Kurt tenía la mirada perdida hacia el exterior, pero se volvió hacia Blaine cuando lo escuchó hablar —¿Perdón?

— No... nada... Sólo pensaba

— Okay —volvió nuevamente su mirada hacia el exterior. Lo que daría por saber lo que hay en tu mente, pensaba Kurt.— Fue... increíble eso que hiciste... con la señora Thompson.

— Es parte de mi trabajo, Kurt. Ayudar a una madre a dar a luz es una de mis más grandes satisfacciones.

Kurt deseó poder acortar el espacio entre ellos y envolverlo en sus brazos. Estaba tan orgulloso de él aunque para Blaine no fuera importante.

Una vez que llegaron al sendero que conducía a la casa, Kurt se puso tenso cuando buscó en vano, una espiral de humo proveniente de la chimenea de la sala.

Al percibir su tensión, Blaine lo miró. —¿Qué te pasa?

—Creo que se apagó el fuego de la chimenea de la sala.

Blaine frunció el ceño. —Si es así, la casa estará hecha una nevera.

— Pero tenemos calefacción — le recordó Kurt cuando el médico detuvo el Land Rover frente a la puerta. El ojiazul trató de bajar del vehículo mientras hablaba, pero Blaine se le anticipó y antes que pudiera descender, él estaba del otro lado, ofreciéndole la mano para ayudarlo.

Kurt lo siguió al interior de la casa, con el corazón agitado. Vio que Blaine revisaba el aparato de calefacción central mismo que estaba descompuesto.

— Más vale que vengas conmigo a mi casa —informó al incorporarse.— Si te dejo aquí, te congelarás.

— ¿No se molestará Nick? —se oyó preguntar Kurt, con voz áspera. Los ojos de Blaine se ensombrecieron.

—¿Por qué tendría que molestarse? —inquirió él —Eres alguien muy importante para mi y no puedo permitir que pases la noche en una casa helada cuando la temperatura sigue descendiendo aún más mientras yo estoy en mi casa acurrucado en mi sillón favorito y completamente calientito apenas a unos cuantos kilómetros de aquí.

— Quizá tampoco tu calefacción está funcionando —sugirió Kurt.

¿Qué había esperado? ¿Que él negara que Nick tenía derecho a cuestionar sus decisiones?

—Es muy factible. —aceptó Blaine con voz serena.— Sin embargo, a diferencia de ti, tuve la sensatez de asegurarme de que todos los fuegos estuvieran encendidos antes de salir... Además, necesito hablar contigo. Nick se ha ido a Nueva York.

—Yo también lo habría hecho —respondió Kurt de inmediato cambiando de conversación. No tenía ningún interés en escuchar lo que Blaine tenía o quería decirle.

— ¿Qué cosa? —preguntó Blaine.— ¿irte a Nueva York? —La expresión en el rostro de Blaine se apagó

—No... Hablo de los fuegos... los hubiera encendido si no me hubieses sacado de mi casa como lo hiciste. —De repente, el rostro de Blaine se relajó en una amplia sonrisa. Un gesto que recordó al castaño otras épocas más felices. Lo miró con enfado cuando Blaine dijo en son de broma:

—Siempre fuiste una terrible fierecilla, Kurt. Quizá eso tenga alguna relación con el color de tu cabello. —le quitó la capucha de la sudadera y le acarició tiernamente un pequeño mechón que estaba fuera de su lugar.

El calor ascendió por el cuerpo del ojiazul mientras se apartaba de él, nervioso. Blaine se perdió en las profundidades azules de los ojos de Kurt. Sería más fácil hablar con él en su casa, donde no pudiera salir corriendo.

— Tienes diez minutos para recoger todo lo que puedas necesitar. ¿A qué hora esperas que regresen tus padres? —preguntó Blaine.

— No tengo idea. Iban a regresar esta noche, pero mi papá llamó para avisarme que, debido a la tormenta de nieve, tendrían que quedarse a pasar la noche en Dayton.

— Mm... Bien, si me das el número de sus amigos, llamaré para decirles dónde estarás mientras recoges tus cosas.

Este era el hermano mayor que Kurt recordaba de sus días infantiles. Estaba dispuesto a protestar que podía cuidarse solo, pero mientras buscaba el número telefónico de los amigos de su padre, comenzó a temblar debido al aire gélido.

Blaine estaba colgando el teléfono cuando Kurt descendió por la escalera luego de haberse cambiado de ropa y guardado otra en un maletín.

— Tu padre estaba preocupado por ti. Trató de llamar esta tarde para ver si te encontrabas bien. Les expliqué la situación y Carole dijo que no te preocuparas y que regresarían mañana, antes de la hora del almuerzo.

De modo que no tenia que preocuparse se dijo Kurt con ironía mientras permitía que Blaine tomara de sus manos la maleta y luego esperaba, con impaciencia, a que él cerrara con llave la puerta trasera ¿Cómo se suponía que debía sentirse si se veía obligado a pasar la noche en la casa del hombre al que amaba y el cual no abrigaba por él un sentimiento similar? Subieron al auto y se encaminaron a la casa de Blaine.

— El que podría preocuparse seria Nick si supiera que he pasado la noche en tu casa —observó el castaño con ironía.

Blaine le lanzo una mirada de exasperación.

— ¿Por que diablos debe importarle a Nick que pases o no la noche en mi casa? Después de todo, somos adultos conscientes, aunque tú no te comportes como tal.

Kurt se removió con inquietud en su asiento.

—No es mi culpa que todos en Lima piensen que tú y Nick son una pareja establecida — murmuró.

— Deja de decir tonterías, Kurt. Tal vez te consuele saber que Nick dejó de existir al hacer el amor contigo.

—Pero sales con él... —¿Por qué diablos se mostraba tan persistente en el tema?

Blaine había dado vuelta hacia el sendero y Kurt pudo ver su casa, adelante, a la luz de los faros del auto.

— ¿Sí? Parece que sabes más que yo sobre nuestra relación —dijo Blaine con diversión.

Kurt estuvo a punto de recordarle que había ido a Nueva York con Nick pero se dio cuenta de repente que estaba incursionando en terreno peligroso y optó por un prudente silencio.

— Deja de buscar excusas, Kurt —agregó Blaine con aspereza — Lo ocurrido entre tu y yo ya sucedió y por mi parte no lo lamento.

Detuvo el Land Rover con brusquedad. Cuando Kurt se enderezó en su asiento, pudo sentir que el corazón le latía con violencia contra el pecho.

— Kurt... Siento ya no ser el hombre a quien querías... siento mucho haberte insultado... lo lamento más de lo que imaginas... — aseguró con voz triste y Kurt se percató en ese momento, con una punzada de culpabilidad, que él había tenido una tarde muy pesada.— Si quieres que me disculpe por haberte hecho el amor, o que diga que me arrepiento, temo que voy a negarte ese gusto. No... no me arrepiento de eso...

Por primera vez desde que lo conocía, Blaine le dio la espalda; bajó del vehículo y se encaminó hacia la puerta de su casa sin ayudarlo a bajar del auto o volverse a comprobar que lo seguía.

Ya había llegado hasta su puerta cuando Kurt se dio cuenta del frío que sentía y logró seguirlo con paso torpe.

Blaine encendió la luz del vestíbulo y su claro resplandor reveló la tensión que contraía el rostro del médico. Parecía esperar a que el castaño dijese algo pero, ¿que podía agregar? ¿Que tampoco lamentaba haber hecho el amor con él? ¿Que estaría feliz de volver a estar entre sus brazos? ¿Que se encontraba dispuesto a aceptar una aventura superficial, aunque lo destrozara por dentro?

— Kurt... yo... Necesito decirte tantas cosas. Es importante que me escuches.

El momento de hablar había llegado y ahora sí, Kurt no tenía para donde correr.