—Jazmín Rojo Bajo Lluvia De Sangre—
Por Zury Himura
Correcciones :Claudia Gazziero
Disclaimer: La historia no me pertenece, este fanfic es escrito sin fines de lucro. 2. Cualquier parecido con algún fic, novela o película anterior es meramente coincidencia y se prefiere no profundizar en eso.
3. Se aceptan gustosamente solo reviews positivos. Favor abstenerse de críticas destructivas y comentarios grotescos. 4. Zury Himura se reserva el derecho de admisión de reviews mala onda. 5. Zury Himura ama todos por igual, muchas gracias por sus comentarios anteriores.
Capítulo 10: Uno solo.
I
Okina paró frente a una cabaña desolada para pensar en lo que había hecho, tomó asiento en el pórtico y se dedicó a observar detalladamente sus manos.
Recordó…
Al poco tiempo, no solo Seoujiro Seta se encontraba enlistado en sus filas, sino que también los líderes Saito, Okita y Aoshi, todos ellos eran parte de su estrategia. Lo único que le había faltado era convencer al capitán Kamiya para entrenar a su hija. Al principio había estado seguro de que él estaría de acuerdo… pero, no había sido así, y sus planes se habían visto en peligro.
Cuando el capitán Kamiya se había negado rotundamente a involucrar a su hija en la guerra contra el Ishinshishi -y sobre todo a usarla contra el asesino más temido de todos, Battousai- había tenido que recurrir a medidas extremas.
Lo primero que necesitaba era una razón para que la joven fuera Kyoto; lo segundo era darle un propósito en su lucha contra el Chosuu y lo tercero era organizarlo todo para ocultar los verdaderos hechos, así todas las piezas se moverían a su favor.
Un día, después de un enfrentamiento contra los Ishinshishi y tras haber hecho tratos sucios con Lizuka por unas cuantas monedas, la tropa número cuatro del Shinshen-gumi fue emboscada. Era perfecto, al fin había encontrado el momento perfecto para revelarse. Se enfrentó contra el capitán Kamiya e igualó su nivel, demostrando que las innumerables horas de entrenamiento para poder, algún día, vencer a Battousai no habían sido un desperdicio.
Después de verlo agonizante y moribundo, decidió entregarlo a su hija Kaoru Kamiya, el blanco de su tan elaborado plan. Se había asegurado de que no hablara y había regresado triunfante a Kyoto días después. Solo tenía que ser paciente y esperar.
Todo había funcionado: la falsa carta pidiendo venganza, la coincidencia de la caravana y la locación del Battousai. ¡Hasta Misao había sido parte de su plan! Lo lamentaba por ella, pero su promesa a la madre de Tomoe era más fuerte que cualquier otro vinculo, incluso su orgullo. Alimentar la inseguridad y el odio de Aoshi creando una falsa historia de amor entre el hitokiri y su supuesta nieta había sido su carta maestra. Engañarlo había sido fácil, y así, había logrado convertir el propósito de Aosho Shinomori en una causa personal.
Sonrió amargado.
Todo había salido bien hasta ese momento, hasta que de la nada la inconsciente de Tomoe había decidido volver y darle guerra a la joven Kamiya por el amor del hombre que había acabado con su felicidad. Al menos eso explicaba ella en la última carta que había recibido.
¡No había abandonado su vida entera por nada! No le importaba en lo absoluto el Battousai Himura ni Kaoru Kamiya, solo quería cumplir con la promesa que le había hecho a la madre de los Yukishiro y vengar al que había robado la felicidad de su hija.
Respiró profundo, se puso de pie y tocó la puerta. Estaba ahí para mantener a Tomoe en su lugar. Unos instantes después un niño de cabello oscuro y mirada igual a la de Tomoe salió a recibirlo con un fuerte abrazo.
—Señor Aoshi, ¿deberíamos entrar a la casa y sacar arrastrando a la señorita Yukishiro? —bromeó Misao, con una sonrisa maliciosa en los labios mientras sacaba la cabeza de su escondite en medio de unas frondosas ramas.
—He conseguido un lugar. Debemos esperar, él no se irá hasta mañana —replicó el ninja, se irguió y se mezcló entre la oscuridad.
Misao resopló conforme. Quería acción, quería desenmascarar a todos y ayudar a Kaoru y Kenshin de una buena vez. Quería acción… ¡Ah! Una amplia sonrisa sugestiva se dibujó en su rostro.
—¡Señor Aoshi, espéreme!
II
—¿Qué es lo que se te ofrece? —De aquella forma Tomoe lo saludó indiferente. Sabía que se encontraba ahí por su carta de hacía algunos días, pero nunca se había imaginado que Okina viajaría hasta su hogar para tratar de calmarla.
El anciano se encontraba taciturno, tomó asiento y le dio algunas palmadas en la espalda a Enishi.
—¿Cómo has estado, hijo? —sonrió suavemente al ver que el chico disfrutaba de su gesto.
—Bien, pero mi hermana quiere saber el porqué de tu visita —respondió apoyando la curiosidad de su hermana. Enishi siempre favorecía a Tomoe, a pesar de que ella solía actuar irresponsablemente.
El ninja sonrió, dándole seguridad al pequeño niño. —¿Serías tan amable de dejarme a solas con tu hermana?
—No, lo que sea que le quieras decir a mi hermana tengo que escucharlo. ¿Recuerdas lo que dijiste? —insistió Enishi, no quería ser excluido de asuntos familiares, ni mucho menos si se trataba de su hermana—. Soy el hombre de la casa, tengo que proteger a Tomoe.
El anciano asintió; estuvo a punto de explicar al niño que aquellos asuntos eran enteramente para adultos, pero la pelinegra lo interrumpió.
—Se trata de él… ¿no es verdad?
—¡Tomoe! —la calló él—. No es el momento. Enishi está presente…
—No te preocupes, mi hermana me ha explicado el porqué de su misión… y si se trata del bastardo que le arrancó su felicidad, entonces estoy dentro.
Okina, preocupado por las objetivas palabras que el niño de diez años acababa de decir, se puso de pie indispuesto y salió de la cabaña, haciéndole señas a la mujer para que lo siguiera.
—Es reprobable que hayas involucrado a Enishi de esta forma —sentenció, desaprobando totalmente su indiscreción.
—No lo hice, solo le expliqué a razón de la ausencia de su padre y hermana.
—Bien, pues esta visita no está saliendo como lo había planeado —gruñó molesto por la falta de tacto de su hijastra—. Si planeas seducir a Battousai no verás a Enishi nunca más.
—¿De qué hablas? —preguntó confundida, disimulando su vergüenza.
—Sigue con tus necedades y lamentablemente lo descubrirás… —agregó. Estaba enfurecido, ya que conocía el carácter de su hijo y preveía que algo malo ocurriría a causa de aquella indiscreción. Él era sobreprotector y defendería a Tomoe siempre, incluso si eso le costaba la vida. Eso era lo que el temía, no quería verlo dentro de ese asunto—. Eso es todo, Tomoe… no lo pierdas de vista.
—Pero… ¿no te quedarás a dormir? Pensé que…
—Lo iba a hacer, pero cambie de opinión. Además, hay un par de pajarillos que me siguieron por el bosque. Actúa como si yo me encontrara en casa.
Tomoe asintió y entró a la cabaña. Miró al pequeño Enishi nerviosa, quien seguía cenando, totalmente despreocupado e indiferente ante lo que acababa de decirle Okina. Su padrastro se preocupaba demasiado, ella tenía todo bajo control, siempre había sabido cuidarse sola.
—Hermana, ¿vengaras a Akira?
—No lo sé, Enishi –comentó con voz débil-, pero no quiero que te entrometas.
—¿Por qué no? ¡Quiero ver la cara de ese bastardo cuando papá le corte el cuello! —confesó con ansiedad en su voz.
Tomoe abrió sus ojos, sorprendida por lo que acababa de escuchar. Entendió entonces lo que su padrastro le había advertido y acarició la mejilla de su hermano menor en un abrazo. Él era demasiado joven para un odio tan grande.
—Enishi, jamás vuelvas a hablar de esa forma —cerró los ojos y una lagrima surcó la superficie de su rostro—. Prométeme que no harás nada…
—¡Pero hermana! —protestó el chiquillo apretando los palillos entre sus dedos.
—¡Prométemelo!
—Está bien… te lo prometo –suspiró por fin el pequeño.
—Muy bien, lávate y ve a dormir.
Tomoe se desprendió del abrazo y entró a su habitación pensativa. Enishi cerró los puños con fuerza y con impotencia: Odiaba ver a su hermana llorar y, aunque lo había prometido, sabía que no podía quedarse con las manos cruzadas. Esperaría a que la oscuridad se adueñara de su casa y del sueño de su hermana. Entonces comenzaría…
Sonrió mientras caminaba hacia su propia habitación simulando luchar con un bostezo fingido.
III
No tardaron mucho en llegar al refugio, una posada en medio del bosque. No era necesario buscar un techo, pensó Misao. Ella se hubiera conformado con un pedazo de tierra en medio del bosque… siempre y cuando lo pudiera compartir con el hombre al que miraba en ese momento: Shinomori.
Un leve sonrojo tiñó sus mejillas cuando escuchó a su compañero hacer arreglos para la noche. Aoshi había pedido una habitación, sí… una. Tragó saliva nerviosa y caminó entre los desolados pasillos, observando la lluvia mezclarse con el agua del pequeño estanque que se encontraba en medio del patio. Era una noche fría, por lo que se sintió estúpida al preferir dormir a la intemperie.
Extendió la mano para hacer contacto con algunas gotas de agua que caían del tejado y sonrió como una adolescente sin preocupaciones. Todo era hermoso y a su lado lo era mucho más. Recordó cuánto odiaba la lluvia, mojaba la tierra y por consiguiente ensuciaba su ropa y dificultaba su ágil desplazamiento, simplemente la detestaba… sin embargo, en ese preciso momento la atesoraba. No podía dejar de admirarla y disfrutar cada gota que recorría su cuerpo.
Se preguntó curiosa:
—¿Será el agua o yo estoy aprendiendo a valorar las cosas pequeñas?
Unos largos dedos recorrieron su brazo hasta encontrarse con su mano en un sencillo gesto. Se giró curiosa y con el corazón latiendo descontroladamente, había sido él… el motivo de su existencia, de su perseverancia y de su alegría.
¡Al diablo el agua y los pequeños detalles! Todo tenía sentido con Aoshi Shinomori.
Él la miró, tratando de expresar en sus ojos atribulados todo lo que en realidad sentía. Había pasado horas pensando en lo que había podido ser y nunca había sido, en lo que jamás le había podido decir y en las oportunidades que había perdido de besar sus labios jóvenes, y estaba enloqueciendo. Sabía que debía protegerla, que tenía que esperar a que todo eso acabara para poder ser el hombre que él mismo quería para ella, pero no podía esperar más.
La escuchó reír y hablarle sobre nimiedades mientras entraban al cuarto. Su voz le transmitía ternura, se hacía un rincón en su mente como un susurro cálido y dulce.
Dejó su equipaje ligero en una esquina del cuarto y la recorrió con la mirada sin darle mayor explicación. El uniforme ceñido denotaba las leves pero notables curvas que se formaban en su cuerpo y él quería descubrirlas una a una con sus manos. Se acercó lentamente hacia ella como un lince asechando a su presa, sabía que ella también lo quería. Siempre se habían querido, siempre habían querido tenerse de esa forma. Una sonrisa socarrona se asomó en su rostro al notar que ella se sobresaltaba y entraba en estado de alerta total, expectante a sus movimientos. Podía escuchar su respiración agitada, estaba nerviosa.
Se acercó más.
Jamás había cruzado ningún límite con ella y siempre la había respetado por ser menor, pero ella ya era toda una mujer, sabía lo que quería y era lo suficientemente madura para tomar responsabilidad de sus actos y tomar decisiones. Ella estaba lista para ser su mujer.
Y él…
Rodeó su cintura con ambos brazos en un abrazo posesivo. Entre sus dedos ya se encontraban algunos suaves mechones de su cabello siendo acariciados con devoción. Deshizo la larga trenza con cuidado hasta liberarla por completo y sentir cada hebra libre y sin ataduras. Deslizó con cuidado la prenda superior de sus hombros y se acercó a ella todavía más. Su aliento se encontró con su piel desnuda y la besó delicadamente y con complicidad, absorviendo con sus labios las frías gotas de lluvia que caía por su cuello.
Amaba su cuerpo, su calor….
Misao suspiró, amando el cuidado con él la tocaba y la besaba. Era tan minucioso y gentil que cada uno de sus poros se deleitaba con la fricción entre ellos. Sentir los labios de Aoshi Shinomori sobre ella era como un sueño imposible hecho realidad; lo había deseado durante tanto tanto tiempo… Cerró los ojos y se dedicó a disfrutar sin reparos de aquellas sensaciones que solo él le podía brindar.
Aoshi deslizó las yemas de sus dedos por su espalda, sus brazos y sus piernas, recorriendo totalmente su figura. Luego besó su cuello inhalando con ansias el olor vainilla que desprendía y comenzó a retirar una a una las mojadas prendas que vestía, deleitándose con la visión del cuerpo joven que ella ponía a su merced por propia voluntad.
Su silueta era como la porcelana, su figura delgada y sus curvas sutilmente trazadas la hacían exquisita. Trazó con el dedo índice desde la curva del nacimiento de sus senos hasta el final de sus caderas, haciéndola estremecerse de ansiedad y desearlo sobre su cuerpo lo antes posible.
De improviso, bajó y sus labios acariciaron su suave seno. Su lengua jugueteó con su pezón firme, pero terso y excitado, mientras su mano amasaba obsesivamente la concavidad del otro. Ella era perfecta, totalmente perfecta a su vista y ante su corazón. Su boca siguió bajando pausadamente mientras sus manos ascendían, deleitándose con cada centímetro de su piel virgen.
Misao cerró los ojos y disfrutó de la electricidad que la recorría por completo. El nerviosismo la había dominado en un comienzo, pero pronto los roces y besos de aquel hombre la habían envuelto en una pasión que la quemaba. Sus manos recorrieron tímidamente el cuerpo del hombre, deshaciéndose de cada prenda que se interponía en su camino. Ella también quería verlo, sentirlo y amarlo. Se incorporó y sus labios se unieron a un firme y trabajado pecho, lo succionó y lo mordió suavemente, haciéndole notar su deseo.
Quería tenerlo, lo quería desde siempre. Disfrutaba cómo la miraba, cómo la besaba y la acariciaba. Él la hacía sentirse la mujer más hermosa y deseada del mundo. Esa noche, en sus brazos, lo era.
Los labios masculinos siguieron su trayectoria en una sola dirección, quería la reunión de todos sus sentidos enfocándose en un sólo punto, su punto. En un minuto que pareció una década, llegó a su centro y besó suavemente los labios mayores. Lamiendo y jugando se abrió paso al interior con su lengua y la hizo casi enloquecer. Pronto había recorrido varias veces su entrada y su feminidad por completo. Ellaa se contraía al sentir sus movimientos rítmicos y continuos, y gemidos de desesperación y placer se desprendían de sus finos y delgados labios.
Mientras tanto, ella sentía que explotaba en millones de pedazos. Todo su centro quemaba en el movimiento que ella misma había impuesto. Acarició sus hombros y lo atrajo hacia ella, quería sentir el pecho masculino presionarse contra sus senos y a él suyo, caliente y estremeciéndose por el frío de la noche en su anhelante abrazo. Ojos azules y brillantes la miraban reclamando todo su cuerpo, en un deseo bestial.
Entonces, él comenzó a besarla salvajemente otra vez, con fuerza y desesperación. Era el miedo a perderla otra vez, se repitió en su mente. La tomó entre sus brazos y la alzó, estrechándola y entrando cuidadosamente en ella de un solo golpe, fuerte e intenso, pero más abrumador y excitante que cualquier otra cosa. Ella gritó y calló un largo suspiro. Con ella aún en sus brazos, dio la vuelta sobre su espalda y la recostó en el futón. Abrió sus piernas sin salir de ella y la besó, acariciando sus largas piernas y esperando a que ella rogara por más.
Misao asintió, convencida de que aquello era lo que quería y deseaba más en el mundo. Era la primera vez que se entregaba a ese sentimiento y a ese hombre, los nervios la invadían, dejando al descubierto a una niña que solo soñaba con el amor. No quería fallar, solo quería ser suya y olvidar el pasado, comenzar una nueva vida y descansar su alma en él. Lo miró con ternura y tocó sus labios con las yemas de sus dedos, mientras que con la otra se aferraba a la musculosa espalda de Shinomori.
Solo eso bastó para que él comenzara por fin con un lento y rítmico vaivén que le abría los ojos a unas sensaciones jamás antes conocidas. Pronto se volvieron más rápidos y Misao, completamente en éxtasis, puso atención a sus cuerpos. Sus senos bailaban con cada envestida y los músculos de él se contraían cada vez que arremetía, haciéndolo ver fuerte, poderoso y masculino. Alcanzó uno de sus propios senos con la boca y lo succionó con la punta de su lengua, volviéndolo loco a Shinomori. Sintió sus envestidas volverse mucho más poderosas, presas de una excitación sin control ni precedentes.
En todo momento su cuerpo se mostró generoso ante la avalancha de estímulos, no dudó ni se retractó, tampoco opuso resistencia. Dejó que él recorriera con su lengua lo que quisiera, contrayéndose con cada contacto húmedo de su boca sobre sus marmóreos pezones.
Desesperada, arañó la espalda del hombre con fuerza, haciéndole notar la satisfacción que él le provocaba e instándolo a seguir. ¿Cómo le decía que quería todo de él, que su cuerpo se encontraba enloquecido con su intromisión?
Con su dedo índice alzó la barbilla del joven, atrayendo su atención a su rostro y con la yema del dedo cerró sus parpados y besó cada uno de ellos.
—Aoshi Shinomori —pronunció en un suave susurro contra su oído—. Te amo…
El joven de ojos azules abrió su boca para responder.
—Misao…
—Shhh, no es necesario. —Tomó sus labios entre los suyos, saboreando su aliento y el movimiento dentro de su boca. Luego se separó solo un poco—. Lo sé… -Dicho esto, se abalanzó sobre su pecho y besó su torso sin dejar de acariciarlo.
Un escalofrió recorrió el cuerpo de Aoshi al escuchar los pequeños pero notorios gemidos que vibraban dentro de la habitación. Eran como los había soñado de su boca tantas veces, completamente dispuestos y entregados a él.
Ellos eran uno.
Estaba a punto de culminar, lo sentía. Usó toda su fuerza para alcanzar la cima del placer y dárselo también a Misao, y cayó. Se aferró a la estrecha cintura de su mujer y de dejó caer en la cama de rodillas. Ella gimió alto y extenso, relajándose sobre el futón. Las contracciones que lo abrazaban y la sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro de la joven lo llenaron de felicidad.
Era su turno.
Tal vez para la chica no era necesario escucharlo decir lo que sentía, pero era lo correcto. Él tenía que decírselo…
—Misao —la envolvió entre sus brazos y la atrajo hacia el—, yo también te amo…
Esa era la primera vez que una ninja descarriada y descuidada escuchaba una declaración de amor real. No era como en los teatros y ni siquiera se comparaba a los rumores de cómo era una, la había escuchado y la había sentido, la había creído y estaba segura de que la atesoraría, pasara lo que pasara, por el resto de su vida. Se estremeció y se sacudió un poco hasta quedar cómoda cerca del cuerpo que la abrazaba. Posó un ligero beso en la mejilla del ninja y reposo de nuevo su cabeza en un gesto sin lujuria, solo de amor.
—Lo sé —declaró contenta—. Gracias por recordármelo.
Aoshi besó la cima de la cabeza de la chica y ambos sonrieron al sentirse a gusto en una posición tan íntima y melosa como esa.
Ellos eran uno
—Somos uno solo —ambos lo declararon.
IV
—¡Okita! —gritó Kaoru amedrentada. Los músculos de sus piernas temblaron violentamente. Justamente habían debatido la posibilidad de encontrarse en la mañana y entonces, para su muy desgraciada suerte se interceptaban.
Battousai dio un paso al frente cuando el líder Shinshengumi lo amenazó tomando en su mano la espada japonesa que colgaba a su costado y halando a Kaoru del brazo para ocultarla tras su espalada. No era que la joven no se pudiera defender sola… todo lo contrario, pero mientras ella estuviera a su lado él jamás dejaría que le tocaran un solo pelo.
Se colocó en posición battou esperando su primer movimiento.
Kaoru lo observó consternada. No podía creer que algo así estuviera pasando. De hecho, solo despertó de su estupor al presenciar el sardónico desenvaine de las katanas. Reconsideró apresurada sobre aquella decisión que había dejado pendiente: decirle a Kenshin sobre la muerte de su padre y arriesgarse a perderlo para siempre, o seguir adelante con él y ocultarle por siempre que él lo había asesinado para evitarle el remordimiento.
Kenshin, malinterpretando su silencio, abandonó su defensa y la observó cautelosamente. —No tienes por qué decidir. —Su tono de voz era firme y cortante—. Nunca te lo he pedido, ni siquiera quiero que lo consideres.
Okita observaba entretenido la escena y el cambio de actitud del asesino más temible del clan rival. De forma despreocupada y burlesca, enterró su katana en el pasto y se recargó en ella, bostezando en el proceso. Era evidente lo que el battosai trataba de hacer, era lo mismo que él haría por Kaoru.
La joven emitió un sonido interrogante ante la desmesurada indiferencia que Battousai mostraba y le miró fijamente por unos instantes.
—No pelearé contra ti… —confesó él, consciente de lo que aquello significaba como miembro del Chosuu. Luego tomó su katana y kadachi y las lanzó al pequeño arroyo que pasaba a su lado.
—¡¿Pero qué demonios haces?! —inquirió la pelinegra, levantando la voz.
—Modales, niña tonta, modales… —le recordó con brusquedad—. No mancharé mi espada con tu sangre —le explicó levantando la vista y dejando al descubierto su determinación—. ¿Qué pasa, Kaoru… tienes miedo? —se bofó cerrando la corta distancia entre ellos—. No lo tengas —le pidió suave y reconfortantemente.
Kaoru no entendía qué demonios pasaba. No era solo que estuviera asustada, simplemente los actos del pelirrojo parecían cuestionables y debatibles. Parecía como si se estuviera burlando de su fortuna, como si la provocara e incitara a acabar con todo de una sola tajada y estuviese decidiendo… por ella.
"No tienes por qué decidir. Nunca te lo he pedido, ni siquiera quiero que lo consideres"
Kenshin presenció un destello en los ojos de la mujer y, distraído por la belleza de sus ojos azules, dejó pasar un rápido ataque. Un golpe se estrelló contra su mejilla izquierda, había sido Kaoru utilizando velocidad divina.
—¡Tonto! —le reprochó indignada y con lágrimas en los ojos—. ¿Crees que necesito que decidas por mí? ¿Crees que regalándome tú vida me harás feliz?
—Pues si a ti no te hace feliz… a mí sí —intervino una cuarta voz. Tres pares de ojos se posaron sobre un alto hombre de coleta alta.
Kaoru no pudo evitar su sorpresa al ver la imponente figura que emergía de entre los árboles. —¡Saitou! —llevó sus manos hacia su rostro y lo talló con exasperación, estaba acabada… no, estaban acabados. Levantó la barbilla y desenvainó su espada. -Morir con honor, morir tratando… morir junto a él -proclamó en su interior.
—Muy bien, somos tres contra uno —articuló el recién llegado con sorna en sus palabras—. Preferiría ser yo el primero, ya saben… cuentas pendientes —les guiñó el ojo mientras se posicionaba en su sitio.
—No es que sea favoritismo, ya saben… pero si tengo que elegir entre los Shinshen-gumi, preferiría que sea Kaoru. —Battousai impuso su opinión mofándose de la discusión absurda que los espadachines sostenían—. Ya saben… cosas pendientes —imitó al hombre más alto con sarcasmo.
Okita desenterró su espada del suelo y Saitou desenvainó la suya, listo para atacar. Kaoru se giró hacia el Ishinshishi.
—¿Qué es lo que tengo que hacer para que puedas confiar en mí? —El pelirrojo volteó de golpe, no estaba seguro de lo que había escuchado—. No tengo nada que decidir, no al menos sobre lo que tú estás imaginando.
El silencio se extendió por algunos segundos que le parecieron eternos. Ella agregó: —Quiero que te quede claro y dejes de presumir que saber lo que quiero… —confirmó Kaoru, plantándose a su lado para unir su espada a su causa.
—Ah, ya veo… —dijo Saito chasqueando la lengua—. Me has decepcionado, Kamiya. Parece que tendremos que matarte junto a Battosai, ¡es por eso que no se puede dar una espada a una mujer!
Okita se debatió mentalmente hasta que finalmente dio una señal de aprobación a Saito. Él no quería matar a Kaoru, pero no podía permitir que estuviera del lado del destajador.
—¡No, no lo harán! —gruñó Battousai colérico—. Ella no hará nada en contra de ustedes —aseguró saliendo de atrás de Kaoru y caminando hacia el frente.
Kaoru se giró tomando una actitud beligerante. —¡¿Ah, no?!
Entonces, lo jaló del collar del gi tomándolo desprevenido y lo atrajo bruscamente, presionando sus labios contra los suyos en un beso desesperado. Kenshin dejó de respirar por unos segundos, no sabía si echarse a reír por ese gesto tan poco profesional o disfrutar de la descarga de adrenalina que sus labios le provocaban. Se separó solo un poco y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro, una verdadera sonrisa. Miró dudoso a los dos hombres que miraban escépticos y enfadados la escena e inhaló.
—¡Al demonio! —soltó deliberadamente atrayendo a Kaoru de la cintura y apegándola a su cuerpo posesivamente. Su mano viajó a su nuca y profundizo aún más el apasionado y eufórico beso que intercambiaban. Si era su último beso, al menos tenía que hacerlo con estilo y con los sentimientos que tan renuentemente se había obligado a ocultar.
Mordisqueó el labio superior de la pelinegra antes de alejarle y clavar su mirada en la suya, pasó la lengua en su propio de labio de forma sugerente. Kaoru sonrió, entendiendo el mensaje y se mordió los labios, enviándole su respuesta.
—Maldición, si esta es tu forma de despejar las dudas, yo… —le acarició la barbilla antes de ponerse al par con ella—. Déjame decirte que soy un hombre muy inseguro.
La chica sonrió nuevamente y le echó un último vistazo por el rabillo del ojo.
—¿Estás listo, Ishinshishi? —inquirió Kaoru, arrojándole la wakazashi y la katana que originalmente le pertenecían y sacando sus kodachis.
Saitou y Okita, que se habían cansado de mirar tal espectáculo, volvieron su vista hacia ellos. El más alto sonreía, había decidido permitir que se despidieran antes de morir, además no era su estilo tomar a sus presas desprevenidas y ella era la hija de su antiguo maestro, no era cualquier chica… merecía un trato especial.
Kaoru vio por el rabillo del ojo el lenguaje corporal de su compañero y supo que era el momento de atacar. Tomaron sus espadas y, utilizando gran velocidad, emprendieron su camino acortando rápidamente la larga distancia entre ellos y sus blancos.
¿Quiénes eran…?
—No más Ishinshishi, no más Shinshengumi —le propuso impávido y tomó ambas espadas en el aire—. Sólo Kaoru y Kenshin.
—Kenshin y Kaoru —asintió Kaoru.
—Solo tú y yo…
Eran uno solo.
Ambos se miraron por última vez en una despedida llena de sentimientos omitidos y saltaron en el aire desenvainando sus espadas.
CONTINUARÁ…
Notas de autor:
