Qué sucede, Candice?

Estaba de pie en la puerta del estudio, donde Terry se encontraba nuevamente sentado tras el escritorio, mirándola con ojos enigmáticos. La única luz de la habitación provenía de una lámpara situada sobre la mesa, que se reflejaba sobre los papeles en los que estaba trabajando.

Como era de esperar, en lo que a Candy concernía, cenar con los hermanos Grandchester había sido una experiencia incómoda. No tenía ni idea de lo que pensaban ellos de la situación. La conversación había sido prácticamente inexistente mientras comían, obviamente absortos en sus pensamientos. Aunque Archivald le había dado las gracias y la había felicitado por la comida tras terminar, antes de excusarse y subir al piso de arriba para acostarse.

Candy tenía la sensación de que su temprana ausencia tenía más que ver con el hecho de sentirse el tercero en discordia que con una necesidad real de irse a la cama. Probablemente se habría retirado temprano porque pensaba que Terry y ella necesitaban intimidad, aunque sólo fuera para hablar del viaje del día siguiente.

Si ése fuera el caso, entonces Archivald podría haberse ahorrado las molestias. Porque Terry se había excusado también y se había metido en el estudio un minuto después de que su hermano se marchara, lo cual le había dejado a Candy demasiado tiempo libre para pensar y recordar su comportamiento desvergonzado…

–Como piensas marcharte con Archivald por la mañana, tal vez sea mejor que nos despidamos ahora –dijo ella.

–Creo que he dejado bastante claro que espero que nos acompañes a Londres.

–Sí, lo has dejado claro –contestó Candy mientras entraba en la habitación–. Pero también has dejado claro desde mi llegada que no quieres los servicios de una fisioterapeuta. De modo que ésta sería la oportunidad ideal para mí de…

–¿Has estado pensando de nuevo, Candice? –preguntó él mientras se recostaba en el sillón de cuero.

–¡Déjalo ya, Terry! –exclamó ella al acercarse al escritorio–. Obviamente tendré que ponerme en contacto con William y decirle que, dado que no he empezado a trabajar contigo, no tiene que pagarme nada…

–Seguro que eso es muy justo por tu parte, Candy –la interrumpió Terry–. Pero por lo que yo sé, Wiliam no ha dicho que vaya a prescindir de tus servicios.

–No, pero ha sido imposible desde el principio, así que he dado por hecho que…

–Nunca es bueno dar las cosas por sentado con la familia Grandchester, Candice –contestó Terry negando con la cabeza–. Cuando he dicho que volveríamos todos a Londres por la mañana, quería decir justo eso.

Ella frunció el ceño.

–No veo qué sentido puede tener que te acompañe cuando te niegas a dejar que te ayude.

–Puede que lo haya reconsiderado.

Candy lo miró inquisitivamente, pero le resultó imposible interpretar su expresión y el vacío enigmático en aquellos ojos zafiro.

–Terrence…

–CAndice, Archie ha venido hasta aquí para decirme que mi madre ha llegado a Londres –anunció Terry.

–Ah.

–Sí –continuó él–. Como rara vez sale de Edimburgo, el hecho en sí es significativo. Tanto que William se ha propuesto averiguar qué está haciendo en Londres exactamente. Ha logrado descubrir que tiene una cita para ver a un especialista en cáncer pasado mañana – Terry habló con sequedad. Aún le costaba aceptar la razón por la que Archivald había volado hasta allí en persona para hablar con él.

La relación de los hermanos con su padre había sido esporádica tras la separación y divorcio de sus padres; los tres sabían quién era el culpable de la ruptura del matrimonio. Pero su madre… su madre siempre había estado a su lado. Eleanor amaba sin querer poseer, sin juzgar. Nunca presionaba. Nunca intentaba inculcarles sus ideas a sus hijos, simplemente los alentaba a tomar sus propias decisiones. Y si alguna de esas decisiones era errónea, se podía contar con ella siempre.

Parecía que había llegado el momento de estar a su lado.

–Lo siento mucho –dijo Candy, y se sentó en una silla frente al escritorio.

–Aún no hay nada seguro –dijo Terry–. Es un examen preliminar y puede que no sea nada.

–Pero…

–Exacto. Pero… –asintió de manera sombría–. Es raro, ¿verdad? Saber que alguien a quien quieres puede estar seriamente enfermo te hace abandonar lo que Archivald y tú llamáis autocompasión.

–Yo sólo dije eso porque…

–Porque resulta que es cierto –dijo Terry con sinceridad mientras se ponía en pie para agarrar su bastón y comenzar a caminar por la habitación–. Mi madre fue el primer miembro de la familia en llegar a Los Ángeles cuando tuve el accidente. Estuvo junto a mi cama todo el tiempo que estuve en el hospital, y después durante semanas en mi apartamento. Siempre alentándome. Siempre positiva. Y durante todo ese tiempo esa maldita cosa estaba comiéndosela por dentro.

–Has dicho que aún no hay nada seguro –le recordó Candy.

–Ya es suficiente que la posibilidad esté ahí –la expresión de Terry se volvió aún más sombría–. Mañana volvemos a Londres, Candice, y cuando sepamos exactamente qué es lo que le ocurre a mi madre, me ayudarás a recuperar la movilidad de la pierna.

Candy se alegraba mucho de que Terry por fin hubiera aceptado la terapia para la pierna y la cadera, aunque hubiera deseado que las circunstancias que le habían hecho cambiar de opinión fueran diferentes. Sin embargo ya no estaba tan segura de ser ella la persona idónea para ayudarlo.

Se había permitido implicarse personalmente con Terry. Se había implicado físicamente y ni siquiera quería pensar en lo que podría sentir por él en el terreno emocional.

Salvo que ya había empezado a sentir algo.

«Más tarde, Candice», se dijo a sí misma con firmeza. Ya tendría tiempo de analizar sus sentimientos hacia él cuando se hubieran despedido.

–Eso es maravilloso, Terrence –le dijo con entusiasmo–. Estaré encantada de recomendarte otro fisioterapeuta.

–¡Yo no quiero otro fisioterapeuta, maldita sea! –se colocó frente a ella y le puso la mano bajo la barbilla para levantarle la cabeza–. Candice, mírame.

Candy levantó la mirada y volvió a apartarla al verse incapaz de mantenérsela.

–Debes entender que no puedo trabajar contigo ahora, Terrence –sólo el roce de sus dedos contra su barbilla era suficiente para revivir su excitación. Deseaba que le tocara algo más que la barbilla.

–¿Estás pidiéndome mi palabra de que lo de antes no volverá a ocurrir? –preguntó él–. No puedo darte eso. ¿Puedes tú?

Ella se humedeció los labios con la lengua antes de contestar.

–No. Y ése es el problema. No puedo trabajar con un hombre con el que… –ni siquiera se atrevía a decirlo en voz alta–. No me implico personalmente con mis pacientes, Terrence.

Terry frunció el ceño y no se molestó en disimular la frustración ante su constante testarudez.

Tras haber tomado la decisión de dejar de autocompadecerse y hacer algo con su pierna, no estaba dispuesto a dejar que Candy le recomendara a otra persona y lo abandonara después.

William sólo contrataba a los mejores; lo que significaba que Candice White tenía que ser la mejor fisioterapeuta que el dinero de los Granchester podía comprar. Si deseaba volver a andar sin ayuda de un bastón, entonces necesitaba lo mejor.

Y era todo lo que necesitaba de Candy en aquel momento.

Le soltó la barbilla abruptamente y se apartó.

–No creo que estemos implicados personalmente.

–Pero antes…

–Olvídate de lo de antes. Nunca ocurrió. Sólo he estado jugando contigo. De ahora en adelante nos concentraremos en el trabajo que has venido a hacer.

«Olvídate de lo de antes. Nunca ocurrió. Sólo he estado jugando contigo».

Fue la última de aquellas frases la que a Candy más le dolió. ¿Porque sabía que era verdad? ¿O porque ya era demasiado tarde para no sentirse emocionalmente implicada con él?

En aquel momento Terrence Grandchester era un hombre muy alejado de lo que era antes y de la vida que llevaba antes del accidente. El actor Terry Baker jamás se habría fijado en Candice White. Y cuando volviese a caminar con normalidad… –¿Vas a ayudarme o no, Candice?

Cuado volviese a caminar con normalidad, no volvería a fijarse en ella, concluyó Candy para sí misma. Había aceptado aquel trabajo sin dudar de su capacidad para ayudar al hermano de William Grandchester. El hecho de que el hermano hubiera resultado ser Terry Baker había complicado las cosas desde el principio. Que la atracción hacia él hubiera permitido que las cosas se torcieran tanto era más que una complicación. ¿Iba a permitir que sus emociones le impidieran prestarle a Terry la ayuda que necesitaba? ¿Iba a negarle esa ayuda cuando finalmente se la había pedido? Candy sabía que no podía hacer eso. Su dedicación profesional simplemente no se lo permitiría.

–Sí, Terry, estoy segura de que te puedo ayudar –asintió y se puso en pie. Sólo esperaba que fuese cierto. Igual que esperaba poder dejar a un lado sus sentimientos hacia él y concentrarse e ayudarlo–. Aunque no estoy tan segura sobre lo de volar a Londres en helicóptero –añadió con pesar. Volar en un avión normal ya le parecía bastante traumático, así que Dios sabía lo que sentiría en un helicóptero.

–Estaremos a salvo con Archie –contestó él riéndose–. Vuela del mismo modo que hace todo lo demás. Con fría precaución.

–Creí que su frialdad de antes era porque desconfiaba de mí –después de todo tenía razones para desconfiar después de la escena que había presenciado.

–No –Terry le dirigió una sonrisa–. Archie desconfía de todo el mundo.

Los tres hermanos Grandchester no se parecían a ningún hombre que hubiera conocido en su vida, pensó Candy más tarde mientras subía las escaleras para irse a la cama. William era frío y arrogante. Archivald era precavido y desconfiado. Terrence era… Tal vez fuera mejor no pensar más en qué tipo de hombre era Terry. Y desde luego sería mejor no pensar en su reciente confesión de que había estado jugando con ella.

Terry estaba sentado en la parte delantera del helicóptero junto a Archie mientras despegaban. El instinto le hizo mirar hacia atrás, donde estaba Candy, y se dio cuenta de que tenía las uñas clavadas a los brazos de su asiento.

–¿Estás bien? –le preguntó.

Ella ni siquiera le devolvió la mirada, sino que continuó mirando al frente, con los ojos muy abiertos y la cara pálida.

–Estoy bien –contestó con los dientes apretados.

–No, no lo estás –dijo Terry mientras se desabrochaba el cinturón–. Mantenlo firme, Archie –le dijo a su hermano mientras se dirigía hacia la parte de atrás.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Candy cuando los movimientos de Terry redistribuyeron el peso e hicieron que el helicóptero se tambaleara ligeramente.

–Venir a sentarme a tu lado –explicó él con paciencia mientras se sentaba en el asiento. Luego estiró la mano para estrechársela a Candy–. No te gusta volar –añadió innecesariamente.

–¡Lo odio! –murmuró ella–. No pretendo criticar tus habilidades, Archivald.

–No me ofendo, te lo aseguro –dijo Archie desde la parte delantera.

Terry ignoró el comentario de su hermano y se concentró en Candy.

–¿Por qué diablos no me dijiste que no te gusta volar?

–¡Anoche te dije que no estaba muy segura de lo de volar en helicóptero! –exclamó ella tras dirigirle una breve mirada de odio.

–No estar segura y estar aterrorizada son dos cosas muy distintas.

–¿Qué habría cambiado si me hubiera mostrado más insistente?

–Habríamos dejado que Archie se fuese en helicóptero y nosotros habríamos vuelto en coche.

Candy negó con la cabeza y entonces pareció lamentarlo, porque los labios se le pusieron casi tan blancos como la cara.

–Tienes que llegar a Londres lo antes posible –dijo.

Terry frunció el ceño.

–Si hubiera sido tan urgente, habríamos volado anoche. Tú…

–Deja en paz a la chica, Terry –dijo Archie–. ¿No ves que está mareada?

Terry ya lo había visto. Estaba furioso consigo mismo por no haberse dado cuenta de lo nerviosa que se ponía Candy por volar, preferiblemente antes de que el helicóptero despegara.

–Eres idiota por no habérmelo dicho –le dijo apretándole los dedos con fuerza.

–Muchas gracias, Terry –respondió Candy–. Comentarios sobre mi salud mental son justo lo que necesito escuchar cuando estoy suspendida a cientos de metros sobre el suelo en un helicóptero que parece que va a venirse abajo con la más mínima ráfaga de viento.

Archie se rió suavemente en el asiento del piloto.

–No te preocupes, Candy. El índice de accidentes en este tipo de helicóptero es mínimo, te lo aseguro.

–Mínimo, quizá –contestó ella–. Pero no inexistente.

–Te sugiero que te ahorres más informaciones de ese tipo, Archie –dijo Terry.

–Siempre puedo dar la vuelta…

–¡No! –Candy se estremeció sólo de pensar en Archivald dando la vuelta al helicóptero, o aterrizando en el helipuerto de Mulberry Hall.

–Pero si verdaderamente te supone un problema, Candice… –dijo Terry.

–Ya estamos en el aire –respondió ella. Tenía los dedos de Terry apretados con tanta fuerza que estaba segura de que estaría cortándole el riego sanguíneo–. ¡Simplemente recordaré no volver a volar jamás en un helicóptero!

Candy agradecía tener la mano de Terry para agarrarse a ella durante el resto del vuelo, pero aun así, cuando aterrizaron en el aeródromo privado a pocos kilómetros de Londres, le dolía todo el cuerpo de la tensión que había soportado durante el trayecto. Le dolían hasta los dientes cuando bajó a la pista y se metió en el coche que estaba esperándolos cuando llegaron.

–¿Ya te encuentras mejor? –preguntó Terry tras sentarse a su lado, mientras que Archie se sentaba en la parte delantera con el chófer. El cristal de separación estaba levantado para darles intimidad.

Candy apoyó la cabeza en el respaldo de cuero y tragó saliva antes de contestar.

–Ha sido la experiencia más aterradora de mi vida.

Terry sonrió.

–Aún tienes que compartir casa con toda la familia Granchester.

Candy había compartido casa con Terry durante unos días y aquello ya había sido lo suficientemente traumático.

Aunque no se parecía tanto al hombre desaliñado con el que había pasado esos dos días. Cuando había aparecido en la cocina aquella mañana, llevaba el pelo limpio y cepillado, estaba afeitado y llevaba un jersey de cachemira marrón sobre una camisa color crema y pantalones marrones hechos a medida. Aquel día parecía el carismático actor Terry Baker; y probablemente ése fuese el objetivo, cuando estaba a punto de ver a la madre a la que los tres hermanos obviamente adoraban.

Candy se sentía mal vestida en compañía de los gemelos Granchester, con sus vaqueros y su camiseta blanca bajo la chaqueta negra. Su llegada a la casa de los Grandchester en Mayfair no hizo sino confirmar su impresión de que estaba fuera de lugar en aquella familia. La casa era enorme: tenía cuatro plantas.

Un mayordomo abrió la puerta y los dejó entrar al recibidor.

–El señor Grandchester está en su estudio, y su… La señora Grandchester está arriba, en su suite, descansando –anunció el hombre –Te dejaré a ti a William mientras yo voy a ver a mamá –le dijo Terry a Archie, y agarró a Candy del codo.

–Gracias –contestó su gemelo secamente–. Sin duda te veré más tarde, Candice.

–Sin duda –respondió ella.

–Sube una bandeja para el té para la señorita White, por favor, Parker –le dijo Terry al mayordomo antes de acompañar a Candy hacia la parte de atrás del recibidor y abrir unas puertas de roble que daban paso a un ascensor–. Mi abuela tenía artritis y lo instaló hace cincuenta años para poder ir a los pisos de arriba –explicó cuando entraron en el elevador.

Claro que sí, pensó Candy; obviamente la familia Granchester tenía dinero para hacer lo que quisiera.

Terry interpretó su mirada y se apoyó en la pared contraria.

–No dejes que la grandeza de Mulberry Hall y de aquí te engañe; normalmente nosotros no entramos en estas casas.

–¿Por qué no? –preguntó ella con curiosidad.

Fue una curiosidad que Tery no tenía intención de satisfacer. La casa de los Granchester, al igual que Mulberry Hall, era parte de las posesiones del duque de Stourbridge, y sólo estaban allí porque su madre, que seguía siendo duquesa de Stourbridge a pesar del divorcio, siempre se alojaba en esa casa en las raras ocasiones en las que iba a Londres.

–Estamos todos demasiado ocupados haciendo otras cosas –dijo Terry mientras salía al pasillo enmoquetado del tercer piso–. Te acomodaré en mi suite antes de ir a ver a mi madre.

–¿Tu suite? –repitió ella.

–Todos tenemos nuestra propia suite de habitaciones aquí –le dirigió una sonrisa al ver su incertidumbre–. Parker te servirá el té en mi sala de estar privada. Espero que el dormitorio contiguo esté preparado para que lo utilices. ¿Te resultará un problema?

Candy no tenía ni idea. Le parecía un poco íntimo tenerlo en la puerta de al lado.

–Estaría satisfecha con algo un poco menos… espléndido.

–No hay nada menos espléndido –le dijo Terry mientras abría la puerta situada a la izquierda del pasillo–. Vamos, Candice. Me gustaría verte instalada antes de ir a visitar a mi madre.

Estaba siendo ridícula, Candy lo sabía. Pero le parecía extraño estar allí con él y con su familia, en aquella casa inmensa que apenas visitaban, pero que debían de mantener un sinfín de sirvientes.

¿Quién vivía así en la actualidad?

Sólo los muy ricos y los nobles.

La sala de estar, decorada en tonos marrones y crema, y amueblada con muebles oscuros, hacía juego con el lujo del resto de la casa.

–Hay algunos libros ahí por si te apetece leer –dijo Terry señalando hacia las estanterías situadas al fondo de la sala–. Mi dormitorio y mi cuarto de baño están por ahí – señaló una puerta a la derecha–. Y tu dormitorio está por allí –señaló otra puerta a la izquierda.

Demasiado cerca para sentirse cómoda, pensó Candy.

–Alégrate, Candy –le dijo Terry al ver su expresión sombría–. Con un poco de suerte, podremos salir de aquí en cuestión de días.

¿Días?

¡Eran las noches las que le preocupaban!

¿Cómo iba a dormir allí cuando sabía que el dormitorio de Terryn estaba a pocos metros de distancia? Cuando sabía que los dos estaban cómodamente protegidos en la intimidad de su suite.

–Deja de poner esa cara –Terry apoyó el bastón contra el sofá antes de atravesar la habitación y situarse a pocos centímetros de ella. Le puso una mano bajo la barbilla y le levantó la cara–. Intentaré que sea una estancia lo más breve posible.

Ya estaba siendo demasiado larga para ella.

–Deséame suerte, ¿de acuerdo? Estoy a punto de hacer la representación de mi vida.

Candy se sintió abrumada mientras lo miraba de forma inquisitiva.

–Quieres que tu madre crea que estás completamente recuperado –dijo lentamente.

–Voy a intentar convencerla de ello, sí –contestó Terry–. Así tendrá una cosa menos de la que preocuparse.

–No harás nada que dificulte tu progreso, ¿verdad?

Terry suspiró.

–Nunca dejarás de ser fisioterapeuta, ¿verdad, Candice?

–Probablemente porque eso es lo que soy –se defendió ella.

Aunque su cuerpo traicionero tenía otras ideas. Cada parte de su anatomía era consciente de la presencia de Terry como hombre más que como paciente. Era consciente de esa mano en su barbilla, del calor de su cuerpo de pie frente a ella, de la sensualidad de su mirada mientras se detenía sus labios, de la suave caricia de su aliento en las mejillas cuando agachó la cabeza hacia ella. Candy se apartó abruptamente al darse cuenta de que Terry pretendía besarla.

–Eso no es una buena idea –dijo con firmeza.

Y justo a tiempo, porque en ese momento llamaron ala puerta y entró el mayordomo con la bandeja del té que Terry había pedido.

–Probablemente coma con mi hermano, pero estoy seguro de que Parker te traerá algo en una bandeja –Terry miró expectante al mayordomo mientras éste dejaba la bandeja de plata sobre la mesita frente al sofá.

–Estaré encantado de hacerlo, señorita hite –respondió el mayordomo antes de que Candy tuviera oportunidad de decir que no quería que la atendieran de ese modo.

Miró entonces a Terry.

–No es necesario.

–Claro que sí, Candice –contestó él, y abandonó la suite obviamente pensando ya en su madre.

Ella en cambio tenía mil pensamientos en la cabeza mientras Parker seguía tratándola como si fuera una invitada, y no una empleada más. El mayordomo le dijo que habían trasladado su maleta al dormitorio de al lado.

Candy se sentía completamente fuera de lugar en aquel mundo de riqueza y privilegio. Se sintió más angustiada por estar allí al recordar que tendría que llamar a Annie para decirle que había vuelto a Londres, por si su hermana necesitaba hablar con ella sobre el caso de divorcio.

Notas

Amigas ya regresé y les adelanto que ya inició la cuenta regresiva, estamos a poquitos capítulos de concluir esta historia. Saludos a todas