Capítulo 9; Anna
- Aquí tienes tu bebida. - Dijo el joven, ofreciéndole una copa de cristal tintado. Anna reprimió un suspiro y la cogió con delicadeza. Ya no se molestaba en ofrecer sonrisas forzadas.
Había conseguido deshacerse de aquél joven durante unos escasos minutos pidiéndole que le trajera una bebida. Desgraciadamente, se había dado prisa y ella tendría que seguir soportando su compañía. Sin embargo, ahora que tenía una bebida en la mano no podría obligarla a bailar, y eso la reconfortó. Había contado ocho pisotones en tres minutos.
El joven hablaba o, al menos, eso parecía. Anna hacía rato que había dejado de escucharlo, ya no atendía lo que le decían. A él y a todos los demás con quien había bailado la última media hora.
Cuando el primero le había pedido un baile, ella había aceptado de buena gana. Había sonreído y bailado con ganas. Sin embargo, después de encontrarse con Kristoff había perdido las ganas de todo. El joven que los había interrumpido, un heredero de una gran fortuna procedente de las islas de Klaehd, no había hecho más que hablar sobre sí mismo mientras hacía algo parecido a danzar. Por una parte eso había tenido un cariz positivo, porque Anna no tenía que participar en la conversación, que más bien pareció un monólogo. Pero por otro lado, se vio obligada a permanecer allí, fingiendo que escuchaba y que le interesaba lo que fuera que le estuviera diciendo.
Durante todo ese rato no había dejado de alargar el cuello y ponerse de puntillas para intentar ver por encima de la multitud, buscando a Kristoff o a Elsa. Al principio, cuando no los había visto, se había reconfortado a sí misma pensando que seguían allí, sumergidos entre la gente. Sin embargo, a medida que transcurrieron los minutos, Anna se había desplazado por toda la estancia y no había visto ni rastro de ellos.
En realidad el hecho de que se hubieran marchado, era algo muy probable. Sabía que Elsa no se sentía cómoda entre las multitudes y, probablemente, ya se hubiera ido. Y Kristoff... Simplemente no podía olvidar la expresión en sus ojos la última vez que la miró.
Así que se encontraba sola en mitad de un montón de gente que cada vez le gustaba menos. Y no sólo por la parte masculina. Las mujeres también eras insoportables. Había intentado entablar conversación con alguna chica de más o menos su edad y había oído cuchicheos tras de sí cuando se dio la vuelta.
Se llevó la copa a los labios y se sorprendió por el aroma que desprendía la bebida. Levantó la ceja, extrañada. Evidentemente, no era agua. Tampoco era chocolate y tampoco vino. Lo correcto hubiera sido beber sin más, agradeciéndole fervorosamente al joven lo galán que había sido al molestarse en traérsela. Pero a ella no le apetecía ser cortés, así que directamente preguntó.
-¿Qué es? - Formuló la pregunta con algo de desconfianza, alejando la copa de sus labios.
- Oh, pruébalo, te va a encantar. - Contestó el joven, con una voz tan irritante que a Anna le dieron ganas de abofetearlo. Para demostrárselo, bebió él. Pero al ver que ella no hacía lo propio, insistió. - De veras, está muy bueno. - Unos segundos más. - Es perada.
El nombre de la bebida le sonó de algo, aunque no terminaba de fiarse. Dio un sorbo cauteloso a la bebida y la tragó. Sabía ligeramente a pera.
- ¿Ves? Te lo he dicho. - Dijo el joven con voz triunfal. Le recordó a un niño que acababa de ganar un juego.
Esta vez Anna sí dejó escapar un leve suspiro. Con la copa en la mano, se despidió y se escabulló. Había más gente bailando, o al menos eso le pareció en cuanto intentó hacerse paso. Sin querer, alguien le dio un codazo y parte de la bebida se derramó por el suelo. Mejor, pensó, así no tendré que beber más. Se apartó como pudo del epicentro de la fiesta, quedándose rezagada en un rincón.
¿Cuánto rato duraría aquello? Intentó calcular mentalmente. La fiesta había empezado... ¿Hacía una hora, más o menos? A Anna le parecía una eternidad. Tan solo quería que la fiesta terminara y se fueran todos a sus respectivas casas, pero no podía echar a todas las personas de allí o, al menos, no de forma educada. Siempre podía obligarlos a irse, pero no quería enemistarse con toda la aristocracia del país pues sabía que podían ofenderse por el más mínimo gesto.
Aún y así siempre podía irse ella. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que la echaran de menos? Parecían muy entretenidos, a lo mejor ni se daban cuenta. ¿Qué pensarían si la vieran marcharse de su propia fiesta de cumpleaños? Pero, por otra parte... ¿Acaso le importaba la opinión que tuvieran de ella aquellas personas? No quería continuar allí, y no lo haría.
Buscó la puerta de salida con la mirada. No estaba muy lejos, a unos diez metros. Afortunadamente, no tendría que atravesar la pista de baile para llegar. Simplemente intentó pasar inadvertida encaminándose a su destino po detrás de unas columnas y caminando con la cabeza gacha.
- Oh, princesa Anna, ¡me alegro de encontrarte! - Dijo una voz femenina que le cortó el paso. Era una joven algo mayor que ella, con el pelo oscuro, casi negro, y una falsa peca perfilada en la comisura de los labios. Exageraba mucho la expresión, abriendo mucho los ojos y sonriendo ampliamente, mostrando todos los dientes. - Déjame decirte que tu vestido es maravilloso, ¡me encanta!
Se arrepintió de que su vestido fuera tan bonito. - Muchas gracias. - Contestó, fiengiendo una sonrisa, que más bien pareció una mueca. Pensó en algún tipo de halago que pudiera devolverle, pero no se le ocurrió nada. La mujer llevaba un vestido verde y amarillo, muy ostentoso, y demasiado maquillaje.
- Oh, querida. No sabes lo que me ha costado encontrarte. - Dijo, como si de verdad le hubiera supuesto un esfuerzo sobrehumano. Continuó, gesticulando mucho. - Al principio quería acercarme para felicitarte. Por cierto, ¡feliz cumpleaños! -Se interrumpió a sí misma- Y bueno, ya sabes. Todo el mundo quería bailar contigo y yo casi no podía ni acercarme. Ha habido un momento en que casi te atrapo, pero entonces se me ha acercado el duque de Brest y no he podido negarle un baile. - Dijo, alzando las cejas y riendo pícaramente, dando por supuesto algo que la joven princesa no entendió.- ¡Pero al fin te he encontrado!
Pasaron unos lentos minutos de diálogo más, en el que Anna no participó muy activamente. Al ver el poco entusiasmo de la princesa, la joven se fue con un gesto de disgusto en el rostro. Sin embargo, ella, aliviada, pudo continuar su camino y llegar a la puerta. Miró a cada lado, asegurándose de que nadie la miraba, y en un movimiento rápido y fluido abrió la puerta y salió.
El pasillo estaba mucho más oscuro que la sala anterior, y sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la escasa luz. Se dio cuenta de que era culpa de una antorcha que se había apagado. Se acercó dónde colgaba, y a su lado encontró un par de cerillas. La encendió y la luz envolvió parte de pasillo. Todas las cortinas estaban corridas, excepto una, desde la cual se veía una hermosa luna llena.
La diferencia acústica también era muy notable. En el salón, la música y las voces llenaban el ambiente con atmósfera festiva. En cambio, allí apenas sí se oía los instrumentos, el sonido de los cuales quedaba amortiguado por las paredes. Por eso, cuando oyó risas a lo lejos se sobresaltó. Procedían de un pasadizo contiguo y eran de dos personas que se acercaban. No quería encontrarse con nadie, y mucho menos con una pareja que se había escabullido de la fiesta, así que se dirigió en dirección contraria de dónde estaban.
El pasillo la llevó hasta casi la plaza de la entrada al castillo. Estaba a punto de salir fuera cuando el sonido de voces la detuvo. No eran las mismas que había oído reírse antes, en el interior del castillo, y se sintió atrapada. Si daba marcha atrás, lo más probable es que se topara con la pareja que se había escabullido de la fiesta, pero si seguía adelante también se encontraría con alguien. Dado que no había ninguna otra opción, se quedó dónde estaba, quieta y callada.
Hubiera estado así hasta que oyó algo que reconoció. Era la voz de su hermana, que sonaba desde el exterior. Anna se extrañó, pues no se imaginó con quién podría estar hablando. Inconscientemente aguzó el oído para prestar más atención a lo que decían. Se acercó unos pasos más, acercándose a la puerta pero sin dejarse ver. Entonces las voces fueron más claras.
- Sé que es peligroso. - Oyó decir a su hermana.
- Me lo dirás a mí. - Esta vez, la voz era masculina. Anna se fijó en que hablaba con acento. ¿Qué hacía su hermana hablando con un extranjero?
Su hermana bajó la voz, y no pudo oír bien qué decía entonces. El hombre, cuya voz le indicaba que no debía tener más de veinticinco años, también contestó bajando la voz. Frustrada, se acercó unos pasos más, apoyando las manos en la puerta y asegurándose de que no se la veía.
- ... difícil de controlar. - Anna no entendió el principio de la frase, casi un murmullo por parte de su hermana.
- ¿Desde cuándo... - Esta vez había oído la voz masculina. No entendió el final.
- Desde siempre. No recuerdo la primera vez que lo hice. - A Elsa la oyó mejor, pues había subido el volumen de la voz. - De pequeña era como un juego. Hasta... - El final lo dijo en un susurro casi inaudible. El tono de voz le pareció de culpa.
El joven que estaba con ella tardó unos segundos en contestar. - Me pasó algo parecido. - Su voz sonaba lúgubre, sombría.
Entonces habló su hermana, esta vez más alto. - ¡Acabo de acordarme! Si sé de alguien qué podría saber qué es. - La voz de su hermana volvió a descender y Anna no oyó más que murmullos ininteligibles. Intentó acercarse más, clavando el oído en la madera de la puerta entreabierta, pero seguía sin oír nada.
En un acto reflejo, se asomó. Fue una suerte que no estuvieran mirando en su dirección, por que de haberlo hecho la habrían visto. Ahí estaba su hermana, preciosa como siempre. La pálida luz de la luna hacía resaltar el hielo de su ropa y su pelo, que brillaban. El hombre desentonaba bastante con ella. Vestía un elegante traje de gala de color negro con ribetes dorados, sin capa. Tenía el pelo castaño oscuro y, desde la distancia, le pareció ver que tenía los ojos verdes.
No lo reconoció. Evidentemente no era del reino y tampoco de ningún otro cercano. No le sonaba haberlo visto en la fiesta, aunque, entre tanta gente, ni siquiera se habría fijado.
Un montón de preguntas la asaltaron. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿De qué estaba hablando con su hermana? Por un momento, Anna se planteó el hecho de que pudiera ser un pretendiente, pero rechazó la idea. Si su intención fuera cortejarla, se notaría.
Se dio la vuelta y volvió a quedarse junto a la puerta, escondida. Fuera como fuese que estuvieran hablando, no era asunto suyo. Ya le preguntaría a su hermana más tarde.
Dudosa, Anna se encaminó por el pasillo por el que había llegado. No volvió a oír risas pero, por si acaso, intentó no hacer mucho ruido. No sabía muy bien dónde ir. No volvería a la fiesta, ni loca. Tal vez podría ir a su habitación. Pero no tenía sueño, y estar sola el resto de la noche, encerrada en su habitación, no era un plan muy atractivo.
Sin darse cuenta, se había detenido. No sabía dónde ir, así que se planteó a si misma una pregunta. ¿Qué quieres hacer, Anna?
- Kristoff. - Se sorprendió respondiéndose a sí misma en voz alta. La determinación con la que expresó esas palabras le hizo darse cuenta de que realmente era a la única persona a la que le apetecía ver y con quién quería estar en ese mismo momento.
Así que se dirigió a la habitación que le habían asignado a él. Al principio fue andando, pero unos segundos después empezó a trotar y, recogiéndose la falda del vestido, empezó a correr. Sintió como algunas horquillas se desprendían y un par de mechones rebeldes caían sobre su rostro, pero le dio igual.
Unos minutos después se encontraba delante de la puerta de la habitación de Kristoff. Pero tal vez él no estaba allí. Tal vez se había equivocado y él seguía en la fiesta, buscándola con la mirada. O, tal vez, se hubiera marchado hasta del castillo.
Anna se obligó a no pensar más en eso. Al fin y al cabo, iba a descubrirlo en unos instantes. Llamó a la puerta, golpeando tres veces la madera de la puerta. No oyó nada al otro lado. Volvió a llamar. Se recordó a sí misma, años antes, llamando a la puerta permanentemente cerrada de la habitación de Elsa.
- ¿Kristoff? - Susurró.
Pero no obtuvo otra respuesta aparte del silencio. Abatida, se dio la vuelta. De repente, le entraron ganas de llorar, sin saber siquiera porqué. No sabía si él estaba todavía en la fiesta, esperándola, o si se había ido del castillo.
Lo único que quería era estar con él, sentir sus brazos envolviéndola en uno de sus cálidos abrazos, acompañados de su media sonrisa que decía tantas cosas y, por encima de todo, pedirle perdón. Se sentía increíblemente estúpida. No hubiera sido nada difícil rechazar un baile para estar con él o, simplemente, pedirle a su hermana que no organizara ninguna fiesta. Podría haber pasado todo el día con él, sin hacer nada más que tumbarse en la pradera a disfrutar del sol y de su compañía. ¿Por qué le había dado tanta importancia a lo que pensaran los demás? Que se ofendieran todo lo que quisieran, a ella le daba igual. Pero parecía demasiado tarde ya.
Así que ahora recorrió parte de los pasillos cual autómata, sin rumbo. De repente, todo parecía más lúgubre. La luna ya no parecía increíblemente hermosa, si no tenebrosa. Su escasa luz creaba un juego de sombras tras de sí que tampoco hizo mejorar su estado de ánimo.
Sin darse cuenta, deshizo el camino que había emprendido y volvió a la puerta principal del castillo, enfrente de la plaza. Sin embargo, allí ya no había nadie, y Anna tuvo la libertad de pasear sin esconderse. De haber estado mejor, tal vez hubiera salido fuera, para juguetear con el agua de la fuente y ver en ella el reflejo de la luna.
- ¿Anna? ¿Qué haces aquí? - La voz, perteneciente a su hermana, venía de detrás.
Ella se giró, y se encontró con Elsa, justo detrás de ella. Había estado tan inmersa en sus pensamientos que ni siquiera la había oído llegar. Por un momento se preguntó a sí misma por qué le había preguntado aquello, hasta que recordó que se suponía que debería estar en su fiesta.
- ¿No deberías estar en la fiesta? - Preguntó ella. No había reproche ni reprimenda en su voz, así que Anna no contestó concretamente.
- ¿No deberías estar tú también en la fiesta?
- Vale. Me has pillado, me he escapado. - Dijo su hermana, levantando los brazos en símbolo de derrota. Anna esperó a ver si añadía algo más pero, como no lo hizo, captó la broma y sonrió. Le sorprendió la naturalidad con la que hizo el gesto, en comparación con los montones de sonrisas forzadas que había hecho antes.
Su hermana le devolvió la expresión y se acercó a ella. - ¿A dónde ibas?
- No lo sé. - Estuvo a punto de decirle la verdad, que estaba buscando a Kristoff, pero ya se sentía suficientemente estúpida. - Sólo paseaba. - Dijo, encogiendo los hombros.
Elsa frunció el ceño unos segundos, pensando. Entonces, algo iluminó su rostro y habló. - Sígueme. Hay algo que quiero enseñarte. - Sin que pudiera reaccionar, la agarró del brazo y la guió por los pasillos. No iba corriendo, pero sí a paso ligero, y a Anna la cogió un poco por sorpresa.
Cruzando unos pocos cruces de pasillos y pasando de largo varias puertas llegaron, finalmente, a la inconfundible puerta de la habitación de Elsa. Anna se detuvo un momento, contemplándola. Siempre le había gustado, de pequeña, la decoración de los marcos: la madera pintada de blanco y los rombos de color azul. De pequeña ella también había querido que la puerta de su habitación fuera así, sólo que de color rosa.
Entraron juntas a la estancia, que estaba completamente a oscuras. Apenas sí se veía el resplandor del hielo que lo cubría todo. Elsa le hizo un gesto para que esperara fuera, y cerró la puerta tras de sí. Ella se quedó esperando fuera, todavía apesadumbrada, pero con un nuevo destello de curiosidad en la mente.
Unos segundos después, su hermana asomó la cabeza por la puerta y salió, asegurándose de que no podía ver el interior de la habitación. Tenía una sonrisa impaciente, como la de un niño que está a punto de abrir un regalo.
- Tienes que cerrar los ojos, ¿vale? - Anna asintió y cerró fuertemente los párpados. Su hermana la cogió por el brazo y la guió al interior de la habitación. Estuvo a punto de caer en la tentación de abrirlos, pero se resistió. Elsa hizo que andara unos pasos más y la puso recta, de pie, en lo que le pareció que era el centro de la sala. - A ver... Vale, así. Ya puedes abrirlos.
La joven princesa parpadeó un par de veces y abrió la boca en una señal de asombro al ver qué tenía delante. Era una increíble versión de ella, esculpida en hielo. No sabía cómo, pero en lugar del habitual tono blanco azulado, el hielo tenía color. Y no era un simple reflejo, casi parecía tener luz propia. La escultura las representaba, a ella y a su hermana, con gran detalle. Si no fuera por la expresión congelada de los rostros, hubiera pensado que estaba viéndose en un espejo empañado.
- Es... ¿Es para mí? - Preguntó, atónita.
- Sí. ¿Te gusta? - La voz de su hermana irradiaba tanta emoción que la hizo sonreír. - Todavía estoy pensando dónde podemos ponerlo... Pero , ¿sabes qué? No hay que preocuparse por que se derrita, ¡es imposible! - Exclamó a la vez que acariciaba uno de los pliegues helados del vestido de la escultura
- Elsa, yo... Estoy sin palabras. - Admitió Anna, maravillada. - De veras, es increíble. - La abrazó fuertemente, estrechándola con los brazos. Su hermana le devolvió el abrazo, y así permanecieron unos segundos.
La hermana pequeña había cerrado los ojos, y en cuanto se separaron, Elsa pudo ver que estaba llorando. Se enjuagó una lágrima que le surcaba la mejilla, y sonrió débilmente. Antes de que pudiera decir nada, respondió a la pregunta que formulaba su expresión.
- Demasiadas emociones por una noche.
¡A mis corazones descongelados!
Siento no haber publicado capítulo en dos semanas, pero tenía exámenes :S Además, este sábado me voy de viaje y no volveré en una semana, por lo que tendréis otra semana más sin capítulo. Por eso he hecho este episodio tan largo, para intentar compensaros, aunque sea un poquito.
Muchos besos ;)
27/03/2014
