Capítulo 10: En respuesta a sus oraciones
Era el gran día, el día de la boda y ella todavía no se había escapado, ni tenía forma de hacerlo. Había dormido en palacio, en una habitación que estaba vigilada a cada momento y no había tenido ni la menor oportunidad de escapar. Le pedían explicaciones para todo y sospechaba que el shogun, de alguna manera, sabía que ella no deseaba ese matrimonio. Se estaba asegurando de que no se fuera.
El día anterior se lo habría pasado estupendamente de no ser porque no dejaba de pensar en Inuyasha y en la inminente boda. Se bañó en una enorme piscina llena de leche que había dejado su piel suave y tersa como la de un bebé. Peinaron y cuidaron sus cabellos con los mejores productos y olían a rosas. Le hicieron una perfecta manicura que le fascinaba. Incluso se depiló con azúcar y no le dolió absolutamente nada. Todo su cuerpo había sido masajeado con diferentes lociones y aceites aromáticos para la piel. Y lo mejor de todo eso era que podría disponer de esos cuidados de por vida. Ahora bien, a ella no le interesaba vivir toda una vida allí por mucho que le gustaran los servicios extras, y mucho menos deseaba casarse.
Otro pensamiento la inquietaba: la noche de bodas. Seguro que el shogun querría que compartieran el lecho y se acostaría con ella. Si se casaban tenía todo el derecho a reclamar sus derechos conyugales, pero no solo no estaba preparada para eso, sino que además no quería hacerlo. ¿Cómo podría oponerse a él?
Todavía se preguntaba si hizo bien dejando marchar a Inuyasha. Aunque él había jurado que volvería a buscarla, que la sacaría de allí. ¿Sería verdad? ¿Y por qué le emocionaba tanto la idea cuando lo había rechazado? Le gustaría poder recordar, saber por qué le producía esa extraña sensación en el pecho y de esa forma poder confiar en él. Él decía que ella era la persona en quien más confiaba en el mundo, que ella lo sabía todo de él. Si en verdad se conocían, ¿cómo podrían conocerse de esa forma si no eran pareja? Él tenía que ser…
- ¿Kagome?
Chiyako y Hitomi entraron en la habitación. Chiyako vestía un precioso kimono color teja estampado con lilas y un obi dorado. Hitomi, en cambio, se había decidido por un conjunto más discreto. Ella vestía un kimono color lila con suaves dibujos en color blanco y un obi también blanco. Las dos se veían espectaculares.
- ¡Estás preciosa!- exclamaron ambas al mismo tiempo.
Ella se volvió hacia el espejo y en cuanto la modista se hizo a un lado para que pudiera verse de cuerpo entero suspiró. Aquel kimono, era el kimono más bello que había visto en toda su vida. Era un kimono digno de una reina, pero ella no se sentía como si fuera a convertirse en reina. Sentía que la arrastraban hacia el patíbulo. Aun vistiendo esa preciosa seda color blanco roto que se ajustaba a su figura y caía dándole un toque mágico, e irreal, sólo veía un futuro incierto. No podía verse bella.
La mujer que se había ocupado de recoger su cabello en un hermoso moño que dejaba caer algunos rizos, le colocó un precioso pasador adornado con flores azules que le regalaba el shogun. Después, le pudo una diadema de diamantes que habría envidiado cualquier otra mujer en el mundo.
- Podríais dejarnos solas, por favor.
Las dos mujeres que la habían estado atendiendo hicieron una reverencia y se marcharon, cerrando la puerta a su espalda. Quedaron las tres solas. Se bajó del taburete y se sentó sobre él de forma poco elegante, olvidándose por completo de su vestido.
- Kagome, estropearás tu traje de novia.
- Me da igual, Hitomi. – suspiró- Sólo quiero irme de aquí.
- Piensa que eres muy afortunada de casarte con el shogun. – intentó hacerle creer Chiyako- Él confiará en ti y seguro que acaba cometiendo un error y…
- ¿Y mientras tanto?- se quejó- ¿Tendré que acostarme con él? ¡No quiero!
- Supongo que no pensé en eso…
Ni ella tampoco lo debió pensar demasiado cuando se le ocurrió la grandiosa idea de comportarse como la mujer perfecta.
- Si no me hubiera hecho la modosita…
- Pues yo creo que le gustas precisamente por tu carácter rebelde. – le dijo Hitomi- Tú eres diferente a todas nosotras, Kagome. Tú eres especial y todos aquí lo sabemos.
Especial o no, no quería casarse.
- ¿Habrá alguna forma de evitar la boda? ¿Creéis que podría huir?- preguntó esperanzada.
- No lo creo, Kagome.
Tenía que haber alguna salida.
…
- ¿Habéis entendido el plan?
Los demonios asintieron desde el agua cuando terminaron de explicar todas las fases de su perfecto plan. Nada podía fallar, no si no querían perder a Kagome.
- Al final resulta que estos demonios son muy pacíficos. – comentó Shippo.
- El shogun los engañó, por eso estaban tan enfadados. Es un alivio que nos ayuden a rescatar a la señorita Kagome.
- ¡Podría hacerlo yo solo!
Todos lo ignoraron, tal y como era costumbre. Tanto ellos como él sabían que la realidad era que nunca diría en voz alta lo mucho que agradecía y estimaba su ayuda en esos momentos de dificultad. La boda estaba a las puertas y si Kagome volvía a rechazar su ayuda, no sabía lo que haría. Sí, la obligaría a irse con él. No pensaba dejarla allí, en manos de ese shogun depravado para que hiciera con ella sólo Dios sabe qué cosas.
- Espero que no estés pensando en llevártela a la fuerza.
La exterminadora lo leía como a un libro abierto. Se volvió y la vio desatando la tela verde que llevaba atada como una falda sobre su kimono rosa. La dobló cuidadosamente y la guardó en su saco.
- Hablaré con ella e intentaré inculcarle algo de razón. El resto dependerá de ti.
- Sango, tienes que convencerla de…
- ¡No puedo convencerla!- le rebatió- Puedo intentar que te escuche, que te crea, pero no puedo convencerla, ni debo hacerlo. Kagome debe tomar su propia decisión. No puedes obligarla a ser libre aunque no te guste
¿No podía? ¿Por qué todo se estaba complicando tanto? Daría cualquier cosa por volver a esa noche antes de que ella desapareciera y arreglarse en verdad con ella para volver juntos al campamento.
- Estaré bien. Simplemente, me pone triste pensar en todo lo que han pasado Tsukiyomi y Hoshiyomi. Es tan injusto.
- ¿Sólo es eso?
- Sí, sólo es eso.
- Y yo preocupándome por nada.
Inuyasha decidió levantarse en ese momento y se puso las manos detrás de la cabeza en una postura despreocupada y relajada.
- Volvamos al campamento.
- Quiero quedarme aquí un rato más. Volveré en seguida.
Debió ver las señales en ese momento, pero estaba tan obstinado en arreglarse con ella para que dejara de mirarlo de esa forma tan agresiva que no vio nada. Se levantó y se fue dejándola sola, despreocupándose totalmente de su seguridad. Estaba pagando muy caro ese error.
- No pierdas la fe, Inuyasha. La sacaremos de aquí, ya lo verás. Kagome no es tonta y aunque no te recuerde, piensa por sí misma. No querrá ser esclava de nadie.
Eso era verdad. Kagome siempre había actuado por sí misma y tenía su propia voz y su voto. Nunca dejaba que nadie se le impusiera, como si fuera superior a ella, ni siquiera él cuando la conoció y a punto estuvo de cometer el error de matarla.
- Vuestro amigo es muy agresivo.
- Pero es muy eficaz en las situaciones de peligro. –afirmó el monje- Espero que podamos terminar de una buena vez con la cadena de fuego y con toda esta locura.
Terminar con la cadena de fuego sería todo un alivio para nosotros. Doscientos años de opresión es demasiado para cualquiera.
- No temáis, lo conseguiremos. – los animó el kitsune.
Inuyasha observó a esos demonios y pensó que Kagome también hubiera querido ayudarlos.
…
- Ha llegado la hora.
Jugó con la falda de su kimono, arrugándola y descolocándola al escuchar aquellas palabras. La ceremonia había comenzado, tenía que ir hasta allí y casarse. ¡No quería casarse! ¿Por qué no podía ocurrir algo en ese momento que la salvara?
- Kagome, tenemos que ir.- insistieron.
Chiyako y Hitomi le dieron un suave abrazo para darle ánimo y después se dedicaron a colocar bien su kimono, ya que ella lo había estropeado con sus nervios. Para cuando terminaron casi no se notaban las arrugas que ella misma había provocado y todo volvía a estar en su lugar. Todo perfecto, todo precioso, todo falso.
Siguió a Chiyako y a Hitomi por el largo vestíbulo hacia la sala del trono llena a rebosar, pero en mitad del camino alguien la agarró y la apartó.
- ¡Eh!- gritó Chiyako- ¿Qué crees que estás haciendo?
- ¡No puedes estar aquí!
- Necesito hablar con la novia antes de la boda, ¡es urgente!
Chiyako y Hitomi continuaron quejándose y amenazando con llamar al shogun, pero ella reconoció el kimono rosa y a la mujer del día anterior.
- Hablaré con ella.
- ¡Pero Kagome!- exclamaron las dos mujeres atónitas por sus palabras.
- Sólo será un momento, haced tiempo para que no vengan a buscarme.
Las dos aceptaron a regañadientes su petición mientras que ella arrastraba a la mujer hacia una sala vacía. Cerró la puerta a su espalda y la miró intentando descubrir qué había de familiar en ella aparte de ese kimono que había recordado antes.
- Tú eres amiga de ese tal Inuyasha, ¿no?- le preguntó.
- Sí, así es.
- Tú y yo, ¿nos conocemos?- le preguntó- Tu kimono me resulta familiar. Soñé con él una vez…
- ¡Claro que sí, Kagome!- exclamó- Soy yo, Sango.
Le hablaba como si tuviera que reconocerla, como si no fuera posible de otra forma.
- Lo siento, no te recuerdo.
Ella se encogió de hombros por su respuesta, pero no se desanimó.
- Mira yo sé que es difícil de creer y que estás muy confundida, pero tienes que escuchar a Inuyasha.
- ¿Por qué?- tenía tantas dudas.
- Porque dice la verdad. Si hay algo que caracteriza al hanyou es que siempre dice la verdad por muy dura que pueda llegar a ser.
La verdad… El problema era que la verdad siempre tenía muchas versiones y ella no sabía si estaba preparada para confiar.
- Yo no sé…- se le ocurrió una pregunta en ese momento- Si es verdad que nos conocemos, ¿qué somos Inuyasha y yo exactamente? ¿Somos novios?
- Bueno, yo no lo diría así… - se retorció las manos- No exactamente.
- ¿Qué quiere decir eso?
- Digamos que estáis en ello. – suspiró- Verás, a Inuyasha le cuesta mucho hablar de sus sentimientos, lo hace muy poco y cuando lo hace, es sólo contigo. Es muy difícil tratar con él a veces porque ha sufrido mucho desde que nació, no es fácil ser un hanyou. Los humanos no lo quieren, pero los demonios tampoco…
Eso sí que lo comprendía. ¡Pobre Inuyasha! Desde que era niño había vsufrido como todos en su vida lo apartaban con crueldad por ser diferente, por no poder ser sólo uno de ellos. ¿Por qué no podían ver lo especial que era en verdad? Tenía lo mejor de cada uno, estaba segura. Ahora bien, si estaba con ellos era porque lo habían aceptado y la verdad es que era un grupo muy variopinto.
- Pero hay una cosa que todos sabemos y que él jamás podrá ocultar.
Eso logró llamar su atención.
- ¿Cuál?
- Inuyasha te adora. Haría cualquier cosa por ti sin medir consecuencias y no se avergüenza de ello. Lo grita con orgullo.
Sintió arder sus mejillas al escucharla y unas mariposas empezaron a flotar en su estómago. No lograba recordarlo, pero sólo de oír a esa mujer hablar de él, sentía que se estaba enamorando perdidamente. ¿Qué tenía Inuyasha que la enloquecía de esa forma? ¿Ella estaría enamorada de él? ¿Acaso su cuerpo había reconocido al hombre del que estaba enamorada? Cada vez estaba más y más segura de que no podía casarse con el shogun.
- Podrías no creerme, pero tampoco sabes si ese shogun te dice la verdad. Mi consejo es que sigas los dictados de tu corazón. El corazón de una mujer nunca miente.
Se llevó las manos al pecho, sintiendo su corazón palpitar con fuerza. Entonces, miró a la hermosa mujer castaña y la vio como si fuera su hermana.
- Tú y yo, éramos muy amigas, ¿verdad?
- Sí… ¿Por qué lo preguntas?- parecía sorprendida.
- Porque sólo una amiga se arriesgaría así.
Sango le sonrió y la ayudó a colocarse de nuevo el kimono antes de dejarla salir al vestíbulo, pero cuando creía que ya se había despedido dijo algo que llamó su atención.
- Inuyasha no permitirá esta boda. No tienes nada que temer.
Y con esas palabras, la mujer desapareció entre el gentío y ella pudo al fin sonreír.
…
Se había ocultado tras una columna en el mirador, sobre la sala del trono. Sango acababa de entrar en la sala del trono, por lo que ya debía haber hablado con Kagome. Miroku y Shippo estaban con los demonios preparando los "fuegos artificiales". No tenían mucho tiempo antes de que empezara la marcha y debían ser rápidos en sacar a Kagome y a todas esas mujeres de ahí. Lamentaba decir que no podía enfrentarse al shogun, pero era la verdad y por ello había tenido que acudir a las triquiñuelas típicas de Shippo. Iban a seguir el plan de un niño.
Sonaron unas trompetas y él se asomó para ver el desfile. Primero caminaron por la alfombra hacia el trono las dos mujeres que seguían a Kagome a todas partes, lanzando pétalos de un cerezo en flor. Después, apareció Kagome sosteniendo entre sus manos un ramo de rosas rojas. Cuando la vio, se le desencajó la mandíbula. ¡Estaba hermosa! Más bien, perfecta. En su vida había visto algo semejante y por un momento perdió toda la concentración en su plan para fijarla en ella.
- ¡Tú no eres Kikio!
- ¿Quién?
- Kikio es más inteligente y mucho más guapa.
- ¡Serás idiota!
Esa fue la primera conversación que tuvieron cuando se conocieron. Había tenido la necesidad imperiosa de poner distancia entre él y Kagome desde el primer momento. Le había dicho una mentira descarada tras otra sobre su aspecto, su olor, su comida y su carácter. La azabache tenía muchos motivos para odiarlo. Si él hubiera dicho la verdad desde el primer momento en vez de comportarse como un idiota…
La vio detenerse frente al altar y el shogun tomó sus manos para ayudarla a subir. Vio con rabia a ese depravado, sosteniéndola como si en verdad creyera que era suya. Una mujer vestida de sacerdotisa fue la que ofició el matrimonio. Empezó a hablar de las maravillas del matrimonio, pero cuando llegó a la parte del "sí quiero"…
- Esa parte no es necesaria.
- Pe-Pero… Alteza… - balbuceó la sacerdotisa.
- Es evidente que los dos queremos. Sigue.
El shogun tenía miedo de que Kagome no le diera una respuesta afirmativa.
- Bueno, pues si nadie tiene nada que objetar…
- ¡Yo objeto!
Se tiró de lo alto de la terraza y cayó sobre la alfombra que dividía la sala del trono en dos. Todas las miradas se fijaron en él, pero no le importó.
- ¿Cómo te atreves asqueroso hanyou?
Justo cuando el shogun iba a desenvainar su espada, Sango cortó el cordón que la sujetaba a su cinturón y se la arrebató. El shogun se volvió sorprendido por aquel atrevimiento, pero antes de que pudiera lanzarse sobre ella, Sango la lanzó lejos, entre el público. Por fin Kagome podría escucharlo.
Ella lo miraba fijamente, esperando a que dijera algo, y sólo se le ocurrió una cosa que decir.
- Estás preciosa, Kagome.
Avanzó lentamente por el pasillo hacia ella.
- Tú siempre estás preciosa pero hoy especialmente. Sé que debería haberte dicho esto antes, pero supongo que no me atrevía.
- ¿Por qué no te atrevías?- le preguntó ella.
- Porque tenía miedo de que tú me rechazaras. ¿Por qué ibas a querer a un medio demonio?
Kagome lo contempló recordando aquello que le había dicho Sango. Vio en sus ojos todo el sufrimiento por el que había pasado y algo en su interior cambió. Dejó caer al suelo el ramo de rosas y lo miró como si no hubiera otro hombre sobre la tierra. Estaba enamorada de él, ahora estaba completamente segura.
- Eso es una tontería. – le dijo- No sé por qué no ibas a gustarle a alguien tal y como eres…
- Eso mismo me dijiste una vez.
- Inuyasha…
- No te cases con él, por favor. Déjame llevarte lejos de aquí y si entonces no quieres saber nada de mí, lo aceptaré. ¡Pero déjame salvarte!
Era lo más bonito que creía haber escuchado en toda su vida y no es que recordara mucho de su vida, pero sabía que no podría haber un momento más perfecto. Y a pesar de todo, aunque su corazón le perteneciera por completo y quisiera huir de ahí, no terminaba de confiar en él. Tenía mucho miedo.
- No sé si yo…
- Aún no he terminado.
¿Había más? ¿Qué más podía decirle que fuera tan fantástico como todo aquello? ¿Qué otra cosa la convencería por completo? Él rompió la distancia que quedaba entre los dos y se quedó a pocos centímetros de ella, estudiando su rostro. Ella hizo lo mismo con el suyo y entonces supo que no la convencería con palabras.
Él la estrechó entre sus brazos repentinamente, apretándola contra él de forma casi violenta, como si llevara demasiado tiempo sin hacerlo, como si tratara de fusionarla con él. Estaban tan pegados el uno al otro que era casi vergonzoso. Con una mano le hizo alzar el mentón y no tuvo tiempo de cerrar los ojos antes de que sus labios se apoderaran de los suyos. Se derritió por dentro en ese momento, cerró los ojos y se aferró a él, deseando que nunca la soltara.
…
- Miroku, ¿falta mucho?- preguntó el kitsune
Inuyasha aún no ha dado la señal.- se recostó contra el tronco de un árbol- Tenemos que saber ser pacientes. No queremos causar ningún daño a esas mujeres inocentes.
El niño asintió con la cabeza y jugueteó con sus pies en el aire, sentado sobre una rama. Estaba deseando salir de ese lugar y que Kagome volviera a la normalidad. En esos últimos días había pasado de tener que lidiar con una falsa Kagome a tener que lidiar con una Kagome que no los recordaba a ninguno de ellos. Quería recuperarla.
- ¿Y si no lo consigue?
- No digas eso. – intentó animarlo- Inuyasha jamás permitirá que Kagome se aleje de nosotros, no dejará que le ocurra nada. Si de una cosa puedes estar seguro es de que la salvará.
- Tienes razón. Inuyasha es un cabezota y un mal educado, pero la quiere y eso se nota.
El pequeño demonio zorro hizo una bola de fuego mágico de zorro y jugó con ella con tan mala suerte que apareció un demonio recién salido del agua y se cruzó en su camino. El demonio empezó a gritar y a agitarse y corrió en círculos hasta que recordó que tenía el agua cerca y se lanzó.
- Amigo, ¿estás bien?- le preguntó el monje.
- ¡Lo siento mucho!- exclamó el niño.
- Estoy bien.
Los tres suspiraron aliviados y volvieron a relajarse, pero un ruido llamó su atención. Se incorporaron y buscaron el origen hasta que lo encontraron. La mecha de la dinamita estaba prendida y se estaba bifurcando hacia todos los explosivos que habían ocultado en palacio.
- ¡Inuyasha aún no ha dado la señal!- gritaron al unísono.
…
Fue arrancada a la fuerza de aquel maravilloso beso y se encontró a un metro de distancia de Inuyasha. El shogun la sujetaba y miraba con furia al hanyou.
- ¿Cómo te atreves a besar a mi esposa?
- ¡Aún no es tu esposa y esta boda es totalmente falsa!
Los dos se miraron con profundo odio. Ella estaba entre los dos y no le gustaba encontrarse en esa posición y mucho menos en su estado de confusión. Se las ingenió para desasirse del agarre del shogun y dio unos pasos atrás para apartarse de ellos. Parecía que estuvieran dispuestos a matarse el uno al otro.
- Kagome, dile a ese hanyou para que deje de molestarnos, que deseas casarte conmigo.
Era el momento de ser valiente y plantar cara a sus problemas.
- No. No quiero casarme contigo, Hakuron. – se negó- Estoy enamorada de otro hombre.
Y con esas palabras agarró las faldas de su kimono, alzándolas hasta sus rodillas y salió corriendo por el pasillo que formaba la alfombra roja.
- Parece que la dama ha hablado.
- ¡Pagarás por esto, hanyou!
El shogun alzó su mano derecha con el guante demoníaco y la espada que Sango había lanzado bien lejos volvió contestando a su llamada. ¿También estaba hechizada para obedecerlo? Ese shogun era una caja de sorpresas. En cualquier caso, tenían que poner a Kagome y a las demás mujeres a salvo para poder darle la señal a Miroku. Le hizo una seña a Sango para que ella se encargara.
Se preparó para embestir al shogun y así poder entretenerlo, pero sonó un fuerte estruendo y el suelo de palacio tembló. Cayeron al suelo inevitablemente y escuchó el ruido de los cimientos agitándose, rompiéndose y cayendo. ¡El palacio se venía abajo! ¿Cómo era posible? Él todavía no le había dado la señal a Miroku, era demasiado pronto. Estaban todos dentro del palacio y se suponía que sólo debían quedar él y el shogun. Buscó con la mirada a Sango para descubrir si ella tenía una explicación, pero estaba igual que él. Pedazos del techo caían en la sala del trono y las mujeres gritaban mientras corrían en estampida hacia la salida.
Escuchó gritar a Kagome y la vio en el mismo mirador en el que él había estado anteriormente. Recordaba haber visto un acceso al área privada del palacio en ese lugar. Y habían puesto otra bomba allí. Era la última bomba y estallaría en cuestión de segundos. Clavó su espada en el suelo y alzó los brazos en posición de recibirla.
- ¡Kagome, salta!- le gritó- ¡No hay tiempo para pensarlo!
Ella lo miró asustada, sin saber qué hacer.
- ¡Confía en mí!
Volvió la vista a su espalda y de nuevo hacia él, pensando en sus palabras y luego recordó las palabras de Sango. Debía seguir los dictados de su corazón. Entonces, tomó una decisión.
Continuará…
