Capítulo 12
Estaba allí el reverendo Totosai y un señor de cabellos blancos, bajito y regordete, de grave semblante.
En una esquina, como ignorado de todos, se hallaba el heredero del estimado señor Kirryo. Y en aquel instante, la viuda del difunto entró en el salón, seguida mudamente de una Kaede vistiendo luto y triste.
—Creo que estamos todos —apuntó el reverendo amablemente—. ¿Quieres acercarte, Inuyasha?
—Supongo que no será necesaria mi presencia aquí —dijo éste secamente—. Mi tío dejó una viuda… Yo soy aquí, un intruso.
—No es tal —adujo el notario con gravedad—. Su presencia es tan necesaria como la de señora Kirryo. ¿Quieren sentarse, por favor? Usted también, Kaede. Tengo aquí, en el comienzo del testamento, anotados los nombres que deben estar presentes para la lectura del mismo. Son ustedes tres y el reverendo Totosai. Yo voy a dar lectura a lo más esencial. No me introduciré en detalles técnicos. Ustedes saben que todos los testamentos terminan igual y empiezan del mismo modo.
Nadie contestó.
Todos fueron sentándose silenciosamente.
Después de pronunciar las frases que son clásicas en este documento, dice lo siguiente. Caló los lentes, mirándolos a todos, uno por uno, y fijó los ojos en el documento.
—«Lego a mi amiga Kaede, a quien siempre he apreciado mucho y de cuyo profundo afecto tengo plena seguridad, un millón de dólares. Bien se los merece. Me ha dado esperanzas para el futuro. Me ha cuidado a Inuyasha y lo hizo un hombre, y llevó las riendas de mi hogar, como si fuera mi propia mano quien lo guiara y lo ordenara, y sobre todo comprendió lo que yo pretendía cerca de mis amigos, y me secundó. Espero, no obstante, que se quede aquí, en mi imperio. Que siga amando a mis amigos, todos esos que bregaron por mí por mis tierras y cuidaron mis caballos y procuraron que mis cuadras fueran las mejores de todo el estado de Illinois y aún más allá de sus fronteras. Pero no por estos hechos, sino porque supo, repito, lo que yo quería y lo que para mí significaban esos hombres.»
Kaede lloraba.
—No lo merezco… ¡Oh, no! ¿Para qué lo quiero? Y a quién voy a dejarlo?
—Por favor, señora, silencio. Voy a proseguir. –Gruño autoritario el notario.
—«Al reverendo Totosai no le dejo nada. Ni un pequeño legado. Sé que no lo desea ni lo necesita, porque él vive consagrado a Dios, y ante esto, nada de esta pequeña vida material se necesita. Sólo le he citado aquí para que haga de testigo de todo cuanto voy a decir a continuación.»
Kagome miró al reverendo y le sonrió con ternura. Él, beatíficamente, cruzó las manos en el pecho y sonrió a su vez, como dándole ánimos.
El notario, hombre profesional, poco dado a sentimentalismos, continuó con voz grave:
—«Mi fortuna, mi hacienda, todo cuanto poseo, aparte del millón de dólares que dejo a Kaede, lo dejo a mi sobrino y a mi viuda, por igual. Mitad por mitad, y jamás, bajo ningún concepto, podrán deshacerse del patrimonio. No pido tampoco que renuncien a la parte que les corresponde. Les ruego, por favor, y en mi memoria, que eso no ocurra bajo ningún concepto. Exijo a la vez, y sé que me escucharán los dos, que se casen tan pronto les sea posible.»
La figura de Inuyasha, alta y fiera, se alzó como una catapulta.
— ¿Estaba loco mi tío?
—Por favor —pidió el notario, mirándolo por encima de los lentes—. Tendrá usted que oírme hasta el final, señor Taisho.
Inuyasha se sentó como si le empujara la misma mano de su tío muerto pero con la cara desfigurada de ira.
No miró a Kagome. Ésta, quieta en su asiento, con las manos cruzadas en el regazo, parecía presa de súbita sorpresa, pero no pronunció ni una sola palabra.
Quien parecía muy sereno era el reverendo Totosai.
Se diría que conocía el contenido de todo aquel documento.
Y así era en realidad.
—«Si Inuyasha me defraudó muchas veces —siguió monótona la voz del notario— espero que en lo sucesivo no lo haga. Si se niega a casarse con mi viuda, Kagome Higurashi, perderá todos los derechos a la hacienda y su parte irá a parar a todos y cada uno de mis empleados.»
—Eso es inhumano —gritó y rugió la voz de Inuyasha sin poderse contener, y sabiendo que aparte de la herencia de su tío, no poseía un centavo—. No puedo creer que mi tío…
—Podrá usted impugnar el testamento —dijo el notario fríamente—, pero no le servirá de nada. Está redactado dos meses antes de la muerte de mi cliente y le aseguro que puedo justificar cuanto quiera y como quiera, que se hallaba en todas sus plenas facultades mentales. La prueba la tiene usted, en que uno de los testigos es el propio doctor Jinenji —y como si no dijera nada, añadió—: Prosigo: «A mi esposa, Kagome Higurashi, nada le recomiendo. Nada le digo ni nada le enseño ni nada le pido. Ya sabe lo que deseo, y, como Kaede, me ha comprendido desde el primer momento y sabe cuánto amo a mis hombres y a mis tierras y cuanto en ellas existe. A Inuyasha sí; a Inuyasha le hago un ruego. Que reflexione mucho, que recuerde a su madre, muerta cuando él era un crío y recuerde asimismo las veces que velé su sueño y las veces que curé sus heridas, cuando, desobediente, montaba los ponis casi recién nacidos. Que recuerde asimismo, que jamás le quité ningún capricho, y cuando me dejó tan solo en una fecha tan memorable, comprendí que ni amaba mis tierras, ni apreciaba a mis hombres, y a mí le ligaba tan sólo… (¡Cuánto me duele reconocerlo!) Un afecto egoísta. Inuyasha, escúchame, muchacho. Piensa que estoy ahí, detrás de ti. Me estarás maldiciendo, pero no lo hagas mientras no me escuches. Aquella noche te oí. Mi ventana estaba abierta. Supe que no me amabas y que pretendías de la señorita Kagome Higurashi algo humillante para ella y para mí, que siempre puse el honor por encima de todos mis físicos deseos. Te escuché aquella noche y me retiré a mi cama a llorar. Aquél era el muñeco de trapo que yo había construido, cuando yo, necio de mí, le consideraba de oro macizo. ¿Tuve yo la culpa, Inuyasha, o la tuviste tú? Cualquiera de los dos que la haya tenido, el resultado es el mismo. Desde niño, cuando sólo sentía deseos de correr y cortejar a las chicas, luchaba ahí, en esa tierra. De un puñado de acres hice un mundo, una vida para todos, algo verdadero que me robó los mejores años de mi vida. Y tenía la ilusión de que tú me continuaras, y al saber aquella noche que eso no ocurriría… decidí casarme. Ahí dejo a mi esposa, que sabrá seguir mi labor y dar de comer a esos hombres y educación a esos niños, y pan a los mendigos de la comarca que llegan a mi puerta. Y tú, Inuyasha querido, hijo mío… ¿qué vas a hacer entretanto? Yo te pido, para desagravio de todas cuantas decepciones me diste, que ocupes el lugar que yo dejé y seas el dueño de esa hacienda que tanto amé yo. Te pido, te exijo y te ruego… que os caséis. Cuanto antes. En cuanto podáis… Y sed felices. Si no te casas con Kagome Higurashi, tendrás que dejar la hacienda hoy mismo, y yo… perdona, Inuyasha, yo… voy a llorar de dolor en mi tumba. Y aún sin querer, voy a maldecirte. Adiós, Inuyasha, hijo… haz lo que te pido… Piensa en la hacienda, en tu hogar, en la mujer que te dejo.»
Hubo un silencio.
Largo, penoso, casi extraño.
Inuyasha se hallaba de pie, con las manos apoyadas contra el respaldo de un sillón y los nudillos blancos de oprimir los dedos.
Kagome, palidísima, se mantenía inmóvil.
Ella no sabía, ¡oh, no!, que el fin de todo aquello… estaba allí, en aquel papel que el notario doblaba con mucho cuidado.
No fue capaz de buscar la mirada de Inuyasha. No podría aunque quisiera. ¿Qué pensaría? ¿Qué indujo ella a míster Kirryo a redactar el testamento en aquellos términos?
Aspiró hondo. Sintió que algo se deslizaba hacia su mano y miró. Era el reverendo que, con un apretón, le pedía fuerza y valor.
Sonrió tan sólo. Una sonrisa pálida y débil, como la de una niña pequeña que no sabe sonreír aún.
—Eso es todo, señores —dijo el notario, poniéndose en pie. Miró a Inuyasha fijamente—. Tendrá usted que… que… darme una respuesta antes de mañana.
—¿No sirve ahora?
—Sirve.
—Haré lo que él dice.
Y sin más explicaciones, giró sobre sí mismo y salió de la estancia.
El reverendo Totosai se despidió.
—Si algún día me necesitas para algo… ya sabes dónde estoy, Kagome. Debes tener paciencia.
—Él debió pensar en mis sentimientos —dijo ahogándose.
—Pensó —sonrió el reverendo beatíficamente—. Pensó, Kagome. Precisamente porque pensó, hizo lo que hizo.
—Yo…
—Tú le amas. No va a ser fácil la felicidad, pero los dos, sea como sea, tienen que llegar a ella.
—Él cree…
—Me imagino lo que cree.
—Si yo le dijera…
El reverendo cortó en seco.
—No. Sería demasiado fácil para Inuyasha Taisho, y necesita sufrir y luchar. Yo sé, desde el primer momento lo supe, lo que Myoga esperaba. Y sé por qué lo esperaba. Y supe asimismo que Inuyasha necesitaría una gran lección, de amor, de dignidad, de honor, para hacerse cargo del porqué vivió su tío y para qué vivió. Tendrá que aprenderlo si no lo sabe, Kagome.
—Pero me odia.
—Estaba también previsto eso.
—Y usted lo consiente.
—Sí, porque el odio le enseñará a amar a los demás. A darse cuenta de que no estamos en el mundo sólo para la satisfacción de nuestros placeres. Tenemos una labor más elevada que cumplir, y Inuyasha tendrá que ir aprendiendo qué clase de labor le está encomendada.
—Padre, pero yo…
—Ya te lo dijo Myoga. Eres un naipe que llevará la peor parte, pero nunca la felicidad llegó a uno por sus pasos. Hay que buscarla y luchar por ella, como Myoga luchó desde niño por su imperio terreno. Tienes un deber que cumplir, que es mantenerlo firme, enhiesto, con todos sus banderines triunfantes al aire. Es una ardua labor, Kagome…, pero la vida siempre encomienda una labor especial a quien puede y sabe desarrollarla. Adiós, hija. No puedo detenerme más. Si te es posible, no me llames para tu boda.
Lo vio alejarse.
Quedóse como sola, temblando, sin saber qué hacer. Sabiendo únicamente que algo tenía que hacer, pero ignorando por dónde y cómo empezar.
Al girar en dirección al interior del vestíbulo, se topó con Kaede que la contemplaba anhelante.
—Señorita…
—Calma, Kaede.
—Él está… herido. Desesperado. Lo vi subir por esas escaleras, tambaleante. Tenemos que ayudarle. Se van a casar ustedes… Yo… nunca me moveré de su lado, pero quisiera que el niño Inuyasha fuera… feliz…
—Y no me consideras a mí capaz de conseguirlo.
Kaede dijo algo que despertó aún más ternura en Kagome.
—De usted estoy segura. De él… no. Le quiero mucho, pero siempre… reconocí sus defectos y tengo miedo. Es… cruel cuando algo le hiere. Odia con la misma fuerza que ama… Y a usted la amó…
—Calla, Kaede. Calla, por favor.
—Yo lo vi. Aquel amanecer, cuando se fue… miraba y miraba su ventana… Se diría que pretendía llevar su imagen fija en su ser… Nunca le vi mirar así.
No quería oírla.
Le puso una mano en el hombro, y con acento ahogado sólo pidió antes de alejarse de ella:
—Te suplico que calles.
Capítulo 13
Al iniciar el paso por el largo pasillo superior, lo vio inmóvil, como esperándola, al final de aquél.
Ella dudó un segundo, pero luego caminó despacio.
Él también.
Se quedaron los dos frente a frente en mitad del pasillo, a la altura del salón, donde una noche la acorraló para besarla.
—Me voy —dijo brevemente, con acento impersonal—. Me voy durante un tiempo. No sería capaz de casarme ahora contigo.
—No podrías aunque quisieras. Vete, es mejor.
—Un día volveré y cumpliré el deseo de mi tío, pero quiero que sepas…
—No —cortó ella bajísimo, huyendo de su odiosa mirada—. No lo digas… Lo sé.
—Nunca podré volver a amarte. Ni muerto, y considerando que le debo tanto y que él me lo recordó hoy, sería capaz de hacerte feliz con mi amor, porque jamás podré olvidar que fuiste del el, de mi tío. –Escupió con rabia cada palabra. –Y te dije en una ocasión, que ni a mi padre le perdonaba una cosa así.
—No creo que sea preciso hablar más. Los dos tenemos un deber que cumplir —dijo ella con firmeza, ahogando su amargura—. Y creo que debemos de cumplirlo bien. Un deber moral y material que nos fue encomendado… por una persona a quien, de distinto modo, hemos querido los dos.
—¿Y serás capaz, tú, casi una niña, sexual y apasionada de vivir sin amor?
—No sabes cómo soy para juzgarme.
—Tienes ojos y boca y voz… Todo en ti denuncia a la mujer que eres. Pero ten por seguro que un día te pesará haberte casado conmigo. Y que yo a la vez, si un día te deseo… te tomaré como quiera y como sea… y después me gozaré en que me odies o te complazcas en el recuerdo.
—Eres… ruin. –Siseo dolida.
—Ese va a ser tu marido. ¿De acuerdo? —Giró sobre sí—. Tengo el equipaje hecho. Me voy ahora mismo. Pero aún voy a pasar por el cementerio y le diré a mi tío que nada me complace más que hacerte mi esposa, para despreciarte más.
No esperó respuesta, ni ella se la dio.
Momentos después, desde su ventana lo vio salir, subir al auto, y sin despedirse de nadie, poner éste en marcha y traspasar la verja pintada de negro.
Los días empezaron a transcurrir. Un mes, dos, tres… un año.
Ni una noticia ni una llamada.
No la esperaba, pero temía que el notario la advirtiera un día que lo dejaba sin la parte que le correspondía.
Durante todo aquel tiempo, trabajó con la finca y sus hombres. Si hasta entonces había sido apreciada, a partir de aquel momento en que se hizo cargo de todo, fue idolatrada. Siempre tenía una sonrisa amable para todos, un consejo a flor de labio, una ayuda material en su mano.
El reverendo la visitaba frecuentemente.
Siempre preguntaba por Inuyasha.
—No sé nada.
—Pronto regresará. Se le acabará el dinero. No disponía de mucho. Incluso tendría que trabajar para vivir.
Como si aquello fuera una llamada, días después, por la noche, regresó Inuyasha. Lo vieron llegar ella y Kaede.
Las dos estaban en la terraza. Corría la primavera. Hacía una noche apacible y clara.
Lo vieron avanzar con la maleta en la mano, a pie, sin el auto deportivo que siempre fue su pasión.
—Ahí llega —dijo Kaede en un susurro—. Sin auto. Lo habrá vendido para vivir…
—Déjame sola.
—Sí, sí… No sea muy dura con él.
Ojalá pudiera.
Pero no iba a poder.
Kaede se retiró y ella se mantuvo inmóvil, firme, casi rígida, aún vestida de negro. Él llegó a su lado y depositó la maleta en el suelo.
—Vengo a casarme contigo —dijo con vago acento—. Cuando quieras… Ya… estoy aquí. Para siempre… Veremos quién de los dos puede más.
—Bienvenido seas —dijo ella quedamente.
Inuyasha pasó a su lado con la maleta en la mano, atravesó el vestíbulo como si le pesaran los pies, e inició el paso hacia las escaleras.
Ella no lo retuvo.
No hubiera podido aunque quisiera.
Fue dos días después, a las nueve de la mañana. Allí mismo, en la pequeña capillita del palacio.
Rodeados de todos los colonos, de todos los peones. Un mundo volcado allí. Un mundo suyo, aislado de otros mundos.
Él dijo sí con firmeza. Y ella dijo débilmente aquel sí.
Sintió el anillo deslizarse en su dedo y sintió como un frío indescriptible recorrerla toda.
Y después, cuando ambos salieron, caminaron como dos sonámbulos hacia la casa. No hubo frases ni parabienes. Nadie se atrevió a darlos. Tal como entraron en el pequeño recinto, así salieron todos los colonos, dentro del más extraño silencio.
Ellos dos entraron en la casa. Kaede, allí, tras ellos, los miraba con ansiedad, pero aquel día, ni Kagome le hizo caso, ni Inuyasha la miró.
Se quedaron solos en la sala. Frente a frente. Los dos vestidos de negro. Rígidos, graves, lejanos, y, se diría, indiferentes.
Él se sirvió una copa y la bebió de un trago.
—Tengo mucho que hacer —dijo luego—. Empezaré a ocuparme de todo.
—Como hacía tu tío.
—No me lo recuerdes —gritó excitado—. Siempre pensé que éste sería el día más hermoso de mi vida, y es el más cruel de toda mi existencia.
No contestó.
Hundiéndose en un sillón y se quedó muda, mirando al frente.
Lo vio salir y oyó sus pasos fuertes. Y después, casi en seguida, volvió a oír los pasos atravesando el vestíbulo.
Se puso en pie como impulsada por un resorte y se acercó a la ventana. Lo vio cruzar la terraza enfundado en ropas de montar, saltar al caballo que lo esperaba, e irse a galope a través del parque, llamando a sus hombres.
Lo vio en medio de todos, como un reyezuelo. Y oyó su voz ronca dar órdenes, sin piedad, como un jefe supremo a sus humildes vasallos.
«No es así, pensó ella con desaliento. Así no lo hacía tu tío.»
Pero la figura arrogante que se alejaba en medio de un grupo de hombres a caballo, no sospechaba su pensamiento.
Lo vio llegar al anochecer. Firme en la silla, sudoroso, lleno de barro.
Y lo vio casi enseguida frente a ella, con las manos vueltas hacia los ojos femeninos.
—Mis primeros callos —gritó—. ¿Lo ves? He trabajado. Por Dios que voy a arrancar de esta tierra, tira a tira, toda la fortuna que él me legó. Y que nadie intente decirme que lo hago diferente a él.
—Inuyasha… escucha.
Se revolvió como si miles de demonios lo pincharan.
—No me hables con ese tono suave de mujer anhelosa, Kagome Higurashi, porque si lo vuelves a hacer, voy a pensar que soy un hombre y perderé toda la consideración que como ser humano aún me queda. Ni me mires así, ni muevas tus labios. Eres mujer y eres bella. Y tienes… eso. Eso que entró en mí como algo distinto. Pero va a ser igual.
Se acercó a ella, la besó con brutal desesperación. La soltó casi inmediatamente y la lanzó hacia un sofá.
—Maldita sea —gritó—. Maldita sea.
Y como si huyera de aquella atracción que ella seguía ejerciendo sobre él, echó a andar, atravesó el salón y salió, cerrando con un golpe seco.
Ella quedó allí, menguada, apretados los dedos contra la boca dolorida, y la mirada extraviada, fija en aquella puerta cerrada.
Allá arriba, en su cuarto de soltero, anhelante, mudo y fiero, Inuyasha Taisho se tiró en el lecho y apretó las sienes con las manos.
—Te odio tanto como te quiero —gimió desesperadamente—. Tanto, sí, tanto como te quiero…
Se había casado aquel día… Y sabía que su vida iba a ser un infierno.
Continuara…
Espero sus reviews… :3….hay un detalle que quisiera consultarle….la verdadera historia no tiene ninguna escena con lemon…pero en lo personal siempre pensé que eso era lo que le faltaba y por eso quiero poner a consulta si pongo o no el lemon…por favor comenten… Dependerá de ustedes…
