Capítulo 9

Elizabeth fue hacia la cocina. William se había levantado de la cama maldiciendo y había ido a abrir la puerta. Ella se había quedado en la habitación vistiéndose, sintiéndose como una adolescente a la que acabaran de pillar sus padres con el novio en el sofá. Se dijo que era ridículo.

Al fin y al cabo, eran adultos. Sí, precisamente por eso la clandestinidad de su relación era ridícula. Todo iba bien en la cama mientras la realidad no se metiera. Asomó la cabeza y vio que William no estaba, pero Anna, sí. Estaba sentada en la mesa de la cocina, tan tranquila.

—Esta mesa no va nada en esta cocina, ¿verdad? —dijo la mujer sonriendo—. Le he dicho a William millones de veces que la tire. Siempre me dice que sí y nunca lo hace. Hombres...

—Hola —saludó Elizabeth sonriendo con timidez—. Lo siento. No te... esperábamos, pero... me alegro de verte—. ¿Dónde está William?

—Se ha ido.

—¿Se ha ido?

—Sí, le he mandado a comprar aceite para mi coche —contestó Anna—. Ya sabes, como soy mujer, no sé nada de estas cosas —sonrió dándole a entender que estaba muy acostumbrada a ocuparse de su coche—. Además, quería hablar contigo sin que estuviera mi primo. ¿Quieres un café? —añadió levantándose y poniendo en funcionamiento la máquina de los capuchinos.

—¿Has venido a hablar conmigo? —repitió Elizabeth sorprendida—. ¿De qué?

—¿Cómo tomas el café?

—Con leche y sin azúcar, por favor —contestó Elizabeth sentándose.

—Tenía que ver a William, la verdad, así que os llamé a Longbourn House, pero el albañil me dijo que veníais para acá, así que pensé que era estupendo, que así mataría dos pájaros de un tiro: tratar ciertos asuntos de negocios con William y hablar contigo. Toma, un capuchino de cafetería —dijo poniéndole la taza en la mesa—. ¿Qué tal va la casa?

—¿Era eso de lo que querías hablar conmigo? —suspiró Elizabeth aliviada—. Bueno, William quiere que quede como nueva, así que estoy en ello. Hacía años que no se hacía nada y se nota —sonrió como disculpándose—. Están quitando todo el papel de las paredes y se van a cambiar muchos muebles. Me voy a quedar con unos cuantos buenos de mis padres, pero el resto, los venderé.

—¿Y cómo te sientes? Me refiero, ¿qué sensación produce trabajar y redecorar una casa que era tuya? —preguntó Anna dando un trago al café.

—Pues intento sacar lo positivo de todo esto. Me digo que me podría haber ido mucho peor. Al menos, tengo un techo y, cuando termine con la cuadra, habré ahorrado suficiente dinero como para comprarme algo pequeñito.

¿Por qué le daba la impresión de que estaban dejando de lado el tema realmente importante? ¿Por qué aquello parecía el aperitivo del primer plato? ¿Y, lo peor, por qué tenía la corazonada de que ese plato no iba a ser de su agrado?

—Y William se ha ido a vivir allí, ¿no?

Elizabeth se sonrojó y tomó un poco de café.

—Sí, dice que quiere supervisar lo que se hace en la casa. Parece que no hay problema, que puede llevar la empresa desde allí.

Anna la miró pensativa.

—Ya... y estáis juntos, ¿no?

A Elizabeth no le sentó muy bien aquella intromisión en su vida privada, pero, al ver la agradable sonrisa de la otra mujer, se tranquilizó.

—No quiero ser cotilla —se disculpó Anna—, pero William me contó un poco lo que había habido entre vosotros... que os conocíais de hace años...

—Sí, cuando éramos muy jóvenes. William trabajaba de vez en cuando en las cuadras.

—Mi primo es un hombre muy apasionado, Elizabeth... —dijo Anna tomando aire—. En otras circunstancias, le dejaría hacer lo que le diera la gana, pero me caes bien y me gustan sus tácticas.

—¿Sus tácticas?

Así que era eso. Allí estaba el primer plato.

—Sí, te ayudó económicamente para poder vengarse de ti por lo que le hiciste hace años y que él tomó como la peor de las afrentas... —se interrumpió y la miró—. Sé que es un hombre muy persuasivo, encantador... solo quiero advertirte que no te enamores de él porque te va a hacer daño.

«Demasiado tarde», pensó Elizabeth.

—Supongo que te parecerá que me estoy metiendo donde no me llaman, pero... —se volvió a interrumpir para buscar las palabras—... me pareces una chica emocionalmente vulnerable...

Elizabeth se quedó mirando la taza de café.

—Sé cuidar de mí misma.

—¿Incluso en lo que respecta a William? Mira, sé que quiere enamorarte y no le va resultar difícil me temo, pero... nunca se casará contigo.

Eso era lo que Anna quería decirle. Elizabeth se encogió de hombros.

—No soy tonta. Eso ya lo sé, pero no te preocupes porque no me he enamorado de él.

—Me alegro —explotó William desde la puerta.

No miró a Elizabeth porque no podía. ¿Qué esperaba de ella? La había seducido y no sentía nada por él, todos sus planes al garete porque había vuelto a cometer el mismo error de hacía años. Se había querido vengar de ella y lo único que había conseguido había sido volverse a enamorar. No sabía con quién estaba más enfadado, si con ella o consigo mismo.

—Porque Anna tiene razón. Jamás me casaría contigo —dijo parándose frente a ella y mirándola a los ojos con frialdad—. Y tú —dijo girándose hacia su prima—, no sé quién te manda presentarte aquí para meterte en mis asuntos.

—Mi conciencia, William.

—Eso a mí me importa un bledo. ¿Por qué no te vas?

—Tengo que hablarte de un par de clientes.

—Ahora, no.

Anna se levantó y miró a su primo. Elizabeth pensó que no parecía intimidada en absoluto.

—Yo también me voy —dijo Elizabeth levantándose.

Era inútil seguir sin querer ver lo que se acababa de decir bien alto. Quería a un hombre que no le correspondía. ¿Estaba lo suficientemente claro?

—¿Adonde? —le preguntó William furioso.

—A Longbourn House.

—¿Ah, sí? ¿Cómo? ¿Tienes alas? —le espetó sabiendo que lo suyo se había terminado y que Elizabeth se moría por salir de allí. Lo veía en sus ojos.

«Se acabó», pensó. Bueno, era inevitable, ¿no? Aun así, sintió como que se apagaba una luz en su interior. Daba igual, no pensaba pedirle que volviera a su cama.

—Anna, ¿te importaría dejarme en una estación de tren que te pille de paso?

—De eso nada —intervino William—. Anna se va ahora mismo y tú te quedas, tal y como estaba previsto.

—William, deja que se vaya —dijo Anna.

—Anna, adiós. Ya sabes por dónde se sale. Llámame mañana por la mañana y ya hablaremos de esos dos clientes —le dijo a su prima sin ni siquiera mirarla.

Elizabeth vio salir a Anna y sintió que el mundo se le iba encima. Se puso tan nerviosa que empezaron a temblarle las piernas y tuvo que volverse a sentar.

—¿Estás nerviosa? —dijo William intentando sonreír—. No sé por qué. ¿No sabías que lo nuestro no iba a ningún sitio?

—Claro que lo sabía.

—Entonces, ¿por qué estás así? Todo lo que te ha dicho Anna estaba claro —dijo odiándose por no haberla dejado ir con su prima.

Sacó una botella de whisky y se sirvió un buen vaso. Nunca lo había necesitado tanto. Darse cuenta de lo que sentía por Elizabeth lo había desarmado, había acabado con su orgullo de macho y su formidable autocontrol.

—Y no me vengas ahora con que te he utilizado —dijo girándose hacia ella—. Lo has hecho porque has querido.

—No iba a decir nada.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara? Yo ya te había dicho que no significabas nada para mí —le espetó. Se sintió como un auténtico canalla, pero, de alguna forma, castigándola a ella, se castigaba a sí mismo y se lo merecía.

—Lo sé, pero...

William sintió una pequeña esperanza, pero se apresuró a machacarla.

—¿Pero creíste que me harías cambiar de parecer? —se rió—. ¿Te creías que iba a estar tan embelesado con tu cuerpo que iba a empezar a oír campanas de boda?

—Lo dices como si me odiaras, William —murmuró—. ¿Cómo has podido hacer el amor conmigo si me odias?

—No menosprecies el odio —contestó encogiéndose de hombros—. Hicimos un pacto de mutuo acuerdo: nada de sentimientos.

—Me tengo que ir —dijo levantándose rezando para que las piernas la sujetaran—. Si no me quieres llevar a la estación, ¿te importa que llame a un taxi? —añadió desde la puerta de la cocina.

—Supongo que no querrás terminar lo que estábamos haciendo cuando nos han interrumpido.

William sintió que su corazón se contraía como si un gigante se lo estuviera estrujando.

—Creo que es mejor que hagamos lo que teníamos que haber hecho desde el principio —contestó Elizabeth mirándolo y pensando lo mucho que quería a aquel hombre cruel y despiadado—. Limitarnos a una relación profesional, si quieres que siga ocupándome de Longbourn House, claro.

—¿Por qué no iba a querer? —dijo dejando el vaso de whisky sobre la mesa—. Dado que nuestra relación ha cambiado, lo que sí sería un poco raro es que siguiera allí instalado, así que mañana mismo recogeré mis cosas.

Elizabeth pensó que estaba dejándola marchar sin intentar retenerla. Normal, al fin y al cabo, nunca la había engañado, nunca le había dicho que la quisiera, había sido ella la que se había hecho falsas ilusiones.

—Ya te llevo yo a la estación. Que no puedas decir que no soy un perfecto... caballero —dijo dándose asco a sí mismo.

Durante los diez minutos de trayecto, no hablaron. William paró el coche, pero ni siquiera apagó el motor. No pensaba quedarse a ver si se montaba en el tren sin problema.

Solo le dijo que tenía que consultarle todas las decisiones sobre la casa, que para eso era el jefe.

—Por supuesto —dijo Elizabeth con la cabeza bien alta.

No permitió aflorar sus sentimientos hasta que estuvo sola en el tren de vuelta. Al menos, no iba a estar en la casa, no lo iba a tener cerca. Debía darle las gracias a Anna por haberle abierto los ojos porque, de lo contrario, con el tiempo lo único que hubiera conseguido habría sido enamorarse todavía más. Llegó a casa tarde y los obreros ya se habían ido, gracias a Dios.

Le dio exactamente igual que el papel de las paredes estuviera a medio quitar, pasó de largo ante la cocina a pesar de que tenía hambre y se fue directa a su dormitorio. Le pareció que darse un baño de espuma era una pérdida de tiempo, así que se dio una ducha y se puso el pijama, una prenda que no había utilizado mucho últimamente.

William le había dicho que le gustaba sentirla desnuda incluso mientras dormía y ella había accedido encantada. Ahora, el pijama era el claro ejemplo de que todo había terminado. Pijama, soledad y un futuro plagado de angustia y de recuerdos para arrepentirse.

Seguro que William no estaba en su cama de edredón de seda triste y melancólico. No, seguro que estaba ante algún ordenador en alguna de las muchas habitaciones de su casa, trabajando.

Y así habría sido si hubiera podido mantenerse en pie. Estaba borracho como una cuba y no podía levantarse de la butaca. Lo único que quería era dormirse y olvidar, pero, por mucho que bebía, no podía olvidar que la había perdido... otra vez.

No lo quería. Nunca lo había querido y nunca lo querría. Se lo había pasado bien con él en la cama. Lo había oído de su propia boca. Por muy borracho que estaba, no lo podía olvidar. Ahora que sabía la indiferencia que sentía por él, le resultaría imposible volverla a tocar, pero no se podía imaginar su vida sin ella, sin tocarla, sin hablar con ella, sin reírse con ella. Sacudió la cabeza y pensó en servirse otra copa. Tal vez, consiguiera dormirse de una vez. Por desgracia, la botella estaba vacía.

Eran más de las doce cuando consiguió caer en los brazos de Morfeo, sabiendo que la mañana no iba a ser mejor.

Pero no iba a volver con ella... aunque se sintiera morir al pensar en no verla. Estaba decidido. Iba a llevarse sus cosas de aquella cosa, mantendría una distante relación con Elizabeth por teléfono... o, mejor, por correo electrónico. Así, no tendría ni que oír su voz. Cuando tuviera que tratar algo cara a cara con ella, mandaría a una mujer, guapa y sensual, para dejarle bien claro lo poco que había significado para él y para evitar cometer un error del que se acabaría arrepintiendo. Como volver a caer en sus brazos.

Cuando se despertó, llamó a su secretaria y le dijo que dispusiera lo que fuera necesario para que llevaran sus cosas de vuelta a Londres.

A las tres de la tarde, Elizabeth vio cómo todo rastro de William desaparecía de la casa. Observó cómo se llevaban los ordenadores y firmó la hoja con mano temblorosa. Se sentó en la mesa del comedor y se puso a pensar en lo desgraciada que era. En eso, sonó el teléfono y la sacó de sus pensamientos. Al oír la voz de Anna, alguien cercano al hombre que quería, notó que el corazón le daba un vuelco.

—Te llamo para pedirte disculpas por... haberme metido en tu vida —se disculpó Anna nerviosa—. No tenía ni idea de que estabais así de enamorados. No esperaba que William se comportara como lo hizo.

—No estoy enamorada de él —protestó Elizabeth con voz débil—. Nos acostábamos, sí, pero nada más. Ya sabes, seguro que no es la primera vez que oyes una cosa así. Dos adultos que disfrutan del sexo sin amor de por medio... Es normal hoy en día, ¿no? Hacer el amor con una persona no quiere decir que la... que la... —se interrumpió incapaz de acabar la frase.

—Sí, sí quiere decir que la quieres. Lo he visto con mis propios ojos, Elizabeth —dijo Anna.

—Yo... ¿Por qué te miento, Dios mío? ¿De qué sirve engañarse? Llevo enamorada de él toda la vida, pero todo se acaba y hay que resignarse. No hace falta que me pidas perdón, Anna. Hiciste lo que creíste que era mejor para... ¿Los dos? ¿Has dicho los dos? Soy yo la que está enamorada de él, no él de mí. Ya lo oíste.

—¿O sea que tú estás en Longbourn House y él, en Derbyshire?

—Sí...

—Seguro que ha hecho que recogieran todas sus cosas de allí, ¿verdad?

—Se lo acaban de llevar todo.

—¿Y les has dejado?

—¡Por supuesto! ¿Qué iba a hacer?

—¿Y no has pensado en luchar por William?

—¿Cómo luchar? —exclamó Elizabeth—. ¡Pero si no me quiere!

—Si no te quisiera, jamás habría vuelto. Habría leído sobre la delicada situación de tu cuadra, habría hecho una mueca y habría pasado a la siguiente página. Si no te quisiera, no se habría puesto como un basilisco cuando dijiste que te querías ir conmigo. William es idiota y está ciego. ¡Cuando todo esto termine, lo voy a hacer arrodillarse ante mí y darme las gracias por haberme metido donde no me llaman! —exclamó convencida de lo que decía.

Tan convencida la vio Elizabeth que se le contagió su ilusión y comenzó a albergar esperanzas. Cuando Anna sugirió que quedaran para hablar, corrió a consultar su agenda. Al abrirla, se le heló la sangre en las venas. Siempre había anotado cuándo le llegaba el período, como le había enseñado su madre a hacer...

No podía ser, habían tomado precauciones. Bueno, no todas las veces... Aquella primera vez... cuando habían salido a montar...

—¿Elizabeth? ¿Sigues ahí?

—Sí —contestó Elizabeth medio desmayada—. Mira, acaban de llamar a la puerta. ¿Te importa que te llame en un momento y quedamos?

Colgó con el corazón a mil por hora y le dijo al albañil que iba a salir media hora. Salir para ir a la farmacia aunque, en el fondo de su corazón, sabía que era inútil. Estaba embarazada. Sin embargo, cuando una hora después, vio aparecer una ventanita azul clarito, no pudo reprimir un grito de sorpresa.

¿Y ahora qué?

«Ahora, descuelgas el teléfono y llamas a William», le contestó una vocecilla en su cabeza.

Era absurdo esperar a que llamara él porque no lo iba a hacer. Le podía el orgullo. Tenía que confiar en lo que Anna le había dicho, aunque supiera que no era cierto. Así lo hizo para reunir el valor suficiente para marcar su número.

No estaba. Qué faena. Su secretaria debió de darse cuenta de que era algo urgente porque le dio su móvil.

¿Cómo se atrevía? ¡Y nada menos que a su móvil! William se paró en seco antes de entrar en aquella importante reunión. Después de haberle dejado claro que no quería nada con ella, ¿cómo tenía la osadía de llamarlo?

—¿Qué quieres? —le espetó alabando al cielo por oír su voz.

—Espero no haberte interrumpido.

—Pues sí, la verdad es que sí, así que date prisa; Elizabeth —contestó intentando sonar indiferente mientras le indicaba a su secretaria personal que se adelantara y explicara a los asistentes que estaba atendiendo una llamada vital y que ahora iba.

—Tengo que hablar contigo.

—Mándame un correo electrónico. ¿No eres capaz de tomar decisiones sin tener que consultarme cada dos segundos? Creía que te había quedado claro que entre tú y yo no hay nada y que, cuanto menos te vea, mejor. Si me disculpas...

Elizabeth apretó los dientes.

—Tengo que verte y no es por la casa.

—¿Ah, no? Entonces, ¿de qué quieres hablarme? —dijo mirando el reloj y pensando que tenía que entrar ya en la reunión, pero incapaz de colgarle.

—De nosotros.

—No tengo tiempo para eso, ¿sabes? —dijo William con desdén—. Estoy muy ocupado.

—Me da igual lo ocupado que estés, William. No estoy dispuesta a que las cosas entre nosotros terminen así.

—¿No estás dispuesta?

—Exacto. No estoy dispuesta y pienso seguir dándote la lata hasta que quieras verme.

—Muy bien. Iré para allá esta tarde, pero seguro que no era necesario que nos viésemos.

Al colgar, Elizabeth vio que le temblaba el cuerpo entero. Apartó las absurdas ilusiones que le habían dado fuerzas para llamarlo. Ya estaba hecho, ahora ya no tenía por qué seguir engañándose.

Cuando se fueron los obreros, volvió a recordar los momentos pasados con él, buscando la más mínima señal de que sintiera algo por ella, de que la quisiera. Las dudas la asaltaban a cada paso que daba. ¿Y si Anna se había equivocado?

Mientras se cambiaba, se dijo que no tenía más remedio que verlo. Iba a tener un hijo suyo y no le parecía bien no decírselo. Desde la ventana, vio su coche y lo observó bajarse. Iba vestido con traje todavía. Mientras bajaba a abrir la puerta, ante los insistentes timbrazos, se esfumó el valor que creía haber reunido. No tenía ni idea de lo que le iba a decir.

—Hola, William.

—Dijiste que querías hablar conmigo, así que aquí estoy. He tenido un día muy largo, había muchísimo tráfico y voy a tardar, por lo menos, otra hora y media en volver a casa, así que, ¿te importa que acabemos con esto cuanto antes?

Elizabeth pensó con el corazón destrozado que estaba claro que, fuera lo fuera lo que tenía que decirle, no se iba a quedar a dormir...