Actuación sin Libreto: Tsukio-Hen

Acto Diez (larga duración)

Como un sueño.

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Midori se puso de pie lentamente, con Smokin-Neko acomodado en sus brazos. La cabeza le daba vueltas con Umeda frente a ella. Era tan grande y tan ancho…

-¿Y?... ¿No me dirás nada?- preguntó él levantando una ceja. Dio un paso, acercándose y la joven por instinto retrocedió mirando hacia abajo para evitar verlo a la cara. Esto descolocó a Umeda, quien se dio cuenta que ella se sentía amenazada y no le gustó la idea de que Midori pudiera sentir miedo de él, por lo que suavizó el tono de su voz al hablarle nuevamente. – Necesito saber por qué te fuiste.-

Ella siguió abrazando a su gato. No necesitó mucho para imaginar de dónde había sacado las llaves Umeda.

-Lo siento, pero no hay nada entre nosotros que deba ser hablado.- dijo a Umeda, quien avanzó hacia ella aprovechando que estaba mirándose los pies y las pantuflas.

-Al contrario, Midori, tenemos mucho de qué hablar. Te fuiste de mi casa sin decirme nada. Me dejaste solo y casi me he vuelto loco en estos días, sin conocer los motivos que tuviste para abandonarme y sin recibir una palabra tuya aún cuando trabajamos juntos.

-Usted dejó de interesarme. Eso es todo.- respondió la joven mirando hacia otra parte.

-Es mentira.-

-Es cierto, Umeda. Usted me repugna y por eso yo no pude… -

Midori no siguió hablando porque Umeda, en un impulso, la tomó por la cintura y la sentó en la mesa de la cocina. Luego le tomó la barbilla y le alzó el rostro hacia él. Midori soltó al gato con el movimiento.

-Repíteme eso que acabas de decir mirándome a los ojos.- exigió Umeda sin permitirle voltear la cara. Ella abrió la boca para emitir alguna palabra, pero lo cierto es que fue incapaz de hablar y bajó la mirada cohibida. –Dime ahora que te repugno, Midori. Dime que no quieres volver a casa, conmigo y con tu gato. ¡Dímelo!-

La joven no estaba segura de querer decir esas palabras porque realmente no las sentía, pero una parte de su mente porfiaba en la idea de hacerlo. Lo cierto es que tenía una lucha interna entre rendirse y permitirse estar con Umeda y desaparecer de allí. Cerró los ojos con fuerza, moviendo la cabeza ante la indecisión y al abrirlos, sintió como algunas lágrimas corrían por sus mejillas. Ya no daba más y debía reconocer que se había enamorado de ese hombre a pesar de todo lo que ella creía.

Sus lágrimas fueron apartadas por los pulgares de Umeda, tal como sucedió aquella última noche que pasaron juntos. Los labios de Midori fueron cubiertos por los masculinos y poco a poco se entregó a las caricias que le brindaba ese beso, al principio suave y luego más apasionado a medida que pasaban los segundos. La joven dejó de apoyar sus manos en la mesa para llevarlas a la nuca de Umeda, quien la tenía por la cintura y la apretaba cada vez más fuerte contra él, con la firme intención de evitar que ella volviera a escapar.

Abandonando los labios de la joven, Umeda bajó un poco la boca hacia el cuello delgado y blanco de Midori, para probar de aquél sabor dulce que tenía ella. Siguió hacia su hombro y luego subió hacia sus mejillas y su boca nuevamente, enredando los dedos en la espesa cabellera negra que él mismo liberó de una coleta. Se separó de ella para mirarla fijamente.

-Puedes repetir todas las veces que quieras que te repugno, pero la verdad es muy diferente, Midori.- dijo enmarcando su rostro y dejando un nuevo beso sobre sus labios entreabiertos. –Regresa conmigo a casa. Por favor.-Acabó, hablando cariñosamente.

-No puedo… - fue la débil respuesta. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Midori puso sus manos sobre el tórax de Umeda y lo apartó de sí. Luego se bajó de la mesa, quedando de pie.

-Pero dime por qué no puedes. Sea cual sea la razón que tengas, o el problema, yo veré la forma de solucionarlo.

Midori se cruzó de brazos, con los ojos cerrados fuertemente. Y así se decidió a decir las palabras por tanto tiempo contenidas.

-No puedo estar contigo, porque me usaste para destruir el matrimonio de Ken, ¿lo recuerdas? ¿Recuerdas cómo me hablabas de él, pintándolo como un hombre maravilloso, como un hombre enamorado de mí? Y yo te creí y por eso estuve a punto de hacer algo estúpido, algo humillante… ¿de verdad pretendías acabar con esa familia para quedarte con Kaori? Eres un cerdo repugnante.-

Umeda abrió los ojos de par en par porque el tono débil de voz de la joven se endureció a medida que le hablaba y no sólo lo tuteaba, sino que lo miraba como si fuera un gusano.

-Midori… -

- Umeda, creí que me querías, que me tenías afecto pero no era así. Sólo te interesaba aprovecharte de que yo quería… de que yo quería que alguien me quisiera y me hiciste pensar que alguien me podía dar amor ¡pero me usaste! Y estoy segura que sabías que Ken nunca me vio de otra manera que no fuera como su compañera de trabajo pero no te importó. Sólo querías que tuviera sexo con él para poder separarlo de su esposa y yo mientras… llegué a creer que él sentía algo por mí… No sabes lo miserable y avergonzada que me he sentido desde entonces… Te descubrí, Umeda.-

El aludido tomó aire.

-Veo que ya sabes todo y debes estar satisfecha por eso. Pero tengo curiosidad. ¿Acaso sientes algo por Ken?-

Midori lo miró como si quisiera matarlo.

-¿Y tú me lo preguntas? ¿Para qué quieres saberlo? ¿Para tratar de convencerme de que puede pasar algo entre nosotros? ¿Aún quieres quedarte con Kaori?-

Umeda notó con satisfacción como la voz de Midori se tensaba ante la insinuación que él soltó. Ella había picado el anzuelo, mostrándole sus celos.

-Lo pregunto porque pensé que estabas interesada en mí.- dijo él tan tranquilo, metiéndose las manos a los bolsillos del pantalón. –Por lo demás, creí que ya habías notado que cambié de objetivo. A quien quiero es a ti.

- Pero no quiero estar contigo.- dijo ella alejándose de él, sin poder ocultar su confusión por lo que oía.- No me interesas, Umeda y sólo quiero que te vayas.

- Qué extraño…. Tú no me crees, yo no te creo, pero en fin. ¿Ya terminaste?

Midori lo miró por unos momentos más, con muchos sentimientos encontrados.

-No tengo nada más que decirte. –

-Yo si tengo que hablar contigo. Y quisiera que me escucharas porque al menos me merezco eso, ¿no?-

Midori se acercó a la puerta de la cocina y cruzándose de brazos, asintió.

-Muy bien… cartas sobre la mesa. Yo ya sabía todo esto que pensabas hacer conmigo.-

-¿Qué dices?

-Que yo sabía que tu repentino interés en mí era con el fin de alejarme de Kaori y ayudar a tu amigo Ken, lo que me parece muy noble de tu parte, pero a la vez, bastante estúpido si me permites decirlo. Te falta mucho para ser una manipuladora como yo.

-Imposible… tú no podías saberlo…

Umeda tomó su celular y marcó el número de Ken. Luego puso el altavoz para que pudieran escucharlo ambos.

- Hey, Ken.- dijo Umeda cuando éste lo saludó.- Échame una mano, por favor. Midori no cree que yo lo sabía todo.

-Hola Midori, espero que estés bien.- la saludó Ken.- Me gustaría estar allí diciéndote esto personalmente pero ya tendremos oportunidad de hablar. La noche de la tormenta hablé con Umeda y le dije que ya sabíamos lo que él pretendía hacer con nosotros y hablamos también de ti. Antes que lo dejaras él ya sabía que lo habíamos descubierto y conocía tus intenciones.

Midori de inmediato sintió las mejillas rojas de la rabia y la vergüenza.

-No tenías derecho…

-Lo lamento, Midori. Pero no es mi estilo inventar mentiras y vivirlas. Menos ahora que seré padre. Si hiciera eso, ¿qué ejemplo sería para mis hijos?

-¡No debiste hacerlo, no debiste! Eso era mi secreto… nuestro secreto y lo rompiste. ¿Cómo te sentirías si yo fuera donde Kaori y le dijera que nos besamos, y que me respondiste?

-Me sentiría igual que ahora porque como ya te he dicho, no tengo secretos con mi esposa. Ninguno. De hecho, esa noche Umeda me recomendó contarle absolutamente todo a mi mujer, aunque él mismo salió perdiendo porque Kaori aún no le habla. De todos modos, Midori, más que preguntarte por qué le conté todo a Umeda, deberías caer en cuenta que ese tipo ya no quiere más mentiras. Tal vez tú también debas dejarte de ellas y analizar lo que realmente sientes.

Ken se despidió de Umeda y Midori y luego cortó para seguir viendo la televisión con Kaori que a su lado estaba tratando de aprender a tejer un chalequito para bebé, guiándose con una revista de tejido.

Umeda se guardó el celular y la miró nuevamente. La joven seguía de brazos cruzados.

-¿Sabes por qué prefiero a Kaori?- preguntó Umeda, acercándose a ella poco a poco apenas siendo notado.

Por su parte, ante la sola mención del nombre Kaori, Midori apretó los labios.

-No me interesa.-

-Te lo diré de todos modos. Porque ella supo todo lo que sucedió conmigo, contigo y con Ken. Y en vez de guardarse su rabia y fingir una falsa amabilidad, me enfrentó y me dijo todo lo que me merecía. Porque ella no cree en esa estupidez que hiciste tú de pagar con la misma moneda. Porque Kaori realmente es una mujer noble y yo he aprendido de ella.

Midori no fue capaz de soportar el peso de su propio cuerpo al escucharlo y lentamente fue cayendo al piso. El golpe recibido había sido realmente fuerte… porque más que nunca su mente le repetía que era cierto entonces que ella era de lo peor, una mujer indigna y estúpida que todo hacía mal. Umeda se acercó pero Midori lo apartó de un manotazo.

- Tiene razón en preferirla porque yo no sirvo para tener relaciones de pareja. Simplemente porque no sé dar amor; lo he intentado muchas veces pero siempre acaba todo mal, como ahora. Lo mejor es que me quede sola y que usted encuentre a una mujer que sea capaz de enamorarlo con la verdad y no por culpa de manipulaciones y ese tipo de cosas. Además, estoy segura que muy pronto se olvidará hasta de que existo…

-No, no, Midori, no digas eso.- dijo Umeda tomándola por los brazos, arrodillado junto a ella. –Yo realmente te quiero, y no creo que seas incapaz de dar amor porque aunque fue por unos días, percibí mucho de tu parte… regresa conmigo a casa, vamos a intentarlo…-

La joven lo apartó.

-Váyase.

-Pero…

-¡No entiende que verlo me hace mal! Que me recuerda constantemente lo que trató de hacer conmigo… que me acuerdo de los momentos en que teníamos relaciones y yo sentía mucho asco por todo lo que estaba haciendo, porque puede que después me haya empezado a gustar pero antes era una tortura meterme a su cama.- Las lágrimas volvieron a aparecer para deslizarse por su rostro.- Me duele que todo esto haya pasado porque no sólo vi la peor parte de usted, sino también la mía y por más que lo pienso, no logro comprender como fue que yo me enamoré de quien consideraba mi enemigo ni puedo ver qué cosa buena vio usted en mí para decir que me quiere tanto. Eso me confunde… ¡Cómo hubiera deseado nunca ir a dar a su casa! Diga lo que diga no puedo perdonarlo ni perdonarme… -

Al verla en ese estado, Umeda se arrepintió de haber hecho las cosas de esa manera al percatarse que Midori era mucho más frágil emocionalmente de lo que él había creído. Por eso la tomó en brazos para sacarla de allí y aunque ella al principio se resistió, dejó de hacerlo porque se puso a llorar y enterró la cara en el pecho masculino.

Umeda llegó con ella hasta un sofá, donde se sentó sin soltarla. Le acarició el cabello y la abrazó con fuerza. Ella estaba destrozada y sólo el Cielo sabía como podría él ayudarla.

-Perdóname, Midori, por favor… perdona a este hombre tonto.- repetía una y otra vez, meciéndose con ella.- No sabes lo mal que me siento… yo nunca pensé que todo esto te causaría tanto daño. Por favor, créeme… -

Poco a poco las lágrimas cesaron, pero no la tristeza que las había causado. Midori, demasiado cansada, seguía sobre Umeda que la besaba entre los cabellos.

-El día que Ken me lo contó… - dijo Umeda.-… estuve deambulando mucho rato bajo la lluvia, enojado contigo, Midori… y conmigo por haber sido tan… tan imbécil y por haber confiado en ti. Pero… esa misma noche descubrí que estaba dispuesto a hacer lo que sea por quedarme a tu lado…

-No te creo.

Umeda ignoró el comentario.

-Esa noche llegué a mi cuarto y te encontré sobre mi cama, llorando y hablando de Kaori. Intuí que estabas celosa de ella por algún motivo y supe que tal vez no era tan descabellada la idea de que pudieras estar enamorándote de mí. Y cuando respondiste a mis besos, cuando te entregaste a mí, Midori… yo supe que me correspondías y que aunque no quisieras reconocerlo, también tú estabas cayendo en tu trampa. Porque esa noche fue diferente a las anteriores.-

-Yo… no quería que eso pasara.- admitió la joven débilmente, sintiendo el roce de los dedos de Umeda en su mejilla aún húmeda.- Quería atarlo por sexo… pero al final yo misma comencé a enamorarme de usted a pesar de todo lo que sabía. Porque… aunque fuera con mentiras, siempre fue amable y considerado conmigo y después lo fue aún más. Eso me confundía… yo… yo creí que usted era un hombre egoísta y ególatra pero la verdad es que nunca vi eso en su forma de tratarme.- admitió.

Para Umeda no pasó desapercibido el que ella volviera a llamarlo de manera formal que más que algún tipo de sumisión, indicaba una forma cariñosa de trato.

-Midori… - dijo muy cansado.- ¿Realmente crees que soy tan malo? ¿En verdad me ves como a un monstruo? Todo lo que vivimos esos días ¿no significó nada para ti? Para mi significó conocer una nueva vida y decidir que era… la que quería tener siempre, pero contigo.

Midori suspiró, secándose las mejillas con la muñeca.

- Te contaré algo, Midori. Cuando yo era joven, estuve de novio con la madre de Kaori e incluso nos queríamos casar pero conoció a Hayahama y se fugó con él. Kaoru fue el primer amor que tuve y tuvieron que pasar muchos años para que yo pudiera olvidar el dolor que me había causado. Me dediqué con ahínco a mi carrera y tuve muchas novias, para no sentirme tan solo, pero nunca durábamos más que un par de meses. Incluso me mantuve célibe muchos años, esperando a que Kaoru volviera.

Midori sorprendida, miraba a Umeda sin poder creer lo que decía. El la miró medio serio y medio divertido.

-¿Te parece extraño? Fui un hombre virgen hasta los 34 años. Algunas de mis novias me dejaron por el hecho de que yo no quería tener sexo con ellas y no podían creer que para mí lo más divertido que podía hacer en la cama era leer un libro antes de dormir. Simplemente, nunca estuve tan enamorado de ellas. Pero con el correr del tiempo, perdí toda esperanza de reencontrar el amor y no le vi caso a seguir guardándome para una mujer que no volvería. Fui muy tonto. Y supongo que por eso me volví un irónico.-

Umeda habló mucho rato con Midori, contándole todo lo que había vivido hasta ese momento. Como había llegado a Tokio por una oferta de trabajo, como la había recibido en su casa por petición de Aoshi y como se le ocurrió que ella podía seducir a Ken. Terminó admitiendo que en algún momento la idea le empezó a disgustar y que no entendía el por qué de eso.

-Yo sólo vivía mi vida, tratando de conseguir a esa mujer y de algún modo llegaste a mi casa. Quizá, si yo me hubiera detenido un momento a revisar con calma lo que estaba pasando, me hubiera dado cuenta antes de que lo que sentía por ti era algo especial. Algo que nunca antes había sentido ni por Kaoru o Kaori. Porque ellas eran como un trofeo para mí, como una meta. Pero tú… tú entraste de a poco en mi corazón sin que pudiera resistirme. Mientras otras serían mujeres para salvar mi orgullo herido, tú eres una con quien yo quisiera compartir todas las cosas que sé, todo lo que soy y lo que puedo ser. Eres la mujer con quien yo quisiera despertar todos los días de mi vida, abrazándola. Es a ti a quien quiero cuidar… ya no soy tan joven pero estoy seguro que por estar contigo, yo viviría muchos años más.

-Umeda…

Midori alzó una mano hasta la cara de Umeda, para alcanzar sus ojos y secar la humedad que manaba de ellos.

-Yo sé lo que sucedió contigo antes de que fueras a dar a mi casa. Sé que existe un tal Misaki y como te rescataron de él. Midori… yo te cuidaría de cualquiera que quisiera hacerte daño.

La joven dejó de respirar por unos momentos al escuchar todo eso. Al hacerlo nuevamente, se acurrucó contra Umeda.

-Usted… ¿usted realmente cuidaría de mí?

-Es lo que quiero hacer, Midori, si me perdonas por todo y me dejas demostrártelo.

Por toda respuesta, ella buscó sus labios y rato después se dejó llevar al futón.

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A esa misma hora, Aoshi escuchaba un demo de la música que se usaría en la serie de videos de "Rurouni Kenshin: Tsukio-Hen", notando de inmediato que Taku Iwasaki estaba haciendo un trabajo espectacular. De hecho, a Aoshi se le hacía muy fácil imaginar el mundo en guerra de Kenshin, sus penas y sus luchas con ella.

Ya había terminado de grabar todas las escenas que necesitaba y en la semana comenzaría el verdadero trabajo para él: la edición de los capítulos y todo eso. Cuando terminó de escuchar la música ya era la una de la mañana, así que se quitó los audífonos y se dirigió al dormitorio, donde encontró a Satori aún despierta, leyendo un libro sobre el cual tendría una prueba en algunos días más. Al lado de la cama, en su cuna, dormía el pequeño Shinn´ya, ajeno a todos los trabajos de sus padres.

Satori cerró su libro y se quitó los lentes de lectura.

-Te estaba esperando. ¿Te gustó lo que te mandó el compositor?-

La música había desatado tantas emociones en Aoshi que él sólo atinaba a mirar a su esposa, sin saber muy bien cómo reaccionar. Ella rió quedo al contemplarlo.

-Cada vez que te pones así, es porque algo te ha gustado mucho. Bien por el señor Iwasaki.-

Aoshi se sorprendió. Ella realmente lo conocía muy bien. Una mirada y le bastaba para leer su mente. Sonrió y quitándose la ropa, se acercó a la cama. Satori se sacó una bolita de ropa de debajo de su cuerpo y se la pasó a su marido. Era el pijama que ella estaba calentando con su cuerpo.

-Está un poco arrugado, pero servirá.- dijo ella sonriendo, a pesar de que se notaba un poco cansada. – Aún hace frío por las noches.

Aoshi apartó la ropa de cama y se metió a ella tal como Dios lo echó al mundo.

-Creo que esta noche me bastará contigo para mantener el calor.-

Satori apagó la luz del cuarto y se despojó de su camisón. Después de todo, dos cuerpos desnudos en contacto, generaban el calor suficiente como para pasar todo un invierno sin mayor problema. Y más aún cuando ambos cuerpos se mezclaban entre ellos, como estaba sucediendo en ese momento.

-¿Cómo sabes que algo me gusta? Dime tu secreto, bruja.- le susurró Aoshi mientras besaba su delgado cuello. Satori rió y le revolvió el cabello.

-Porque te paralizas y pones la misma mirada que me echaste la primera vez que nos vimos.-

-Mentirosa, mentirosa… es imposible que te acuerdes de eso.

-Ja, tú eres el mentiroso. Claro que me acuerdo… no todos los días uno bombardea a un galanazo con una mala calificación. Menos cuando es un galán tan engreído.

-Digas lo que digas, aún estás loca por ese galán.- le dijo Aoshi atacando esta vez sus senos. Sólo que en ese momento, el bebé despertó, reclamando el platillo que saboreaba su padre. Satori encendió la luz, se limpió los pezones con una toallita húmeda y dio de comer a su hijo. Rato después lo devolvió a su cuna y volvió a la cama. Sintió las manos de Aoshi moverse hacia sus adoloridos pechos y cuando iba a protestar, él se detuvo, suspirando. –Ser padres es maravilloso aunque a veces tiene sus inconvenientes.

-Lo siento.- dijo ella, disculpándose por su falta de interés en el sexo luego de la excursión nocturna a la cuna.

-No te disculpes… aunque no es una situación que me haga feliz, no me queda más que entenderte. Además… ya tendremos tiempo y espacio para desquitarnos. Lo importante es que no dejes de amarme y me lo digas de vez en cuando. A veces el bebé me da celos, porque disfruta más que yo de tu compañía.

Satori se acomodó junto a Aoshi y enredó las piernas en las de él.

-Quizá yo no esté tan cansada si prometes ser gentil. Estoy sensible, así que evita tocarme los senos, por favor… -

-No tienes que hacerlo si no quieres, Satori.

-Claro que quiero hacerlo… yo también necesito de ti y quiero que tú… una mujer tiene sus necesidades, ¿sabías?

Aoshi no esperó una tercera insinuación y en ese sentido, no le importaría reconocer que era dominado por su esposa porque tal situación le encantaba.

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Midori despertó con un sobresalto. Su corazón latía con fuerza y abrió los ojos. Notó la oscuridad imperante y recordó que estaba en la casa de Umeda, en su cama.

Pero Umeda no estaba ahí.

La joven se sentó para esperarlo. Ya habían pasado siete días desde que ella había regresado con él y a pesar de que había tenido sus dudas, cada vez se disipaban más. Sin embargo, aún todo eso le parecía demasiado irreal, como si estuviera viviendo en un sueño del que despertaría en cualquier minuto.

Había estado soñando con su padre… con sus gritos, sus recriminaciones. Con su madre siendo golpeada en una esquina de la cocina, con ella misma corriendo para posponer un castigo. Midori suspiró al darse cuenta de que su padre ya no existía, que su madre estaba a salvo viviendo con una hermana y que ahora ella era una mujer que vivía con un hombre que había prometido cuidarla de todo lo que antes había vivido. Paseó su mirada por las sombras de la habitación y descubrió una forma que se le hizo extraña y a la vez familiar, lo que le causó cierta alarma. Más cuando esa sombra avanzó hacia la luz que se filtraba desde el faro de la calle a la habitación, por la ventana.

-Hola, Midori…

La joven se cubrió los pechos con la sábana al reconocer esa voz.

-¿Cómo entraste?-

-Hola, querida. Linda nueva casa…-

-Sal de aquí.- dijo ella en una súplica. Se preguntó dónde estaría Umeda y sintió un escalofrío recorrer su espalda al percatarse de que Misaki bien le pudo haber hecho algo. Sin embargo, desde alguna parte de la casa, le llegó el sonido de descarga del inodoro, lo que también llamó la atención de su ex novio.

-¿Asi que ya me encontraste reemplazo, no? Realmente no puedes tolerar una cama fría.

-Por favor… por favor, vete de aquí antes que…

-¿Antes que llegue el anciano con el que te acuestas? Olvídalo. Después que no quisiste contestarme más el teléfono, tuve que tratar de localizarte y después de verte en el Teatro opté por seguirte hasta aquí. No entraré en detalles de cómo entré pero no me iré hasta escuchar tu disculpa, porque estoy seguro de que lo que pasó... tú sabes… esos días que pasé detenido, no era algo que sintieras en verdad.

Midori sintió unos pasos acercarse a ella y el roce de los dedos de Misaki sobre su mejilla le causó una enorme repulsión. No podía creer que en una ocasión haya pensado que con él podía compartir su vida. Trató de alejarse, pero Misaki la tomó por la muñeca, haciendo que se levantara de la cama con un fuerte tirón. La joven se aferró a la sábana con la que trataba de envolverse, ayudada por su mano libre.

-Suéltala.

La voz grave de Umeda llegó hasta ellos. Midori alcanzó a notar que vestía el pantalón del pijama antes que se ocultara entre las sombras del cuarto.

-Lo siento, amigo, pero por esta noche ella estará ocupada saldando una deuda. Vete y regresa mañana si es que me siento con ánimo de dejarte las sobras. Hace tiempo que no la pruebo.

Umeda notó la expresión aterrorizada de Midori y supo que su intuición al ver una ventana abierta no le había fallado. Pero lo que más lo descolocó fue el nítido recuerdo de una escena muy similar pero con otros protagonistas. Recordó cuando entró a casa de Ken, aprovechando que éste no estaba, con el fin de hacer suya a Kaori, forzándola si era necesario.

La impotencia y la rabia hacia él mismo y hacia Misaki lo embargaron. Tal vez esto era justicia divina y él aún tenía muchas cosas que pagar, viviéndolas desde el otro lado. Ya Midori lo había tratado de engañar… ahora le tocaba ver a la mujer que quería siendo amenazada por otro.

-Suelta a Midori.- dijo ronco.

-Olvídalo. Ella es mi mujer. El que sobra aquí eres tú, así que lárgate.

Umeda trataba de mantener los ojos fijos en los de Misaki mientras analizaba mentalmente su propia fuerza para pelear con él. Ken le había enseñado que la contextura física no aseguraba el que uno pudiera ganar una pelea, más que el propio convencimiento de desear ganar si uno lo consideraba justo o si estaba protegiendo algo. Sigilosamente, Umeda trató de acercarse a Misaki, cuando el sonido de una botella con agua que se quebraba se escuchó en el lugar después que Midori gritó y Umeda sintió "algo" pasar muy cerca de su cabeza.

-Me la llevaré, ¿escuchaste, anciano?

Umeda se mantuvo en silencio hasta que saltó hacia Misaki para asestarle un puñetazo en la mandíbula, mandándolo a volar. Midori cayó también, pero Umeda la tomó de una mano para ayudarla a levantarse y ponerla a salvo a pesar de que él mismo temblaba entero.

- No dejaré que vuelva a tocarte.- Dijo dándole un rápido beso en los labios.- No dejaré que nada malo te pase.- le prometió esta vez, dándole la espalda para enfrentarse a Misaki que se levantaba sobándose la mandíbula. Ya ambos se habían acostumbrado a la penumbra del cuarto.

-Malnacido hijo de … -

Misaki se abalanzó sobre Umeda pero éste esperó a que lo alcanzara. Cuando el hombro de Misaki hizo contacto con su estómago desprotegido para derribarlo, Umeda aprovechó para darle un fuerte golpe con los puños juntos sobre la espalda. Misaki cayó al suelo nuevamente, quejándose del dolor. A pesar de eso se levantó de inmediato pero Umeda le pateó el mentón.

-Así que sólo eres valiente con Midori.- le dijo jadeando, cansado.- Te gustaba golpearla, ¿no?, abusar de ella. Ella ya no está sola porque yo la cuidaré de la mierda de persona que eres tú.-

Midori, en un rincón, abrió los ojos con sorpresa. Nunca había escuchado a Umeda hablar con tanta rabia. Se tapó los oídos… no quería escuchar. Quería que se detuvieran. Detestaba la violencia.

-¡¡Ella es mi mujer!!.- gritó Misaki, abalanzándose sobre Umeda una vez más.

Los golpes se sucedían y ambos contendores estaban muy parejos. Cayeron sobre la cama, de allí al piso… en un momento Misaki estaba sobre Umeda, tratando de estrangularlo pero éste torció la cintura y logró que Misaki cayera, para darle un golpe en la cara. Pero Misaki había alcanzado un pedazo de botella rota, que enterró en el costado de Umeda causándole una herida profunda.

Umeda rugió del dolor, pero antes, le dio un fuerte golpe en la cara a su oponente, dejándolo semiinconsciente. No podía permitir que tal escoria siguiera con vida para acechar a Midori… no podía dejarse dominar por el dolor hasta haber acabado con él. Le dio un segundo golpe con toda su fuerza y le iba a dar el tercero entre la frente y la nariz cuando sintió las manos de Midori tomar su brazo con fuerza.

-No lo haga… no siga con esto, por favor. Vámonos de aquí.

-Pero… hay que terminar con él de una vez… - dijo Umeda, al borde de la locura, con todas sus ganas asesinas concentradas en el golpe que pensaba dar.

-No… por favor, salgamos… no quiero que sea como él, no me gustan las peleas… Umeda, no quiero vivir más de esto… vamos al hospital a que le atiendan… está perdiendo mucha sangre.

-Él te hizo daño y es justo que reciba lo mismo…

-Umeda, Umeda… no importa… - le suplicó Midori, hablando rápidamente.- Déjelo… usted mismo dijo que le gustaba Kaori porque ella no pagaba con la misma moneda. Y esos golpes… duelen mucho. Salgamos y llamemos a la policía.

Umeda se levantó del cuerpo inmóvil de Misaki y lo dejó solo después de darle un golpe en las costillas. Tomó una frazada de la cama y rápidamente salió del cuarto con Midori envuelta en ella, sólo que en ese momento, el caído recordó que traía algo especial en la chaqueta y como pudo se incorporó, saboreando por anticipado la venganza que tendría.

Umeda caminaba despacio por el dolor que sentía y ya había alcanzado el borde de la escalera cuando sintió un dolor quemante en la espalda a la par que escuchaba el sonido de un disparo. Misaki lo había atacado a traición y esgrimía un revólver con la intención de acabar con él. Midori, espantada, subía los escalones que la separaban de Umeda, levantándose los faldones de su improvisada ropa.

Apoyado en la pared, Umeda miró a Misaki, quien apuntó hacia él dispuesto a dispararle nuevamente cuando Midori apareció en escena. Se lanzó sobre Misaki y tomándole la mano armada, se balanceó con él peligrosamente, negándose a soltarlo. No le importaron los gritos ni las maldiciones, los fuertes tirones de pelo, ni los ruegos de Umeda hasta que el suelo desapareció bajo sus pies y junto a Misaki, cayó por la escalera. Haciendo un esfuerzo al sentirse mareado por el daño recibido, Umeda bajó tan rápido los escalones como pudo. Misaki había caído sobre la joven y a juzgar por el modo en que se incorporaba, era evidente que no había sufrido mayor daño. Pero Midori no abría los ojos…

La puerta de entrada a la casa se abrió y entró una conocida figura para Umeda. Ken encendió la luz del lugar, encontrándose con una escena que hubiera querido no ver jamás, con Umeda sangrando, arrodillado junto al cuerpo inmóvil de Midori. Al verse acorralado, Misaki intentó disparar a Ken quien gracias a sus buenos reflejos, pudo esquivar la bala. En eso escucharon las sirenas de la policía acercarse y con sorpresa, notaron que se alejaban…

Misaki volvió a disparar sobre Ken, pero erró el tiro porque un enorme cuerpo caía sobre él.

-Llévate a Midori de aquí, Ken. Acaba de despertar. - dijo Umeda, acostado sobre Misaki que se revolvía debajo suyo. – Vete mientras yo intento detener a este imbécil…

-Pero…

-¡Tú mujer y tus hijos te esperan en casa! No te puedes dejar matar aquí…

Midori, atontada, sintió que la alzaban en brazos y cuando dejaron atrás a Umeda, escuchó una nueva detonación.

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Sus fuerzas habían llegado a su límite. Su cuerpo era incapaz de seguir a sus ganas de defender a Midori. Sin embargo, una parte de su mente le indicó que de todos modos ya estaba a salvo. Que estaba bien.

Exhalando un suspiro, quedó recostado sobre su espalda, sintiendo el duro suelo y la cálida sangre que se apozaba bajo él. Distinguía la tenue luz que iluminaba la escalera hasta que una sombra le indicó que no estaba solo.

Era Ken. Umeda trató de enfocarlo, pero la cara del pelirrojo se distorsionaba.

-Umeda… Umeda… resiste… -

Sintió una fuerte presión donde antes quemaba. Quizá Ken estaba tratando de contener la hemorragia pero francamente, a él ya no le importaba.

-¿Ella está bien?- preguntó intentando no perder la conciencia hasta saber de Midori.

-Si, Umeda, si lo está, pero mírame, no dejes de mirarme.- dijo Ken, tomándole la cara con las manos.- No te quedes dormido.

-¿Y qué si lo hago? Ya estoy acabado y encima… viendo tu… horrible cara. Esto no puede ponerse peor.- respondió Umeda notando que se le trababa un poco la lengua. De pronto sintió que Ken lo movía para acomodarlo sobre sus piernas y abrazarlo.

-No te duermas, maldición… ¡Mírame!.- le reiteró su acompañante.- Eres tan imbécil que al llamarme, me diste la dirección de la calle de atrás…-

-Sabes que soy… que soy nuevo en el barrio. Ni siquiera me sabía el número de la policía… - dijo Umeda haciendo un esfuerzo.- Sólo sé que vi la ventana abierta y pensé que nece… necesitaba ayuda…-

-Claro, y tenías que llamarme a mí para que hiciera el trabajo… mejor ni me digas por qué te sabías de memoria el número de mi casa.- dijo Ken tratando de sonar animado a pesar que estaba muy preocupado por Umeda. -Dejé a Midori a salvo y me vine corriendo. La policía detuvo a Misaki que te disparó en una pierna. Con todo respeto... pareces un colador… ¿Escuchas la ambulancia?. Saldremos de esta, Umeda, te lo prometo. Y podrás ir a mi casa… podrás cocinar para Kaori, podrás sobornar a mi perro y hacer todo lo que quieras para fastidiarme… -

Ken hablaba apresuradamente, delatando sus nervios y el temblor en su voz.

-¿Dónde está Midori? ¿Por qué no está aquí? Ken… -Umeda comenzó a tiritar por el frío y por su precario estado de salud. – Ken… si no salgo de ésta, dile que la amo. Dile que no creí enamorarme de nuevo, pero que lo hice de ella y que hice todo lo que pude para demostrárselo al defenderla de… de Misaki.-

-No, Umeda, no se lo diré, porque lo harás tú. Y ahora cállate y ahorra fuerzas.-

-Ken, por favor, no me contradigas… dame esa… esa tranquilidad… -

Ken notó que Umeda estaba muy frío. Lo abrazó con más fuerza, pensando que si tan sólo pudiera irradiar todo ese calor del que disfrutaba Kaori por las noches, podría ayudarlo mejor.

-Claro que no te la daré, gran tonto. No tengo por qué estar ayudándote siempre si tú solo me has fastidiado. Ahora mírame y dime tu nombre completo.-

-Ol… olvídalo… es horrible.-

-Entonces deletréame el silabario japonés, lo que sea, pero habla… -

-Gra… cias.-

Ken quedó paralizado por unos segundos.

-¿Qué has dicho?-

-Gra… gracias Ken… nunca esperé encontrar a alguien tan honesto como tú ni tan con… fiable. Eres mi único y mejor… amigo. Gracias.-

Los paramédicos entraron a la casa y apartaron a Ken de Umeda para estabilizarlo.

-Con razón Ka… Kaori te escogió. Y Midori en su… en su momento.- dijo Umeda antes de quedarse dormido y no despertó por más que Ken gritó su nombre.

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-Maldita sea… -

Las palabras dichas en bajo tono alertaron a Ken, quien se levantó de su asiento.

-A mí también me da gusto ver que ya has despertado.- dijo el pelirrojo con una sonrisa de genuina satisfacción.

Umeda trató de decir algo, pero se sentía terriblemente cansado y le dolía la cabeza. Ken notó por su expresión que algo andaba mal.

-Llamaré al doctor.

Se dio la vuelta cuando la mano de Umeda tomó su muñeca.

-Midori.- murmuró, cerrando los ojos.

-Ella está bien. Ahora espera que llame al doc.

-No quiero a ningún matasanos. Quiero verla a ella.

Ken lo miró por algunos segundos. Luego salió a buscar al doctor, pensando en Midori.

¿Cómo le podía decir a Umeda que la joven había desaparecido nuevamente? ¿Y que no lo había venido a ver? Había intentado averiguar con sus amigos de la productora pero nadie sabía de su paradero.

-¿Cómo está el héroe? – preguntó el médico, entrando a la par que revisaba el expediente de Umeda. Una enfermera se preocupó de examinar sus signos vitales e informárselas al galeno. – Una herida de bala en la espalda, tuvo suerte de que no le diera al riñón. Una herida más en el costado opuesto, con fragmentos de vidrio que ya sacamos de su cuerpo. Una herida de bala en una pierna y diversos hematomas. Usted perdió mucha sangre así que tuvimos que hacerle algunas transfusiones. Ya estará usted mejor pero no podrá volver a las tablas durante algún tiempo.

El médico siguió hablando y Umeda, sin oírlo, miraba a Ken con la esperanza de que éste le revelara que era de Midori. Sólo que lo que escuchó después no estuvo seguro de quererlo escuchar. La visita de su padre y sus hermanos, así como compañeros de Teatro y de la serie de Kenshin, durante su estadía en el hospital lo distrajeron y las muchas flores que llegaron, cortesía de sus admiradoras, mejoraban su ánimo. Pero lo más importante para él no estaba a su lado y aunque su cuerpo mejoraba día tras día, también estaba más callado y más triste.

Los días pasaron y pudo regresar a su casa. Sus familiares se turnaban para cuidarlo pero como cada quien tenía su vida hecha y debían ocuparse de ellas, Umeda pronto se encontró solo en la gran casa, luego de rehusar el ofrecimiento de su hermano de ir a Kyoto con él para instalarse un tiempo con su familia.

Lo único bueno de todo el asunto es que esta vez Misaki estaba en la cárcel esperando sentencia. Y lo mejor de todo era que Kaori había vuelto a visitarlo, cada vez más gordita y cada vez más animada por verlo. Ya lo estaba perdonando y volverían a ser amigos. Y la guinda del pastel… tal vez, lo único que lo mantenía más o menos contento durante el día, era la certeza de haber descubierto a un gran mejor amigo en Ken. Era realmente muy noble y a pesar de que a veces se lanzaban frases en doble sentido como si fueran enemigos, la verdad es que ninguno quería reconocer que le había tomado gran afecto al otro. De hecho, Ken visitaba a Umeda cada vez que podía, para hacerle compañía y ver como iba lo de su recuperación. Generalmente jugaban a los naipes, al tablero chino y otros tipos de juegos. Luego Ken se levantaba y se iba y Umeda lo envidiaba más que nunca porque Ken llegaría a casa a ver a su esposa, a esperar que nacieran sus hijos y a disfrutar de lo que había sembrado con el tiempo. Él en cambio, sólo podía sentarse a mirar por la ventana mientras escuchaba música, pensando en que sólo los tontos se enamoran y que por eso él era ya de plano un retrasado mental. Al menos le había quedado el gato que le hacía compañía.

Pero cuando llegaba la noche y se encontraba solo, sentía un dolor tan profundo que ni siquiera el llanto podía aligerar. ¿Por qué ella le había hecho eso? ¿Por qué se había ido, así, sin más, sin decirle algo, sin llamarlo de cuando en vez? Él había cumplido su promesa, poniendo en riesgo su propia vida y haciendo todo lo que pudo para ponerla a salvo y ella tan sólo tenía que confiar en que lo de ellos podía resultar pero era evidente que no había querido hacerlo y prefirió la huída.

En Abril llegó la fecha de su cumpleaños, recordándole que el tiempo no se detenía y ya resignado a la idea de no volver a verla, Umeda regresó a las tablas con una nueva compañera de trabajo, con la que se llevaba muy bien. Al ponerse a trabajar nuevamente y ser llamado para una serie de detectives pudo emplear su mente en pensamientos más productivos como la memorización diaria de un guión, además de someter su cuerpo al trabajo. Umeda nunca creyó mucho en eso de beber y doparse para superar las penas y por eso buscó el único camino que conocía para eso.

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A muchos kilómetros de Tokio, Midori caminaba descalza por un sendero empedrado que llevaba hasta la casa de su madre y su tía. Llevaba el cabello tomado en una coleta y cojeaba un poco, pero al menos ya no debía usar la pesada bota de yeso en el pie que se rompió al caer por la escalera.

Traía una cubeta con flores frescas de la estación, con las que sorprendió a su madre. La mujer la besó en ambas mejillas y Midori acomodó el regalo en diversos jarrones.

-La primavera es muy bonita en este lugar. La ciudad también se embellece, pero nada se compara con el campo.

La viuda de Tendo sonrió para su hija al ver que había ganado peso, su cabello brillaba con fuerza y tenía una calma que no conocía desde la infancia. Pero a pesar de ello, la madre intuía que algo no estaba del todo bien con su hija, a pesar de que sonreía la mayor parte del día y mostraba entusiasmo por cualquier quehacer.

-¿Cuándo volverás a Tokio?

-¿Ehh?- Midori detuvo por unos segundos su labor de acomodar las flores al escuchar la pregunta.

- A Tokio, a ver a tus amigos.

-Estoo… yo… no es necesario que lo haga, mamá. Ellos están bien y no necesitan de mí.

-Me gustaría conocerlos.- expresó la señora. –Cuando me contaste que trabajarías en algo relacionado con Rurouni Kenshin, compré algunas revistas con las fotos de ellos para conocerlos. Me gustó mucho un jovencito que tenía el cabello parado… creo que se llama Sanosuke en la serie.

Midori rió quedo.

-No trabajé con él. Lo hice con uno de cabello rojizo. Se llama Ken, mamá.

-Ah… Ken. Oye, y qué me dices de éste guapetón… Sa… Sawada Umeda.- dijo la señora leyendo con dificultad desde la revista gastada que tenía en la mano.- Creo que me hablaste de él un par de veces.

Midori tomó las varitas que había recortado para meter las flores en los jarrones y salió del cuarto para botarlas, delatándose una vez más ante su madre quien ya había notado que ante la sola mención de ese nombre, su hija se cerraba en banda. Por eso, cuando Midori regresó a su dormitorio durante la noche, se encontró un montón de maletas sobre la cama y a su madre sentada sobre ésta, mirándola muy seria.

-Huir sólo aplaza los acontecimientos, Midori. Regresa a saldar cuentas con quien las tengas.

-Pero mamá… -

-Me encanta estar contigo, hija, pero no te veo feliz aunque lo finjas. Nunca has querido hablarme de tu vida en Tokio, ni de las relaciones que tuviste allá; sólo de tu trabajo. Eres tan reservada y eso no es bueno, porque no sé cómo ayudarte ni qué decirte para que estés mejor. Por eso creo que lo mejor es pedirte que te vayas y regreses sólo cuando hayas resuelto tu vida.

-Yo… yo… mamá… no puedo… -

-Claro que puedes, hijita. Sólo debes ser valiente. No hay nada que no pueda ser reparado, ni ofensa tan grave que no pueda ser perdonada. Vete a Tokio y regresa sólo cuando puedas decirme que eres feliz, mirándome a los ojos.

Midori se puso a llorar y abrazó a su madre.

-No me hagas volver allá, mamá… por favor… -

-Pero dime entonces, qué te pasó, hija. Yo antes no te lo había preguntado para no molestarte pero ahora necesito saberlo… -

-Yo… yo vivía un sueño del que desperté… por eso… por eso yo… quise comenzar de nuevo y vine a verte. Quería estar contigo mamá… te necesité tanto...-

La señora Sayo, conmovida con las palabras de su hija, retribuyó su abrazo.

-Y yo te extrañé mucho, hija. Me doy cuenta que en el fondo no has crecido pero… mi amor… el sueño del que hablas es éste, no tu vida allá. Yo nunca he podido protegerte, jamás pude detener a tu padre, no soy yo quien pueda cuidarte ni hacerte feliz. Pero puedo acompañarte a Tokio y asegurarme de que todo esté bien. Mi corazón de madre me dice que quizá allí está esa respuesta que viniste a buscar a estos lugares.

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Hacer las escenas de la serie de detectives había sido extenuante pero a pesar de ello, durante la tarde Umeda cumplió muy bien con su papel de hombre maduro en la obra de teatro que se mantenía en cartelera con mucho público. Por la noche llegó a casa cansado, con nuevas ideas para mejorar a su personaje en la serie de televisión y con las compras, entre las cuales venía una bolsa de comida para gato y otra con arena para renovar la de la caja de Smokin-Neko.

Al encender la luz, se encontró con Midori, sentada en el sillón, conteniendo la respiración y apretando un bolso de mano. Su corazón dio un vuelco, a la par que sacaba la cuenta de los días que llevaba sin verla. ¿O ya eran meses?

Estaban a mediados de Mayo, en el día catorce.

-Si eres de nuevo una ilusión, vete.- dijo agriamente.- Ya bastante hiciste.- agregó, dándole la espalda para ir a la cocina y ordenar sus compras. Midori mantuvo la boca cerrada, mirándolo. Y lo siguió.

Umeda ponía un poco de comida para el gato en su plato y luego desechaba la bolsa anterior que estaba vacía. Luego metió algunos comestibles en el refrigerador y otros en la despensa. Sabía que la joven estaba detrás de él, pero de momento prefirió ignorarla. Luego puso agua a calentar.

-¿Te quedarás ahí de pie, toda la noche?-

-Yo… -

Midori bajó la vista.

-Yo lo siento mucho.-

-Ya también lo lamento, Midori.- respondió él con calma.- Lamento tanto no haberte escuchado esa noche en el departamento y haber insistido en lo de ser una pareja. Pero soy un tonto porque mientras yo estoy en una edad en la que quiero estabilidad y me enamoro en serio, tú posiblemente sólo quieras vivir aventuras. Y está bien… así son las cosas aunque no me gusten.

Sacó un par de tazas de un mueble y sirvió te en ellas, para dejar una en la mesa e ir hasta el sillón a sentarse con la otra.

-Estoy muy cansado. Acompáñame a beber esto y ya después te irás. Llamaré un taxi si lo necesitas.

-No me iré.- dijo ella rápidamente.

-Bien. En ese caso puedes ocupar tu antigua habitación.-

"Frío y cortés" pensó Midori. "Tal como lo conocí". La joven escuchó el sonido de la música aumentar de volumen a medida que Umeda manipulaba el equipo con el control remoto. Era evidente que no quería conversar con ella. Smokin-Neko se acercó a Midori para olerla pero al final se acomodó a los pies de su amo después de ronronearle y restregarse contra su pantalón. Cuando él terminó su bebida, apagó la música y dejando la taza en el fregadero, se dirigió al segundo piso, como si estuviera solo.

Midori suspiró. Ella era tan cobarde… le costaba mucho enfrentarse a las cosas. Se bebió el té de un sorbo y subió a su cuarto. Había cambiado el cobertor de la cama y había un osito sonriente sobre ella con una tarjeta hecha a mano.

"Recupérate pronto, tío Umeda"

Apartó el osito con cuidado y lo dejó sobre el velador, arrepentida de no haberse interesado antes por la salud de Umeda que había arriesgado todo por defenderla. Era tan descuidada… ni siquiera le había preguntado ahora cómo estaba. Cuando se fue con su madre, no encendió el televisor ni compró el diario. Se alejó completamente del mundo.

Abrió el ropero y notó con sorpresa que toda su ropa seguía allí a pesar de que era evidente que Umeda había recibido visitas. Recordó que ella había huido desde el hospital hacia la casa de su madre en cuanto pudo ponerse en pie, después del ataque de Misaki, sin llevarse más que lo puesto.

Se colocó un camisón y su bata y se dirigió al cuarto del lado. Como suponía, Umeda se estaba quitando las gafas para apagar la luz y descansar.

-¿Qué quieres?- preguntó él, cansado.

-Conversar.

Él torció la boca en una media sonrisa.

-Ya sé que lamentas lo ocurrido. Y te he dicho que yo también.

-Es que yo… estoo… quiero hablar de nosotros.-

-Nosotros. Suena bonito pero es algo problemático. No es el mejor momento para hablar porque me temo, podría herirte con todo lo que deseo decirte. Y una parte de mi me indica que no quiero hacerte más daño, por eso lo mejor es que te vayas a tu cuarto…

-No me iré… hasta que usted me escuche.- declaró ella con vehemencia, cerrando la puerta tras de si para quedarse dentro de la habitación. Estaba más asustada que nunca, pero no se iría. – Y aguantaré todo lo que usted tenga que decirme.

-Muy bien, chica. Habla. – Al ver su titubeo, Umeda cambió de opinión.- Está bien. Lo haré yo. Una noche me sentía feliz. Tenía una linda casa, un trabajo que me llenaba y algunas aficiones que podía desarrollar. Y sobre todo, tenía a la mujer que quería a mi lado. La mujer con la que siempre soñé… y al día siguiente estaba en el hospital, luchando por mi vida, inconsciente mientras tú te ibas quién sabe dónde…

-Lo siento… yo no… -

-No, si eso ya lo aclaramos, Midori. Yo lo siento más que tú porque cuando desperté, días después, me encontré con el enano pelirrojo que me había estado acompañando día y noche y me sentí patético y miserable al comprender que la persona a la que había tratado de perjudicar y por la que nunca hice nada bueno haya sido capaz de estar conmigo en esos momentos en que yo… en que yo sólo quería volver a verte. Sentí que me volvía loco al saber que no estabas y llegué a tantas conclusiones que me habrían alcanzado para un libro. Finalmente la que tuvo más sentido era aquella en que quizá era cierto eso de que querías enamorarme para hacerme sufrir y por eso yo he decidido que ya no quiero más de estos juegos de mentiritas y verdades. Si tú eres más feliz viviendo aparte, sin tener que ver mi… ¿cómo dijiste una vez?... ah, si… mi repugnante rostro, no puedo hacer nada más que desearte buena suerte y seguir mi camino.

Midori bajó la vista nuevamente, abrazándose a sí misma. Umeda suspiró.

-Pensé que cuando dijiste que no te irías sin hablar conmigo, te referías a que me dirías algo. Pero te mantienes allí, callada, como si al abrir la boca yo fuera a castigarte y no es así. ¿Sabes? Me da pena eso porque al parecer tienes tanto miedo de todo y de todos que al final te quedas así, paralizada, sin decir ni hacer nada. Eso no es vivir.

La joven esta vez levantó la mirada hacia Umeda, que había estirado la ropa de cama sobre él.

-Yo… - comenzó ella, pasando saliva. – Yo regresé porque… estoo… porque quiero quedarme con usted.

Se acercó a la cama y sentándose junto a Umeda, lo abrazó, acomodando la cabeza sobre su hombro. Él no la apartó como temía, sino que abrió los brazos y la abrigó con ellos. Pensara lo que pensara, era lo único que deseaba hacer desde que la encontró sentada en el sillón.

-Permítame regresar a la casa… por favor.

Umeda sintió una punzada en el pecho al oírla. El generalmente había sido un valiente en esas cosas pero comprendió que en ese momento tenía miedo de darle una respuesta definitiva. Y le dolía mucho.

-¿Y qué pasará si algo comienza a salir mal? –Dijo un poco quebrado.- dime… ¿Si un día reñimos, o sientes celos… o te confundes? ¿Me lo dirás o harás lo que has hecho hasta ahora, que es huir? Tratarás de vengarte, o te irás sin decirme nada y volverás mucho tiempo después, sin ni siquiera darme una explicación… o tal vez no vuelvas. Tú no enfrentas tus problemas y eso es algo negativo. Este tiempo sin ti tuve mucho tiempo para reflexionar. Me di cuenta que no recordaba haber escuchado algún comentario tuyo sobre mis acciones, salvo aquel día en que fui a buscarte al departamento, cuando tuve que acorralarte mentalmente para que me gritaras aunque me sentí más basura que nunca pero no me dejaste otra opción.-

Midori escuchaba atentamente a Umeda, reconociéndose a sí misma que todo cuanto le decía era cierto.

-Muchas veces te miraba, tratando de adivinar qué se pasaba por esa cabecita tuya. Pensé que así eras tú, después de todo, y que yo podría amarte a pesar de tus silencios pero después de lo que ha pasado, eso se me vuelve una carga que no estoy seguro de querer llevar nuevamente. Ya sé que hice cosas malas ¿pero sabes? Yo no me he pasado la vida inventando mentiras y no merezco un castigo eterno por eso. He trabajado cada día y me he ganado honradamente mi dinero. Tengo una familia y compañeros que me respetan, un padre que me adora y del que siempre estoy pendiente, estoy haciendo nuevos amigos y tengo ideas nuevas para seguir creciendo y yo sólo quería un poco de tiempo para mostrarte todo eso para que no siguieras enfocada en mis aspectos negativos. Pero ya no quiero ese tiempo, ni quiero intentarlo porque no sé qué pasa contigo. Tú misma me dijiste "deja de golpear a Misaki, porque los golpes duelen mucho". ¿Pensabas que sólo los golpes físicos duelen?-

Umeda sintió las lágrimas de Midori traspasar la tela de su camisa de dormir. La soltó y la apartó de sí.

-¿A qué le tienes tanto miedo?- le preguntó, buscando sus ojos.

-Tiene razón… es verdad lo que dice.- dijo ella débilmente.- Yo… yo no sé enfrentarme a las cosas y trato de escapar ante los problemas cuando puedo. No conozco otra forma de vivir.

-Pero por qué… tiene que haber una explicación para ello. No creo que lo que viviste con Misaki te haya podido marcar tanto.-

-No fue solo Misaki… Yo… tenía un padre… desde muy niña me castigaba continuamente. A veces no iba a la escuela porque no podía levantarme a pesar de que allí estaba a salvo. Cuando él llegaba a casa y se molestaba por algo golpeaba a mamá y yo a veces trataba de defenderla pero me daba tan fuerte que acabé tomándole mucho miedo. Traté de escaparme de la casa una vez y cuando me encontró maltrató a mi madre, delante de mí por dejarme ir, la violó y después siguió conmigo… me sentía tan asquerosa, tan mal…

Umeda, atónito, escuchaba esas revelaciones. Ella continuó su relato, apoyada en sus brazos, con la cabeza gacha.

-Me regañaba por no ser un niño, por ser mujer. Abusaba de mí, decía que no me merecía nada bueno porque era una débil y una llorona y no me dejaba tener amigos. Yo misma me odiaba tanto por no tener la fuerza necesaria para defenderme ni defender a mi mamá… lloraba mucho como él decía y al final aprendí a no quejarme por nada ni mostrar mi desagrado porque así me evitaba muchos golpes. En cuanto crecí escuché hablar de las becas de estudio, puse todo mi empeño en tener buenas notas y pude venir a la ciudad a estudiar teatro para aprender a ser otra persona. Quería mezclarme con un personaje cualquiera y olvidar que era Midori Tendo.

Conocí a Misaki después de la primera obra de teatro que organizó la academia para presentar a sus nuevos alumnos. Él me halagó mucho, me dijo que era hermosa… pero era muy dominante y me costaba contradecirlo. No lo quería pero fui a vivir con él. Y después empezó a maltratarme. Me resigné, pensando que al final, esa era la única vida que conocía… Ken y su amigo me rescataron y vine a dar con usted. Yo… yo ya sé que estoy mal. A veces deseaba empezar todo desde cero y por eso, cuando desperté en el hospital estaba muy confundida con todo, me levanté y me fui a la nueva casa de mi madre para estar con ella y ordenar mis ideas. Quizá… es lo único que he hecho sin recurrir a terceros que me digan qué hacer. Viví muy en paz en el campo pero… tuve que regresar porque… porque allí me di cuenta de que necesitaba verlo. Mi madre me ayudó a comprender que aquí tengo los cimientos para construir la realidad en la que yo quisiera vivir.

No tengo palabras para disculparme por mi falta.- siguió la joven, secándose las lágrimas y levantando la cabeza lentamente.- Sólo puedo decir que huí, como usted dice. Pero cuando llegué donde pensé que me sentía a salvo descubrí que ya lo estaba junto a usted. Tuve la libertad de no volver y empezar en otra parte, desde cero pero… pero si usted siente que todavía le queda valentía y puede ayudarme a hacer algo con lo que queda de mí yo… yo le prometo que… -

-No me prometas nada.- dijo Umeda poniendo un dedo sobre los labios de la joven, acercándola y besándola en la frente. – Si vas a estar conmigo, en mi casa, será con toda esa libertad que soñaste. No será necesario que finjas lo que no quieres hacer, ni que trates de ser otra persona. Te quedarás conmigo y que el Cielo me sostenga si vuelves a irte. Te has ganado esa oportunidad desde que entraste a mi habitación echa un manojo de nervios. Y mientras… mientras ves qué haces con lo que dices que queda de ti, yo te cuidaré para que estés tranquila.

-Umeda… - lo llamó ella, dejándose envolver por él cuando la acomodó a su lado.

Pasaron la noche juntos, abrazados en la gran cama, con la luz encendida. Midori por primera vez en mucho tiempo durmió en paz sin recurrir a medicamentos y él por su parte, aunque no estaba en paz, si estaba mucho más feliz.

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Fin acto diez

Como un sueño.

Enero 19, 2007

Notas de Autora.

Hola!!!

Antes de iniciar, como siempre, un saludo especial a quienes me escribieron:

Lola 1655

Lilac.Kitsune

DarkCam

MirchuS

Kaoruluz

Karura Himura

KagomeKaoru

Kai250

Kaorumar

Michel 8 8 8

Gabyhiatt

El próximo capítulo o acto se llamará "Epílogo" y veremos, básicamente, que fue de la serie Tsukio-Hen y que pasó con Ken, Kaori y sus gemelitos. Tenía ganas de relatar que fue de ellos aquí mismo pero decidí que ese párrafo de Midori y Umeda estaba bien para hacer un término más o menos feliz. Un final algo abierto porque analizándolos, me pareció que siendo como eran ellos (y en especial ella) decir de inmediato que habían sido felices y la pareja más estable del mundo hubiera sonado un poco falso. Dar un poco de libertad a los personajes no está mal… ya veremos que pasa con ellos más adelante, en entregas posteriores. Después de todo, ninguna historia termina más que en su relato… en alguna parte debe continuar, ¿no?

Entre las curiosidades de este final es que me dio mucho trabajo porque como me sucede a veces, escribí 6 versiones, con ideas diferentes. Un poco desesperada al notar que ya me había pasado en la fecha de actualización (el jueves pasado) opté por meter todas esas ideas a la licuadora y escribir lo que tienen aquí. El enfrentamiento entre Misaki y Umeda estaba pauteado desde el comienzo de la historia pero en una versión se desarrollaba en el departamento de Midori, con Umeda enfermo y delirando por la fiebre para morir con la mano de Midori entre las suyas. En otra, la balacera era con Ken metido en el medio. En otra versión Midori le pedía a Umeda que no volviera a buscarla nunca más y se iba para siempre, donde él reflexionaba que si ella estaba bien, él se contentaría sabiendo que la había amado. Pero eso era muy triste…

En lo personal, una escena que me dejó muy satisfecha fue aquella en que aparece Ken y después vuelve por Umeda para auxiliarlo. Después cuando lo cuida en el hospital hasta que despierta. Creo que me dio gusto darme cuenta que además de historias románticas, podía escribir cosas bellas sobre la amistad que es capaz de nacer a pesar de viejas rencillas. Como una flor que crece entre los escombros. Además, se me ocurre que con esa relación que se vislumbra entre ellos, será divertido escribir más adelante alguna cosa que los incluya a los dos.

Decidí poner también a Satori y Aoshi porque el episodio se venía bastante denso y además, porque hace tiempo que no hablaba de ellos.

Hasta el último párrafo dudé con Midori y Umeda pero… bah!, ellos se merecen su oportunidad. Ojalá les vaya bien y ella pueda buscar ayuda psicológica y tenga mucho apoyo, porque creo que lo necesita. Traté de que ella me quedara coherente con su historia de vida, forma de ser y de actuar pero realmente no sé si logré el objetivo. De todos modos me alegro por Umeda porque aunque comenzó siendo el malo en la entrega anterior, hay algo muy cierto en sus palabras cuando dice "Ya sé que hice cosas malas ¿pero sabes? Yo no me he pasado la vida inventando mentiras y no merezco un castigo eterno por eso. He trabajado cada día y me he ganado honradamente mi dinero. Tengo una familia y compañeros que me respetan, un padre que me adora y del que siempre estoy pendiente, estoy haciendo nuevos amigos y tengo ideas nuevas para seguir creciendo y yo sólo quería un poco de tiempo para mostrarte todo eso para que no siguieras enfocada en mis aspectos negativos." Tal vez por eso Umeda al final se terminó ganando no sólo el corazón de Midori, sino también el de su mamá (o sea yo) y el de muchos de ustedes.

En fin, no me queda más que agradecer su apoyo en el accidentado trayecto como escritora aficionada y contarles que la próxima actualización será desde la ciudad de Chillán porque me voy de Santiago de Chile por varios días. Me siento muy contenta de haber llegado al término de esta historia y aunque aún me quedan ideas para seguirla, prefiero dejarla hasta aquí porque ya narré todo lo que quería contarles. De todos modos, Actuación sin Libreto aún no llega a su fin pero de momento, es necesario que me enfoque en las historias que tengo pendientes.

Un beso a todos y nos leemos en la próxima entrega y final. Gracias por todo.