Capítulo 9
—¡No, Tyler, a la izquierda!
—¿A su izquierda o a mi izquierda? —preguntó el joven subido en la escalera.
—¡Estamos mirando en la misma dirección!
Edward no quiso gritar a su empleado, pero le desesperaba tener una mano inútil y que la decoración para el día de San Valentín se complicara porque solo se podía dedicar a supervisar a un muchacho que era capaz de calcular los impuestos de las ventas sin necesidad de calculadora pero que no distinguía los colores ni era capaz de colgar nada en su sitio.
Esa mañana, Tyler había estado repartiendo propaganda de las ofertas que durarían una semana hasta que una tormenta lo obligó a volver a la tienda. Además, al parecer, la lluvia iba a convertirse en aguanieve por la tarde. Edward rezó para que las carreteras estuvieran transitables el día siguiente porque tenía que ir a Hawk Summit.
—Es un sitio muy romántico —le había dicho el hombre por teléfono—. Las habitaciones exteriores tienen unas vistas increíbles y las suites son muy lujosas; tienen jacuzzi…
Eso ayudaría a pasar un día de San Valentín muy especial. Edward volvió a pensar en lo que le dijo Bella al despedirse hacía dos noches. Dijo que lo pensaría. ¿Pensaría de verdad la posibilidad de pasar el día de San Valentín con él o había sido una manera educada de eludir la respuesta? La había desconcertado con la propuesta. Naturalmente, también se había desconcertado a sí mismo. Quizá se sintió impulsado por la conversación que habían tenido antes, cuando él le contó que no quería estar solo o, quizá, estaba aturdido por el dolor, el cansancio y los medicamentos. Sin embargo, lo más probable era que lo hubiera hecho porque quería verla otra vez.
—¿Sigue sin estar en el sitio adecuado? —preguntó Tyler mirando el cartel con el ceño fruncido.
—No, está muy bien. Perdona, es que estaba… —Edward no terminó la frase al oír el teléfono—. Iré a contestar. Cuesta arriba, soy Edward Cullen.
—Edward, soy Bella Swan.
Repentinamente, la mano le dolió menos y el día se hizo más resplandeciente a pesar de los nubarrones.
—Estaba pensando en ti.
¿Había sido demasiado franco o descarado?
—Ah… ¿Sobre qué? —preguntó ella.
—Sobre el día de San Valentín —contestó él sofocando la imagen de un jacuzzi—. A ver si lo adivino. Has llamado para aceptar mi propuesta. San Valentín es un lunes, ¿hasta qué hora sueles quedarte en el colegio?
—No había llamado por eso —replicó ella en un tono como si estuviese sonriendo.
—Bueno, entonces puedes matar dos pájaros de un tiro.
—Eres muy…
—Perseverante —él terminó la frase—. Me han dicho que hay cosas peores en la vida.
—De acuerdo, estaré allí a las seis y media. ¿Te parece bien?
A Edward no le engañó el tono gruñón. Nadie obligaba a Bella a hacer lo que no quería. Si había aceptado, era porque quería estar con él.
—¿Qué más puedo hacer por usted, directora Swan?
—Comprueba tu correo electrónico, por favor. He redactado el borrador de una carta sobre el campamento para los padres y te la he mandado. Quería saber tu opinión antes de pedirle a Roberta que la imprimiera y la metiera en los buzones de los profesores.
—Bella, no estarás… preocupada porque sea instructor, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir? Ya te dije que las personas necesarias están al tanto.
—Sí, ya sé que todo está aceptado oficialmente, pero si lo piensas bien, me ofrecí a leer algo a los niños y recibiste quejas, me ofrecí a ayudar con la noche de patinaje y acabé en Urgencias…
—Ya sé lo que quieres decir —dijo ella conteniendo la risa—, pero no ves lo más importante. Te has encontrado con dificultades y sigues ofreciéndote. Además, te caíste por proteger a dos niñas. Ojalá hubiese más padres como tú en el colegio.
—Entonces, me parece que no vas a tener suerte, soy único en mi especie.
Él había intentado hacer una broma, pero la voz le salió seria porque se sintió abrumado por el halago de ella.
—Efectivamente, lo eres —concedió ella en tono delicado.
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—Casi todas las personas llaman con el puño, no con la frente —comentó Alice con ironía—. ¿Puedes explicarme por qué estás en mi porche dándote cabezazos contra mi puerta?
—Es un intento desesperado de conseguir algo de sensatez —contestó Bella.
Era jueves por la tarde y habían pensado pedir una pizza vegetal y un par de litros de refresco bajo en calorías para ver una película en el salón de Alice.
—Espera, iré a por el bate de béisbol y te echaré una mano.
—Muy graciosa —Bella colgó el chaquetón en el perchero de la entrada—. Me muero de risa.
—A Jake le gusta mi sentido del humor —replicó Alice como si estuviese ofendida—. Naturalmente, no es lo único que le gusta de mí.
—Es posible que no seas la única que tiene un admirador. Edward me pidió que cenara con él el día de San Va…
—¡Lo sabía! —exclamó Alice—. Te lo dije el día de la reunión del Ayuntamiento, ¿no?
—Antes de que eches las campanas al vuelo, te diré que es una cena en su casa y con su hija de carabina, así que…
—¿Qué vas a ponerte?
—No lo sé —contestó Bella parpadeando—. Acepté hace un par de horas y estoy dudándolo desde entonces.
—¿Dudándolo? ¿Por qué? Espera… acompáñame —Alice dio media vuelta y fue a la cocina—. Necesitamos vino. ¿Tinto o blanco?
—¿Qué pasa con el refresco sin calorías ni remordimientos?
—Vamos… un buen cotilleo exige vino —Alice ya estaba sacando las copas del armario—. Además, tenemos que brindar. Es tu primera cita en Braeden.
Bella sacó una botella de vino blanco de la nevera.
—¿Por qué lo dudas? —preguntó Alice mientras lo servía—. ¿Es porque crees que sigue demasiado colgado de su esposa para que sea una relación sana?
—La verdad, no. La amó mucho, pero eso no me parece un impedimento para que vuelva a salir con alguien. Su matrimonio fue fantástico. Edward no es un hombre de esos que están quemados y ni siquiera saben lo enojados que siguen.
—Los conozco —reconoció Alice con una mueca.
—Sin embargo, Edward tiene otras complicaciones. Le estresa el trabajo —no concretó porque Edward le había pedido que no comentara la situación de la tienda—. Sin embargo, lo más importante es su hija. Tiene que preocuparle que Nessie acabe apreciando demasiado a una mujer. ¿Qué pasaría si la relación no sale bien y la niña le tiene demasiado cariño? Además…
—¿Además?
—Bueno, creo que no tiene práctica de salir con chicas.
—¿Quieres decir que no tiene práctica porque estuvo casado muchos años?
—No, quiero decir que solo salió con su esposa.
—¿Fue la única mujer que…? —preguntó Alice en tono de incredulidad—. Tuvieron años para montárselo bien.
—¡Alice! —Bella se atragantó con el vino—. ¿Qué te pasa?
—Muchas cosas, pero que cuente una historia tan íntima a una mujer es meterle mucha presión.
—Deja de mirarme así —le pidió Bella roja como un tomate—. Vamos a cenar con su hija, no a pasar un fin de semana desenfrenado en un hotel de lujo.
—¿No lo has pensado nunca? ¿Ni una vez? —le preguntó su amiga con un brillo diabólico en los ojos.
—¿El hotel de lujo? No puedo permitírmelo con mi sueldo. ¿Dónde está el número de teléfono del repartidor de pizzas? Me muero de hambre.
—Sí —Alice se rió—. Me lo había imaginado.
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—Además, la comida también es fantástica —comentó Edward en el comedor del Hawk Summit—. Este sitio es maravilloso y no lo digo solo porque quiera hacer negocios contigo.
Jeffrey Frye, el director de planificación, se rió desde el otro lado de la mesa.
—Gracias. Empezamos con grandes ideas, pero nos encontramos con algunos obstáculos con la normativa y la construcción y cuando lo inauguramos…
Jeffrey miró con abatimiento el comedor, que estaba casi vacío.
—Las dificultades de la economía —concluyó Edward con comprensión—. No puedo ayudarte con la publicidad a escala nacional ni nada de eso, pero puede ir de boca en boca, a escala local. Es un primer paso. Tengo algunas ideas publicitarias para Braeden, pero puedes emplearlas en otras localidades.
—Eres muy amable —Jeffrey ojeó la carpeta roja—. Algunas son mejores que las de los consultores de marketing que contratamos.
Edward iba a promocionar la estación de esquí en el pueblo a través de la tienda y, a cambio, Jeffrey haría un descuento del cincuenta por ciento en los arrastres y del quince por ciento en las habitaciones del hotel principal a los clientes que llevaran una factura que demostrara que habían comprado ropa o material de esquí en Cuesta arriba. Además del hotel principal, había otros dos más pequeños, uno dirigido a familias y otro solo a adultos. Edward sortearía una estancia en el último al acabar las ofertas por el día de San Valentín y Jeffrey lo llevó a conocerlo. Edward vio a Bella en cada rincón. Podía imaginársela sentada en la butaca delante de la chimenea y riéndose después de pasar el día deslizándose por las laderas. ¿Sería mejor esquiadora que patinadora? También se la había imaginado diciendo que necesitaba un baño en el jacuzzi, pero no se atrevió a mirar la enorme cama.
—¿Estás casado o sales con alguien? —le había preguntado Jeffrey con amabilidad.
—Es posible, es un poco pronto para decirlo —contestó él un tanto infantilmente para ser un hombre que había ido con propuestas de negocios.
—Bueno, acuérdate de nosotros si resulta ser algo serio. También pueden celebrarse bodas en el hotel principal —le comentó Jeff con una sonrisa.
Edward hizo un esfuerzo para olvidarse de Bella y se preguntó si las niñas apuntadas al campamento y sus padres querrían subir a pasar un fin de semana antes de que las pistas de esquiar cerraran a finales de marzo. De vuelta a Braeden, siguió acordándose de las niñas del campamento. Las cartas se entregaron el día anterior y las inscripciones deberían hacerse la semana siguiente. Él sabía que Tessa y Val, las amigas de Nessie, estaban interesadas y que sus madres confiaban en que él supiera lo que estaba haciendo. ¿Se apuntaría alguna más? No sabía qué le preocupaba más, si que no se apuntara nadie y fuese un fracaso o que se apuntaran más niñas de las que podía controlar.
Antes de llegar al pueblo, tenía que pasar por la sede central de los campamentos regionales para comprar suministros y el equipo de instructor. También podría conseguir el manual y el uniforme de Nessie. Los demás los pediría cada padre. La recepcionista era una mujer con aspecto de abuelita que lo remitió a la señorita Temple para que lo ayudara.
—Vaya, un hombre en campamentos para niñas, menuda novedad —bromeó la guapa morena mientras buscaba todo los documentos que necesitaba él—. ¿Tiene una madre o una hermana mayor que le ha despertado el interés?
—Una hija de seis años —contestó él.
—La mayoría de las niñas convencen a sus madres para que sean instructoras.
—La madre de Nessie falleció hace dos años y solo me tiene a mí.
—Pues bravo por participar. Si necesita alguna ayuda o preguntar algo, llámenos cuando quiera —ella le entregó una tarjeta—. Éste es mi número directo. Incluso podría acercarme por el colegio si quiere que lo ayude con la orientación a los padres o necesita respaldo en algún acto.
Antes de que hubiera pagado las cosas de Nessie, la señorita Temple se había ofrecido varias veces a ir a Braeden para ayudarlo. Él llegó a pensar que quizá le gustara. No sería la primera mujer que, durante esos dos años, hubiese mostrado algún interés por él, aunque casi nunca había sentido un interés recíproco. Sin embargo, cuando estaba a tres metros de Bella…
La deseaba. Esa sensación seguía siendo tan novedosa que lo desconcertaba ligeramente. ¿Qué haría ella si la besara? No estaba seguro, pero aunque ella no sintiera lo mismo, le estaba agradecido. Él le había dicho que no se imaginaba con nadie más. Esa parte de él había estado en hibernación durante mucho tiempo, pero ella la había despertado. Lo había estimulado, lo había ayudado a sentirse pleno otra vez. Solo le quedaba saber qué iba a hacer al respecto.
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Después de varias manos de póquer en la mesa de la cocina de Edward el viernes por la noche, supo que Jake era capaz de mantener el rostro inexpresivo, pero el tono burlón de su voz era desalentador.
—Para tenerlo claro —dijo Jake—, ¿qué tipo de consejo estás buscando?
—Da igual —contestó Edward mirándolo con enojo—. Además, si dices que es igual que montar en bicicleta, te pongo la cerveza de sombrero.
Edward se levantó para recoger los cuencos vacíos que habían tenido patatas fritas y salsa. También debería llevar a su hija a la cama. Nessie se había quedado dormida mientras veía por enésima vez Sonrisas y lágrimas. Sonrió al ver la escena. Encima del pijama con ponis de todos los colores, llevaba el chaleco recién estrenado del campamento. La boina le caía a un costado de la rizada melena pelirroja y con una mano agarraba a Pinky, su caballo de peluche.
—Qué escena… —comentó Jake con cariño—. ¿Quieres que la lleve? Solo te faltaba que te hicieras más daño en la muñeca. Cúrate para que podamos volver a jugar al baloncesto todas las semanas. No es lo mismo jugar con Rockwell. Os gano a los dos, pero él no presenta batalla suficiente para que merezca la pena el esfuerzo.
—Ya, ahora hablas mucho, cuando no puedo sujetar el balón con las dos manos —se burló Edward.
Fue delante de su amigo para cerciorarse de que no había juguetes tirados por el suelo y encendió la lucecita con forma de granero por si se despertaba por la noche. Besó a su hija en la frente y le dejó a Pinky entre los brazos.
—¿Ya le has contado lo de tu gran cita? —le preguntó Jake cuando habían salido de la habitación.
—Deja de llamarlo así. No, he decidido contárselo cuando esté más cerca. No quiero que se pase una semana y media dándole vueltas en la cabeza a su significado.
—Es bastante significativo, sin bromas. Estoy muy impresionado de que la invitaras a cenar. ¿No es la primera cita que tienes sin que nadie tuviera que concertarla por ti? Además, en San Valentín nada menos… La noche más romántica del año, cuando las mujeres tienen más esperanzas.
—No me lo había planteado así… ¿Alice y tú tenéis algún plan?
—No lo sé. A lo mejor, algo normal como ir al cine o a patinar sobre hielo.
—Si te caes, no intentes apoyarte en la mano.
—Yo no me caigo —replicó Jake con una mirada demoledora.
Edward estuvo a punto de proponerle que los acompañaran en la cena de San Valentín, pero reconoció que era por cobardía.
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—Unas buenas ventas, jefe —comentó Roddy mirando la tienda—. Creo que le idea de San Valentín ha sido buena. Comprar material para actividades al aire libre para que dos personas puedan pasar más tiempo juntas es un giro romántico muy acertado. ¿Por qué no lo hicimos el año pasado?
Porque pasó por alto intencionadamente la existencia de San Valentín, reconoció Edward.
—Bueno, cruza los dedos. A lo mejor podemos convertirlo en una tradición todos los años. Ahora, perdóname, estoy viendo a Lydia Fortnaut.
—¿Va a ayudarla a elegir más material de pesca? —preguntó Roddy con una sonrisa.
—No, voy a esconderme en el almacén.
Afortunadamente, Lydia solo tenía hijos varones que no podrían apuntarse al campamento para niñas. Con la excepción de que algunas divorciadas depredadoras lo persiguieran, el sábado era un éxito considerable. No sabía si la afluencia de clientes seguiría durante la semana, pero estaba satisfecho de la gente que había ido durante el día. Más satisfecho se sintió cuando Bella entró alrededor de las tres de la tarde. Estaba sonrojada por el frío, tenía el pelo recogido en una coleta y sonrió en cuanto lo vio. Él fue directamente hacia ella con la esperanza de que su impaciencia por estar con ella no fuese demasiado evidente para los demás clientes, pero sin disimularla.
—Hola.
—Hola —ella miró alrededor como si estuviera impresionada—. Ésta es la tienda… ¿Me la enseñas?
—Claro. ¿Quieres empezar con las cosas para hacer ejercicio? Es una sección bastante pequeña.
—No, acabemos la visita con esas cosas —Bella señaló el expositor de bicicletas—. Esas cosas son más raras.
—¿Las bicicletas de montaña son raras? —preguntó él entre risas.
—Procedo de una familia bastante lectora —reconoció ella—. Mi hermano y yo estábamos en el equipo de polemistas, no en el de fútbol, y los cuatro pasábamos tardes enteras discutiendo si valía una palabra del Scrabble, no jugando al golf. Nunca en mi vida he ido a una acampada.
—¿De verdad? Eso es un disparate. Entonces, empezaremos por el material de camping.
Ella arqueó una ceja al ver la mosquitera y el artefacto que podía convertir el agua de un lago en una ducha improvisada. Entonces, miró a Edward como si fuese un lunático.
—Es verdad, la acampada parece apasionante. Mosquitos y poca higiene, ¡cuenta conmigo!
Bella se detuvo ante unos hornillos portátiles rodeados de libros que se titulaban Las recetas para hacer con papel de aluminio que necesita un hombre.
—No te rías —le avisó Edward—. Algunas de mis mejores recetas para la parrilla han salido de ese libro.
—¿Es demasiado tarde para echarme atrás sobre la cena en tu casa? —le preguntó ella conteniendo la risa.
—Nunca incumplirías una promesa. Lo sé porque sigues fielmente las «directivas» —replicó él sin inmutarse.
Ella dejó escapar un gruñido y se tapó la cara con las manos.
—Sigue el consejo de una amiga: si ése es el mejor chiste que sabes hacer, ahórratelo.
—Captado —Edward se rió—. Hablando de la cena, hay algo que… ¿Te importaría acompañarme un momento al despacho?
—No… —contestó ella con la curiosidad reflejada en sus ojos cafes—. No pasará nada, ¿verdad?
—Al contrario.
Él miró alrededor para cerciorarse de que nadie se diera cuenta de que se iba con ella al despacho.
—No es tan bonito como el tuyo —comentó él mientras cerraba la puerta—, pero es donde trabajo cuando no estoy fuera.
Ella tomó una foto enmarcada que había sobre la mesa. Era una de las favoritas de Edward. Nessie tenía tres años y medio y Tanya había comprado unos vestidos veraniegos iguales para las dos, había contratado a un fotógrafo profesional para que la hiciera en el parque y se la había regalado por el Día del Padre.
—¡Se parecen mucho! —exclamó Bella—. Son muy guapas —estaba devolviéndosela cuando abrió los ojos como platos—. ¡No te he preguntado por tu mano! Pensarás que soy una desalmada.
—En realidad, yo mismo me había olvidado —reconoció él—. Me alegro de que hayas venido.
—Y yo de haber venido —ella sonrió y levantó la cabeza para mirarlo mientras se apoyaba en la mesa—. ¿Qué tenías que decirme?
—Ah… —a Edward se le aceleró el pulso—. Más bien, es algo que tengo que hacer antes de la cita.
Él se acercó y ella abrió los ojos con el corazón desbocado.
—Ah… —ella se pasó la lengua por el labio inferior—. ¿Qué tienes que hacer?
Él apoyó la mano en la mesa, al lado de ella, y se inclinó.
—Esto.
N.A: Ok, no me maten por ese final ¿de acuerdo?
