Capítulo 9: Acechados por las Sombras
Aquellas esferas de luz, las cuales seguían flotando a unos veinte pies de altura por sobre los cuerpos de Yao y Ricardo, habían despertado una extraña fascinación en los países del G-8, quienes no podían dejar de contemplarlas —como si todos éstos hubieran entrado en una especie de trance debido a su presencia—.
Feliciano, sin embargo, fue el primero en reaccionar, y se acercó a paso lento hacia las luces que emanaban de ellas sin tomar ninguna precaución. Él también parecía estar absorto en aquella imagen; sensación que no desaparecería hasta que tuviera una de esas esferas consigo.
Y como si se tratara de un objeto divino, el italiano alzó sus manos hacia la esfera dorada para poder bajarla hasta la altura de su pecho, y de esa manera observarla con atención. Lo extraño fue que aunque las manos de Veneciano no hicieron contacto con ésta —siendo imposible ya que estaba demasiado alto— la esfera fue descendiendo lentamente hacia él (como si hubiera sido llamada por la sola presencia del menor de los Vargas)
—¡¿Italia, qué demonios crees que estás haciendo?! —le regañó su compañero alemán tras presenciar lo que éste hacía. Nunca se sabía que truco podría surgir de aquel objeto, sobretodo después de pasar por una experiencia tan extraña y peligrosa como la de hacía unos minutos.
Mas, el aludido no contestó, tan sólo se quedó observando con atención la esfera que tenía entre sus manos y que de algún modo lograba levitar por sí misma. Pronto, pudo notar que dentro de ésta podía verse una figura rectangular roja, que tras unos segundos apareció con total claridad.
—¿Se puede saber que miras tanto, mon petit? —preguntó Francia al ver al italiano tan abstraído.
—Es la bandera de China —respondió Italia, asombrado, hasta llegar a sonar un poco asustado con su declaración—. ¡La bandera de China está en su interior!
A principio los integrantes del G-8 quedaron algo aturdidos, mirándose unos a otros sin saber cómo procesar las palabras de Feliciano. Pero después de un instante, salieron de su estupor y algunos se acercaron al susodicho para verificar si lo que decía era verdad.
—¡Deja ver! —exclamó el británico, casi quitándole la esfera de las manos a fin de observarla.
—No hay duda esa es la bandera de China-san —observó el país del sol naciente, intrigado.
—¿Pero qué…? —pronunció consternado Alemania—. ¿Qué rayos significa esto?
Tras un minuto de confusión, la mayoría del G-8 comprobó que lo dicho por el italiano era cierto. Lo que les dejaba ahora con la duda de que tendría que ver aquello con lo que le había sucedido al gigante asiático.
—¿Por qué esta cosa tendría la bandera china en su interior —se cuestionó Arthur cada vez más desconcertado con toda la situación.
De pronto, algo se iluminó en la mente de Veneciano. Y todavía con la esfera entre sus manos, se arrodilló a un lado de donde se encontraba Yao, inconsciente, para proceder a depositarla sobre él.
Rusia, quien permanecía con la cabeza del representante milenario sobre su regazo, contemplaba anonadado la esfera de luz penetrar en el interior del chino.
—Da, qué luz más hermosa —comentó maravillado el eslavo.
Para sorpresa de todos, al minuto después, China fue recobrando el conocimiento lentamente. Sus ojos se fueron abriendo hasta dar con la imagen de los miembros del G-8, quienes estaban parados alrededor de él, viéndole preocupados y a la vez asombrados de que éste volviera al mundo de los vivos luego de estar aparentemente muerto.
—¿C-China? ¿Estás bien? —preguntó Alfred, agachándose junto a él para ayudarlo a levantarse.
—¿Corea? —musitó ido el mayor sin reparar en la mano que le ofrecía America.
Los demás volvieron a mirarse entre sí, dubitativos. Por lo visto China había perdido algo de la noción de donde se encontraba, y claro, de la lucha por la que habían pasado sus compañeros tras perder el conocimiento. Pero lo que en verdad les preocupaba a éstos era el tono y expresión tan desesperados del chino; bien sabían de los sentimientos que albergaba por el mencionado.
—¿Qué ha pasado? ¿En dónde está Corea, aru? –demandó mirando inquisitivo al resto, esta vez incorporándose totalmente sin que ninguna de las otras naciones pudieran detenerle.
—Dude, creo que es mejor que te relajes. Recibiste un ataque muy feo que casi te cuesta la vida —le explicó el estadounidense, poniendo ambas manos sobres sus hombros.
Al cabo de un momento, Yao empezó a esclarecer su memoria. Lo último que recordaba era la extraña aparición de ese esqueleto gigante que les había atacado. Se sentía horrible al soñar sobre lo que había ocurrido con su coreano un par de semanas antes de toda esta situación disparatada. Peor aún era la culpa que le invadía. Tanto así que casi se negaba a creer que había ocurrido.
—China-san ¿me oye? Díganos por favor si se siente bien —le rogó Kiku, mirándole fijamente.
—Sí, al parecer me encuentro bien, aru —declaró en un murmuro el gigante asiático mientras dirigía por un instante su mirada al piso. Luego, reparó en el cuerpo del país latino, tirado a un par de metros junto a él—. ¿Qué fue lo que le pasó a México? ¿Y a dónde se fue ese monstruo, aru?
—Logramos detenerlo, pero ahora México está en el mismo estado que estuviste tú desde hace poco —contestó Ludwig en tono grave, volviendo la mirada hacia él.
Hubo una pausa sobre el resto de naciones; preguntándose qué hacer a continuación.
—¿Ustedes creen que poniendo esa otra esfera en el cuerpo de Mexique vuelva a la vida como pasó con China? —sugirió el galo de repente al tiempo que alzaba su mirada a ésta.
El grupo de ocho naciones se quedó meditando un rato mientras veían hacia la luz roja, pero a diferencia de la dorada, aquella les daba una perturbadora sensación al querer acercarse.
Justo cuando Feliciano—de nuevo— tomaba valor para bajar la esfera del cielo, algo inesperado lo detuvo a tiempo.
—¡Aléjense de eso, chicos! —gritó una voz que para los demás tenía un acento familiar.
Enseguida, todo el grupo volteó para encontrarse, nada menos que, a un trío de naciones a unos metros de donde estaban parados ellos. Sería cuestión de segundos en que lograron identificar al más corpulento de los tres representantes, que además tenía su tez oscura y presentaba signos de haber atravesado por una dura lucha.
—¿Cu-Cuba? —preguntó incrédulo el estadounidense, viendo atentamente al susodicho, quien traía apoyado contra sí a otros dos países, aunque en mejores condiciones.
—Hello. Y-Yo también estoy aquí —anunció en voz más baja de lo usual la nación de cabello rubio y lentes que estaba a su lado. Él también parecía estar herido y harto magullado, producto de algún combate del que apenas había podido salir con vida.
Con el mencionado tardaron un poco (bastante más) en reconocerle; situación de cada día para Matthew, pero que no dejaba de ser molesto de todos modos.
—¡¿Canadá?! —exclamó el representante del Reino Unido, sorprendido.
—El mismo —afirmó el aludido con una sonrisa de alivio.
—No puede ser… ¡Fratello! —exclamó el menor de los Vargas al identificar a su hermano como la otra nación que estaba junto a Cuba.
El aludido no lo pensó ni dos segundos para ir corriendo hacia donde su consanguíneo, quien primero dio la impresión de encontrarse desesperado por abrazar a su hermano pequeño, pero que al llegar a él cambió su expresión a una enfurecida en el mismo instante que lo agarraba de las solapas de su traje para zamarrearlo violentamente.
—¡Veneciano, idiota! ¿Dónde rayos estabas? ¡Me tenías preocupado como un demonio!
—Ve, eso duele. Suéltame —se quejó Feliciano, temeroso. Pues sabía que el Norte de Italia cuando se ponía así podía dar mucho miedo—. No había forma de comunicarme contigo, hubo un terremoto, las líneas se cortaron, luego la gente desapareció y…
—¡Sin excusas, maledizione! ¡Desde ahora en adelante no te quitaré la vista de encima! ¿entendido?
—Ve —se lamentó el menor, aunque en el fondo sabía que su hermano había estado horriblemente preocupado por él.
—A ver… ¡Tiempo! ¡Alguien explique qué está pasando aquí! —irrumpió Estados Unidos un tanto exasperado en vista que lo había descolocado la aparición de aquel trío en tierra de su vecino.
Entonces Cuba y Canada se dirigieron con cierta dificultad hacia el resto, teniendo que apoyarse el uno al otro para poder mantener el equilibrio.
—¿Qué no lo estás viendo, gringo estúpido? ¡Acabamos de pasar por una situación similar a la de ustedes hasta hace poco! —gruñó el cubano, viéndose agotado.
—No luces bien, Cuba ¿Seguro puedes caminar? —le preguntó preocupado Ludwig, tratando de ayudarle.
—Seh, no es la primera vez que he tenido que enfrentarme a monstruos chupa-sangre —dijo con mala intención Guillermo mientras fijaba su mirada al rubio de lentes que sólo figuró una mueca.
—¿A qué se refieren con que acaban de pasar por una situación como la nuestra? —preguntó Japón con el propósito de enfocarse en lo que era primordial—. ¿Alguien más fue afectado?
—Al parecer sí —confirmó el canadiense, sentándose en el suelo, agobiado—. Pasaba una tranquila tarde en casa de Cuba cuando se presentó alguien más…
—¿Y tú qué hacías por casa de Cuba, mon ami? —le preguntó pícaramente Francis expresándolo de igual modo en su sonrisa.
—¡Eso no es asunto suyo! ¿En serio es todo lo que se les ocurre preguntar después de ver la situación en que nos encontramos? —exclamó sonrojado el país de tez oscura así como Matthew.
—Ya va, ignora al cara de rana —intervino fastidiado Arthur, pegando un resoplido antes de mirar a su antigua colonia—. Puedes continuar.
—Bueno, nos encontrábamos… en un momento recreativo —vaciló Canadá por un momento en confesar, pues sería vergonzoso admitir frente a los demás lo que en verdad estaba haciendo con el cubano. Aunque para la mayoría ya resultó sospechoso, puesto que ambos lucían de lo más ruborizados—. Cuando de repente comenzó a temblar. Tuvimos que apresurarnos en salir y entonces nos dimos cuenta que toda la gente de Cuba había desaparecido.
—Aiyah… pero no sólo había sucedido en Cuba, aru —comentó el chino, apesadumbrado.
—Sí, pero hasta ayer desconocíamos eso —habló el mencionado, cruzado de brazos—. Fue sólo que hoy después de encontrarnos con este chico que supimos el gran revuelo que se había armado —finalizó mientras miraba al mayor de los italianos.
—¿Pero a qué clase de bestia se refieren? —inquirió Alemania, preocupado en este último punto.
Tanto Cuba como Canadá debieron dejar pasar unos segundos antes de atreverse a contestar.
—Tal vez les sea difícil de creer, pero Vene… nos atacó luego de convertirse en un monstruo gigante que faltó poco para que nos volara la cabeza —explicó el cubano con un dejo de lamento.
—¿Venezuela? ¿Nuestra fiel compañera? —preguntó sorprendido Rusia.
—Así es, amigo. Por ser una de mis más cercanas aliadas nisiquiera dudé en dejarla entrar —suspiró Cuba afligido—. Cómo iba a pensar que vendría poseída por una de esas cosas que la transformaron en… lo que sea que fuera eso.
—Fue entonces que nos vimos en la obligación de enfrentarla —acabó la explicación el canadiense—. Fuimos afortunados de que Cuba tuviese tan increíble armamento.
—Seh, pero más que eso yo tuve suerte que mi amigo Canadá estuviera conmigo —comentó Guillermo, lanzando una sonrisa emotiva al aludido, quien sólo se sonrojó, apenado—. De otra forma no hubiera tenido oportunidad.
—Hey, no se te olvide que estoy aquí, estúpido bastardo —le replicó ofendido el sur de Italia.
—Pero si apenas participaste del encuentro, es más sólo llegaste al final —reclamó indignado el cubano.
—¡No rebusques en detalles, tarado! —le rebatió el mayor de los Vargas, un poco avergonzado—. ¡He pasado por una experiencia horrible en este lugar, es lógico que luego de eso no esté en las mejores condiciones para batallar con semejantes abominaciones!
—Oh, eso me recuerda… Ayer ibas junto a España a ver una serie de funciones en el cine de México, ¿no es verdad? —preguntó Veneciano con una sonrisa optimista en vista de querer calmar a su hermano.
Todos los presentes fijaron su mirada en Romano, quien de pronto ensombreció su expresión y la dirigió hacia el piso.
—Ve ¿Por qué pones esa cara, hermanito? —preguntó confundido el menor de los Vargas.
No obstante, no hubo respuesta por parte de éste. Aún así nadie necesitaba ser un genio para saber que algo lo mortificaba, seguro tras pasar por algún evento horrible y/o traumático.
—Tienen que darle tiempo. El pobre vio cómo varios de sus compañeros fueron poseídos y sólo él pudo escapar —se adelantó a responder Matthew en tono compasivo, pero eso sólo molestó al italiano.
—¡No necesito que nadie me justifique, stupid bastard!—le reclamó el mayor de los Vargas, lanzándole una mirada reprobatoria.
—Romano, no te preocupes, ya estás bien —le consoló su fraterno a medida que lo rodeaba con sus brazos para así permitir que éste diera rienda suelta a sus emociones. Sólo que éstas reaccionaron de la peor manera: cargadas de ira y frustración.
—¡No, no estoy bien! —gritó Lovino alterado, quitando de un empujón a su hermano y mirando furioso a los demás—. ¡¿Cómo se supone que me sienta luego de que el idiota de España se sacrificara por protegerme, y lo único que pude hacer fue esconderme mientras veía cómo se lo llevaban a él, a Venezuela y a los otros?!
Fue entonces que Romano rompió en llanto, dejándose caer de rodillas mientras pegaba con sus puños sobre la tierra. El resto no pudo sino observarle de forma compasiva, en tanto Feliciano se arrodillaba junto a él en un nuevo intento por abrazarle; cosa que esta vez sí tuvo éxito.
—Espera… ¿No sólo tú, España y Venezuela se presentaron ayer en casa de México? —preguntó inquieto Arthur, cayendo en cuenta de cuan peligroso sería eso.
—Sí… también asistieron ese marica de Polonia, el fumahierbas de India y esa estatua sin vida de Noruega —contestó Lovino con algo de fastidio y en voz baja luego de dejar de llorar.
—¿Y a dónde se fueron después de que tomaran posesión de ellos?
—¿Me ves pinta de adivino? —le reclamó subiendo su mirada hacia el británico—. Tuve que permanecer oculto en un compartimiento subterráneo del cine, en total oscuridad, ya que si se me ocurría salir corría el riesgo que me hubieran hecho lo mismo.
—Pero luego escapó a casa de Cuba-san por ayuda, ¿no es así? —inquirió el país del sol naciente.
—Sí… Y como ven pronto comprendí lo que esas putas luces les hacían a mis compañeros —soltó el representante Sur de Italia en un lamento—. Quien sabe lo que ese psicópata esté obligando a hacer a ese estúpido de España ahora.
—¿Qué psicópata? —preguntó de manera sospechosa Estados Unidos, poniendo especial atención en dicha declaración.
—Ese asiático que siempre anda de uniforme militar… el que tiene un hermano casi tan idiota y molesto como Veneciano.
—¿Corea del Norte? —musitó Yao luego de un momento con una mirada cubierta de horror.
—Ah sí, creo que es ése —respondió Romano de manera simple y despectiva sin reparar en el estado alterado que había provocado en el estadounidense.
—¡¿Cómo qué crees, niñato?! —le gritó Alfred, agarrando del cuello de la camisa a Lovino—. ¡¿Sabes lo que ese trastornado nos ha hecho en el pasado?! Piensa bien antes de hablar.
—¡Quita tus manos, americano bastardo! —se resistió él, tratando de apartarse del susodicho—. Hubo un apagón y casi no podía verse ¡Además casi ni le conozco! Escuché a Venezuela decirlo.
Enseguida todos se miraron desconcertados mientras el rubio de lentes soltaba lentamente al mayor de los Vargas con la mirada atónita, puesto que ya se lo había confirmado al decir aquello.
—America, por favor no presiones a mi hermano —pidió preocupado Feliciano, volviendo a abrazar a su consanguíneo de forma protectora.
Por su parte, Japón había desviado su atención hacia la esfera roja que seguía flotando sobre Ricardo, meditando acerca del significado de ésta.
—¿Pasa algo, Japón? ¿Por qué te detienes a mirar esa cosa? —le preguntó el galo, ubicándose junto a él, intrigado.
—Creo que estas esferas representan las almas de las naciones.
—¿Pero qué dices? No puedo creer que tú sobretodo saques esas ideas —se burló un poco Francis, sonriendo de lo más natural.
—Hablo muy en serio, Francia-san —sentenció Kiku—. La bandera que se encontraba en el interior de aquella esfera dorada fue lo único que pudo despertar a China-san. Sin contar que esta esfera roja podría ser el alma de México-san que está en posesión de uno de esos soulseekers.
—Yo también pienso lo mismo, por eso les advertí que no la tocaran —añadió Cuba.
—En fin, lo que me preocupa es que va a pasar ahora con Polonia y los otros sueltos por ahí —comentó Alemania en tono grave.
—Muy bien, todavía tengo muchas dudas —concluyó el representante de Estados Unidos haciendo un alto a la situación—. Pero antes de volver al jet, ¿saben cómo purificar el alma de México para que vuelva a la normalidad? —preguntó dirigiéndose al equipo de Guillermo.
—Si supiéramos no habríamos dejado a Vene sola en mi hogar, gringo idiota —le recriminó el cubano a lo que Alfred volvió a figurar una mueca de desagrado.
—Como sea, creo que es obvio que la respuesta no la encontraremos aquí, por lo que deberíamos hacerle una visita a mi antiguo camarada y preguntárselo personalmente, ¿da? —propuso divertido el ruso sin dejar de sonreír.
—¿Ustedes creen que haya vuelto a su casa, aru? —cuestionó China, muy angustiado y preocupado de lo que podría resultar de encontrarse con el norcoreano en su actual condición—. ¿Qué pasaría si todavía anda cerca de aquí?
De repente, todos notaron que alguien más se acercaba a varias decenas de metros. En la lejanía y entremedio del desierto, con la puesta de sol detrás de su espalda, no podía distinguirse la apariencia del misterioso (o misteriosa) ser que iba en dirección a ellos, dejándoles en una línea de suspenso.
Notas finales: ¿Quién será el misterioso país que se acerca? ¿Amigo o enemigo? Jjejje, por esta ocasión he decidido hacer un pequeño concurso :3 El primero en responder ganará un momento romántico de alguna pareja que elija, siempre y cuando no sean las que ya están establecidas al principio xP Puede tratarse de cualquier personaje (pero que sean oficiales) xD Cualquier duda mándenme un Pm.
Lamento no haber puesto el combate de Cuba-Canadá contra Venezuela u_u pero sería irme por las ramas, y como ven Lovi logró salir a salvo informando en algo de lo que pasó al Team8 xD ¿Qué más les espera a estos chicos? Sólo el próximo capítulo podrá decirlo ;)
Hasta la pasta.
