CAPÍTULO 10

EL JUEGO

Marzo de 1995

Para variar, la enferma esta vez era Cecilia. Siempre era su hermana la que cogía cualquier bacteria, bacilo o virus que anduviera suelto, ya fuera mágico o no. Pero en esta ocasión, era la mayor la que andaba con un catarro de vías bajas que puso a su tía en alerta para que no se convirtiera en algo peor y la obligó a permanecer en casa sin ir al colegio hasta que se recuperara. Cecilia había tenido bastante fiebre, todavía tosía de vez en cuando y además iba expeliendo un intenso aroma a una mezcla de menta, eucalipto y alguna otra hierba o planta aromática.

- Es una pomada para abrir las vías respiratorias-. Explicó Cecilia a Alberto.- Parecido al Vicks Vaporub.- Él había decidido pasar la tarde del viernes visitándola en su casa. Así le llevaba los deberes del colegio que le había apuntado cuidadosamente Inés, su hermana, que estaba en la misma clase, y veía a su novia aunque fuera en presencia de sus padres y su hermana. Además, a pesar de estar a punto de inaugurar la primavera, hacía una tarde de perros, de manera que estar dentro de casa, dejando al margen la enfermedad de Cecilia, no era tan mala idea.

- Entiendo. ¿Te la has dado en el cuello?

- No. En la planta de los pies.- Aclaró ella.

- ¿En la planta de los pies?

- Ajá. Dice mi tía que las almohadillas de los pies tienen una piel que absorbe rápidamente la sustancia y la transporta por el sistema sanguíneo hasta los bronquios que se abren permitiendo que respire mejor…

Alberto soltó una carcajada.

- ¿Qué tiene de gracioso? – Preguntó Cecilia un poco ofendida. Ella no habría contado aquello a sus amigas muggles porque seguramente considerarían a su tía una doctora excéntrica probablemente fan de la acupuntura. Pero esperaba que Alberto aceptara la explicación con completa naturalidad, como ella misma. No se le había ocurrido pensar que para él, aunque no fuera mágico, aquello sonara ridículo a estas alturas.

- Así que, Ceci, lo de que vayas por ahí dejando una estela de aroma a chicle de clorofila es en realidad que te huelen los pies.- Comentó él bastante divertido.

- Muy graciosillo.- Si te pones así le diré a mi madre que no mereces que te de de merendar.

- No te enfades, mujer, que era broma. Salvo lo del chicle de clorofila.

Cecilia puso mala cara. Pero en ese momento Almudena apareció muy contenta con una caja en las manos. Con catorce años seguía siendo delgadita, pero ahora estaba larguirucha y se movía de manera un tanto desgarbada. Aunque no era tan alta como su hermana mayor o su madre Alberto estaba seguro de que pasaba a su propia hermana y probablemente a casi todo el sector femenino de su clase. Aún así, Cecilia decía que seguía con complejo de canija.

- MagiStrategic, versión Deluxe -. Proclamó Almudena muy ufana.- ¿Queréis que juguemos?-. Alberto miró la caja curioso. Mostraba un dibujo de un castillo asediado por guerreros y pensó que podía ser divertido.

- Está de moda en el mundo mágico.- Explicó Cecilia-. Como el Trivial

- Si vais a jugar a eso necesitaréis espacio.- Interrumpió José Ignacio, el padre de Cecilia. Dejó a un lado el periódico que había estado hojeando, se levantó del sillón y sacó su varita del bolsillo del pantalón. Con un movimiento y un murmullo desplazó la mesita baja del salón a un lado dejándoles expedita la gran alfombra. - Perfecto. Así estaréis a gusto. Yo me voy a dormir un rato. Anoche tuvimos muchísima actividad y estoy hecho polvo.

Alberto sabía que era fabricante de pociones, y que buena parte de su trabajo la llevaba a cabo en la empresa familiar, en la Albufera de Valencia y además por la noche. Aquello de la época del año y la fase de la luna tenía su influencia en aquel tipo de magia tan particular, según le había explicado Cecilia, y se aproximaba el solsticio, una fecha crítica para algunos preparados la mar de específicos. No sabía si el ungüento de los pies contaba o no entre todo aquello, pero pensó que si volvía a sacar el tema ella no se lo tomaría del todo bien.

- Que descanses, papá.- Almudena despidió a su padre.

- Y tú no hagas trampas.- Contestó él.

- ¿Yo? – Almudena puso cara de genuino asombro.

- La última vez colaste un caballo por el puente levadizo contando un punto de más.- Almudena se puso ligeramente colorada.

- Sería un error.

- Ya. Y yo soy primo hermano de Merlín el Encantador.

- Pues haberlo dicho entonces, no sé por qué lo traes a cuento ahora.

- Así que lo reconoces.

- Ni hablar. Solo digo que si te pareció que hacía trampas, que no las hacía, haberlo dicho en su momento. ¿Qué va a pensar Alberto?- El padre negó con la cabeza y con un gesto de la mano se despidió.

- ¿Y yo? ¿No te importa lo que piense de ti tu propia hermana? Porque te recuerdo que yo jugaba también…

- ¿Versión asedio y defensa o sólo asedio? – Almudena preguntó a la concurrencia en cuanto su padre desapareció por la puerta sin hacer el menor caso a su hermana. Alberto se encogió de hombros y miró a Cecilia.

- Que diga ella, porque lo que es yo, no tengo ni idea…

- Asedio. Es más fácil para un principiante.

- Vale. Entonces tres señores contra el juego. Bueno, un señor y dos damas.

- Bueno-. Alberto, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, miró a Cecilia.- ¿Cómo se juega a esto? – Cecilia carraspeó antes de contestar.

- El tablero es un castillo que guarda tesoros en su interior. Cada jugador es un noble medieval que intenta introducir sus tropas dentro para que recorran el castillo buscando un tesoro. Cada vez que lo consigues puedes añadir más tropas, con lo cual tu ejército se hace más fuerte. Los dados indican el número de casillas que puedes avanzar. En principio tienes cuatro fichas que son las tropas. El juego termina cuando un jugador alcanza el Cristal Arcano y gana.- Y diciendo aquello tomó una pieza traslúcida, de un color rojo intenso, que tenía la forma de dos pirámides unidas por la base.

- Bueno. No parece complicado de entender…

- Un pequeño detalle. Es un juego mágico.- Interrumpió Almudena.- Tus soldaditos tienen cierta movilidad, algo de iniciativa propia y el castillo tiene trampas.- Y diciendo aquello levantó la tapa de la caja y extrajo un tablero de cartón doblado en cuatro piezas. Cuidadosamente, Almudena desdobló el tablero y ante los ojos de Alberto aparecieron varios recorridos tortuosos de casillas que se entrecruzaban a veces y que convergían al dibujo central, que no era otro que el de un castillo medieval. Alberto inclinó la cabeza para contemplar mejor el tablero, con aquellos colores brillantes y aquellos dibujos tan bien hechos, pero Cecilia extendió el brazo y lo hizo retroceder.

- ¡Ah!

Justo a tiempo, Alberto vio como el castillo y los dibujos del tablero se convertían, por arte de magia, en elementos tridimensionales. Si Cecilia no lo hubiera echado para atrás el tejado cónico de un torreón se le habría colado por la nariz.

- ¡Es fantástico! – Exclamó entusiasmado cuando el foso se convirtió en un diminuto cauce por el que corría un líquido verdoso.

- Es la edición Deluxe.- Exclamó Almudena orgullosa. Me lo regaló el abuelo Santiago por mi santo. En las mazmorras hay un dragón, en las cuadras un pegaso y en el bosque circundante, si tienes mucha suerte, puedes otear al unicornio… Y eso sin contar con que las fichas son figuritas, en lugar de las típicas piezas redondas.

- ¿Unicornio?

- Multiplica tus puntos por siete. ¡Es fantástico!

- ¿También reposa la cabeza en el regazo de una doncella?

- Eso son tonterías de los trovadores medievales. Los unicornios no sabrían distinguir eso. Lo que ocurre es que son muy esquivos… En fin. Si tienes suerte, igual lo ves.

- Bueno. Y ahora ¿Cómo empezamos a jugar?

- Primero tiramos los dados para que cada uno elija el Estandarte y para determinar quién tiene El Libro.- Y diciendo aquello Almudena tendió los dados a Alberto. Él sacó un total de nueve, Cecilia siete y Almudena cuatro, por lo que le ofrecieron a él escoger el primero entre unas minúsculas banderitas de colorines.

Alberto cogió un colorido banderín azul, amarillo y verde, el primero que vio -, ¿Hay alguna diferencia? – Preguntó al observar la expresión un poco decepcionada de Almudena.

- No. Los ejércitos están más o menos equilibrados al principio, lo único es que cada jugador puede tener una estrategia que le guste más para lo cual sea mejor un ejército u otro, ya sabes, preferir más arqueros o la infantería… - . Cecilia tosió un poco antes de escoger un banderín verde y rojo. Almudena frunció el ceño y dudó un momento entre uno de azules y naranjas y otro verde y blanco. Finalmente, se decantó por el último.

Alberto iba a preguntar por el siguiente movimiento cuando las piezas de los distintos ejércitos seleccionados salieron de la caja y se alinearon disciplinadamente delante de cada jugador con su capitán al frente. El de Alberto era una figura alta y rubia que con paso marcial se colocó al frente de la tropa, tres figuritas consistentes en un caballero montado en su corcel, un individuo con armadura cuyo casco parecía un cubo puesto del revés que blandía una maza con pinchos y otro guerrero con mandoble.

- Almudena suele preferir ese banderín porque le gusta mucho la figurita del capitán.- Comentó Cecilia con una media sonrisa mientras Alberto, asombrado, observaba cómo su diminuto capitán pasaba revista a su escasa tropa.

- ¿Te gusta éste? -. Alberto señaló la figura. Era un guerrero de gesto marcial, alto y de buen porte.

- Se llama Sir Gaetano.- Interrumpió Almudena.- Y es mi favorito porque es el mejor capitán.

- Entonces tengo suerte.- Dijo Alberto-. Pero debería llamarse Sir Friedrick o algo así, porque es alto y rubio. Parece nórdico… – Alberto se inclinó para mirar mejor a su guerrero sin atreverse a cogerlo.- Y tiene los ojos claros. ¿Lo puedo coger o se ofenderá?

- Sir Gaetano es un ilustre italiano.- Contestó Almudena con cierto desdén.- Y mejor que lo dejes en el suelo. Podría afectar a su prestigio que lo cojas delante de sus tropas.

Alberto se contuvo, aunque se moría de ganas de examinar atentamente el soldadito medieval.

- En el fondo, es que le gustan altos y rubios.- Insistió Cecilia con algo de sorna.- Podrías haber escogido el rojo y azul.

- Ya sabes que Sir Róderic es un poco calamitoso.- Dijo Almudena echando la vista hacia otro capitán rubio que permanecía inmóvil en su hueco en la caja.- Y si sigues metiéndote conmigo te voy a dejar sin nada, aunque estés pocha.- Dijo Almudena alzando una ceja.

- Eso lo veremos.- Desafió Cecilia mientras Alberto echaba una mirada a la caja, donde quedaban otros dos juegos de guerreros y cinco figuras vestidas con largas túnicas y sombreros picudos que sin duda eran magos.

- Haya paz. ¿No se supone que asediamos todos juntos, como un solo ejército? – Decidió interrumpir la discusión, más que nada porque se moría de ganas de jugar.

- Eso no quiere decir que estemos necesariamente en el mismo bando todo el tiempo.- Explicó Cecilia.- El juego permite alianzas, pero también traiciones, subterfugios y demás… es francamente realista. Bueno, para ti con la excepción del dragón y alguna que otra minucia…

- Ya… así que puedo hacer un pacto contigo para traicionar a Almudena en el último momento…

Cecilia puso una sonrisa digna de un tiburón mientras Almudena fruncía el ceño.

- Se te ha olvidado decirle que cuando se juega contra el castillo los defensores del mismo son los magos.- Y dicho aquello Almudena extrajo tres figuras vestidas con largas túnicas, cada una del color del estandarte que habían elegido.

- En la otra modalidad cada uno cuenta con su mago.- Explicó Cecilia.

- Entonces se juega con cinco en lugar de cuatro.

-Eso es. Pero no sufras por no tener uno. Sir Gaetano es además una ficha muy astuta. Creo que eso añade encantos a los ojos de mi hermana.

- ¡Vaya! – Alberto sonrió haciendo un esfuerzo por no expresar en voz alta su pensamiento, que no era otro que ya disponía de una bruja en su vida. Pero claro, era evidente que eso ahora no era relevante.

- Bueno, falta por saber quién custodia El Libro.- Interrumpió Almudena, bastante fastidiada porque se metieran tanto con su juego y con su figura favorita.

- ¿Qué es eso del Libro?

- Es la guía de instrucciones. El castillo no es exactamente igual cada vez que emerge del tablero. El Custodio del Libro puede ser consultado por cualquier jugador cuando una figura cae en una casilla con un libro pintado, como esa de ahí.- Cecilia señaló un punto de la muralla del castillo.

- ¿Ahí? ¿Cómo puede caer una ficha ahí?

- Trepando. ¿No sabes nada de asedio medieval a los castillos? Para eso hay escalas, garfios con cuerdas, máquinas de guerra...- Y Cecilia señaló unas diminutas escaleras que había en la caja, cuerdecitas pulcramente enrolladas con minúsculos garfios en la punta y hasta una torre de guerra que Almudena extrajo y montó en pocos segundos.- Se consiguen cambiando los puntos.- Explicó.

- ¡Caramba!

- Pero no creas que es tan fácil. También hay defensas.- Dijo Almudena.

- ¿Arqueros en las almenas?

- Magia. Los magos pueden hacer que guerreen las armaduras vacías…

- ¡Mira qué bien! ¡Cómo en La Bruja Novata!- Las dos hermanas decidieron tácitamente no hacer comentarios.

-Te pueden tirar al foso… - Dijo Almudena

- O echarte encima un caldero de aceite hirviendo…- Añadió Cecilia.

- ¡Que!

- No te preocupes, hombre. Tú no te vas a quemar. Le cae a una figura. Lo que ocurre es que pierde una capa de pintura y se tiene que retirar del juego.

- A recuperarse de las quemaduras, supongo…

- Mas o menos.

- Así que cuidadito con lo que haces con Sir Gaetano. Me gustaría conservarlo tan reluciente como está ahora.

- Cualquiera diría que estás enamorada de ese italiano.- Murmuró Cecilia con una risita.

- Muy graciosa.

Cecilia resultó ser la Custodia del libro, y comenzó la partida. Al principio, Alberto pensó que la cosa era sencilla. Sus soldaditos iban avanzando hacia el castillo tirada tras tirada, al igual que los de Cecilia y Almudena, cada Estandarte por un flanco.

Fue divertido cuando un arquero de Cecilia consiguió quitarle el sombrero a uno de los magos defensores, que desapareció abochornado por el interior de un torreón. O cuando Sir Gaetano consiguió esquivar una trampa en el suelo que se abría dejando caer al incauto a un foso lleno de pinchos. Tuvo menos gracia cuando el caballero perdió el brazo izquierdo al caer de golpe el rastrillo justamente cuando entraba al galope en el castillo.

- ¡Oh, no! ¡Se ha roto!

- No te preocupes, se reparan solas después.- dijo Cecilia concentrada en una arriesgada jugada que implicaba distraer a un mago con un halcón mientras uno de sus soldados buscaba en sus dependencias el tesoro. - ¡Oh, porras! ¿Por qué tiene siempre Sir Richard que hacerse el temerario? – Exclamó cuando su capitán arremetió contra un candelabro mágico que empezó a sacudirle en lo alto del casco haciéndolo retroceder varias casillas.

- ¡AY!

Cecilia y Almudena miraron sorprendidas a Alberto. Tenía un minúsculo cocodrilo verde aferrado a la primera falange del índice de la mano derecha.

- ¡Has metido la zarpa en el foso! – Protestó Almudena.

- ¡Quería recuperar el brazo! ¡Quitadme esto, que me va a dejar sin un trozo de dedo!

- Vuelve a dejar el brazo del soldadito en el agua y te soltará -. Dijo Cecilia con toda la calma del mundo. Alberto lanzó el brazo rápidamente, temeroso de perder un dedo, y el mini cocodrilo lo soltó. Se miró el dedo preocupado, pero salvo un cierto escozor, parecía intacto.

- ¿Qué rayos era eso?

- Pues ya lo has visto, un cocodrilo.- Dijo Almudena con cierto tonillo de desdén. - ¿Qué esperabas en un foso?

- Sobre todo, si es la versión Deluxe-. Aclaró Cecilia contemplando dos ojillos amarillos que emergían en el agua verde, como si estuvieran vigilando que nadie más metiera la mano en el agua.

- ¡Demasiado realista!

El juego prosiguió cada vez más emocionante. Al cabo de dos horas Cecilia se había hecho con un cofre que resultó estar lleno de monedas de plata. Alberto tenía dos con doblones de oro y Almudena un saco de piedras preciosas. Claro que en el proceso habían perdido algunas piezas. Quizás lo que más asombró a Alberto fue cuando su novia perdió un arquero totalmente chamuscado por un fogonazo del famoso dragón, que por alguna razón había salido de las mazmorras por un túnel secreto y había aparecido en el bosque cercano al castillo.

Y ahora ya tenían localizado el Cristal Arcano en el dormitorio de la reina. La mala suerte mezclada seguramente con algo de precipitación dio al traste con la ventaja que llevaba Almudena, cuyo infante avanzaba con paso firme por las escaleras que conducían a los aposentos de la reina, y éste fue lanzado por la ventana con gran disgusto por parte de la jugadora. Ahora la cosa quedaba entre Cecilia y Alberto…

Alberto habría podido dejarse ganar por su novia, por aquello de la galantería, la consideración a su estado convaleciente o porque al fin y al cabo estaba de invitado en la casa de sus padres. Pero estaba tan metido en el juego que no lo hizo. Al final de la partida obligó a Sir Gaetano a tirar de la alfombra sobre la que el infante de Cecilia estaba aposentado a tan solo dos casillas del Cristal. Y a la siguiente tirada, como era inevitable, su capitán lo alzó triunfante entre las manos.

- ¡He ganado! ¡He ganado! ¡Ahhh! – Exclamó dando saltos como si estuviera viendo un partido del Madrid y acabaran de meter un gol. Cecilia y Almudena lo miraron impasibles.

- ¿Has terminado de dar botes? – Preguntó Cecilia cuando su novio volvió a aterrizar a su lado en la alfombra.

- ¡No estarás enfadada!

- ¿Yo? ¿Por lo de la alfombra? ¡Qué va! Lo que estoy es indignadísima.- Y con esas Cecilia se levantó muy digna y empezó a caminar hacia la puerta.

- Pero Ceci… es un juego…- Murmuró él compungido.

- Ya… ya… así que… en el amor y en la guerra todo vale ¿no? – y con esas se perdió por el pasillo.

- ¡Ceci! – Alberto se puso de pie de un salto y ya se iba tras de ella.

- No se te ocurra seguirme.- Se oyó su voz desde el fondo. Alberto, desolado, volvió junto a Almudena y se puso a ayudarla a recoger el juego.

- Pues vaya, con lo contento que yo estaba de haber ganado a un juego mágico… ¿crees que está muy enfadada?

Almudena miró el reloj.

- No. Creo que simplemente ha decidido tomar una medida.

- ¡Qué dices!

- Aromática.

Al cabo de pocos minutos Cecilia, en su nube de eucalipto y demás aromas mentolados volvió al salón y se sentó junto a Alberto como si tal cosa.

- ¿Estás muy enfadada?

- Mucho.

- Pero Ceci…snifff… Ceci… snifff… ¡Oh, cielos! ¡Ahora pareces un paquete entero de chicles de menta extra fuerte!

- Claro. Acabo de darme la pomada. Ya me tocaba ¿sabes? Así que ahora a ti te toca respirar como si estuvieras en un bosque de eucaliptos sin protestar si quieres que me desenfade.- Y Cecilia sonrió.

- ¡Qué suerte! – Le dijo Almudena a Cecilia por la noche.- Por un momento creí que tendrías que tirar tu guerrero por la ventana y hacer que pareciera accidental. Forzaste mucho la cosa, parecía que habías decidido olvidar nuestros planes y ganarle.

- Es que lo había decidido. – Confesó Cecilia.- Si ya sabes tu que nunca gano al MagiStrategic. Así que, por una vez que estaba a punto, no pude resistir la tentación...

Almudena alzó las cejas.

- ¡Entonces Alberto ha ganado en buena lid!

- ¡Completamente!

Almudena se quedó pensativa un momento.

- Habrá que apuntarse lo de la alfombra. A mi no se me habría ocurrido… - Dijo finalmente.

- Tal vez tengas que jugar más con él.

- No se yo. Ahora resulta que es temible… ¿Se lo has dicho?

- ¿El qué? ¿Qué estábamos conchabadas para que no se llevara la gran paliza? No. ¿Para qué? Ha demostrado de sobra sus habilidades.

Almudena asintió con la cabeza y no dijo nada más. Mientras Alberto, en su casa, se sentía henchido de orgullo y honor. ¡Había ganado a un juego mágico genial! ¡Qué pena que no lo vendieran en versión muggle!

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Inspirado vagamente en el juego de Patifichas de Angie Sage que aparece en Septimus y el Hechizo Imposible.

Con el Cameo de algún personaje de El Cristal de Gawain.

Espero que os haya gustado. Ahora, me voy de vacaciones hasta el lunes. ¡Felices Pascuas!

Y si alguien tiene una pregunta para la próxima de Bonus, puede enviarla y veré qué hacer