Holaaa… Bueno, ya sé que no hace mucho actualicé y toda la cosa, pero es que estoy realmente colgada con este fic. No paro de escribir sobre esta pareja, aunque sean ideas que no tienen nada que ver, y creo que no pararé hasta escribir la el "fin" del epilogo… Ni modo, aquí un nuevo y emocionante capitulo (Porque son emocionantes ¿No?) Y agradezcan a la extorsionadora de geraldCullenBlack por la idea de este cap. ¡Estás loca, amiga! ¡Pero te adoro y lo sabes!
En fin, sin más que decir ¡A leer!
Kung Fu panda no me pertenece, es propiedad de DreamWorks.
Una última vez
Me toma un par de horas tan solo llegar a Bao-Gu. He corrido a cuatro patas todo el camino y al llegar, decido que tan solo caminaré. El pequeño pueblo parece deshabitado, aunque es comprensible a la una o dos de la mañana, y muchas de las casitas están en mal estado. Tal como lo recuerdo. Me trae recuerdos de las pocas veces que conseguía escapar del orfanato, aunque creo que la mayoría de ellos son malos y deprimentes. La gente en la calle huía de mí y si algún niño intentaba acercarse, siempre llegaba algún adulto para decirle que se alejara. Yo era el monstruo aquí y todos me temían. Nadie me quería cerca y muchas
Todos excepto Tai Lung. Fue el primero en acercarse a mí, en hablarme sin tartamudear, en mirarme al rostro y no agachar la mirada. Fue el primero que no me temió, que no me consideró una amenaza. Shifu no cuenta, a Shifu le hablaron para que tratara conmigo y si no me temía, era porque sabía controlarme. No representaba una amenaza para él. Pero Tai Lung, aún sin conocerme, no se dejó llevar por mi apariencia. No le importó que yo tuviera colmillos o garras, para él yo era una niña más. Tal vez porque él no era muy diferente tampoco.
En todo momento siento que me observan, pero supongo que es la paranoia.
Cada minuto que pasa el viento se vuelve más frío y el cielo su cubre de pesadas nubes grises, hasta que finalmente las ligeras gotas de llovizna precipitan y me empapan el pelaje. Genial, ahora me congelaré. ¿Por qué no se me ocurrió traer un abrigo? Una bufanda aunque sea, así no me resfriaría luego.
Me abrazo a mí misma, frotándome con las manos los brazos, y apuro el paso por el sendero en las afueras del pueblo, cerca del orfanato. Aún recuerdo el camino hacia aquel prado, casi todas las tardes solía tomar mis fichas y escaparme por este, buscando un lugar apartado de todos para practicar con más tranquilidad. A veces pienso que de no ser por Tai Lung, me habría tomado mucho más aprender a controlar mi fuerza. Fue él quien me ayudó aquella tarde, aún recuerdo la expresión de Shifu al día siguiente. No dijo nada alentador, pero sé que estuvo orgulloso de ver aquel progreso.
Y unos minutos después, no solo estoy empapada por la llovizna y con los dedos entumecidos, sino que veo a lo lejos aquella colina y sobre esta, el ancho árbol bajo el cual solía sentarme a practicar con las fichas. Justo donde conocí a Tai Lung.
Por unos segundos, me quedo parada en mi lugar, observando. Aún estoy a tiempo, puedo regresar, arrepentirme de venir aquí. ¿Pero que estoy pensando? Ni siquiera tendría que haber venido. Grulla tenía razón, esto es un error, les estoy dando la espalda a todos por algo que no vale la pena. Sin embargo, cuando estoy por dar media vuelta e irme, lo veo parado junto al árbol. Se apoya en el tronco, con los brazos cruzados sobre el pecho, y aunque no alcanzo a ver del todo su rostro, sus ambarinos ojos brillan al verme. Es el mismo brillo cálido, entusiasta, y casi aliviado que vi cuando fui aquella noche a la prisión de Chor-Gom. No esperaba que viniera esta noche y por su manera de mirarme, sé que le supone un gran alivio que haya venido.
No se mueve, ni siquiera hace por dar un paso. Tan solo se queda parado allí y deja caer los brazos a cada lado del cuerpo. No me importa. No puedo reprimir la ancha sonrisa que curva mis labios y ni siquiera me importa que mi vista se nuble con las lágrimas. Grito su nombre, ni siquiera sé por qué, y sin perder más tiempo, corro hacia él tan rápido como mis dos piernas me lo permiten. Le escucho reír y decir mi nombre, a la vez que sus ojos se iluminan con cierta burla juguetona. Tonto leopardo.
Ya sé que quedé en no hacer ninguna babosada, pero… ¡A la mierda! Solo se vive una vez.
De un momento, estoy de pie frente a él, sin siquiera tocarlo, pero al segundo siguiente, le echo los brazos al cuello y ambos caemos al suelo. Un conjunto de risas, algún que otro "te extraño" o "pensé que no te volvería a ver", mientras que sus brazos me rodean por la cintura y me aferran a él, como si la vida le fuera en ello. Admito que usa un poco más de fuerza que la necesaria y que el agarre es un poco doloroso, pero no me interesa en lo más mínimo. Lo extraño. Escondo mi rostro en su cuello, mojándole con las lágrimas que desde que le vi caen por mis mejillas, y aferro mi abrazo a su cuello. Nos quedamos allí, en el suelo, en silencio.
—Gracias. —Murmura. Su aliento en mi cuello me hace cosquilla. —Gracias, Tigresa, gracias. No pensé que vendría.
—No iba hacerlo. —Admito—. No al principio.
Siento su agarre perder fuerza y sé que me está viendo, esperando alguna explicación de por qué me decidí a última hora.
Le suelto el cuello y coloco mis manos a cada lado de su cabeza, apoyando en mis brazos el peso de mi cuerpo. Con una pierna entre las de él y la otra a un lado, me incorporo unos centímetros sobre mis brazos, quedando sobre Tai Lung, aunque no lo suficiente como para separar nuestros pechos. Siento su corazón latir igual, o tal vez más, fuerte que el mío. Sus ambarinos ojos miran fijamente a los míos y reflejan confusión, creo que incluso miedo. Nuestros labios están a centímetros y si quisiera (realmente si quiero) tan solo me bastaría con inclinarme unos milímetros para besarlo. Pero no.
Sonrío y llevo una de mis manos hacia su rostro, acariciándole las mejillas con la yema de mis dedos.
—Tai… ¿Qué es lo que piensas? ¿Por qué sigues aquí?... Es…. No deberías seguir en el valle.
—¿Y alejarme de ti?
—Esto es serio.
—Y tú también.
—Tai Lung…
Entonces, remplazando mis palabras por un gritito ahogado, Tai Lung gira en el suelo y me deja debajo de él. Sonríe, una sonrisa amplia y sincera, mientras se suspende por encima de mí, sosteniendo el peso de su cuerpo con sus brazos apoyados a cada lado de mi cabeza. Reconozco que me quedo muda al verlo. Es mucho más grande que yo y me siento peueña y vulnerable bajo su cuerpo. Vulnerable, pero protegida a la vez.
Quiero hablar, pedirle que se aparte, pero veo sus ojos y tan solo consigo tartamudear incoherencias.
Se inclina y con una delicadeza impropia en él, presiona sus labios sobre los míos. Tan solo un rose, ligero y casi imperceptible, que no dura ni un minuto antes de que vuelva a incorporarse y me mire a los ojos.
—Tai Lung, debes irte. —Digo, luego de unos segundos de silencio.
—¿Qué?
Me mira, sin entender, y realmente me duele ver sus ojos apagarse. Pero debo ser firme. No he venido a cursis reencuentros, ni a tontas e innecesarias charlas sobre lo que pasó en estos últimos veinte años. Él no puede quedarse en el valle, ni siquiera cerca. Lo encontraran y si eso sucede, lo llevaran de vuelta a prisión o peor. Solo quiero salvarlo. Aún está a tiempo. Si realmente me ama como dice, entenderá.
Le sujeto los hombros y lo empujo para apartarlo, aunque como es de esperarse solo puedo moverlo unos centímetros. Así que es él quien se reincorpora y se sienta a mi lado. Estira una mano para ayudarme a levantar, pero la ignoro y me siento por mí misma. Quedamos de frente, ambos sentados con las piernas cruzadas. Él me mira, esperando que hable, y tengo que hacer un gran esfuerzo para no apartarle la mirada.
La llovizna no llega hasta aquí, pues nos cubren las hojas del árbol, así que no nos preocupamos por eso. Entonces, sus dedos acarician mi mano. Quiere sujetarla, pero yo la aparto.
—No te puedes quedar en el valle. Es peligroso. —Le digo, con voz inexpresiva.
—¿Solo a eso has venido? A decirme...
—Sí.
Mi voz es tan baja que dudo si me ha escuchado o no. Parece que sí, porque su mandíbula se tensa y su mirada se endurece. No sé decir si dolido o enojado. Tal vez ambas. Un momento de silencio llena el lugar, interrumpido únicamente por nuestras respiraciones y las diminutas gotas de lluvia al caer en los pequeños charcos.
No quiero hablar, quiero esperar a que él se decida a comentar sobre esto. Y así lo hace. Se endereza, con los hombros rectos, y alza la mandíbula.
—No quiero volver a dejarte. —Dice, serio.
Estira sus manos hacia la mía y esta vez, no me da tiempo a apartarla. La sujeta, de manera firme pero delicada, y acaricia el dorso con sus pulgares. Observo nuestras manos e intento soltarme, pero él afirma su agarre y no me deja
—No te estoy preguntando.
—No. Me estas pidiendo que renuncie a todo.
—Tampoco te estoy pidiendo. —Levanto la mirada hacia él, tratando de lucir severa—. No tienes nada, Tai Lung. No aquí ¿A qué habrías de renunciar?
Me mira, en silencio. Poco a poco sus ojos se oscurecen y sé que debería apartar mi mano de las suyas, o al menos retroceder unos centímetros. Pero soy terca y aunque realmente me aterra un poco la idea de que llegue reaccionar, no me importa que me haga daño. Me daría un motivo para odiarlo. Sin embargo, no reacciona, ni siquiera aumenta la fuerza de su agarre. Toma una bocanada de aire, lo retiene unos segundos, y lo exhala. Sus ojos se calman y aunque se semblante aun es tenso, me sorprende ver que está relativamente calmado.
Eso es nuevo. Tai Lung siempre ha tenido problemas de ira y nuca ha sabido controlarlo.
—¿Por qué…?
—Por qué ¿Qué?
—No reaccionaste. No...
—Prometí no volver a lastimarte ¿Recuerdas?
Tai Lung sonríe, una sonrisa pequeña y melancólica, como la de quien recuerda algo malo, pero bueno a la vez.
Inmediatamente sé en qué está pensando, yo también pienso en lo mismo: Las cicatrices. Entonces, como un acto reflejo, suelto mi mano de las suyas y la llevo a mi brazo derecho, tapando parte de las mismas. A veces, olvido que las tengo. Pero siempre hay algo que me lo recuerda, como la falta de fuerza en ese brazo, que es notablemente más débil que el izquierdo. Así como también recuerdo que fue él quien me las hizo. Tai Lung no solo fue una de las personas más importantes en mi vida, sino también la que más daño me ha hecho. No tengo dudas de que me ame, pero también sé que si tuviera que hacerlo, él no dudaría en hacerme daño. Y yo debería hacer lo mismo.
Entonces, la mano de él sobre la mía me hace pegar un respingo. Me he perdido en mis pensamientos y no tengo ni idea en qué momento se ha acercado tanto. Su rostro está a centímetros del mío. Está de rodillas frente a mí y su mano derecha en el suelo, a un lado de mi cuerpo, sosteniendo el peso de su cuerpo. No aparta sus ojos de los míos, mientras que los dedos de su mano izquierda juguetean entre los míos, hasta que los aparto, para luego delinear con la yema las cuatro líneas que forman la cicatriz de su zarpa.
Antes, la marca se veía demasiado grande. Ahora se ve más pequeña, pero a simple vista se nota que la herida, en su tiempo, fue profunda.
—No… No hagas eso.
Mi voz es un susurro y él no parece prestarme atención. Se inclina sobre mi brazo derecho y besa las heridas. Me tiembla el brazo, pero él no se detiene. Desliza sus labios hasta mi hombro, lo besa, con ternura, y un pequeño mordisco en mi cuello me arranca un bajo gemido por la sorpresa.
—¡Tai Lung!
—Shh… Relájate. No haré nada, lo prometo.
Quiero replicar, pero sus labios en mi cuello remplazan mis palabras por un jadeo. La sensación es deliciosa, una corriente que recorre todo mi cuerpo y eriza cada poro de mi piel. Me estremezco y él se ha dado cuenta, porque su pecho vibra con una carcajada ahogada, al mismo tiempo que llega a mi mandíbula y se detiene a pocos milímetros de mis labios.
Lo miro a los ojos, expectante. Tan solo un movimiento, tan solo unos milímetros. Pero él no hace nada, se queda quieto, mientras que los dedos de su mano izquierda aun trazan con lentas caricias las cicatrices. Tal como dijo, no hará nada. Me muerdo el labio inferior y agacho la mirada, ocultando el rubor de mis mejillas. Entiendo lo que pretende.
No recuerdo la última vez que me sonrojé por algo tan simple como la cercanía de alguien. Siento mi respiración acelerarse, al igual que mi corazón, a la vez que deslizo mis manos por su pecho hasta sus hombros. Apenas si le rozo el pelaje con la yema de mis dedos y mis manos tiemblan cuando le sujeto del cuello.
Se siente como una primera vez. Estoy irracionalmente nerviosa y me tiembla el cuerpo.
—A ti. —Murmura y por un segundo, no entiendo a qué se refiere—. No voy a renunciar a ti. No quiero renunciar a ti.
—Lo nuestro no existe, Tai.
—Eso es mentira. Yo sé que aún me amas.
—Te amo.
—Sé que estas min... Espera ¿Qué dijiste?
No puedo evitar reír al ver su cara de sorpresa. Acuno su rostro en mis manos y le acaricio los pómulos con mis pulgares.
—Te amo —Repito, con más firmeza—. Nunca he dejado de amarte, Tai. Pero lo nuestro ha muerto en el mismo momento en que me casé. Lo nuestro, Tai, no es más que un lindo recuerdo.
—Mientes.
—Quisiera.
Entonces, su semblante se vuelve más severo y su mirada más dura.
Se aparta, enderezando la espada, y sus manos me sujetan las muñecas. La idea de lo que puede pasar me revuelve el estómago, pero no pongo ninguna resistencia, cuando se coloca de pie y me jala consigo, obligándome a pararme. Quedamos de cara a cara, bueno, de frente a frente, porque en realidad mi rostro le queda a la altura del pecho.
—Si he salido, ha sido para dos cosas, Tigresa.
Su voz es cortante. No quiere discutir el tema. Pero igualmente arqueo una ceja y le dirijo una irónica mirada.
—¿Tu maldito orgullo y ego?
No es momento para ser sarcástica, pero ¡Que le den!
Gruñe y el ámbar de sus ojos destila furia. Hemos pasado de las tiernas miradas y dulces palabras, a asesinarnos mutuamente en silencio. Sus manos presionan en mis muñecas. Jalo de ellas para soltarme, pero sus garras me raspan la piel, así que dejo de forcejear y las giro, sujetando sus muñecas, de tal manera que ambos quedamos en el mismo agarre.
No sé cuánto tiempo permaneces así. Tai Lung jala, mis garras se clavan en su piel. Yo jalo, sus garras se clavan en la mía. Somos unos dementes, pero así ha sido siempre. ¿Por qué habría de cambiar ahora?
—Tu estúpido esposo tiene algo que quiero. Y no me refiero a ti, precisamente.
Su aliento me choca en el rostro, pues se ha inclinado sobre mí, y no puedo reprimir un gruñido.
—No es ningún estúpido. Es mi esposo y tiene nombre, se llama Po.
—¿Lo defenderás? —Inquiere, burlándose.
—Por supuesto.
Alzo la barbilla, tal como cuando éramos niños y peleábamos. Orgullosa, terca y testaruda. Al igual que él. Sus gestos son iguales. Ambos arquemos la ceja, ambos mandamos al diablo con la mirada. Ambos somos tan tercos y orgullosos, que ninguno puede estar por las buenas.
—¿Por qué? ¿Por qué lo defiendes?
—Es mi esposo. Es el padre de mi hija.
—Pero no lo amas. No como a mí.
—Pero lo quiero. —Es verdad. Tal vez no lo amo, pero si le tengo un gran cariño—. Él me ha apoyado todo el tiempo que tú te has estado pudriendo en prisión.
Y en cuanto lo escucho gruñir, sé que no debí decir eso.
—Lo mataré.
—Y yo te mataré a ti.
—No seas ridícula.
—¡Y tú no seas tan imbécil y por una puta vez en tu asquerosa vida haz lo que te dicen!
No puedo evitar gritar, tan fuerte que la garganta me escose y jadeo al respirar.
Su rostro se eleva sobre el mío y tengo que inclinar la cabeza para verlo a los ojos. Entonces, ambos jalamos al mismo tiempo de nuestras muñecas, pero también clavamos las garras en las del otro. Me muerdo el labio para ahogar un quejido, al mismo tiempo que él tensa la mandíbula para no quejarse.
Igualmente, ninguno cede. No me importa clavarle las garras por completo y sé que a él tampoco le importa dejarme otra cicatriz. O eso es lo que pienso, porque no pasa ni un minuto, cuando me suelta y se aparta unos pasos de mí.
—¿Por qué? —Pregunta—. ¿Por qué nos lastimamos?
Me llevo la mano derecha a la muñeca izquierda, frotándola para aliviar el ardor. No me ha lastimado mucho, apenas unas imperceptibles marcas. Genial, ahora me siento culpable por haberle hecho sangrar.
—No lo sé. —Respondo, con simpleza—. Siempre ha sido así.
Agacho la mirada hacia mis muñecas y no puedo esconder una pequeña sonrisa. Es verdad. Somos unos idiotas masoquistas. Nos herimos mutuamente, pero nos necesitamos para curar esas mismas heridas. Si los polos opuestos se atraen, nosotros somos polos iguales: no podemos estar juntos sin terminar dañándonos mutuamente.
—Hey, monstruo.
Apenas escucho esas palabras, un bajo gruñido escapa desde el fondo de mi garganta y levanto la mirada hacia él. Pero apenas abro la boca para decirle un par de palabras nada bonitas, su puño pasa por milímetros de mi rostro y me deja paralizada en mi lugar.
Tai Lung sonríe, una sonrisa ladina, con aires arrogantes, y en sus ojos brilla el desafío. No puedo evitar devolverle la misma sonrisa al verle en su posición de pelea. Su brazo sigue extendido, rosando apenas el pelaje de mi rostro. La yema de sus dedos juega por mi nuca, se deslizan hasta mi hombro, pasando por mi cuello. Acaricia mi piel de tal manera que no puedo evitar cerrar los ojos y ronronear... ¡Ay, no!
Abro los ojos justo a tiempo para ver la perversa sonrisa en su rostro y en cuanto siento una leve presión en mi cuello, ladeo el rostro y le muerdo el brazo. No muy fuerte, solo lo suficiente para que lo aparte de mí. Tai Lung gruñe, masculla una palabra poco bonita hacia mi honra como mujer y vuelve a atacar con un golpe de su puño izquierdo.
Ladeo el cuerpo y lo esquivo. Su brazo queda extendido frente a mí. Le sujeto de la muñeca, se lo doblo por detrás de la espalda, obligándolo a girarse, y con una patada en su respingado trasero, lo tumbo de boca al suelo.
—¡Sin los puntos de presión, maldito tramposo! —Grito, mientras lo observo reincorporarse.
Queda agazapado frente a mí y por poco no consigue voltearme con un barrido de su pierna derecha. Sonríe, burlándose, y vuelve a intentarlo con su pierna izquierda. Pero la salto, tal como con la anterior, y quedo agazapada frente a él.
—No seas llorona. —Se burla.
—Ya verás...
En los siguientes minutos, ninguno se mueve más que para rodear al otro. Como si nos acecháramos. Tai da un paso, yo retrocedo. Y viceversa. Es un concurso de miradas, desafiándonos mutuamente a atacar primero. Tai Lung sonríe y yo arqueo una ceja. Esto no es una pelea, ni siquiera es un combate amistoso. Son solo golpes, sin ninguna intención de lastimar, tan solo una manera de buscar algo de dominio sobre el otro. Uno se acerca, el otro se aleja. ¿El objetivo? Tan solo saber quién es más fuerte. ¿El que logra alejar al otro? ¿O quien logre acercarse?
Como polos iguales, tercos y orgullosos, que aun sabiendo que no pueden acercarse al otro sin dañarse a sí mismos, intentan probar que son más fuertes que eso.
Tai Lung es el primero en atacar. Pierde la paciencia y se abalanza sobre mí, al mismo tiempo que me impulso con mis pies y me deslizo por debajo de él. Por tan solo milímetros, sus zarpas no tocan mi espalda. Pero al caer de vuelta en el suelo y girar la cabeza sobre mi hombro, veo que me ha rasgado el chaleco. No lo suficiente para romperlo, por suerte. Desgraciado. Lo escucho reír, una risa un tanto perversa, y aunque quiero reír también, tampoco puedo contener un gruñido. No me levanto y agazapada en el suelo, soy yo la siguiente en atacar...
Esquiva una patada a las costillas y me sostiene la pierna por debajo de su brazo. La tuerce y me hace girar sobre mi pie, a la vez que él se para. Pero antes de caer, llevo mis manos hacia el frente y las uso para amortiguar el impacto. Estoy prácticamente de cuatro. El sostiene mi pierna y no puedo reprimir un chillido al sentir su mano abierta impactar con fuerza en mi muslo derecho, demasiado cerca de mi nalga.
¡Carajos! Eso dejara marca.
—Bonito trasero.
No contesto.
Gruño y con una patada de mi pie izquierdo a su mandíbula, consigo soltarme y caer agazapada en el suelo. Ok, no tengo ni idea como hice eso. Todo pasa tan rápido, que es como si algo más me controlara a mí. Tampoco sé cómo, pero en menos de cinco segundos, ambos estamos de pie. Uno frente al otro. Ambos en posición de pelea. Mi puño derecho está listo para golpearlo y mi mano izquierda, abierta frente a mí, lista para detener cualquier ataque. Sonríe, se ve confiado, y yo también sonrió por eso.
Estúpido arrogante.
Intenta conectar un golpe, pero ladeo el cuerpo y su zarpa cerrada en puño pasa por centímetros delante de mí. Le sujeto el brazo, intento torcerlo, pero Tai Lung anticipa mi movimiento y no le cuesta nada invertir los papeles...
Sigue siendo más fuerte que yo, aunque es un poco más lento. He aumentado mi habilidad, mientras que él se ha quedado prácticamente estancado en lo aprendido a sus dieciocho años. Aun así, sigue siendo demasiado bueno el condenado. Estamos casi al mismo nivel, pero no lo suficiente. El esquiva mis golpes, yo los suyos. De vez en cuando, conecto alguno con su estómago o rostro, pero Tai Lung no tarda en recuperarse y tampoco duda en devolverlos. Aunque apenas recibo el primer golpe en mi costilla, sé que no usa ni la mitad de toda su fuerza. Se está conteniendo, lo cual en un combate amistoso no tendría que ser para sorprenderse, pero viniendo de él es todo un mérito…
Esquiva una serie de golpe y devuelve cada uno de ellos. Logro esquivarlos, excepto el último, que impacta con fuerza en mi mandíbula y me hace retroceder, hasta que mi espalda choca contra el enorme árbol en el centro del prado. El impacto duele, pero no lo suficiente como para dejarme fuera y sin ningún esfuerzo, logro reprimir una mueca de dolor. Sin embargo, en cuanto voy a apartarme, Tai Lung está a centímetros frente a mí. Quiero golpearle el rostro, pero sus zarpas detienen mis puños y me los sujeta por encima de mi cabeza, pegando mi cuerpo aún más al tronco.
—¿Cuándo aprenderás, enana? —Se burla, con su rostro a milímetros del mío—. Nunca pelees conmigo.
Rio, no sé por qué, pero no puedo reprimir una pequeña carcajada.
—Se vale soñar.
—Pero tengo algo que tu no. —Presume.
Arqueo una ceja.
—¿Más cerebro que musculo?
Tai Lung ríe entre dientes, risa que me causa un estremecimiento, a la vez que pega todo su cuerpo al mío. Y cuando digo todo, hablo de todo, incluso del bulto que presiona en la zona baja de mi abdomen. Se inclina sobre mí y desliza su nariz por mi cuello, aspirando mi aroma. Siento mis piernas temblar y lo único que evita que caiga de rodillas es el agarre a mis muñecas. Besa mi cuello, lo mordisque, y yo no puedo hacer mas que suspirar y retorcerme en un débil intento de liberarme.
Admito que me avergüenza un poco, pero me anima a la vez saber que yo lo pongo así.
—Muy graciosa la nena…
—Tai…
Mi voz es un suspiro, casi suplicante, mientras siento sus labios bajas por mi cuello hacia mi clavícula...
—La diferencia entre tú y yo, es que… —Y de repente, sus manos sueltan las mías, que caen sobre sus hombros, y se dirigen a mis muslos. —…Yo no estaría en esa posición.
Y de repente, con un ágil movimiento, me eleva unos centímetros y rodea su cintura con mis piernas. Por acto reflejo, me aferro a sus hombros con las garras, pero a él no parece importarle, sino todo lo contrario, ya que sonríe y estrecha aún más su cuerpo contra el mío, a la vez que sus manos presionan mis nalgas contra aquel... bulto. No es tierno, ni suave o delicado. No me importa. Es él mismo y eso es lo que quiero: a él.
Sus ojos brillan, oscurecidos, nublados por el deseo, pero aun conservando aquella chispa cálida de siempre, aquella con la que solo me mira a mí.
Nos quedamos así, en silencio, tan solo mirándonos. Contemplando la mirada del otro. Esto me recuerda a cuando tenía quince y me cruzaba a dormir en su cuarto. Me recuerda las veces que nos quedábamos callados y él me observaba durante largo minutos, para luego robarme un beso. O más. Admito que extraño esos tiempos, en donde todo parecía un juego, algo tan simple como respirar. Nuestra única preocupación, era que Shifu no nos pillara besándonos en el salón de entrenamientos.
Entonces, sin decir nada, la mano derecha de Tai se aleja de mi retaguardia y se dirige hacia la mía, que sigue aferrada en su hombro. Me sujeta con su brazo izquierdo, mientras aparta nuestras manos entrelazadas de su hombro y la lleva hacia el tronco del árbol. Lo observo, sin comprender, pero él sigue con su sonrisa de misterio. Entonces, toco algo en el tronco. Contrasta con la madera, como pequeñas marcas y al ladear el rostro para ver qué es, veo que se trata de mi nombre.
Recuerdo que lo tallé ese día que nos conocimos. Estaba molesta conmigo misma por no lograr aquel ejercicio y con la excusa de no hablarle, tan solo lo escribí ahí. Sin embargo, no es eso lo que llama mi atención. Sobre el nombro, hay más marcas, parecen zarpas y me recuerdan a las que yo dejaba cuando entrenaba con los árboles en el palacio, pero mucho más grandes. Tai Lung ha utilizado el árbol para golpearlo. Estoy por voltear el rostro, para preguntar por qué quiere que vea esto, cuando su mano guía la mía unos centímetros hacia la derecha y veo otro nombre. Su nombre.
Tigresa/Tai Lung.
—Venía a este lugar, cuando peleábamos y siempre me quedaba mirando al árbol…—Su voz es baja y cuando volteo el rostro hacia él, su vista está fija en nuestras manos entrelazadas—… Aquel día no quise lastimarte y entré en pánico cuando vi la sangre en ti brazo. Ese día, vine aquí y golpee el árbol… Fue ese día que supe que te amaba, que caí en la cuenta de lo mucho que significas para mí. Ese día, también puse mi nombre ahí.
Finalmente se calla y levanta la mirada hacia mí, hacia mis ojos. Entonces, sin decir nada, inclino mi cabeza y presiono mis labios sobre los suyos. Veo que Tai abre los ojos como platos y siento cada musculo de su cuerpo tensarse, pero tan solo río contra sus labios y deslizo mi mano por su cuello, acariciándole el pelaje con la punta de mis dedos, hasta que se relaja y poco a poco, me corresponde al beso. Como una caricia tierna y temerosa, sus labios se mueven sobre los míos, a la vez que su mano derecha se entrelaza a la mía, sin quitarla del tronco.
Muevo mis caderas contra él y aferro aún más el agarre de mis piernas, acercándolo a mí, mientras deslizo mi mano por su pecho, hasta que siento su acelerado corazón latir con fuerza debajo de mi palma.
Mordisquea mi labio inferior y jala suavemente de él, arrancándome una risita nerviosa. Mi respiración se acelera y no puedo evitar arquear la espalda al sentir sus labios deslizarse por mi mandíbula, besando y mordisqueando, hacia mi cuello. Me desea y yo lo deseo a él. Solo una vez más, una última vez para los dos. Para amarnos tal como lo hicimos aquella noche en mí cuarto, con el sonido de la suave llovizna de fondo. Sin embargo, cuando le siento avanzar hacia mi hombro, se detiene y apoya la frente en este, ocultando su rostro en mi cuello.
—Por favor. —Murmura y su jadeante respiración contra mi piel me hace estremecer—. Déjame hacerte el amor. Solo esta ultima vez, por favor.
—Prométeme que te iras.
—Tigresa...
—Es todo lo que te pido, Tai. Vete, no lastimes a nadie.
Entonces, su brazo se tensa bajo el peso de mi cuerpo y su mano derecha estrecha la mía, aun sobre los nombres tallados en el árbol. Aparta el rostro de mi cuello y me observa, a la vez que boquea varias veces en algún intento fallido por replicar algo. Con cada respiración, su pecho choca con el mío y puedo sentir su agitado corazón latir con fuerza bajo la palma de mi mano. Sé que se contiene de gruñir, pero no digo nada al respecto y hago como que no me he dado cuenta.
Entonces, su mandíbula se tensa, tanto que oigo sus dientes rechinar, y su mirada se vuelve más dura y severa.
—Ese panda... Me lo ha quitado todo, Tigresa.
—Haciendo daño a Po no conseguirás nada. —Respondo, con voz inexpresiva—. Tai Lung, a pesar de todo, yo lo quiero mucho y si intentas lastimarlo...
Dejo la frase en el aire, dejándole sacar sus propias conclusiones. Lo amo, pero no permitiré que haga daño a Po o cualquier otra persona. No mientas pueda evitarlo.
—Es el padre de tu hija —Dice y he de admitir que no solo me saca de tema, sino que logra asustarme un poco. ¿Qué tiene que ver Lía?—, no dejaré a esa niña sin padre.
—Tai...
—Prometo irme. Mañana a primera hora. Lo prometo, solo... Quédate conmigo, esta noche. Por fa…
Pero antes de que termine la frase, mis labios atacan con urgencia los suyos, tomando por primera vez yo el control. Le creo, sé que va a cumplir. Se alejará y hará una buena vida, y aunque la idea de no volver a verle jamás me parte el alma, sé que es lo mejor para ambos. Para todos…
Llevo horas despierta, pero no me he movido para nada. Atrás mío, sé que Tai Lung también lo está. Su brazo izquierdo me hace de almohada y el derecho se cierne posesivamente alrededor de mi cintura. Su pecho pegado a mi espalda. Sus piernas se entrelazan con las mías. Su rostro oculto en mi cuello y su mano izquierda entrelazada con las mías, me acaricia el dorso con el pulgar. Escucho sus murmullos, la mayoría de ellos palabras dulces, amortiguadas con la piel de mi cuello, y de vez en cuando se me escapa alguna risita nerviosa al oír una que otra palabra poco decente.
Esté amaneciendo. Pero no quiero moverme de aquí. Hace rato que ha dejado de llover, aunque el aroma de césped húmedo y tierra aun abunda en el lugar.
De repente, una fresca ventisca me eriza la piel y me estremezco al recordar que estoy semidesnuda. Inmediatamente, mis mejillas se encienden y una irracional oleada de timidez me impulsa a acurrucarme aún más contra el cuerpo de Tai Lung, quien tan solo ríe y me estrecha contra él, pasando su pierna derecha por sobre las mías.
—Hum... ¿Pensé que caerías dormida? —Murmura, a modo de burla—. Como la primera vez ¡Roncabas y babeabas!
Rio y echo mi hombro atrás, golpeándole en el estómago.
—Estúpido.
—Yo te amo más.
Ambos reímos, yo más al sentir su mano hacerme cosquillas en el abdomen. Me retuerzo bajo su agarre y pataleo un poco, riendo a carcajadas. Incluso llego a gritar una que otra amenaza, total no hay nadie en kilómetros que pueda oírnos. Poco a poco, mis carcajadas se vuelven en jadeos y la falta de aire trasforma las amenazas en suplicantes suspiros. Me siento una niña, sin poder escapar de un agarre tan simple y débil. O tal vez es que no quiero. Me gusta como sus manos sujetan mi cintura, como sus dedos acarician mi abdomen.
Me gusta sentirme protegida bajo el cuerpo de él.
Finalmente, se detiene, justo cuando el estómago comienza a dolerme de tanto reír. Queda a horcadas sobre mí, aunque sin aplastarme, y me sujeta las muñecas a cada lado de mi cabeza. Sonríe, una sonrisa seguramente de lo más boba, y dejo escapar algunas risitas débiles, mientras mi pecho sube y baja con cada jadeo. No tengo fuerza para forcejear y sinceramente, no quiero hacerlo.
—Te amo, Tigresa. —Murmura, serio, pero con cierto brillo en su mirada—. Nunca lo olvides.
Sus manos se deslizan desde mis muñecas hasta mis manos y entrelaza nuestros dedos.
—Yo también. —Respondo, en un suspiro, estrechando sus manos—. Siempre lo he hecho.
Se inclina y sus labios presionan sobre los míos, iniciando otro beso. Tan tierno como los anteriores, igual de dulce y lleno de sentimiento. Pero con una diferencia, que lo hace mucho más amargo y especial a la vez: Este será el último...
Continuará...
¿Será esta ña despedida? ¿Tai Lung se irá por las buenas? ¿O le dará otro dolor de cabeza a Tigresa?... Espero que les haya gustado este cap, que a comparación de otros me quedó kilométrico, y espero sus opiniones en los review xD
