Capítulo 10: Human nature
Cuando en su día tomó la decisión de continuar residiendo en Japón, Yugo había delimitado las pautas por las que quería conducir su propia vida.
Pese a que muchos en su situación no hubiesen dudado en disfrutar de una acomodada existencia a la sombra de los méritos ajenos, él había preferido dedicarse a regentar el pequeño negocio de sus padres, sin permitir que los efectos colaterales de la fama de su hermano le repercutieran.
Salvo la atención esporádica que despertaba en algunos clientes, los cuáles solían pedirle educadamente que le enviara sus respetos al futbolista, no se había visto envuelto en el acoso de la curiosidad mediática.
Quizás debido al espíritu de sacrificio y humildad que Takuto le había inculcado, aceptar su regalo le había resultado tan duro. Pero aquella tarde, por primera vez desde que lo hiciese, se sintió aliviado por contar con un espacio propio.
Cerró la puerta de entrada de su apartamento y, tras quitarse los zapatos, se recostó en el sofá del salón dejando la mirada suspensa en el techo.
"No puedo aceptarlo" le había confesado a su hermano en la última visita de éste a su país natal, cuando ambos pasaron juntos toda la jornada y le condujo hasta allí, un loft de nueva construcción que en circunstancias normales nunca habría podido costearse, siéndole entregadas en mano las llaves.
"No te lo tomes como un compromiso, lo he hecho porque te quiero y punto. Puedes usarlo para lo que te apetezca, por mí como si lo conviertes en una pista de hockey sobre hielo", fue la respuesta que obtuvo.
Se había instalado hacía poco más de un año, y sin embargo muchas cosas habían transcurrido entre sus acogedoras paredes. Desde el abrazo con el que le había dado las gracias, incapaz de hallar palabras suficientes para expresarse, hasta la convivencia con la última de sus parejas, la cuál había terminado más bien de mutuo acuerdo dos meses atrás.
Contrariamente a lo que en un principio había creído, la visión del pasillo llena de las cajas de cartón que embalaban las pertenencias de su ya ex novio no le había supuesto un trauma. Tampoco el apartamento le resultaba enorme sin su presencia, ni se lamentaba por el exceso de libertad a cambio conseguida.
Achacó la aplastante autoaceptación de su soltería a la obsesión que le colmaba. En cuanto cerraba los ojos, allí estaba la imagen de Tatsuomi Nanjo empuñando la katana como un samurai de leyenda, una réplica en miniatura del hombre hacia el que siempre había mostrado una admiración tan profunda que dolía, camuflándola en resentimiento hasta que la madurez le obligó a aceptar que, pese a lo mucho que se lo reprochaba a sí mismo, el compañero de su hermano resultaba ser a la vez su amor platónico.
Nunca se lo confesaría a Kôji y, por supuesto, jamás se lo diría a Takuto. Antes prefería morirse, o decantarse por la opción actual: la fijación por aquel muchacho varios años más joven que él, invirtiendo las horas en buscar adjetivos para describir cómo debía ser el roce de su piel blanquecina, o su voz grave teñida por los efectos de la pasión.
Estaba solo en casa. Había entrenado en el dôjo durante horas, luego se había pasado por el domicilio de sus padres, comprobando que todo estaba en orden, y por último había regresado al hogar. Sus amigos ya tenían planes, no esperaba visita, así que carecía de motivos por los que resistirse a dejarse llevar.
Las visiones libidinosas seguían invadiendo su mente, alimentadas por el tiempo transcurrido. Desde que rompiera con Renji, el mejor y más dulce de sus escasos amantes, no había vuelto a retorcerse en las redes del sexo.
El salón estaba levemente a oscuras, sumido en la penumbra de la tarde, y su mano se deslizó sin prisas hasta el nacimiento de las piernas, buscando suplir la falta de compañía con un placer conciso y puntual, del que no pudiera arrepentirse una vez disfrutado.
Le evocó, con su mirada felina y el cabello empapado en sudor adhiriéndose a los contornos afilados de su rostro. Luego se imaginó a sí mismo rompiendo las distancias, atrayendo a Tatsuomi hasta su lado sin que nadie, ni siquiera su furiosa sombra, pudiera echar por tierra la fantasía privada.
Cuando escuchó con nitidez que alguien tocaba a la puerta, el ardiente pasatiempo llegó a su fin. Se sobresaltó, buscando la manera de disimular la erección al atender el insospechado requerimiento.
Su sorpresa al mirar por la mirilla fue, con propiedad, mayúscula. Le pareció una broma pesada del destino o un castigo de los dioses el que su conato de aventura imaginaria hubiese sido interrumpida, precisamente, por la persona que en la vida real constituía el mayor obstáculo para el acercamiento.
Se quedó en silencio, observándole. Hotsuma no parecía tener intención de marcharse, permaneciendo erguido a la espera. Dado su estoicismo, decidió abrirle.
- Espero no importunar. Quiero hablar contigo tal y como dije.
Yugo prefirió no preguntar por qué precisamente en ese momento, pero se contuvo. Le invitó a pasar, creyendo que cuanto más rápido le atendiera, antes se marcharía.
El joven guarda dejó su calzado en lugar adecuado, siguiéndole hasta la sala de estar cuando así se lo indicó. Su anfitrión encendió las luces y se sentó en un sofá monoplaza a su izquierda, mirándole. Parecía un poco irritado.
- Dime¿en qué puedo ayudarte?
Ahora que no contaba con distracciones que le impidieran centrar toda su atención en él, Yugo reparó en los atributos del chico. Era bastante alto, un poco más que él, y delgado. Tenía el cabello negro, con el típico corte que la mayoría de los estudiantes de bachillerato japoneses lucían, aunque ni su expresión ni comportamiento correspondían al del adolescente tardío que se suponía era.
Sus labios finos parecían debatirse en una batalla interior cuando se abrieron, iniciando no sin cierta frialdad la exposición de las razones que le habían conducido hasta allí.
- Mi familia ha estado unida al clan Nanjo desde hace generaciones. Antes incluso de que tú y yo naciéramos, estaba establecido que mi padre legaría al siguiente la misiva, convirtiéndome en el protector del próximo líder.
Yugo atendió mientras continuaba.
- Entre Tatsuomi y yo existe un vínculo irrompible que no puedes comprender. Él es como mi hermano, mi padre y mi hijo. Mi jefe y subordinado, aquél por el que daría la vida sin pensarlo, y al que seguiré sin dudar cualesquiera que sean las trabas impuestas.
Le miró fijamente, refulgiendo sus ojos insondables como si fuesen dos pedazos de azabache.
- Tú le atraes. Despertaste su curiosidad desde el primer momento en que te vio, y sé que el sentimiento es mutuo. Te he observado, sé lo que pasa por tu mente cuando vuestras miradas se encuentran. Por el respeto que debo mostrarte, ofrezco mi sinceridad al afirmar sin escrúpulos que desearía que te esfumaras, pero también he de reconocer que albergo cierta empatía hacia ti, puesto que compartimos circunstancias si bien no idénticas, bastante similares.
Yugo elevó las cejas, entre anonadado y cauto por lo que estaba escuchando.
- ¿Estás declarándote abiertamente como mi rival? – preguntó.
Él sonrió, un gesto que sólo conseguía enfatizar la sobria expresión del conjunto de su rostro.
- Nunca serás mi rival, puesto que los planos de integración que cada uno de nosotros tendrá con él son diametralmente opuestos. La lealtad que le profeso va más allá del amor o la pasión. Yo no me separaré de él cuando el fuego se haya sofocado, lo cuál no quiere decir... que no le desee hasta el punto de recurrir a ti.
Hotsuma se puso en pie, empezando a desvestirse para su asombro.
- No me interpondré entre vosotros aunque mi corazón me pida lo contrario. Podrás yacer con él cuanto desees, pero a cambio has de concederme el privilegio de ser el primero que Tatsuomi conozca, pues así lo ha establecido. Y para eso, te lo ruego: enséñame a amarle.
Yugo consiguió salir del bloqueo cuando el muchacho estaba a punto de mostrar su magnífico cuerpo al completo.
- No puedes estar hablando en serio – dijo incorporándose, cogiendo la chaqueta que él había dejado sobre el sofá con la intención de cubrirle.
Bastó con sostener su mirada unos segundos más para comprobar que no estaba mintiendo. Una punzada de angustia se desencadenó en su pecho, atónito ante lo que estaba ocurriendo.
- Eres virgen¿verdad?
Él asintió con la cabeza.
- ¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo? No siento nada por ti, y...
- Ni yo por ti, pero no por eso me entrego con menos ímpetu a formarte en el Shinkageryû. Busco y espero por tanto un trato equivalente.
- No puedo acostarme contigo así por las buenas. No estaría bien – afirmó, dispuesto a echar al joven de su casa a rastras si era necesario.
Lejos de empequeñecerse, Hotsuma le tomó de las muñecas con firmeza, apartándole. Luego terminó de desnudarse, revelándole que en aquel suceso inevitable, el propio Yugo carecía de opciones entre las que elegir.
- Claro que puedes. Es el precio que has de pagar por formar parte de nuestro mundo.
El menor de los Izumi creyó despertar de un mal sueño, asimilando que al igual que Takuto había tenido que pasar por mil y un infortunios, el azote de los Nanjo ahora le arreciaba con la forma de aquel cuerpo exultante que pedía una atención meramente carnal.
Recurriendo a su último as, también le fue sincero.
- No esperes mucho de mí. Sólo he estado con tres personas.
- Mejor así – concluyó.
Tras eso, Hotsuma permaneció a la espera, obediente, aunque sin perder su noble compostura. En ese preciso momento Yugo supo cuán profundo debía ser lo que ese chico sentía por Tatsuomi, a juzgar por la seguridad con la que se ofrecía. Ello hizo que de inmediato albergara un respeto inmenso hacia él, tan grande como la determinación por conseguir estrechar entre sus brazos al líder de los Nanjo, ahora que ya no había motivos para reprimirse.
- Ven, en el dormitorio estaremos más cómodos – sugirió, puesto que aunque sabía que Hotsuma borraría de sus recuerdos el encuentro cuando al fin estuviese con Tatsuomi, quería que su primera vez técnicamente hablando se desarrollada en un entorno agradable.
Cuando estuvieron en su habitación cerró la puerta y le pidió que se sentara en el lecho. Era una cama para dos, europea aunque diseñada al estilo asiático, casi a ras del suelo. El chico apoyó la espalda en el respaldo de madera, sin mostrar signo alguno de nerviosismo o emoción.
Mientras se desvestía, Yugo pensaba en qué hacer, procurando no perder los estribos. Nunca había desvirgado a nadie, ni siquiera a Akira, su primera incursión en terreno amoroso, ni mucho menos había dado ese tipo de lecciones que con tanto ahínco le reclamaban.
Fue al sentarse a su lado cuando decidió que lo mejor era, simplemente, indicarle cómo le gustaba a él que le hicieran el amor. Suspiró, dejando la luz encendida para facilitar la absorción de detalles. Le cogió la mano derecha, dirigiéndosela directamente a su entrepierna, la cuál empezaba a despertar tras la interrupción.
- ¿Cuántos años tienes? – preguntó, dejando que por iniciativa comenzara a acariciarle.
- Casi diecinueve – dijo él, mirando de cerca aquel miembro de tacto suave.
- Más o menos mi edad cuando me ocurrió a mí... no ha pasado tanto tiempo – murmuró Yugo.
Volvió a suspirar, recostándose contra la pared y cerrándole los dedos en torno a la erección una vez estuvo formada. Comprobado que, tal y como había supuesto, la masturbación no le había supuesto problema, pasó a lo siguiente.
- Si aprendes a hacer esto bien, te lo habrás ganado – le aseguró, presionando suavemente sobre su nuca hasta que los labios del guarda rozaron su prepucio, y éste se incorporó sobre las rodillas para cambiar de posición, tumbándose entre sus muslos.
Yugo separó las piernas, facilitándole la tarea. Se sentía extraño, aunque visiblemente excitado. No le quitó el ojo de encima cuando él empezó a lamerle con la punta de la lengua.
- No insistas tanto ahí desde el principio – indicó -. Intenta metértelo.
Hotsuma asintió, abriendo la boca todo lo que pudo y empezando a introducirse el pene. Inmerso en esa cálida y placentera humedad, su instructor movió levemente las caderas, ocasionando que el chico se atragantase, comenzando a toser. Se mostró comprensivo, pese a la mueca de enfado de Hotsuma, acostumbrado a no cometer fallo alguno.
- Tranquilo, es normal que te pase al principio. Inténtalo de nuevo, acabarás cogiéndole el truco.
Le dejó hacer, aún a pesar de tener que soportar tirones, dolorosos roces de sus incisivos, y constantes interrupciones hasta que el aprendiz encontró la manera de no golpearse la campanilla si forzaba al límite esa variante de penetración. Tras dar con la técnica, repitió el movimiento varias veces, hasta que el involuntario profesor pasó a lo siguiente.
- Ahora intenta combinar las dos cosas... – dijo, tomando sus dedos para que le apresara por la base, dejando el final del miembro al descubierto.
Hotsuma no pareció entender a qué se refería, puesto que se quedó quieto sin proceder. Cuando volvió a masturbarle, lo hizo con tanta fuerza que Yugo no pudo evitar reprimir un quejido, soltándole de inmediato.
De repente, todo su temple pareció desmoronarse ante el desconcierto del fracaso. Los inexpertos métodos de estimulación, algo bruscos por desconocer las presiones y cadencias adecuadas, ocasionaron que la erección desapareciera como por arte de magia.
El chico mantuvo la cabeza baja, como si siguiera inmerso en la faena aunque no era así. Al alzarle la cara para mirarle, Yugo se topó con sus oscuros ojos arrasados en unas lágrimas creadas por la tensión y humillación soportadas, así como el intenso miedo que había sellado estoicamente en aras de no decepcionar a Tatsuomi. Años enteros de comportamiento intachable y sacrificios formaron una minúscula grieta en su coraza, por la que el estrés acumulado trató de salir.
Yugo no podía afirmar que su persona le inspirase compasión, pues ello hubiese sido un insulto. Tampoco superioridad, ni siquiera afán de victoria. Simplemente, corroboró que bajo la férrea disciplina y voluntad, se escondía un ser humano.
Se levantó de la cama, hablándole en tono amable aunque sin dar indicios de querer romper el acuerdo.
- Iré a preparar té. Más te vale estar sobrio cuando haya regresado, no pienso dejarte marchar hasta que no me hayas satisfecho.
Tatsuomi esbozó otra sonrisa, esta vez libre de represalias. Como en un honorable duelo de espadas, el oponente permitía una pausa para que su contrincante fijara las sujeciones sueltas de la armadura, reanudando ambos a continuación el despiadado combate a muerte .
Se secó las lágrimas, serenándose. En los pocos minutos que pasó a solas en la habitación a la que acudiría noche tras noche durante ocho días, maduró de golpe al reconciliarse con sus límites, aceptándolos sin sentirse por ello, ni mucho menos, más débil.
- 2 -
Exprésate, no te reprimas.
No me permitirías decir todo lo que quiero decir,
no querrías ver la vida a través de mis ojos.
Intentaste hacerme pasar por tu aro,
pretendías callarme con tus amargas mentiras.
¿Es que he dicho algo malo?
Ups, no sabía que hablar de sexo era tabú.
(me deben faltar un par de tornillos...)
¿He insistido demasiado?
Ups, no sabía que estaba prohibido tener la mente abierta.
(en qué estaría pensando...)
Pero no me arrepiento, porque así es la naturaleza humana.
Adaptación de "Human nature", Madonna
Kôji hacía auténticos esfuerzos por mantener los ojos cerrados, tal y como Takuto le había ordenado. Permaneció sentado en la cama, metiéndole prisa para que el misterio fuese resuelto cuanto antes.
- No hagas trampa – medio amenazó el delantero, apilando varios libros sobre su mesilla de noche y colocando el aparato en posición estratégica.
Desplegó el visor, comprobando que la lente abarcaba un área bastante aceptable. Tras eso respiró hondo, dispuesto a conquistarle con la propuesta.
- Vale, ya puedes mirar – indicó, sentándose a su lado.
Él abrió los párpados a toda prisa, estudiándole primero y luego pasando a inspeccionar los alrededores al no detectar nada extraño. Cuando percibió que lo que había encima del montículo era una discreta cámara, le estrujó con la fuerza de un oso, entusiasmado.
- Eres mi héroe, no me lo puedo creer.
- ¡Pues no entiendo cómo es que te ha sorprendido! Anda que no lo has dicho veces...
- ¡Pero una cosa es decirlo y otra es que la hayas traído tú¿Te la ha dejado Shibuya?
Takuto negó, apoyando una mano en el colchón tras quedar suelto.
- No. Es nuestra, la compré.
A Kôji se le iluminó la cara, divagando con las posibilidades que aquel aparatito les ofrecería.
- Siempre he querido hacer una peli casera.
- Lo sé... – suspiró él, consultando la hora -. Vete pensando en "el guión", y esta noche ya se verá.
El cantante abrió desmesuradamente los ojos.
- ¿Esta noche? Ni hablar, vamos a grabar ahora, no puedo esperar.
- Tengo entrenamiento dentro de una hora.
- Margen suficiente – afirmó él, quitándose la camiseta.
- ¿No tenías que estar tú en el estudio dentro de veinte minutos?
- Que les den, por esperar un poco no les va a pasar nada – volvió a afirmar, sacándose los pantalones.
Izumi comprobó que la probabilidad de un revolcón a velocidad de vértigo era al cien por cien viable, en vistas a que se negaba en rotundo a llegar tarde a la sesión deportiva.
Cuando se incorporó para poner en marcha la cámara, supuso que o bien el riesgo del contrarreloj, o el haberle encontrado el morbo a las situaciones que Kôji con tanto ahínco buscaba, debían haber surtido efecto, pues si tiempo atrás le hubiesen dicho que acabaría dando rienda suelta al desenfreno registrándolo con lujo de detalles sin inmutarse, no lo habría creído.
- 3 -
Los alumnos habían abandonado el dôjo cuando Nadeshiko se dispuso a acondicionar las instalaciones para la sesión del día siguiente.
Sin embargo, al salir de los vestuarios para aflojarse los vendajes de los antebrazos, con los que evitaba tener lesiones musculares, escuchó el sonido silbante de las fechas rompiendo el aire, y luego el chasquido seco que indicaba un acierto pleno a la diana.
Aún sin haberlo comprobado visualmente, supo quién había efectuado el disparo.
La vio a lo lejos: la única mujer aparte de sí misma presente en la escuela. Otra pionera como ella, poseedora de un talento que pasaba desapercibido en su delicada constitución y semblante.
Observó la colocación perfecta de su cuerpo al tensar la cuerda y efectuar el último de los disparos, clavándose la punta de acero en el panel. Sin duda, y pese al poco tiempo compartido, era su mejor discípula, y seguiría dedicándose a su formación implicándose de una manera inédita, poniendo en ello razones personales.
No dejaré que tengas que renunciar a tu valía como hice yo
La joven se percató de la presencia de su maestra. Tenía el cabello corto y lacio, cayéndole favorecedoramente a la altura de la barbilla. Sus dedos, delgados y largos, hubiesen sido los idóneos en otros tiempos para transformarla en una brava guerrera.
El kimono de entrenamiento se ceñía a su silueta menuda, doblándose al igual que ella en una reverencia.
- Nadeshiko-sama, te estaba buscando. Quería intercambiar unas palabras contigo.
La menor de todos los hermanos Nanjo escuchó lo que tenía que decirle, experimentando un profundo pesar al conocer las motivaciones del diálogo.
- Pertenecer a esta escuela es lo mejor que me ha pasado, pero me temo que habré de abandonar mi aprendizaje.
- ¿Por qué? Tienes talento, no puedes dejarlo – afirmó ella, compungida.
- Shon-ji sonrió, desviando la mirada a la hierba del suelo.
- Nada me gustaría más que continuar, pero carezco de recursos económicos para costearlo. He de mudarme a otra zona de la ciudad, mi empleo actual no me alcanza para cubrir gastos.
Nadeshiko unió sus manos por debajo de las amplias mangas del traje, pensativa. Para ella, nacida en alta cuna y rodeada permanentemente de lujos y comodidades, las cuestiones dinerarias le parecían ridículamente sencillas de resolver.
- Si es eso lo que te ha llevado a tomar la decisión, reconsidéralo. No hace falta que nos retribuyas, yo asumiré los gastos derivados de tu entrenamiento.
- No quiero un trato de favoritismo con respecto a los demás. Si mis compañeros han de ceñirse a unas normas, así haré yo también.
Su maestra, perspicaz y dispuesta a conseguir que su voluntad se cumpliese, matizó la proposición.
- ¿Cambiarías de parecer si aceptaras trabajar en el mantenimiento del dôjo? Podrías contar con una habitación propia, pagarías con tu esfuerzo la formación y manutención.
Shon-ji, visiblemente emocionada, no pudo responder apresuradamente.
- Es un honor para mí que deposites tanta confianza en mis posibilidades. Te ruego que me concedas unos días de plazo para meditarlo.
- Por supuesto – replicó suavemente -. Mientras tanto, me gustaría que me acompañases y aceptaras cenar conmigo en mis aposentos.
- Me encantaría – contestó, rompiendo la formalidad de trato sin ceder a la descortesía.
Guardaron los utensilios, cambiando la joven su vestimenta por otra limpia. Y mientras se adentraban en los maravillosos parajes arquitectónicos de la mansión, Nadeshiko se sintió dichosa por haber encontrado una presencia femenina en la que apoyarse, algo que había extrañado hasta la exasperación tras la pérdida de su madre.
- 4 -
Era última hora de la tarde cuando se hallaron de nuevo los dos en casa. Kôji había sido el último en llegar, proveniente de una de las tantas reuniones previas a la grabación del nuevo disco. Le buscó en la cocina, guiándose por el agradable olor que la impregnaba.
- La vamos a ver ahora¿verdad? – preguntó, ansioso.
- Ve a buscar el disco arriba, enseguida termino con esto – respondió él, apagando la vitrocerámica.
El vocalista subió las escaleras hacia el dormitorio de dos en dos, se cambio de ropa prácticamente a trompicones, echó al perro al jardín para que nada les estorbase e introdujo, triunfante, el DVD en el reproductor, dejándose caer en el sofá tras hacerse con el mando a distancia.
- Creo que no sabes lo que esto significa para mí – aseguró -. Al fin tendré una prueba tangible de lo bestia que te pones cuando ganas un partido.
Takuto le golpeó en la cabeza con el cuenco de palomitas que acababa de preparar, como si fuesen a ver una película cualquiera con la intención de pasar el rato.
- Ni se te ocurra enseñarle esto a nadie.
- Con poder verlo en bucle soy feliz – afirmó, presionando el botón de reproducción y metiendo la mano en el recipiente sin despegar los ojos del televisor.
Izumi se metió unas cuantas palomitas en la boca, observando cómo su yo digital iba desnudándose.
- Quítale el sonido...
- Ni lo sueñes – replicó él, haciendo lo contrario y escondiendo el mando entre los pliegues del sofá.
- ¡Kôji! – insistió, pensando incluso en levantarse para bajar el volumen desde la tele.
En pantalla empezaron a besarse y tocarse con avidez, volando en varias direcciones las pocas prendas que aún les cubrían, y acoplándose sus formas de manera que nada de lo importante quedó fuera del encuadre.
Cuando se vio a sí mismo subiéndosele encima como si le hubiera poseído alguna especie de demonio, Takuto se tapó la cara con la mano para no mirar.
- Qué vergüenza...
- ¿¡Pero qué dices¡Es una pasada! – aseguró Kôji, divagando con montarse su propia colección de películas para adultos, clasificadas por riguroso orden de contenidos.
Se quedó mirando atentamente cómo lucía el cuerpo del deportista ante la cámara, resaltándose la musculatura obtenida con la práctica extrema del fútbol, y el tono inigualable del bronceado veraniego que todavía conservaba su piel.
- Santa Madre de Dios... qué atractivo eres – aseguró, hechizado.
- ¡Hey, estoy aquí¡Soy real! – protestó, puesto que el cantante se encontraba completamente absorto.
Dado que no obtenía respuesta, se quedó mirando también un buen rato, combatiendo el rubor que ciertas escenas le producían a base de seguir devorando.
- Ahí estuve genial – se auto alabó el intérprete.
- Sí, pero yo hice casi todo el trabajo – contraatacó, señalando la postura en la que finalmente había acabado consumando el acto.
El sonido del crujir de las palomitas resultaba minúsculo en comparación al de los gemidos propagados por los altavoces. Kôji se quitó las gafas, acercando el rostro hacia la pantalla para cerciorarse de cierto detalle.
- Tras comprobarlo, le miró espantado.
- ¿Esa es la cara que pongo cuando me...?
Takuto asintió, resultándole la indiferencia de su afirmación irresistiblemente sexy. Dado que el vídeo había terminado, se abalanzó sobre él, besándole en el cuello a modo de señal directísima.
- Me han entrado ganas de hacerlo.
- ¿Te excita ver tu propia película? Eres un narcisista – replicó Izumi, divertido por el éxito de su plan.
- ¿Y si nos lo montamos mientras la vemos de nuevo? – sugirió con malicia.
El DVD había recibido la orden de volver a reproducir la pista cuando trató librarse de sus roces sutiles, y sus palabras repletas de florituras susurradas al oído. Se estaba riendo por las cosquillas que le causaba la melena desparramada sobre su torso cuando el inconfundible sonido del portero automático les cortó el esparcimiento.
Se miraron, extrañados.
- Voy a ver quién es – dijo Kôji, incorporándose medio desnudo para ir hasta el mini monitor de la cocina.
Cuando reconoció el rostro que aparecía en la pantalla del intercomunicador, el corazón le dio un vuelco.
- Joder, es el sabueso – exclamó, buscando a toda prisa el mando entre las piezas del sofá para detener la película.
- ¿Quién?
- La señora Morris, la de la agencia.
A Takuto se le bajó, entre otras cosas, el saludable color que lucía en las mejillas, puesto que se quedó pálido como una pared de cal.
- ¿Y viene a ver la casa ahora? – exclamó.
Se vistieron a toda prisa, dedicándose él a dejar el cacharro que había utilizado en el lavaplatos, apagar la televisión, desenchufar por si acaso el reproductor de DVD y alisar la superficie del sofá, mientras que Kôji procedió a salir al jardín para recibirla tras dejar a Titán bien atado en su caseta.
- Buenas noches, pase – le pidió, maldiciendo en silencio.
Como ya era bien sabido, odiaba las interrupciones...
- Entre, por favor – recalcó Takuto desde la puerta principal, aceptando la mujer formulario en mano.
Kôji miró por encima del hombro lo que ponía ese informe repleto de casillas. Por lo que pudo leer en rápidos fogonazos, eran escalas de valoraciones en las que se aplicaba una puntuación a cada aspecto del domicilio.
- Lamento personarme a horas tan tardías, pero estamos colapsados – se disculpó, mirándoles con sus ojillos azules.
No hay problema, haga lo que tenga que hacer – respondió el cantante, pensando para sus adentros que la señora en cuestión debía haber llevado el mismo moño desde el inicio de la post guerra.
Ella se tomó la libertad de empezar a caminar por el salón, observando, captando detalles que hablasen por sí solos. Centró su atención en las fotografías enmarcadas que poblaban algunas estanterías, o los discos de oro y demás premios que adornaban el pasillo que conducía al fondo.
- ¿Son suyos?
- Sí. Me insistieron para que los colocara, lo cierto es que no les doy demasiada importancia – comentó Kôji.
La mujer reparó en el estudio de grabación, interesándose por las funciones que cumplía, pero sobre todo en otra habitación cercana, la cuál a juzgar por su mobiliario y demás contenido debía estar destinada a un inquilino de corta edad.
- ¿Es este el cuarto que tienen preparado para el menor?
Izumi se apresuró en responder.
- No, es la habitación que ocupa mi sobrino cuando se queda con nosotros. Habíamos pensado en remodelar la planta baja para eso.
Morris asintió; los tres subieron a la alcoba principal, echaron un vistazo a la parcela de jardín que rodeaba la vivienda y, por último, recalaron en la mencionada estancia inferior.
Aunque en los últimos años la habían utilizado principalmente como centro de reuniones, Takuto continuó relatando los planes de reforma.
- Allí hay una habitación que se ha usado como dormitorio antes, y en lo que respecta al resto de la planta, queríamos habilitar una zona de estudio, e ir adaptándola a las necesidades a medida que pase el tiempo.
La mujer pareció estar conforme. Guardó los documentos en su amplio bolso y, haciendo gala de lo correcto de sus modales, les pidió permiso para sentarse en el sillón de cuero.
- Claro, adelante – respondieron, haciendo lo mismo.
A semejanza del primer encuentro en su despacho, la pareja quedó frente a frente con su entrevistadora, aguardando a lo que ésta les tenía que decir. La mujer se dispuso sin más a hablarles con franqueza.
- Normalmente este apartado es fundamental en el trámite, pero seré sincera; desde un principio consideré que no hallaría ningún aspecto negativo en lo que se refiere a su vivienda, caballeros. Es más que evidente que poseen un nivel económico alto y estable, por lo que procederé a comunicarles cuál es la situación en la que ahora se encuentran.
Ellos atendieron, ignorando que lo que estaba ocurriendo no era para nada habitual en aquel tipo de acuerdos legales.
- Nuestro equipo ha realizado investigaciones exhaustivas de sus expedientes a fin de concretar si se encuentran en posición de recibir la idoneidad para la adopción, teniendo en cuenta diversos factores, tales como las entrevistas individuales que se les ha realizado, las conjuntas, o su estatus social, llegando a una conclusión que, como encargada de su solicitud, les daré a conocer.
Sin saber cómo interpretar aquello, Takuto siguió escuchando con un nudo en el estómago, presintiendo que algo no iba bien. Había leído que el certificado de aptitud se enviaba por escrito, así que no entendía a qué se debía ese trato diferenciador.
- La Ley Británica es muy estricta en lo que a la estabilidad emocional y psíquica de los solicitantes se refiere. Las comprobaciones realizadas indicaron que han pasado ustedes por situaciones realmente conflictivas, las cuáles de repetirse no asegurarían el ambiente adecuado para el correcto desarrollo de un niño, y con ello me refiero a... – sacó del bolso otro documento, acercándoselo para leer la lista – automutilación, disputas familiares, intento de suicidio y, en especial, cumplimiento de condena por homicidio en segundo grado.
Kôji se mantuvo serio, sin manifestar que sus temores eran fundados, pues era él quien acaparaba prácticamente todos los puntos.
- Sin embargo – prosiguió la mujer -, y pese al intento de unificación internacional, somos conscientes de que los códigos penales difieren entre países. Sería un gasto superfluo de dinero y tiempo dedicar un equipo humano a valorar si la pena que se le hubiese impuesto en Inglaterra hubiese sido la misma que en Japón, señor Akawa.
- Comprendo – respondió él.
- En cuanto a las circunstancias de su percance, señor Izumi, no quedaron lo que se dice esclarecidas en los informes.
Tomó aire, adquiriendo una pose menos intimidante al ver la sombra que nublaba sus rostros.
- Al igual que nuestro tribunal ha tenido en cuenta estos aspectos, de igual manera ha sopesado los actuales. Desde que se convirtieron en residentes en el Reino Unido han afianzado sus carreras profesionales, y establecido un compromiso personal serio, manteniendo su faceta pública al margen de la privada. No se les reconoce escándalos en los medios, han demostrado con creces que le dan una valoración sumamente importante, por no decir vital, a su círculo familiar, y parecen dispuestos a comprometerse en grado óptimo con el hipotético cuidado del menor cuya tutela solicitan.
Esbozando una sutil pero cálida sonrisa, la mujer no quiso seguir torturándoles.
- Les informo por tanto que se ha tomado la decisión de otorgarles la idoneidad, pasando a formar parte de la lista de espera, pero con unas condiciones que tendrán que cumplir sin reservas: habrán de pasar primero por un periodo de acogimiento de seis meses, prorrogables a otros seis. Durante dichos periodos, la evolución tanto del menor como la suya será seguida y evaluada por un equipo de psicólogos y sociólogos, pudiendo en cualquier momento reservarse las Autoridades el derecho a ponerles fin. De igual manera, si llegara a concluir el plazo de forma satisfactoria, estarían ustedes en facultad de solicitar y tramitar la adopción en firme, y obtener la tutela indefinida.
Dado que ellos permanecían en silencio, la funcionaria quiso cerciorarse de la valía de los esfuerzos realizados.
- Ya expuestas las condiciones¿siguen ustedes interesados en continuar el proceso?
Takuto y Kôji se miraron, haciendo luego lo propio con ella.
- Claro – declaró finalmente el futbolista.
La mujer asintió con una neutralidad que dejó entrever un atisbo de satisfacción. Guardó los papeles, sacando a continuación otros tantos que les tendió, incorporándose.
- Me temo entonces que mi labor ha concluido. Les ruego que rellenen estos formularios y nos los remitan en cuanto sea posible, son unas encuestas para conocer la valoración que tienen los usuarios de nuestros servicios.
- ¿Qué pasará ahora¿Cuándo sabremos si estamos en el listado? – preguntó Kôji.
- Recibirán la comunicación oficialmente por correo institucional. Ahí se les facilitará una referencia con la que podrán consultar su posición en los listados nacionales a través de la página web del Ministerio. A partir de ese momento, han de armarse de paciencia y esperar. Les llamarán en cuanto encuentren un menor que se ajuste a sus preferencias y no tengan a nadie por delante.
- ¿Y de cuánto puede ser la espera? – quiso saber Izumi, subiendo los tres hasta el piso principal para acompañarla a la salida.
La señora les dedicó las últimas atenciones, ya desde la puerta del jardín.
- Los periodos suelen ser mayores conforme el menor es más joven. Las parejas que quieren adoptar recién nacidos pueden pasarse tres o cuatro años pendientes del teléfono. Me temo que es imposible hacer un pronóstico.
- Claro, es comprensible.
Le estrecharon la mano, recalcando ella que podían contactarla en horario de oficina para cualquier duda o consulta que desearan hacer.
Cuando se hubo marchado y la calma volvió a imperar en el reino, Kôji suspiró. Estaba tan aturdido que no sabía bien cómo romper el silencio que se había formado, acercándose hasta la casucha de Titán, en donde Izumi acababa de soltarle.
- Supongo que no se ha quedado el ambiente como para retomarlo donde lo dejamos¿verdad? – preguntó, más bien a modo de broma.
Takuto no le respondió. Con sólo sentarse a su lado y ver la manera en que acariciaba el lomo del gran danés, Kôji supo que estaba haciendo esfuerzos por no echarse a llorar.
- ¿Estás bien?
- Sí. Es sólo que... – dijo él, mirándole con los ojos brillantes – había dado por hecho que no lo íbamos a conseguir.
Kôji sonrió, besándole en la mejilla, secándole la lágrima que finalmente se le había escapado.
- Hay que ser muy imbécil para no ver que eres "apto" para cuidar de un crío – dijo, imitando la flema inglesa con la que se expresaba la burócrata.
Takuto rió, secándose los ojos con los puños y aceptando su mano tendida para incorporarse. Tras ese breve instante en el que había sucumbido a lo emotivo del comunicado, recuperó su habitual desparpajo.
- Sobre todo ahora, que tendré a mi cargo dos niños: uno de diez años, y otro de treinta que quiere convertirse en el nuevo Spielberg del porno.
- Aún no he cumplido los veintinueve, que conste en acta – puntualizó.
Era pronto para afirmar que habían salido airosos de la selección. Pese a que les esperaba más papeleo, pruebas y decisiones que precederían a lo más duro de todo, ejercer un rol paterno de complicada aceptación por parte de la sociedad, esa noche sintieron que se habían hecho con un pequeño gran triunfo, cada uno a su manera.
