Se observaron por primera vez en la realidad y no en sus sueños. Aspiro con dificultad. Las preguntas que el Arrancar jamás había pensado en hacer le atiborraron la cabeza. Todas con el fin inocente de la comprensión; una de ellas, que en realidad no hizo el, le sonó entre tanto bullicio y, lastimosamente, era la voz de Grimmjow quien la relataba: "¿Crees que le dé un ataque de pánico al verte?" "Ver al mismo diablo sin cuernos ni cola debe ser espeluznante" en su momento no lo entendió, eran demasiados modismos asquerosamente humanos, pero cuando lo hizo pensó que ella no actuaria de esa forma.
Y aunque lo sabía… le sorprendió.
Acariciaba su rostro, como un esquizofrénico a sus alucinaciones, con lentitud para saber si son reales y otro espectro de su mente. Cuando la miro fruncir sus finos gestos se dejó llevar por su inconsciente y cerró los ojos a espera de aquel golpe con la palma abierta que en alguna ocasión recibió.
No llego y al abrir sus ojos le miraban, no sabía cómo explicar esa mirada tan parecida pero tan distinta. Eran los mismos ojos, estaba seguro de eso.
Para ella su piel era tan fría bajo sus manos, las lágrimas verdosas que delineaba con sus pulgares descendían como una fina cascada hasta su mandíbula y el cabello negro le resaltaba.
Cayeron al suelo juntos cuando sus piernas se le acalambraron por el dolor y sus blancas manos sostuvieron por inercia sus hombros. Se abrazaba a sí misma como un gesto de protección, pero los quejidos y gruñidos aumentaron por sus labios. Se congelo ante lo que ocurría.
—Ulquiorra…
Entre lágrimas le llamaba y sus pequeñas manos se apretaban contra el suelo. En ese momento, envuelto por un impulso inculcado por su ex superior, deslizo sus brazos bajo su cuerpo y en tan solo segundos la habría levantado de no ser por la centelleante luz dorada que le cegó hasta por debajo de los parpados.
Cayó al suelo y el grito asfixiante de dolor, le retrajo lo músculos. Permaneció con los ojos cerrados e inerte, regulando su respiración ante el impertinente dolor. Llegaba a ella el chirriante sonido del Kido que lejos de su mirada capturaba al causante de sus penas.
Se envolvían desde su cintura hasta sus brazos, inmovilizándolo a su vez que robándole energía.
La voz que le siguió, dotada del tono joven y monótono de una mujer, fue lo último que recordó escuchar.
—El traidor y Asesino, Ulquiorra Cifer, queda en custodia de la Corte de los 46 por complicidad a las Puertas del Infierno…
Apenas abrir los ojos no se sintió como el despertar después de una pesadilla; ni agitada, sudorosa o asustada; solo abría los ojos como después de una siesta por la tarde, entre una bruma de somnolencia y el sabor insípido en su lengua.
Al tratar de acomodarse sobre el gran almohadón sintió el suave peso de un brazo ajeno sobre su estómago. Reparo rápido en su medio rostro descubierto por los cabellos naranjas y la mano extendida sobre su vientre; un calorcillo enternecedor le robo un suspiro de alivio y tristeza.
"Aun sigues siendo como mi príncipe…"
Estiro su brazo para tocar esa piel masculina que sobresalía de las mangas cortas de su camisa, pero se detuvo al notar las intravenosas que, clavadas en su piel, impartían un tipo de suelo amarillento y traslucido a sus palpitantes venas. Siguió los cables con su mirada hasta la bolsilla colgante por la cabecera de la cama. Al pasar los segundos de somnolencia y embelesamiento por el hombre a su lado, con la mano libre se fijó bajo las sabanas a contemplar su pequeño vientre, intacto y tibio por la gran mano que lo sostenía. Acaricio sobre la sabana con la vergüenza de rozar sus dedos con los suyos al deslizarla. Su abstracción era tan profunda que al sentir la silueta moverse lucho porque un salto de susto no se hiciera de sus nervios y así despertar a quien se apoyaba en su regazo.
Sus miradas se conectaron; le asombro lo que vio al observarlo. Parecía a punto de hablar. Pegado de espaldas a la pared, llevaba las manos hundidas en los bolsillos del pantalón negro y la camisa blanca relucía con su piel en la oscuridad, abotonada hasta la garganta, a contraste del cabello ennegrecido que se fundía en el espesor oscuro del ambiente.
Su confusión se palpaba en su rostro que, al por fin verla despierta, no lograba dejar de observarla, llevaba sus rosados labios entre abiertos y su pecho subía con lentitud al inhalar. No le sorprendió no verlo llorar más, siendo tan fuerte como lo recordaba. Y ella sonrió con suavidad a la ausencia del cuerno de hueso en su cabeza.
—De verdad eres tú…
—Mujer —Le interrumpió aunque la suavidad de su voz no se apegaba a su semblante vacío— Compartimos algo que he querido desde el principio.
Permaneció en silencio procesando aquella singularidad en su tono de voz, la indiferencia intentaba seguir implícita pero el tono de manejarlo no era el adecuado. La hizo sonreír. Perdida en su propio mundo esmeralda.
La felicidad subía como humo por su garganta y estuvo completamente absorta hasta que los ojos de musgo se separaron de los suyos a la mata anaranjada que se removía junto a su regazo. Sus ojos perlados de cansancio la observaron y siguió su mirada a conectar con los desafiantes esmeraldas. Irguió su postura con lentitud.
Eso la devolvía a la realidad.
Quería salir de ahí tan pronto como pudiera, no quería quedarse a ser espectadora de lo que fuese que pasaría en unos minutos más e Ichigo al regresar la mirada mostro estar de acuerdo con ella. Al final, Ichigo estaba cansado y ella quería dejar de ser la joven torturada por las bestias del "más allá". Como ya le había ocurrido antes, se tragó el miedo que quiso instalarse en su pecho para ahogarle las palabras.
—Kurosaki-kun… —le llamo con sutileza— ¿Dónde estamos?
Tras eso, Ichigo pareció debatirse la pregunta un instante en el que los ojos del segundo receptor pudieran traspasar la nuca del primero.
—Bueno… ehm… Urahara, él... acomodo esta habitación para ti hace unos días… él dijo que…
—¿Días?
Cruzaron miradas con palabras silenciosas en las que le afirmaba con lentitud.
—Tres días… el som… Urahara dice que aun necesitas descansar.
El imponente Arrancar dio un paso a reafirmar su presencia en la conversación, la poca luz de la ventana interior difumino su rostro que parecía más blanco sin las lágrimas verdosas surcando sus mejillas. Ichigo observo pasmado su no grata presencia y el poderoso ambiente que le rodeaba; sintió el corazón en la garganta y se levantó para reafirmar la suya, a la defensiva.
Su mano era taladrada por los ojos vivaces del Hollow en cuerpo de humano y fue retirada tan rápido como el relámpago que a duras penas alumbro parte de la habitación. Apenas la silla chirreo cuando se levantó en ese instante que el silencio pareció algo próximo a perderse; pero no precisamente por la voz de alguno de los dos.
Ambos hombre se encaraban con emociones contrarias, emociones que solo ahogaron un par de minutos.
Orihime estaba muy quieta observándoles. Hasta que una pequeña risa escapo de sus labios y ambos hombres pronto se centraron en su rostro que cubría su sonrisa bajo su mano. No es que la escena fuera realmente graciosa pero, para ella, era difícil no poder destacar los cuantos centímetros por los que el muy confundido Shinigami le ganaba de altura. Sus ojillos deslumbrantes explicaban con más fuerza y ahínco que la confusión y alivio de sumergirse una vez más en la mirada del hombre por quien lloro la muerte.
Permanecieron en silencio un largo rato cuando el Shinigami paso de si y salió de la habitación. El parecía perdido en sus pensamientos, con las manos aun sumergidas y los ojos clavados en ella. Orihime se sintió terriblemente cómoda con él y, cuando recreaba sus pensamientos de lo imposible y fantasiosa que era la escena, volvía a remover sus hombros con la suave risa.
—¿Qué es lo gracioso, Mujer?
Estiro su mano con la intención de tocarle. No creyó que ese hombre entendería el gesto hasta que se acercó por sí mismo al roce de sus dedos. Apenas con las puntas acaricio la camisa que cubría su brazo, ahora de pie frente a la silla a su lado, seguía sus movimientos con la mirada hasta que se encontrasen de nuevo.
Levanto la mano izquierda y, al igual que ella hacía con su camisa, toco con las puntas de sus dedos las mantas y la necesidad de llorar la ahogo cuando logro acercársele lo suficiente para para sentir el cálido corazón bombeando bajo la piel. Suspiro con dolor y se abrazó a su torso sin esperar que le correspondiera.
Despertó entonces, en la realidad, no había nadie a su lado, ni esos ojos penetrantes, ni el cálido semiabrazo en su vientre. Observo en la oscuridad a Hanataro, el joven Shinigami. El joven cabeceaba en una esquina de la pequeña habitación y las maquinas que median su frecuencia cardiaca sonaban a sus costados. Bajo las piernas de la cama, observo su vientre un momento y en ese instante tomo en cuenta que no todo había sido un sueño. De un tirón jalo las intravenosas que salpicaron con sangre las blancas sabanas.
Un chirrido de las maquinillas comenzó a golpear el ambiente.
—¿Qué es lo que se puede hacer?...
—Por el momento nada, la Capitana Unohana debe tener en su cargo el cuidado de Hime-chan, la Corte encerrara al Arrancar hasta que se dicte un veredicto o se logre demostrar que no estuvo involucrado en el incidente de las puertas.
Ukitake suspiro después de las palabras dichas y tomo un sorbo del humeante te que conservaba en sus manos. Ichigo apretó sus puños sobre su regazo y la pequeña Shinigami que hasta el momento había tratado de encontrar alguna oportunidad del regreso de Orihime al Mundo Humano, una oportunidad de que no la sentenciaran como creía que lo harían si descubrían todo lo que ella sabía, se quedó en silencio, atenta a su superior.
—Tranquilos, quiten esa cara tan larga, la señorita Orihime acaba de despertar.
Ambos amigos voltearon a Kyoraku que irrumpía en la habitación con una mano en su sombrero y aquella sonrisa despectiva pero amistosa adornándole el rostro.
