Me divertí mucho escribiendo este capitulo.
Y en el momento indicado, favor de reproducir esta canción: watch?v=Hphwfq1wLJs
Parte 2
Más tarde, se encontraban en la cámara fría de la camioneta, ataviados con unas chamarras térmicas para retener el calor. El señor Andrew dejó en manos de Lestrade el caso, confiando en sus habilidades pues quería tomarse un descanso en su mansión. De ese modo, John y Lestrade se quedaron a solas.
En un tenso lapso de tiempo que pareció durar horas, el médico analizaba el golpe en la cabeza después de haber encontrado el origen de la sangre en el arma mientras Lestrade aguardaba detrás, observándole.
— Es raro ¿no?— preguntó Lestrade en un intento de romper el silencio incomodo.
— ¿Hmm?
— No verle con el abrigo. ¿Se lo ha devuelto Donovan?
— Oh…— John apartó la mirada de su estudio para dirigirla al inspector.— Si. Ella… eso no salió muy bien.
—¿Por qué no?
— Bueno, porque Sherlock se comporto como el imbécil de siempre. De no ser por este caso, tendría que soportar su humor insufrible. Así que… Gracias.
El inspector asintió como respuesta sin saber exactamente qué decir. Seguramente entre la sargento y el testarudo detective, hubo una riña en la que John quedó en medio. No podía culparlo. Y la verdad es que a Sherlock se le veía entusiasmado con el caso.
— Lo… uhm… lo has hecho muy bien, Greg. — continuó para su sorpresa — Es decir, eres uno de los mejores D.I. que conozco. Pero esta vez, realmente… "te superaste a ti mismo". Estoy seguro de que habrías podido lograrlo sin Sherlock.
Una sonrisa fugaz cruzó por sus labios como respuesta al cumplido no muy seguro si la réplica de las palabras usadas por Sherlock era un intento de burla o John no había encontrado otra manera para felicitarle. Decidió pensar que quizás, sus propios celos lo estaban poniendo a la defensiva contra el médico.— Es mi trabajo. Y la verdad este tiempo colaborando con Sherlock, me ha servido.
John se dio cuenta de su propia impertinencia con ese comentario al ver la expresión en el rostro de su amigo. Sin quererlo, impulsado por la envidia que ahora borboteaba en sus venas, había sido un tanto rudo con él.— Tienes razón. No puedo decir lo contrario. Vivir con él ha sido toda una experiencia. Ya no puedes ver una marca de polvo o una ralladura sin pensar cual demonios fue el origen de ello.— John esbozó una sonrisa divertida a la que Lestrade correspondió de nuevo en confusión. ¿Se lo habría imaginado? Porque parecía como si John quisiera establecer su cercanía con Sherlock. «"¡Rayos!"» ¿Tan obvio estaba siendo en sus intentos de captar la atención de Sherlock que se sentía amenazado? «"Espera… ¡¿Qué?!"» La única manera en que John se sintiera amenazado era porque también profesaba algún sentimiento por el chico de hebras ensortijadas. Pero algo le tenía que quedar muy claro a su amigo el médico, por mucho que Lestrade lo apreciara, estaba decidido a llegar a Sherlock de una u otra forma y NADIE se lo iba a impedir.
— Sep. Eso suena a Sherlock. El puede ser algo pesado pero solo quienes lo conocemos en realidad, sabemos lo que realmente vale.
Aunque el comentario fuese genérico, John se sintió ofendido. ¿Estaba hablando de ellos dos como las personas que más lo conocían? ¿O a sí mismo como un todo? Cualquiera que fuese su intención con ese comentario, era hora de que John pusiera algunos puntos sobres las "i" de modo que se volvió con la ya insostenible sensación de molestia en su estomagopara confrontar a Lestrade con una clara expresión de extrañeza recibiendo una desafiante.
— Escucha…— pero el timbrar del móvil interrumpió aquello que el inspector debía escuchar. John revisó la pantalla en el acto.— Sherlock quiere que lo…
—… Veamos en esas coordenadas. Lo sé.— terminó su interlocutor con el entrecejo fruncido por el disgusto mientras contemplaba la pantalla de su móvil pues Sherlock también le había enviado un texto. Después de quitarse las chamarras al bajar de la camioneta, su camino fue silencioso. No podía ser más ridículo, Lestrade no tenía pruebas de que John realmente sintiera algo por el atractivo á solo eran los celos que sentía de su proximidad. La verdad es que era una de las personas más cercanas a Sherlock y no quería echarlo a perder. Después de todo, si sus intenciones eran cortejar a su mejor amigo, no quería estropearlo. Además solo eran eso; amigos, ¿No?
John sentía algo similar, pero ahora estaba completamente convencido que el hombre que caminaba a su lado había iniciado una especie de campaña para impresionar a Sherlock. ¿Qué clase de estrategia manipulativa jugó esta vez para atrapar de esa manera al pobre hombre? No podía diferir mucho de él; John también estaba atrapado y no dejaría que Lestrade barriera con el terreno que había ganado durante todas sus aventuras. No.
Ambos se detuvieron al llegar al punto indicado donde su quijada cayó unos milímetros al captar la imagen frente a ellos;
Pálido, con los rizos resplandecientes, tan sedosos como hebras de oro negro, con solo la playera blanca ceñida a su esbelta figura dejando ver la piel del pecho gracias a dos botones distraídamente sueltos, Sherlock los esperaba montado sobre un elegante corcel. No llevaba su saco, lo que hacía del paisaje algo obsceno. Una silueta detrás de él no llamó tanto su atención hasta que los labios de terciopelo rojo comenzaron a moverse y cayeron en la cuenta de que Sherlock se los presentaba.
El desconocido y el detective, bajaron de la criatura para acercarse a los recién llegados.— He aquí tormenta de plata, Lestrade.
— ¿Pero cómo? ¿Cuándo…? — Ambos parecían anonadados.
— Si me permiten…— declaró el muchacho de ojos castaños que le acompañaba.— No negare lo que he orquestado, puesto que el señor Holmes me ha dejado muy en claro que está al tanto de todo, pero quisiera, en lo posible, llegar a un acuerdo con el señor Andrew.
Tomó solo unos minutos comprender que Sherlock había llevado al chico hasta allí como el autor del crimen. Al llegar a la mansión, los cuatro tomaron asiento en la sala. Sherlock cruzó las piernas en el único sofá particular, con las yemas de los dedos juntas, los ojos de largas y rizadas pestañas, cerrados con delicadeza y comenzó su relato.—Notaran que cuando nos acercábamos a la escena del crimen, estuve un tanto absorto en mis pasamientos. Fue entonces cuando la cadena de razonamientos y hechos encontró su sentido. Me permití pensar que el platillo de esa noche era uno algo violento para personas que harán la guardia durante la madrugada y que quizá no fuese algo usual. Por lo tanto, fui a los establos a entrevistarme con los dos chicos para confirmar mis sospechas. Ahora estaba seguro; el somnífero administrado es el mismo que utilizan para adormecer a las criaturas de esta cuadrilla y el platillo solo sirvió para ocultar su sabor (podrás darme la entera razón cuando tengas los resultados de la toxicología del cadáver)— dijo para Lestrade haciendo una mueca por sonrisa.— lo que elimina al señor Maccoy como sospechoso pues el no podría haber ordenado que se sirviera esa misma noche y ninguna otra, ese platillo. Recordemos que solo ha estado en el pueblo un par de veces y aseguran haberlo visto en cuadras aledañas. Por tanto, los siguientes sospechosos para mi, eran la sirvienta y su esposo pues ellos podían haber decidido lo que esa noche se ofrecería como cena. Pero si establecemos el hecho de que las única shuellas que coinciden con las encontradas en el fango son las de la víctima y las del caballo, además de que ellos no poseen nociones acerca de los medicamentos que se utilizan para tratar a los animales de esta cuadrilla, la conclusión es realmente sencilla.
— Espera… si estaba solo, entonces ¿Cómo demonios la victima consiguió fracturarse el cráneo en cuatro partes? ¿y para que quería el cuchillo si no para defenderse?
— No he dicho que estaba solo…
— ¡El caballo!— tres de los cinco hombres en la habitación llevaron sus palmas al rostro.
— Ahora si ya terminaron de interrumpirme…— su público guardo silencio. El inspector adopto esa pose en la que cruza los brazos sobre su pecho, ladea la cabeza y observa a Sherlock de un modo en que su lenguaje corporal dice todo lo que sus palabras no; "Sherlock, eres tan inteligente, continua. Tienes toda mi atención."Algo muy similar hablaba en la mirada que John le entornó.—Bien. Los mozos me informaron que esa cena era cortesía por su trabajo la semana pasada. Lo que me parece sumamente interesante. Aúnmás cuando supe que el entrenador permitió que el resto de sus guardias durmieran dentro de la mansión esa misma noche. Fue el momento propicio. Cuando la cena fue servida, en algún momento de distracción, vertió el somnífero en el platillo usando la cantidad exacta asegurando que la sirvienta lo llevara al chico solitario. Nada le vino mejor que encontrarse con un pretexto en la noche para ir a los establos sin tener que ir a hurtadillas cuando la cocinera y su esposo le informaron del extraño. De modo que al encontrar al guardia dormido, llevó al caballo a los limites del terreno para cometer su fechoría; armado con el cuchillo, el encendedor y el fragmento de tela que oportunamente consiguió de entre la verja , intentó amarrar la pata del caballo para hacer una minúscula operación en el tendón de la criatura. Usted Coronel, con la amplia experiencia que posee en asuntos de carreras de caballos, tiene que saber que es posible realizar una leve incisión en los tendones de la corva de un caballo, y que esa incisión se puede hacer subcutánea, sin que quede absolutamente ningún rastro. El caballo así operado sufre una pequeñísima cojera, que se atribuiría a un mal paso durante los entrenamientos o a un ataque de reumatismo, pero nunca a una acción delictiva. Sin embargo, el encendedor no conseguía su fuego (el cual necesitaba para desinfectar la cuchilla evitando así los riesgos de infección) debido a la tormenta y quizá, durante un destello de luz que da paso a un relámpago, el corcel se encabritó golpeando con sus cascos el cráneo del desdichado hombre que se corto a sí mismo al caer al suelo. Raudo, el caballo continuó su camino hasta ser encontrado por este joven… Quien se vio tentado por el mal consejo de un entrenador resentido con su patrón, convenciéndole para administrar una cuantiosa suma de dinero que sería como una inversión, que a la larga, les traería ganancias. Y a pesar de recibir al corcel que había mandado secuestrar, sin rastros del cómplice, decidió teñirlo de otro color. De ese modo, alguien que no fuese un experto no podría distinguir un corcel de otro. Es por eso que tus hombres no dieron con él en un principio, Lestrade.
Y era verdad, el hermoso pelaje plateado con que aparecía en las fotografías de la prensa, estaba teñido de un cobrizo brillante. A continuación, el joven explicó su situación al coronel, de modo que comenzaron una acalorada platica a la que Sherlock respondió con aburrimiento. Aun llevaba barro en sus pantalones, lo que no mermaba su singular atractivo.
John y Lestrade se removieron incómodos al descubrirse devorando el cuerpo del consultor con la mirada justo cuando se disponía a abandonar el lugar.
— Espere…— llamó Andrew deteniendo su discusión con el joven.—Permita remunerarle la ayuda que me ha brindado. Usted ha salvado mi cuadra al devolverme a tormenta de plata…
— ¿Cree que me interesa el dinero?— interrumpió su interlocutor mirando sobre su hombro, al pie de la puerta con un dejo déspota en la voz.
— ¡Sí!— intervino el bloguer poniéndose en pie de un brinco a lo que Sherlock reaccionó con un arqueo de cejas mientras Lestrade se le unía a la salida.
— Bueno, entonces tendría que… seguirme. Firmare el cheque en mi despacho.— el rubio asintió para seguir al rechoncho hombre dejando al joven observando por la ventana, solo en la estancia.
Contrario a lo que Lestrade pensaba, Sherlock no espero por su médico. Sino que comenzó la caminata a través del jardín mientras colocaba un cigarrillo en sus delicados labios para prenderle fuego con el mismo encendedor que era prueba del crimen ignorando que el inspector aun le observaba cautivado por una demostración más de su intelecto; el día todavía no terminaba y Sherlock ya había resuelto el caso. Tenía que buscar algo que decir antes de que el pálido hombre que caminaba a su lado notara su nerviosismo.—Esas cosas van a matarte. El papeleo no... — Se interrumpió al darse cuenta de que Sherlock gustaba de la misma marca de tabaco que él.—Es curioso, esos son iguales a los…— tanteó sus bolsillos en busca de la cajetilla para demostrar su punto y al darse cuenta que no los traía consigo negó con la cabeza derrotado.— …míos.
— Eso es, querido inspector, porque SON los tuyos.— respondió Sherlock con elocuencia ofreciendo de vuelta la cajetilla que Lestrade le arrebato de un tirón.
— ¿Pero como…? ¿Cuándo…? ¡Sherlock…!—reprendió desconcertado. Sin embargo, no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida. Así era Sherlock, definitivamente el hombre del que estaba prendado.— Enserio, ¿Cómo lo hiciste?— continuo después de una pausa. Claramente se refería al autor del crimen.— ¿Cómo lo encontraste?
Sherlock prolongo el silencio mientras daba otra calada a su cigarrillo, mitad disfrutando de causarle expectativa, mitad pensando cómo explicarse sin confundirlo.
— Simplemente observe.— respondió pausadamente con la colilla descansando entre sus gruesos labios antes de retirarla. Sentía la mirada del inspector encima y ese encantador fruncimiento de cejas le indico que no se conformaría.—Después de encontrar el encendedor pude determinar la ruta del caballo. No ha sido fácil; los factores ambientales han modificado el rastro pero no lo suficiente para que un ojo hábil pueda seguirlo. Además, dos elementos esclarecieron la cuestión; si el joki hubiese logrado su cometido, no habría podido llevar al corcel muy lejos ¿No lo crees? Un corcel como ese está acostumbrado a terrenos "dóciles" por así decirlo. Llevarlo en medio de una tormenta como la de esa noche lo habría matado y si planeaban venderlo en el mercado negro (de lo cual estoy seguro) eso no sería factible. — Soltó una calada y continuó—Camine al límite de la verja hasta encontrar un sector donde la valla estaba rota, sobre puesta. Bastaba con deshacer el nudo para hacer a un lado las tablas lo suficientemente ancho para pasar. Quizá el fuerte viento de la tormenta provoco que se abriera por sí sola, así que escudriñe el suelo, encontrando la evidencia suficiente de que la criatura había andando por ahí. Siguiendo el rastro, me encontraba ya en el terreno colindante en la cuadrilla próxima. Entre allí con algunos trucos que tu lento razonar no te permitirá asimilar, tuve la oportunidad de pasear entre los ejemplares y, aunque no soy un experto en cuanto a lo ecuestre, mi análisis me llevo a encontrar a tormenta de plata escondido bajo el tinte. Tras una convincente platica con este muchacho dueño del lugar, determinamos que sería mejor un arreglo entre los dos.
— ¿Pero por qué ese chico accedió a patrocinar el crimen?
Sherlock rodó los ojos, suspiro lentamente, como si hiciera un esfuerzo tremendo para mantener la paciencia. — El joki llevaba un tiempo chantajeándolo como es cliché, con sus asuntos amorosos; Comprometido con una chica, tenía un amante. Varón. Pero nunca tuvo nada para respaldar su chantaje hasta hace unas semanas. ¿Por qué te interesa esto? Pasemos a lo importante; El chico espero a su cómplice a las afueras de sus propias tierras. Tras llegar con el caballo, los trasladaría fuera de la ciudad, directo al mercado negro. Si el joki conseguía vender al caballo, se marcharía para jamás regresar. Lo único que llego fue el corcel, por un golpe afortunado. El chico no se imaginaba lo que podía haber sucedido, así que decidió teñirlo y esperar a que su cómplice apareciera. Sin embargo, la noticia de su muerte le dejo con la culpa de un crimen para el solo. Aunque quisiera devolverlo, nadie creería su historia. Así que prácticamente fue…
— Fue un milagro que tu le visitaras hoy.— Intervino Lestrade conmovido por la desenvoltura de Sherlock, quien extrañamente trataba de contar aquello sin rastro presunción en su voz. Había escuchado todo con suma atención sin saber donde clavar su mirada; en aquellos apetecibles labios o en los zafiros de brillo opalino que le penetraban de tal modo que sentía su alma desnuda. La verdad era que de haber encontrado el encendedor, no habría podido llegar tan lejos como Sherlock, al menos no en una tarde. ¡Demonios! Podía imaginarlo montado a lomos del caballo, con el viento acariciando sus rizos a través de la pradera… Que visión…
Tenía que controlar su imaginación, tenía que controlarse a sí mismo. ¿Pero cómo demonios evitar proyectar esas imágenes cuando el maldito era tan endemoniadamente inteligente, tan seductor y eróticamente astuto?
Cayó en la cuenta de que ya habían pasado unos minutos desde sus últimas palabras y permanecía desde entonces mirándole con embeleso. De nuevo sus mejillas escocían y Sherlock arqueaba una ceja que quizás indicara su sorpresa o tal vez su falta de comprensión. Lestrade no sabía, pero no iba a romper ese contacto visual, uno que no había tenido desde… desde…. ¡Desde nunca!
¡Oh, por dios!
"¿Y ahora qué? ¿Va a besarme?¿Tengo que besarlo?¿Pero qué rayos me ocurre? ¡Voy a besar al maldito!"
Con el palpitar de su corazón desbocado en los tímpanos, cerro los puños alrededor del cuello de la camisa para arrastrarlo hacia sí. El tiempo parecía moverse tan lento que sus propias acciones sentían realizarse en cámara lenta. La distancia entre sus labios cada vez era menor y por un momento creyó ver en aquellas esferas de añil tormento, la sorpresa inaudita que contrajo felinamente sus pupilas.
¿Cómo podían esos infinitamente suaves y dulces pliegues de terciopelo rosa ser un arma tan venenosa y destructiva? Lestrade jamás había tenido la fortuna de probar unos labios tan delicados, tan sublimes, tan adictivos como los que ahora se abrían para recibirle.
No podía creerlo. Sherlock estaba correspondiendo el beso. Estaba atrapando sus labios para tirar de ellos con lo que aparentemente fue una mezcla de ternura y exigencia que representaba por completo su personalidad. Tomando valor al verse correspondido, le acorralo contra el tronco del haya detrás. Una exquisita vibración despedida por el consultor hacia su boca, le llevo a la locura. Aquello era Sherlock Holmes gimiendo entre sus labios ¡Con un demonio! Y vaya que este no le daba respiro. No podía pensar, no podía respirar, Sherlock no le daba oportunidad de hacer otra cosa que gemir, besar….
…Tocar.
No habría poder humano que lo desprendiera de él. Que lo intentaran lo dioses si es que se atrevían. El mundo podía irse al infierno porque Gregory Lestrade era correspondido al fin por su platónico. Así que rechazó con un manotazo la fuerza que intentaba separarlo de lo que era suyo, y continuó hurgando con su lengua aquella cálida boca a donde sentía embonar con perfección.
Por segunda vez, la fuerza tiró de él logrando apartarle pero la rabia no le cegó lo suficiente para dejarle ver que esa oposición tenía nombre y un rubio rostro.
John Watson, cual fiera colérica, le taladraba con aquellos orbes ambarinos cargados de rabia asesina.—¡¿Qué demonios te sucede? ¡¿Qué…?!
— John…— comenzó pero el rubio fue incapaz de contener sus evidentes celos.
— ¡Lo sabia!— Dijo señalándole con un índice amenazador.— ¡Lo sabia! ¡Tú, cretino, pedazo de…!— Ahora acusaba a Sherlock cuyo sobresaliente cerebro estaba demasiado aturdido para comprender lo que ocurría. Luego se volvió de nuevo a Lestrade entornado los ojos con indignación e ira.— ¿Qué demonios te sucede?¿Que..? ¡¿Qué carajos crees que haces?! No puedo creerlo. Simplemente no puedo… Tu… intentas…— se limpio innecesariamente los labios con la palma de la mano.— ¡Intentas follarte a mi…!
Algo en Lestrade se removía. Era algo entre remordimiento, molestia por ser interrumpido y el hecho de que no toleraba que nadie le hablara de esa formas. Así que, con mas brusquedad de la que le habría gustado, retiró la mano que John aun utilizaba para separarlo de Sherlock.— ¿A "tu"? — le cortó. Comenzaba a irritarse. Pretendía arreglar las cosas, calmar las aguas, hablarlo y ¿Por qué no? Disculparse pues pese a todo, quizá si debió poner sobre aviso al mejor amigo de su platónico acerca de sus intenciones pero John no se lo facilitaba al gritarle como si fuera una clase de sabandija oportunista.— ¿A tu qué?— insistió en tono retador.
El menor de los tres presentes daba su mejor esfuerzo por echar a andar su cerbero para encontrarle sentido a lo que sucedía.— Ustedes do-
— ¡Tu cállate!— Doctor e inspector, le cortaron al unisonó cuando trató de intervenir, sin retirar nunca la mirada del otro. El ambiente estaba cargado de una energía tan aplastante que a momentos daban la impresión de echar chispas por los ojos.
Las mejillas del médico se encendieron en un rojo fuego peligroso mientras a sus costados, los puños se abrían y cerraban en su clásico tick nervioso. Ladeo el rostro con una sonrisa naciendo a lo largo de sus finos labios; aquella sonrisa que solo esbozaba cuando estaba a punto de sobrepasar el límite de su paciencia. Que Lestrade juntara sus grises cejas, le mostrara los dientes cual lobo feroz a punto de devorar a su presa, no le intimidaba aunque no supiera como terminar su propia frase. Porque de hecho ¿Qué eran en realidad? ¿Compañeros de piso? Si. Estaba claro que Sherlock era su mejor amigo, John era su biógrafo y compañero de aventuras pero…
«"¡Al diablo!"»
Si Greg lo sabia o no era muy su problema. Sherlock enviaba señales constantes (aunque no del todo claras), instándole a tocar, a hacer una jugada, un movimiento, pero John nunca estuvo realmente seguro de lo que eran hasta aquella noche en que parecía posible que el consultor estuviera interesado en otro y no solo eso, sino que ese otro le correspondía.
— Eso no es asunto tuyo.— respondió cortante y con un deje violento pues la ira contenida tensaba de tal manera sus mandíbulas que las muelas estaban dolorosamente unidas.
El inspector masculló una risa sarcástica antes de negar con la cabeza para luego elevar su barbilla mientras sus manos se posaban en las caderas de modo que su pecho quedaba expuesto entre el cuero y su lenguaje corporal evidenciaba el desafío.— yo no lo creo, mi amigo.
— Eso me queda claro.— replicó ásperamente dando un paso hacia el inspector quien no solo no retrocedió, sino que correspondió acercándose.— Últimamente tienes una idea muy errada de lo que es tu jurisdicción.
— ¿Y quien dice que esta es la tuya?
— Yo lo digo…"Amigo."Así que te recomiendo que vayas a otro lado a hacerla de inspector genial.
Una última sonrisa fue lo que ambos compartieron antes de que un bronceado puño se estrellara en la regordeta nariz del médico quien cayó al suelo. La sangre escurrió por sus fosas manchando la camisa a rayas. Podía vérsele impactado, aunque no del todo. Ambos eran conocidos por su violento temperamento, de hecho, nadie se explicaba cómo es que ninguno le daba su merecido al joven consultor. Intentó limpiar la sangre con el dorso de la mano sin dar crédito a lo que veía; Lestrade sacudía su mano de pie frente a él mientras movía la cabeza para tronar su cuello. Un gesto de quien entra en calor antes de la batalla.
— Sherlock es MI división…"Amigo".
Aquello solo detonó la bomba en su interior y el entrenamiento de sus días en la milicia parecía traer de vuelta sus mas bruscos instintos.
En un parpadeo, John se puso de pie para embestir a Lestrade quien se opuso con todas sus fuerzas pero al cabo de varios metros, cayó de espaldas al suelo.
El consultor quien se había limitado solo a escuchar lo que parecía una discusión sin sentido, se sobrepuso al shock que las palabras del inspector le causaron. Se lamentó viéndolos rodar por el suelo propinándose golpes a diestra y siniestra. Llevo una mano a los rizos intentado procesar con mayor claridad lo que estaba sucediendo, sin embargo, la imagen de John montado en el regazo del D.I., tirando del cuello de la camisa que se desgarraba centímetro a centímetro con cada tirón mientras el puño libre arremetía contra el rostro y que, por su parte, Lestrade elevaba sus caderas intentando quitárselo de encima, le distrajo de su objetivo.
Ahora Lestrade invertía las posiciones colocándose de espaldas a su enemigo. Lo tenía cautivo por medio de una llave en la que su brazo envolvía el cuello, el rostro jadeante de John intentaba recuperar el aliento. Sus pequeñas manos buscaban algún punto débil en su contrincante y Sherlock no podía evitar notar lo mucho que su retaguardia causaba fricción en la entrepierna de Lestrade. Ambos estaban de rodillas en el pasto.
Súbitamente, el médico pudo hacerse de la nuca para lanzar al inspector por encima de su cabeza hacia el suelo donde un fragmento de tierra lodosa (para su buena suerte o quizá la de Sherlock) amortiguó el golpe en su espalda. John estaba dispuesto a levantarse pero su contrincante se lo impidió al golpearle los tobillos de modo que fue a hacerle compañía en el fango.
Ambos estaban recostados boca arriba. Se tomaron un respiro antes de reanudar una sesión de puños al rostro, estomago y nariz, de manera casi equitativa tras ir por su segundo aire.
Sus cuerpos sudorosos, fornidos, tan juntos uno contra el otro, jadeantes de cansancio…
Decidiendo que aquella era un función que valía la pena observar, Sherlock cruzó los brazos sobre su pecho, busco una posición más cómoda recargándose contra el tronco del árbol y lamentó no tener otro de esos deliciosos cigarrillos en ese momento. Tal vez habría ocasión de pedirle uno al regordete cliente que trotaba en sus cortas piernas hacia el lugar de la contienda. — ¡Deténgalos! ¡Se van a matar!— El rodar de los ojos en Sherlock fue casi audible. "aguafiestas" pensó con amargura. El señor Andrew no detuvo su carrera hasta llegar a donde el detective yacía despreocupadamente parado.— Van a golpearte.— Le advirtió, pero este no le escucho e trató de separarlos. En consecuencia, ambos rivales hundieron sus puños en sincronía justo en su rechoncha nariz provocando que cayera inconsciente al suelo.— Se lo dije.— murmuro el azabache sin darle importancia.
Al darse cuenta de lo que habían hecho, John y Lestrade volvieron a la realidad sin recordar porque había iniciado la batalla. Después de echarle un vistazo al hombre en el suelo, dedicaron otro a Sherlock quien en respuesta les reprendió con el arqueo de su fina ceja.
Doctor e Inspector bajaron los puños incapaces de mirarse entre sí. Ahora la sensación de haberse comportado como dos niños acometía con la más insoportable de las vergüenzas.
