¡Feliz Navidad a todxs! Espero que estéis pasando unos estupendos días, aquí os dejo un regalito de mi parte ;)


CAPÍTULO 10

Lexa y Clarke se habían vuelto inseparables. Solían ir y volver juntas de la universidad cuando sus horarios coincidían, y también almorzaban y comían juntas. A veces, incluso estudiaban en la misma habitación, y Lexa le proponía cada día a Clarke ir en su moto al campus, aunque la rubia no siempre accedese, seguía teniendo un poco de miedo. Pero cuando lo hacía, se aferraba a la cintura de Lexa, y ésta apoyaba, a ratos, una de sus manos sobre las de Clarke, haciéndola sentir segura y cuidada. Cada vez que estaban juntas no dejaban de sonreír, su amistad se estaba estrechando, así como la confianza y el cariño que compartían, y era algo que empezaba a resultar obvio para las personas de su alrededor.

Sin embargo, no todo era tan bonito en la nueva dinámica de su relación. El miércoles por la tarde, Lexa recibió una llamada de Luna, y no dudó en ir a verla a su casa. Por la noche, cuando volvió, le dio la buena nueva a Clarke, generando en ella cierta inquietud.

—Luna ha cortado con Derrick —anunció Lexa.

—¿Ah sí? — exclamó Clarke con sorpresa y disgusto.

—Ya llevaban un tiempo mal y Luna no podía seguir con él —explicaba Lexa—, me da pena, hacían buena pareja, pero si no funciona, lo mejor es dejarlo, ¿no crees?

—Claro… —musitó. Sus temores se habían hecho realidad, Luna Hafner, la amiga bisexual de Lexa, estaba libre.

—Quedaré más con ella, la pobre estaba hecha polvo —declaró Lexa.

—Qué bien, seguro que así la animas. —Clarke contestó por cortesía.

No le hacía ninguna gracia que Lexa pasara más tiempo con Luna. Vale, eran amigas de hace años, pero… Luna era una chica atractiva, y bisexual, y estaba libre, y miraba mucho a Lexa, y…

—¿En qué piensas, Clarke? —preguntó Lexa de pronto— Te noto como en otro sitio.

—¿Eh? —La rubia reaccionó—, nada en un examen que me tiene un poco mareada —mintió.

—Me encantaría ayudarte, pero no creo que sea de una materia que yo conozca, ¿verdad? —dijo con una sonrisa.

—No, no me puedes ayudar —aseguró Clarke.

«Estos celos estúpidos que siento de Luna son problema mío —pensó.»


El viernes, Clarke almorzó con Octavia y Raven en su cafetería favorita del campus.

—¿Pero Lexa es tu amiga o tu novia?, es que siempre estáis juntas —exclamó Octavia.

—Yo estoy celosa… —gimoteó Raven— Nunca sentiste por mí esa predilección que tienes por Lexa.

—Sois un par de idiotas —exclamó Clarke riendo.

—Monty me dijo que os vio besaros la otra noche en la discoteca —dijo Octavia con voz burlona.

Clarke recordó el beso, no el de la discoteca, sino el que compartió con Lexa horas después en su habitación. Sintió que el corazón se le aceleraba.

—¡Pero si te has puesto roja! —chilló Raven.

—¿Qué dices? —se defendió Clarke.

—¿A que se ha sonrojado? —preguntó Raven a Octavia.

—Y tanto —sentenció la morena—. Lexa apareció para rescatarla de Finn, su salvadora de brillante armadura —se burló.

—Dejad de decir tonterías ya… ¡Ontari! —Clarke llamó a la camarera para terminar con el juego que se traían sus amigas a su costa.

Ontari les sirvió los cafés y se alejó de allí tras dedicarles una bonita sonrisa. Raven la miró unos segundos.

—¿Sabéis?, Ontari me sigue pareciendo una chica guapísima —Clarke ya estaba frunciendo el ceño—, pero no tengo ningún interés en ella… ni en ninguna que no sea Anya —suspiró.

—Entonces, ¿lo vuestro va en serio? —preguntó Clarke, con el gesto más relajado.

—Yo lo tengo muy claro, quiero estar con ella —aseguró Raven—, y Anya está encantada conmigo, no podía ser de otro modo —alardeó.

—¡Ay!, que nuestra Raven se nos está enamorando —exclamó Octavia.

—¡Mira quién habla, si babeas por Lincoln! –replicó Raven.

—Os prendasteis de los moteros la misma noche de conocerles —Rio Clarke.

—¿Y tú qué? —acusaron ambas al mismo tiempo.

—Yo nada —Clarke torció los labios.

—Porque empezaste con mal pie con Lexa, que si no… ahora mismo estarías suspirando más que Raven —aseguró Octavia.

—¡Oye! —Raven le dio un codazo en el costado.

Las tres se miraron, y tras unos instantes de silencio, empezaron a reír a carcajadas.

—Creo que le voy a preguntar a Lexa si quiere acompañarme a visitar a los niños del hospital.

—¿En serio, Clarke? —cuestionó Raven.

—¿Qué pasa? —Octavia ya se reía y Raven la miraba con cara lastimosa.

—¡A mí nunca me has invitado a acompañarte! —exclamó.

—Porque siempre me has dicho que eres muy aprensiva y no te gustan los hospitales.

—Vale, es cierto, pero las cosas se ofrecen aun así, para dar la oportunidad de rechazarlas… ¡me siento terriblemente ofendida! —insistió Raven conteniendo la risa.

—Eres una payasa, Raven Reyes —dijo Clarke. Las tres amigas volvieron a reír.


Aquel viernes, Abby tenía guardia por la noche, así que le prestó el coche a su hija. Fue una suerte, puesto que fue un día lluvioso, especialmente por la tarde, cuando era hora de volver a casa. Clarke le envió un mensaje a Lexa.

"¿Estás aún en el campus?, llueve muchísimo, creo que deberíamos volver juntas a casa."

Lexa le contestó a los pocos minutos.

"Sí, estoy en la biblioteca buscando un libro. No sé si es buena idea ir las dos en la moto con esta lluvia."

La respuesta de Clarke no se hizo esperar.

"Por eso lo digo, mi madre me prestó el coche hoy, avísame cuando termines y te digo donde he aparcado."

Una hora después, Lexa apareció junto al coche de Clarke, calada de arriba abajo.

—¡Lexa, estás empapada! —exclamó Clarke a través de la ventanilla bajada.

—Es que no cogí el paraguas esta mañana.

—¡Si me lo hubieras dicho habría ido a por ti con el mío. Entra dentro! —La apresuró.

—Te voy a poner perdida la tapicería.

—Da igual, entra —insistió Clarke. Lexa la obedeció—. La moto es muy peligrosa con este tiempo.

—¿Y el coche no?

—También, pero menos —añadió con una sonrisa. Lexa también sonrió, ya acomodada en su asiento.

Clarke la miró de soslayo. Sus cabellos castaños estaban empapados, viéndose más oscuros, y goteaban un poco, enmarcando aquel perfil perfecto que tanto le gustaba.

—Gracias, Clarke —dijo Lexa de pronto—. A veces soy un desastre.

«Si todos los desastres son así… —se dijo a sí misma, mirando embobada el perfil de Lexa.»

Durante el viaje de vuelta a casa, Clarke le comentó sobre la visita a la unidad infantil del Arkadia Memorial hospital. Lexa la vio tan ilusionada que aceptó acompañarla.

Cuando Lexa cruzó la puerta de casa, saludó efusivamente a su abuelo con un beso en la mejilla, acarició la cabecita de Skaikru y tomó las escaleras.

—Voy a estar en mi habitación, que tengo que estudiar para el examen de Mecánica I —informó mientras subía los peldaños de dos en dos.

—¡Quítate esa ropa mojada primero! —exclamó Liam.

—¡Sí, abuelo! —contestó Lexa ya desde la primera planta.

—Hola Liam —saludó Clarke. Intercambió dos besos con el hombre y se dirigió a la cocina. Liam la siguió.

—Hacía mucho tiempo que no veía a Lexa sonreír así —dijo, recordando los tiempos en que su nieta era feliz con Costia.

—¿Así cómo?

—De verdad —añadió el hombre—, y ha sido gracias a ti, Clarke.

—Si yo no he hecho nada.

—Sí lo has hecho, Clarke, y lo sigues haciendo, gracias —Liam le cogió las manos en un gesto de afecto.

—Lexa es una gran chica, pero ha sufrido mucho, sé que eso la cambió —admitió Clarke.

—Y tú la estás trayendo de vuelta.

Ambos intercambiaron una sonrisa sincera.


Por la noche, Clarke accedió a quedar con sus amigas para despedirse antes del enclaustramiento al que la rubia acostumbraba en época de exámenes. Cogió el coche de su madre, ya que no tenía pensado beber. Pero a veces las cosas no salen como una tiene pensado.

—Estás de un secretismo, Clarke, así no es divertido —se quejaba Octavia.

—Y vosotras sois unas pesadas, ¿no os bastó con el almuerzo de hoy?

—Cada vez que no contestes a una pregunta, tendrás que beber un chupito —decretó Raven con seriedad—. Tus pecados han de ser castigados.

Clarke rodó los ojos.

—¿No podemos bailar y reír y ya está? —preguntó la rubia.

—Para una vez que las tres tenemos intereses románticos —explicó Raven—, y vas tú y arruinas la diversión, debes ser castigada.

—Estoy totalmente de acuerdo, hay que hacer justicia —sentenció Octavia.

—Esto es increíble… —farfulló Clarke.

A la una de la madrugada, Lexa todavía estudiaba en su habitación cuando sonó su móvil.

—¿Clarke? —preguntó suavemente.

—No, soy Octavia —contestó una voz femenina al otro lado de la línea—, Clarke está conmigo, pero creo que no está en condiciones de conducir ahora mismo, ¿puedes venir a buscarla, por favor?

Lexa cogió un taxi para acudir al lugar que Octavia le dijo. Allí ayudó a Clarke a entrar en el coche de su madre. Tal como su amiga le había dicho antes, no estaba precisamente para conducir.

—Gracias por venir —dijo Raven.

—Tranquilas, no pasa nada, nos vemos el lunes por el campus.

—Sí, hasta el lunes —se despidió Raven agitando la mano.

Lexa encendió el motor y puso rumbo a su casa. Cuando Clarke se removió un poco en su asiento, Lexa la miró.

—No vayas a vomitar aquí, ¿eh? —le dijo— ¿No se habían terminado las fiestas hasta después de exámenes?

—Ha sido culpa… de Raven… ella me lio, siempre me lía —Clarke hipó— joder…

Lexa se rio.

—Te pareces a Alycia… siempre estás pendiente de mí… me cuidas… —relataba Clarke en voz alta, sin ser consciente de que Lexa la estaba escuchando.

—Supongo que Alycia es tu personaje favorito de esa novela tuya.

—Sí que… lo es… —admitió con una sonrisa bobalicona en el rostro que Lexa pudo ver en su reflejo sobre la ventanilla. Sonrió.

Eran casi las dos cuando Lexa y Clarke entraron en casa de los Woods. Lexa le pidió que no hiciera ruido, pero no pudo evitar que despertase a Skaikru. La perra empezó a agitar su cola al verlas, y Lexa tuvo que dedicarle unos minutos de atención para calmarla y que no ladrase. Cuando consiguió que volviera a su camita, volvió a centrarse en Clarke, que se había dejado caer en el sofá.

—Venga, arriba, no vas a dormir aquí —dijo Lexa mientras la cogía de la cintura y se pasaba su brazo por el cuello para ayudarla a caminar. Clarke se reía por lo bajo.

Una vez arriba, Lexa la metió en su habitación y la soltó, rezando para que se sostuviera por sí misma. La rubia la miró y dio un paso torpe para ponerse delante de ella.

—Gracias por traerme… Heda —Clarke se inclinó ante Lexa para hacerle una reverencia— Me arrodillo… ante ti… oh Heda —balbuceó entre risas.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lexa desconcertada.

Clarke perdió el equilibrio, dio un traspié y acabó con las rodillas en el suelo y los brazos cogidos a las piernas de Lexa, sin poder dejar de reír. Por mucho que Lexa adoraba escuchar su risa, no era la mejor de las situaciones.

—¿Qué estás haciendo? —exclamó Lexa, incomodada. En esa postura tenía una visión privilegiada del generoso escote de Clarke.

«¡Dios, si hasta puedo verte el sujetador! —chilló en su interior— No, Lexa, no la mires así, relájate.»

Clarke levantó la vista y se encontró con los ojos verdes de Lexa. Sonrió con picardía, sin soltar las piernas de Lexa, que se puso aun más nerviosa cuando Clarke se irguió, quedando su rostro a la altura de las caderas de la castaña.

—Ni lo sueñes, Heda… no estoy tan agradecida —bromeó arrastrando las palabras.

—Levántate, Clarke, deja de hacer el tonto —rogó Lexa.

—Te gustaría, lo sé… pero no lo voy a hacer… —Clarke seguía con su monólogo. Lexa tuvo que agacharse y levantarla cogiéndola de los brazos.

—Necesitas dormir la borrachera.

—No puedo… —replicó lastimosa.

—¿Por qué no? —preguntó Lexa frunciendo el ceño.

—Porque… voy a vomitar…

Lexa le apartó los cabellos rubios de la cara para que no se ensuciase, y esperó a que Clarke hubiese expulsado de su cuerpo todo lo que le pedía salir. Después la ayudó a salir del baño, volver a su habitación y echarse sobre la cama.

«Deberías cambiarte de ropa para dormir —pensó.»

Lexa empezó a subirle la camiseta, alejándose de Clarke todo lo que sus brazos le permitían, pero Clarke se echó sobre ella, aferrándose a su cuello.

—¿Me vas… a poner el pijamita? —susurró en su oído.

Clarke se alejó ligeramente de ella, sin soltar su cuello, de manera que sus rostros quedaron a escasos centímetros. La tenía tan cerca de su boca, sería tan fácil besarla. Pero Lexa no podía aprovecharse de un momento así, por más que Clarke la tentase sin darse ni cuenta. En su estado no comprendía lo mucho que la alteraba su cercanía, o la forma en que miraba sus labios y sus ojos de manera intermitente.

—Te lo vas a poner tú solita —logró decir mientras se liberaba de sus brazos—, o duerme con esa ropa, lo que tú prefieras.

—¿Por qué eres tan mala conmigo? —preguntó Clarke sentada en su cama, haciendo pucheros.

—Qué mal te sienta el alcohol —dijo Lexa exasperada.

—Mira… yo colaboro… —dijo Clarke al tiempo que se quitaba la camiseta, quedando en sujetador. Aquello fue más de lo que Lexa podía soportar.

—Paso. —Hizo un aspaviento, dirigiéndose hacia la puerta.

Escuchó cómo Clarke emitía un gruñido, se volvió hacia ella y le dedicó una última mirada. La rubia ya estaba tumbada sobre la cama e inmóvil, seguramente medio dormida. Lexa cerró la puerta y suspiró aliviada.

«Qué difícil me lo has puesto, Clarke.»


La mañana del sábado, Clarke amaneció con una fuerte resaca, y no recordaba cómo había vuelto a casa desde el bar, así que Lexa tuvo que decírselo.

—Gracias por traerme a casa, Octavia me ha dicho que te llamó y acudiste enseguida.

—No fue nada, no podías conducir así. —Lexa dejó de untarse la tostada con mermelada, y clavó sus ojos en el rostro de Clarke, incomodándola un poco.

—Cuando bebes demasiado, te vuelves…

—¡Oh Dios mío, ¿qué hice anoche?! —chilló Clarke.

—Tranquila, nada irreparable, no te lo permití —replicó Lexa riendo.

—Dios… qué vergüenza —Clarke se llevó las manos a la cara—. Cuando bebo me pongo muy pesada, lo siento, lo siento mucho.

—Sí, muy pesada —murmuró sin dejar de sonreír. Clarke la miró con horror.

—¿Qué hice? —preguntó—, ¿qué hice, Lexa?

—Mis labios están sellados —bromeó—, lo que pasó, quedó entre la Clarke borracha y yo.

—Buenos días, chicas —saludó Abby, que había regresado de su guardia en el hospital—, ¿mañana irás a visitar la unidad infantil?

Abby puso a calentar un poco de leche. Lo hacía siempre que volvía a casa después de una guardia, le ayudaba a coger mejor el sueño.

—Sí, mamá —contestó Clarke—, y Lexa me va a acompañar.

—¡Vaya!, ¿también te gustan los niños?

—¿Eh?, bueno… —Lexa no sabía qué responder, nunca se había planteado algo así, no se relacionaba con niños pequeños.

—Esos niños son increíbles, ya lo verás —aseguró Abby—, por cierto, Clarke, haces muy mala cara, ¿pasaste mala noche?

Lexa contuvo la risa lo mejor que pudo. Clarke le dedicó una mirada de odio y después se dirigió a su madre.

—Es que… la cena no me sentó muy bien.

—Debió ser por los nervios, siempre te afecta la proximidad de los exámenes —Abby miró a Lexa—, a ver si puedes ayudarla a relajarse un poco, Lexa. Yo me voy a acostar, no hagáis mucho ruido.

Cuando Abby dejó la cocina, Lexa se volvió hacia Clarke.

—Ya ves, tu madre me pide que te ayude a relajarte, ¿se te ocurre alguna manera? —preguntó con segundas intenciones. Clarke se sonrojó un poco.

—¿Qué insinúas? —exclamó— ¿Lo dices por algo que pasó anoche?

—No diré nada más. —Lexa se dirigió a la puerta de la cocina, dándole la espalda.

—Lexa, ¡Lexa, no puedes hacerme esto! —Clarke echó a correr detrás de ella.

—Más bajito, Clarke, o molestaremos a tu madre —replicó Lexa sin dejar de sonreír.

—Eres lo peor —se quejó Clarke entre dientes con una expresión tan graciosa que Lexa tuvo que reírse.

«No protestes, Clarke Griffin —pensó Lexa—, anoche me lo hiciste pasar muy mal.»

CONTINUARÁ…