Max: Vane... –la abrazó con más fuerzas-.
Vane: -había derramado algunas lágrimas- No quiero dejarla Max..
Max: Yo sé eso, pero Hawkins tiene razón, debes hacerlo por el bien de Megan.
Vane: Lo sé, pero no quiero dejar a Megan... y tendré que separarme de Lucas y... y de ti. Todo depende de que beca me ofrezcan.
Max: Podrán separarnos millones de kilómetros, pero nuestros corazones siempre van a latir juntos -tomó una de sus manos y la entrelazó con una propia, y se la llevó a los labios y la besó delicadamente-. Siempre.
Vane: Gracias por estar siempre conmigo... Desde que nos conocemos haz sido mi único compañero.
Max: Sabes que siempre va a ser así.
Vane: Te amo muchísimo.
Sentada como estaba sobre sus piernas, acercó su cara a la de él y besó lentamente sus labios, y Max no tardó en responder. Se besaban con ternura, se besaban con música, armoniosamente. Como respondiendo a un impulso, Max dio vuelta a su cuerpo sin dejar de besarla amorosamente, dejándola sentada en su cama, y pasó sus brazos por los costados de Vane, dejándola atrapada. Max se inclinó sobre ella de modo que Vanesa quedó acostada sobre su cama. Ella le revolvía el pelo con las manos, y sus dedos danzaban alegremente entre sus cabellos dorados. De pronto ella dejó de besarlo, y en un movimiento rápido se apartó de él, se incorporó, fue hasta la puerta y echó el cerrojo, y luego volvió a su cama, y sentándose junto a Max nuevamente, comenzó a besarlo con más ternura que antes, pero añadiendo mayor intensidad y exigencia.
Sus manos corrían carreras en sus cuerpos, las manos de ella bailaban una desenfrenada danza entre los cabellos y la espalda de Max, que era ancha y fuerte; y las manos de él, que se encontraban sujetando su peso sobre ella, revolvían impacientes el largo pelo oscuro de la chica con los dedos.
De a poco las caricias fueron subiendo la intensidad, la frecuencia, la intimidad; los besos fueron tornándose más exigentes, más efusivos, más necesitados del otro, más rápidos. Sin darse cuenta, se habían entregado mutuamente su posesión mas preciada, y ahora yacían sobre la cama desnudos, cubiertos por las sábanas, con sus corazones gritándose 'Ahora soy tuyo'. Dormían plácidamente, con las piernas enredadas, y el sueño agotador que los acogió luego de aquella entrega inmensa, los abrazaba y los llenaba de sueños y pensamientos amorosos.

No muy lejos de ahí, en el hogar Efron, David se preguntaba por el paradero de su hijo. Zac había desaparecido cerca de las ocho de la noche con un grito de '¡Me voy!' y nadie más había vuelto a saber de él. David desconfiaba de que estuviera metido en problemas, pero debía admitir que los misterios de su hijo le encendían una curiosidad que estaba pasiva desde que era un adolescente.
Volvió a mirar el reloj que colgaba de la pared del estudio. 11.30. "¿Qué estará haciendo este muchacho...?" Anduvo un par de pasos hasta la licorera y se sirvió una copita de whisky. El pasar del líquido ardió en su garganta, y su calor confortó su estómago. Agitó un poco la copa entre sus dedos y enfocó la vista pensativo en el jardín. Nuevamente se repitió la misma pregunta, y su corazón se apenó de que su hijo no le tuviera la confianza que él había querido construir.
De pronto la puerta a sus espaldas se abrió, y esperanzado, se giró. No era Zac, pero la persona que había entrado en la estancia no era en absoluto desagradable.
-Mi amor... Zac ya llegará. No te preocupes, es grande. Ve a dormir –le acarició la espalda delicadamente-.
David: No me preocupa Zac... Es simplemente... Es sólo que... –suspiró-. Me gustaría saber en qué anda.
Starla: -tomó cariñosamente la mano de su esposo- Tranquilo. Dale su tiempo... Ya verás como te enterarás... y tu traviesa curiosidad se verá saciada –sonrió malignamente-.
David: Gracias... –besó cortamente sus labios-. Siempre tienes una palabra para mí. –Pensó algo unos segundos- Sólo espero enterarme por él.
Starla: Tu hijo confía en ti David. Confía tú en él.
David: -sonrió- Sí. Te amo.
Starla: Lo sé... y yo también te amo a ti.

Starla soltó la mano de su esposo y se encaminó a la puerta. Bajo el marco lo esperó mientras él apagaba las luces y daba cuenta de lo que quedaba de whisky en el vaso. Luego, fue hasta la puerta, entrelazó sus dedos con los de su mujer y, abrazados, atravesaron el recibidor y subieron las escaleras que los llevaron a su alcoba. Ahí, en medio de su nido de amor, durmieron abrazados.