*** La historia NO ES MÍA es una ADAPTACIÓN al final, daré el nombre del autor y el nombre original de la historia
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
*** Contenido de escenas explicitas sexuales **
Capítulo 9
Sus padres se quedaron a dormir con ella en la habitación de invitados, muy preocupados por su yerno y también por su hija.
Pero se fueron al mediodía, pues bien sabían que Edward y ella tenían asuntos muy serios que solucionar y las visitas solo les estorbaban. Necesitaban estar solos y arreglar sus problemas.
Durante la noche, estuvo preocupada por él. Edward no contestaba a los whatsapps, no le cogía el teléfono, no sabía donde estaba o donde habría dormido… Nada.
Bella entendía que no se comportaron bien ninguno de los dos, no solo ella. Estaban calientes de las anteriores discusiones, se empezaban a perder el respeto y con ello perdían totalmente el equilibrio, transformando la calma aparente en la que vivían, en una campo de batalla de puyas.
Pero todos tenían problemas, y se iban a trabajar con ellos a cuestas, como Bella.
Esa mañana tenía una migraña de caballo. Después de llamar cinco veces a Edward y ver que no se lo cogía y que los whatsapp aparecían leídos pero no había señal de vida por su parte se vino abajo de nuevo.
Su vida estaba a punto del colapso. El día anterior no pudo ver a Draw, Edward la lió en la cena con sus padres, y ella se encontraba fatal. Trabajaba con las gafas de sol puestas porque tenía los ojos hinchados y un aspecto pésimo.
Se las sacó para limpiarlas porque las lágrimas le empañaban los cristales, y en ese momento entró Cristina, su secretaria, con los informes que le había pedido hacía media hora. Cuando la mujer de pelo rizado caoba y regordeta metió la cabeza dentro de su oficina, la cazó de lleno, con las mejillas empapadas de lágrimas y la nariz roja.
—Perdón, señorita Isabella. No quería importunarla.
Isabella le restó importancia con uno de sus gestos y le pidió que entrase.
—No pasa nada, Cristina. ¿Me traes los informes que te pedí sobre el mercado de los caramelos en China?
Querían lanzar sus tentáculos con su marca en el mercado oriental y para ello, antes de lanzar cualquier campaña para atraer a sus compradores, debían hacer un estudio muy estricto de mercado para comprobar la viabilidad comercial de los Smil ing.
—Sí, señorita. Tenga.
Isabella los tomó de su propia mano y asintió agradecida al tiempo que sorbía por la nariz.
—¿Se encuentra bien? —preguntó preocupada. Cristina había sido la secretaria de su padre Luis, y él se la dejó en herencia a Bella, porque nadie sabía mejor cómo llevar el orden de las reuniones y los archivos en esa empresa.
—Sí —se obligó a sonreír—. Es que me entra la alergia. Principios de primavera —se excusó falsamente.
—Ah, vaya. Tómese algún antihistamínico —le sugirió Cristina para disimular.
Pues ni ella, ni nadie que conociera a Bella, iba a creer que esa mujer tenía un ataque de alergia. No se trataba de eso.
Isabella estaba bajo el profundo efecto de un ataque de llanto en toda regla. Y aunque Cristina se preguntase qué lo habría originado, en el fondo, solo lo sabría Bella.
Ese día decidió salir antes de trabajar.
Era la jefa. La dueña. Y siempre dio un excelente ejemplo.
No había faltado ni un solo día y era la que más trabajaba, pero no estaba en condiciones de fingir que realizaba sus funciones cuando, en realidad, se sentía fatal y solo esperaba regresar a su casa para asegurarse de que Edward había vuelto.
Por eso, después de aguantar pacientemente el paso de la mañana, llegó a su hogar a las tres y media, esperanzada en reencontrarse con él.
Su corazón se pasó un latido cuando vio que bajo el parquin privado estaba el Jeep Wrangler de su marido.
Había vuelto.
Isabella aparcó el precioso Mini Rover, dejó el mando de las marchas en punto muerto, quitó el pie del embrague y apagó el motor.
Paralizada tras el volante y sujetándolo con fuerza, observó con detenimiento la puerta de entrada de su casa. Desde la lejanía parecía una casa maravillosa, de diseño, con su jardín y su piscinita pequeña; un hogar de enamorados.
Pero cuando uno cruzaba el umbral del porche y se internaba en la casa, descubría que allí solo quedaban restos; los vagos recuerdos del amor y la solidaridad que una vez se profesaron, y un rastro de pasión embotellada que se descorchaba de vez en cuando como el mejor vino.
Pero nada más.
Había llegado el momento de mirar cara a cara al que se suponía era su mejor amigo y el hombre con el que una vez quiso pasar el resto de su vida, para decirle que ya no era ese hombre y que posiblemente ella tampoco era ya esa mujer de la que se enamoró.
Y deberían ser conscientes de que siempre, al final de una etapa, solo persistían los buenos momentos, esos que con el paso del tiempo, nunca se olvidaban. Al menos, les quedaría eso. Tenían mucho más que otras personas.
Con esa esperanza, Bella tomó aire por la nariz y buscó el valor de su interior, de ese mismo lugar donde encontró la osadía de dar con Draw y aceptar su desafío. Pues bien, de ese mismo lugar, y con mucho dolor en su corazón, miraría a esos ojos de obsidiana que la enamoraron y le diría que su amor se había acabado.
Salió del coche con pasos decididos.
Ese día olvidó vestirse como una ejecutiva, siguiendo inconscientemente la sugerencia de Draw, y se vistió con una blusa a rayas monocromáticas con escote en V de Lacoste, unos leggins azul oscuros que dejaban lucir sus largas piernas esbeltas y
torneadas, y unas botas altas de color camel. Hacía demasiado calor para una chaqueta. Dejó el bolso en su coche, y marchó con paso firme hacia la puerta de su casa.
Pero antes de que subiera los escalones, fue Edward quien, con la cara lavada pero el pelo despeinado, abrió la puerta de la casa y la cerró a sus espaldas.
Edward vestía como el día anterior. No se había cambiado.
Tenía la mandíbula oscurecida por los primeros pelos de su barba creciente. Le brillaban los ojos con algo que Bella no supo identificar. No sabía decir si era rabia o pena.
Él se puso las manos en los bolsillos delanteros de su pantalón dockers negro y clavó su mirada en ella.
—Edward —Bella utilizó un tono conciliador. Estaba tan feliz de verle—. Menos mal que has regresado. Me has tenido muy preocupada toda la noche.
—Bueno, no será para tanto —convino igual de agresivo que la noche anterior—.
Me dejaste muy claro que no querías verme.
—Me hiciste enfadar —reconoció arrepentida—. Nunca pensé que podrías montar un número delante de mis padres.
—Para que veas que nunca se conoce del todo a las personas.
—No —asumió la puya.
—Yo tampoco pensé que pudieras utilizar en mi contra los meses que he dedicado a mi novela.
—Para que veas que todos tenemos un límite, y que como tú dices, nunca se conoce del todo a las personas —repitió devolviéndosela. Pero no era esa la dirección que quería que tomara su conversación, así que bajó el tono y se quitó las gafas de sol para que él viera sus ojos implorantes—. Edward, tenemos que hablar.
—No quiero hablar, Bella —contestó seco.
—Pero tenemos que hacerlo —intentó acercarse a él subiendo los escalones para quedarse frente a frente.
—No quiero escuchar lo que sea que me quieres decir. No quiero.
—¿Pero no ves que no tiene ningún sentido que continuemos así?
—Las cosas van a cambiar Bella —le aseguró—. Ya he acabado el manuscrito.
Dame tiempo para moverlo.
—¡No! —gritó ella sin paciencia—. ¡No puedo darte más tiempo del que ya te he dado! ¿Es que no lo ves? ¿No ves que me he perdido en todos estos meses? ¿No ves que ya no somos lo que éramos?
Edward negó testarudo con la cabeza y su nuez se movió arriba y abajo para tragar la aflicción que revelaba y que Bella veía.
—Somos los mismos, Bella. La gente no cambia. Cambia aquello que le rodea.
—No, Edward —aseguró Bella sentándose en el escalón, abatida y harta de que él no la escuchara—. Sí cambiamos. Tú lo has hecho. Y yo también.
¿Tanto costaba mirarse a los ojos y decirse la verdad?
¿Tanto miedo había al cambio? Ellos hacía mucho que no se acostaban y que no eran una pareja con todo lo que esa palabra conllevaba. ¿Por qué debían seguir agarrándose el uno al otro?
¡Si se estaban siendo infieles! Bella no le echaría en cara lo de Jane, porque ella también estaba probando las mieles de Draw, sin embargo, cuando dos personas buscaban en otras lo que no tenían en sus casas, era porque les faltaba algo. Esa falta de algo durante tantísimo tiempo era la que había provocado que Bella se desencantara de Edward y dejara de verlo como su hombre ideal, o como su media naranja.
No. Bella ya no creía en esas cosas, y lo justo era que Edward supiera cómo se sentía.
—No puedo seguir así. No estoy dispuesta.
—No digas nada de lo que después vayas a arrepentirte, Isabella —Edward se sentó a su lado, rozándose pierna con pierna y brazo con brazo.
—Lo he meditado mucho, Edward. Y aunque hay una lista de pros que me empujan a acabar con lo nuestro, la única y principal —Bella entrelazó los dedos de sus manos para darse fuerzas— es que ya no siento lo que antes sentía por ti.
Dolía tantísimo ver cómo la persona que había sido su pareja recibía un golpe como ese. Pero más dolía fingir que todo era como al principio.
—No digas eso —contestó Edward con voz ronca, afligido por sus palabras.
Los ojos de Bella volvieron a llenarse de lágrimas, y le costó retomar la conversación y coger aire para continuar. Pero tenía que dejar muy claro su parecer.
—Edward… —susurró apoyando la frente en sus manos—. No sé estar a tu lado. No sé vivir así contigo. Ha sido tantísimo tiempo viviendo sola…
—No has estado sola.
—¡Me has dejado sola!
—Pero… Yo estaba aquí contigo, mi amor —Edward alzó su mano temblorosa para tomar a su mujer de las mejillas, pero Bella se retiró. Estaba claro que no quería contacto.
—No. Edward, por favor, ahora no me toques —rogó.
—Bella, no lo hagas, no digas eso. Ayer noche me cabreé mucho contigo por tu comportamiento de estos días. Pero te pido disculpas ahora. Lo siento. Siento haber arruinado la visita de tus padres.
—Ya no sirven tus disculpas, Edward. Lo de mis padres ha sido solo un detonador.
—Escucha —pidió desesperado girando todo el cuerpo hacia ella—. He meditado sobre todo este tiempo y sé que tienes toda la razón del mundo en echarme en cara mi comportamiento, pero Bella, ha valido la pena de verdad, si supieras que…
—Si supiera nada, Edward. No sé nada. No me has contado nada —expresó impulsivamente—. Me has tenido tres años en la inopia, ¿y ahora dices que ha merecido la pena? ¿De qué? ¡¿Merece la pena perder a tu mujer por la sensación de acabar un jodido libro?! —exclamó a boca jarro—. ¡Me has perdido! ¡Yo misma me he perdido! —se puso la mano sobre el corazón—. Esa versión de mí queriéndote a ti se ha extraviado entre los muros de tu buhardilla. ¿Por qué no te diste cuenta antes? —le preguntó llorando entre hipidos.
El rostro de Edward sombrío y a la vez cubierto de dolor era todo un poema. Quería abrazar a Bella, era lo que más deseaba, pero Bella tenía una muralla a su alrededor, y si había puerta o no, él la desconocía. Se sentía impotente porque no sabía cómo llegar a su mujer. Antes sí encontraba siempre un modo de hacerla sonreír, ahora, solo sabía hacerla llorar.
—Bella, voy a irme un par de días a casa de mi compañero Riley. Cuando regrese a casa, volveremos a hablar y a intentar remediar nuestra situación.
Ella entrecerró los ojos. Encima tenía el morro de seguir mintiéndole a la cara cuando ella sabía que ese Riley no era otro que Jane.
Que se fueran a la mierda él y sus mentiras.
—Edward, haz lo que quieras, pero mi decisión está tomada. No hay nada que arreglar, porque no hay piezas rotas ni cachos que unir de nuevo. Lo que había antes aquí por ti —llevó su mano a su corazón—, ya no lo hay. Por eso —alzó la barbilla, luchando contra el dolor de saber que su vida ya no iba a ser la misma sin Edward. Podía ser mejor o podía ser peor, pero era algo que ella tenía que descubrir— te repito que quiero el divorcio. No voy a seguir viviendo así contigo, porque si esto se alarga al final no habrá ni un buen recuerdo del que cuidar. Acabaré odiándote por hacerme tan infeliz.
Era un golpe durísimo para un hombre escuchar que su esposa le decía que la hacía infeliz. Pero Edward no era tonto, por eso comprendió que en ese momento, y en caliente, no se podía hablar con Bella, así que decidió retirarse.
Edward asintió, sin alzar la bandera blanca. Se retiraba para alejarse y buscar una estrategia mejor para luchar. No se rendía.
—Ahora estamos nerviosos —explicó cubriendo sus manos con una de él, enorme y masculina.
—Sé muy bien lo que me digo. Esto no es fruto del estrés.
—Lo sé, cariño. Pero, dame un par de días. Pasado mañana volveremos a hablar y…
—No, Edward —Bella apartó las manos de nuevo.
—Isabella, te lo ruego… —Edward fue a abrazarla, pero su peleona Isabella se lo quiso quitar de encima.
—¡Que no me toques ahora!
—Te ha dicho que no la toques.
En ese instante, mientras ambos peleaban por salirse con la suya, Jacob se presentó en su casa. Había aparcado el Audi TT rojo en la acera, frente a la puerta.
Bella aprovechó la estupefacción de Edward para levantarse de las escaleras de la entrada y apoyarse en la viga adosada del porche.
¿Qué demonios hacía Jacob allí?
—¿Jake? —Isabella miró de reojo a Edward, que se había levantado como ella, y tenía la pose de un felino a punto de atacar—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Él sabía donde vivía, pero nunca le había hecho ninguna visita. ¿Y tenía que ser hoy?
—¿Estás bien? —preguntó preocupado ignorando a Edward—. He llegado hoy de mi viaje a Sudamérica y al ir a buscarte a tu oficina me he encontrado a Cristina y me ha explicado que te has ido llorando del trabajo. Te he llamado cinco veces y no has atendido al teléfono.
—Eso es porque lo tengo en silencio, y está en mi bolso, pero… pero estoy bien —explicó nerviosa. No le gustaba nada la energía que desprendían los dos hombres —. No tenías por qué tomarte la molestia de venir a verme.
—No es ninguna molestia. Tus padres me llamaron para pedirme que te vigilara y cuidara de ti.
—Mis padres no debieron hacer eso —dijo con la boca pequeña temiendo la reacción de su marido.
—Solo quería asegurarme de que no te pasa nada —explicó acercándose a ella. Después dirigió una mirada de soslayo llena de animadversión hacia Edward—. ¿Todo bien? ¿Qué te ha pasado?
—Jacob —la voz de Edward retumbó con poderío en el jardín y también en el interior de Bella—. Acabas de interrumpir una discusión entre mi mujer y yo. Te doy un minuto para que te des media vuelta y salgas de mi casa. Aquí nadie te ha invitado.
—Hola, Edward —le dijo sin ninguna amabilidad—. Pero Bella está mal, y creo que la culpa es tuya, así que no me digas que me aleje de mi amiga.
—Mira, tío —Edward bajó los escalones y se colocó entre él y Bella marcando territorio como un animal—. No metas las narices donde no te llaman. Aléjate de ella, deja de irle detrás como un perro faldero y métete tus regalos caros por el culo.
Los dos eran igual de altos y corpulentos, y muy gallardos. Aunque físicamente distintos. Uno rubio y de ojos claros, el otro moreno y de mirada negra.
—Bueno, eso es porque yo puedo hacérselos. En cambio tú no tienes donde caerte muerto. ¿No te da vergüenza ser el mantenido de tu esposa?
Jake sonrió con frialdad y entonces sucedió algo inesperado. Las facciones de Edward se tornaron agresivas y duras como las de un exterminador.
—¡No! —gritó Bella queriendo ponerse de por medio para separarlos. Pero ya era demasiado tarde.
Una lluvia de golpes y empujones les hizo rodar por el césped del jardín. Se estaban golpeando con tanta violencia, que no tardaron en magullarse la cara y provocarse hematomas.
—¡Caballo! —gritó Isabella.
En ese momento, el Gran Danés salió del jardín de la parte trasera de la casa, saltó un par de cipreses y se lanzó a por los dos hombres, a tirarles de los pantalones y de las mangas de las camisas que ambos llevaban.
Los ladridos y los gritos eran aterradores.
En cuanto vieron que ese animal se los iba a comer, los dos se separaron, respirando agitadamente y protegiéndose del perro.
—¡No os mováis o Caballo os morderá! ¡Y cuando muerde ya no suelta! —gritó Bella advirtiéndoles—. Caballo, precioso mío —silbó a su perro con suavidad y este se relamió la boca, que tenía pedazos de ropa de Edward y Jake. Les echó una última ojeada y se dio media vuelta para proteger a su dueña.
Ella era su dueña. Era a ella a quien obedecía. A nadie más.
—¿Sois idiotas? ¿Os habéis vuelto locos? —les recriminó Isabella pálida por los nervios vividos—. ¿Cómo os atrevéis a pegaros así?
—Tu marido se merecía una paliza antes.
Edward le lanzó una mirada asesina pero no habló en su defensa.
Bella miró a uno y a otro, incrédula y decepcionada por la penosa visión que ambos ofrecían, y añadió con cansancio:
—Largaos los dos de mi casa.
—Isabella —Jacob la miró arrepentido, con el labio partido y el pómulo hinchado. Buscaba su misericordia y que a él no lo echara de allí—. Lo siento. Este tío es un capullo. Ya te dije que no te merecía —abrió los brazos manchados de césped—. Y no me equivocaba. Solo estoy preocupado por ti.
Ella negó con la cabeza. Esperó a que Edward también dijera la suya, pero él eligió no hablar más de lo que ya lo había hecho. Se dirigió al Jeep con la ropa rota por Caballo, y salió de su casa con un soberano disgusto y derrapando con las ruedas traseras para, al salir, golpear el morro del Audi TT.
—!Hijo de puta! —gritó Jake.
—Yo te pagaré la reparación.
—¡Eso me importa una mierda! —le dejó claro Jake—. Solo me importas tú.
Jake intentó acercarse a ella para consolarla, pensando que era él quien había salido ganador de aquel intercambio ya que aún seguía ahí, pero Bella se encargó de cortarle las alas.
—Tú también, Jake. No vas a quedarte aquí después de lo que ha pasado. No soy tan cruel con Edward. Vete.
—Bella…
—No tenías derecho a decirle nada de eso. Nadie tiene derecho a hablarle así. Solo yo. —Se lo dejó muy claro. No aceptaba que la replicara.
—Bella… Lo siento de verdad… —Intentó excusarse.
—¡Te he dicho que no! —lo detuvo alzando la mano y la voz—. ¡Estoy cansada de esto! ¡No quiero oír más!
—Está bien, como quieras. Solo estaba preocupado por ti y tu bienestar.
—Pues estoy bien. Gracias —mintió con sarcasmo—. Ahora vete.
Al ver que Isabella hablaba muy en serio, Jake optó por regresar a su Audi, encender el coche y salir de allí.
Bella se dejó caer en las escaleras del porche, y cuando se sentó, hundió el rostro entre sus rodillas. Solo aceptaba el consuelo y los lamidos de Caballo.
El único macho que de verdad sabía cómo tratarla.
Su ansiedad se disparó y comprendió que al único hombre que de verdad le apetecía ver para huir de la vesania de su vida, era al único que no querría quedarse a su lado.
Pero no importaba, porque al menos en Draw, una parte de su alma, sí encontraba solaz.
Y eso era mejor que nada.
—Señorita Isabella, ¿se encuentra bien?
Marco, el mayordomo de Draw la esperaba puntual en la puerta del café Kafka.
Bella hizo lo que pudo con su aspecto demacrado y agradeció que esa noche ninguno de los dos se pudieran ver.
A pesar de la base de maquillaje, del antiojeras, el rimmel, las sombras, el lápiz de ojos y el pintalabios; a pesar de su melena suelta con medio recogido y del superlativo vestido camisero de Jack Wills de color borgoña; a pesar de sus tacones beige Marc Jacobs a juego con su bolso de mano del mismo diseñador; a pesar de su perfume exclusivo cuyas gotas vestían de pies a cabeza y te hacían sentir la mujer más hermosa del mundo; a pesar de todo eso, Bella se sentía fea.
Fea por dentro. De repente, todo lo que hacía le parecía mal. Algo tenía que hacer muy mal para que dos hombres a los que ella quería se pegasen en su jardín y se creyeran que tenían privilegios sobre ella, cuando ella no era feliz con ninguno de los dos.
¿Por qué su vida había llegado a ese punto?
—Estoy bien, Marco —contestó con amabilidad.
—Está preciosa —Marco no la creyó, pero igualmente le ofreció su brazo para acompañarla hasta ese lugar en el que la esperaría Draw—. El señor la esperaba ayer.
Llevaba una chaquetita festoneada con detalles de New Look del mismo color que sus complementos, y que al ser de entretiempo iba muy bien para una noche primaveral como esa.
—¿El señor preguntó por mí ayer?
—Sí.
Saber que él la estuvo esperando le agradó. Porque mientras ella preparaba la cena para la visita de sus padres y hacía sus quehaceres, también pensó en él y echó de menos su compañía. Más aún después, cuando la cena acabó siendo un desastre.
Bella sonrió, y esa fue la primera vez que sus labios dibujaron esa línea ascendente en todo el día. Al final, era la compañía de Draw lo único que la hacía sentirse bien entre los múltiples desencuentros.
Marco la llevó a un restaurante llamado Dans le Noir.
Isabella nunca había estado ahí, y no sabía con lo que se iba a encontrar. Al entrar dentro del restaurante un invidente la recibió con una sonrisa y una exquisita educación.
—¿Señorita Isabella? —preguntó al oír la puerta.
—Sí. Soy yo. ¿Marco qué es esto? —preguntó en voz baja. —El jefe de la sala le guiará a partir de ahora. El señor ha reservado todo el restaurante para ustedes dos.
—¿Todo el restaurante? —preguntó sorprendida.
—Sí. Un taxi vendrá a buscarla en unas tres horas y la llevará a su residencia.
—¿Y entonces tú te vas? —preguntó insegura.
—Sí. No se preocupe —la tranquilizó—. Está en buenas manos. Pierre será su jefe de sala.
Isabella miró al chico ciego y bien parecido que sonreía al oír toda la conversación.
—Discúlpame, Pierre —le dijo Isabella—. No sé muy bien cómo va esto. El chico asintió.
—No se preocupe. La primera vez que me ven actúan como usted. Se sorprenden. Pero créame que nadie mejor que yo la podrá guiar hacia su destino —le ofreció el brazo—. ¿Me acompaña?
—Por supuesto —se cogió a su brazo con suavidad—. ¿Hay algo especial que tenga que hacer, Pierre?
Pierre asintió y dijo con alegría.
—Verá que no notarán mi presencia en ningún momento. Solo para avisarles de la llegada de los platos.
—¿Pero hay algo especial que deba saber?
—Solo déjese llevar.
El Dans le Noir era un restaurante con un concepto muy específico. Los comensales cenaban a oscuras, no se veían. Los camareros eran invidentes y plenamente conocedores de los espacios, con lo que podían servir a la perfección y sin accidentes.
La experiencia en el restaurante se convertía en una experiencia para los sentidos.
Pierre la guió a una mesa que Isabella no veía, y le retiró una silla que tampoco divisaba.
—Tome asiento, por favor —fue Pierre quien la ayudó a sentarse y le explicó donde tenía los cubiertos y las copas.
Isabella intentaba focalizar en algo, pero no había ni un rayo de luz. No veía nada.
Solo oscuridad.
Escuchó cómo Pierre se retiró. Isabella se centró en el silencio y en la música de fondo que sonaba en el salón. Right now de Akon.
—Estamos solos, sundara —dijo la voz de Draw.
Su voz fue como un amanecer en su interior. Después de la oscuridad se hacía la luz, y así la recibió.
—¿Draw? —dijo con voz temblorosa.
—Estoy aquí, preciosa mía.
Isabella alargó la mano palpando con cuidado para no tirar nada de la mesa. Y cuando alcanzó su mano, se sujetó a ella como a un salvavidas en medio de un oleaje.
Sus pies y sus piernas con autonomía se levantaron de la silla, rodearon la mesa sin soltarse a su amarre, y cuando llegó hasta él, escuchó cómo Draw retiraba su silla para darle espacio.
—¿Isabella…?
Bella se sentó sobre sus piernas y se abrazó a él para llorar sobre su hombro. Lo necesitaba. Necesitaba de él, de sus palabras, de sus cuidados… necesitaba que él le dijera que todo merecía la pena, aunque después, cuando tuvieran que despedirse, el dolor fuera atroz.
Draw era su santuario. El hombre que le daba paz y calma, el que la activaba con un beso y la serenaba con una caricia; el que la alentaba con una palabra.
Era gracias a él que ahora se conocía mejor y sabía lo que quería y lo que no. Y quiso demostrarle lo agradecida que estaba y lo importante que era para él.
—Draw… —gimió sobre su garganta. Ese olor… Ese olor la marcaría para siempre.
—¿Qué te sucede? ¿Por qué no viniste ayer? —le preguntó ansioso por saber, abrazándola con fuerza contra su cuerpo—. ¿Por qué lloras, bella mía?
Cuanto más le hablaba, más lloraba. Era un gatillo, un explosionador de sus emociones.
—¿Qué necesitas? Quiero darte lo que necesites, Isabella. Háblame.
Isabella hundió los dedos en su espeso pelo y agarró mechones con desesperación.
—Draw…
—¿Qué?
—Bésame —le pidió—. Hazme el amor. Te necesito —le rogó buscando su boca con la suya.
La canción decía justo lo que ambos querían. Querían hacer el amor en ese mismo instante. Y volar juntos.
Cuando sus labios se encontraron, Draw gruñó como un animal deseoso de marcar a su presa. Su beso fue desesperado y hambriento, como si no tuvieran suficiente el uno del otro, tal y como siempre les pasaba. Él se tragaba cada una de sus lágrimas, porque quería convertirse en su paño, en aquel que se las secara.
Draw le palpó la carne por encima de la ropa. No verse era algo nuevo para él. Pero no para ella, que ya tenía práctica en ser privada de la visión.
Y fue increíble. Porque Isabella sabía muy bien donde tocar, cómo desabotonar, y cómo bajar la cremallera del pantalón para ir en busca de lo que quería.
—Isabella… —gimió con placer cuando ella agarró su miembro ya preparado—. Me tocas y ya me pongo en guardia, sundara —le susurró apresando su mano y moviéndola sobre su pene como a él le gustaba.
—Sí. A mí me pasa lo mismo —Isabella tomó su otra mano libre y la guió por debajo de su falda, hasta que alcanzó sus braguitas.
Draw le retiró la tela y al palparla con los dedos notó que estaba húmeda y preparada.
—Eso quiero. Es lo único que quiero. Que estés lista para mí —musitó aprobador. Le abrió las piernas con las suyas, le levantó la falda y acabó de retirar bien sus braguitas para acceder a su interior.
Cuando Draw se deslizó en su apretado interior y vio lo mucho que ella le aceptaba, se volvió loco de placer. La tomó de sus nalgas con fuerza, y empezó a bombear en su interior, sin dejar de besarse el uno al otro.
Isabella rebotaba sobre sus piernas y sufría sus embestidas, feliz de sentirlo adentro, y de experimentar ese júbilo junto a él.
Les faltaba el aire, pero ninguno de los dos quiso romper el beso. Y no lo hicieron.
—¿Qué haré Draw cuando te vayas? —le dijo sobre su boca, a punto de correrse.
—Lo mismo que yo, Isabella. Me echarás de menos tanto como yo a ti —dijo entre lamentos de placer.
—Mañana será nuestro último día juntos —dijo acongojada.
—Lo sé —la voz de Draw también sonaba muy afectada.
—Sé que prometimos no vernos.
—Sí.
—¿Crees que mañana podríamos romper esa cláusula? —tanteó. Necesitaba ver al hombre que le hacía sentir todas esas sensaciones y emociones sin parangón.
¿Cómo iba a olvidarse de él? La acababa de echar a perder para todos los hombres.
—Mañana aún no ha llegado, sundara —le recordó mordiéndole el hombro—.
Déjame amarte hoy. Déjame darte lo mejor de mí ahora.
Ella lanzó un gemido y se abrazó a él para llorar en silencio porque se temía que Draw no le daría el privilegio de ver su rostro.
Cuando su orgasmo empezó, Bella dejó ir un lamento por ella y por él.
Se trató de un orgasmo que por muy liberador que fuera, la apresaba a él para siempre.
Esa noche, Isabella llegó a su solitaria casa y recibió con agrado la bienvenida y la fiesta de Caballo. Se quitó los tacones y juntos, perro y dueña, subieron las escaleras hasta su habitación.
Una vez, fue su habitación de matrimonio, pero ya no. Hacía tiempo que era solo suya. Suya y de Caballo.
Sumida en el recuerdo de una noche de placer y también un tipo de amor que hasta entonces no había conocido, se tocó los labios inflamados por sus besos y cuando llegó al baño y encendió la luz, contempló su reflejo en el espejo.
El delicado recogido que se había hecho ya no existía; tenía el rimmel corrido por lo mucho que había llorado de pena y de placer. Parecía una mujer salvajemente revolcada por la cama de la lujuria.
Si solo fuera eso, podría olvidarlo. Pero no solo se trataba de eso.
Las atenciones de Draw, sus cuidados, sus palabras y el modo que tenía de tocarla y de besarla hablaban de amor. Y era de tontos negarlo.
Ninguno de los dos se quería complicar la vida, cierto.
Draw tenía miedo a que le hicieran daño de nuevo. Y ella también.
No iba a ser tan inconsciente de salir de una relación para meterse en otra, aunque Draw no tenía por qué cortar con ella tan tajantemente.
La cuestión era que ambos se necesitaban. Él le había dicho que estaba enamorado de ella. Y ella sentía cosas a las que no sabía ponerle nombre en su interior.
Tal vez ya no creía en las medias naranjas después de lo que estaba viviendo con Edward, pero lo de Draw era mucho más intenso, más místico, como los encuentros de dos viejas almas gemelas, que sin verse, ya se conocen.
Esa noche en Dans le Noir, comprendió que los sabores eran más intensos cuando no los veías venir, cuando no los esperabas y no los dabas por sentado. La falta de luz completaba y potenciaba el sabor de las cosas hasta límites insospechados.
Y esa aventura con Draw le había potenciado el sabor de la sensualidad y la ternura en la boca, con el gusto picante del amor en la punta de la lengua. Y no quería renunciar a ello.
Con sus ojos gatunos clavados en su reflejo, Isabella se juró que al día siguiente, en su último encuentro con ese hombre, no renunciaría a la última oportunidad que tenía de verle en persona y decirle a los ojos que le gustaría continuar viéndole. No como amante, porque ya estaría divorciada de Edward. Sino, como posible pareja.
Siempre y cuando él fuera valiente de confiar en ella y quisiera seguir conociéndola.
Al día siguiente recibió la llamada de su madre, con la que estuvo hablando un rato para decirle que estaba bien y que ya había hablado con Edward sobre su intención de divorciarse. Le dijo que no lo había encajado bien y que al día siguiente iría a verla para convencerla de lo equivocada que estaba, pero ya había tomado su decisión y era inquebrantable.
Carmen lloró por su hija y por Edward, pues a él siempre lo querría, pero entendió que habían desenlaces inevitables.
También habló con Alice y Rose para ausentarse en la comida de cada viernes. No estaba preparada para hablar con ellas y explicarles todo de pe a pa. Hoy no era un buen día para desmoronarse.
Jacob también la llamó y le envió varios mensajes que Bella ignoró. Decidió que ese día no iría a trabajar porque necesitaba un pequeño kit kat, y ver a su rubio y buscador de broncas amigo, no le haría ningún bien para mantener la serenidad que necesitaba durante la tarde.
Por eso esa mañana se dedicó a limpiar, a arreglar el jardín, a sacar a su perro con tranquilidad y meditar sobre lo que había sido su vida en esos últimos días y lo que quería que fuera a partir de esa misma tarde, recibiera un sí o un no por parte de Draw.
Y rezaba porque fuera un sí.
Tantas veces como se había presenciado ante la puerta 169 de esa suite colonial, y ninguna había sentido esos nervios tan profundos en el centro del pecho ni ese miedo paralizante en el corazón.
Estaba aterrada y triste porque esa sería la última vez que pisaría ese hotel y esa habitación. Nunca volvería a estar allí con otro. No podría.
Del mismo modo que nunca podría estar con otro en la misma cama que había compartido con Edward. Se compraría otra, porque habían cosas que mejor no vulnerar.
Isabella se recolocó el pelo sobre un hombro, pasó los dedos por las puntas curvas y se aseguró de que las mangas de su blazer marinera estuvieran dobladas a la misma altura. Debajo llevaba una sencilla camiseta blanca, y unos tejanos de pitillo algo desgastados.
Unos zapatos de tacón Pepe Jeans con la punta descubierta y del mismo color que la blazer completaban su atuendo.
Miró su reloj y golpeó la puerta.
Toc toc.
Dos veces. Siempre puntual.
Marco la abrió y le hizo la misma reverencia de siempre.
Actuó como hacía todos los días. Tomaba su bolso y lo dejaba en el vestidor.
Después le pedía que se diera la vuelta, y le cubría los ojos con el pañuelo de seda negra y que tanto le había privado de ver y de conocer.
Abrió las puertas correderas de par en par y entonces, el olor de Draw se introdujo en sus fosas nasales, arremolinándose en su corazón. Sería adicta a ese perfume para toda la eternidad.
Lo mejor era que nadie lo llevaba y que, por tanto, nadie le recordaría a él.
Pero al mismo tiempo, también era lo más triste. Un sentido menos del que poder servirse para recordarle.
—¿Draw?
—Hola, sundara —dijo con un tono que hasta entonces no le había oído. Parecía controlador y helado. Ni rastro de la ternura que tan bien lo definía.
—Hola, Draw —le contestó.
Esperó paciente a que él la tomara de la mano y la besara, que se la comiera a besos como siempre hacía. Pero no pasó nada de eso.
—Acércate. Camina hacia delante y detente cuando yo te lo diga. Bella frunció el ceño pero le obedeció.
—Para.
Bella cesó sus pasos y se quedó quieta como una estatua. Sonrió producto de los nervios y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Vamos a jugar a la gallinita ciega? Ni rastro de esa risa infantil que tenía.
—Es nuestro último día juntos. Le dolió que se lo recordara así.
—Sí, lo es.
—Ayer me pediste que querías verme. Que nos miráramos a los ojos en nuestros últimos minutos.
—Sí —contestó emocionada—. ¿Lo has considerado?
—Sí. Pero antes, dime: ¿por qué quieres verme?
—¿Por qué? —No entendía—. Porque… —Tragó saliva buscando la mejor respuesta, hasta que encontró la única sincera que atesoraba y que salía directamente de la curiosidad de su corazón—. Porque, Draw, quiero atesorar una imagen del hombre que recordaré toda mi vida.
Escuchó cómo la respiración de Draw se cortaba de repente. Y después le escuchó levantarse del sofá y dirigirse hasta ella.
Bella quería que él la abrazara y que le diera un beso sanador. Pero no sucedió nada de eso.
En su lugar, percibió como Draw daba vueltas a su alrededor, moviéndose como un león a punto de comerse a una ovejita.
Draw.
—¿Y si no te gusta lo que ves en mis ojos? —preguntó. —¿Qué quieres decir?
—Ahora te gusta el recuerdo de lo que yo soy, de lo que juntos hemos sido. Estás
enganchada a cómo te he tratado y a cómo te he tocado. Pero no puedes obsesionarte de ninguna imagen ni tampoco puedes enamorarte de alguien a quien nunca has visto.
¿No quieres dejarlo así, sundara?
—No puedo dejarlo así, Draw. Lo haría si no sintiese nada. Pero no es el caso.
—¿Sientes algo por mí?
—No sé lo que siento —se rectificó—. Pero es algo que no estaba preparada ni dispuesta a sentir por otro que no fuera Edward. Y me he visto sorprendida al darme cuenta de que empezaba a sentir algo a lo que no le sé poner nombre, y es hermoso y único —aseguró apasionada—. Tú has dicho que estabas enamorado de mí.
—Sí.
—Pero estás dispuesto a dejar pasar la oportunidad de que te vea y te conozca de verdad.
—Sí.
—¿Por qué? A mí me gustaría poder alargar nuestra aventura, Draw. ¿A ti no?
—No.
Esa respuesta le dolió tanto que tuvo que llevarse la mano al estómago como si estuviera indispuesta.
—¿Es porque tienes miedo?
—Tengo miedo de en lo que haré que te conviertas si sigues adelante con esto.
—¿Cómo? —preguntó incrédula—. Tú no me convertirás en nada. Soy yo la que decide seguir adelante por propia voluntad.
—¿Y tu marido? ¿Qué harás con él? Porque no puedes tenernos a los dos, Isabella.
Eso ya te lo dejo muy claro.
Isabella se relajó al escuchar ese tono y sonrió tontamente. Negó con la cabeza y estiró las manos hasta alcanzar el cuerpo de Draw. Lo atrajo hasta ella y lo tomó del rostro. Ese rostro que aunque no había visto nunca, se sabía de memoria.
—Voy a divorciarme de él. Lo nuestro no funciona. Él me ha decepcionado. Y también me ha engañado.
—Eso no responde a mi pregunta. Sé sincera conmigo.
¿Le sigues queriendo? Dime la verdad porque no pienso compartirte con nadie más.
—Edward ha sido y será siempre un hombre importante en mi vida, pero no es el hombre de quien me enamoré. Ya no. Mi amor por él se ha marchitado, y en su lugar, unos días junto a ti han sembrado una semilla que no sé qué flor puede dar. Pero me gustaría, Draw —le pasó los pulgares por los labios— que nos atreviésemos a regarla. Los dos.
Draw la tomó de las muñecas, besó el interior de ellas y dijo desahogado:
—No deberías ser tan atrevida, Isabella. Pero si es lo que deseas, deseo concedido. Bella aguantó la respiración.
Lo iba a hacer. Draw le desataría la venda y por fin lo vería.
Sintió sus talentosos dedos deshaciéndole el nudo, y cómo poco a poco el pañuelo perdía fuerza y resbalaba por su nariz.
Tenía miedo y también mucha curiosidad. ¿Y si estaba desfigurado o tenía algún problema? ¿Y si no le gustaba?
Tampoco importaba demasiado porque a ella le agradaba cómo era, cómo la trataba, el modo que tenía de hablarle y de cuidarla. ¿Qué importaba el físico llegados a esos niveles? Además, le había reseguido las facciones con los dedos muchas veces y había llegado a la conclusión de que no podía ser un adefesio.
Primero vio pelo negro y una frente ancha y perfecta que denotaba mucha inteligencia; a continuación, vinieron sus cejas de una forma sexy y muy tupidas; y después, muy juntas a ellas unos ojos negros que dejaban sin aliento.
Pero eran unos ojos conocidos y amados, que esta vez poseían una mirada ajena y que Bella nunca había sentido sobre sí misma.
Por el amor de Dios.
Sintió que le faltaba el aire y que una sensación de irrealidad la recogía. Su anónimo no era un desconocido.
El hombre del que se quería divorciar, era el hombre que la tenía enganchada y medio enamorada en los últimos días.
Era Edward.
Bella perdió todo el color de su rostro, y sus manos, que sujetaban las mejillas de su marido, resbalaron por su piel y cayeron muertas a cada lado de sus caderas.
No podía ser verdad. Era imposible. Imposible.
—¿Edward?
—Dime, sundara —contestó él con la voz de Draw.
—No. No puede ser…
—¿Qué es lo que no puede ser?
—¡Deja de poner esa voz! —exclamó mirando a su alrededor—. ¡¿Y Draw?! — gritó desorientada.
—Yo soy Draw —aseguró con la misma voz de su misterioso hombre—. Sabes que siempre se me dio bien poner voces, preciosa. Te reías conmigo cuando imitaba, ¿recuerdas?
—No… No puede ser cierto.
—Lo he hecho muy bien, la verdad —se congratuló—. Me ha costado adquirir esta textura pero con trabajo, todo se consigue.
—No. Tú no eres Draw.
—Dale la vuelta al nombre de Draw, Bella —espetó sereno sin mover un solo músculo de su cara—. Y averigua qué te sale, bonita.
—Ward —contestó ella temblorosa.
—Ward de Edward.
Isabella parecía estar en una pesadilla. Abrió los ojos como platos.
—No —lo empujó y lo apartó de ella. Necesitaba salir de ahí.
—Sí —asintió él mirándola compasivo—. Sí, mi Isabella. El hombre de quien te estabas enamorando, era el mismo de quien te habías desenamorado. Menuda paradoja —afirmó sin remordimientos.
—Es imposible —se cubrió la boca con las manos para que él no la viera hacer pucheros, aunque los ojos se le llenaran de lágrimas gordas e incontenibles como las que lució en ese instante.
—¿Imposible? ¿Cómo de imposible?
—¿Cómo…? Porque no puede ser. Siempre has estado en casa cuando yo llegaba, y…
—Salía de aquí corriendo para coger la moto. Llegaba antes que tú, que te tragabas toda la caravana.
—¿La moto? ¿Qué moto?
—Esa de los vecinos que tanto te incordia y que está siempre mal aparcada. Te pido disculpas, ya sabes, las prisas… —Se encogió de hombros, duro como una piedra y frío como el hielo.
—Dios… —Isabella se presionó el puente de la nariz—. ¿Y la pluma? ¿Este hotel?
¿La colonia? Tus lujos… ¿De dónde lo has sacado? ¿Cómo te los puedes permitir? — le increpó cada vez más avergonzada de sí misma.
Los ojos negros de Edward siempre habían admirado lo hermosa que era su mujer, pero más aún lo buena que había sido siempre. Ahora, parecía que no tuvieran nada que admirar.
—Mi libro, Bella. Los derechos de ese libro en el que tú no confiabas, y el mismo que yo no te dejaba leer vale una millonada de euros. Lo compraron incluso días antes de acabarlo.
Isabella se hacía cruces. Esperaba que alguien la pellizcara y le dijera «Despierta, esto no es real». Pero cada vez estaba más segura de que sí lo era.
Y eso la hacía polvo.
—Pero, Edward… —No encontraba las palabras. No entendía por qué había pasado esto—. ¿Quién los ha comprado y cuándo?
—Hace tres semanas. Bella, soy periodista —la agarró de los codos sin demasiada fuerza, aunque deseara zarandearla—. Uno muy bueno, aunque tú no lo creas.
—Yo sí lo creo. Pero creo que como marido has sido pésimo. Él sonrió con desdén y continuó con su explicación.
—Durante mucho tiempo he tenido información muy privilegiada. Me pidieron un libro por encargo, aprovechando mis dotes como escritor y los contactos que yo tenía. Pero ese libro, del que todavía no te puedo hablar, revelará muchos secretos y será un bombazo —se detuvo al ver que Bella no decía nada—. ¿No te interesa saber por cuánto he vendido los derechos?
—¿Crees que me importa? ¿Crees que me importa el dinero, maldito?
—Me has dejado muy claro que sí te importaba en todas esas veces en las que me has echado en cara que era un puto mantenido.
—Me has mentido, Edward —dos enormes lágrimas se deslizaron por la comisura de sus ojos—. ¿Te das cuenta de lo que me has hecho? ¿Te lo has pasado bien?
—Sé lo que has pensado de mí durante mucho tiempo, Isabella. Sé de lo que hablabais tú y tus amigas a mis espaldas.
Sé las veces que le has llorado a tu madre diciéndole lo desgraciada que te sentías. Pero, en muchas ocasiones intenté acercarme a ti —dijo con los dientes blancos y apretados por la frustración— para demostrarte lo mucho que te quería y lo importante que eras para mí, y tú ya no me dejabas. No te podía tocar. Era como si me tuvieras asco —reconoció dolido.
—Pero, Edward… ¡¿Puedes comprender por qué cambié mi forma de ser contigo?! ¡Fue culpa tuya!
—No digo que no. No obstante, eso no te excusa ante todo lo que ha pasado después.
A Bella no le salían las palabras.
—¡¿Por qué me has hecho esto?! —gritó destrozada.
—Quería ofrecerte la aventura que hacía tiempo que no tenías conmigo. Como esas que lees en tus libros románticos.
Quería sorprenderte, y darte una experiencia novelesca. Para que comprobaras que incluso tu marido podía ser un personaje de libro.
—Qué cabrón —dijo entre dientes.
—No esperaba llegar tan lejos, esa es la verdad. Después de la primera noche, o después de la primera entrevista en la que te negaste a tener nada conmigo y declinaste el regalo de la pluma, pensé en decírtelo. Eso me hizo sentir muy bien — reconoció—. Dijiste que no.
—Sí.
—Pero la cláusula de mi contrato me prohibía hablar de nada del libro hasta que no estuviera a la venta, y no podía explicarte nada igualmente, con lo que en casa las cosas seguirían estando de la misma manera.
—Pero lo has hecho ahora y tu libro se supone que aún no está en las librerías.
—Sí. Pero ya no importa y esto es una emergencia. Saldrá la semana que viene. A Isabella la luz de los ojos se le apagó.
—Entonces, hacía tiempo que lo tenías acabado.
—No. Un libro no está acabado hasta que no se repasa mil veces. Y yo lo he repasado mil y una.
—Ah, ya.
—Es un tema muy delicado, Bella, y podría haberte puesto en peligro si te lo hubiera contado…
—¡Me da igual! ¡Yo era tu mujer! —clamó derrumbándose por momentos—. ¡Era conmigo con quien tenías que contar! ¡Y en vez de eso, es de mí de quien te has reído! ¡Es a mí a quien has traicionado!
—No quise alargarlo tanto. Pero después de nuestras discusiones en casa…
Isabella apretó los puños de ambas manos y esperó a que el dolor que sentía por clavarse las uñas calmara el suplicio de su alma, pero no funcionaba.
—Decidiste jugármela y seguir con tu puesta en escena.
—Sí.
—¡Vete a la mierda, Edward! ¡No te quiero ni ver!
—¡¿Ah, no?! —le gritó atrayéndola a sus brazos—. Soy el mismo que te ha devuelto la sonrisa estos días —ella negaba con energía, intentando apartarse de él—. ¡Soy el mismo gandul mantenido a quien has rechazado durante muchos meses! ¡Y no te culpo! ¡Sé que he sido muy difícil!
—¡No me toques, hijo de puta! —Le dio una bofetada y le arañó la cara, en la misma mejilla donde tenía el moretón del puñetazo de Jacob.
Edward se apartó y giró la cabeza a un lado. Con horror se miró los dedos manchados de la sangre que le había provocado su mujer.
—¿Quién ha traicionado a quién, sundara? Te ibas a divorciar de mí para irte con Draw.
—¡No me llames así! —Agarró un florero de la mesilla de noche y se lo lanzó a la cabeza, pero Edward lo esquivó con muchos reflejos—. ¡Tú también me engañaste con Jane! ¡No lo niegues! ¡Te escuché por teléfono la misma noche que yo le dije a Draw que no! —Estaba roja de la furia que sentía en su interior. No solo me abandonaste en casa y me dejaste a un lado de tu vida, sino que además, tenías una aventura con otra mujer.
Edward negó con la cabeza. Dos mechones de su pelo perfectamente peinado cayeron sobre uno de sus ojos, sumándole más atractivo a su apuesto rostro.
—¿Creíste que tenía una aventura con ella?
—¡Por supuesto que sí! Y más después de que te preguntara con quién hablabas, y tú me dijeras que era Riley. ¡Mentiroso! —Volvió a empujarle con fuerza—. Ese fue el motivo real por el que decidí aceptar la aventura de Draw.
—Pues la cagaste, Bella.
—Seguro —dijo incrédula.
—Jane es la mujer del personaje central de mi libro. De mi chivato, mi informador. El otro día me llamó muy nerviosa porque temía que a su marido le hubiera pasado algo. La información que él tiene pone en peligro su vida. Y ahora por fin, con el dinero por sus servicios en mano, los dos han huido del país y están a salvo.
—¡¿De qué va tu libro, por el amor de Dios?! —preguntó asustada.
—De mafia y corrupción. Hay muchos cargos comprometidos por todo lo que va a salir en él.
No sabía ni qué decir. Edward había escrito un libro que valía millones de euros y, eso sin salir a la venta, y que iba a destapar mucha de la corrupción oculta del país.
—Edward… —Isabella se cubrió el rostro con las manos, devastada al oír todo lo que oía.
Resultaba que él era el hombre que también le había devuelto la sonrisa. ¿Cómo podía estar pasándole eso?
—¿Y ahora qué harás, Isabella? —le preguntó Edward.
—¿Acaso tengo opciones reales de decidir algo? —preguntó sumida en la desilusión y el desencanto.
—No —contestó él—. Porque ahora soy yo el que te pide el divorcio.
Ella encajó el golpe como si fuera algo nuevo, porque en verdad lo era. Se había querido separar de él alegando decepción, abandono, falta de amor e infidelidad.
Pero ahora que había descubierto el pastel, sus sentimientos estaban encontrados.
No sabía lo que sentía.
Solo podía reconocer la rabia y la ira del engaño y de que hubieran jugado con ella de ese modo.
—Lo que voy a hacer, Edward, es alejarme de ti y salir de esta suite.
—¿Te vas? —preguntó incrédulo—. Soy Draw, ¿recuerdas? ¿Acaso no quieres una oportunidad? Estabas dispuesta a luchar por mí —se burló de ella.
Isabella se dio la vuelta, con el gesto alicaído.
—Ni siquiera sé quién eres. Edward, Draw… —Se encogió de hombros—. Un mentiroso, después de todo. Un mentiroso que me ha roto el corazón dos veces — sentenció pasándose la manga de la blazer azul oscura para limpiarse las lágrimas—. Quédate con tu nueva personalidad. No la quiero.
Edward alzó la barbilla con orgullo, pero con sus ojos negros teñidos en tristeza y arrepentimiento.
—En dos semanas te llegarán los papeles del divorcio. Fírmalos y acabemos con esto, Bella.
—Has acabado conmigo, Edward… —Bella se quedó a medio camino cuando fue consciente de lo perdida que se sentía en ese momento. Edward era Draw. Draw era Edward. Dos hombres diferentes que en realidad eran el mismo. A los dos les había amado.
Y los dos le habían roto el corazón. Sus dos aventuras habían tenido el mismo desenlace: ella hecha polvo.
—Yo tampoco he salido demasiado bien, ¿no crees? —le preguntó Draw ofendido. Bella ni se dio la vuelta ni le contestó.
Abrió las puertas correderas esperando encontrar a Marco y decirle que era un capullo. Pero el mayordomo no estaba. A saber quién era en realidad.
Arrastró los pies como la perdedora que se sentía, pero se juró que de esa se levantaría. Si decidía firmar los papeles del divorcio, lo haría con la cabeza bien alta y sin nada de lo que avergonzarse. Y firmaría con la pluma del ave fénix que él le regaló de mil seiscientos euros. Resurgiría de sus cenizas.
Sería la puntilla a un final dramático de verdad. Porque… Ese era el final… ¿o no?
Hola que les parecio muchas ya sabian de esto de que edward era Draw y ahora que sabemos la verdad que creen ustedes creen que bella tiene la culpa por no confiar en Edward o de Edward por hacerse pasar por otro nos vemos mañana con adelanto del siguiente capitulo y el miercoles con capitulo nuevo.
