Capítulo 10 – Encuentros
Desde que Jonathan Harker se había unido a La Orden del Dragón su alma se encontraba dividida en dos. La primera noche en Whitby fue atormentado por incesantes pesadillas y no sabía si estando lejos de Londres podría estar a salvo del vampiro.
Prefería dudar de Van Helsing y de todo el mundo antes que creer que Alexander Grayson era una criatura de la noche que podría muy bien aparecerse allí en su habitación y matarlo como a una mosca.
Se estaba comportando como el cobarde que Mina había dicho que era.
Y no podía dormir, su maletín descansaba al lado de la cama y no le quitaba los ojos de encima.
Cualquier criatura de la noche podría aparecerse allí, de hecho, y ni siquiera el maletín podría salvarlo. A esas horas de la noche cualquier cosa le resultaba creíble así que el joven prefirió ponerse de pie y tomar el maletín para estudiar su contenido.
Tal vez era mejor enfrentar la realidad a quedarse allí consumido por su imaginación.
El reloj de la plaza marcada las cuatro de la mañana, las calles exhumaban bruma blancuzca y fría. Las botas de Jonathan Harker hacían eco sobre las piedras, y resonaron por un largo trecho hasta que tocaron los terrenos que bajaban hasta el cementerio.
Estaba loco, totalmente loco. No hacía mucho sus días transcurría tras un escritorio bien organizado lleno de papeles y ahora era un vagabundo nocturno que espiaba cementerios en busca de demonios imaginarios. Sin embargo el crucifijo que le había regalado la mujer de la taberna no lo soltaba por nada del mundo.
Se rio de sí mismo, y de todos los locos de La Orden, y bajó la colina para darse una vuelta por el susodicho cementerio. Unos perros aullaron en la lejanía pero él no les hizo el mínimo caso. Pensaba en todo lo ocurrido, reflexionando y poniendo ideas en orden. Pero aquel lugar no lo ayudaba en lo absoluto… las noticias de los niños muertos, de las cosas que lo habían llevado a él allí le enfriaban el alma.
Jonathan intentaba reírse de todo pero no podía, tenía miedo.
¿Estaría Mina con él? Pensó y se le retorcieron las entrañas, imaginando a su Mina en los brazos de Alexander Grayson que tenía el aspecto de sus pesadillas: un monstruo con sanguinarios ojos rojos.
Estupideces de Van Helsing, pensó sacudiendo la cabeza, y ahora estaba poseso por las supersticiones de todo el mundo.
No caminó mucho cuando se sintió como en un sueño, y entonces en medio del cementerio se encuentra con una hermosa mujer, que era como una mancha blanca en el paisaje mortuorio.
No se asustó, al contrario, se sintió muy atraído.
La mujer notó su presencia y suelta una risita traviesa. Era aquel un joven apuesto y eso le gustaba, así que se acercó.
Era mágico, el joven no podía moverse, no podía huir. En medio de un tenebroso cementerio se encontraba con una mujer que creía muerta. Jonathan no podía creer que estaba viendo a Lucy Westenra caminando por el cementerio en plena madrugada. Las malditas pesadillas se hacían realidad. Y no podía huir.
La bella señora lo reconoció enseguida y se echó a reír:
-Jonathan Harker ¡Mi querido Jonathan!- rio con una horrible voz–Vaya cosa extraña encontrarte por aquí-
Él no decía nada, debía estar soñando o bajo el influjo de algún alucinógeno.
-Mi amor- ella se le acercó seductora, y estaba realmente muy hermosa.
-Lucy- balbucea tratando de recobrar la compostura –Creí que, de hecho, todos creíamos que… que… estabas muerta-
La mujer se echó a reír.
-Mi amor, eres mío-
Jonathan retrocede, resistiéndose al impulso de besarla, pero recordó lo que lo había llevado allí, y llevaba puesto el crucifijo el cual brilló con la luz de la luna.
Al ver aquella joya Lucy se espanta de tal manera que su rostro se vuelve una máscara infernal, y los colmillos afilados demostraron al incrédulo Harker que estaba ante un vampiro.
En algún momento de alguna noche, el señor Murray había visto algo horroroso. Ahora ya no podía distinguir cuál era la realidad y cuál había sido la pesadilla.
Había visto a un ser espantoso entrar a su casa de noche para visitar a su hija. Y el ser estaba envuelto en llamas infernales y se convertía en murciélago.
Otras veces era un lobo bestial el que entraba a su casa y se llevaba a su hija Mina entre sus fauces mientras él no podía hacer nada.
Estaba extremadamente preocupado, porque estaba perdiendo a su hija. Las pesadillas significaban eso, y él no podía hacer nada. Y desde entonces estaba paralizado y sin voz.
Algo lo había paralizado para siempre.
Lo que había llegado a su casa, invitado por todos, había sellado su destino de esa manera cruel para que no pudiera interceder ni evitar lo que estaba marcado desde el día en que Vlad e Ilona se juraron amor eterno.
Desde entonces nunca más pudo parase de la cama y su corazón latía cada vez menos.
Y menos y menos.
Cuando Alexander Grayson regresa, encuentra a Mina sentada al lado de la cama de su padre. Como una sombra entra a la habitación y presiente la negra y pesada presencia de la muerte.
-Lo siento mucho- susurra.
Mina estaba distante y no se movía en lo absoluto.
-Yo siempre quise encontrar la cura para la muerte…- al fin murmura en voz baja, ahogada en dolor. La llegada de Alexander no causaba nada en ella.
-No hay nada que yo pueda hacer- proseguía él sin atreverse a acercarse más –Lo siento mucho, en verdad-
-De hecho, tú sí puedes hacer algo, Alexander- Mina al fin voltea sus ojos y la mirada de ambos se encuentran.
Ante eso, él retrocede como impulsado por algún impacto, pero no dice nada.
-Yo sé lo que eres-
Se quedó estupefacto. Cuando creía que a su edad ya nada lo sorprendía: Mina lo sorprendía.
Tranquila, ella deja de mirarlo y vuelve su atención hacia el hombre tendido en la cama.
-Siempre supe que eras diferente- agregaba y luego soltó con pesar -Esperaba que fueras tú quien me lo contara todo acerca de ti, pero tú jamás me lo dijiste-
-Sabes lo que soy...- él todavía no daba crédito a lo que oía.
-Me lo dijo Van Helsing, me abrió los ojos al fin. Porque yo me negaba a verlo-
Los ojos del vampiro flamearon y sus labios se crisparon de rabia al oír aquel nombre maldito.
-Ese Holandés miserable. Mina, es un desgraciado. No te imaginas lo que ha hecho- masculló.
-Y resulta que tú también lo conoces bastante bien- Mina le habló con severidad. De repente, su ira se esfuma y nada más queda la tristeza –Creí que se habían conocido cuando yo los presenté. Pero ya me di cuenta que no, que yo era quien vivía en un mundo de mentiras-
-Tenemos mucho que hablar Mina, mucho- Alexander bajó el tono muy avergonzado por irrespetar la memoria del señor Murray con su enojo –Pero no es momento para eso ahora-
-No lo es- entonces Mina se pone de pie y ya no soportaba tratar a Alexander como un extraño, como a un agresor. Estaba ante el cuerpo de su padre y la desolación acababa con cualquier otro sentimiento–Me dejó sola en este mundo-
-No estás sola, nunca lo estarás- él quería abrazarla, pero no podía. No se le acercaba –Yo…-
-Y dime ¿Cómo crees que yo pueda aceptar a alguien como tú, si estás muerto desde hace siglos- cuando ella lo miró otra vez, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Era demasiado cruel, Alexander no se esperaba eso esa noche.
-Eres un monstruo, Alexander- soltó Mina.
¡Las mismas palabras de Ilona! Alexander retrocedió fulminado por esas palabras. Era como estar ante Ilona la noche en que fueron separados cruelmente.
-Yo soy un monstruo cuando no te tengo a mi lado- el vampiro se acercó al fin -¿No ves que te necesito? No me dejes, o mi maldición me hará exterminar a todo ser viviente que encuentre en mi camino.
Mina estaba demasiado confundida como para sentir algo. Y Alexander no podía decirle más nada porque enseguida presiente que no estaban solos en aquella casa.
El vampiro se pone alerta, sus sentidos se habían quedado aturdidos ante el descubrimiento de Mina. Pero no estaban solos en la casa y ahora Alexander voltea para ver a la persona que estaba en la habitación continua y que ahora venía justo por atrás de él.
-¡Mina!- exclama perplejo, porque ella no le dijo nada, y ahora era muy tarde, un hombre se aparece por la puerta de la habitación y desde ese momento una enorme debilidad se adueña por completo de él.
-Atrás, demonio- dice la conocida voz con inusual tranquilidad y lo que llevaba en su mano brilla en la oscuridad.
Los ojos del vampiro se encienden pues lo que brillaba delante de él era un crucifijo de oro.
