Capítulo décimo
Lo último que vio Kagome fueron los ojos dorados de su compañero, abiertos desmesuradamente de la impresión; y una ráfaga de viento, que ella no sintió como tal. Luego, cayó con peso muerto sobre los bazos de Inuyasha, mientras que dejaba que sus ojos se cerraran.
Al abrirlos, no estaba en el vestíbulo, y ni había rastro ni del hanyou, ni de sus conocidos.
Era un lugar diferente, y se sentía diferente.
Casi con un escalofrío, se sentía que estaba parada sobre algo firme, pero a la vez en el aire, contando, claro, que el entorno dónde estaba era de color negro y no veía nada. Como si se tratara otra de sus pesadillas, recordó esos tres días que pasó dentro de la Perla de Shikon, atormentada y sin la compañía de nadie, sin la compañía de Inuyasha…
Concentrándose, acumuló en sus palmas una esfera de energía de luz violácea.
Pero seguía en las mismas. Pero efectivamente, parecía que se encontraba caminando en el aire, y sin saber dónde ir.
Kagome… Una voz la llamó. No le era familiar en sí, pero hizo que mirara para todas direcciones.
-¿Quién…? – la Miko caminó unos pasos hacia atrás mientras que giraba en torno a sí misma y extendía su mano derecha hacia delante.
Kagome… Otra voz se dejó escuchar en ese vacío. Pero había algo diferente. Y eso, era que conocía esa voz, pero no captaba muy bien de quién era.
-¿Quiénes son? – preguntó, ya con el ceño fruncido y, literalmente, chispeando de lo molesta que estaba por estar desinformada de lo que le sucedía.
Hubo una tercera voz, con un tono diferente al de las voces anteriores.
Kagome, Kagome… la voz se puso a canturrear una canción muy conocida. Lo que conectaba a las voces entre sí, era que las tres, eran de mujer. Pero en tonos y timbres distintos.
-¿Porqué…? – la chica se volteó, sintiéndose observada.
Pero no había nadie.
Con la esfera de luz en una mano, se puso a caminar a la defensiva. Su nombre siguió escuchando, a un nivel bajo, aterrándola.
Kagome, Kagome… Seguía canturreando la voz.
De pronto, paró su andar, y empezó a recordar la última vez que alguien cantó esa canción.
La última vez que alguien canturreó esa canción, fue… fue…
-Hitomiko… - susurró ella. - Hitomiko...– repitió Kagome. Hitomiko la había usado como una pista para que su cuerpo dejara de ser una marioneta de Naraku. Pero… ¿Y las primeras dos voces?
Kagome…
-¿Eh? – Kagome se volvió a voltear.
Y en el lugar donde miraba, una estructura mediana, que tenía el tamaño de una habitación, se alzaba como si siempre hubiese estado ahí.
-Kagome… - la segunda voz, la llamó con un toque de amabilidad y un canturreó que la obligaba a dar los pasos que la separaban de la puerta.
La cabaña era parecida a una capilla de templo, pintada con color rojo encendido, verde oscuro, dorado gastado y madera gastada y sin brillo. Y como puerta, una cortina de seda color tostado.
La joven subió los tres escalones que la separaban de la entrada, y pisó el interior de la cabaña.
Y el aire que estaba sosteniendo por la expectativa, lo soltó de un solo golpe por la sorpresa al ver a una desconocida y dos muertas dentro de la cabaña.
-Bienvenida, Kagome. – la desconocida tenía un extenso cabello largo y negro como la noche, mirada adusta y serena de color terroríficamente achocolatado. Al mirarla a los ojos, no pudo evitar estremecerse.
Tan parecidos a sus mismos ojos…
-¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué estoy aquí, Kikyo? – la joven Higurashi miró directamente a su reencarnación anterior, en busca de una respuesta.
-Brindándote información, Kagome. – habló Hitomiko. De alguna manera, su presencia la tranquilizó, ya que una era una total desconocida, mientras que la otra había tenido una relación casi hostil por sus lazos con Inuyasha.
-¿A-ayuda? – su voz sonó entre un tartamudeo con un tono totalmente confuso.
-Así es. – habló la mujer que no conocía, pero que sentía haberla visto en algún lugar. – el estar aquí, con nosotras, ya de por sí va contra las reglas de utopía, por lo que trataremos de ser tranquilamente rápidas para brindarte información que, ahora más que nunca, necesitas.
-¿Necesito? – Con nerviosismo, la chica de cabellos cortos se alisó el hakama de su peculiar vestimenta. – Sigo sin entender.
-Tu núcleo se está desatando con mucha rapidez, y no creo que falte mucho para tu metamorfosis. – La voz de la extraña mujer era seria, pero daba un aire tranquilizador y amigable cuando interactuaba con ella.
-Midoriko… - la Miko de una impenetrable barrera protectora sagrada, miró con advertencia a la sacerdotisa con más poder en el cuarto.
-Mientras más sepa, mejor captará la importancia del asunto. – dijo la aludida, sin cambiar su semblante.
Kagome entró y salió en un estado de shock en menos de un microsegundo a causa del nombre de la desconocida.
-Yo opino que lo mejor es que se hable de lo circunstancial, y después ella lo resuelva por sí sola. – el rostro de Kikyo no revelaba ninguna emoción. Pero, súbitamente, sonrió de forma cómplice. – confío plenamente en Kagome para que pueda descubrir por casi sí sola, lo que pasa y pasará a su alrededor.
Nunca había tenido más que dos o tres oraciones de plática con su vida anterior, pero eso no quería decir que no se conocían mutuamente. En una ocasión, las dos cayeron en el interior de un demonio que devoraba Sacerdotisas, y en ese momento de ayuda mutua, había sido el mayor contacto con ella desde que la bruja Urasúe la había "traído" nuevamente al mundo de los vivos.
Sí, hubo momentos en el que deseó en que desapareciera para que Inuyasha no sufra por la frialdad de ese momento que tuvo fuera de su muerte, pero eso tampoco quisiera decir que no la desvaloraba por estar muerta en vida o porque llamaba la atención del hanyou. Incluso cuando la había superado por unos pocos pelos nunca se creyó que ella misma era mejor que Kikyo.
Lo que hizo que Inuyasha fuera perdiendo sus momentos de dolor por su recuerdo y dejara de lado su promesa para acompañarla en su muerte definitiva, fue la frialdad de Kikyo gracias a las almas llenas de rencor, odio y venganza que ella absorbía.
Si hubiese amado verdaderamente a Kikyo, jamás me hubiera enamorado de ti, ¿Tienes alguna otra maldita duda, Kagome? Kagome se había quedado sin habla y con la mente en blanco ante tal sinceridad por parte de Inuyasha, pero eso no quiso decir que él no había obtenido un premio por parte de ella.
-Si seguimos así, se nos va a acabar el tiempo y Kagome no tendrá nada de información. – paró Hitomiko, negando suavemente con la cabeza.
-Muy bien, entonces… - Midoriko volvió a tomar la palabra, mientras que sacaba de sus ropas unos inusuales palillos finos de distintos matices de marrón. Levemente, el lugar donde Kagome se encontraba, se movió junto a ella hasta estar en el centro y entre las tres Sacerdotisas.
El rostro de la joven se mostraba aún más desconcertado.
-No te preocupes, Kagome, solo es una prueba para que nos creas lo que te vamos a contar. – le informó Kikyo, quien estaba frente a ella.
-¿Por qué no tendría que creerles? – preguntó ella, confusa.
-No eres normal, Kagome. – le dijo Hitomiko, detrás de ella. – Pero eso ya lo sabes, ¿Verdad? – eso le sacó una débil sonrisa a la chica.
-Más bien, - la inconsciente creadora de la perla de Shikon volvió a hablar. – no entras en la categoría de "Miko normal". – y sonrió de una forma muy parecida a Kagome.
-No… pues, eso ya lo sabía. – murmuró Higurashi, a voz casi inaudible.
De algún modo, la luz de la habitación de donde se encontraban se había atenuado, quedando casi a oscuras.
Midoriko, de pie, sacó una espada que colgaba guardada a su cintura, y apuntó con los ojos cerrados a medio metro por encima de la cabeza de Kagome, poniéndola nerviosa.
La Sacerdotisa comenzó a recitar un cántico en un idioma antiguo, seguramente incluso para Arashi. Al instante de acabarlo, Kagome sintió fuego por todo su cuerpo. Un fuego abrasante y cálido. Pero este no le quemaba en lo más mínimo. Llamaradas grandes y fuertes que parecían consumir todo y nada a su paso. Pero él no se movió del cuerpo de la chica. Esta, con sus manos temblando, dejó de sentarse correctamente, para dejar sus piernas flexionadas y a cada lado de ella, al mismo tiempo que se miraba las manos, sin dar crédito a lo que veía.
-Descendiente del lord del Este, Occidente, el Fénix escarlata, por parte de madre. – proclamó la mayor de todas. – Lo que te acarrea tu sangre, eso ya es cosa tuya el averiguarlo y dominarlo. – la luz volvió a su tono en el que había estado en un principio, y Kagome volvió a su lugar de forma mágica.
Silencio.
¿Fénix? ¿Qué fénix? ¿Qué diablos tenía ella que ver con él?
Con muchas cosas traqueteando dentro de su cabeza, volvió a mirar hacia el rostro de Midoriko.
-¿Eso solo era? – preguntó, ceñuda y tratando de no reírse. Y es que esa situación, tanto jaleo… ¿Por una oración que ni siquiera ella le encontraba sentido?
-No lo minimices… - le dijo Hitomiko con voz suave. – no es solo cualquier lord… - luego, le cedió la palabra al primer amor de Inuyasha.
-Ese lord en particular, fue el último en su árbol genealógico en forma de un youkai puro. – la hermana mayor de la anciana Kaede miró directamente hacia su reencarnación. – Eso te hace ser mucho más de lo que sabes de ti, ya que la descendencia del Lord Occidental fue decreciendo en su youki, hasta desaparecer hace más de seiscientos años atrás, y convertirse en un reiki.
-¿Eso fue la causa de la expulsión de energía que hice? – preguntó si poder atar los cabos que le daban.
-En parte. – admitió Midoriko. – pero solo eso sabemos nosotras, por ser parte de ti.
-A ver… espera… - pidió ella, en un tono muy moderno que desconcertó a las tres. - ¿Cómo que parte de mí? Lo entiendo de ti, Kikyo, porque soy tú reencarnación. Pero, ¿Midoriko-sama? ¿Hitomiko-san? – preguntó mirando a cada nombrada. - ¿Qué tiene que ver eso?
-En cierto sentido, tiene que ver con la Perla de las Cuatro Almas. – le paro la Miko mayor. Kagome giró rápidamente su cuello en dirección hacia Midoriko. – Quiero decir, que tú eres lo que eres por mi persona. – el rostro de la Sacerdotisa más famosa de la región de Tokio. – A lo largo de lo que fue mi vida, entendí que los objetos mágicos sagrados o demoníacos solo se pueden destruir por su creador o por alguien de mayor nivel que él. – explicó calmadamente y mirándola a los ojos. – Creo saber que lo estás captando, ya que tu pudiste hacerlo, ¿verdad?
-Bueno… - Kagome alargó la palabra torciendo la boca. – No me entra en la cabeza que puedo tener un reiki mayor al tuyo… yo digo que tuve suerte. – y se removió incómoda sobre su lugar.
-No, Kagome… - las tres que la acompañaban suprimieron una risa, y Kagome frunció la nariz, más sorprendida que disgustada. – Cuando estuve a un segundo de sucumbirme a la muerte, La Voz dictó una profecía para que la Perla desapareciera de forma permanente. – y, en un segundo, contorsionaron su cara en una expresión seria y neutra. – La paz se hace con la lucha y la perseverancia, al igual que con la astucia. Tres veces nacerás, tres veces lo intentarás. Si lo logras en tiempo y en forma, en la última, triunfarás.
Kagome se estremeció.
-Déjenme entender… - susurró ella, clavando su mirada en el piso. – Yo… tú… - Kagome entrecerró los ojos de forma pensativa mientras se mordía el labio.
-Eres parte de mí, Kagome, - Dijo Midoriko. – No supe cómo iba a acabar todo desde que escuché esa profecía, pero tenía tres oportunidades a partir del nacimiento de Kikyo, luego en el de Hitomiko, para acabar, quinientos años después, con tu nacimiento y tu viaje al Sengoku. – la mujer unió sus manos, y miró hacia ellas. – Cada una nació de forma diferente a mí, y creó una personalidad muy distinta, pero la tuya, - miró a la Higurashi. – es más de lo que nosotras fuimos.
-Te refieres a ser más liberal, cosa que las mujeres en ese entonces no podían tener el privilegio, ¿Verdad? – las tres asintieron.
-A medida que pase este año, - continuó la mayor. – tu cerebro hará que recuerdes de forma inconsciente todo lo que nosotras habíamos aprendido en vida. – advirtió ella. – Por lo que, ten mucho cuidado. Trata de crear una barrera mental para que todo no te llegue de una. Puede ser un dolor de cabeza que puede durar semanas. – la más joven parpadeó, esperando a que en cualquier momento le dijeran que podía también convertirse en un charco de agua para esconderse del enemigo.
Por suerte, eso no sucedió.
-¿Hay más cosas que tengo que saber? – preguntó con un hilo de voz.
-No lo sé. – admitió ella. – Te rodea una magia que no me pertenece, no en parte, más o menos. Quiero decir, en estos momentos, si yo estuviese viva en el plano de quinientos años atrás, notaría que tenemos, nosotras dos, una relación sanguínea, no que seas mi descendiente, - aclaró ella, al ver a Kagome abrir la boca para hablar. – sino que es un poco más lejano, porque yo no tuve hijos. – explicó ella, suprimiendo una risa.
-Me parece que ya le quitamos mucho de su tiempo a esta chica. – dijo Hitomiko, ligeramente sonriendo.
-Ya veo… - Kikyo rio. – Y me imagino como tiene que estar Inuyasha. – Kagome casi gime por eso.
-Muy pocas cosas cambiaron en él en quinientos años. – masculló la chica por lo bajo. Fue escuchada igualmente por todas. – Y una de ellas, fue su hermoooosa paciencia. – ironizó ella.
-Vayamos a la puerta. – sugirió la mayor, irguiéndose en su lugar, para después pararse.
Las demás la imitaron, y, al salir de la pequeña cabaña, Kagome ya no vio el paisaje de "La nada".
En su lugar, había un extenso prado verde vivo (parecido al verde de los ojos de su primo), con un bosque de un lado, y un pozo muy familiar del otro, donde se erguía el árbol que marcó su vida para siempre. El cielo estaba despejado, y curiosamente, no había ni sol, ni nubes.
-¿Qué es este lugar? – preguntó la joven, mientras divisaba a lo lejos, pero de forma que estaba dentro de un domo, a un gran grupo de templos.
-Donde Monjes y Sacerdotisas vienen después de cruzar el otro lado de la muerte. – Kagome miró a Hitomiko, casi como si le acabaran de decir que tenía que casarse con su hermano menor.
-¿Están…? – Kagome no terminó la pregunta, quedándose sin voz.
-El monje que conocieron tú e Inuyasha está con su esposa y junto a Kaede y con la protegida de Sesshomarû. – le dijo Kikyo, mirado hacia la misma dirección.
-Pero… No puedo ir, ¿Verdad? – se resignó ella. Hitomiko asintió con tristeza.
-No lo podrás hacer hasta que llegue tu hora. – suspiró Midoriko. – A propósito, Kagome, - ella la miró. – gracias por cuidar de Kirara. – le dijo con un brillo cariñoso.
-Algo me decía que ella te pertenecía. – dijo la aludida de forma divertida. - ¿Cómo llegó a ti?
-Un regalo de guerra y alianza con uno de los generales perro que habitaban antes. – la mayor miró el cielo, y siguió caminando hacia el lado contrario al bosque, al pozo devora-huesos.
-Oh… - Kagome, sin poder evitarlo, se adelantó, y, como la última vez que lo vio, tocó suavemente el borde del pozo como si se fuera a desmoronar en cualquier momento.
-Este pozo entró en función desde que naciste. – comentó Midoriko, imitando la acción de Kagome. – pero ahora ya no funciona.
-Esto, como el Goshinboku, son una de las tantas cosas que marcaron la historia en nuestra región, y quedarán en este plano, también, para siempre. – susurró Kikyo, sentándose en el alfeizar del pozo.
-Creo que ya es tiempo que vayas entrando en conciencia. – habló Hitomiko, quedando detrás de Kikyo.
-¿Qué tengo que hacer? – preguntó ella, volteándose hacia ella. - ¿Cómo despierto de aquí?
Kikyo apuntó hacia el pozo, sonriendo.
-Solo tienes que saltar. Nada nuevo. – le dijo sin dejar de sonreír.
-Saltar… - repitió Kagome, torciendo una sonrisa. – Después de esto… aquí no volveré hasta después de morir, ¿No es cierto? – miró directamente hacia Midoriko.
-Eso es cierto. – dijo ella, serena.
-Esto… esto que sucedió… ¿Es real o está pasando solo en mi cabeza? – preguntó, haciendo que las tres sonrían.
-Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Kagome. – aseveró Kikyo.
-Pero, - continuó Hitomiko, sonriendo más anchamente. - ¿por qué eso significa que esto no es real? – preguntó después, chispeando de diversión, junto con las otras tres.
-No te preocupes, querida. – rio Midoriko. – nosotras hablaremos con Lin, Kaede, Miroku y Sango, para contarles lo que te sucedió cuando no pudiste volver al pozo. – le tranquilizó ella.
-Desde ahora, ellos te verán desde aquí. – informó Kikyo, sonriendo cálidamente y señalando el pozo. – cada vez que te surja alguna duda, recibirás un mensaje de algunos de nosotros para una solución. No te preocupes por eso.
-Creo que no habrá falta, Kikyo, Midoriko. – interrumpió Hitomiko. – Ella tiene buenos consejeros, recuerden que está la reencarnación del Inu no Taishô, Tôga. – no dijeron más nada, y las tres se volvieron a ver a la chica que ya se iba.
Kagome miró el rostro de cada una, memorizándolos. ¿Era real pero no era real? Eso lo tenía que analizar con más calma.
-Vete, Kagome. – dijo la hermana de Kaede. – Inuyasha, recuérdalo.
Eso la hizo reaccionar.
La joven se sentó en el alfeizar del pozo, con las piernas dentro de este, casi preparada para saltar.
-¿Ustedes esperarán aquí a mi regreso? – Kagome hizo su última pregunta.
-Hasta ese entonces, si, estaremos esperándote. – afirmó la mayor. – Es más, - siguió ella. –estoy segura de que falta mucho tiempo para ello, y lo harás al mismo tiempo que tu prometido. – la expresión de las tres, se contorsionó de una forma casi burlona.
-¿Prometido? – preguntó ella, casi gritando. - ¿Qué…? – luego, resbalándose del alfeizar, el pozo se la tragó, haciendo que soltase un grito agudo de adrenalina.
-Creo que no debimos de decirle. – opinó Kikyo, mirado hacia el fondo del pozo.
-No te preocupes. – le dijo Hitomiko. – será chistoso ver a Inuyasha como le explica lo que sucedió al mezclar la sangre de ambos. – Kikyo suspiraba y mandaba a llamar a los demás por medio de una de sus serpientes a cargo.
-Esto va a ser divertido. – comentó Midoriko, riendo mientras miraba el pozo.
Que pequeño el mundo es, que pequeño el mundo es, que pequeño el mundo es, muy pequeño el mundo es, ¡Todos juntos! Que pequeño el mundo es, que pequeño el mundo es, que pequeño el mun…
-¡Deja ya esa estúpida canción, por todos los cielos! – se exasperó Bacco, pegándole a su hermano/a.
-Oh, vamos, Bacco, ¡Hay que animar la enfermería! – dijo Joaco, mientras hacía un puchero. – Además, ¿cómo quieres que recibamos a Kagome cuando despierte?
-En silencio y sin hacer ninguna estupidez, de seguro eso la anima un poco. – dijo la voz de Kanade.
-Me encanta que seas amiga mía. – ironizó el chico.
-Solo cállate y no sigas cantando esa ridiculez. – le silenció Inuyasha, ceñudo. Era el que estaba más cerca de la joven Miko.
-¿Qué estará sucediendo con ella? – susurró Kanade, mirándola.
-¿Por qué tengo la sensación de que aún después de ser destruida, la Perla de Shikon sigue haciendo de las suyas? – dijo Koga, alejado pero mirando a Kagome.
-Bueno… nosotros nos conocimos gracias a los fragmentos. – dijo Ayame, al lado del hanyou. Y eso era cierto.
-Está a punto de despertar. – informó Inuyasha, posando una de sus manos en la frente de la chica. Los demás, miraron la cama donde Kagome yacía postrada, a la espera.
Kagome abrió levemente los labios, cerrándolos casi al instante. Frunció ligeramente el ceño, a la vez que pestañaba repetidas veces, para luego mover sus brazos con vacilación y dejarlo como estaba.
-Me resbalé… - murmuró con el ceño fruncido y en un tono de voz solo escuchado por aquellos que tienen oídos muy desarrollados.
-Te desmayaste, Kagome, no te resbalaste. – le habló Inuyasha, aliviado de que al fin despertara.
-¿Qué? – la Miko volteó a verlo, y casi se pierde en el dorado de sus ojos. - ¿La enfermería? -gimió ella, queriendo incorporarse. El peli plateado no se lo permitió. - ¿Qué pasó? ¿Dónde están los demás? No me gusta estar aquí. – protestó ella, gimoteando.
Sus hermanos ahogaron una risita, mientras Ayame reía levemente, Kanade sonreía e Inuyasha la miraba con los ojos bien abiertos. Koga no decía ni hacía nada por miedo a represalias.
-Bu-bueno, es que… - empezó la Ookami, calmando su risa y apoyando un codo en la cama de al lado. – te desmayaste tratando de tranquilizar a Orejitas Tiernas, haciendo que irremediablemente en el proceso te rasguñara uno de tus brazos. – resumió ella, haciendo una mueca.
-¿Rasguñar? ¡Ni que fuese un gato, Ayame! – protestó el aludido. - ¡Y deja esos sobrenombres tontos para otro que no sea yo! – añadió mientras gruñía.
Kagome rio con la voz un poco rasposa.
-Agua. – pidió ella, todavía riendo. Al segundo, Bacco le alcanzó un vaso con agua desde el otro lado de la cama. -¿Dónde está el señor Arashi? ¿Y Harry? ¿En dónde se metió Canuto junto con Lunático y el viejo director? – preguntó después, una vez de haber tomado todo el vaso con agua.
-Mi viejo se fue a Hogsmeade, Harry se fue a hacer pruebas para el equipo de Quidditch, el chucho se fue a preparar su próxima clase, Lunático fue junto con él y el viejo Dumby fue en busca de lo que nosotros sabemos con Snape. – Inuyasha contestó a cada una de sus preguntas en ese orden, haciendo que lo miraran de forma divertida por eso.
-Espera, Inuyasha. – le paró ella. - ¿Dices que Dumbledore se fue a buscar un fragmento con Snape? – al ver que el hanyou asentía, Kagome lo soltó. – Perfectoo… - alargó la última vocal, mientras inflaba sus cachetes, arrancando risas. – Oigan… - indagó una vez cesadas las risas. - ¿Cuánto hace que estoy aquí? – dijo mientras su voz se tornaba temerosa.
-Tres días. – dijo Kanade, con voz pasible. – ni uno más, ni uno menos. – luego, apartó la vista de su reloj.
-¡Tres días! – Ayame, Koga e Inuyasha hicieron una mueca y se taparon los oídos por lo fuerte que había gritado. - ¡Lo siento, Inuyasha, Ayame! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! – dijo rápidamente mientras se tapaba la boca.
-Ahora es un disco rayado. – rio Joaco. Como respuesta, Kagome le lanzó agua que había en la jarra que estaba en la mesita de luz.
-Y tú estás pasado por agua. – se burló su hermano mellizo.
-¡Tenemos noticias! – Hermione, Ron y Harry entraban a la enfermería con la respiración agitada. Se pararon en seco al ver a la Miko sentada. - ¡Kagome! – exclamaron los tres suavemente. Y se lanzaron hacia ella.
-Creo que no debieron hacer eso. – opinó Ayame, inocentemente.
-¿Tú crees? – dijo Kanade, de forma mordaz. - ¡Muy bien, Trío Dorado! – les llamó ella, después. – Si no la sueltan ahora, van a hacer que la joven se desmaye nuevamente por dejar de respirar aire puro. – informó después de recibir miradas curiosas por parte del llamado "Trío".
-Uhmm… ¿Chicos? – les llamó la Higurashi. – Kanade tiene razón. – Y… pues… aparte de que quiero saber sobre esas noticias que traen. – añadió después.
-Perdón. – los tres amigos se sonrojaron y se separaron de ella.
-¿De qué son esas noticias? – se integró Inuyasha, sentándose en la mesita de luz alterna a la del lado de donde los mellizos se encontraban y dejando que Hermione se sentara en su lugar.
-Del tema que hablamos con Dumbledore. – se limitó a decir Ron. Kanade, Ayame, Koga, Jaco y Bacco los miraron con curiosidad.
-De eso, hablamos cuando salga de aquí. – Kagome se cruzó de brazos al recordar donde estaba. - ¡Quiero salir de aquí! – gimoteó ella, cruzándose de brazos. - ¿EH? – se miró los brazos, y su torso. Cuando movió su cabeza, un largo y oscuro mechón se cayó de su hombro. - ¿Qué cara…? – Bacco le tapó la boca, señalando a una niña de Slytherin con las orejas echando humo que miraba a Inuyasha con curiosidad. Específicamente, sus orejas.
-Malas palabras no, querida. – dijo sin destaparle la boca. Esta lo miró enfadada, con intensión de morderle la mano…
… Y lo logró.
Bankotsu aulló de dolor, sacando la mano y sacudiéndola como si quemara. Jakotsu también aulló, pero de risa. Pero tan pronto como los mellizos abrieron la boca, la cerraron al recordar que estaban en la enfermería.
-¿Por qué Narakus tengo el pelo exageradamente largo? – Refunfuñó la Miko, mirándose el pelo.
-¿Narakus? – se extrañó Inuyasha, con los ojos bien abiertos.
-Ya sabes… - rio ella. – para evitar palabras que los chicos de primero y segundo escuchen. – bromeó después, haciendo que él negara con la cabeza, sin saber que decir.
-Muchas personas para estar alrededor de una convaleciente. – protestó la enfermera, Madame Pomfrey, detrás de ellos, con los brazos en jarra y mala cara.
-Bueno, - habló Kagome, un poco nerviosa. - ¿Pueden quedarse Harry, Ron, Hermione e Inuyasha? – negoció con los ojos brillando. – necesito hablar con ellos por asuntos que tenemos con Albus Dumbledore.
La mujer frunció la nariz y el entrecejo, mal humorada.
-Está bien, - se rindió ella, cruzándose de brazos, pero acercándose. – Pero primero, te haré una revisión para prevenir. – y luego murmuró algo de jóvenes con más libertad y osadía entre sí, que hizo agrandar los ojos de los jóvenes. – los que no tengan que hablar con esta señorita, vayan caminando hacia la salida, por favor. – pidió mirando intensamente más a Koga que a los demás.
Este bufó, y se fue tan rápido como Kagome lo miró.
-Síguelo, Ayame. – pidió la Miko, suspirando pesadamente. La aludida, negando con la cabeza, aceptó su pedido. – Kanade, niños, - masculló después, dirigiéndose a sus hermanos. – los veo en la cena. – dijo con su cabello (nuevamente largo) en sus manos e intentando pararse de la camilla. Por lo pronto, se sentó normalmente, siendo un logro después de estar tres días sin mover las piernas.
-Muy bien. – indicó Poppy Pomfrey, tanteando las piernas de la chica. - ¿Lo sientes? – preguntó ella.
-Mh… - Kagome masculló de forma pensativa. – Más o menos, sí lo siento. – admitió después, moviendo los dedos de sus pies.
-Trata de pararte. – ordenó ella, con tono amable.
La Miko obedeció, sosteniéndose del borde de la camilla, y tanteó con su pierna derecha el piso liso y frío con vacilación. Cuando sintió que estaba estable, imitó el movimiento con la pierna izquierda. Cuando quiso dar el primer paso de forma normal, las piernas se le debilitaron de golpe y casi cae al piso a no ser que Inuyasha no la hubiese sostenido en un parpadeo.
-Ups… - rio ella, tontamente. – Creo que no están despiertas del todo. ¿Me dejas de nuevo en la camilla por favor, Inuyasha? – Harry, Ron y Hermione soltaron unas risitas. Pues, no era para menos. Kagome estaba con el trasero colgando a unos centímetros del suelo, con el largo camisón que Ayame le había puesto cuando llegó a la enfermería, junto con su cuerpo balanceándose de un lado a otro y levemente, y con las manos de Inuyasha debajo de sus axilas.
-¿Y de qué te ríes tú? – se extrañó él, mientras la levantaba como si fuese una pluma, haciendo que riera más y se retorciera.
-Cosquillas… - musitó ella, un tanto nerviosa por el tacto de sus manos cerca de su parte frontal.
-Señor Taishô, póngala en la camilla antes de que tenga un accidente con las cosquillas. – apuró la enfermera, negando renuentemente con la cabeza.
Este obedeció, arrancando más risas de parte de su pareja. Sin poder evitarlo, él también rio.
-¿Cuándo fue el último moja-colchón, primita? – bromeó Harry, haciendo que se ganara una mirada furibunda de la aludida.
-Para que lo sepas, eso no pasa desde que tengo dos años y medio. – le gruñó ella, orgullosa. - ¡Ay, ay, ay…! – se quejó ella, ladeando la cabeza.
Su cabello era tan largo, que llegaba a desparramarse por toda la camilla y parte del piso. Ante eso, Inuyasha se enredó en él, causando un tironeo en ella.
-Esto sí que es un problema. – suspiró el ojidorado, mientras hacía una mueca. – Lo siento, Kagome.
-So-solo córtenlo hasta mi cadera, por favor. – suplicó ella, tirándolo hacia el otro lado.
-Muy bien, ponte de espalda y parada. – indicó la enfermera.
-¿Pararme? ¿Otra vez? -gimió ella, agarrándose un pie. Parecía que estaba a punto de empezar a golpearlo para que reaccionara.
-Tengo que ver bien para ser prolija. – se defendió la mujer en forma indiferente. – Señor Taishô, señor Potter, ayúdenla a pararse.
Harry se acercó, al tiempo que Kagome le ponía una mano en su hombro, y el brazo faltante lo enroscaba con el de Inuyasha.
-¿Han adelantado clases? – preguntó Kagome, un tanto preocupada.
-A Hermione le dije hace unos años, cuando estuvo aquí en la enfermería, - rio Ronald, mientras que la mencionada le daba un manotazo juguetón en el hombro. – que aprovechara para pasarla relajada, ¡Nos había pedido los deberes aún estado aquí!
-Me prometí a mí misma no atrasarme para tener tiempo libre. – refunfuñó la Miko, haciendo que Ron y Harry se miraran. - ¿No han pensado que haciendo eso tendrían más tiempo para hacer lo que quieren? – preguntó retóricamente. Hermione rio.
-Quédese quieta, señorita Higurashi. – pidió Madame Pomfrey con paciencia.
-Lo siento. – se disculpó automáticamente.
-¡Deja de disculparte por todo, Kagome! – riñó Inuyasha, a su lado.
-Lo… - Inuyasha le frunció el ceño. – Está bien, está bien, no dije nada. – rio ella.
Desde que se despertó, la chica tenía gran energía acumulada, por lo que Inuyasha adivinó que trataba de no moverse. Parecía que en cualquier momento iba a ponerse a dar saltitos como un conejo. El peli plata suprimió una risa y una sonrisa, imaginándola haciendo eso. Una vez los largos cabellos sobrantes cortados y regados por todo el piso, Inuyasha y Harry la ayudaron a sentarse nuevamente sobre la cama. Tan rápido como lo hicieron, Kagome se hizo una trenza cocida en forma de espiga de forma rápida.
-¿Y ahora? – preguntó ella, balanceando las piernas.
-¿Nos dejas a solas, Poppy? – la voz de Dumbledore les hizo sobresaltar. Este se encontraba en compañía de Severus Snape, mientras que observaban por detrás, como la Directora McGonagall se retiraba de lado contrario. El viejo se veía cansado, pálido y débil.
-En un momento, Albus, tengo que revisar a esta niña. – pidió la aludida. – Señor Taishô, ayúdela. – ordenó la enfermera. Él obedeció, y esperó hasta una nueva indicación. – sígame.
El ex Director del colegio, junto con el trío dorado más Snape, siguieron a Madame Pomfrey, Inuyasha y Kagome hasta detrás de unas grandes cortinas.
De un lado, Poppy y Kagome se quedaron para la revisión, del otro, y sentados entre sillas y camas, esperando el término de la revisión.
El único que estaba parado era Inuyasha.
-Ya, siéntate, hombre. – rezongó Harry, sentado en la punta de una cama. – Va a ser unos cinco minutos.
-¡Keh! – se limitó a exclamar el hanyou. Del otro lado, Kagome rio, a la vez que una de las ventanas se abría con un resplandor verde flúor incandescente (sobresaltando a algunos), seguido de una carta cerrada en dos doblados. Esta, se posó delicadamente en manos de Inuyasha, y este la miró de manera cansada y fastidiada. - … - sabía de quien era la carta, pero… ¿Por qué se quedó en las manos de él?
-Está terminado. – la voz de Madame Pomfrey, hizo que los magos más grandes desviaran la vista del pedazo de papel en manos de Inuyasha. La enfermera corrió las cortinas, mostrando a la Miko sentada en una silla cómoda y con la ropa blanca de la enfermería. – No tienes nada anormal, ni siquiera noto algo en tus omóplatos, donde dices que lo sientes pesados y con ardores. – comunicó la mujer. – el único problema, es lo débil que tiene las piernas a causa de no moverlas por tres días. – concluyó Poppy.
-Un problema que se solucionará dentro de unos minutos. – opinó la chica de cabellos negros, de forma distraída, balanceando las piernas levemente.
-Los dejaré que hablen. – fue lo último que dijo la enfermera antes de caminar y salir hacia su despacho.
Segundos después, el silencio invadió entre los que se encontraban.
-¿Qué era lo que tenían que decirnos, Ron, Herms, primo? – preguntó Kagome con voz suave.
-No creo que haga falta, - soltó Harry, con una sonrisa perezosa. – el profesor Dumbledore lo va a explicar mejor, ¿No es así, señor? – el viejo inclinó la cabeza, siendo modesto ante eso, y empezó a explicar su incursión a una misteriosa cueva oscura, a unos kilómetros de donde se había encontrado antes el Orfanato donde Tom Riddle se crió, el pago para entrar, los dos viajes en bote para cada mago, y la poción de Dementor que debían tomar para obtener el Horrocrux.
Luego de esa explicación, tanto Albus Dumbledore como Severus Snape, suspiraron un poco descontentos.
-¿Qué sucede, profesor? – Hermione se alteró levemente, retorciéndose las manos.
-Por desgracia, cuando llegamos y me recupere levemente de la poción, pudimos averiguar que este relicario, - de entre sus ropas, sacó una larga cadena dorada y un tanto oxidada junto con un relicario levemente ovalado y de color verde y plata.
-No hay… - susurró Kagome, mientras que sus ojos destellaban. – no hay youki. – dijo ella en voz alta.
-¿Youki? – peguntó la mayoría.
-Energía maligna. – aclaró el hanyou. – Yo tampoco noto nada, ni huelo nada. – se quejó después.
-Exactamente, ese es mi punto. – confirmó Dumbledore. – diversos encantamientos que le he hecho no han funcionado para descubrir o averiguar sobre él. – continuó el viejo. – con un último recurso, intentamos abrirlo manualmente. – y le pasó el collar a Kagome.
Esta, lo abrió de forma delicada, y dentro de él, sacó un pequeño pergamino doblado de forma diminuta. Lo desdobló, y leyó en voz alta lo que contenía:
"Para el Señor Tenebroso:
Ya sé que moriré mucho antes de que lea esto, pero quiero que sepa que fui yo quien descubrió su secreto. He robado el Horrocrux auténtico y lo destruiré en cuanto pueda. Afrontaré la muerte con la esperanza de que, cuando se enfrente a su igual, lo hará como mortal.
R.A.B."
-Esa forma de escribir, me recuerda a alguien… - susurró Snape, parándose de su asiento, y caminando hacia la ventana abierta. – Pero no recuerdo…
-R.A.B… - repitió el ojiverde, pensando. - ¿Ya lo saben Sirius y Remus? – preguntó después.
-No pudimos informarle porque están dando clase. – las manos de Dumbledore recibieron nuevamente la cadena con el relicario.
-Esto es malo… - Hermione hizo una mueca al escuchar las palabras de Kagome. – deberíamos de empezar otra búsqueda para encontrar al genuino y seguir buscando las posibilidades de buscar a los que restan… mantenernos en movimiento discreto… - planeó ella.
-Por el momento, tratemos de serenarnos y de que disfruten de esta edad. – le cortó Dumbledore, afable. – Nosotros continuaremos con las investigaciones y consiguiendo más gente para la causa. – negoció él.
-Si sucede algo referente a esto, nos dice. – Kagome lo dijo más como una orden que como una sugerencia o pregunta.
Ante tal descaro, Inuyasha sonrió ladinamente.
-Por supuesto. Eso sí, ya que algunos son mayor de edad, pueden actuar como les plazca, pero es no quiere decir que si tanto Naomi como las queridas Misao, Molly o Marlene se enteran de lo que estamos haciendo, a los cuatro nos caerá un buen regaño. – Ahí, los adolescentes no pudieron contener la risa, menos Ron.
-No deberían reírse, - se quejó el pelirrojo. – mi madre enojada da tremendo miedo. Más que una dragona furiosa. – siguió hablando Ron. Y Harry contuvo un escalofrío, concordando con su amigo-hermano.
-Mamá no da miedo, solo si la cosa es grande y quien esté involucrado no sea capacitado para tal misión. – habló la chica japonesa.
-Ella no dará miedo, - comentó el peli plata, frunciendo la nariz. – pero tú, Kagome, sí que lo das. – y ella le sonrió "inocentemente", haciendo que él bufara.
Al día siguiente, Inuyasha le entregó a su compañera la carta que había llegado de forma curiosa (para Dumbledore) a la enfermería.
-¿Qué es lo que te distrae tanto de que se te olvidan estas pequeñas cosas, ah? – rio la joven Miko, cuando se la había tendido luego de que abandonara su última clase del día.
-¡Keh! Tú. Como si no te hubieras dado cuenta, tonta. – se burló el otro, mientras que la chica se sonrojaba.
-Cállate, Taishô. – masculló ella, pegándole levemente en las costillas. - ¿Tienes la carta de Sesshômaru?
-Ajá… - la sacó de su haori con desgana y se la tendió. – No me ha dejado abrirla, más por amenaza de mi viejo que por gusto. – luego, resopló.
-Tsk. – Kagome revoleó los ojos. – Muy bien… - desdobló la carta, y leyó las pocas líneas que había.
Voy a estar allí para fin de año.
No cometan estupideces.
ô, Lord Daiyoukai del Oeste.
P.D.: Tengan cuidado con Irasúe.
-¿Quién es Irasúe? – preguntó Kagome, segundos después de terminar de leer.
-Madre de Sesshômaru. – se limitó a decir su pareja.
-¿Y por qué tendríamos que tener cuidado? – se confundió ella. - ¿No me habías dicho que la mayor parte de los youkai son pasivos hoy en día? – lo miró mientras arqueaba una ceja.
-La ex de mi padre, por no encontrarle otro nombre que ponerle, es un tanto especial. – se estremece.
-¿Qué sucedió? – preguntó con sorpresa.
-Digamos que tiene cierta afición a los muñecos de animalitos con orejitas peludas y se ensañó con las mías. – refunfuñó él. La Miko rio levemente. – Cada vez que quería salir del terreno hace unos siglos, venía el mal agradecido de Sesshômaru y me amenazaba con llamar a su madre.
-¡Sí que sabe retenerte! – exclamó ella, entre risas.
-¡Kagome, no te rías! – protestó el peli plata. Y como ella seguía riendo, él solo bufó. - ¡Keh!
-¿Qué sucede? – dos voces al unísono les hicieron sobresaltar.
Al darse la vuelta, la imponente imagen de Misao y Arashi, con sus cabellos sueltos y atados a una alta cola de caballo respectivamente, los sorprendió a ambos.
-Señora Misao, Señor Arashi. – saludó la Miko, entusiasmada mientas que los aludidos se acercaban a ellos. - ¿Qué los trae por acá?
-Queríamos saber cómo te encontrabas, Kagome. – le dijo Misao con tono cariñoso. Luego de saludarla, se acercó a quien fue su hijo en su vida pasada, y lo abrazo y le acarició levemente las orejitas blancas. Luego de que las dejara, las pequeñas extremidades se sacudieron levemente, para gracia de su pareja. En cambio, de Arashi, Inuyasha recibió una fuerte palmada en sus hombros.
-¿Te has repuesto, pequeña niña? – le preguntó el hombre.
-Sí, claro. – contestó la joven con agradecimiento en su voz y los ojos brillando.
-Descubrimos que Kagome es muy cosquiyuda. – informó el hanyou con diversión. En castigo, Kagome lo volvió a codear en las costillas.
-¿Por qué estaban riñendo? – dijo Misao, curiosa.
-Aquí está la respuesta de Sesshômaru. – dijo Kagome, entregando el pedazo de papel al hombre mayor.
Este la tomó, y la leyó con rapidez, terminando con una mueca casi graciosa y terrorífica.
-Oh… - exclamó la compañera de Arashi, con una risita.
-Así que Kimi está rondando por Londres… - la reencarnación de Inu Taishô se estremeció, mientras le devolvía la carta la carta a la pareja de su hijo. Inuyasha reprimió una risa y un estremecimiento.
-Yo no creo que tu barrera pueda contra ella, Kagome. – le habló el chico a la aludida.
-Veremos si podemos sentir a Lady Irasúe. – sentenció la chica Higurashi, mientras decidían pasar la tarde junto a su grupo más los padres de Rin e Inuyasha bajo el enorme haya frente al algo negro.
Nota de la Autora:
Primero que nada, sé que este capítulo llegó DEMASIADO tarde a la web.
Segundo, ¡No me maten por ser tan genial! (?)
Tercero, estoy a punto de terminar el primer capítulo de una historia nueva que abarcará solo a la categoría de Inuyasha.
Estoy tratando de balancear mi tiempo en este nuevo negocio y en la fic de esta misma nota nota.
Para resumir y contar un poco de lo que va a tratar, voy a explicaros:
1-El nombre será este: "El vuelo del fénix azul." (le agregué el "azul" a último momento de este día xD )
2-NO es un Kagome/Inuyasha. No cuento nada más sobre las parejas, quiero que sea una sorpresa.
3-Va tener un leve crossover con Percy Jackson y los Dioses del Olimpo, pero como va a ser más del lado de Inuyasha que de Percy, lo dejaré como un fanfic simple.
4-Se va a entornar cien por ciento a la época Sengoku y habrá aumento de miembros en el "Inu-gumi".
¿Les gustaría mantener a Joaco y a Bacco como reencarnaciones de Jakotsu y Bankotsu, así como Suko reencarnación de Suikotsu?
Ya, suficiente.
Ahora si quieren láncenme tomates o no.
Se despide,
~Serenity94
