Debo decir que este capítulo me ha costado nada más que nada por la extensa narración que tiene. Como podréis observar más adelante casi todo lo narro, pocas cosas son dialogadas, aunque eso cambiará de aquí a un futuro próximo. Dato curioso del día, estuve investigando la cantidad de anclas que solían tener los barcos del siglo XII, éstas datan de al menos 3.000 a.C y se hacían de piedra, hierro o cualquier material pesado y cada barco solía tener de seis a veinte (según su tamaño) para que la marea no se lo llevase. Interesante, ¿verdad? En fin, muchas gracias por leer el capítulo y espero que os guste.
Castigo
Noviembre 1191 d.C.
Las calmadas aguas del mar Mediterráneo golpeaban lentamente el casco del barco, provocando que su eco se escuchase en el interior de las paredes. La oscuridad era casi completa en el exterior del navío. La luna se encontraba en cuarto menguante y las estrellas plagaban el firmamento formando un multitudinario río en el cielo. Sin embargo aquel hermoso espectáculo no era contemplado por nadie de la nave, cuyas velas se mantenían sueltas mientras un tenue viento las movía.
El timonel estaba observando la lejanía, donde en un punto distante se podía ver una luz que brillaba más que las demás. No se trataba de una estrella, sino de un fuego, aquel que pertenecía al gran torreón que guardaba la entrada al puerto de Acre. No podía acercarse más de esa distancia hasta que llegase el alba, ya que ningún barco podía salir o entrar durante la noche en aquel muelle debido a la celosa vigilancia que mantenían allí los pocos regimientos templarios que controlaban la zona.
El hombre lanzó un largo suspiro. Normalmente había dos timoneles en el barco: uno que estaba durante gran parte del día, Zuan, y él mismo, que continuaba su labor hasta que el capitán le ordenaba que echase las anclas. Pero aquella noche había tenido que sustituir a su compañero antes de tiempo, privándole de su merecido descanso, debido a que un altercado en la cubierta había llevado a que éste fuera arrestado junto con otro marinero por algún motivo que desconocía. Al joven no le importaba por qué le habían cogido preso, lo único que le molestaba era las horas de sueño que había perdido.
—Capitán, hemos llegado a las proximidades de Acre —dijo el muchacho a la persona que estaba a unos pasos suyos con los brazos cruzados.
Él permaneció callado, simplemente asintiendo con la cabeza ante el comentario del timonel. Era un hombre que rozaba los cuarenta, piel tostada por el sol y un cabello teñido de canas. Sus ojos eran oscuros como la noche, pudiendo observarse en su rostro pequeñas cicatrices. Se acercó al muchacho quitándole el mando del barco.
—Echa las anclas, Osher —ordenó—. Mañana al alba te quiero de nuevo aquí.
—Sí, señor —respondió.
Apenas faltaban un par de horas para el amanecer, pero prefería obedecer e irse a dormir pronto antes que empezar a preocuparse por tener que despertarse temprano. Si Zuan iba a ser castigado seguramente desertaría del barco nada más llegar a Acre y el capitán contrataría a otro timonel. No debía preocuparse por las horas de sueño perdidas, ya que al día siguiente volvería a su rutina normal.
El marinero estaba deseoso de volver a la bodega para poder al fin descansar después de casi una noche en vela. Sin embargo no era el único que no había pegado ojo en toda la noche, había otras personas que no conseguía coger el sueño en aquel lugar. En las partes inferiores del navío se podían escuchar improperios apenas audibles seguidos de sonidos guturales provocados por las arcadas, otros eran rezos continuos que pedían por llegar sanos y salvos a tierra firme. Pero en una de esas habitaciones lo único que llegaba a oírse con claridad eran las respiraciones poco acompasadas de sus dos únicos inquilinos.
El Asesino permanecía sentado en el suelo, firme, mirando a la puerta con la cabeza ladeada. La luz de la lámpara de aceite aún no se había extinguido, dejando en una casi permanente penumbra a la habitación. Su sueño siempre era intermitente, un ligero parpadeo de un par de minutos taciturnos, sin embargo ahora no podía darse el lujo de ello. Después del ataque a María en la cubierta no podía evitar pensar que si habían recibido uno otro no tardaría en llegar. Sabía que la costa estaba cerca, que debía de seguir tranquilo, pero en esa situación le parecía imposible.
La actitud de la inglesa le había trastornado, y eso no era algo que consiguiera cualquier persona. Sus palabras habían rebotado en su cabeza desde que fueron pronunciadas, incapaz de olvidarlas durante esa larga vigilia.
«No vueltas a tocarme» había dicho con voz firme. «Nunca más vuelvas a tocarme».
Aunque éstas habían sonado firmes, él había podido observa el temor y desconcierto en sus ojos justamente después de atacarle. Parecía confusa hasta cierto punto, incluso desorientada. Pero todo eso pasó rápidamente para cubrir todas aquellas emociones tras un profundo velo de indiferencia. Sólo se había dado la vuelta, tapándose con la raída manta que cubría el suelo y se había quedando en esa posición hasta el momento.
Altaïr sabía que intentar hablarle o incluso disculparse por su impropio acercamiento sería en vano. Aunque no supiera con exactitud lo que pasaba por su cabeza, estaba seguro que aunque le dijera algo ella no le respondería. Se quedaría en la misma posición, ignorándole, mientras esperaba que el alba llegase para al fin poder atracar en el puerto y volver a tierra firme.
«No debí haberme acercado tanto a ella —se dijo entornando sus ojos para observar su tensa figura apoyada contra la madera—. Si no lo hubiese hecho no se habría enfadado».
Esa mujer le provocaba sentimientos demasiado contradictorios como para poder aclararlos en algún momento, pero aún así estaba seguro de que la desazón que se encontraba incorporada en su pecho era provocado por su sola presencia. Durante casi todo el viaje se había alegrado de tenerla cerca, incluso cuando comenzaban alguna que otra riña sobre su supuesto disgusto ante el poco control de la situación; en momentos así esa pesadumbre desaparecía y daba paso a un sentimiento totalmente diferente.
Estaba feliz, sí, feliz como hacía muchísimo tiempo que no se sentía. La presencia de María era refrescante, como un soplo de aire para él. En Masyaf la única persona que le hablaba con claridad era Malik, sobre su personalidad y errores, pero él era casi un hermano, se habían criado en la misma comunidad conociéndose desde casi una eternidad. Ella era diferente, por eso le gustaba. Mas cuando llegasen a Acre todo eso terminaría, ambos se separarían y él tendría que aprender a olvidarla.
Bajó la mano derecha hasta su cinto, en donde guardaba la Manzana junto con su diario, y sacó éste último pasando con lentitud las páginas. Ahí se encontraba la prueba fidedigna de que le costaría bastante olvidar a María, aún más ahora que la había conocido mejor después de viajar con ella hasta Chipre.
«Debería haberlo destruido —pensó entrecerrando los ojos—. El recuerdo siempre será sólo eso».
Dibujado sobre el papel se encontraba un esbozo de la inglesa, vestida con sus ropas templarias y el cabello escondido bajo la cota de malla. Su rostro se perfilaba serio, tal y como lo recordaba en su primer combate. No había podido resistirse en hacerlo, simplemente por el mero hecho de borrar su faz de su mente, el cual aparecía mofándose de él en algunas ocasiones. Al inicio había pensado que funcionaba, que el haber plasmado en ese papel el rostro de la templaria había surtido efecto ya que no pensaba en ella más de lo debido.
«Otro error más».
Por las noches mientras escribía sobre la Manzana en su habitación no podía evitar pasar con delicadeza las páginas de su diario y quedarse contemplando a la mujer, haciéndose siempre las mismas preguntas. Aquello se había convertido en su rutina, al menos hasta que la capturaron, ¿por qué contemplar un trozo de papel si podía observarla directamente mientras dormía? La alternativa presentaba muchas más ventajas que lo anterior.
Pero aquella pequeña aventura iba dando paso a su fin, y con ello el adiós definitivo. María estaba demasiado enfadada con él como para aceptar su compañía durante parte del viaje. Sabía que iba a ir a Damasco, ya que ese era el punto principal para iniciar el camino hacia la ruta de la seda, cuyo inicial destino era Palmyra. Si ella no se encontrase en ese estado de ánimo habría podido intentar convencerla de viajar juntos hacia la siguiente ciudad. Masyaf se encontraba bastante al norte y Damasco era parte de su habitual recorrido, quizás tardara más en llegar a su destino, pero permanecer algo más de tiempo con María en estos tiempos de relativa paz le parecía suficiente recompensa.
«Ahora ya es imposible».
Lo más seguro era que cuando la inglesa bajara del barco se alejara rápidamente, perdiéndose por las calles de la ciudad. Seguirla sería inútil, al igual que vigilarla, simplemente conseguiría que le desagradase más de lo que ya le hacía. Lo único que podía hacer para mantenerla calmada era seguir sus deseos de marcharse, dejando claro que aquello era una despedida final.
Echó un último vistazo al pequeño lienzo; ese sería lo único que le quedaría de ella cuando se despidieran. Lo guardó en el cinto observando la Manzana. A veces la sentía vibrar en aquel lugar, sobre todo cuando sus emociones estaban a flor de piel. Poco le faltó para utilizarla al subir a la cubierta y vio a esos hombres atacando a María. Fuera lo que fuese ese artefacto reaccionaba a sus sentimientos, al igual que cuando en el castillo de Limassol tuvo que calmar a aquella turba furiosa. Pensó en escribir sobre esa peculiaridad que había descubierto pero prefirió cerrar el cinto guardando tanto su diario como el fruto del Edén en su interior. Ya habría tiempo de divagar cuando se encontrase en un lugar seguro.
Mientras el Asesino se mantenía nuevamente atento a la puerta la inglesa tenía los ojos entrecerrados con la mirada fija en la madera. Hacía horas que estaba en la misma postura, de modo que sentía ligeras punzadas en el cuello debido a cómo tenía apoyada la cabeza contra la pared, y su brazo ya no dolía pero las manos estaban algo entumecidas. Las movió abriéndolas y cerrándolas para que la sangre volviese a circular bien por ellas. Desde que se dio la vuelta había sabido que en esa noche no iba a pegar ojo. Uno de los motivos principales era por los hechos acontecidos la tarde anterior, porque si intentaba dormir aquel marinero volvía a aparecer delante suya con una macabra sonrisa mientras sostenía su daga.
«Mañana todo habrá pasado —pensó abriendo un poco más los ojos—. Cuando llegue el alba todo terminará».
Se había enfrentado a muchos hombres en su vida, tanto con la espada como con palabras. Siempre había habido un vencedor y un vencido, alguien que recibía su merecido después de admitir sus crímenes. Sin embargo aquí esto no había ocurrido, nadie había sido castigado por el ataque hacia ella, haciendo se sintiera como la perdedora de aquel encuentro. Después de ver a aquellos marineros siendo azotados todo volvería a la normalidad, ya que ella habría salido vencedora de la situación, convirtiendo a esos hombres en meros fantasmas, como muchos otros que la perseguían.
«Los culpables merecen ser castigados».
Esa frase la había repetido Robert infinitas veces, dejando claro que los infieles morirían porque ellos habían elegido ir en contra de la voluntad de Dios, creyendo en uno no verdadero. Eran culpables por semejante herejía, por eso debían morir. Todos los que estuvieran en su contra, pues, eran culpables de no seguir la voluntad divina. Y ella le había creído fielmente, al menos al inicio. Cuando supo que él en realidad la había usado pensó que ninguna de sus enseñanzas le serviría en un futuro, pero aquella que solía repetir tanto tenía en parte algo de verdad.
Robert se había merecido la muerte por haber engañado a todos, incluida ella misma; Bouchart había torturado al pueblo de Chipre robándoles su libertad, por lo que no lamentaba para nada su defunción, y así seguía una larga lista cuyo único nexo era la persona que tenía sentada a su espalda. Altaïr había dado caza a todos y cada uno de los hombres que habían atentado contra el pueblo o Tierra Santa, había salvado vidas eliminando a aquellos que únicamente se alimentaban del temor de los demás. Siempre le había parecido muy presuntuoso que los Asesinos se tomasen la libertad de ser juez, jurado y verdugo de las personas a las que mataban, pero en cierta forma tenía sentido.
«Si yo no le hubiera detenido ahora esos hombres estarían muertos —pensó mientras se movía para estar algo más cómoda—. Quizás debí dejar que los matase».
Lo único que había podido pensar en ese momento era la reacción de Jurian al ver a Altaïr matando a los marineros. Quizás muchos de los que se encontrasen en el barco estarían de acuerdo con la forma de actuar del Asesino, cualquier hombre en su situación habría optado por borrar a quien intentase robarle el honor a su esposa. Pero otros tantos habrían creído que ella les había tentado, como mujer que era habría usado sus malas artes para seducir a los pobres marineros que tan faltos de atención femenina estaban, por eso prefirió detenerle. Si los hubiera matado Jurian hubiera dado parte a los templarios que controlaban el puerto de Acre de tal situación, y ninguno de los dos podía permitirse el lujo de ser perseguido por la ciudad.
Apretó los puños recordando aquello e inspiró hondamente para calmarse. Estaba tan sumida en sus pensamientos que ni el continuo bamboleo del barco conseguía marearla. Había estado gran parte de esa noche dándole vueltas a lo ocurrido en aquella tarde, su comportamiento no había sido en más adecuado bajo ninguna circunstancia pero no tenía ninguna excusa para lo que había hecho. Haber mordido a Altaïr había sido un error que ni siquiera podía entender cómo había llegado a cometer y sus siguientes palabras no que es hubieran mejorado mucho la situación, así que le debía una disculpa por su comportamiento, además de agradecerle adecuadamente haber intercedido cuando estuvo en problemas. No podía ser tan difícil, ¿verdad?
Las horas fueron pasando en la pequeña habitación sin que ninguno de los dos se dirigiera la palabra. El ruido de la parte inferior de la nave empezaba a aumentar considerablemente, los cánticos de la mañana resonaban desde la bodega y los pasos de los monjes por el pasillo eran cada vez más habituales. Ambos se habían acostumbrado a la rutina monástica que se practicaba en aquel barco. Desde antes del alba los religiosos se despertaban realizando una misa justo antes de la salida del sol, casi tan precisa como el canto del gallo.
Aquello hizo que Altaïr se alzó moviendo los hombros con ligereza para desentumecer los músculos, puesto que dentro de poco alguno de los monjes llamaría a la puerta para avisarle de que subiera a la cubierta. Él mismo había elegido estar presente para ver con sus propios ojos que se cumplía lo pactado, ser confiado no estaba en su naturaleza y menos si se trataban de templarios. Al notar que el Asesino se movió la inglesa de dio la vuelta para observarle. Él no solía ponerse de pie a menos que supiera que alguien iba a entrar.
—¿Has oído algo? —preguntó consiguiendo que él la mirase con algo de sorpresa al ver que le había dirigido la palabra.
—No —respondió con sencillez.
—Entonces, ¿por qué te levantas? No es propio en ti. —Altaïr tenía extrañas manías, pero siempre que podía permanecía sentado vigilando la puerta, jamás se ponía en pie sin razón.
El sarraceno la miró detenidamente, era cierto que le había dicho que al alba esos hombres serían castigados, pero en ningún momento le comentó que le llamarían para ello. Él desvió la mirada hacia la puerta intentando averiguar si alguien se encontraba cerca.
—Jurian dijo que me avisaría cuando empezase si quería estar presente —contestó—. Dentro de poco amanecerá, así que no creo que tarden mucho en venir.
La inglesa se quedó quieta en su lugar procesando las palabras. Parpadeó un par de veces antes de fruncir el ceño para luego levantarse dejando caer la raída manta a un lado. Parecía disgustada, pero el Asesino no parecía entender el por qué.
—¿Qué te avisaría? —volvió a preguntar—. ¿Sólo a ti? —inquirió en un tono bastante grave.
Él se la quedó mirando, no había creído en ningún momento que ella quisiera estar presente cuando castigaran a esos hombres pero ahora que lo pensaba tenía sentido. María no era de las que se quedaban a un lado esperando que los demás actuasen, siempre quería estar en la escena principal y siendo ella la principal afectada de la situación era totalmente lógico que quisiera ir también a cubierta.
—No me comentó nada sobre ti —repuso—, aunque no creo que tenga ninguna objeción en ello.
Esas palabras parecieron tranquilizar a María bastante. Vio como abría los puños, los cuales habían permanecido cerrados, como si así liberase la tensión. No era nada extraño asistir a castigos o ejecuciones públicas. Desde los ladrones hasta los peores criminales eran reprendidos siempre frente a la multitud, era parte de la sociedad en la que vivían y tanto hombres como mujeres asistían a estos con regularidad.
Altaïr la miró fijamente, percatándose de que, aunque estaba menos pálida que los días anteriores, unas pequeñas ojeras reposaban bajo sus ojos. Sabía que no había podido dormir, su respiración aquella noche nunca había llegado a ser la acompasada a la que se había acostumbrado durante el viaje. La venda seguía rodeando antebrazo, seguramente en un par de días la herida estaría prácticamente curada, al igual que los pequeños cortes de su rostro. Al menos si no volvía a golpear con sus puños desnudos las paredes.
Ante la ligera atención recibida por el Asesino María simplemente se giró con el ceño fruncido, sentirse observada era algo que nunca le había gustado. Llamar la atención demasiado era algo que nunca había pretendido, aunque con su sola presencia conseguía más de la que quería. Había veces que Altaïr la miraba con sutileza, casi como si quisiera únicamente saber que continuaba respirando, pero otras veces era una mirada tan profunda y general que era imposible no sentirse incómoda al ser observada con tanta atención. Ella sabía a qué se debía esto, su aspecto debía de parecer lamentable. Los cortes en su rostro eran visibles, además de que aún tenía sangre seca en sus ropas, más que una mujer debía parecer alguien salido de un combate callejero.
Iba a decir algo, preguntarle por qué la miraba de esa manera, pero un sonido seco interrumpió esa idea. Provenía de la puerta, la cual se abrió con lentitud dejando ver al joven monje que siempre les visitaba, Amis, sin su típica sonrisa en el rostro. Inclinó la cabeza a modo de saludo y terminó de abrir la puerta completamente para poder verlos a ambos.
—El hermano Jurian me ha pedido que les avise de que ya pueden subir a la cubierta —dijo con tono sosegado. Movió la cabeza para mirar directamente a la inglesa que continuaba de pie al lado de la esquina—. También me ha dicho que no es necesario que usted suba, lo que menos desea es incomodarla con la idea de tener que ver de nuevo a esos salvajes.
Aunque la propuesta estaba planeada claramente para prevenir malos recuerdos a María esta sólo se le quedó mirando agachando con ligereza la cabeza, adoptando una pose casi sumisa.
—Creo que si viera cómo esos hombres reciben su castigo con mis propios ojos podría tranquilizarme al ver que Dios dicta sentencia —aseguró con voz serena, la misma que ponía cuando debía tratar con los religiosos—. Gracias por lo dicho, pero subiré junto con mi esposo.
Amis la miró torciendo el gesto, estaba seguro que más de una mujer agradecería el hecho de no tener que asistir a aquello, sin embargo María parecía estar completamente decidida en observa en grotesco espectáculo que pronto se desarrollaría en cubierta. Inclinó la cabeza y salió de la habitación dejando a ambos solos. Altaïr escuchó un escueto suspiro lanzado por su acompañante que se adelantó un par de pasos colocándose a una distancia prudente del Asesino.
—Vamos —dijo con voz firme haciendo que él asintiera.
Durante esos días el paseo desde el pasillo hasta la cubierta se le había hecho corto. Después de estar completamente encerrada poder salir de ahí y caminar era una liberación, consiguiendo que no tuviera en cuenta el tiempo que se tardaba de ir de un lugar a otro. Caminaron juntos, ella apenas un par de pasos detrás de él hasta llegar al inicio de las escaleras, desde ahí se podía ver que el cielo ya se había colorado de un maravilloso tono azulado. Inspiró hondamente, pudiendo oler de nuevo aquel aroma a salitre que tanto le gustaba, sería la última vez que lo experimentase antes de su llegada a Acre, o al menos eso esperaba.
Empezaron a subir por las escaleras llegando a oír en la lejanía el eco de las gaviotas. Al llegar a la cubierta pudo ver algo que durante todos estos días no había podido vislumbrar, en el horizonte una fina sombra de diferentes colores podía verse surgiendo de entre las aguas. Un magnífico torreón podía verse completamente erguido, siendo éste el fiel guardián del puerto de Acre. Había creído que no llegarían por lo menos hasta el medio día, pero parecía haberse equivocado en sus cálculos.
Giró la cabeza centrándose en las personas que se encontraban ahí junto a ella. Jurian estaba al lado del capitán sosteniendo un rosario mientras rezaba en silencio, al fondo podía ver a un muchacho apoyado junto el timón, al parecer esperando que empezase todo aquello. Siguió a Altaïr que se colocó a una distancia prudente del monje, el cual inclinó la cabeza a modo de saludo. Ambos respondieron y se pusieron de espaldas al mar, observando directamente el hueco de la escalera donde comenzaban a escucharse varias a voces.
De ahí salieron al menos cuatro hombres sosteniendo a los dos marineros que la habían atacado, para su sorpresa ninguno de los dos traía puesta su camisa. Uno de ellos tenía una venda tapándole la mano, mientras que el corte de su rostro permanecía abierto pero no sangraba como el día anterior. Detrás de éstos aparecieron Amis y otro monje, los cuales también llevaban rosarios en las manos a los cuales no les estaban dando uso. María se puso firme inspirando hondamente, no iba a permitir que su presencia le afectase lo más mínimo. Allí los únicos que debían de tener miedo de algo eran ellos.
Dejaron a ambos marinos de rodillas frente al capitán, el cual sacó una extensa vara de al menos metro y medio de su espalda. En el Temple usaban una especie de fusta para impartir disciplina sobre aquellos que se salían del camino o cometían algún error grave, la máxima sentencia era la muerte pero esta únicamente se la adjudicaba aquel que fuera tan necio como para desertar. La expresión de los hombres era totalmente diferente, el primero que había atacado a la inglesa mantenía el ceño fruncido junto con una hosca expresión, sin embargo al otro le temblaba el labio y miraba de un lado para otro como si buscase una forma de escapar de ese lugar. Pero no había salida alguna, al menos no para ellos.
El capitán se movió con lentitud, hasta colocarse detrás de los hombres. María clavó sus ojos en cada uno de sus movimientos, intentando no sonreír ante lo que venía a continuación. ¿Qué iban a pensar de ella si sonreía ante tal acto? Si fuera en tierra firme no le importaría mostrar la satisfacción que esa situación le provocaba, pero ahí debía ser cauta. El sol ya comenzaba a despuntar en el este, justo sobre la ciudad. Y en aquel momento la vara que sostenía el capitán cayó justamente en medio de la espalda del primer hombre que sólo soltó un gruñido de molestia.
Así continuaron los golpes, uno tras otro, arañando y marcando sin piedad la espalda del marinero. Se podían ver pequeñas gotas de sangre aparecer debido a las astillas que seguramente se habrían clavado, pero ningún grito salía de los labios del hombre. La inglesa apretó los labios, teniendo que morderse la lengua para evitar sonreír, hubiera preferido que gritase, sentir el dolor a flor de piel al igual que la humillación que estaba sufriendo. Sin embargo no parecía querer soltar más que ligeros gemidos cada vez que la vara chocaba contra sus nuevas heridas. Al final, cuando el golpe número veinte fue realizado pudo ver cómo las marcas rojas se encontraban superpuestas una sobre otras. Movió sus labios lentamente, pero no llegó a sonreír ante ello. No estaba satisfecha del todo, no hasta sentir ese pavor que ella había tenido que soportar y la vergüenza de padecerlo.
Los labios del otro hombre continuaban temblando, parecía estar rezando en voz baja y sus ojos se encontraban cristalinos, como si fuera a llorar en cualquier momento. Vio como Amis junto con el otro monje se llevaban al otro marinero a un lado, poniéndola unas vendas húmedas en los cortes. Era muy propio de ellos ser misericordiosos incluso con aquellos que no se lo merecían, pero no podía juzgarlos por ser así, era su labor atender al herido por muy bastardo que este fuera.
Un alarido llamó su atención, haciendo que girase la cabeza para ver de dónde provenía. El capitán acababa de darle el primer golpe al otro marinero, que no parecía soportar tan bien como el otro el dolor. Estaba completamente arrodillado, apoyando sus manos maniatadas en el suelo mientras se podía oír un quedo llanto, muy sutil pero suficiente. Otro fuerte azote se estrelló justo encima del anterior, volviendo a conseguir que el joven chillase y entonces, María, no pudo reprimir una sonrisa victoriosa ante la situación que estaba observando.
Continuará…
No, no es que María sea sádica, es que se siente bien consigo misma al ver que se hace justicia. Este capítulo ha sido algo más largo que los anteriores debido a toda la narración que os he proporcionado, espero que no os haya resultado muy tedioso, mucha gente prefiere una lectura más amena antes de leerse grandes narraciones (yo la primera), pero me ha gustado como ha quedado el capítulo en sí. Por cierto, muchísimas gracias a todos los que habéis leído el capítulo. Me habéis enviado tantos review en el anterior que voy a tener que contestaros a la mayoría por MP si no quiero que gran parte de este capítulo sean mis humildes agradecimientos a vosotros, adorados lectores. Por cierto, ¡en el siguiente capítulo por fin tierra! María estará en una nube nada más pisar tierra, os lo aseguro. Aunque también, como Altaïr dice, será la despedida final entre ellos (pero todos sabemos que no será así), lo interesante será cómo se volverán a juntar.
En fin, como siempre es un placer escribir para vosotros. Me anima mucho ver la cantidad de gente que me sigue y que cada vez son más.
StarkValentino, un nuevo lector ¡muchas gracias por el comentario! La verdad es que hice la historia para conocer más a María, que de la pobre se sabe tan poco… No creo que tengas que matarme personalmente, que siempre actualizo al menos una vez al mes. Y eso de que estés en España no tranquiliza, que yo también soy de ahí y podrías encontrarme xD.
Itzel, ¡muchísimas gracias por leer Cautiva! Es mi primer gran logro de Assassin's Creed y espero que éste sea el segundo. Vaya, me admiras, eso es nuevo. Siempre intento ser lo más realista posible, porque es lo que le da vida a una historia. Bueno, no vas a tener que esperar tanto para leer el nuevo capítulo, suelo actualizar a finales de mes y por lo general los capítulos suelen ser más o menos extensos, así que espero no decepcionarte. Sobre María la pobre yo tampoco sé cómo reaccionaría yo, sólo puedo imaginarlo e intentar ser lo más fiel que puedo al personaje. De nuevo, ¡muchísimas gracias por el review! Cuando te hagas cuenta, por favor, deja el comentario desde ella para que así pueda responderte por MP.
M. Bovary, ¡ves! ¡Sabía que alguien creería que se habían besado! Pero es muy pronto para ello apenas llevan tres semanas juntos, que nazca el amor en una situación de conflicto es posible, pero demasiado pronto para la pareja de oro. Espero que este capítulo te haya gustado, en el próximo ya dejamos el barco y aparece algo mejor, ¡Acre!
Carmillau, ¡muchas gracias por leerme! Al parecer no te puedo enviar un MP como al resto de la gente, así que te pongo la contestación aquí. Deberías decirme quien te recomendó mi fic para darle las gracias por hacerme gratis esta publicidad, la verdad es que me alegra mucho que alguien esté tan entusiasmado con mi historia como para que le digan a otros que la lean. Gracias por leer el capítulo y espero con total sinceridad que te haya gustado y que esa desazón que tenías en el pecho se haya eliminado. ¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Espero con total sinceridad que el capítulo os haya gustado, el mes que viene me será algo más difícil actualizar a tiempo (tengo exámenes hasta el 3 de Julio), aunque intentaré hacerlo. Tened un poco de paciencia. De nuevo muchas gracias a todos los que me dejáis mensajes y también a mis queridos lectores fantasmas que me siguen desde: México, España, Chile, Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Polonia, Alemania, Nicaragua, Perú, Islandia y Costa Rica. ¡Muchas gracias por sus visitas y espero que este capítulo les haya gustado igual que el anterior!
