Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.
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Honor
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Capítulo 10: Cuestión de confianza
En su vida jamás había habido lugar para el descanso, menos aún desde que sus padres la regalaron a ese hombre. No le quedó más opción que aceptar su oferta de matrimonio, sus padres prácticamente la expulsaron del hogar familiar por haberles deshonrado.
Una mujer sin dote, problemática y sin herencia. El tipo que aceptó quedarse con ella lo hizo a sabiendas de lo que estaba adquiriendo.
Nodoka no se consideraba a sí misma como alguien de valía, siquiera a tener en cuenta. Como ya le dijo su madre en más de una ocasión, ella era "material defectuoso". Pero también era una superviviente.
Llevaba apenas una par de semanas en aquella casa, no debía confiarse, pero era imposible ignorar el inmenso alivio que sentía al ver pasar los días sin sorpresas ni miserias. Había mucho trabajo, eso era cierto, pero siempre había víveres en las despensas y la casa era cálida.
Ranma parecía haberse adaptado incluso mejor que ella. No paraba de jugar con la menor de la hija de las Tendô, haciendo que su propia madre le advirtiera, en numerosas ocasiones, sobre su comportamiento.
—Son niñas, además, Akane también es muy bruta —rió Saya una mañana, mientras ambas preparaban la comida y las niñas se perseguían con espadas de madera.
—Sí... —contestó pensativa Nodoka, sabiendo que aquel, uno de sus más horrendos secretos, no tardaría en explotarle en la cara—. Ranko no suele jugar en compañía, me preocupa que pueda excederse.
—Nodoka —susurró Saya a su lado, y antes de que pudiera darse cuenta su frágil mano apretaba la suya en un gesto de cariño y confianza—. No sé qué tipo de vida has llevado hasta ahora, pero no tienes porqué temer. Deja de estar tan asustada.
¿Tan evidente era? Las mejillas de Nodoka palidecieron y sus ojos azules se enturbiaron llenos de cálidas lágrimas.
—No Saya, no lo entiendes. Agradezco tu generosidad pero… debo encontrar un trabajo y encargarme yo misma de Ranko.
—¿Quieres abandonar a tu marido?
—Yo… —con la boca seca Nodoka se encontró entre la espada y la pared. Atrapada en su más absoluta verdad. Sí, llevaba mucho tiempo planeándolo, pero le faltaba dinero, le faltaban fuerzas, y sobre todo, le faltaba valor para poder escapar.
—¿Te golpea? —preguntó Saya con voz trémula, apretando aún más fuerte sus manos.
—N-no… él… no es eso —esquivó su mirada—. Es complicado —la mujer alzó al fin la mirada, sin poder evitar que las lágrimas surcaran sus mejillas, tanto tiempo retenidas.
—Nodoka, puedes contármelo. Si temes que le diga algo a mi marido te equivocas, jamás traicionaría a una amiga.
¿Una amiga? Nodoka intentó reprimir sin éxito un gemido en su garganta.
—No seas tan amable conmigo… o te arrepentirás —dijo librándose de sus manos y saliendo de la cocina, huyendo hacia un lugar donde poder escapar de su vergüenza.
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—¿Qué mierda te has creído? —prácticamente le escupió a la cara cuando le encontró solo al fin, al caer la noche en el dojô.
Ranma la miró con una sonrisa arrogante llena de maldad.
—¿Pasa algo?
—¡No puedes hacer esas cosas! ¡No puedes… tocarme delante de todo el mundo!
—¿Ahora sí quieres hablar?
Tarde comprendió Akane su estratagema, ese chico le había tendido una trampa, prácticamente le había puesto su conversación pendiente en bandeja. Provocándola, haciendo que reaccionara para volver a quedar a solas. Se avergonzó de nuevo de su ingenuidad.
Ella se cruzó de brazos, a la defensiva. Gesto que entendió Ranma a la perfección.
—Akane… no quiero hacerte daño —empezó él, sabiendo que estaba tratando con un animal salvaje y asustado—. Pero necesito entender qué es lo que pasa por tu cabeza, ¿por qué te portaste así en la boda? ¿Por qué parece que estás todo el rato a la defensiva conmigo?
—No quieres hacerme daño —repitió ella lentamente—. ¿Y qué quieres? ¿Quieres follarme cuando te apetezca? ¿Quieres quedarte mi dojô? ¿Quieres quedarte conmigo, Ranma? —la pregunta le pilló desprevenido, ahora la que sonreía lacónica era Akane.
El artista marcial tragó saliva, mientras lágrimas traidoras se acumulaban en el rabillo del ojo de la joven.
—Ya no hace falta que digas más. Ha sido un error. Vete de esta casa, por favor —pidió ella en un susurro, agachando la mirada.
—No puedo.
Ella alzó la vista, las lágrimas corrían por sus mejillas pero su mirada era de pura rabia, sus dientes se apretaban y su fina mandíbula temblaba de ira.
—¿No puedes? ¿¡Qué es lo que buscas entonces!? ¿¡Qué quieres de mí!?
Incapaz de encontrar palabras adecuadas el chico avanzó a rápidos pasos y la atrajo contra sí, la apresó entre sus brazos mientras sentía todo su pequeño cuerpo temblar de miedo e ira.
—¡Suéltame desgraciado!
—Ayúdame, Akane —pidió intentando con todas sus fuerzas contenerla entre sus brazos—. Haz que lo entienda, cuéntame de una vez qué es lo que te pasa. Yo… no sé qué quiero hacer con mi vida, no sé siquiera lo que es un hogar, pero… —La apretó contra sí, estrechando el abrazo hasta que su mejilla surcada en lágrimas estuvo pegada sin remedio a su pecho, escuchando los fuertes y rápidos latidos de su corazón—. Pero… no quiero alejarme de ti.
Las mejillas de ambos se tiñeron en color carmín, ella dejó de pelear, sus manos quedaron laxas a los lados de su cuerpo pero Ranma no aflojó ni un milímetro su abrazo.
Ella quería creerle, con todo su corazón.
—Quería… hacerme daño —dijo en una voz tan fina, tan apagada que el chico dudó siquiera de que hubiera hablado, se separó de ella centímetros y la miró atento, impaciente—. Ese día… sólo quería destrozarme a mí misma, quería demostrarme que no eras diferente a otro hombre. Necesitaba sentir que controlaba algo. Sabía que no te negarias, pero pensé… creí que después de… estaba segura de que te irías.
Ranma arrugó las cejas, sintiendo el dolor de aquella confesión atravesar todas sus defensas.
—¿Eso pensaste de mí?
—Quería creerlo.
—¿Querías creer que soy un monstruo? —preguntó incrédulo.
—Hubiera sido más fácil así.
—¿El qué? —insistió él sintiéndose asqueado de aquellos pensamientos.
—Mi padre me odia. Odia mi cara, odia mi voz, odia hasta el sonido de mis pasos. Y yo, desde pequeña no he querido más que su aprobación, solo quería que me quisiera como me quería entonces, cuando tan solo era una niña. Pero hice algo que le ofendió profundamente, y ahora llevo todo el peso del honor de la familia sobre mis espaldas —Se separó de él, empujándole dulcemente, como si necesitara aquel espacio para respirar, para confesar aquello de lo que jamás se había atrevido a hablar con nadie—. No quería obedecerle, quería ser yo por una noche, por un instante… quería revelarme contra él.
Alzó la vista para encontrarse con la cara consternada del artista marcial. A través de los ojos de Ranma solo se adivinaba la confusión y el caos.
—Siento lo que hice —confesó derrotada, sabiendo que el chico no iba a terminar de soltarla, era un terco, su terco mentiroso.
—¿Tu padre no quiere que te acerques a mi? —preguntó.
Ella desvió la mirada.
—No se fía de ti.
Y Ranma tragó saliva, sabiendo lo que aquello significaba.
—¿Y tu? ¿Te fías de mí?
—No —contestó enfrentándole—. Pero me fio aún menos de él.
Ambos se observaron en el silencio de la noche, entendiendo que sus preguntas eran mucho mayores que sus respuestas. Tanteándose con la mirada, decidiendo hasta dónde podían llegar sin sentirse un par de traidores.
—Querías hacerte daño… pero tenías experiencia, ¿verdad? —preguntó dubitativo.
—¿Eso importa? —contestó violentada.
—No —aseveró Ranma tajante—. Sólo quiero saber si estás bien.
—Yo… —la conversación avanzaba por derroteros incómodos, ella sintió frío aún a pesar de seguir apresada. Las fuertes manos del artista marcial se cerraban como tenazas sobre sus brazos—. Prefiero no hablar de ello.
—¿Quién? —insistió buscando una respuesta.
—Nadie.
—¿Le conozco?
—No —negó rotunda.
Los labios de Ranma se volvieron una fina línea, sabía que no debía seguir, pero algo le decía que nada de aquello estaba bien. Tenía un presentimiento, algo en su expresión la delataba, veía el miedo bailando al final de sus pupilas. Comprendió que de momento era mejor no insistir.
—Está bien —lo dejó ir, y hasta pudo sentir como la expresión de Akane se relajaba, todo su cuerpo pareció perder la tensión.
—¿Y tu?
—¿Ah? —respondió sin saber a lo que se refería.
—¿Con cuántas has...?
Ranma alzó una ceja, olvidando de golpe esa sensación extraña que se había agarrado a su estómago. Sonrió juguetón entendiendo que ella no mentía cuando hablaba de su poca experiencia.
—¿Con cuantas mujeres he estado? —terminó la frase, el hecho de que se le lo preguntara ya denostaba un interés más que evidente.
—No tienes que contestar si no quieres —repuso ella, arrepintiéndose de su pregunta enseguida.
—Quiero que confíes en mí —contestó Ranma de inmediato—. Yo... tampoco es que tenga mucha experiencia. Más bien ninguna —Terminó de confesar esquivo.
Akane se llevó una mano a la boca. Muda de asombro.
—¿Tan raro te parece?
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó ella.
—Porque me estaba muriendo por ti, no hubiese parado por nada del mundo. Sólo si tu me lo pedías.
Los labios de Akane temblaron ligeramente.
—Creo que necesito pensar —dijo dándose la vuelta, pero el chico se apresuró a alcanzarla, agarró su mano y la giró para mirarla a los ojos.
—No me arrepiento de nada —aclaró, por si a ella le quedaba aún alguna duda—. De hecho cada vez es peor, has despertado algo aquí dentro— dijo señalándose el pecho—, y no soy capaz de apagarlo por más que lo intento.
—¿Lo dices de verdad? —contestó ella acalorada, sintiendo como sus sentidos se activaban ante su cercanía.
—¿Qué vas a hacer al respecto?
—¿Eh?
—¿Te parece bien esto?
—Dices... ¿nosotros? —dijo Akane dubitativa, y él solo asintió, igual de avergonzado—. ¿Tú quieres...? —dejó la frase a medias, perdida sobre qué hacer o esperar.
—Sólo si tú quieres —terminó él, igual de esquivo.
—Yo… yo nunca antes…
—Yo tampoco.
—No sé qué decir.
—Entonces, nos dejaremos llevar —concluyó dando la conversación por zanjada. Se acercó a ella hasta acabar con el espacio físico que les separaba y sus intenciones traslucieron en sus facciones, pero Akane fue más rápida y apoyó una mano sobre su pecho, mirándole seria.
—Me voy a dormir —declaró firme, y él chasqueó la lengua dándose por enterado.
—Buenas noches —dijo, apenas rozando su boca en una despedida con sabor a mucho más, ella pareció decir con la mirada que era un aprovechado. Se marchó avergonzada, a rápidos pasos, pero cuando llegó a la puerta del dojô se giró un instante y le sonrió tímida.
Él le devolvió la sonrisa.
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—¿Por qué no me lo dijiste? —dijo Saya, Nodoka tensó la espalda mientras se detenía en su afán de tender la ropa.
—¿D-de qué hablas? —contestó en tensión.
—Es un niño, ¿verdad? Hablo de Ranko.
Las manos de la menuda mujer comenzaron a temblar sin control.
—¿Cómo lo has sabido?
—Es cuestión de fijarse en los detalles… además, le ha pedido a Akane que sea su novia, me lo confesó anoche avergonzada. Está confundida, no sabe si está bien porque ambas son niñas —la miró fijamente, y Nodoka finalmente tuvo que detenerse en su empeño y enfrentarla con ojos suplicantes.
—¿Se lo vas a decir a mi marido?
—Claro que no —contestó de inmediato—. Supongo que debes tener una buena razón, solo me duele que me lo hayas escondido tantos días.
—No se lo he contado a nadie, jamás —respondió ella—. Eres la primera persona que se da cuenta. Cada día es más evidente… pero ahora que lo sabes ya no podemos quedarnos aquí.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Os he puesto en peligro, Genma no es un hombre que atienda razones. Me desprecia profundamente, solo me tomó como esposa con la esperanza de que le diera un hijo varón. El día que se entere de que Ranko... de que Ranma es un niño, me lo quitará. Lo alejará de mí para siempre, y no podré soportarlo.
—Nodoka…
—Haremos las maletas y nos marcharemos de inmediato, muchas gracias por tu hospitalidad Saya, pero me temo que debemos irnos.
—Espera Nodoka, ¡yo no quiero que os vayáis! —dijo tomándola súbitamente de la mano—. Te ayudaré a guardar el secreto, te ayudaré en todo lo que me pidas. Yo también estoy sola con mis hijas. Hasta que llegasteis a esta casa jamás había tenido a nadie con quien poder hablar… si os marchais yo tampoco podré soportarlo.
—Saya… —las mejillas de Nodoka se colorearon por el calor, rompió el contacto súbitamente, sabiendo que debía contenerse—. Hay más cosas que no sabes de mí, cosas que harían que me odiaras.
—No te creo —contestó seria—. Puedes contarme lo que sea, yo jamás te odiaría.
Nodoka quería creerle, lo deseaba tanto que su corazón no dejaba de latir traidor al secreto que con tanto empeño se había esforzado en ocultar. Las lágrimas contenidas brillaron en sus ojos y bajó la cabeza llena de la más baja de las vergüenza.
—No puedo.
Saya la observó enfadada, furiosa por primera vez en mucho tiempo. Apretó los puños frustrada por su propia cobardía.
—Yo no soy una mujer fuerte, Nodoka. Me he limitado a hacer lo que siempre se esperaba de mí, me casé, tuve hijos, y dedico mi día entero a cuidar y mantener esta familia sin esperar nada a cambio. Hace años que mi marido no me dedica siquiera una sonrisa. Tú sin embargo… no quiero ni pensar el infierno por el que has vivido, y sigues dispuesta a seguir luchando.
Los ojos azules de la enjuta mujer la miraron desde la más profunda de las oscuridades. Abrió los labios sorprendida cuando las manos de Saya volvieron a capturar las suyas, apretándolas fuerte.
—Lo que quiero decir es que sé lo que te ocurre, y no me importa.
—No sabes lo que dices, Saya —intervino de nuevo, temblando—. No sabes lo que les hacen a las personas como yo. Nos encierran en manicomios y tiran la llave. ¡Somos despojos humanos! —gritó ya sin poder contener las lágrimas que corrían por sus hermosas mejillas.
—Los hombres siempre tendrán miedo de lo que no entienden. Pero no tienen por qué entenderlo, no tienen porqué enterarse —terminó apretando aún más fuerte sus manos, Nodoka la miró temblando, comprendiendo al fin.
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Akane caminaba distraída a la salida de sus clases. Se le había vuelto a hacer tarde y apenas quedaban unos pocos alumnos en la facultad. Con la cabeza en las nubes, pensando en demasiadas cosas a la vez se sintió mareada.
Para ella nada era fácil, no iba a ser menos ahora. Se sentía sucia y liberada al mismo tiempo. Traidora y eufórica. Era tan confuso que se sentía explotar por momentos y volar de entusiasmo en otros.
—Por fin —la voz masculina, de sobras conocida llegó hasta sus oídos desde un lugar no muy distante. Se dio la vuelta para encontrarse de frente con la imponente figura del artista marcial, cruzado de brazos y obviamente impaciente.
—¿Ranma? ¿Has venido a buscarme? —dijo sorprendida.
El chico miró por encima de su hombro.
—Quería asegurarme de que todo fuera bien por aquí.
Akane le miró sin poder evitar el encontrar tierna esa faceta protectora.
—Salen corriendo cada vez que me ven en un pasillo —aclaró—. Ahora ni siquiera se me acerca nadie para pedirme citas, has conseguido espantarlos a todos.
—¿Citas?¿Te pedían citas? —preguntó molesto.
—No todos los hombres se dedican a pelear, ¿sabes? —dijo divertida, pero Ranma la observaba ceñudo.
—¿Quieres que vayamos a algún sitio? —preguntó cohibido, mirando atentamente sus zapatos.
—No puede ser… ¿me estás pidiendo una cita? —Akane se quedó atónita, y el chico de la trenza se encogió sobre sí mismo, cada vez más incómodo.
—Olvídalo —dijo metiendo las manos en los bolsillos y encaminandose hacia la salida, ella corrió tras él a pequeños pasos dándole alcance enseguida.
—Disculpa, es sólo que pensé que no te pega nada —dijo sin poder evitar que la sonrisa se asomara en sus finas facciones.
—Ya te dije que esto es nuevo para mí —se disculpó apretando el paso, y ella no pudo evitar sentirse completamente conmovida, agarró su camisa haciéndole parar.
—Me encantaría —respondió sin más. Ranma sonrió pagado de sí mismo y se giró para mirarla.
—Bien, ¿a dónde vamos?
—¿Ahora? —Akane pestañeó confundida.
—O podemos sólo regresar a casa... —intervino de nuevo el chico, sin saber qué hacer con las manos, ella le miró divertida.
—No, tengo una idea.
Y comenzaron a caminar hacia una de las calles aledañas a la facultad, se detuvieron frente a un puesto ambulante de crepês y Akane se encargó de pedir por los dos. Cuando le entregó a Ranma el dulce coronado por montones de helado y caramelo el chico la miró espantado.
—¿Qué se supone que es esto?
—¿Pues qué más? Una crepê con helado —dijo ella dándole un buen mordisco a la suya.
El artista marcial pareció incómodo, miró a los lados de forma sospechosa por si había alguien mirándoles.
—¿Ocurre algo?
—Comer esto no es nada masculino —se quejó entre dientes. Akane rió ante el comentario.
—Qué tontería.
—A ti puede parecerte una tontería, pero para mí esto es muy serio —volvió a quejarse, dió un suspiro y casi con resignación mordió su dulce. Lo degustó durante varios segundos antes de darle un nuevo mordisco, y luego otro más.
—¿Qué no decías que era poco masculino? —dijo ella comenzando a caminar de regreso a la casa.
—Pero solo estás tú, así que... —continuó él disfrutando del helado.
Akane no supo si aquello era un halago o todo lo contrario.
—No sé qué os pasa a los hombres con eso de la masculinidad, comer un helado no tiene género, ¿sabes?
El chico pareció pensar su respuesta mientras le daba un nuevo bocado y prácticamente lo terminaba.
—Mi padre siempre me prohibió acercarme a los dulces, siquiera a nada que no considerara lo suficientemente "masculino". Para él yo debía ser el hombre entre los hombres, el más fuerte de todos.
—Oh, entonces seguro que tu padre y el mío se llevaban bien —dijo Akane despreocupada, sin ver la tensión que se apoderó del chico.
—Sí, supongo.
Sus pasos les condujeron hasta la entrada de un templo cercano. Ranma detuvo sus pasos frente a las escaleras empinadas que conducían hacia el viejo lugar. Akane terminó su dulce y miró al artista marcial, estaba anocheciendo.
—¿Pasa algo?
—Es sólo... —su memoria de nuevo jugaba al escondite, tenía vanas pinceladas de algo que había sucedido en aquel lugar—. ¿Podemos entrar?
—¿Al templo? —preguntó extrañada—. Bueno, pero mejor nos damos prisa, parece que va a llover —dijo mirando hacia el cielo, donde densas nubes oscuras parecían competir con el cielo por volverlo negro.
Subieron en silencio, teniendo cuidado de dónde ponían los pies. El templo no era un lugar inaccesible, pero sus escalones podían resultar resbaladizos. Cuando llegaron arriba Akane miró con desinterés la vieja estructura, seguramente había estado allí millones de veces.
Pequeñas gotas comenzaron a mojar sus cabellos, ambos miraron fastidiados hacia el cielo antes de correr y resguardarse en el soportal.
—Ah, a ver cómo bajamos de aquí... —se quejó ella pensando en los empinados escalones de piedra, pero Ranma estaba distraído, miraba con ansia hacia las pequeñas puertas corredizas del lugar.
—Tengo que comprobar una cosa —se disculpó avanzando por el soportal.
—¿Dónde vas? No se puede entrar ahí —protestó ella siguiéndole a su pesar.
El chico caminó hasta la escalerilla principal del santuario, era pequeña y construida en madera. Sus escalones bajos estaban al resguardo de la lluvia.
Podía verlo, a él vinieron los viejos recuerdos de una calurosa noche de verano.
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Todo se encontraba adornado con hermosos farolillos de papel en colores alegres. Había multitud de puestos de comida y diversiones. Los tambores acompañaban a la música que sonaban alegres en la lejanía.
Era la fiesta del o-bon.
Su madre estaba a su lado y le sonreía. Para la ocasión le había dejado vestir un yukata de tonos oscuros, quizás un poco más varonil de lo normal, lo que hacía que el pequeño se envalentonara satisfecho. Las hermanas Tendô también estaban allí. Todos parecían relajados y felices, disfrutando de la feria.
En un momento los pequeños se alejaron de sus madres, y entre risas infantiles decidieron jugar al escondite. Kasumi asumía las tareas de niñera, mientras que Nabiki observaba con indiferencia a la gente pasar, sin ganas de unirse a la diversión.
—Tú la llevas —dijo Akane antes de salir corriendo, Ranma la miró fastidiado y comenzó a contar hasta diez con los ojos cerrados, dando a su compañera de juegos tiempo de esconderse.
Después anunció que iba a encontrarla en menos de un minuto y salió corriendo fuera de la zona comercial, hacia el templo que en aquellos momentos solo era iluminado por las luces residuales de los puestos cercanos y la luna.
Kasumi bramó que no se alejara demasiado, pero Ranma estaba demasiado metido en el juego para hacer caso. Sabía que Akane era una miedosa, y por eso mismo no podía alejarse de los lugares con luz. Aquel detalle le ponía las cosas mucho más fáciles. Sin hacer ni un ruido avanzó hacia el templo, y no le costó nada encontrarla agazapada donde se alzaban los primeros escalones.
—Boba, siempre te escondes fatal —dijo burlándose de ella, Akane se puso en pié de golpe, molesta por ser tan obvia.
—Es que no puedo ir hacia el fondo del templo, Nabiki dice que hay fantasmas —confesó con un mohín.
—Nabiki es una mentirosa —se quejó Ranma—. Ven, voy a demostrarte que los fantasmas no existen.
Su pequeña mano infantil tomó la suya y con convicción la guió hacia la oscuridad. Akane se pegó a su espalda, con pequeñas lágrimas acumuladas en sus ojos.
—Ranko, tengo miedo —dijo amenazando con romper a llorar.
—N—no llores, si sale un fantasma yo me enfrentaré a él —dijo el niño con sus mejillas sonrojadas, intentando manifestar la seguridad que iba perdiendo por momentos.
—¿Pero no has dicho que no existían? —se quejó Akane comenzando a temblar.
Ambos niños se detuvieron de improviso al escuchar unas voces en la lejanía. Más bien parecían susurros.
—Quédate detrás de mí —Ranma, haciendo acopio de valor siguió avanzando, cuidando de que Akane no tropezara en el camino.
Con tiento y sin hacer ni un ruido se asomaron discretamente por la esquina del templo. En aquel lugar a resguardo, donde el único testigo de sus actos era la resplandeciente luna pudieron distinguir la silueta de sus madres.
Ambas intercambiaban confidencias entre susurros. Hablaban tan bajo que ni los niños podían entenderlas, en un momento, Ranma vio claramente como sus manos se entrelazaban, mientras sus palabras se volvían más altas y exigentes.
Contemplaron atónitos como sus madres se enredaban en un caluroso e inesperado beso, cargado de emociones y lágrimas contenidas, de deseo y rebeldía.
Akane soltó una exclamación que Ranma se apresuró a acallar con la palma de su mano. Era un niño, pero comprendía que lo que acababa de ver estaba mal, había descubierto a sus mayores en una actitud inexplicable.
Arrastró a Akane de regreso a la algarabía, y antes de reunirse con Kasumi y Nabiki se giró para mirarla. Estaba pálida, más que eso, la niña no sabía cómo asimilar lo que acababa de presenciar. Para ella los besos sólo se los daban los hombres y las mujeres, lo había visto en la televisión y es lo que contaban sus cuentos. Ambos habían presenciado algo insólito.
—Akane no le puedes contar esto a nadie —dijo convencido, sabiéndose en aquellos momentos poseedor del mayor de todos los secretos, la niña le miró confusa.
—Nuestras mamás…¿se quieren? —preguntó, depositando en su amiga Ranko todas sus dudas e incertidumbres—. ¿Pueden ser novias?
—Mi mamá me explicó que las personas pueden ser lo que quieran ser —contestó Ranma convencido—. Creo que sí son novias.
—¿Y qué pasa con nuestros papás? —dijo ella con genuina preocupación.
—No lo sé —contestó el pequeño mirando por encima de su hombro, con temor de ser descubiertos—. Mi papá nunca está en casa, y cuando viene sólo está enfadado…
Akane pareció recapacitar, pero en su despreocupada naturaleza no estaba la de cargar los problemas durante demasiado tiempo. Su rostro se iluminó con una idea, algo que hasta el momento le había parecido imposible.
—¡Ranko! Si las chicas pueden ser novias tú y yo también podemos serlo.
Ranma abrió los ojos tan sorprendido como encantado, era una muy buena conclusión, claro que él era un niño… y se moría de ganas de decírselo a Akane, pero había hecho una firme promesa, y sabía que no debía desvelar su naturaleza o auténtico nombre. Chico o chica, ¿qué importaba? Si podía estar con Akane comprendió que le daba igual. Sonrió alegre y con adorable inocencia infantil le dio un beso en la mejilla.
—Vamos a jugar al escondite en otro lugar —dijo tomando su mano, ella asintió sonrojada.
Ambos continuaron correteando ajenos completamente a la situación.
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—¿Ranma? — la trémula voz de Akane le trasladó de regreso a la realidad.
Ahora lo veía, lo recordaba todo con una nitidez espantosa. Recordaba los meses siguientes, los juegos con Akane, los escarceos de sus madres. Se llevó las manos a la cabeza intentando sacar de ella las risas y los llantos… y el olor a madera quemada, aquel día en que todo ardió hasta convertirse en cenizas.
—¡Ranma! —Akane se puso delante de él, preocupada, el chico de la trenza parecía estar sufriendo algún tipo de crisis nerviosa. Ella le examinó y miró hacia el templo decidida, le arrastró hacia el interior, tan sólo habitado por una estatua de buda a cuyos pies se acumulaban los presentes de los fieles visitantes de la mañana.
Akane puso sus manos sobre sus hombros y le obligó a sentarse, tomó su rostro comprendiendo que había algo que no iba bien. Sus ojos azules parecían haber perdido su brillo repentinamente. Estaba lejos de ella, en algún lugar al que no alcanzaba a llegar.
No tuvo que pensárselo demasiado, conocía bien esa expresión de desamparo. Extendió sus finos brazos y abrazó su cabeza, posándola suavemente sobre su pecho y pasando sus dedos por sus negros cabellos. La chica se balanceaba ligeramente, como si con aquel gesto quisiera transmitirle algún tipo de consuelo. Ranma levantó el rostro lentamente, la miró como si la viera por primera vez, comprendiendo demasiadas cosas. Sus fuertes brazos se cerraron lentamente sobre su cintura, y Akane le observó cargada de dudas.
—¿Ya te encuentras mejor?
El chico tragó saliva. Sí, podía decirse que se encontraba mejor, al menos ya podía pensar con lucidez. Volvió a agachar la cabeza y resopló contra sus pechos, ella ahogó un suspiro y más al sentir cómo las manos del artista marcial se desprendían de su cintura y comenzaban a desabotonar su blusa. Lentamente, con gestos tan medidos como sensuales, ella le dejó hacer sin dejar de mirarle. Tragó saliva al verse desprovista de su camisa, que él deslizó por sus hombros hasta dejarla caer sobre sus codos.
No se habían parado a mirarse jamás de aquella forma pesada y contenida. Ella sólo observaba sometida a un dulce embrujo, mientras el frío invernal erizaba su piel y las manos de Ranma la templaban a su paso. Afuera llovía de forma desmedida, la puerta del templo continuaba abierta mientras las tenues y mudas caricias avanzaban más y más.
Ranma cerró una mano sobre su pecho, explorando a placer su anatomía. Le pareció insuficiente por lo que la deslizó por debajo del sostén y presionó suavemente, arrancánadole al fin una exclamación de placer culposo. Toqueteó su pezón notándolo erguirse al momento, intrigado terminó por bajar la suave tela que lo cubría y lo tomó con los labios, primero suave y después ansioso, abriendo la boca y succionando con fuerza lo cual provocó que Akane gimiera de puro placer, echando hacia atrás el cuello y sorprendiendo al chico con aquella reacción. La soltó dejando su saliva sobre su piel, buscó el broche del sostén y lo quitó sin ceremonias. Miró extasiado el espectáculo que se prestaba frente a él, mientras Akane respiraba de forma entrecortada y excitada, sabiéndose presa de sus osadas caricias, sintiendo como su deseo se trasladaba a su entrepierna y luchando por no ser tan transparente a sus terrenales deseos.
Se sentía húmeda por momentos, mientras él tomaba con ambas manos sus pechos y los apretaba descubriendo su tersura. Prestó atención a su otro pezón, esta vez lo pellizcó ligeramente entre sus dedos índice y pulgar y Akane soltó un pequeño gritito que le hizo alzar la mirada de su interesante exploración y observarla deshacerse ante sus actos.
Sonrió complacido al saberla entregada, más dispuesta que nunca a seguir con sus mutuos hallazgos.
La agarró de forma impetuosa y la tumbó en el tatami, suspiró cautivado por su belleza, su corta melenita extendida por el suelo y sus pechos al descubierto, subiendo y bajando acompasados a su nerviosa respiración.
—Eres tan hermosa —dijo arrastrado por el momento consiguiendo que ella se sonrojara aún más, profundamente afectada por aquellas palabras—. Me enloqueces, Akane —confesó ronco y amenazante, deslizando suavemente las manos sobre sus pechos, pasando por su fina y esculpida cintura hasta llegar a los botones de su pantalón. Los desabrochó de forma lenta y después comenzó a besar con dedicación su cuello, su lengua suave se adueñó de la fina piel de la muchacha mientras ella gemía poseída, exigiendo más. Sus manos comenzaron a hurgar nerviosas con su camisa china, intentando dejarle igual de expuesto de lo que se encontraba ella, pero Ranma paró de inmediato de besar su cuello, la miró serio y cargado de deseo y agarró sus manos poniéndolas por encima de su cabeza.
—Quieta —ordenó soltándola y deshaciéndose él mismo de la camisa. Sus ojos no daban lugar a contestación, no tenía prisa, se estaba dando el gusto de explorarla y torturarla a un tiempo. Quería descubrir sus detalles, delatar sus puntos débiles, estudiar sus reacciones y para ello necesitaba concentración—. Si me tocas así me entrarán ganas de follarte, y no me podré contener.
Akane se quedó perpleja y expectante, se sintió temblar ante la anticipación sin querer esperar más tiempo. Ella ya se sentía arder por dentro, tanto que le dolía tanta contención. Dejó las manos por encima de su cabeza, obediente, pero no estaba ni mucho menos dispuesta a portarse bien.
Movió su cadera haciendo contacto con la de él y le miró provocativa, invitándolo a seguirla, haciéndole saber que estaba más que lista. Ranma gruñó y de un tirón bajó los pantalones y las bragas de la muchacha hasta las rodillas, la miró grave.
—He dicho que no —declaró de nuevo, intentando seguir con lo que demonios fuese que estaba haciendo. Besó su cuello con un suspiro de contención y comenzó a bajar poco a poco, deteniéndose en sus senos, acariciándolos y pellizcándolos mientras Akane se retorcia hambrienta. Continuó su camino besando su cintura, metiendo la lengua en el agujero de su ombligo.
—Ranma, por favor —suplicó su fina voz, totalmente entregada, sintiéndose arder por tenerle dentro. Pero el chico no se apiadó de sus deseos, besó el hueco de su cadera y ella sintió un cosquilleo, un gemido incontenible escapó de su garganta mientras sentía su boca seguir bajando hasta sentir su lengua jugar en la entrada de su femineidad.
—Aaaah —gritó incontenible. Mientras él seguía explorando, acariciando, chupando, succionando. Le sintió dentro de ella húmedo y exigente, su boca la deshacía completamente. Se mordió el labio hasta que lo sintió sangrar mientras él no parecía ni mucho menos satisfecho con aquellos gemidos. La respiración de Akane se volvió superficial, intentaba inhalar aire a la par que él la castigaba con aquella dulce perversión, y le era imposible.
—¡Ranma! —rogó mientras la cabeza le daba vueltas, apretó los dientes intentando no pensar. Sintió un nuevo tirón y vio que el chico había terminado por arrancarle los pantalones y ahora, desnuda y a su merced se estremeció de frío, con una punzada de vergüenza púdica al recordar que estaban en un templo, un lugar público y bajo la mirada atenta del gran buda.
No era una persona religiosa, pero estaba claro que aquello debía de ser blasfemo. Ranma separó sus piernas, totalmente centrado en su tarea, y para su alivio su lengua dejó su intimidad y comenzó a resbalar por su muslo. Ella suspiró agotada, pues se sentía incapaz de seguir soportando aquella tortura.
Comprendió sin sorpresa que aquel hombre era instintivo, un feroz felino que la estaba subyugando de forma abrumadora. Descubriéndose a los placeres de su cuerpo, permitiéndose conocerla de forma minuciosa. Le miró entregada, aún con sus manos rendidas sobre su cabeza, mientras él estudiaba con detalle sus muslos, terminando un recorrido sin fin. Sus ojos se encontraron y Akane tragó duro, había una parte animal en él, algo que le recordaba a un ser salvaje y sobrenatural.
¿Se habría hartado ya de su festín? Se dejó caer dulcemente sobre ella, arropando su desnudo cuerpo con su pecho descubierto. Akane comprendió que ardía febril, tanto que el frió la abandonó de golpe. La miró posesivo y besó su boca, tan dulce y despacio que del deseo supremo, Akane pasó a sentir ternura.
Se permitió agarrar su ancha espalda y bajar sus manos hasta sus fortísimos glúteos, palpando aquellos músculos como malditas piedras.
Balanceó su cadera buscándole y esta vez él no dudó en aceptar lo que le proponía. Bajó sus pantalones en un gesto tan torpe como rápido, quedando al desnudo sobre ella sin miedo a ser observado. Akane contuvo la respiración un segundo comprendiendo que no solo ella había estado conteniéndose. Ranma parecía a punto de perder el control, jadeaba con los dientes apretados, con la sangre hirviendo y los dedos arrugados en puños.
Abrió sus piernas con un ímpetu que desconocía, con una fuerza que hasta el momento había contenido. Akane ahogó una exclamación al sentirle fuerte y duro, entrando en ella enfermo de pura necesidad. Ranma jadeó, aunque aquella muestra de debilidad terminó por convertirse en un gruñido gutural. La empujó con tanta rabia que ella tuvo que hacer un esfuerzo real por permanecer agarrada a su espalda, conteniendo sus gritos de placer cada vez que salía y volvía a entrar.
Sus manos agarraron con fuerza sus divinas caderas, llenas de él. Sintió la necesidad salvaje adueñarse de todo y tal y como había prometido, se dejó llevar.
La penetró sin reservas, sin contenerse lo más mínimo. Era salvaje y magnífico, entraba y salía entre espasmos y gritos que ninguno de los dos podía ni quería contener.
Estaban idos, completamente subyugados por un deseo desconocido. Entregados a sus instintos más primarios con una rabia sin razón. Suspiraron casi al unísono, dejándose vencer por el culmen de sus cuerpos, explotando en fuego y caliente pasión.
Con la cabeza completamente vacía, intentando recuperar el aliento, aún unidos de aquella forma pecaminosa se miraron a los ojos sabiendo que hablaban mejor callados que con palabras.
Ranma la besó dulce, saliendo al fin de ella con un deje de molestia. Akane se incorporó aún sin entender aquel arrebato, intentando encontrar sus ropas en el frío tatami. Eran como malditas bestias sin conocimiento, totalmente enloquecidos el uno por el otro.
—Esto debe contar mínimo como profanación —dijo ella abrochando su camisa, durante los últimos minutos lo único que había salido de su garganta eran gemidos y el nombre del chico, pronunciado una y otra vez cargando de lujuria.
—Sí… —continuó él, recuperándose del súbito ejercicio—. Disculpa, quizás estoy siendo un poco impulsivo.
Ella negó con la cabeza.
—Está bien, así eres tu —concluyó agarrando sus pantalones y comenzando a enfundarse en ellos de nuevo—. Y hablando de eso… ¿qué es lo que te ha pasado antes?
Ranma pareció pensárselo unos instantes, también se puso en pie abrochando sus pantalones.
—Nada, sólo… a veces recuerdo cosas de mi pasado, me resulta confuso. Eso es todo.
Akane pareció cavilar su respuesta.
—Sí… a mi también me ocurre —seguía lloviendo sin tregua ni fin, la humedad del ambiente resultaba asfixiante—. Ranma, ¿puedo confiar en tí?
El chico la miró grave, la expresión de Akane había cambiado, sus labios parecían temblar antes las palabras impronunciables que necesitaba liberar. En contestación asintió, mirándola tan embelesado que sentía que podía matar y morir por ella.
—Tengo que hablar con una persona, una mujer.
El artista marcial tragó saliva, con la ligera intuición de que en realidad, ambos habían estado dando vueltas a la misma piedra, al mismo árbol. Dos niños perdidos en pos de una verdad oculta por sus padres.
—Necesito que me ayudes a encontrar a Ranko Saotome.
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¡Hola de nuevo!
Lamentablemente en esta ocasión me toca ser breve. No sé cuándo podré actualizar de nuevo este fic, cosa que sin duda haré, pero me temo que voy a empezar a espaciar un poco más los capítulos. Lo siento de veras, pero prometo que, al igual que todas mis historias, esta también la terminaré.
Muchísimas gracias a todos por vuestros hermosos comentarios, me disculpo de nuevo por no poder responderlos uno a uno, pero tened por seguro que los leo todos atentamente y con una sonrisa.
Gracias también a Nodokita, mi beta reader por su santísima paciencia.
Nos leemos pronto.
Muchos besos.
LUM.
