EL MESIAS DE DIOS
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En aquellos tiempos, el pueblo Judío esperaba la llegada del Mesías enviado por Dios, tal y como estaba escrito.
Tenma había estado, hasta ese momento en Nazaret de Galilea, obrando milagros, resucitando a los muertos, curando a los leprosos y enseñando a través de parábolas a todo aquél que lo seguía.
Posteriormente, Tenma llamó a sus doce discípulos, y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Éstos son los nombres de los doce apóstoles: primero Ricardo al que llamó Shindou, y su hermano Ichino; Amagui y su hermano menor Kirino, ambos hijos de Zebedeo; Hamano y Hayami; Kariya el incrédulo, y Kurama, que cobraban impuestos para Roma; Sangoku, hijo de Alfeo, y Aoyama; Kurumada el cananeo, y por último Tsurugi Kyosuke, que después traicionó a Tenma.
Tenma llamó a sus discípulos, y les dijo:
- Siento compasión de esta gente, porque ya hace tres días que están aquí conmigo y no tienen nada que comer. No quiero mandarlos sin comer a sus casas, porque pueden desmayarse en el camino.
- Pero ¿cómo podremos encontrar comida para tanta gente, en un lugar como éste, donde no vive nadie? – Decía Shindou, uno de sus discípulos.
- ¿Cuántos panes tienen ustedes? — Preguntaba Tenma.
- Siete, y algunos pescaditos — Contestaron sus discípulos.
Entonces mandó que la gente se sentara en el suelo, tomando en sus manos los siete panes y los pescados y, habiendo dado gracias a Dios, los partió y los dio a sus discípulos, y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y aun llenaron siete canastas con los pedazos sobrantes.
Los que comieron eran cuatro mil hombres, aparte de las mujeres y los niños. Después Tenma despidió a la gente, dirigiéndose a la región de Magadán.
Tenma hizo que sus discípulos subieran a la barca, para que cruzaran el lago. Mientras sus discípulos viajaban en la barca, Tenma subió a un cerro, para orar a solas.
Al llegar la noche, estaba allí él solo, mientras la barca ya iba bastante lejos de tierra firme. Las olas azotaban la barca, y tenían el viento en su contra. A la madrugada, Tenma fue hacia ellos.
Cuando los discípulos lo vieron andar sobre el agua, se asustaron.
- ¡Es un fantasma! – Gritaban muy horrorizados Kariya y Kurama.
Pero Tenma les habló, diciéndoles:
¡Calma! ¡Soy yo, no tengan miedo!
- Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua. – Decía Shindou dubitativamente.
- Ven – Le dijo Tenma.
Shindou entonces bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Tenma. Pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo y poco a poco comenzaba a hundirse
- ¡Sálvame, Señor! – Gritaba Shindou
En ese instante, Tenma lo tomó de la mano.
- ¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste? – Le decía Tenma.
En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca se pusieron de rodillas delante de Tenma, y le dijeron:
- ¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!
Pasado un tiempo en la región de Galilea, Tenma se dirigió a sus discípulos diciéndoles:
- Como ustedes ven, ahora vamos a Jerusalén para cumplir lo que está escrito. El Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas que lo condenarán a muerte; y lo entregarán a los Gentiles para burlarse de él, lo azotarán y crucificarán, pero al tercer día resucitará.
Cuando ya estaban cerca de Jerusalén, Tenma envió a Kariya y Kirino, dos de sus discípulos, diciéndoles:
- Vayan a la aldea que está enfrente. Allí encontrarán una burra atada, y un burrito con ella. Desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, díganle que el Señor los necesita y que en seguida los devolverá.
- Kariya y Kirino fueron e hicieron lo que Tenma les había mandado. Se llevaron la burra y su cría, echaron sus capas encima de ellos, para luego Tenma montarse. Había mucha gente. Unos tendían sus capas por el camino, y otros tendían ramas que cortaban de los árboles. Y tanto los que iban delante como los que iban detrás, gritaban:
- ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!
Cuando Tenma entró en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó, y muchos preguntaban:
- ¿Quién es éste?
- Es el profeta Tenma, el de Nazaret de Galilea. – Contestaba la gente.
Tenma entró en el templo, y se indignó al ver que el lugar estaba convertido en un gran mercado.
Lo primero que hizo fue echar de allí a todos los que estaban vendiendo y comprando. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero a la gente, y los puestos de los que vendían animales.
- En las Escrituras se dice: "Mi casa será declarada casa de oración", pero ustedes están haciendo de ella una cueva de ladrones. – Gritaba Tenma muy furioso.
Por aquel tiempo, los jefes de los sacerdotes y los ancianos judíos se reunieron en el palacio de Taiyou, el sumo sacerdote, e hicieron planes para arrestar a Tenma mediante algún engaño, y matarlo.
- No durante la fiesta, para que no se alborote la gente. – Decían.
En eso, uno de los doce discípulos, el que se llamaba Tsurugi Kyosuke, fue a ver en secreto a los jefes de los sacerdotes y les dijo:
- ¿Cuánto me quieren dar, y yo les entrego a Tenma?
Ellos le pagaron treinta monedas de plata. Y desde entonces Tsurugi anduvo buscando el momento más oportuno para entregarles a Tenma.
Había llegado el primer día de la fiesta de pascua, en que se comía el pan sin levadura.
- ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? – Le preguntaron a Tenma los discípulos.
- Vayan a la casa de Fulano, y díganle: "El Maestro dice: Mi hora está cerca, y voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos."
Los discípulos hicieron como Tenma les había mandado, y prepararon la cena de Pascua.
Cuando llegó la noche, Tenma estaba a la mesa con los doce discípulos, y mientras comían, les dijo:
- Les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar.
Ellos se pusieron muy tristes, y comenzaron a preguntarle uno tras otro
- Señor, ¿acaso seré yo? – Preguntaba Shindou.
- Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras. – Respondió Tenma.
- Maestro, ¿acaso seré yo? – Preguntaba Tsurugi, el que lo iba a traicionar.
- Tú lo has dicho. – Contestó Tenma.
Mientras comían, Tenma cogió en sus manos el pan y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a los discípulos. Luego tomó una copa, la tomó y también se la pasó a sus discípulos.
Una vez acabada la cena y luego del cántico de los Salmos, se fueron al Monte de los Olivos.
- Todos ustedes van a perder su fe en mí esta noche. Así lo dicen las Escrituras: "Mataré al pastor, y las ovejas se dispersarán." Pero cuando yo resucite, los volveré a reunir en Galilea. – Decía Tenma mientras iban en el camino.
- Aunque todos pierdan su fe en ti, yo no lo haré. – Decía Shindou.
- Te aseguro Shindou, que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces. – Le respondía Tenma.
Luego Tenma y sus discípulos llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo:
- Siéntense aquí, mientras yo voy allí a orar.
Y se llevó a Shindou y a los dos hijos de Zebedeo, Amagui y Kirino. Tenma comenzó a sentirse muy triste y angustiado.
En seguida se fue un poco más adelante, inclinando su frente hasta tocar el suelo, y oró diciendo: «Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.»
Después de orar, volvió a donde estaban los discípulos, y los encontró dormidos.
- ¿Ni siquiera una hora pudieron ustedes mantenerse despiertos conmigo? despierten y oren, para que no caigan en tentación. Ustedes tienen buena voluntad, pero son débiles. – Le decía Tenma a Shindou.
- Tenma oró por segunda vez diciendo: «Padre mío, si no es posible evitar que yo sufra esta prueba, hágase tu voluntad.»
Todavía estaba orando, cuando Tsurugi, uno de sus doce discípulos, llegó acompañado de mucha gente armada con espadas y con palos. Iban también entre la turba varios sacerdotes y ancianos. Tsurugi, el traidor, les había dado una señal, diciéndoles: «Al que yo bese, es el que deben arrestar.» Así que, acercándose a Tenma, dijo:
- ¡Buenas noches, Maestro!
Una vez dicho esto, Tsurugi besó a Tenma.
- Con un beso traicionas al hijo del hombre.
Entonces llegaron los soldados y arrestaron a Tenma. Pero en ese momento, uno de los seguidores de Tenma sacó su espada y le cortó una oreja a un criado de Taiyou, el sumo sacerdote.
- ¡Guarda tu espada! Porque todos los que pelean con la espada, también a espada morirán. – Decía Tenma, para luego sanar al herido.
En seguida Tenma preguntó a la turba:
- ¿Por qué han venido ustedes con espadas y con palos a arrestarme, como si yo fuera un bandido? Todos los días estuve enseñando en el templo, y nunca me arrestaron.
En aquel momento, todos los discípulos dejaron solo a Tenma y huyeron.
Los que habían arrestado a Tenma lo llevaron a la casa de Taiyou, el sumo sacerdote, donde los maestros de la ley y los ancianos estaban reunidos. Shindou lo siguió de lejos hasta el patio de la casa del sumo sacerdote. Entró, y se quedó sentado con los guardianes del templo, para ver en qué terminaría todo aquello.
Los jefes de los sacerdotes y toda la Junta Suprema buscaban alguna prueba falsa para condenar a muerte a Tenma, pero no la encontraron.
- En el nombre del Dios viviente te ordeno que digas la verdad. ¿Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios? – Preguntaba Taiyou, el sumo sacerdote.
- Tú lo has dicho. Y yo les digo también que ustedes van a ver al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo. – Respondía Tenma.
Entonces el sumo sacerdote se rasgó las ropas en señal de indignación, y dijo:
- ¡Las palabras de este hombre son una ofensa contra Dios! Ustedes han oído sus palabras ofensivas; ¿qué les parece?
- Es culpable, y debe morir. – Respondieron los sacerdotes.
Luego de aquello, empezaron a golpear a Tenma.
Shindou, entre tanto, estaba sentado afuera, en el patio. En esto, una sirvienta se le acercó y le dijo:
- Tú también andabas con Tenma, el de Galilea.
- No sé de qué estás hablando mujer. – Respondió Shindou.
Luego se fue a la puerta, donde otra persona lo vio y dijo en voz alta:
- Ése andaba con Tenma, el de Nazaret.
- ¡No conozco a ese hombre! – Shindou por segunda vez negó las palabras de aquella persona.
Poco después, los que estaban allí se acercaron a Shindou y le dijeron:
- Seguro que tú también eres uno de ellos. Además eres Galileo.
Entonces él comenzó a jurar y perjurar, diciendo:
- ¡Ya les dije que no conozco a ese hombre!
En aquel mismo momento cantó un gallo, y Shindou se acordó de lo que Tenma le había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y Shindou salió de allí, para llorar amargamente.
Cuando amaneció, todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Tenma. Lo llevaron atado y se lo entregaron a Hakuryuu, el gobernador romano.
Tenma fue llevado ante el gobernador, que le preguntó:
- ¿Eres tú el Rey de los judíos?
- Tú lo has dicho – Contestó Tenma.
Mientras los jefes de los sacerdotes y los ancianos lo interrogaban, Tenma no respondía nada. Por eso Hakuryuu le preguntó:
- ¿No oyes todo lo que están diciendo contra ti?
Pero Tenma no le contestó ni una sola palabra; de manera que el gobernador se quedó muy extrañado.
Durante la fiesta, el gobernador acostumbraba dejar libre un preso, el que la gente escogiera. Había entonces un preso famoso llamado Nishiki; y estando ellos reunidos, Hakuryuu les preguntó:
- ¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad: a Nishiki, o a Tenma, el que llaman el Mesías?
Pero los jefes de los sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud de que pidiera la libertad de Nishiki y la muerte de Tenma. El gobernador les preguntó otra vez:
- ¿A cuál de los dos quieren ustedes que les ponga en libertad?
- ¡A Nishiki! – Decía la multitud.
- ¿Y qué voy a hacer con Tenma, el que llaman el Mesías? – Preguntaba Hakuryuu.
- ¡Crucifícalo! – Respondió la multitud.
- Pues ¿qué mal ha hecho este hombre? – Preguntaba el gobernador.
- ¡Crucifícalo! – Volvió a responder la multitud.
Cuando Hakuryuu vio que no conseguía nada, sino que el alboroto era cada vez mayor, mandó traer agua y se lavó las manos delante de todos, diciendo:
- Yo no soy responsable de la muerte de este hombre, es asunto de ustedes.
- ¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte! – Respondió la gente.
Entonces Hakuryuu dejó libre a Nishiki; luego mandó azotar a Tenma y lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador llevaron a Tenma al palacio y reunieron toda la tropa alrededor de él. Le quitaron su ropa, lo vistieron con una capa roja y le pusieron en la cabeza una corona tejida de espinas y una vara en la mano derecha. Luego se arrodillaron delante de él, y burlándose le decían:
- ¡Viva el Rey de los judíos!
Después de burlarse así de él, le quitaron la capa roja, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo.
Al salir de allí, encontraron a un hombre llamado Endou, natural de Cirene, a quien obligaron a cargar con la cruz de Tenma.
Y le seguía una gran multitud, y muchas mujeres que lloraban y hacían lamentación por él.
Tenma se acercó hacia Akane y midori diciéndoles: Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, sino por ustedes mismas y por sus hijos.
Iban junto a él, dos malhechores llamados Shinsuke y Hikaru, que también tendrían el mismo destino.
Y cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, crucificaron a Tenma, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
- Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. – Decía Tenma.
- A otros salvaste, sálvate a ti mismo, si eres el Mesías, el escogido de Dios. – Gritaba la gente.
Había también sobre la cruz de Tenma un título escrito con letras griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS.
- Si tú eres el hijo de Dios, sálvate a ti mismo y a nosotros. – Decía Shinsuke, uno de los malhechores que amargamente injuriaba contra Tenma.
- ¿En verdad no temes a Dios? Estamos con la misma condena. – Hikaru, otro de los malhechores le reprendía a Shinsuke. – Nosotros estamos aquí por nuestras malas acciones, pero él no hizo nada malo.
- Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. – Le decía Hikaru a Tenma.
- De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. – Le respondía.
Era cerca de las tres de la tarde cuando las tinieblas comenzaron a cubrir toda la tierra, el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad.
Entonces Tenma, clamando a gran voz, dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Y habiendo dicho esto, expiró.
Cuando ya anochecía, llegó un hombre rico llamado Fey, natural de Arimatea, que también se había hecho seguidor de Tenma. Fey fue a ver a Hakuryuu y le pidió el cuerpo de Tenma. Hakuryuu ordenó que se lo dieran, y Fey tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana de lino limpia y lo puso en un sepulcro nuevo, de su propiedad, que había hecho cavar en la roca. Después de tapar la entrada del sepulcro con una gran piedra, se fue. Pero Aoi y Kinako se quedaron sentadas frente al sepulcro.
- Vamos a casa que se aproxima el día de reposo. – Les decía Fey.
El primer día de la semana, en la mañana, Aoi y Kinako fueron al sepulcro trayendo las especias aromáticas que habían preparado, iban también en compañía de Midori y Akane.
Al llegar hallaron removida la piedra del sepulcro, y entrando, no hallaron el cuerpo de Tenma.
Quedándose perplejas por este hecho, una luz brillante se apareció delante de ellas mostrando a dos varones con vestiduras resplandecientes, como tuvieron temor, bajaron sus rostros a tierra,
- ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? – Preguntaron aquellos seres.
- No está aquí, sino que ha resucitado. Acuérdense de lo que él hablaba, cuando aún estaba en Galilea.
Entonces ellas se acordaron de sus palabras,
Volviendo del sepulcro, dieron la noticia a los once apóstoles, y a todos los demás.
Todos creían que se trataba de una locura las palabras de aquellas mujeres, y no les creyeron.
Pero Shindou se levantó, corrió al sepulcro, y cuando miró dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido.
Los rumores crecían entre los demás, algunos decían que vieron a Tenma camino a Emaús, Shindou había confirmado aquella noticia de la roca del sepulcro, casi todos estaban convencidos de la resurrección del señor.
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los Judíos, cuando de pronto algo increíble estaba a punto de ocurrir.
- Paz a ustedes. – Tenma se apareció en medio de los reunidos.
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor.
Kariya, uno de los doce, no estaba con ellos cuando vieron a Tenma resucitado.
- ¡Hemos visto al Señor! – Le decía el resto de los apóstoles.
- Tsk… ¡Me quieren ver la cara!… Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no les podré creer.
- Pero lo que te venimos a decir es verdad. – Le reprendía Kirino.
- Ya te dije, ver para creer. – Respondió.
Ocho días después, Sus discípulos estaban otra vez dentro de aquella casa con las puertas cerradas y esta vez en compañía de Kariya. Cuando de pronto Tenma volvió a aparecer entre ellos diciendo:
- Paz a ustedes.
- Kariya, acerca aquí tu dedo, y mira mis manos, extiende aquí tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. – Tenma le decía a Kariya.
Haciendo lo que le ordenó el señor, tocó las manos y el costado de Tenma.
- ¡Señor mío y Dios mío! – Decía Kariya con total asombro.
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron. – Replicaba Tenma.
Luego Tenma se dirigió a todos sus apóstoles diciendo:
- Así está escrito, y así fue necesario que el hijo de Dios padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día, y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas, por tanto, Yo enviaré sobre ustedes la promesa de mi Padre, pero ustedes, permanezcan en la ciudad hasta que sean investidos con el poder de lo alto.
Entonces Tenma los condujo fuera de la ciudad, y alzando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo.
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