-Ni la historia ni los personajes me pertenecen -

POV Bella

Post Nubila Phoebus. Susurré en voz baja la inscripción grabada en la piedra blanca y pasé mis dedos por las letras con suavidad. «Tras las nubes, el sol».

Había sido el lema de mi padre, un hombre de formación humanista —algo que tal vez no parecía necesario en su profesión—, un hombre que, a diferencia de su hija, había leído mucho. Después de la lluvia sale el sol. ¡Qué sabio era!

Había ido al cementerio Père-Lachaise. Sobre mi cabeza avanzaban a toda velocidad nubes blancas por el cielo, y el sol, cuando salía, calentaba un poco. Desde el Día de Todos los Santos no había vuelto a visitar la tumba de papá, pero ese día había sentido una gran necesidad de ir hasta allí.

Retrocedí un paso y deposité el colorido ramo de margaritas y crisantemos en la losa de piedra de la tumba cubierta de hiedra.

—¡No puedes ni imaginar todo lo que ha pasado, papá! —dije—. Te sorprenderías.

La semana había empezado de un modo muy desafortunado, y ahora estaba allí, en el cementerio, y me sentía extrañamente feliz y excitada. Y, sobre todo, expectante ante lo que ocurriría al día siguiente por la noche.

El sol que el martes, después del tiempo nublado y lluvioso de los últimos días, iluminó con fuerza mi habitación había sido como un presagio. De pronto, todo parecía ir bien.

Una vez que el martes por la mañana dejé la compra en el restaurante, diseñé con Sam tres posibles menús prenavideños y pensé más de una vez en el abrigo rojo y en su dueña. Por la tarde me fui a casa y decidí llenar ese día no demasiado brillante de mi vida con alguna actividad tampoco demasiado brillante antes de volver por la noche al restaurante.

Así que me senté delante del ordenador y me dispuse a guardar en formato electrónico un montón de facturas que habían vencido hacía tiempo.

Pero antes eché un breve vistazo a mis emails y me encontré uno muy amable, sí, se podría decir que encantador, de Edward Cullen. En él no sólo respondía a todas mis preguntas, sino que además, para mi sorpresa, me hacía una propuesta que enseguida me entusiasmó.

Me ofrecía la posibilidad de conocer, si bien brevemente, a Anthony Masen, ya que Cullen se iba a reunir con él y me invitaba a unirme a ellos como de casualidad.

Acepté el ofrecimiento, naturalmente, y a diferencia de mi primera conversación telefónica con el editor, esta vez el diálogo fue muy ameno, casi un coqueteo, y, de algún modo, ayudó a mejorar mi estado de ánimo.

Cuando se lo conté a Alice, se burló de mí y dijo que ese editor le gustaba cada vez más y que si al final se demostraba que el autor inglés no era tan maravilloso como su novela, siempre me quedaría esa opción.

—Eres imposible, Alice. Siempre quieres liarme con todos los hombres. En cualquier caso, prefiero al escritor... es más guapo y, además, es él quien ha escrito el libro, ¿o es que lo has olvidado?

—¿Acaso este hombre es más feo que un pecado? —preguntó Alice.

—¿Qué sé yo? —repliqué—. No, probablemente no, tampoco me he fijado tanto en él. Edward Cullen no me interesa en absoluto. Además, tiene barba.

—¿Y qué hay de malo en ello?

—¡Déjalo ya, Alice! Ya sabes que no me gustan los hombres con barba. Es que ni siquiera los miro.

—¡Grave error! —discrepó Alice.

—Además, no estoy buscando un hombre. No busco ningún hombre, ¿me oyes? Sólo quiero tener la oportunidad de hablar con ese escritor... por los motivos que ya conoces. Y porque le estoy muy agradecida.

—¡Oh, providencia divina, avatar es del destino, veamos...! —Alice parecía el coro de una tragedia griega.

—Exacto —dije yo—. Ya lo verás.

Esa misma tarde le había dicho a Sam que el viernes no podría ir al restaurante. Había llamado a Leah Clearwater, una jefa de camareros muy buena y profesional que antes trabajaba en el restaurante del Lutetia y que ya me había sustituido en un par de ocasiones. Ahora estudiaba arquitectura de interiores y ya sólo trabajaba por horas en la hostelería. Afortunadamente, no tenía nada previsto y aceptó enseguida.

Naturalmente, Sam no se mostró muy entusiasmado.

—¿Es necesario? ¿Un viernes? Y justo ahora que Paul está enfermo —gruñó mientras manejaba ollas y sartenes y preparaba la comida de nuestro pequeño equipo.

Siempre cenábamos todos juntos una hora antes de que el restaurante abriera: Sam, nuestro jefe de cocina y el mayor de todos, Paul, el joven segundo jefe de cocina, Claude y Sue, los dos pinches de cocina, y yo. Esas comidas, en las que no se trataban sólo temas relacionados con el restaurante, tenían algo muy familiar. Hablábamos, discutíamos, reíamos... y luego cada uno se dedicaba a su tarea con más ganas.

—Lo siento, Sam, pero aunque te parezca sorprendente, tengo una cita muy importante —dije, y el cocinero me dirigió una penetrante mirada.

—Pues parece haber surgido de forma sorprendente, esa cita, digo. Hoy a mediodía, cuando hemos hablado de los menús navideños, no sabías nada.

—Ya he llamado por teléfono a Leah —me apresuré a decir para que no siguiera indagando—. Vendrá encantada, y deberíamos plantearnos si cogemos a alguien más para la cocina en diciembre. Si Paul sigue enfermo, yo puedo ayudarte en la cocina, y le preguntaremos a Leah si puede sustituirme los fines de semana en el restaurante.

— Ah, non, no me gusta trabajar con mujeres en la cocina —dijo Sam—. Las mujeres no tienen suficiente ingenio en la cocina.

—No seas descarado —dije—. Yo tengo suficiente ingenio en la cocina. Eres un viejo chovinista, Sam.

Sam sonrió.

—Siempre lo he sido, siempre lo he sido.

Picó a un ritmo sorprendente dos grandes cebollas sobre la tabla de madera y con el cuchillo empujó los trozos en una gran sartén.

—Además, tú no eres demasiado buena con las salsas. —Esperó a que los trozos de cebolla se hubieran dorado en la mantequilla, lo regó todo con vino blanco y bajó un poco el gas.

—¿Qué estás diciendo, Sam? —grité, enfadada—. Tú mismo me has enseñado a hacer salsas, y mi filet con salsa de pimienta es absolutamente delicioso, eso has dicho tú siempre.

Sonrió con satisfacción.

—Sí, tu salsa de pimienta es maravillosa, pero sólo porque tu padre te enseñó su receta secreta. —Lanzó un puñado de patatas en la freidora y mis protestas quedaron ahogadas por el chisporroteo del aceite caliente.

Cuando Sam trabajaba en los fogones se convertía en un malabarista. Le gustaba mantener varias pelotas en el aire a la vez, y uno se quedaba boquiabierto viéndole.

—En cambio, preparas muy bien los postres, eso tengo que reconocerlo —prosiguió Sam sin inmutarse, y revolvió la sartén—. Bueno, esperemos que Paul se haya recuperado para el sábado. —Me lanzó una mirada por encima de la freidora y guiñó un ojo—. Una cita importante, ¿no? ¿Cómo se llama el afortunado?

El afortunado se llamaba Anthony Masen, aunque él no sabía nada de lo que le esperaba. No sabía que el viernes iba a tener una cita a ciegas en La Coupole. Y yo no sabía si le iba a sentar bien que una intrusa se colara en su conversación con Edward Cullen.

Pero entonces llegó el jueves y, con él, una carta que me hizo tener la certeza de que yo había hecho todo correctamente y de que a veces es bueno dejarse guiar por los sentimientos por muy absurdo que les parezca a otras personas.

Saqué la carta del buzón, en el que ya sólo aparecía mi nombre. En el sobre había un pequeño papel pegado en el que se podía leer:

Querida señorita Swan: ayer por la tarde llegó esta carta a la editorial. ¡Enhorabuena! Anthony Masen perdió sus señas y por eso nos la ha enviado a nosotros. He pensado que lo mejor era que yo se la entregara a usted directamente. Nos vemos mañana por la noche. Bonne lecture! Edward Cullen

Sonreí. Era típico de ese tal Cullen felicitarme como si yo hubiera ganado una competición y desearme que disfrutara con la lectura de la carta. Probablemente, estaría sorprendido de que el autor me hubiera contestado.

Ni por un momento se me ocurrió pensar por qué conocía Edward Cullen mi dirección privada.

No pude esperar. Me senté en la fría escalera de piedra con el abrigo puesto y abrí el sobre. Luego leí las frases que habían sido plasmadas sobre el papel con bolígrafo azul y letra inclinada.

Dear Miss Isabella Swan:

Me ha hecho muy feliz recibir su amable carta. Por desgracia, también le ha gustado mucho a mi pequeño perrito Rocky, especialmente el sobre. Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde, y Rocky, ese pequeño monstruo glotón, se lo había tragado con las señas. Tengo que pedirle disculpas por mi perro, es todavía un cachorro, de modo que le envío la carta a mi leal editor, Edward Cullen, quien se la entregará a usted, eso espero. Me gustaría decirle, querida señorita Swan, que he recibido muchas cartas de admiradoras, pero ninguna tan bonita y conmovedora como la suya. Me alegro mucho de que mi pequeña novela sobre París le haya servido de ayuda en un momento en el que se sentía usted tan desgraciada. Al menos ha servido para algo, y eso es más de lo que se puede decir de la mayoría de los libros. (¡Espero que consiguiera escapar de la policía definitivamente!). Creo que puedo entenderla perfectamente.

Yo también me sentí fracasado durante un tiempo y sé cómo se encuentra. No soy un tipo al que le guste mostrarse en público, prefiero pasar desapercibido, y me temo que resulto algo aburrido, pues me gusta mucho estar en mi cottage, pasear por el campo y reparar coches antiguos, pero si a usted todo esto no le asusta, cuando vaya a París aceptaré encantado la deliciosa invitación en su pequeño restaurante.

Mi próxima visita a París será muy breve y está repleta de citas, pero me gustaría volver con más tiempo, de forma que podamos hablar con tranquilidad. Sí, conozco su restaurante, me enamoré de él a primera vista, sobre todo de los manteles de cuadros rojos.

Muchísimas gracias por la preciosa foto que me envía. ¿Puedo decirle, sin dañar su intimidad, que es usted muy sexy? Y tiene razón: la similitud entre Sophie y usted es sorprendente. ¡Creo que le debo una explicación de mi pequeño secreto! Sólo le diré que jamás me habría atrevido a pensar que recibiría una carta de la protagonista del libro. ¡Es como un sueño que se hace realidad!

Espero que ya se sienta usted mejor y se haya librado de sus penas. ¡Me gustaría conocerla pronto en persona!

Discúlpeme, por desgracia, mi francés es un tanto pobre. Pero confío en que a pesar de todo se haya alegrado de que haya respondido a su carta.

Estoy impaciente por sentarme en su precioso restaurante y hablar por fin con usted sobre TODO. Mis mejores deseos y à tout bientôt!

Atentamente,

Anthony Masen.

—¿Tiene usted una regadera, señorita? —oí graznar a mi espalda.

Di un respingo y me volví.

Ante mí estaba una mujer anciana y bajita, con un abrigo de astracán negro y un gorro a juego. Llevaba los labios pintados de rojo y me observaba con curiosidad.

—¡Una regadera! -insistió impaciente.

Sacudí la cabeza.

—No, lo siento, señora.

—¡Qué mal, qué mal! —Movió la cabeza y apretó los labios rojos con rabia.

Me pregunté para qué querría esa mujer mayor una regadera. Al fin y al cabo, en los días anteriores había llovido tanto que seguro que la tierra estaba suficientemente húmeda.

—Me han robado la regadera —me explicó la mujer—. Sé muy bien que la escondí detrás de la lápida —añadió, señalando una tumba cercana sobre la cual un viejo árbol dejaba caer sus ramas nudosas—, y ahora ha desaparecido. Hoy en día te roban en todas partes... ¡hasta en el cementerio! ¿Adónde vamos a llegar?

Rebuscó en su enorme bolso negro y al final sacó un paquete de Gauloises. Me sorprendió. Encendió un cigarrillo, dio una profunda calada y soltó el humo hacia el cielo azul.

Luego me tendió la cajetilla.

—Tome, ¿quiere uno?

Sacudí la cabeza. Yo fumaba a veces en los cafés, pero nunca en los cementerios.

—Coja uno, niñita. —Me puso la cajetilla delante de las narices—. La vida son dos días. —Reprimió una risa. Yo me puse una mano delante de la boca y sonreí asombrada.

—Bueno, está bien, gracias —dije. Me dio fuego.

—No, por favor —dijo—. Bah, olvidémonos de la estúpida regadera. Tenía un agujero. ¿No es maravilloso que salga el sol... después de tanta lluvia?

Asentí. Sí, era maravilloso. El sol lucía en el cielo y la vida estaba otra vez llena de sorpresas.

Y así fue como me vi una tarde de jueves junto a una extravagante vieja dama que parecía recién salida de una película de Fellini, aprovechaba el sol en el Père-Lachaise y echaba bocanadas de humo mientras fumaba. A nuestro alrededor reinaba un apacible silencio y tuve la sensación de que éramos las únicas personas en aquel gigantesco cementerio.

A lo lejos se alzaba la musa Euterpe, símbolo de la alegría, que velaba desde hacía tiempo la tumba de Frederic Chopin. Al pie del monumento de piedra había muchos tiestos con flores y ramos de rosas sujetos a la valla de hierro. Dejé vagar la mirada. Algunas tumbas seguían adornadas desde el Día de Todos los Santos, por encima de otras había pasado el tiempo, la naturaleza había recuperado su terreno y las malas hierbas y las plantas silvestres cubrían los bordes de piedra. En éstas se había olvidado a los muertos. No eran pocas.

—La he estado observando —dijo la mujer mayor, y me miró guiñando sus ojos astutos, rodeados de cientos de pequeñas arruguitas—. Parecía que estaba pensando en algo muy bonito.

Di una calada al cigarrillo.

—Así es —repliqué, y sonreí—. Estaba pensando en mañana. Mañana por la noche voy a La Coupole, ¿sabe?

—¡Qué casualidad! —exclamó la anciana, y sacudió la cabeza muy contenta—. Yo también iré mañana a La Coupole. Celebro mi cumpleaños, ochenta y cinco, niñita. Adoro La Coupole, todos los años voy allí el día de mi cumpleaños. Siempre tomo ostras, son excelentes.

De pronto vi a la vieja dama felliniana rodeada de sus hijos y sus nietos en una larga mesa de la brasserie.

—Vaya, pues le deseo que tenga una gran fiesta —dije.

Sacudió la cabeza con gesto de lástima.

—Bueno, esta vez será una fiesta pequeña —dijo—. Muy pequeña, para serle sincera. Sólo yo y los camareros, pero son siempre un encanto. —Sonrió con cara de felicidad—. ¡Dios mío, todo lo que hemos celebrado en La Coupole! Fiestas increíbles. Henry mi marido, era director de orquesta en la ópera, ¿sabe? Y tras los estrenos corría el champán... hasta que al final estábamos todos tan deliciosamente achispados... —Soltó una risita—. Sí, hace mucho tiempo... Y Garret siempre viene en Navidad con los niños a París. Vive en Sudamérica... —Yo supuse que Garret era su hijo—. Et bien! Y desde que se marchó mi viejo amigo Augusto —hizo una pausa y miró con tristeza la tumba que ya no tenía detrás la regadera—, ya no hay nadie con quien celebrar nada.

—¡Oh! —dije—. ¡Cuánto lo siento!

—Pues no debe sentirlo, niñita, la vida es así. Cada uno tiene su día. A veces cuento todos mis muertos cuando estoy por la noche en la cama. —Me miró con gesto conspirador y bajó la voz—. Ya son treinta y siete. -Dio una última calada al cigarrillo y tiró la colilla al suelo sin ninguna contemplación—. Bien, y yo sigo aquí, ¿qué le parece? ¿Puedo decirle una cosa, querida? Disfruto de cada maldito día. Mi madre vivió ciento dos años y fue feliz hasta el final.

—Impresionante —dije.

Me tendió con energía su pequeña mano, enfundada en un guante de piel negro.

—Elizabeth Adams —dijo—. Pero puede llamarme Liz.

Dejé caer mi cigarrillo y le di la mano.

—Isabella Swan —me presenté—. Pero puede llamarme Bella—sonrió. — ¿Sabe una cosa, Liz? Es usted la primera persona a la que conozco en un cementerio.

—¡Oh, yo ya he hecho muchas amistades en el cementerio! —aseguró la señora Adams, y su boca roja dibujó una amplia sonrisa—. Y no han sido las peores.

—Adams... eso no suena muy francés —apunté. Me había llamado la atención que la mujer hablara con cierto acento, aunque lo atribuí a la edad.

—Y no lo es —replicó la señora Adams—. Soy americana. Pero hace ya una eternidad que vivo en París. ¿Y usted, niñita? ¿Qué va a hacer usted en La Coupole? —inquirió de pronto.

—¡Oh, yo...! —contesté, notando que me sonrojaba—. Voy a reunirme allí con... alguien.

—Aaaah —dijo—. ¿Y es un hombre... agradable? —Una de las ventajas de la edad era, sin duda, que se podía ir al grano sin perder más tiempo.

Me reí y me mordí el labio inferior.

—Sí... creo que sí. Es escritor.

—¡Dios mío, un escritor! —exclamó Elizabeth Adams—. ¡Qué excitante!

—Sí... —dije, sin entrar en más detalles de mi cita—. Estoy algo nerviosa.

Después de despedirme de la señora Adams —Liz-que me invitó a tomar al día siguiente un coup de champagne en su mesa («Aunque seguro que tiene algo mejor que hacer que beber champán con un carcamal, niñita», había añadido guiñándome un ojo), me quedé todavía un rato delante del monolito blanco.

Au revoir, papá —dije en voz baja—. Tengo la sensación de que mañana va a ser un gran día.

Y tenía, en cierto modo, razón.

Me puse en la cola, que empezaba en la gran puerta de cristal. Aunque La Coupole no era precisamente mi restaurante favorito, se trataba de un conocido punto de encuentro de jóvenes y mayores. No sólo los turistas acudían en masa a la legendaria brasserie del toldo rojo, considerada como uno de los grandes restaurantes de París, en el transitado Boulevard du Montparnasse. También los hombres de negocios y la gente que vivía en París iban allí con frecuencia a comer y a celebrar algún acontecimiento. Unos años antes, los miércoles se organizaban sesiones de salsa en la sala de baile situada debajo, pero la salsa ya se había pasado de moda y yo al menos no vi ningún anuncio de ese spectacle.

La cola avanzó un poco y por fin pude acceder al interior de La Coupole. Enseguida me vi envuelta por un animado barullo de voces. Los camareros, con enormes bandejas de plata, avanzaban a toda prisa entre las largas filas de mesas con manteles blancos cobijadas bajo el techo abovedado. La sala, con sus columnas pintadas de color verde y las lámparas art déco colgando del techo, siempre resultaba impresionante. El restaurante bullía de vida; se donner en spectacle era allí la divisa, y los comensales parecían tenerla en cuenta. Hacía mucho tiempo que no iba allí y contemplé divertida el animado ajetreo.

Un amable recepcionista repartía pequeñas tarjetas rojas a los clientes que no habían reservado mesa y les invitaba a esperar en el bar. Las tarjetas llevaban los nombres de compositores famosos, y cada dos minutos se oía a un joven camarero que recorría la zona del bar y gritaba con entusiasmo, como si fuera un director de circo: «Bach, deux personnes, s'il vous plait» o «Tchaikovsky, quatre personnes, s'il vous plait» o «Debussy, six personnes, s'il vous plait». Entonces los clientes que estaban esperando se ponían de pie y se les conducía a su mesa.

Bonsoir, mademoiselle, vous avez une reservation? ¿Ha reservado usted? —me preguntó el recepcionista cuando llegó mi turno. Una joven me ayudó a quitarme el abrigo y me entregó una ficha del guardarropa.

Asentí.

— Tengo una reserva con el señor Edward Cullen.

El recepcionista echó un vistazo a su larga lista.

— Ah, oui, aquí está —dijo—. Una mesa para tres personas. ¡Un momento, por favor! —Hizo una seña a un camarero para que se acercara. El camarero, un hombre ya mayor con el pelo gris y corto, me sonrió con una bonita mirada.

—¿Sería tan amable de seguirme, señorita?

Asentí y noté que de pronto el corazón me empezaba a latir con fuerza. Dentro de media hora iba a conocer por fin a Anthony Masen, a quien, según decía en su carta, «le gustaría mucho conocerme pronto en persona».

Me alisé el vestido. Era el vestido de seda verde, el vestido del libro, el vestido que yo llevaba en la foto que le había enviado a Masen. No había querido dejar nada al azar.

El amable camarero se detuvo ante uno de los rincones forrados de madera.

Et voilà -dijo—. ¡Por favor!

Edward Cullen se puso de pie para saludarme. Vestía traje y una camisa blanca con una elegante corbata azul oscuro.

—¡Señorita Swan! —exclamó—. Qué alegría verla de nuevo... Siéntese, por favor.

Señaló un sitio en el banco y se quedó ante una silla vis-à-vis.

—Gracias.

El camarero movió un poco la mesa con mantel blanco y las copas recién colocadas y yo pasé por delante de él y me dejé caer en el asiento tapizado en cuero.

Edward Cullen también se sentó.

—¿Qué desea beber? ¿Champán... para celebrar el gran día? —Me dirigió una sonrisa.

Noté que me sonrojaba y me sentí incómoda porque vi que él también lo había notado.

—No sea descarado —dije, y sujeté el bolso con fuerza en mi regazo—. Pero sí, un champán estaría bien.

Su mirada se deslizó brevemente por mis brazos desnudos, luego me miró de nuevo.

—Enhorabuena —dijo—. Está usted deslumbrante, si me permite decírselo. El vestido le sienta de miedo. Acentúa el color de sus ojos.

—Gracias —contesté, y sonreí—. Usted tampoco tiene mal aspecto esta noche.

—Bah... —Cullen hizo un gesto al camarero—. Hoy me corresponde tan sólo un papel secundario, ya sabe. —Se volvió—. Dos copas de champán, por favor.

—Pensé que el papel secundario me correspondía a mí —repliqué—. Al fin y al cabo, sólo estoy aquí, por así decir, en passant.

—Bueno, ya veremos. A pesar de todo, puede usted dejar su bolso a un lado. Su escritor tardará como poco un cuarto de hora en llegar.

—Querrá decir su escritor —aclaré, y dejé el bolso a mi lado.

Cullen sonrió.

—Digamos sencillamente nuestro escritor.

El camarero se acercó y sirvió el champán. Luego nos entregó las cartas.

—Gracias, pero esperamos a otro comensal —dijo Cullen, y dejó las cartas a un lado.

Cogió su copa, la levantó e hicimos un breve brindis. El champán estaba helado. Di tres grandes sorbos y enseguida noté que mi nerviosismo se transformaba en una alegría anticipada más relajada.

—Gracias por organizar este encuentro. Si le soy sincera, siento una gran curiosidad. —Dejé mi copa en la mesa.

Edward Cullen asintió.

—La entiendo perfectamente. —Se reclinó en su silla—. ¿Sabe qué? Yo, por ejemplo, soy un gran fan de Woody Allen. Hasta he empezado a tocar el clarinete sólo porque él lo toca. —Se echó a reír—. Por desgracia, mi nueva pasión no ha nacido con buena estrella. Cada vez que practico, los vecinos empiezan a dar golpes en la pared. —Dio un trago y pasó la mano por el mantel blanco—. Bueno, sigo. La cosa es que vino Woody Allen a París y dio un concierto con su curiosa banda de jazz formada por gente mayor. La sala, en la que normalmente tocan música clásica grandes orquestas, vendió enseguida todas las entradas, pero logré conseguir un sitio en la quinta fila. Al igual que los demás, yo no estaba allí sólo por la música. Quiero decir que, en realidad, Woody Allen no toca mejor que cualquier músico de jazz de un bar de Montmartre. Pero ver de cerca a ese hombre al que conocía de tantas películas, oírle hablar en directo... eso fue algo increíblemente especial y muy excitante. —Se inclinó y apoyó la barbilla en su mano—. Pero hay una cosa que todavía hoy me da mucha rabia.

Guardó silencio un momento. Yo acabé mi champán y me incliné hacia delante. Ese Cullen era un buen narrador de historias. Pero también era muy observador.

Cuando vio que mi copa estaba vacía, le hizo una seña al camarero y éste trajo enseguida otros dos coups de champagne.

À la vôtre -dijo Edward Cullen, y alcé mi copa sin rechistar.

—Así que hay una cosa que todavía hoy le da mucha rabia —repetí con curiosidad.

—Sí —dijo, y se limpió los labios con la servilleta—. La cosa fue así: cuando se acabó el concierto, hubo muchos aplausos. La gente se levantó de sus asientos y daba golpes con los pies para mostrar su admiración por ese hombre bajo y delgado que, con su jersey y sus pantalones de pana, parecía tan modesto y desorientado como en sus películas. Cinco veces se había marchado y había vuelto a salir entre los atronadores aplausos de sus fans cuando de pronto saltó al escenario un gigante vestido de negro. Llevaba el pelo engominado, ya sabe, y a primera vista parecía un director artístico o un tenor. En cualquier caso, estrechó la mano a un desconcertado Allen y le entregó una tarjeta y un bolígrafo para que le firmara un autógrafo. Y Allen lo hizo antes de abandonar definitivamente el escenario. —Cullen vació su copa—. A mí me habría gustado tener también el atrevimiento de saltar así sin más al escenario. Imagínese, habría podido enseñar ese autógrafo a mis nietos. —Soltó un suspiro—. Y ahora el bueno de Woody está en América, yo no me pierdo ninguna de sus películas y es muy poco probable que vuelva a verle en esta vida.

Me miró, y esta vez no pude ver ningún rastro de burla en sus ojos verdes.

—¿Sabe una cosa, señorita Swan? En el fondo, admiro su tenacidad. Cuando se quiere algo hay que quererlo de verdad.

Un suave timbre interrumpió su elogio a mi fuerza de voluntad.

—Discúlpeme, por favor, es el mío. —Edward Cullen sacó su móvil del bolsillo de la chaqueta y se apartó a un lado—. Oui?

Miré el reloj y me sorprendí al ver que eran ya las ocho y cuarto. El tiempo había pasado volando y Anthony Masen aparecería en cualquier momento.

—Ah, vaya, qué cosa tan tonta, lo siento —oí que decía Cullen—. No, no, no hay ningún problema. Yo estoy aquí, cómodamente sentado. Sin prisas. —Se rio—. Bueno. Hasta luego. Salut. -Se guardó de nuevo el teléfono en el bolsillo—. Era Anthony Masen —dijo—. Todavía sigue ocupado y no podrá venir antes de media hora. —Me miró con cara de pena—. Qué lástima que tenga que esperar.

Encogí los hombros.

—Bueno, lo importante es que vendrá —dije, y me pregunté en qué estaría ocupado Anthony Masen. ¿Qué hacía cuando no escribía libros? Me disponía a preguntarlo cuando Edward Cullen dijo:

À propos, todavía no me ha contado nada de la carta de Masen. ¿Qué le decía?

Le sonreí y me enredé un mechón de pelo en un dedo.

—¿Sabe una cosa, señor Cullen, editor de Éditions Opale? —dije, e hice una pequeña pausa bien calculada—. Eso es algo que no es de su incumbencia.

—¡Oh! —exclamó él, decepcionado—. Venga, sea sólo un poquito indiscreta, señorita Swan. Al fin y al cabo, fui yo quien le entregó la carta.

—Jamás —respondí—. Usted siempre se burla de mí.

Hizo un gesto de inocencia.

—Sí, sí, sí —dije—. ¿Por qué sabía mi dirección?

Pareció irritado durante un instante, luego se echó a reír.

—Secreto profesional. Si usted no me cuenta nada, yo tampoco le contaré nada. Aunque esperaba un poco de agradecimiento.

—Ni hablar —dije, y di otro sorbo de champán. Mientras no supiera qué relación había entre Anthony Masen y yo no iba a decir una sola palabra. Al fin y al cabo, Masen había hablado de un «pequeño secreto».

El champán se me subió poco a poco a la cabeza.

—En cualquier caso, no creo que nuestro autor -hice una pausa intencionada— se enfade mucho si me ve aquí sentada. Su carta es muy amable.

—Asombroso —replicó Cullen—. Su carta debería ser simplemente irresistible.

—¿Conoce usted bien al señor Masen? —pregunté, pasando por alto el «irresistible».

—¡Oh, bastante bien! —¿Creí ver un rastro de ironía en la sonrisa de Cullen o sólo lo imaginé?—. No es que seamos muy buenos amigos, a mí me parece en cierto modo un poco excéntrico, pero diría que le conozco hasta lo más profundo de su cerebro.

—Interesante —dije—. En cualquier caso, él tiene mucho aprecio a su «leal» editor.

—Eso espero. —Edward Cullen miró el reloj—. ¿Sabe una cosa? Todo esto me parece absurdo. Me muero de hambre. ¿Qué le parece si pedimos?

—No sé —respondí, indecisa—. En realidad, no estaba previsto que yo estuviera aquí... —Eran ya las ocho y media y yo también notaba sensación de hambre.

—Entonces decido yo —concluyó Edward Cullen, y volvió a hacer una seña al camarero—. Me gustaría pedir algo para comer —dijo—. Tomaremos dos, no... tres platos de curry d'agneau des Indes, y para beber... —dio unos golpecitos con el dedo en la carta—. Este Château Lafite-Rothschild.

—Muy bien. —El camarero recogió las cartas y puso una cesta con pan en la mesa.

—Ya que está aquí tiene que probar el famoso cordero al curry —dijo el señor Cullen, que estaba cada vez de mejor humor, y señaló a los indios vestidos de marajás que empujaban unos carritos por los pasillos del restaurante y servían el cordero al curry—. Me interesa su opinión profesional.

Cuando poco después de las nueve sonó de nuevo el teléfono móvil de Edward Cullen y Anthony Masen anuló definitivamente su cita en La Coupole era ya demasiado tarde para marcharme, aunque por un momento lo pensé.

Ya habíamos bebido una copa del exquisito vino tinto y el fabuloso cordero al curry que en mi opinión no era tan fabuloso y admitía un poco más de plátano, manzana y coco rallado, humeaba en nuestros platos.

Cullen debió de notar mi breve indecisión cuando me comunicó la noticia con gesto de lástima y yo, bastante decepcionada, agarré la copa de vino.

—¡Qué absurdo! —dijo finalmente—. Me temo que ahora tendremos que comernos el curry nosotros dos solos. —Me miró con un cómico gesto de desesperación—. ¿No me irá a dejar aquí solo con un kilo de cordero y una botella de vino entera, no? ¡Dígame que no es ésa su intención!

Sacudí la cabeza.

—No, claro que no. Usted no tiene la culpa de nada. Bueno, en realidad, no se puede hacer nada... —Di un trago de vino y forcé una sonrisa.

Había ido allí para nada. Me había tomado la noche libre para nada. Me había bañado, me había arreglado el pelo, me había puesto el vestido verde... para nada. Me había puesto delante del espejo y había ensayado lo que le quería decir a Anthony Masen, para nada. ¡Había estado tan cerca! ¿Por qué nunca me podía salir nada bien?

—Vaya, vaya, veo que se siente usted muy decepcionada —dijo Cullen compadeciéndose de mí. Luego arrugó la frente—. Bueno, a veces mandaría a ese Masen a freír espárragos. No es la primera vez que anula una cita en el último momento, ¿sabe?

Me miró con sus ojos marrones y me sonrió.

—Y ahora está usted en este restaurante, sentada con un estúpido editor y piensa que ha venido hasta aquí en vano y que el curry no es tan fabuloso como todos dicen... —Soltó un suspiro—. Es un fastidio, la verdad. ¡Pero tiene que reconocer que el vino es excelente!

Asentí.

—Sí, lo reconozco. —Edward Cullen intentaba consolarme, y eso era muy amable por su parte.

—Venga, señorita Swan, no esté triste —dijo de pronto—. Ya conocerá a ese escritor en otro momento, es sólo cuestión de tiempo. Por lo menos le ha escrito, y eso significa algo, ¿o no? —Abrió los brazos con gesto interrogante.

—Sí, claro —respondí, y me pasé el dedo índice por los labios mientras pensaba. Cullen tenía razón. No había perdido nada. Y tal vez fuera mejor ver a Anthony Masen a solas. En mi propio restaurante.

Cullen se inclinó hacia delante.

—Sé que soy un mal sustituto del increíble Anthony Masen, pero haré todo lo que esté en mis manos para que usted no guarde un mal recuerdo de esta velada y me obsequie con una leve sonrisa.

Me dio una palmadita en la mano y la sujetó un poco más de lo necesario.

—Cree usted demasiado en el destino, señorita Swan. ¿No piensa que a lo mejor tiene un sentido más profundo el hecho de que estemos aquí nosotros dos solos, cogidos de la mano?

Me guiñó un ojo y yo sonreí sin ganas antes de retirar la mano y darle un golpecito en los dedos.

—Algunas personas se toman la mano entera cuando se les tiende el dedo meñique —dije—. No puede ser cosa del destino, señor Cullen. Será mejor que me sirva un poco más de vino.


No sé que piensan ustedes, pero me da cosita pobre Edward u.u aunque se está mandando la parte..

Saludos! Dejen comentarios :)

andre