Ausencia de odio
Ella era… ahora mismo no podía asegurar quién era.
Para Pansy Parkinson, imaginar una vida sin Draco Malfoy era inconcebible; mucho más lo era vivirla. Aquel verano se había portado muy raro y muy dentro de ella no quería saber por qué. Aunque ya lo sospechaba.
Él le había prohibido ir a su mansión o escribirle, alegando que iba a encargarse de unos asuntos familiares y que la contactaría en cuanto estuviera disponible. Bufaba al recordar sus palabras, ¿acaso era una especie de prófugo de Azkabán? Empalideció. Las noticias mostraban una fuga masiva de la prisión mágica, atentados terroristas contra el mundo muggle, más muertes y desapariciones desde el, ahora sabido por todos, retorno de El Señor Tenebroso. ¿Los Malfoy le estarían dando refugio? Después de todo, Lucius Malfoy profanaba de ser el mejor seguidor, más que su loca cuñada.
"Asuntos familiares."
Todo era muy confuso.
Se mordía las uñas, un hábito muy desagradable para ella, rogando porque todo esto no la estuviera separando de Draco Malfoy.
Hasta que un día, llegó.
Ella corrió a abrazarlo, pero él la hizo a un lado con brusquedad y con rostro duro. Todo él se veía enfermo. Había adelgazado un poco, su mirada acerada era ahora negra, su cabello estaba opaco y sin brillo, sus labios agrietados y su piel tenía un tono verdoso.
Vestía túnicas de invierno en pleno verano.
Lo vio con compasión. Algo terrible estaba sucediendo.
Él se exasperó del escrutinio y la empujó contra la pared del recibidor, le tomó de los cabellos y le mordió el mentón, haciendo que ella gruñera, después la penetró con esos ojos grises tan amedrentadores, atravesando su alma. Ella gimió. Él no era así.
Draco Malfoy sonrió con desgana, como si le acabara de leer la mente, y entonces la besó despacio, como probando por primera vez sus labios y el dulce sabor que emanaban, sintiendo la textura de sus cabellos de hebras negras y el calor de su cuerpo.
Pansy Parkinson no podía más. Su mente se nublaba de placer y su cuerpo se retorcía contra el de él, encima de esa cama que tenía desde niña... ¿a qué hora habían llegado a su habitación?
Ella moría de amor. Moría de amor al sentir su piel seca, pálida, restregarse contra la suya. Moría cuando él le gruñía al oído palabras sin sentido. Moría cuando él se ensañaba con su cuello hasta dejarle marcas posesivas. Moría cuando él parecía explotar, junto a ella, y se desplomaba encima.
Moría cuando sentía que lo perdería en cualquier instante.
Moría todos los días.
Entonces la vio, ahí impregnada en su antebrazo izquierdo: La Marca Tenebrosa.
Se estremeció al ver aquella tinta negra grabada a fuego brillar debajo de su primera piel; claramente, nunca había visto una tan de cerca. ¿Eso significaba que su tiempo juntos llegaba a su fin? Sabía que sí, pero no lograba entender el por qué. Estiró un poco los dedos y rozó el tatuaje, volviendo a estremecerse. Él se retiró instantáneamente y la vio alarmado, pero ella le esbozó una sonrisa a pesar de estar completamente aterrada.
"La odio" dijo.
"No me sorprende."
"¿Por qué?"
Ella calló un momento. Draco Malfoy podía parecer frío, o miedoso, pero era muy apasionado, y el hecho de odiar algo significaba que sentía pasión por las cosas, que tenía algún tipo de sentimiento. Entonces volvió a hablar:
"Odias casi todo."
"No es cierto."
"Odias el colegio, odias a Dumbledore, odias a tu Padre, odias a Potter, odias a los impuros, odias a los traidores, odias a los idiotas, odias Herbología, odias a los elfos, odias a Gryffindor, odias a los gigantes, odias las golosinas, y ahora odias al Señor Tenebroso."
"Yo no dije que lo odiara. Y no odio a mi Padre."
"Pero sientes algo por él, que viene a ser lo mismo."
"Ya te dije que no odio casi todo, Pansy."
"La lista sigue, a menos que lo único que no odies sea a la pequeña Greengrass."
"Odio a Astoria."
Astoria. Usaba su nombre de pila. Pansy Parkinson sintió un hincón en lo profundo de su pecho. Odiar no era repudiar, odiar era sentir.
Entonces se le hizo claro. Tragó saliva amargamente y preguntó con voz temblorosa:
"¿Por qué dices que no odias casi todo, Draco?"
"No te odio a ti, por ejemplo."
Y ahí lo supo, con una tristeza que le escocía todo el cuerpo.
La ausencia de odio no era precisamente amor.
