Madurez

Capítulo Diez.


—Y aquí estamos solos otra vez —dijo Feto en mi cabeza y yo asentí. Estaba sentada en el sillón del departamento, viendo la pantalla apagada del televisor. Otros días me ayudaba para que el día se acabara en un abrir y cerrar de ojos, pero ya no sentía el mismo efecto. Tardes enteras había aprendido de memoria una cantidad de recetas rápidas que salían allí, en esa pantalla, pero pronto los capítulos se fueron acabando y repitiendo. De programas de cocina pasé a los científicos, hasta que decidí apagar la pantalla por mi bien. Debía hacer algo mientras Feto crecía y ese algo era simplemente no hacer nada.

El reloj de la cocina indicaba el pasar del día. Demasiado lento para mi gusto, no podía esperar el día hasta que el noveno mes llegara y me librara de esta pesada carga sobre mi barriga. Pero faltaban más de dos meses y ya no me podía mover, exageradamente hablando. Izzy decía que me veía bonita pero él ya no estaba todo el día conmigo.

Un no-sé-qué de un proyecto que había ganado me lo había arrebatado.

Michael, por su parte, llamaba todos los días y en cada momento. Mi aburrimiento era tal que casi esperaba que llamara y fue así como decidí dejar de contestarle. Todos los días de noche, cuando mi esposo de fantasía estaba rondando cerca luego del trabajo, era el momento de finalmente decirle un «Hola» al dueño de la mitad de la información genética de Feto.

El reloj de la cocina piteó y supe que eran las doce del día.

—Solo quedan seis horas —dije canturreando y me acomodé el vestido que llevaba ese día—. Y dos meses con tres días.

Suspiré y volví a mi rutina. Miré hacia un lado, Sora me había llevado de compras la semana pasada, tenía una cuna rosada y unas cuantas bolsas plásticas repletas de pañales, y las había apilado en un rincón por donde no pasaba muy seguido. No tenía claro dónde sería el cuarto definitivo, solo sabía que todavía no me sentía lo suficientemente dueña de la casa como para decidirlo.

Sonó el teléfono y vi el remitente, «Michaelnocontestes», y colgué. Seguramente estaba en una tienda de peluches, babeando sobre una vitrina. O quizás viendo algún juego deportivo, como el aburrido baseball que tanto le gustaba. Un bate, un guante y una pelota para jugar con pequeño Feto. Estaba decidida a que tendría una niña y me quedaría con el bate para espantarle los chicos. Y esa era una discusión eterna que me llevaba discutir con él por minutos. Joe no podía saber su sexo porque Feto leía mi mente cuando nos acercábamos a su consultorio, se daba la vuelta solo para no ver a la cámara del ecograma. Usualmente trataba de caminar pensando en una heladería para que finalmente Michael se diera cuenta que tendría una niña, pero Feto era inteligente, como Izzy, así que no podía engañarlo.

Cuando finalmente me sentí cómoda en la atmósfera de silencio, alguien tocó la puerta. Me levanté del sillón y me apresuré a contestar. Probablemente era Yolei con una de sus tantas visitas sorpresa que me daba diariamente, aunque ya no venía tan seguido desde que el pequeño Ken cayó enfermo de varicela y, como yo nunca había tenido, no podían acercarse. La persona detrás de la puerta volvió a tocar justo cuando estaba abriéndola y descubrí a una señora con el brazo extendido en un puño, lista para seguir tocando. Sonreí y ella tuvo la urgencia de mirar nuevamente el número de la puerta.

—¿Si? —dije lo más simpática posible, de alguna forma, la cara de la señora me parecía conocida.

—Discúlpeme, estoy buscando a mi hijo. Él vive acá.

—Oh, sí, pase —dije gustosa. Ocultando el profundo terror que le tenía a ese momento—. Algo en la oficina salió mal y se tardará un poco. —La guie hasta el sillón donde estaba sentada y esperé a lo usara. Luego, me senté junto a ella y me quedé sin decir nada ya que solo sonreía.

—Qué curioso, lo llamé cuando me subí al metro y dijo que estaba en camino —habló con la misma sonrisa incómoda que tenía yo hasta ese momento. Así que él sabía que venía y no me había dicho nada. Quizás tampoco le había dicho a su madre que tenía novia y que estaba a punto de parir un Feto que no era suyo—. ¿Cuántos meses tienes?

—Seis meses —dije tan cortante que la madre de Izzy decidió dejar de mirar, estaba claro que no diría más de Feto, así que decidió ver en qué estado estaba la casa de su hijo. Vi el enorme bolso que tenía en el brazo e imaginé que traía utensilios de limpieza con ella. Su visión panorámica se detuvo en la cuna aún envuelta en su embalaje y los pañales. Muda, apuntó lo que no cuadraba en la fotografía—. Todavía no sé dónde ponerlo —indiqué sonriendo más de lo que había imaginado que podía y me levanté—. Quizás en la habitación pequeña a un lado de la principal, ¿qué opina?

—¿Eres Mimi?

—Sí —respondí con una sonrisa. Con que sí había mencionado ese detalle.

—¿Y cuántos meses dices que tienes de embarazo?

—Seis… —me sentí interrogada y avergonzada. La mamá de Izzy era muy hábil con los cálculos, no como Michael. Quizás debía ir a aprender a sacar conclusiones con ella. Podía leer lo que pensaba la señora, sí, llevaba solo cuatro meses con su hijo. Pero podían ser solo los meses oficiales, ¿sabe? —. Sé que esto suena terrible, pero no es hijo de su hijo. Aunque me gustaría que sí lo fuera. Verá, tengo este ex-esposo que es tan insistente que tuve que ir a estas últimas vacaciones con él y fue ahí donde me… Usted sabe. Esta noticia es horrible, yo no sabía que estaba embarazada cuando empecé con su hijo, ¿me está escuchando?

No, la señora se había desvanecido en el sillón.

—¡Señora! —grité asustada y me arrimé para soplarle la cara para que entrara aire a su cuerpo ya que abanicar con las manos desnudas no parecía hacer efecto. Su cabello pasó de estar normal a parecer peinado por el viento después de sacar la cabeza por una ventana de un auto. Ella no respondía y su rostro se había quedado congelado en un gesto agobiado—. Despierte, por favor.

El departamento volvió a estar sumido en un silencio en donde solo destacaba el paso del tiempo del reloj y mi la ventisca que salía de mis labios. Luego de un rato, noté que Mamá Izumi estaba respirando y me despreocupé. No había matado del susto a la mamá de mi esposillo de fantasía. Me desplomé sobre el sillón a su lado y a los segundo oí cómo una llave se introducía al cerrojo de la puerta principal. Mi corazón se detuvo y quedé quieta a la espera de que entrara él.

Entró rápido, directo a la mesa de la cocina para dejar su maletín allí y secarse la chaqueta y colgarla en el respaldo de la silla de enfrente. Apreté los labios mirándolo a él y a su madre desplomada e inconsciente a mi lado. No notó que estaba allí hasta que mi respiración fuerte me delató.

—Ahí estabas —dijo acalorado y sonriendo, pasó una mano por su frente para retirarse el flequillo rojizo que estaba creciendo muy rápido. Sonreí como pude—. Mamá dijo que vendría. No la encontré en la estación y asumí que se quiso adelantar.

Asentí y me paré del sillón, oí que Feto se reía dentro de mi cabeza y la incliné un poco como un vago intento de acallarlo con mi hombro oprimiendo mi oído. El sillón estaba puesto de manera que el respaldo era lo primero que él veía desde la cocina y su madre había caído de tal modo que no se le veía la cabeza. Casi estaba recostada sobre el sillón. Sus pies estaban abiertos y la punta de uno podía verse desde la cocina, y tan silenciosa como estaba en ese momento, lo deslicé hasta sacarlo de vista con mi propio pie. De todas formas, a nadie le gustaba estar de piernas abiertas frente a gente extraña.

—Cariño, debo hablarte de algo.

—¿Si? —debió gustarle ese apodo porque sonrió de sobremanera—. Estaba pensando en esperarla en el pie del edificio, ¿qué te parece?

—No —dije rotundamente y puse mis manos detrás de mi espalda y jugué con la punta de mi pie derecho.

—¿No?

—Estás sudando, no quieres recibirla así, ¿cierto? Como corriste escaleras arriba…

—No creo que le importe —indicó riéndose—. ¿Qué te pasa?

—Solo… estoy un poco nerviosa —me excusé. Aunque ya no podía reaccionar peor de lo que ya lo había hecho; desmayada sobre el sillón. Hubiese preferido que solo me gritara y me dijera lo golfa y aprovechadora que era. Aunque con el dinero de Michael entrando todos los meses por Feto, no había nada en qué aprovecharme.

—Te amará —respondió y me besó en la frente.

—Sí… pero hay algo que debo decirte.

—Dime.

—Apestas —susurré y lo miré de forma culposa. Quizás él pensó que estaba ayudándolo pero simplemente debía despertar a esa señora y él no debía enterarse, oh, la culpa me carcome. Asintió y se fue a la ducha tan raudamente como había llegado. Me quedé en la cocina acomodando unos panecillos sobre la mesa mientras me aseguraba que estaba bajo el chorro del agua. Al momento de oír el grifo abrirse y ver un poco de vapor, salté sobre la señora Izumi.

—Despierte, por favor. —Le di un par de palmaditas a lo que ella solo se quejó. Mi corazón estaba en la garganta, era la primera vez en días que había tanta acción dentro de ese departamento. Lo peor de todo es que Izzy era un tipo ahorrativo y no tardaría en salir de allí. Traté de pellizcarla, de gritarle y alumbrarla con una lámpara pero ella simplemente se había transformado en piedra.

—¿Qué haces, Mimi? —. Salió la pregunta desde la alcoba y supe que había salido del baño.

—¡Nada! —grité de vuelta y le tapé la nariz a su madre. Tenía la boca cerrada y posiblemente se despertaría cuando le faltara el aire. O tal vez solo se pondría morada y caería como peso muerto al suelo. No, mala idea. Miré hacia mí alrededor en busca de objetos que sirvieran para levantar muertos. Nada. Aplaudí a un lado de su oreja para ganar tiempo pero eso llamó la atención de mi esposillo y su cabeza roja me espió desde la puerta. Estaba abotonándose una nueva camisa neutra, casi listo—. Te ves lindo —dije aplaudiendo con más fuerza.

—Tú eres linda —. Y desapareció a terminar con su rutina.

—Despierte, por favor —supliqué y volví a golpearle suavemente las mejillas que empezaban a ponerse coloreadas a esas alturas. Por lo menos ya no se veía tan fantasmal. Ella se quejó débilmente y pareció despertar, abrió levemente los ojos… para cerrarlos otra vez—. ¿Por qué, por qué me odian? —le pregunté al techo a la deidad de turno.

—¿Quién te odia? —. Salió desde la guarida con el cabello húmedo.

—Está bien, no quería decirte pero aquí va… —Tomé aire para decir mi disculpa lo más atropelladamente posible pero su madre se me adelantó y emergió de las profundidades del sillón. Viendo cómo su hijo estaba con los ojos como platos al verla tan repentinamente.

—¿Hijo? —Despertaba del letargo—. Oh, hijo, tuve la más extraña pesadilla.

— ¡Tu madre está aquí!

—¿Mimi? —dijo ella y se volteó a verme. Sip, Feto seguía allí y su cuna todavía embalada estaba detrás de mí.

Volvió a desmayarse.


—Perra malnacida —me dije a mí misma, imitando mentalmente la que sería la voz de la señora Izumi cada vez que nuestras miradas se cruzaban momentáneamente—. Perra adultera —dije otra vez, cuando volvió a posarse sobre mí su mirada. Izzy le preguntaba si se encontraba bien, sentado junto a ella, que no estaba tan pálida por mis pequeños golpes a sus mejillas. Si no hubiese hecho eso, estaría peor que ropa blanca con cloro.

Llené la manga pastelera con crema batida mientras le sonreía a la señora que trataba por todos sus medios cambiar su cara de horror y sonreírme de vuelta.

—Estoy bien, hijo —le dijo y me di cuenta que su voz no era como la imitaba—. Debí ser el calor del metro.

—Mentirosa —dijo Feto y lo apoyé asintiendo con la cabeza. No podía creer que Izzy creyera eso y supuse que, cuando le dijo que debía avisarle cuando fuera a verlo para ir a buscarla, era simplemente para seguir con su mentira blanca para no herir mis sentimientos… ¡Pero mis sentimientos ya estaban dañados, y a ella no le importó! Unté los panecillos de frambuesa con la crema batida y repartí sonrisas con la señora e Izzy. Busqué en los frascos pequeñas figuras decorativas de azúcar, estrellas y corazones, y los espolvoreé. Puse tres en una bandeja y me adentré en terrenos enemigos.

—Tome —le dije con la voz más tierna que pude invocar y le extendí un panecillo con colorante rosado, de ese que Yolei odiaba y que con su hijo enfermo, ahora podía usar a mi gusto. La señora Izumi no pareció reaccionar, los segundos corrieron por el reloj y mi sonrisa no podía durar tanto.

—Mamá… —oí a Izzy. Ella quedó en blanco.

—Sí… No me gustan los dulces —respondió finalmente. Sonreía pero mi corazón se detuvo y dejé los panecillos sobre la mesa—. No me siento bien. Hijo, ¿puedes ir a dejarme?

—Claro —. Y rápidamente quedé en el silencio otra vez.

—¡Ella me odia! —grité desconcertada.

—¿Quién te odia? —preguntó Catherine desde la otra línea.

—Su madre…

—Oh, ella. ¿No era un poco obvio, querida?

—Claro que no… —respondí dudosa, realmente no esperaba conocerla jamás—. Tal vez.

—¿Izzy qué hizo? —demandó saber la francesa. Dejé que el silencio de la casa le respondiera—. ¿No hizo nada?

—¿Qué iba a hacer? Ya era una situación bastante incómoda y ella era su madre.

—¿De qué situación me hablas?

—Yo… hice que se desmayara —resoplé avergonzada y Catherine no contuvo una carcajada cruel, ella podía ser mala a veces pero estaba segura de que no lo hacía adrede. La francesa era franca y me decía la verdad. Alguna de las otras chicas estarían tratando de convencerme de que estaba imaginando cosas y culparían a las hormonas—. Dos veces.

—Es una señora conservadora. Qué aterradora, por lo menos a mí me hablan.

—¿También te odian? —pregunté esperanzada de que no era la única odiada en el universo.

—Tai nunca lo reconocerán pero es evidente —explicó—, soy lo opuesto a lo que esperaban. — Rápidamente apareció la imagen de Sora en mi mente, eso fue una indirecta bastante directa—. Entre su madre y yo están esas miradas, las reconocerás de inmediato. Intentan sonreírte pero no pueden. Tai no lo ve porque es un hombre y no se comunica de esa forma como nosotras.

—¡Me miró de esa forma!

—Es el comienzo, luego no querrás ir a su casa en las festividades y lentamente te echarán la culpa. Dirán que los odias —sentenció y mentalmente me prometí nunca faltar a ninguna celebración. Aunque me volviera una fumadora compulsiva.

Oí las llaves listas para entrar en el cerrojo de la puerta y comencé la maniobra evasiva.

—¡Llegó!

Adieu.

Bye. —Tiré el celular brillante sobre la mesa de la cocina y luego acomodé el panecillo rosado que había golpeado con ese costoso proyectil. Amargamente me di cuenta que era el mismo que la señora madre de Izzy había rechazado abiertamente. Nadie en su sano juicio podía odiar los dulces y menos un panecillo tan lindo como ese. Me volteé a verlo lentamente y analicé su expresión: Claramente se sentía mal por lo sucedido.

—Eso fue extraño —dijo mientras cerraba la puerta y se abría paso por la casa, llegó hasta la mesa y tomó el panecillo que otrora había sido abandonado. Entrecerré los ojos cuando lo vi morderlo.

—¿Eso es lo único que vas a decir?

—¿Quieres ir a ver una película o algo?

—¡Ella me odia!

—Ella no te odia, solo… se impresionó un poco por lo que pasó —dijo apenado. Mi entrecejo contraído se relajó hasta que solo una sonrisa adornó mi rostro. Él me devolvió el gesto.

—No puedo estar enojada contigo —admití como una niña pequeña y esperé a que hiciera nula la distancia y me abrazara tiernamente, dejando el panecillo sobre la mesa. Si la madre de Michael me hubiese hecho eso, con él nos habíamos peleando hasta que el estadounidense durmiera en el suelo con solo su chaqueta cubriéndolo. Izzy era sencillo y no negaba la verdad.

Michaelnocontestes hizo que vibrara mi celular con brillantes y a su vez retumbara el mesón. Puse los ojos en blanco y suspiré. Siempre era demasiado inoportuno.

I'm a little busy right now —gruñí al contestar. Como era rutinario, mi esposillo de fantasía se retiró al sillón a espera de que la batalla campal con mi ex marido terminara. Todas las noches ocurría lo mismo.

Put my son on the phone, please.

It's a girl, dumbass. And she won't answer now; you'll have to wait some months, maybe years.

—Mimi, no ser mala con mí —exigió, yo ya no era la importante en su vida, sino ella, Fetolia.

—Soy un niño —corrigió Fetolia.

—Como sea —le respondí a los dos—. No tengo tiempo para tonterías, Michael.

—Poner teléfono.

—Solo oirás que tengo hambre.

—Teléfono —demandó una vez más y yo accedí sacando chispas por los ojos.

Izzy solo reía con lo que lograba escuchar.


Este es lejos el capítulo menos gracioso que he podido invocar. Y corto además. Disculpadme, lectoras.

Como es usual, me costó escribirlo. Si me cuesta hacer un capítulo que considere que es bueno para subirse(el humorímetro impuesto por las risas de mi hermana), esta parte de Madurez con el embarazo de Mimi me cuesta demasiado. Espero que el que siga, sea más gracioso y salga en poco tiempo(mañana mismo quiero empezar a escribirlo:D)

Gracias a Digific, May-Chi, melkun, asondomar, Japiera y CieloCriss por sus reviews:) Los A-mo,

Duerman sus ocho horas o sus ojeras serán los tatuajes de su cara,

SS