DISCLAIMER: LOS PERSONAJES PERTENECEN A JK Y LA HISTORIA A JUDE DEVERAUX, YO SOLO ADAPTO ESTA HISTORIA PARA EL DISFRUTE DE LOS SEGUIDORES DEL DRAMIONE.
PERDON POR EN RETRASO, CULPEN AL ORDENADOR QUE ESTÁ REVUELTO. PERO YA ESTOY AQUI OTRA VEZ. NO LES DIGO NADA MÁS Y LES PONGO LOS CAPÍTULOS DE ESTA SEMANA.
10
Hermione escuchó voces al despertarse. Una era la inconfundible voz ronca de Draco y la otra pertenecía a una mujer. Por un instante, siguió acostada en el sofá, preguntándose si la voz que recordaba haber escuchado hacía tantos años era la de Draco. Lo había oído reír, pero era una risa suave, no se trataba de esa risa que salía del alma y que llegaba a ser tan beneficiosa que incluso curaba enfermedades. Esa era la risa que ella recordaba.
Volvió la cabeza y al ver el montón de libros y papeles desperdigados por el suelo no pudo evitar sonreír. ¡Trabajar con él había sido maravilloso! Era un hombre testarudo, un gran conocedor de su trabajo, con una experiencia increíble y... muy sexy. Sin embargo, intentó desterrar ese pensamiento. Si se acercaba demasiado a él, Draco se apartaba. Parecía que se había equivocado al imaginar que se sentía atraído por ella como mujer.
No se atrevía a preguntarle si tenía novia. Ese no era asunto suyo.
Nada más escuchar que la puerta principal se abría y se cerraba, se levantó de un brinco y corrió a la escalera. Sabía que estaba hecha un desastre y que necesitaba arreglarse. Además, se moría por llamar a Pansy y contarle todo lo que estaba pasando.
En cuanto estuvo en la planta alta, llamó a Pansy, pero saltó el buzón de voz, lo que hizo que frunciera el ceño. Llevaba días sin obtener respuesta a sus llamadas o a sus mensajes de correo electrónico.
El primer día que pasó con Black abandonó el «señor» y empezó a tutearlo en algún momento dado. Después, llamó a su padre y le describió la espléndida disculpa que le había ofrecido, con flores y todo.
—¿Solo una disculpa? —le preguntó su padre—. ¿Nada más? ¿Alguna insinuación inapropiada o algún roce? —pronunció la última pregunta como si fuera su peor pesadilla.
—No, papá —le contestó con solemnidad—. Sigo siendo tan virginal como el día que conocí al Lobo Feroz Black.
—Hermione... —dijo su padre a modo de advertencia.
—Lo siento —se disculpó ella—. Draco Black me trata con el mayor respeto posible. ¿Mejor así?
—Me alegra escucharlo —replicó Ken.
Hermione quiso decir: «Pues a mí no», pero se mordió la lengua.
Desde entonces, no había hablado con su padre, pero sabía que estaba ocupado con los exámenes finales y las notas.
Pansy sí que la preocupaba. Le envió otro mensaje de correo electrónico y le dejó otro largo mensaje de voz, tras lo cual se metió en la ducha.
Se tomó su tiempo para vestirse, peinarse y maquillarse, aunque se preguntó para qué se molestaba en hacerlo. ¿Vería ese día a Draco? Acabaron los planos para la casa de su primo durante el primero de los cuatro días que habían pasado juntos. Al final, habían llegado a un acuerdo entre las ideas de ambos. Las buhardillas de Draco y la ampliación de Hermione con sus ventanas. Se sorprendió al comprobar lo buen paisajista que era Draco, un detalle que ella desconocía.
—Es que he visto a muchos jardineros y he compartido un montón de cervezas con paisajistas —le confesó.
Hermione quiso decir: «Me gusta la cerveza», pero temió que esa confesión lo asustara.
Después de decidir al milímetro cómo remodelarían la casa de su primo, tuvieron que enfrentarse al hecho de haber acabado. Ya no había más motivos para trabajar juntos. No había más motivos para estar juntos en la misma estancia, codo con codo.
Hermione tardó treinta segundos para decidir que debía subir a su dormitorio en busca de la enorme carpeta donde guardaba los diseños que había hecho durante la carrera. Cuando se percató de que iba a conocer a Draco Malfoy, que iba a vivir con él, había imaginado los maravillosos halagos que este le dedicaría a su trabajo. Igual que habían hecho sus profesores.
Sin embargo, Draco se limitó a ojearlos y decir: «¿Tienes algo original?»
Por un instante Hermione se sintió como una niña pequeña. Quiso correr a esconderse para poder echarse a llorar. Además de llamar a su mejor amiga para decirle que Malfoy era un capullo.
Sin embargo, al cabo de un momento, adoptó una actitud profesional y comenzó a defender su trabajo. En cuanto se percató de la sonrisilla que asomaba a los labios de Draco, supo lo que la estaba obligando a hacer.
Uno a uno, revisaron sus diseños y los hicieron trizas. Solo si era capaz de ofrecerle un buen argumento que justificara el uso de un detalle arquitectónico, Draco admitía a regañadientes que era posible. Lo más irritante de todo fue que casi siempre tenía razón. Tenía un ojo y una intuición infalibles para las proporciones y el diseño. Tal como solía decir su padre: «El talento no se aprende.» Y Draco Malfoy tenía talento a raudales.
Bajo su guía, cambió casi todo lo que había diseñado... y para mejor.
El último día, para sorpresa de Hermione, Draco sacó los planos de una casa que estaba diseñando para un cliente de New Hampshire. A esas alturas, estaban muy familiarizados con sus respectivos trabajos, habían compartido muchas comidas y se habían quedado dormidos en la misma estancia. Sin embargo, Hermione no sabía si sería capaz de criticar sus diseños, ya que realmente eran extraordinarios. El hecho de que él, de que el mismísimo Draco Malfoy, le pidiera consejo a ella la dejó sin palabras.
—¿No vas a decir algo?
—Es perfecto —susurró ella y el exterior lo era. Pero después vio los planos interiores. Respiró hondo y se lanzó—. El salón está mal emplazado —dijo, y ese fue el comienzo.
Puesto que ya habían revisado todos los planos, Hermione se preguntó si Draco regresaría a la casa de invitados y seguiría trabajando por su cuenta. En varias ocasiones, había mencionado la casa de California que tenía que diseñar y ella había tenido que morderse la lengua para no mencionar su propio boceto. Sin embargo, la capilla que había diseñado poseía algo tan personal que no quería que la criticara.
Guiada por un impulso, sacó la maleta de debajo de la cama, la abrió y sacó la pequeña maqueta. Todavía estaba tan encantada con ella que no le apetecía que criticaran el ángulo del tejado o el tamaño del chapitel. Le gustaba tal como estaba.
Se puso de pie con la maqueta en la mano y se acercó al retrato del capitán Abrax.
—¿Qué te parece? —le preguntó—. ¿Te gusta o no?
Por supuesto, nadie le respondió y Hermione sonrió al pensar que estaba esperando una respuesta. Se volvió para guardar de nuevo el modelo en la maleta, pero miró otra vez el retrato.
—Si te gusta tal como está, haz que algo se mueva.
Al instante, la foto enmarcada de las dos mujeres que estaba en la mesa se cayó otra vez al suelo, sobre la mullida alfombra.
Hermione se quedó alucinada por lo que acababa de pasar. Se dijo que era una coincidencia que la foto se hubiera caído justo cuando ella había hecho la pregunta, pero no se lo creyó.
Se sentó en el borde de la cama con la maqueta aún en la mano.
—Supongo que te gusta —dijo. Se alegró al ver que no recibía réplica—. Y parece que estoy viviendo en una casa encantada.
No quería pensar en eso más de la cuenta. Tras respirar hondo varias veces, se puso de pie, guardó la maqueta en su escondite y caminó hasta la puerta.
Alguien había metido por debajo de la puerta un sobre blanco como el que acompañaba al narciso.
—¿Por qué no me has dicho que estaba ahí? —preguntó en voz alta, y después se dio cuenta de lo que había hecho—. Ni se te ocurra responderme. Una respuesta fantasmagórica al día es lo máximo que puedo soportar.
Abrió el sobre y reconoció la letra al instante.
¿Te apetece acompañarme a liberar una vieja camioneta?
Hermione no pudo evitar reírse y echarse a bailar por la habitación.
—¡Sí, me encantaría! —exclamó mientras se acercaba dando brincos hasta el retrato del capitán Abrax—. ¿Te alegra esto? —le preguntó mirándolo y añadió—: ¡No tires nada!
Se alegró al comprobar que no había movimiento alguno en el dormitorio. Tras tomarse un instante para recobrar la compostura, volvió a la planta baja. Draco estaba en el salón, leyendo un periódico. Los papeles y los planos habían desaparecido del suelo y estaban pulcramente colocados en las estanterías.
—¿Tienes hambre? —le preguntó él sin mirarla.
—Muchísima. ¿Tenemos cereales?
—No —respondió al tiempo que soltaba el periódico y la miraba.
Hermione creyó ver cierto brillo en sus ojos, pero no tardó en desaparecer.
—Si sabes hacer huevos revueltos, yo me encargo de las tostadas. Luna nos ha mandado mermelada casera.
—¿La misma Luna que todo el mundo adora también hace mermelada?
—Y hornea. Su tarta de arándanos es para morirse. Creo que le pone canela.
—¿Cuándo os casáis?
—Luna es demasiado buena para alguien como yo. Con ella tendría la impresión de estar obligado a demostrar mi mejor comportamiento.
—¿No podrías secuestrar camionetas antiguas?
—Definitivamente no —contestó él, sonriendo.
Iban de camino a la cocina cuando Hermione sintió que le vibraba el móvil y lo miró, esperando que fuera Pansy. Sin embargo, era un anuncio que intentaba venderle un coche de segunda mano. Lo borró.
—¿Pasa algo? —le preguntó Draco.
Le contó que llevaba días sin saber de su amiga y que eso no era normal.
—¿Estás preocupada por ella? —Draco abrió el frigorífico mientras hablaba.
—No mucho, pero me gustaría que me contara lo que está haciendo. ¿Has comido?
—Sí.
Como era habitual, trabajaron juntos en perfecta sincronía, sacando la comida y colocándola allí donde era necesario. Hermione cogió una sartén y Draco le dio la mantequilla. Ya había cascado dos huevos en un cuenco azul, el mismo que Hermione recordaba de cuando era pequeña. Mientras ella metía el pan en el tostador, Draco puso la mesa.
Al cabo de unos minutos, estaban sentados y Draco comenzó a servir el café caliente.
—¿He escuchado voces esta mañana? —preguntó ella—. Aunque sea mentira, por favor, dime que sí.
—¿Qué quiere decir eso?
Si le contaba la verdad, tendría que mencionar la maqueta de la capilla y no quería hacerlo.
—Es que se ha caído otra foto de una mesa y... no te atrevas a decirme que hay muchas corrientes porque es una casa vieja.
Draco sonrió, ya que eso era justo lo que pensaba decirle.
—Siempre pasan cosas raras en las casas viejas, pero sí. Lexie ha estado aquí esta mañana.
—Por favor, dime que no me vio dormida en el sofá.
—Te vio y me hizo un interrogatorio.
—¿Qué le contaste?
—Que casi me matas obligándome a trabajar.
—¡Pero si has sido tú quien...! —dejó la frase en el aire y meneó la cabeza—. ¿Dónde está la mermelada perfecta de la perfecta Luna?
—¿Cómo he podido olvidarla? —preguntó Draco a su vez con una mirada risueña mientras caminaba hasta el frigorífico para sacar la mermelada.
El tarro tenía una etiqueta con margaritas donde podía leerse: MERMELADA DE CIRUELA PLAYERA. L.L.
—¿Qué son esas iniciales?
—Las del nombre de Luna.
—Pensaba que lo sabrías todo sobre ella.
—Los mortales no podemos aspirar a tanto.
Hermione soltó una especie de gemido que también era una carcajada.
—Tengo miedo de conocer a esa criatura. ¿No se le traban las alas en todos sitios cuando se mueve?
—Está acostumbrada, así que se las coloca bajo los brazos. ¿Preparada?
—La mermelada está buenísima. ¿Qué es la ciruela playera?
—Son ciruelas silvestres y el lugar donde crecen es un secreto que va pasando de generación en generación.
—Supongo que eso significa que tú lo sabes.
—No, pero el fantasma que ronda esta casa sí.
Hermione se echó a reír mientras llevaba el plato al fregadero para lavarlo.
—¿Dónde está la camioneta que quieres robar y por qué quieres hacerlo?
—Es para el Festival de los Narcisos, para el desfile.
—¿Para que la usen Lexie y la angelical Luna? ¿Y Wes la conducirá?
—No, yo lo haré.
—Creía que no ibas a ir.
—Lexie me ha hecho cambiar de opinión. ¿Tienes mejor calzado que ese? Se me ha ocurrido que antes de ir en busca de la camioneta puedo enseñarte un terreno de mi propiedad. Ha pasado de un Draco al siguiente durante generaciones.
—¿De quién estás hablando? —le preguntó Hermione al instante.
Él pareció quedarse perplejo un momento, pero después sonrió.
—Draco es el nombre que va entre señor y Black.
—¿Antes o después del número?
—Antes —contestó él, que aún sonreía—. De hecho, así es como me llama la mayoría de la gente. Bueno, salvo los peones que trabajan en mi estudio de arquitectura, esos que buscan aumentar su sabiduría gracias a mí.
—¡Aaaah, te refieres a ese Draco! Al sabio. Yo no juego en esa liga tan importante. Me pongo nerviosa solo de pensar en él.
—¿Y qué te parece Draco Black?
—Ese me gusta —contestó, mirándolo a los ojos.
Sus miradas se encontraron un instante. Draco fue el primero en apartar la vista mientras aferraba el pomo de la puerta.
—Ve a ponerte otros zapatos y nos vemos fuera dentro de cinco minutos. No me hagas esperar.
—Vale... Draco —añadió Hermione, que salió de la cocina y corrió escaleras arriba.
Una vez en su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella un instante.
—Bueno, capitán —dijo, mirando el retrato—, ¿qué opinas de tu nieto y de mí? No me contestes —se apresuró a añadir.
Tras quitarse las sandalias, abrió el enorme armario para sacar sus zapatillas deportivas y se las puso. Cuando se enderezó, miró el retrato y de repente comprendió algo. Si había un fantasma en la casa, habría conocido a su madre.
—Soy la hija de Victoria —dijo—. No me parezco a ella, bueno, salvo quizás en la boca y en el tono castaño rojizo del pelo. Tampoco tengo su talento, pero es mi madre. Es...
En ese momento, alguien lanzó unos guijarros contra la ventana y Hermione la abrió para mirar hacia abajo.
Descubrió a Draco, que miraba hacia arriba.
—¿Estás escribiendo un libro? ¡Vámonos ya!
—Estoy corrigiendo los errores que has cometido en los planos de la casa de tu primo. Es un proceso lento. —Cerró la ventana—. No puede decirse que sea un hombre paciente, ¿verdad? —Abrió la puerta y después se volvió para lanzarle un beso al capitán Abrax—. Hasta luego. —Bajó corriendo la escalera, cogió su bolso del secreter del vestíbulo y salió sin dejar de correr.
Una vez que se sentó en la camioneta de Draco, cerró la puerta con fuerza. Unos cuantos días antes, se habría preguntado por qué un hombre tan famoso y seguramente tan rico como lo era él no se compraba una camioneta nueva. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba en Nantucket, más parecía encajar la antigua camioneta.
Draco condujo por un sinfín de calles, algunas tan estrechas que Hermione contuvo el aliento, aunque él no pareció percatarse.
—¡Mierda! —lo escuchó mascullar.
Hermione miró para ver qué lo había alterado, pero no vio nada. Se encontraban en una calle estrecha, y un vehículo se acercaba hacia ellos en dirección contraria, algo habitual.
—¿Qué pasa?
—Forasteros —respondió en voz baja con un tono de voz que otorgó un halo despreciable y casi maligno a la palabra.
El enorme coche era como todos los demás, así que ¿por qué había llegado a la conclusión de que no era un vecino de Nantucket?
—¿Cómo lo sabes?
Su respuesta fue una mirada con la que dijo bien claro: «¿Cómo es que tú no lo sabes?» Draco colocó el brazo tras el reposacabezas del asiento del copiloto, metió marcha atrás y maniobró hasta entrar en un espacio diminuto junto a la acera.
Hermione miró con interés al otro vehículo mientras este pasaba a su lado. En su interior iba una mujer con una lustrosa melena, seis o siete pulseras en un brazo, una camisa de lino de marca y el móvil pegado a la oreja. Pasó junto a ellos sin darle siquiera las gracias a Draco por haberse apartado para que ella pudiera pasar. De hecho, ni siquiera los miró.
—¿Responde eso a tu pregunta?
Aunque llevaba pocos días en la isla, Hermione se había acostumbrado de tal manera a la educación y afabilidad que demostraban todos sus habitantes que la grosería de esa mujer le resultó desconcertante. Era como si la vieja camioneta ni siquiera existiera para ella.
—Forasteros —repitió Hermione, alucinada—. ¿Vendrán muchos?
—¡No sabes cuántos! —exclamó Draco mientras abandonaba el aparcamiento temporal—. Y ninguno sabe conducir. Creen que una señal de stop significa que los demás deben pararse para que ellos pasen.
Hermione esperaba que estuviese bromeando. El resto del trayecto lo pasaron en silencio y se entretuvo mirando por la ventana. Dudaba mucho de que alguna vez pudiera acostumbrarse a la belleza de las casas de Nantucket.
Al final, Draco abandonó la calzada asfaltada y enfiló un camino de tierra, bordeado de arbustos y pinos doblados que parecían bonsáis gigantes.
—¿Esto lo ha hecho el viento? —quiso saber.
—Sí. Estamos en North Shore, muy cerca de lugar donde se asentaron los primeros colonos ingleses.
—¿Allí vivían tus antepasados?
Draco asintió con la cabeza.
—Construyeron sus casas cerca de aquí, pero el puerto acabó destrozado después de una fuerte tormenta, así que se mudaron.
—Porque el puerto lo es todo.
—No, el mar lo es todo —la corrigió y añadió—: «Dos tercios del globo terráqueo son de los hijos de Nantucket. Porque suyo es el mar: lo poseen como los emperadores poseen sus imperios.» Eso fue lo que dijo Melville de nosotros.
—Ah, sí. Moby Dick. Cuando se enorgullecían de cazar ballenas.
—Mi familia no lo hacía —le aseguró Draco mientras apagaba el motor, tras lo cual bajaron de la camioneta.
—Cierto. El capitán Abrax se dedicaba al comercio con China. ¿Por qué no continuó? ¿O sí?
—Por las Guerras del Opio —contestó él—. Tengo que preguntarte una cosa. ¿Cuánto...? —Dejó la pregunta en el aire porque lo llamaron al móvil. Tras sacárselo del bolsillo para mirar quién era, dijo—: Lo siento, necesito atender esta llamada. El mar está por ahí.
—Vale —replicó Hermione.
Frente a ella había un sendero. Las plantas que vio mientras caminaba le parecieron ásperas y resistentes. Como los habitantes de Nantucket, pensó. Intentó imaginarse qué habían visto los primeros colonos. Necesitaba leer sobre la historia de Nantucket.
Al final del camino, descubrió una de las preciosas playas que rodeaban la isla y de las que había visto muchas fotos. Aunque no era de las personas que adoraban tumbarse en la arena bajo un sol achicharrante, en esa playa en concreto se podía... bueno, pensar.
—¿Te gusta?
Alzó la vista y se encontró a Draco a su lado, contemplando el océano.
—Pues sí. ¿Aquí había una casa?
—Vamos —le dijo él—. Te lo enseñaré.
Hermione lo siguió por otro sendero abierto entre los pequeños y resistentes matorrales, y se percató de que el suelo era de arena. Supuso que si se excavaba en cualquier lugar de la isla, se encontraría arena.
Draco se detuvo en un lugar despejado donde solo había una pequeña hondonada que señalaba el sitio que antes había ocupado un edificio.
—¿Movieron la casa?
—Se quemó —contestó Draco.
—¿Hace poco?
—En 1800 y algo.
Mientras Hermione lo miraba, él caminó hasta un pino muy alto y se sentó sobre las mullidas agujas que cubrían el suelo.
Hermione se sentó a su lado, pero no demasiado cerca. Draco le parecía muy serio.
—¿Querías preguntarme algo?
—Sí —contestó él—. Pero antes... la llamada que acabo de recibir. Era mi asistente, desde Nueva York.
—Tienes que volver —aventuró ella sin poder contenerse.
—No. —Draco le sonrió. Hermione lo había dicho como si no quisiera que se marchara.
—¿Qué te ha dicho tu empleada? —le preguntó ella, avergonzada por el comentario anterior.
—Empleado. Es un hombre llamado Stanley. Lleva pajarita y parece un robot por su eficiencia. Le pedí que investigara sobre tu amiga Pansy.
—¿Ah, sí? —preguntó ella, sorprendida.
—Sí. Pansy está en las islas Vírgenes.
—Estás de broma.
—Stanley jamás bromea. Y nunca se equivoca. Llamó a la madre de Pansy y ella le dijo que la madre de Gary...
—La madre de Harry.
—Que la madre de Harry la estaba desquiciando tanto que él se la llevó para que descansara unos días.
—Ella no es la única culpable. Tampoco es precisamente fácil vivir con la madre de Pansy.
—Eso me ha dicho Stanley. Parece que después de que Harry les comunicara a sus padres y a los de Pansy que no asistirían a la boda si no dejaban tranquila a Pansy, ambas parejas decidieron pagarles el viaje. Sin embargo, el móvil de Pansy no funciona en la isla y llamar a través del hotel es muy caro.
—Harry e Pansy no son ricos, ni por asomo. Tampoco querrá dejar en el hotel una cuenta muy grande que sus padres tengan que pagar.
—Lo supuse, así que Stanley va a hacer que alguien lleve al hotel de tu amiga un teléfono móvil con tarifa internacional y tarjeta prepago. No creo que tarde mucho en llamarte.
Hermione lo miró en silencio. Draco estaba de perfil.
—Otro gesto amable de tu parte —comentó en voz baja—. Te pagaré el teléfono.
—Será mi regalo de bodas y, además, así le he dado a Stanley algo con lo que entretenerse.
—Gracias —le dijo—. Muchísimas gracias. —Se inclinó hacia delante como si fuera a darle un beso en la mejilla, pero él volvió la cabeza y Hermione se lo pensó mejor. «Vale», pensó. Amistad. Necesitaba recordar que eso era lo que él quería—. No paras de hacer cosas por mí. Primero flores y ahora el teléfono. No sé cómo voy a pagártelo.
Draco fue incapaz de hablar por un instante.
—¿Leíste el testamento de mi tía?
—No. Mi madre me llamó para darme el número de teléfono de un abogado. Me dijo que tenía unas noticias fabulosas que darme que me volverían loca de alegría.
Draco sonrió y la miró de nuevo.
—Típico de Victoria.
Lo dijo con tal cariño que Hermione sintió que la abrumaban los celos. Intentó reprimirlos, pero de repente se le ocurrió que tal vez su madre fuera el motivo por el que Draco Black la rechazaba. Recordó lo que dijo Pansy cuando vio el dormitorio de Victoria. Sin embargo, logró desterrar ese pensamiento de su mente.
—Supongo que el abogado no te habló de Valentina —dijo Draco.
—La has mencionado antes, pero no sé nada de ella.
—Mi abuelo... —Draco se contuvo a tiempo—. ¿El retrato que hay en el dormitorio de mi tía? Bueno, en tu dormitorio.
—¿Te refieres al del capitán Abrax? Supongo que podría decirse que es tu abuelo... lejano.
—Nos separan unas cuantas generaciones —puntualizó Draco—. ¿Quieres oír su historia?
—Por supuesto.
El lugar donde se encontraban sentados debajo del pino inclinado era muy tranquilo. El sol se reflejaba allí donde antes se levantaba una casa.
—Valentina Malfoy era una forastera —comenzó Draco—. Llegó a principios del siglo XIX para visitar a una tía ya mayor que se había casado con un capitán de la marina mercante de Nantucket. En aquel entonces la tía estaba ya viuda e inválida, y Valentina se hizo cargo de ella.
Draco siguió con la historia. El joven y guapo capitán Abrax Black estaba de viaje cuando Valentina llegó a la isla. Se encontraba realizando uno de sus famosos cuatro viajes a China que le reportaron una enorme fama, ya que regresó con una mercancía muy valiosa que vendió por una fortuna a lo largo de toda la costa este.
—Era un hombre de gusto exquisito —señaló Draco—. Por eso destacaba y por eso hizo fortuna.
Continuó explicando que los otros capitanes que hicieron negocios en China volvieron con las mercancías más baratas que encontraron pensando que así obtendrían un mayor beneficio. Sin embargo, Abrax fue en busca de objetos preciosos y, de resultas, a los treinta y tres años era un hombre rico. El soltero de oro en una isla plagada de viudas.
—Valentina y él se enamoraron y decidieron casarse —siguió Draco—. Pero Abrax quería hacer un último viaje a China.
—¿No duraban años esos viajes? —preguntó Hermione.
—De tres a siete años, sí.
—¿Y decidieron esperar a su regreso para casarse?
—Sí. —Draco sonrió—. Pero no esperaron para lo demás. Cuando Abrax se marchó, no sabía que Valentina estaba embarazada.
—¡Madre mía! —exclamó Hermione—. ¿Y qué hizo ella?
Draco no podía decirle que llevaba toda la vida escuchando la misma historia y que su abuelo siempre se la contaba con gran pasión... y furia.
—Valentina se casó con Obed Black, el primo de Abrax. Nadie sabe exactamente por qué, pero se supone que lo hizo para que su hijo llevara el apellido Black. O tal vez fuera para poder quedarse en la isla y criar aquí a su hijo. O...
—¿O qué?
—O tal vez la chantajearon o la amenazaron de alguna manera. Verás, Valentina había inventado la receta para el jabón Black. Había descubierto la forma de usar glicerina para conseguir un jabón suave y transparente. En aquel entonces, la base del jabón era la lejía.
—Me escuece todo solo de pensarlo —comentó Hermione.
—Valentina llevaba fabricando el jabón unos cuantos años y lo vendía en la tienda de Obed. Después de casarse con él, Obed empezó a fabricar jabón a gran escala y a venderlo fuera de la isla. Pese a todo lo demás, era un gran comerciante.
Hermione se percató del desdén de su voz. Era como si estuviera hablando de algo reciente.
—Necesitaba un producto que vender —replicó Hermione para animarlo a continuar. A juzgar por el cariz que estaba tomando la historia, supo que el desenlace iba a ser trágico. Aunque claro, el hecho de que Valentina se casara con un hombre al que no amaba con tal de que su hijo tuviera un apellido ya era trágico de por sí—. ¿Y el jabón...? —Dejó la pregunta en el aire. Recordó de nuevo la novela de su madre cuyo argumento era la historia de una familia que se había enriquecido vendiendo jabón. Aunque dicha novela estaba narrada desde el punto de vista de una segunda esposa—. ¿Qué le pasó a Valentina?
—No lo sabemos —contestó Draco—. Dio a luz a un hijo varón al que llamó Draco Malfoy Black y...
—¿Él fue el primero?
—Sí —confirmó Draco.
—¿Qué pasó cuando el capitán Abrax volvió y descubrió que su chica se había casado con su primo?
—Abrax no regresó. Estaba varado en un puerto de Sudamérica mientras reparaban su barco, que necesitaría varios meses para estar listo, cuando llegó su hermano capitaneando otro barco.
—Los hijos de Nantucket eran los dueños de los océanos.
—Pues sí. —Draco estaba muy serio—. El hermano de Abrax, Thomas, iba de camino a casa y atracó en ese puerto para ver a su hermano. Intercambiaron noticias y Abrax se enteró de que Valentina había dado a luz a un niño seis meses después de que se casara. Abrax sabía que el niño era suyo y supuso cuáles fueron los motivos de Valentina para casarse con Obed. Quiso partir de inmediato para casa, de modo que convenció a su hermano menor de que intercambiaran sus barcos. La nave de Thomas era mucho más rápida que la suya y estaba lista para partir. Abrax redactó un testamento en el cual les dejaba toda su fortuna a Valentina y a su hijo, y después zarpó rumbo a casa en el barco de su hermano. Sin embargo, se encontró con una tormenta y el barco naufragó con toda la tripulación. Casi un año después, Thomas regresó a casa capitaneando el barco de Abrax, que estaba cargado de valiosas mercancías procedentes de China, todas ellas pertenecientes a Valentina y a su hijo. Se mudaron de esta casa a la actual Black House, y un año después Valentina desapareció. Obed aseguraba que se había escapado, abandonándolos a su hijo y a él. Pero nadie vio a Valentina abandonar la isla. Muchos dudaron de la historia, pero nadie tenía motivos para desconfiar de Obed. Todos se compadecieron de él y unos años más tarde, se casó de nuevo.
—Y el niño lo heredó todo.
—Todo. Obed y su segunda esposa no tuvieron hijos, de modo que Jabones Black pasó a manos del niño también. Se convirtió en un joven muy rico.
—Pero huérfano —señaló Hermione—. No era tan rico después de todo.
Draco se volvió para mirarla con una sonrisa tierna.
—Tienes razón —dijo—. No hay nada en el mundo que compense esa pérdida.
Por un instante, se miraron a los ojos, rodeados por la suave brisa de Nantucket, pero Draco se levantó, poniendo fin al momento.
—Se supone que debes descubrir qué le pasó a Valentina —le dijo Draco.
—¿Cómo dices? —le preguntó Hermione mientras se levantaba.
—Tienes que descubrir qué le pasó a Valentina. Es el Gran Misterio Black.
—Esta mujer desapareció hace más de doscientos años. ¿Cómo voy a descubrir qué le pasó?
Draco enfiló el sendero que los llevaría de vuelta a la camioneta, seguido de cerca por Hermione.
—Ni idea —respondió él—. La tía Andy ha dejado cajas y cajas repletas de papeles reunidos por distintos parientes, pero nadie ha logrado descubrirlo. Siempre dijo que Obed se llevó el secreto a la tumba.
En ese momento, llegaron a la camioneta.
—A ver si lo he comprendido todo —dijo Hermione—. Tus antepasados se han pasado años intentando desentrañar el misterio, pero nadie lo ha conseguido y ¿ahora quieren que yo, una forastera, trate de descubrir qué le sucedió a Valentina? ¿Lo he entendido bien?
—Perfectamente. Lo has pillado a la primera. Claro que ya sé que eres una chica lista, aunque impaciente en ocasiones, lo que te lleva a cometer errores. Eres inteligente.
—¿Que yo soy impaciente? Tú has sido el que me ha tirado guijarros a la ventana esta mañana y me ha metido prisa para que me cambiara de zapatos.
—Temía que estuvieras manteniendo una larga conversación con el capitán por el que estás coladita.
—Le dije que guardara silencio.
Draco abrió los ojos como platos.
—¿Estabas hablando con él?
—Tirándole besos. Nuestra relación es puramente física.
—A él le gusta —murmuró Draco mientras se sentaba en la camioneta.
Hermione guardó silencio mientras pensaba en lo que él había dicho. Draco se dio media vuelta y condujo de vuelta hasta llegar a la carretera adoquinada. Puesto que estaba reflexionando sobre todo lo que Draco le había contado, apenas le prestó atención a la dirección que habían tomado.
No podía dejar de pensar en la historia que acababa de escuchar. Dos personas locamente enamoradas que accedieron a estar años separados. No se imaginaba que eso pudiera suceder en la actualidad. Al menos, Abrax y Valentina disfrutaron de un tiempo a solas. ¿Sería la noche anterior a la partida de Abrax? ¿Disfrutarían de una noche de amor y pasión? A lo mejor habían decidido esperar al regreso de Abrax, pero aquella última noche Valentina se coló en el dormitorio de Abrax, se desató las cintas del corsé y...
—Ya hemos llegado —dijo Draco—. Pareces distraída.
Hermione salió del trance y descubrió una casa de nueva construcción que no había sido diseñada por Malfoy. Tras ella se extendía el mar.
—Estaba pensando en la historia que me has contado. Mi madre escribió sobre un hombre que amasó una enorme fortuna vendiendo jabón.
—¿Ah, sí? —replicó Draco—. ¿Dijo algo sobre dónde consiguió ese hombre la receta?
—No lo recuerdo. Hace mucho que lo leí, pero creo recordar que había una segunda mujer. ¿Sally?
—Susan —la corrigió Draco, que después la miró de forma penetrante—. Aunque no estoy admitiendo que tu madre escribiera sobre mi familia.
Hermione estaba a punto de hacer un comentario sarcástico sobre el tiempo que su madre pasaba en Nantucket y el hecho de que él se negara a creer que hubiera escrito sobre la isla. Sin embargo, se contuvo al pensar que tal vez a Draco no le gustara la idea de que el pasado de su familia, sus pasiones e indiscreciones, fueran publicadas para que todo el mundo las conociera.
—¿Cómo se titula el libro sobre el jabón? —quiso saber Draco.
—Siempre a... —Guardó silencio y lo miró.
—¿Siempre qué? ¿Siempre haciendo burbujas de jabón? —preguntó Draco, que no parecía muy contento. Más bien parecía contrariado.
—Al mar —añadió ella en voz baja—. Siempre al mar.
—Genial —murmuró Draco—. Y mi clisé dice...
—Por siempre al mar. —Mientras lo decía, compadeciéndose de él, pensó: «¡Ay, mamá! ¿Qué has hecho?»—. Podría ser una coincidencia. Jabón Black era una marca conocidísima, así que a lo mejor mi madre...
Draco la miró con los ojos entrecerrados.
—¿De verdad crees que es una coincidencia?
Hermione estaba a punto de decir que tal vez lo fuera, pero cambió de opinión.
—Creo que mi madre pasaba un mes al año aquí con la tía Andy sonsacándole anécdotas sobre la familia Black. Y que después se pasaba los once meses restantes convirtiendo dichas anécdotas en superventas. Eso es lo que creo.
Aunque suponía que Draco estaba a punto de decirle algo, al final este abrió la puerta y se bajó de la camioneta.
Hermione pensó: «Sabe mucho más de lo que admite.»
—Vamos —le dijo Draco—. Tenemos que conseguir la camioneta vieja.
Hermione tenía cientos de preguntas que hacerle, pero sospechaba que no obtendría respuesta alguna en ese momento.
—Es imposible que sea más vieja que la tuya.
Él esbozó una sonrisilla.
—Es incluso más vieja que nosotros.
—Una verdadera reliquia —comentó Hermione mientras se apresuraba para alcanzarlo.
Aunque pensaba que Draco iba a reírse con su broma, la miró con cara de estar deseando enseñarle lo viejo que era. Sinceramente, dicha expresión le resultó un poco intimidatoria, pero recordó lo que había dicho la chica de la licorería, que no permitiera que Draco la apabullara. Hermione se enderezó y enfrentó su mirada con una expresión que decía: «Vamos, podré soportarlo.»
Tuvo la gran satisfacción de verlo sonreír antes de que volviera la cabeza. Siguió sus largas zancadas por el camino de grava que llevaba hasta un garaje.
Cuando llegaron, Draco levantó la tapa de un panel de seguridad y tecleó la contraseña. La puerta empezó a subir.
Hermione no estaba mirando la casa.
—Aunque sea tu amigo, no le has diseñado la casa.
—Le diseñé una en Arizona.
—¿La casa Harwood? —Hermione se quedó sin aliento.
—Exacto.
—¡Ah! —exclamó ella—. Es una de mis preferidas. Esa casa parece surgir de la misma arena del desierto, como si formara parte de él.
—Debería. Todavía tengo cicatrices en la espalda por haberme chocado contra un cactus. ¡Dichosas plantas! Son peores que un anzuelo para atunes.
Hermione lo siguió al interior del garaje.
—¿Pasaste una temporada allí estudiando el terreno? ¿Cuánto tiempo te quedaste? ¿Tuviste problemas para convencer al dueño de que el tejado debía tener esa inclinación? Normalmente los tejados en esa zona son rectos, pero el tuyo... —Dejó de hablar al ver que Draco la miraba echando chispas por los ojos.
—Estamos en la isla —le recordó.
—Pero hemos pasado días diseñando casas juntos y... —Al ver que seguía mirándola de la misma forma, soltó una carcajada—. Vale, tú ganas. Nada de trabajo. Debo pensar en Valentina y en el fantasma que insiste en tirar las cosas al suelo en mi dormitorio, cuando no me está besando, claro. Y después está la boda de Pansy que tengo que organizar. Por si eso no bastara, el hecho de no ser una investigadora profesional ni una organizadora de bodas parece no importarle a nadie.
—Todo el mundo confía en ti. ¿Qué te parece la camioneta? Si dejas de quejarte un poco y la miras, claro.
Tenía razón. Ni siquiera la había mirado. Era un vehículo antiguo, con un guardabarros grande y curvado, neumáticos blancos y una enorme rejilla delantera. Posiblemente fuera de la década de los cincuenta, aunque estaba flamante. La pintura azul relucía tanto que parecía estar mojada.
—Es bonita. —Pasó la mano por un guardabarros—. ¿Vas a conducirla durante el desfile? —Le habría gustado preguntarle que quién iba a acompañarlo.
—Sí, voy a conducir —contestó mientras la miraba a través de la ventana de la camioneta—. Luna y Lexie te ayudarán a organizar la boda. Y yo puedo ayudarte con los papeles de mi abuelo. Si quieres ponerte a ello, claro. El testamento de la tía Andy dice que no estás obligada a hacerlo.
Hermione no pudo evitar la emoción que la embargó al pensar que seguirían trabajando juntos. De repente, tuvo una idea.
—Sé que lo que les sucedió al capitán Abrax y a Valentina fue una enorme tragedia, pero hace mucho que ocurrió. ¿Qué importa a estas alturas?
Draco la miró y pareció tener problemas para encontrar una respuesta.
—¿Se trata del jabón? —insistió Hermione.
—¿El jabón?
—Si podéis demostrar que la receta es vuestra, ¿significa que la empresa vuelve a vuestras manos? —Abrió los ojos de par en par—. ¿O todavía poseéis Jabón Black?
Draco sonrió.
—El hermano de la tía Andy, Draco Quinto, la vendió con la receta y todo, y después se gastó hasta el último centavo. —Levantó el capó de la camioneta y le echó un vistazo al motor.
Hermione se colocó a su lado. El motor estaba tan limpio como el exterior, pero ella no le prestó atención. ¿Una de las novelas de su madre no se basaba en un granuja que dilapidó la fortuna familiar? Regresó al presente.
—Dime, ¿por qué todos queréis saber qué le pasó a Valentina?
—A lo mejor la tía Andy se lo prometió a Abrax. ¿Quién sabe?
—No era tan rara. —Hermione lo siguió hasta la parte posterior de la camioneta—. Espera un momento. No creerás lo que Dilys dijo sobre que la tía Andy hablaba con un fantasma, ¿verdad?
Draco apartó la mirada de la camioneta.
—¿Te gustaría ver el interior de la casa?
—¿Estás intentando que deje de hacer preguntas sobre tu familia? ¿Guardáis muchos secretos?
—Walt Harwood me convenció de que diseñara el dormitorio de su nieto en esta casa. Es como el interior de un antiguo ballenero. O más bien de la versión que Hollywood ofrece de un ballenero. Y nunca se han publicado fotos de este dormitorio.
Hermione ansiaba saber más sobre Valentina, Abrax y Obed. Y quería descubrir de qué manera había logrado su madre desentrañar tantas cosas sobre los Black. ¿La tía Andy sabía tantas cosas sobre la familia? ¿Incluyendo acontecimientos que sucedieron en el siglo XVIII? No lo creía posible. ¿Por qué le habían pedido a ella que investigara? ¿Por qué no a su madre? Aunque claro, Victoria podría haber contratado a algún historiador.
Sin embargo, por más que deseara encontrar la respuesta a esas preguntas, sabía que esa podía ser su única oportunidad de ver un dormitorio, ¡un diseño interior!, creado por Draco Malfoy. Sabía que estaba tratando de distraerla, pero aun así...
—Tengo una Nikon de dieciséis megapíxeles en la guantera de la camioneta —dijo Draco—. Puedes hacer todas las fotos que quieras.
Hermione lo miró en silencio.
—¿Crees que tu amiga Pansy querrá verlas? —le preguntó él.
—Vale, tú ganas. Enséñame el dormitorio. ¿Has hecho muchos interiores?
—En la isla —respondió—. Nada de preguntas.
—Eres un demonio, ¿verdad?
—Sí, con el rabo muy largo y fuerte —contestó mientras se alejaba.
Hermione clavó la mirada en su espalda y pensó que no podía estar más de acuerdo con él. Parecía fortísimo.
En opinión de Hermione el interior de la casa era bastante corriente. Grandes ventanales orientados al mar, una característica bonita, pero la casa carecía de elementos únicos o interesantes. Las molduras del techo eran insípidas, y los suelos de madera habían sido elegidos de un catálogo.
Sin embargo, se percató de que los muebles de la cocina eran de una carísima marca alemana, de que la encimera de granito tenía fósiles y de que las baldosas eran fabricadas a mano. Le parecía muy raro que los tabiques fueran de yeso laminado, pero que hubieran usado mármol de Carrara.
Volvió la cabeza para mirar a Draco.
—¿Te importa si te pregunto cuánto pagó tu amigo por esta casa?
—Veinte kilos.
Hermione se quedó boquiabierta durante un buen rato.
—¿Veinte millones de dólares? ¿De dólares americanos? ¿Veinte?
—Exacto.
—¿Por qué narices le costó tanto?
—Porque está en Nantucket.
—Ya lo sé. Pero si estuviera en Indiana...
—Si estuviera en Indiana ni siquiera costaría un millón —terminó él—. Pero está en Nantucket.
—Sí, y en primera línea, pero ¿no es un poco exagerado pagar veinte millones?
—No si la casa está en Nantucket —respondió Draco con firmeza.
—Vale —replicó Hermione—. ¿Cuánto costaría si estuviera en Martha's Vineyard?
—¿Quién es Martha?
—No sé quién fue Martha. Me refiero a la isla que está a unas treinta millas al oeste.
—En la vida he oído hablar de ese sitio. —Draco se volvió y enfiló el pasillo.
Hermione se quedó donde estaba un instante, meneando la cabeza, y después lo siguió hasta la segunda planta para ver el dormitorio que había diseñado como si fuera el camarote del capitán de un ballenero.
11
Cuando salía de la casa, Hermione tropezó en el porche y cayó en brazos de Draco. Había hecho unas cincuenta fotos de la habitación que él había diseñado, una estancia preciosa, y las estaba viendo en la pantalla de la cámara. Estaba tan concentrada en las fotos que no miraba por dónde iba y no se dio cuenta de que había llegado al borde del porche.
Draco debió de percatarse de lo que estaba a punto de pasar, o tenía más reflejos que una cobra. La rodeó con los brazos antes de que acabara de bruces en el suelo.
Se quedaron inmóviles un instante, mientras Draco la abrazaba suspendida en el aire, rodeándola con los brazos. Hermione sujetaba la cámara con una mano y se aferraba a su espalda con la otra.
La única certeza de su vida era que quería que Draco la besara. Bajó la vista a ese labio inferior y por su mente pasaron varias palabras del poema que había escrito, palabras como «suculento», «lamerlo» y «chuparlo». Dichas palabras flotaron en su cabeza, junto con la emoción, y la recorrieron por entero.
Sintió su aliento en los labios. «Con mezclar nuestros alientos», pensó. Le resultó imposible contenerse, de modo que acercó la cara a la suya, hasta que sus labios quedaron a un escaso centímetro de distancia. Cuando lo miró a los ojos, vio que estos relucían como un fuego azul, como una explosión inminente.
De haber sido otro hombre, habría acortado la minúscula distancia que separaba sus labios, pero con ese en concreto tenía dudas.
Una gaviota graznó cerca, rompiendo el hechizo.
Draco la dejó en el suelo con tanta brusquedad que le castañetearon los dientes. En cuanto sus cuerpos quedaron separados, Draco se dio la vuelta y echó a andar a toda prisa hacia el mar.
Hermione retrocedió un paso y se sentó en el borde del porche. No le habría hecho más daño de haberla abofeteado. Enterró la cara en las manos e intentó calmar los desenfrenados latidos de su corazón.
Rememoró una conversación que mantuvo su padre con un amigo hacía varios años.
—La verdadera alegría de la juventud es que eres deseable para todas las mujeres —dijo el amigo de su padre—. Cuando llegas a nuestra edad, cada año que pasa va reduciendo esa cantidad a la mitad.
—¿Y dónde estamos ahora? ¿En el cincuenta por ciento de la población?
—Siempre has sido optimista.
Los dos se echaron a reír.
Cuando escuchó la conversación, Hermione tendría unos veinte años y su padre, unos cincuenta. No creía que en ese momento, con veintiséis, fuera una vieja, pero comenzaba a darse cuenta de que no todos los hombres la deseaban. Draco Malfoy Black Séptimo en concreto no lo hacía.
Inspiró hondo varias veces tras ponerse en pie. No podía seguir persiguiendo a alguien que no la deseaba. Cuanto antes acabara con la locura de que iba a pasar algo entre ese famoso y ella, mejor.
Miró hacia el mar y lo vio de pie con los hombros erguidos, como si estuviera dispuesto a repeler una agresión. Esa postura defensiva hizo que se sintiera mal. Se recordó que en la isla él estaba en casa, un lugar en el que podía huir de los ansiosos estudiantes que lo acosaban.
Aunque tuvo que recurrir a todo su valor, anduvo unos cuantos pasos y se detuvo tras él, que no se volvió.
—Lo siento —dijo en voz baja—. No volverá a pasar.
Él siguió con la vista al frente, pero soltó un suspiro, como si estuviera aliviado.
Se compadeció de él sin poder evitarlo. Debía de ser espantoso estar en un auditorio lleno de estudiantes que querían algo de él.
—¿Amigos?
Cuando él se volvió para mirarla, Hermione contuvo el aliento. Había esperado ver una expresión triste en sus ojos, pero en su lugar volvió a ver ese fuego gris. Candente. Tan ardiente que le costó la misma vida no retroceder un paso.
Desapareció tan rápido como había aparecido. En un abrir y cerrar de ojos, lo vio sonreír como si nada hubiera sucedido.
—No sé tú —dijo él—, pero yo me muero de hambre. ¿Quieres ir a almorzar a casa de Lexie? —Echó a andar hacia la camioneta antigua.
—¿Eso quiere decir que por fin voy a conocer a la angelical Luna? —preguntó Hermione mientras corría tras él. Ojalá pudieran volver a la cómoda camaradería que había disfrutado durante los últimos días.
Él se detuvo con una mano en el tirador de la antigua camioneta.
—Con una condición.
Hermione se quedó sin aliento. ¿Iba a pedirle que no volviera a ponerle las manos encima?
—Dispara.
—Que me ayudes con el proyecto de Los Ángeles que llevo con retraso. Tim me ha mandado otro mensaje de correo electrónico. Querían los planos para ayer.
—Ah —dijo Hermione al tiempo que entraba en la camioneta—. Ah.
—¿Es un «ah» bueno o uno malo? —quiso saber él, tras sentarse al volante.
—Soy una estudiante y tú eres... él. ¿Qué crees que significa?
—¿Que debería hacer mi trabajo yo solito?
Se alegraba de que volviera a bromear con ella y de que la tensión hubiera desaparecido.
—¿Tienes fotos del terreno?
—Tengo un modelo en 3-D de la parcela de cuatrocientas ochenta hectáreas, en el que se incluye los árboles existentes y una enorme formación rocosa. Estaba pensando en...
—¿En usar esa formación como una de las paredes? —preguntó ella.
Él apoyó el brazo sobre el respaldo del asiento mientras daba marcha atrás, pero paró el coche para mirarla... y la mirada que le lanzó era la misma que le lanzaba su padre cada vez que hacía algo que lo complacía.
—¿Se te había ocurrido lo mismo? —quiso saber ella.
—Pues sí. Pero no termino de decidirme por la entrada. ¿Qué hago para que encaje con la pared de piedra? A lo mejor... —Se interrumpió cuando escuchó que sonaba el móvil de Hermione.
Lo sacó del bolso y miró la pantalla.
—Me sale «Número desconocido» —dijo ella. Siempre tenía mucho cuidado con ese tipo de llamadas.
—A lo mejor es tu amiga.
Hermione descolgó.
—¿Diga?
—¡Lo siento muchísimo! —exclamó Pansy—. Siento muchísimo haber desaparecido sin más, pero Harry se despachó a gusto. ¡Fue maravilloso! Jamás lo he querido tanto como en ese momento. Creía que su padre y él iban a liarse a puñetazos, pero Harry se mantuvo en sus trece y su madre dejó de darme la vara sobre quién tenía que participar en mi boda.
Hermione miró a Draco y asintió con la cabeza para hacerle saber que se trataba de Pansy. Al ver la expresión contenta de su cara, Draco sonrió.
—¿Y qué me dices de tu madre?
—Mi padre se ha encargado de ella —contestó Pansy—. Fue graciosísimo. Le dijo que mi joven caballero de brillante armadura lo tenía acojonado y que aunque mi madre también lo asustaba, Harry era más grande.
—Típico de tu padre.
—Y del tuyo. ¿Sabías que llamó a mi padre y le dijo...? En fin, no sé qué le dijo, pero puso en marcha la pelota y... Ay, Hermione, no he dejado de hablar de mí. ¿Cómo te va a ti?
—Me va genial —le aseguró—, pero me temo que no he avanzado mucho con lo de tu boda.
—No te preocupes. Yo sí he avanzado y ya te lo mandaré todo por correo electrónico. ¿Sabías que Harry y yo estamos ahora mismo en las islas Vírgenes?
—Pues sí.
—Fue idea de tu padre, y nuestros padres lo han pagado todo.
—¿Mi padre ha ayudado? —Hermione miró a Draco, que enarcó las cejas.
—Sí, ha ayudado. Y cuando mi móvil dejó de funcionar aquí, me mandaron uno al hotel.
—Bueno, eso fue cosa de...
—Estoy embarazada.
—¿Cómo? —preguntó Hermione.
—Por eso lloraba tanto en Nantucket. Supongo que por las hormonas. Y ahora no paro de vomitar y... —Se interrumpió al escuchar el chillido alegre de Hermione.
—¿Estás segura?
Draco miró a Hermione con gesto interrogante, a lo que ella respondió trazando una generosa curva sobre su vientre.
—Sí, sí —contestó Pansy—. Pero solo lo sabéis Harry y tú.
—¿¡Y se lo has dicho a él antes que a mí!? —gritó Hermione—. ¿Qué clase de mejor amiga eres?
Pansy se echó a reír.
—Ya te echo de menos. ¿Lo has conocido ya?
—Tengo a Draco aquí al lado. ¿Quieres hablar con él? —Hermione sostuvo el móvil contra la oreja de Draco.
—Felicidades, Pansy —dijo él—. Siento mucho haber escuchado la conversación, pero vamos en una camioneta y no he podido evitarlo. —Esperó en silencio, pero no obtuvo respuesta. Miró a Hermione y se encogió de hombros.
Hermione volvió a pegarse el móvil a la oreja.
—¿Pansy?
Nada.
—¿Pansy? ¿Sigues ahí?
Silencio.
Hermione miró la pantalla.
—Creo que se ha cortado.
—Sigo aquí.
Hermione se llevó de nuevo el teléfono a la oreja.
—¿Estás? ¿Has oído lo que ha dicho Draco?
—J... —Pansy solo consiguió susurrar la primera letra, nada más.
—Draco —confirmó Hermione—. Draco Black en casa. Draco Malfoy para los forasteros, pero esos no importan.
Él la miró con una sonrisa en señal de aprobación.
—¿Estás en una camioneta con él ahora mismo? Pero ahora de ahora... —Pansy hablaba en voz tan baja que apenas podía escucharla.
—Sí. Es una antigüedad. ¿De los años treinta? —Miró a Draco con expresión interrogante.
—Una camioneta Ford de 1936 —contestó él.
—¿El que acaba de hablar es él? —susurró Pansy.
—No te oigo.
—¿Sois pareja? —preguntó Pansy.
—Amigos —contestó ella—. Colegas. Hace unos minutos, Draco me ha pedido que lo ayude a diseñar una casa para la que lo contrataron. Vamos a intentar usar una formación rocosa del terreno como parte de la construcción.
—¿Tú y... y...?
—Draco —suplió Hermione—. O Black a secas. Pero creo que a veces lo llaman Séptimo. —Lo miró de nuevo con expresión interrogante y él asintió con la cabeza.
—Creo que tengo que echarme un rato —dijo Pansy—. Es demasiado para mí. ¿Hermione?
—¿Sí?
—¿Cómo van las cañerías de esa vieja casa?
Recordó la fantasía de Pansy según la cual reventaban las cañerías y Hermione y Draco acababan empapados.
—Las cañerías están bien, y no hay peligro alguno de que revienten. —Mientras lo decía, no pudo evitar mirar el cuerpo de Draco, que estaba dando una curva y tenía la cara vuelta. ¡Se mantenía muy en forma! Un vientre plano y unos muslos duros. Cuando Draco enderezó el volante, Hermione apartó la mirada.
—Hermione —dijo Pansy—, a veces las viejas cañerías pueden reventar si se ejerce la presión necesaria.
—Sí, pero la presión también puede hacer que la casa salte por los aires. ¿Pansy?
—Dime.
—Le dije a Draco que estaba preocupada por ti, de modo que hizo que su ayudante llamara a tu madre para saber de ti. Y fue Draco quien mandó el móvil a tu hotel, y también pagó por él.
Pansy se quedó en silencio un rato. Cuando habló, lo hizo con el deje de un general.
—¡Hermione! —le dijo con seriedad—. Ese hombre es una joya. Aunque tengas que usar un martillo para romper las cañerías, ¡hazlo! Tengo que dejarte. Voy a vomitar.
Hermione cortó la llamada y observó en silencio el paisaje a través de la luna delantera mientras pensaba en lo que Pansy le había dicho.
—¿Te alegras por tu amiga? —preguntó Draco.
—Mucho. Pansy ha nacido para ser madre. Cuando estoy de bajón, ella siempre está ahí con chocolate para ser mi paño de lágrimas. No podría tener una amiga mejor.
—¿Sigue planeando celebrar la boda aquí?
—Eso creo, pero será muy pronto... si quiere entrar en el vestido que le compramos, claro.
—Puedes pasar la tarde hablando con Luna de lo que necesitas. —La miró—. ¿Estás bien?
—Sí, sí, claro. —Sabía que tenía que asimilar las nuevas circunstancias. Su amiga no solo se iba a casar, sino que iba a tener un bebé, mientras que ella...—. Es que sigo recuperándome de la ruptura. ¿Has pasado alguna vez por eso? —Esperó su respuesta conteniendo el aliento. Era la primera pregunta personal que le hacía.
—Ya lo creo —contestó él—. Todas y cada una de ellas acababan diciendo: «Quieres a tu trabajo más de lo que me querrás a mí.» Después de ese comentario, siempre sabía que el final se acercaba.
—Eso es más o menos lo que me dijo Eric —repuso Hermione—. No sobre el amor, pero sí que le prestaba más atención al trabajo que a él. No pude hacerle entender que construir cosas siempre ha sido una parte fundamental de mi vida.
—Doy fe de ello —comentó Draco—. Construías torres de más de medio metro de altura cuando eras una niña. Mi abuelo y tú... —Se interrumpió.
Su abuelo vigilaba dónde colocaba Hermione las cosas. Y le decía dónde encontrarlo todo en la casa. Con la guía de Abrax, Hermione sacaba piezas de marfil y cajitas lacadas, incluso monedas que llevaban más de un siglo escondidas.
—¿Tu abuelo y yo qué? —preguntó Hermione.
Draco sabía que se refería a su abuelo inmediato, pero el hombre había muerto poco después de que él naciera. Su abuela paterna había muerto antes de eso. Draco era todavía pequeño cuando hizo reír a su padre al decirle que tenía un amigo a cuyo abuelo lo veían todos.
—Lo siento, no quería decir eso. La tía Andy y tú solíais pasar muchas horas construyendo cosas.
Hermione apartó la mirada un instante, con la sensación de que no le estaba diciendo la verdad. No recordaba a la tía Andy sentada en el suelo mientras apilaba cosas. Sin embargo, no pensaba insistir. Empezaba a comprender que si iba con tiento, podía sonsacarle todo lo que quisiera, pero que si se lo preguntaba sin rodeos, Draco cambiaba de tema.
—Bueno, ¿cómo es la casa de Lexie?
Draco relajó los hombros, que había contraído de forma inconsciente a fin de prepararse para la tanda de preguntas. La miró con una sonrisa deslumbrante.
—Es una vivienda nueva, solo lleva en la familia setenta y cinco años.
—Toda una modernidad —replicó ella, y después los dos sonrieron.
Draco le habló de la historia de la casa hasta que regresaron a Black House, donde aparcó la antigua camioneta. Echaron a andar por Main Street en dirección a la casa de Lexie.
Hermione no podía evitar sentirse un poco nerviosa. ¿Y si no se llevaba bien con esas dos chicas?
Mientras caminaba junto a ella, Draco debió de percatarse de su inquietud.
—Si alguien se pasa de la raya, dímelo.
Hermione le sonrió, agradecida.
BUENO, HERMIONE SIGUE DESCUBRIENDO COSAS SOBRE EL MES QUE SU MADRE PASABA CON LA TÍA ANDY Y ¿ME LO PARECE A MI O DRACO ESTA COQUETEANDO? PORQUE ESA ALUSION A LO QUE TIENE LARGO Y FUERTE ME HA DEJADO UN POCO PILLADA.
NOS VEMOS LA SEMANA QUE VIENE.
