Disclaimer: NO poseo los personajes pero si el OC.
Capítulo 9: Tokio.
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No, definitivamente la rubia no entiende qué demonios hacía en Tokio, en un parque, con Kazumi, Midorima y un chico llamado Takao Kazunari, actuando en una obra de teatro, con unos disfraces muy tontos. Si ella solamente estaba buscando a Himuro.
Si, el pelinegro estúpido (pero lindo) causante de que ella se perdiera Y lo peor de todo es que fue ella misma quien le ayudó a escabullirse y que se fuera.
Hace 24 horas.
Por las razones que sean, la entrenadora Araki le dio el día libre al club de baloncesto. Los muchachos quedaron tan impactados que pensaron que esa mujer no era la entrenadora que ellos conocían. Por un momento imaginaron que había sido secuestrada y cambiada para quien sabe que misión extraña. Y ellos tienen que dejar de ver tanta ficción.
Hana, que estaba sentada viéndolos practicar con su ahora grupo de amigas, también quedó muy desconcertada por la forma en que ella les dijo que tendrían el día libre mañana. Casi pudo jurar que había un aura rosa rodeando a la mujer. Y su cara parecía…. ¿Feliz?
―Masako-chin…. ¿por qué tantas flores a tu alrededor? ―preguntó Murasakibara.
―¿Flores a mi alrededor? ¿De qué estás hablando? ―contestó la mujer, que normalmente golpearía al niño diciéndole que la llame entrenadora.
Sin duda pasaba algo con ella.
―Entrenadora, ¿se siente bien? ―le preguntó Fukui.
―Claro que me siento bien. Me siento mejor que nunca. ¡De maravilla! ―ella dijo todo eso con una gran sonrisa en el rostro.
Mientras que los muchachos no entendían la repentina alegría y buen humor de su estricta entrenadora, las niñas que estaban ahí presentes si dedujeron de qué rayos se trataba.
Un hombre, tenía que ser.
La única cosa que a Hana se le ocurría era que la entrenadora Araki tendría una cita con un hombre. Y que esa era la razón de cancelar la práctica y de su repentino humor. Tal vez ella era de esas personas que se crean cuentas en las páginas de internet para encontrar buenos hombres que busquen buenas mujeres; quizás y en eso se parecía a su madre.
Una vez la rubia intentó hacer eso cuando tenía nueve años usando el perfil de su mamá, y resultaron mudándose de la casa ya que su madre consiguió un gran acosador. Cosas de las que Hana no se siente orgullosa.
Por lo tanto, los muchachos fueron a las duchas y Hana se despidió de sus amigas y esperó a sus dos amigos. Se había acostumbrado a ir a casa en compañía de Himuro y Murasakibara. Aunque siempre terminaban en tiendas de conveniencia para comprar aperitivos. Y precisamente no eran ni para la rubia ni para el pelinegro.
Cuando los chicos salieron, venían hablando de la época en que Himuro vivió en Tokio. Y de que hace mucho tiempo que no lo visita. Hana quería conocer una ciudad diferente a Akita. Y de verdad que le gustaría ir a ver como es Tokio. Pero para eso se necesita el permiso de su madre de acogida y comprar boletos de avión porque ella sin duda no iría en tren.
Pero entonces sucedió.
La propuesta que les cambió sus vidas.
En realidad no, pero si les costó mucho.
―¿Y por qué no vamos a Tokio, Himuro? quiero decir….mañana tenemos el día libre de todas formas. ―dijo Okamura.
El pelinegro se tocó la barbilla pensando. ―¿Por qué no? suena divertido. Claro, si todos están dispuestos a acompañarme. ―y luego su vista se posó en la chica. ―Sería una buena oportunidad para que Hana conozca Tokio.
Sin duda Hana quería mucho a su sempai de cabello negro. Y lógicamente estaría encantada de ir si no se hubiera gastado el dinero que su mamá le envía en cosas para el cabello y cremas y ropa y bla, bla, bla.
―No hay mucho que hacer de igual modo. ―dijo Liu.
―Pues….ya que. ―siguió Fukui.
―Ehhh, yo en realidad no tengo el dinero suficiente para pagar un boleto. ―ella expresó por fin.
―Hana-chin ¿quieres ir a Tokio? ―le preguntó Murasakibara.
―Sí, quiero ir. Pero como dije, no tengo el dinero. ―contestó.
―Está bien. Yo te compro el boleto. ―dijo el niño con pereza.
―¿¡Qué!? ―los demás, a excepción de Himuro que tuvo una sonrisa divertida, reaccionaron con violencia.
―Oi, ¿sabes cuánto cuestan los boletos de avión? ―le preguntó Liu.
―Si.
―¿Y aun así piensas pagar por los dos? ―esta vez fue Okamura.
―Si.
―Mujer, tienes mucha suerte. ―Fukui le dijo a Hana.
―Eso es bueno, Atsushi. Después de todo, Hana es tu amiga. ―dijo Himuro.
―Está bien pero….cuando tenga dinero te pago lo que cueste mi boleto. ―Hana por fin habló después de recuperarse del shock. El chico asintió.
Definitivamente los alumnos de Yosen tenían una buena posición económica si tenían dinero para gastar en boletos para un viaje que era relativamente corto desde Akita a Tokio y de regreso. La distancia entre las dos ciudades era de 40 minutos en avión. Y ellos irían en avión. Y no es barato, de eso se puede estar seguro. Simplemente se puede llegar a la conclusión de que son niños ricos.
Su reloj de alarma sonó, indicando que ya debía levantarse. Hana gimió y trató de levantarse pero fue en vano. Se encontró considerando que mejor se quedaba durmiendo y no iría a Tokio. Pero entonces Maibo se arrastró a través de la cama y su pelaje le hizo cosquillas en los pies a la chica. Por lo que no tuvo otra opción más que levantarse.
―Maibo-chan, eres malvado. ―le dijo al hurón antes de arrastrarse al baño y tomar una ducha de agua caliente que relaje sus músculos y le cause más sueño.
Ella se vistió con unos shorts negros y una blusa negra holgada. Secó su cabello con el secador y a continuación Se puso una diadema. Luego bajó para encontrar a Rena que claramente es una persona de las mañanas. La madre todavía no había llegado de su turno de hospital.
―Buenos días Hana-chan. ―la saludó la chica. ―Veo que estás lista para salir con tus amigos.
―Si.
―Ayer vi las noticias. Dicen que es probable que llueva hoy en Tokio, así que lleva un paraguas.
―Está bien. Ya me voy.
―Ten cuidado.
Y con eso Hana se marchó. Como eran las cinco de la mañana, el cielo aún estaba oscuro y las calles vacías. Cuando llegó a la esquina, se encontró con Himuro.
―Buenos días, Hana.
―Buenos días, Tatsu-kun. ¿Dónde está Atsu-chan? ―preguntó al no ver la imponente presencia de su amigo.
―Me envió un mensaje diciendo que nos encontramos en el aeropuerto porque se retrasó. ―explicó Himuro.
―Se quedó dormido, ¿verdad? ―supuso Hana.
―Yo creo que en estado de coma. ―la rubia rio ante el comentario del pelinegro.
―Tatsu-kun, ¿Los boletos no son caros? ―preguntó mientras empezaron a caminar.
―Bueno, sí lo son. Pero supongo que Atsushi quiere que nos acompañes. De todas formas agradezco que vengan conmigo.
―Oh, está bien. Creo que será divertido. ―Hana le brindó una sonrisa.
―Sí, yo también presiento que será bueno.
―¿Tokio es muy diferente a Akita? ―preguntó Hana.
―Creo que sí. Apenas logro recordarlo. Como dije, han pasado muchos años desde la última vez que estuve ahí. Pero si tienes curiosidad, pregúntale a Atsushi. Él vivió en Tokio hasta comienzos de este año.
Ellos dos se encontraron con el resto de chicos en la estación del metro y siguieron su camino al aeropuerto. En donde Encontraron a Murasakibara. Que traía la cara con mucha más pereza de lo habitual. Tomaron el desayuno, que Fukui pagó por todos porque perdió nuevamente en piedra-papel o tijera, y después abordaron el avión que los llevaría a su destino.
El viaje de 40 minutos fue más o menos para dormir. Bueno, para ella y Murasakibara. El chico de cabello purpura fue el primero en caer dormido sobre el hombro de la rubia. Y después de unos minutos ella lo siguió. Los demás sacaron sus teléfonos celulares para tomarles fotos por si algún día necesitan del chantaje. Bueno, más que todo para molestar a Hana. A Murasakibara le daría lo mismo.
Cuando los dos finalmente despertaron, Ya habían aterrizado. Hana sentía su hombro entumecido gracias a la cabeza de Murasakibara.
Al salir a la monstruosa ciudad de Tokio, inmediatamente perdieron de vista a Okamura, Liu y Fukui. De todas formas era como un destino incierto porque nadie se había tomado la molestia de planear a donde irían y que harían. Y se supone que su guía gigante debía estar atento a donde fueran y no a los bocadillos que estaba comiendo. Poco después también desapareció de la vista de la rubia. Tokio era sin duda un mar de gente. Había una gran cantidad de personas pasando aquí y allá.
―No tenemos que preocuparnos. Atsushi seguro fue a una tienda de conveniencia para reabastecer sus aperitivos. ―dijo Himuro.
―Está bien. ―contestó insegura.
Ellos siguieron caminando pero pronto se detuvieron. Bueno, ella tuvo que detenerse porque Himuro estaba leyendo un anunció pegado a la pared. Ella se acercó a él para ver qué era lo que le había llamado la atención. Y encontró su respuesta. Y debió haberse imaginado que eso era.
―Hay una competencia de baloncesto callejero aquí cerca. ―dijo el niño gratamente sorprendido.
―¿Y tú quieres ir? ―preguntó la chica, a pesar de que ya sabía la respuesta.
―Bueno. Sería divertido. ―contestó con una media sonrisa.
Hana no quería más baloncesto por ahora. Pero no por eso le iba a decir a su amigo que no fuera a ver lo que a él tanto le gusta. Es decir, si el caso fuera un desfile de modas y Hana quisiera ir, sin duda su sempai la acompañaría. O ella espera que sí. Porque eso es lo que hacen los amigos. Así que ambos se encaminaron a dicha competencia.
Pero se encontraron deteniendo nuevamente su andar, esta vez gracias a la chica. Que estaba mirando una boutique mientras sus ojos se volvían estrellas y su boca se llenaba de agua. Ella debe hacer algo con su manía de gastar dinero comprando ropa innecesaria. Ella quería quedarse ahí.
―Tatsu-kun, ¿Qué te parece si te adelantas? ―preguntó.
―No lo sé, Hana. No me gustaría dejarte sola aquí. ―él dijo.
―Yo no me moveré de aquí. Lo prometo. Cuando tu cosa de baloncesto termine, me llamas y ya está. ―Hana dijo mostrándole su teléfono celular.
―No lo sé... ―vaciló.
―Estaré bien. ―Hana lo impulsó.
―Muy bien pero no te mueves de aquí. ―Himuro ordenó. Hana asintió con vehemencia.
Pasado una hora Hana ya había recorrido toda la tienda. Llamó a Himuro para que le diera instrucciones de donde estaba pero no contestó. Le marcó varias veces pero seguía sin obtener respuestas. Esto la alarmó. ¿¡Qué demonios era eso tan importante que el chico hacia que no podía responder su llamada!?
Pero luego se encontró pensando que no sería tan difícil llegar a donde sea que esa competencia se desarrollara ¿cierto? a lo único que debía prestar atención era a un montón de chicos sudorosos con balones y haciendo cestas ¿cierto? ¿Cierto? pues no. Caminó como por 20 minutos y finalmente, se dio por vencida y se echó al dolor de que se había perdido.
El estrés y la desesperación se hicieron cargo de ella y se puso a llorar como bebé. Y justo cuando quiso marcarle a Murasakibara, su teléfono celular ya no tenía batería. ¡Y maldita sea estaba perdida sola en Tokio! ahora mismo sería muy feliz de encontrar una cara conocida. Incluso si fuera la cara de Fukui.
Y mágicamente Dios escuchó sus plegarias.
―¿Kanzaki? ―esa voz ruda y si delicadeza ya la había oído muchas veces. Si, Okita Kazumi. Su calabaza salvadora, literalmente.
Cuando Hana volteó a verla, traía un disfraz de calabaza. Oh Dios. Todas las personas que Hana conoce están locas.
Y lo peor es que este día aun no acababa.
