Disfrútenlo 7w7
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Bajo el cielo estrellado, no solo por los cuerpos celestes, sino también por la pirotecnia centelleante en distintos colores y formas, se encontraban dos amantes, ocultos entre la maleza del pasto y los vastos árboles del parque.
Uno de ellos, estrechando contra sí al cuerpo contrario, incapaz de dejarlo ir por ningún motivo, manteniéndolo cálido y seguro.
El susto anterior había pasado sin mayor problema, pero ambos habían decidido alejarse del mar de gente anterior para ir a un lugar más solitario. Por suerte para Yuri, Viktor conocía el lugar perfecto, pues el mismo en años anteriores, acudía para observar con mayor tranquilidad el espectáculo de luces.
Las palabras no hacían falta, ambos se mantenían abrazados, el menor con la cabeza en el pecho del contrario, y con las manos y las piernas entrelazadas entre sí.
Era una verdadera fortuna que todo el gentío estuviera en el centro del parque de atracciones, pues a ojos castos, su cercanía parecía cualquier cosa menos un abrazo inocente.
Y a pesar de que el festival de fuegos artificiales era maravilloso, los pensamientos del japonés se asemejaban a todo menos a un montón de luces brillantes.
En toda su vida, había sentido un millón de veces la angustia. El temor, el nerviosismo, el remordimiento, la desconfianza, la nostalgia, la soledad y una lista interminable de sentimientos negativos. Tras ellos, estaba él. Sintiéndose tan pequeño en comparación a sus problemas.
Sin embargo, estos jamás desaparecieron por arte de magia. No habían sido eliminados de un día para otro, y hasta la fecha, seguían guardados en sus recuerdos más profundos.
Trabajó intensamente. Luchó para conseguir que aquellos malos sentimientos atrapados en su ser regresaran donde pertenecían; fuera de él. No fue sencillo, por supuesto, pasó años asimilando las cosas, trabajando en sí mismo y para los demás, superándose cada día que pasaba. A veces, pensaba que nunca era suficiente y a veces, sonreía porque sabía que estaba a punto de lograrlo.
Y un día, encontró el lugar donde deseaba estar para siempre.
Sabía que no podría ser únicamente feliz, pero comprendió que sus tristezas y sus alegrías, todas y cada una de ellas, quería pasarlas junto a él.
Junto a aquel pecho caliente, y atrapado entre los fuertes brazos de Viktor. Aspirando su aroma a mango y rosas. Escuchando cada una de sus palabras, por más tontas o profundas que fuesen.
En ese preciso momento, ya no estaba más entre un mare magnum, si no, en un pedacito de mundo junto a la persona que más quería.
Separarse de él no era una opción.
— Es mi parte favorita de este parque ¿sabes? No me los perdía cuando era niño — Habló de pronto el ruso, refiriéndose a la pirotecnia y, rompiendo la burbuja de silencio que se había formado desde que se habían alejado de la multitud.
— Mi parte favorita de todo eres tú — Respondió el menor con simpleza. No acostumbrado a decir cosas como esas, pero entre la sensación de tranquilidad y el romántico momento, sentía como si las palabras quemaran en su pecho, más que listas para salir al aire fresco.
— ¡Oh, Yuri! — Viktor jadeó. Se apresuró a llenar la cara de su amor con besos rápidos, asegurándose de no dejar un solo huequito de piel sin ellos. — Tú también eres mi parte favorita de todo. Los fuegos artificiales que siento cada vez que te veo, son una prueba de ello.
— Eres muy cursi...
— Solo contigo, mi cerdito hermoso.
El nipón simplemente rio enternecido. Esperando esa reacción por parte de su efusiva pareja, quien no dudó en seguir con la ronda de pequeños besos por su piel, desde las mejillas, hasta el cuello, deseando llegar más a allá pero siendo impedido por el acolchonado abrigo del menor. Regreso sin reparos a su boca, apenas dando tregua para inhalar oxígeno.
A pesar de la gélida temperatura del ambiente por la noche, el calor en sus cuerpos pronto comenzó a incrementar. Quizá, más de lo considerado normal. En ellos había una chispa de deseo que apenas al mínimo contacto con el oxígeno, podría desencadenar un fuego abrasador.
Lo sabían. Sabían que no duraría mucho antes de que sus cuerpos buscaran ser uno, y sabían que el momento adecuado no existía. Que ellos lo creaban a partir de sus sensaciones, sus expresiones, y todo aquello que incluía el amor frenético.
No habría nada de qué dudar o de que arrepentirse, simplemente, buscarían unir sus cuerpos con lentitud, o con fiereza, pero que no estarían a gusto hasta ser uno solo.
Y ese momento, había llegado. Lo presentían, pues sus miradas ya no mostraban ese amor puro con el que habían iniciado, tal como ágape. Este se había manchado con ese matiz oscuro del deseo puro, de la lujuria y la lascivia. Como eros.
Se separaron a regañadientes, pues eran humanos y necesitaban aire en los pulmones, pero tal como el beso había terminado, empezó uno nuevo, y para cuando el nipón se dio cuenta, el ruso ya se había enderezado y luego parado, con las manos sujetas firmemente contra su trasero.
No hubo palabras innecesarias, las miradas entre ambos daban a entender todo.
Era el momento.
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El japonés no supo dónde estaba, si en su casa, en la de su novio, o en un hotel. Lo supo en el momento que el ruso lo arrojó contra la cama, pudiendo así ser capaz de divisar el techo y la lámpara en forma de constelación que aún apagada, mantenía un brillo tenue tal como las estrellas en el cielo. La lámpara de la habitación de Viktor.
El ruso, por su parte, y con la desesperación a flor de piel, comenzó a quitar su propia ropa con rapidez, regalándole a la vista de su precioso novio, su primer show de striptease. Pero como siempre en estos espectáculos, se dejó la mejor parte, ese pequeño bóxer oscuro y ceñido. Aquel que había visto Yuri la primera vez que durmieron juntos (conscientemente) y descubierto que el ruso tenía la fascinación de dormir en prendas menores.
Yuri, se sintió afortunado de apreciar el escultural cuerpo de su pareja, luciendo tan fuerte pero sintiéndose tan suave, paseo sus dedos lentamente por su musculatura, deleitándose por el toque cálido de la piel de su amante. Se sintió imbécil por un momento también, preguntándose por qué se había negado a tal placer carnal durante tanto tiempo, y atribuyendo el hecho a su infinita timidez.
Con lentitud, Viktor comenzó a desabotonar la camisa del moreno (pues el abrigo se lo había quitado apenas habían entrado al departamento) y acarició, ahí donde la piel lechosa apenas y se mostraba. Había tenido el placer de observarlo desnudo por primera vez esa mañana cuando se ducharon juntos, pero no pensó que tendría el placer de probarla finalmente en tan poco tiempo.
No tomó mucha prisa en quitar la demás ropa, y a diferencia suya, le quitó el bóxer celeste con dibujos de caniches que portaba tan orgullosamente el menor.
La vergüenza fue normal, en cuanto la prenda se encontró más allá de sus tobillos, el japonés oculto con sus manos aquello que tanta vergüenza le daba mostrar.
— Deja de cubrirte mi amor. Ya te había visto en la mañana — Mencionó Viktor al mismo tiempo que quitaba las manos del japonés de la zona con las suyas propias, y dejaba un beso tranquilizados su sien — Debo admitir que estoy orgulloso de haber dudado del mito sobre el tamaño de los japoneses. Eres muy grande...
— ¡Viktor! Deja de decir cosas tan vergonzosas — Respondió el castaño, mientras se tapaba el rostro, rojo por las palabras sin filtro del mayor. Sin embargo, la vergüenza anterior se desvaneció en cuanto el japonés retiró las manos de su rostro para dirigirlas hacia la entrepierna del ruso y bajar la ropa interior en un rápido jalón, descubriendo así la erección de este — Si yo soy grande tú lo eres más.
— Bueno, tú no debiste de dudar del mito de los rusos — Río el mayor mientras le dedicaba un guiño coqueto y atrapaba de nuevo entre sus brazos al nipón.
Las palabras empezaron a sobrar desde ese momento, pues sus ojos lo miraban atento, prestado atención a cada movimiento que el menor hacía. Capto desde la pequeña sonrisa que nacía entre la comisura de su boca hasta sus ojos cada vez más brillantes.
Era precioso, simplemente precioso.
Viktor no podía creer aún como era posible el haber encontrado a alguien tan hermoso y perfecto entre todos sus defectos, tal como Yuuri lo era para él.
La mano de Viktor se movió con suavidad y por inercia, intentando a tientas acariciar la piel del brazo del menor. Tan cálida y suave como usualmente, prendió todos sus sentidos y podía jurar que en cualquier momento el corazón se le saldría del pecho.
La poca luz disponible, apenas prestada por la luz de la luna que entraba por la ventana mitigaba sus nervios, por qué no tenía miedo de entregarse completamente bajo la luz de aquella luna llena, surcando el cielo envuelta en estrellas con miles de deseos en ella.
No lo dudo ni un segundo más, con decisión, tomó los hombros de Yuuri para pasar sus finos dedos a través de sus brazos, robándole el aliento y dejando un rastro de fuego imaginario a su paso. Besó sus clavículas con delicadeza y regreso las manos hacia arriba para poder acostar por completo al más joven en la cama.
No hizo falta más que una mirada cómplice entre los dos, diciéndose todo sin tener que soltar palabra alguna.
Yuuri, impaciente por contacto, besó las mejillas de su amante, cada beso más sonoro que el anterior, trazando una línea de ellos por su boca y mandíbula hasta bajar al cuello.
— Eres tan dulce, amor — Expresó con las mejillas rojas. Creyendo fielmente que desfallecería en cualquier momento.
Viktor le lanzó una mirada llenar de amor y procedió a besar de nuevo cada centímetro de piel disponible a vista, esta vez, bajando hasta su pelvis y teniendo preciso cuidado y no ir más abajo para evitar asustar al nipón, regreso hacia su rostro y beso sus labios sin prisa alguna.
Por qué no había razón para apurarse, por qué se pertenecían en ese momento, y él deseaba, si el destino así lo quería, toda la vida. Por qué estaba dispuesto a dar absolutamente todo por él. Y por qué estaba enamorado.
Enamorado hasta que encontrara alguna otra palabra para describir lo que en tan poco tiempo había sentía por su pareja.
Y quizá jamás lo haría, por qué hasta el momento, no existía algo tan grande en el universo.
Lo besó en los labios una vez más, siendo capaz de saborear el café naturalmente impregnado todo su ser. Comenzaba a pensar que jamás se cansaría de ese sabor.
El japonés no se quedó atrás en ningún momento, con los brazos firmemente aferrados a las caderas del ruso, comenzó a removerse sin culpas para crear fricción entre ambos cuerpos.
Irremediablemente, la habitación se llenó de sonidos. Fogosos, dulces, desesperados, erráticos y otros llenos de amor. El frío que antes se colaba entre los huesos desapareció para dar lugar a un calor que en cualquier momento los extinguiría. O al menos, así se sentían.
En algún momento de la noche, sus cuerpos calientes eran suficientes ante la notoria falta de ropa en ellos. Se tocaban directamente, sin nada más estorbando entre ellos y la vergüenza no tardó en apresar sus emociones.
Los ojos del menor se cerraron con fuerza e inmediatamente trató de cubrirse de nuevo con lo primero que encontró en cuanto el ruso comenzó a acariciar sin miramientos su miembro ya bastante despierto junto al suyo.
— Yuuri, mírame. — Pidió el ruso, con una voz tan sedosa que el japonés se sintió derretir. — Eres tan perfecto para mí, como nadie lo es. No me prives de verte, por favor.
Viktor trató de hablar lo más seguro que había podido, pero no podía seguir soportando la inseguridad de su novio. ¿Importaba realmente si su cuerpo era perfecto o no? Para él no lo era, incluso, prometería amarlo por cada kilo extra que el japonés tuviese. Verlo odiar y avergonzarse de su cuerpo era lo más doloroso que podía sentir, y la impotencia de no poder hacer nada por él era más grande aún.
— Viktor — El pelinegro llamó su atención para poder abrazarlo mientras hundía su rostro en el hueco de su cuello.
A partir de ese momento las palabras comenzaron a sobrar nuevamente y sus mentes fueron incapaces de pensar algo más. El ruso estaba decidido a amar a Yuuri.
Amarlo por sobre todas las cosas, y nuevamente en citadas palabras, incondicionalmente, como ágape. Y en ese justo momento, donde sus cuerpos se fundirían en uno solo por primera vez, como eros.
Sus bocas se fundieron en un beso mientras que el mayor preparaba el cuerpo del otro para hacerle sentir el menor dolor posible. Sabía que el menor no tenía experiencia alguna en el tema y lo que menos deseaba era asustarlo.
El tiempo paso increíblemente rápido, entre palabras de amor, besos, caricias, jadeos e incluso entre la mirada atenta del ruso sobre la enorme sonrisa plantada en la cara del japonés.
Esa noche, sus cuerpos se fundieron en uno solo, casi por inercia y encajando perfectamente el uno con el otro, tal como la última pieza de un rompecabezas.
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Unas manos tibias acariciaron su espalda, después su nuca hasta llegar a la parte superior de su cabeza. Sonrió al tacto y abrió los ojos con dificultad, enfocando poco a poco la vista. Volteo lentamente para encontrarse con un panorama que ya había tenido el placer de gozar repetidas veces, pero sin embargo, ninguna tan especial cómo la presente.
— Buenos días, bello durmiente. — Saludó Viktor, con el cabello alborotado, sin camisa y con la cara aún somnolienta. Traía consigo una charola y dos platos y vasos en ella. — Está vez, fue mi turno de hacer el desayuno. Muy simple, claro, yo no cocino tan bien como tú.
Yuri asintió complacido y después musitó un «gracias» demasiado adorable a los oídos de su entusiasta pareja, se enderezó para quedar sentado en la cama, dejando un espacio para que el ruso se sentara a lado para desayunar juntos.
— ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? — Preguntó con interés el mayor mientras se aseguraba visualmente de que todo estuviera bien en el cuerpo del japonés. A parte de algunas marcas tenues de chupetones en su pecho, todo parecía en orden.
— Estoy bien, pero siento que no podré pararme de la cama en un buen rato — Respondió el nipón mientras comenzaba a degustar el exquisito cereal con leche que su ruso le había preparado seguramente con tanto amor. También le había traído un pedazo de pan tradicional que conocía bastante bien por el tiempo que llevaba viviendo en el país.
— Muy bien, si decides no hacerlo me quedaré aquí contigo — Viktor le guiñó el ojo graciosamente, y Yuri sonrió una vez más — Por cierto, estoy tan feliz de que hayas cumplido tu promesa. Más de 100 visitas a la cafetería, cenas juntos y visitas sorpresa, pero únicamente 10 citas "genéricas" fueron difíciles de esperar.
— ¿Oh por dios, las contaste?
— Tengo un doctorado en economía y finanzas, así que si, lo hice.
— Lamentó haberte hecho esperar tanto, pasó mucho tiempo antes de que me sintiera seguro de mostrarte mi cuerpo...
— ¿Es curioso sabes? Yo he querido comerte incluso cuando te vi por primera vez y aún eras rechoncho, mi deseo aumento cuando nos hablamos por primera vez, y que decirte de cuando nos convertimos en pareja, sentía que desfallecería por tanto deseo, la forma de tu cuerpo siempre me ha atraído, ¡el solo hecho de que seas Yuri me enamora! — Mencionó el ruso, captando el brillante rojo en la cara de su pareja y teniendo cuidado cuando le saltó encima a besar su rostro como tantas veces lo había hecho. — Ayer, fue tal como lo soñé.
— ¡Viktor! ¿habías soñado con eso antes?
— Muchas veces, y todas maravillosas.
Yuri dejó la bandeja de lado en uno de los burós cercanos a la cama, para así, ser capaz de lanzarse a los brazos de su ruso favorito. Y aunque creía que jamás haría algo tan vergonzoso como eso, ahí estaba el aferrado a los fuertes brazos de su pareja.
— Te amo, Viktor — Musitó, contra su pecho, haciéndolo lo menos audible posible, pues sabía que sería difícil lidiar con la vergüenza de haber dicho tal cosa. El ser el primero en hacerlo lo hacía más difícil aún, pero sentía que si no lo hacía, su pecho explotaría por retener por más tiempo aquellas palabras en su corazón.
Escucho un jadeo ahogado, y posteriormente, su mentón fue levantado con un poco de fuerza, solo para quedar a la misma altura que la mirada llena de amor del mayor.
— Yo también te amo, como no tienes idea, Yuri Katsuki.
No hubo más que un reconfortante silencio traes eso, pues ambos estaban tan cómodos, unidos en un fuerte abrazo que duró hasta que sus cuerpos se entumecieron ligeramente. El ambiente romántico era tan gratificante, pero lo que japonés no sabía, era que algo tan maravilloso podía perderse en tan poco tiempo. Y que podía esfumarse tan pronto como había iniciado.
Pues nunca jamás se había puesto tan nervioso en la vida por algo que saliera de la boca de su novio, incluso, ni siquiera con todas aquellas palabras tan vergonzosas y subidas de todo qué le había dicho al oído la noche anterior mientras estaba dentro de él.
Ni siquiera eso.
"Por cierto, amor, mis padres quieren conocerte"
