Ni Love Live NI cincuenta sombras me pertenece, son son de sus respectivos autores.

No puedo reprimir el júbilo. Mi subconsciente me mira con la boca

abierta, en silencio, atónita, y, con una amplia sonrisa grabada en la cara,

levanto la vista anhelante hacia los ojos torturados de Eli.

Su expresión tierna y dulce, como si buscara absolución, me con-

mueve a un nivel profundo y primario; sus dos pequeñas palabras son

como maná celestial. Siento de nuevo el escozor del llanto en los ojos.

Sí, me quieres. Sé que me quieres.

Ser consciente de ello es muy liberador, como si me hubiera

deshecho de un peso aplastante. Este hombre hermoso y herido, a quien

un día consideré mi héroe romántico —fuerte, solitario, misterioso—,

posee todos esos rasgos, pero también es frágil e inestable, y lleno de

odio hacia sí mismo. Mi corazón está rebosante de alegría, pero también

de dolor por su sufrimiento. Y en este momento sé que mi corazón es lo

bastante grande para los dos. Confío… en que sea lo bastante grande

para los dos.

Alzo la mano para tocar su querido y apuesto rostro, y le beso con

dulzura, vertiendo todo el amor que siento en esta cariñosa caricia.

Quiero devorarle bajo esta cascada de agua caliente. Eli gime y

me rodea entre sus brazos, y se aferra a mí como si fuera el aire que ne-

cesita para respirar.

—Oh, Nozomi —musita con voz ronca—. Te deseo, pero no aquí.

—Sí —murmuro febril junto a su boca.

Cierra el grifo de la ducha y me da la mano, me lleva fuera y me en-

vuelve con el albornoz. Coge una toalla, se la anuda en la cintura, y

luego con otra más pequeña empieza a secarme el pelo cuidadosamente.

Cuando se da por satisfecho, me pone la toalla alrededor de la cabeza, de

modo que en el enorme espejo que hay sobre el lavamanos parece que

lleve un velo. Él está detrás de mí y nuestras miradas convergen en el

espejo, gris ardiente contra azul brillante, y se me ocurre una idea.

—¿Puedo corresponderte? —pregunto.

Él asiente, aunque frunce ligeramente el ceño. Cojo otra toalla es-

ponjosa del montón que hay apilado junto al tocador, me pongo de pun-

tillas a su lado y empiezo a secarle el pelo. Él se inclina hacia delante

para facilitarme la tarea, y cuando capto ocasionalmente su mirada bajo

la toalla, veo que me sonríe como un crío.

—Hace mucho tiempo que nadie me hacía esto. Mucho tiempo

—susurra, y entonces tuerce el gesto—. De hecho, no creo que nadie me

haya secado nunca el pelo.

—Seguro que Kotori-san sí lo hacía. ¿No te secaba el pelo cuando eras

pequeño?

Niega con la cabeza, dificultándome la labor.

—No. Ella respetó mis límites desde el primer día, aunque le resul-

tara doloroso. Fui un niño muy autosuficiente —dice en voz baja.

Siento una punzada en el pecho al pensar en aquel crío de cabello

cobrizo que se ocupaba de sí mismo porque a nadie más le importaba.

Es una idea terriblemente triste. Pero no quiero que mi melancolía me

prive de esta intimidad floreciente.

—Bueno, me siento honrada —bromeo en tono cariñoso.

—Puede estarlo, Toujou-san. O quizá sea yo el honrado.

—Eso ni lo dude, Ayase-san —replico.

Termino de secarle el cabello, cojo otra toalla pequeña y me coloco

detrás de él. Nuestros ojos vuelven a encontrarse en el espejo, y su

mirada atenta e intrigada me impulsa a hablar.

—¿Puedo probar una cosa?

Al cabo de un momento, asiente. Con cautela, muy dulcemente,

hago que la toalla descienda con suavidad por su brazo izquierdo, sec-

ando el agua que empapa su piel. Levanto la vista y escruto su expresión

en el espejo. Parpadea y me mira con sus ojos ardientes.

Yo me inclino hacia delante, le beso el bíceps, y él entreabre leve-

mente los labios. Le seco el otro brazo de igual modo, dejando un rastro

de besos alrededor del bíceps, y en sus labios aparece una sonrisa fugaz.

Cuidadosamente, le paso la toalla por la espalda bajo la tenue línea de

carmín, que aún sigue visible. En la ducha no le froté por detrás.

—Toda la espalda —dice en voz baja—, con la toalla.

Inspira y aprieta los labios, y le seco rápidamente con cuidado de to-

carle solo con la toalla.

Tiene una espalda tan atractiva: ancha, con hombros contorneados y

todos los músculos perfectamente definidos. Realmente se cuida. Solo

las cicatrices estropean esa maravillosa visión.

Me esfuerzo por ignorarlas y reprimo el abrumador impulso de be-

sarlas todas y cada una. Cuando termino, él exhala con fuerza y yo me

inclino hacia delante para recompensarle con un beso en el hombro. Le

rodeo con los brazos y le seco el estómago. Nuestros ojos se encuentran

nuevamente en el espejo, y tiene una expresión divertida, pero también

cauta.

—Toma esto. —Le doy una toallita de manos y él arquea las cejas,

desconcertado—. ¿Te acuerdas en Georgia? Hiciste que me tocara utiliz-

ando tus manos —añado.

Se le ensombrece la cara, pero no hago caso de su reacción y le

rodeo con mis brazos. Los dos nos miramos en el espejo: su belleza, su

desnudez, yo con el pelo cubierto… tenemos un aspecto casi bíblico,

como una pintura barroca del Antiguo Testamento.

Le cojo la mano, que me confía de buen grado, y se la muevo sobre

el torso para secarlo con la toalla de forma lenta y algo torpe. Una, dos

pasadas… y luego otra vez. Él está completamente inmóvil y rígido por

la tensión, salvo sus ojos, que siguen mi mano que rodea la suya con

firmeza.

Mi subconsciente observa con gesto de aprobación, su boca general-

mente fruncida ahora sonríe, y yo me siento como la suprema maestra

titiritera. De la espalda de Eli emanan oleadas de ansiedad, pero

no deja de mirarme, aunque con ojos más sombríos, más letales… que

revelan sus secretos, quizá.

¿Quiero entrar en ese territorio? ¿Quiero enfrentarme a sus

demonios?

—Creo que ya estás seco —murmuro, dejando caer la mano y obser-

vando la inmensidad gris de su mirada en el espejo.

Tiene la respiración acelerada y los labios entreabiertos.

—Te necesito, Nozomi.

—Yo también te necesito.

Y al pronunciar esas palabras me impresiona su certeza absoluta. No

puedo imaginarme sin Eli, nunca.

—Déjame amarte —dice con voz ronca.

—Sí —contesto, y me da la vuelta, me toma entre sus brazos y sus

labios buscan los míos, implorándome, adorándome, apreciándome…

amándome.

Me pasa los dedos a lo largo de la columna mientras nos miramos

mutuamente, sumidos en la dicha poscoital, plenos. Tumbados juntos,

yo boca abajo abrazando la almohada, él de costado, y yo gozando de la

ternura de su caricia. Sé que ahora mismo necesita tocarme. Soy un bál-

samo para él, una fuente de consuelo, ¿y cómo voy a negárselo? Yo si-

ento exactamente lo mismo hacia él.

—Así que puedes ser tierno.

—Mmm… eso parece, Toujou-san.

Sonrío complacida.

—No lo fuiste especialmente la primera vez que… hicimos esto.

—¿No? —dice malicioso—. Cuando te robé la virtud.

—No creo que la robaras —musito con picardía. Por Dios, no soy

una doncella indefensa—. Creo que yo te entregué mi virtud bastante

libremente y de buen grado. Yo también lo deseaba y, si no recuerdo

mal, disfruté bastante.

Le sonrío con timidez y me muerdo el labio.

—Como yo, si mal no recuerdo, Toujou-san. Mi único objetivo

es complacer —añade y adquiere una expresión seria y relajada—. Y

eso significa que eres mía, totalmente.

Ha desaparecido todo rastro de ironía y me mira fijamente.

—Sí, lo soy —le contesto en un murmullo—. Me gustaría pregun-

tarte una cosa.

—Adelante.

—Tu padre biológico… ¿sabes quién era?

La idea lleva un tiempo rondándome por la cabeza.

Arquea una ceja y luego niega.

—No tengo ni idea. No era ese salvaje que le hacía de chulo, lo cual

está bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Por una cosa que me dijo mi padre… Umi.

Observo expectante a mi Cincuenta, a la espera.

—Siempre ávida por saber, Nozomi. —Suspira y mueve la

cabeza—. El chulo encontró el cuerpo de la puta adicta al crack y tele-

foneó a las autoridades. Aunque tardaron cuatro días en encontrarlo. Él

se fue, cerró la puerta… y me dejó con… con su cadáver.

Se le enturbia la mirada al recordarlo.

Inspiro con fuerza. Pobre criatura… la mera idea de semejante hor-

ror resulta dolorosamente inconcebible.

—La policía le interrogó después. Él negó rotundamente que tuviera

algo que ver conmigo, y Umi me dijo que no nos parecíamos en

absoluto.

—¿Recuerdas cómo era?

—Nozomi, esa es una parte de mi vida en la que no suelo pensar a

menudo. Sí, recuerdo cómo era. Nunca le olvidaré. —La expresión de

Eli se ensombrece y endurece, volviendo su rostro más anguloso,

con una gélida mirada de rabia en sus ojos—. ¿Podemos hablar de otra

cosa?

—Perdona. No quería entristecerte.

Niega con la cabeza.

—Es el pasado. No quiero pensar en eso ahora.

—Bueno… ¿y cuál es esa sorpresa? —digo para cambiar de tema

antes de que las sombras de Cincuenta se vuelvan contra mí.

Inmediatamente se le ilumina la cara.

—¿Te apetece salir a tomar un poco de aire fresco? Quiero enseñarte

una cosa.

—Claro.

Me maravilla la rapidez con que cambia de humor… tan voluble

como siempre. Me mira risueño, con esa sonrisa espontánea y juvenil de

«Solo soy un chaval de veintisiete años», y mi corazón da un salto. Así

que se trata de algo muy importante para él, lo noto. Me da una nalgada

en el trasero, juguetón.

—Vístete. Con unos vaqueros ya va bien. Espero que Nico te haya

metido algunos en la maleta.

Se levanta y se pone los calzoncillos. Oh… podría estar sentada aquí

todo el día, viéndole moverse por la habitación.

—Arriba —ordena, tan autoritario como siempre.

Le miro, sonriente.

—Estoy admirando las vistas.

Y alza los ojos al cielo con aire resignado y divertido.

Mientras nos vestimos, me doy cuenta de que nos movemos con la

sincronización de dos personas que se conocen bien, ambos muy atentos

y pendientes del otro, intercambiando de vez en cuando una sonrisa

tímida y una tierna caricia. Y caigo en la cuenta de que esto es tan nuevo

para él como para mí.

—Sécate el pelo —ordena Eli cuando estamos vestidos.

—Dominante como siempre —le digo bromeando, y se inclina para

besarme la cabeza.

—Eso no cambiará nunca, nena. No quiero que te pongas enferma.

Pongo los ojos en blanco, y él tuerce la boca, con expresión

divertida.

—Sigo teniendo las manos muy largas, ¿sabe, Toujou-san?

—Me alegra oírlo, Ayase-san. Empezaba a pensar que habías per-

dido nervio —replico.

—Puedo demostrarte que no es así en cuanto te apetezca.

Eli saca de su bolsa un jersey grande de punto trenzado color

beis, y se lo echa con elegancia sobre los hombros. Con la camiseta

blanca, los vaqueros, el pelo cuidadosamente despeinado y ahora esto,

parece salido de las páginas de una lujosa revista de moda.

Debería estar prohibido ser tan extraordinariamente guapo. Y no sé

si es la distracción momentánea, la mera perfección de su aspecto o ser

consciente de que me quiere, pero su amenaza ya no me da miedo. Así

es él, mi Cincuenta Sombras.

Mientras cojo el secador, vislumbro ante mí un rayo de esperanza

tangible. Encontraremos la vía intermedia. Lo único que hemos de hacer

es tener en cuenta las necesidades del otro y acoplarlas. De eso soy

capaz, ¿verdad?

Me observo en el espejo del vestidor. Llevo la camisa azul claro que

Nico-san me compró y que ha metido en mi maleta. Tengo el pelo hecho

un desastre, la cara enrojecida, los labios hinchados… Me los palpo,

recordando los besos abrasadores de Eli, y no puedo evitar que se

me escape una sonrisa. «Sí, te quiero», me dijo.

—¿Dónde vamos exactamente? —pregunto mientras esperamos en

el vestíbulo al empleado del aparcamiento.

Eli se da golpecitos en un lado de la nariz y me guiña un ojo

con aire conspiratorio, como si hiciera esfuerzos desesperados por

contener su alegría. Francamente, esto es bastante impropio de mi

Cincuenta.

Estaba así cuando fuimos a volar en planeador; quizá sea eso lo que

vamos a hacer. Yo también le sonrío, radiante. Y me mira con ese aire

de superioridad que le confiere esa sonrisa suya de medio lado. Se in-

clina y me besa tiernamente.

—¿Tienes idea de lo feliz que me haces? —pregunta en voz baja.

—Sí… lo sé perfectamente. Porque tú provocas el mismo efecto en

mí.

El empleado del aparcamiento aparece a gran velocidad con el coche

de Eli y una enorme sonrisa en la cara. Vaya, hoy todo el mundo

parece muy feliz.

—Un coche magnífico, señor —comenta al entregarle las llaves a

Eli.

Él le guiña un ojo y le da una propina escandalosamente generosa.

Yo le frunzo el ceño. Por Dios…

Mientras avanzamos entre el tráfico, Eli está sumido en sus

pensamientos. Por los altavoces suena la voz de una mujer joven, con un

timbre precioso, rico, melodioso, y me pierdo en esa voz triste y

conmovedora.

—Tengo que desviarme un momento. No tardaremos —dice con aire

ausente, y me distrae de la canción.

Oh, ¿por qué? Estoy intrigada por conocer cuál es la sorpresa. La di-

osa que llevo dentro está dando saltitos como una niña de cinco años.

—Claro —murmuro.

Aquí pasa algo. De pronto parece muy serio y decidido.

Entra en el aparcamiento de un enorme concesionario, para el coche

y se gira hacia mí con expresión cauta.

—Hay que comprarte un coche —dice.

Le miro con la boca abierta. ¿Ahora? ¿En domingo? ¿Qué de-

monios…? Y esto es un concesionario de Saab.

—¿Un Audi no? —es la única tontería que se me ocurre decir, y el

pobre, bendito sea, se ruboriza.

Eli, avergonzado… ¡Esto es algo insólito!

—Pensé que te apetecería variar —musita incómodo, como si no

supiera dónde meterse.

Oh, por favor… No hay que dejar pasar esta oportunidad única de

burlarse de él.

—¿Un Saab? —pregunto.

—Sí. Un 9-3. Vamos.

—¿A ti qué te pasa con los coches extranjeros?

—Los alemanes y los suecos fabrican los coches más seguros del

mundo, Nozomi.

¿Ah, sí?

—Creí que ya habías encargado otro Audi A3 para mí.

Me mira con aire enigmático y divertido.

—Eso puede anularse. Vamos.

Baja tranquilamente del coche, se acerca a mi lado y me abre la

puerta.

—Te debo un regalo de graduación —dice en voz baja, y me tiende

la mano.

—Eli, de verdad, no tienes por qué hacer esto.

—Sí, quiero hacerlo. Por favor. Vamos.

Su tono no admite réplica.

Yo me resigno a mi destino. ¿Un Saab? ¿Quiero yo un Saab? Me

gustaba bastante el Audi Especial para Sumisas. Era muy práctico.

Claro que ahora está cubierto por una tonelada de pintura blanca…

Me estremezco. Y ella aún anda suelta por ahí.

Acepto la mano de Eli, y nos dirigimos a la sala de exposición.

Troy Turniansky, el encargado de las ventas, se pega como una lapa

a Cincuenta. Huele la venta. Tiene un peculiar acento que parece del

otro lado del Atlántico… ¿inglés, quizá? Es difícil saberlo.

—¿Un Saab, señor? ¿De segunda mano?

Se frota las manos con fruición.

—Nuevo.

Eli se pone muy serio.

¡Nuevo!

—¿Ha pensado en algún modelo, señor?

Y encima es un pelota suavón.

—Un sedán deportivo 9-3 2.0T.

—Excelente elección, señor.

—¿De qué color, Nozomi? —me pregunta Eli, ladeando la

cabeza.

—Eh… ¿negro? —Me encojo de hombros—. De verdad, no hace

falta que hagas esto.

Tuerce el gesto.

—El negro no se ve bien de noche.

Oh, por Dios. Resisto la tentación de poner los ojos en blanco.

—Tú tienes un coche negro.

Me mira con expresión ceñuda.

—Pues amarillo canario —digo, encogiéndome de hombros.

Eli hace una mueca de desagrado: está claro que el amarillo

canario no es su estilo.

—¿De qué color quieres tú que sea el coche? —le pregunto como si

fuera un niño pequeño, lo cual es cierto en muchos aspectos.

Y ese inoportuno pensamiento me pone triste y me da que pensar.

—Plateado o blanco.

—Plateado, pues. Sabes que me quedaría con el Audi —añado, es-

carmentada por mis pensamientos.

Troy palidece al percatarse de que puede perder la venta.

—¿Quizá preferiría el descapotable, señora? —pregunta, dando ner-

viosas y entusiastas palmaditas.

Mi subconsciente está avergonzada y disgustada, mortificada por to-

do este asunto de la compra del coche, pero la diosa que llevo dentro le

hace un placaje y la tira al suelo. ¿Un descapotable? ¡Para morirse…!

Eli frunce el ceño y me echa un vistazo.

—¿El descapotable? —pregunta, arqueando una ceja.

Me ruborizo. Es como si tuviera una línea erótica directa con la di-

osa que llevo dentro, algo que sin duda es muy cierto. A veces resulta

muy incómodo. Me miro las manos.

Eli se vuelve hacia Troy.

—¿Qué dicen las estadísticas de seguridad del descapotable?

Troy capta la vulnerabilidad de Eli y, lanzándose a muerte, le

recita todo tipo de cifras y estadísticas.

A Eli le preocupa mi seguridad, está claro. Para él eso es como

una religión y, como el fanático que es, escucha atentamente la consa-

bida perorata de Troy. No cabe duda de que a Cincuenta le importa.

«Sí, te quiero.» Recuerdo las palabras entrecortadas que susurró esta

mañana y una emoción resplandeciente se expande por mis venas como

miel derretida. Este hombre, este regalo de Dios a las mujeres, me

quiere.

Me doy cuenta de que estoy mirándole sonriendo embobada, y

cuando se percata de ello se queda desconcertado, aunque también

divertido por mi expresión. Yo solo tengo ganas de abrazarme a mí

misma, de lo feliz que soy.

—Yo también quiero un poco de eso que se ha tomado, sea lo que sea —cuchichea mientras Troy va hacia su ordenador.

—Lo que me he tomado eres tú, Ayase-san.

—¿En serio? Pues la verdad es que pareces que estés embriagada.

—Me da un beso fugaz—. Y gracias por aceptar el coche. Esta vez ha

sido más fácil que la anterior.

—Bueno, este no es un Audi A3.

Sonríe satisfecho.

—Ese no es un coche para ti.

—A mí me gustaba.

—Señor, ¿el 9-3? He localizado uno en nuestro concesionario de

Tokio. En un par de días podemos tenerlo aquí.

Troy está radiante por el éxito.

—¿De gama alta?

—Sí, señor.

—Excelente.

Eli saca la tarjeta de crédito, ¿o es la de Nico-san? Pensar en eso

me pone nerviosa. Me pregunto cómo estará Nico-san, y si habrá encon-

trado a Mayuri en el apartamento. Me masajeo la frente. Sí, está también

todo el bagaje que lleva consigo Eli.

—Si quiere acompañarme, señor… —Troy echa un vistazo al

nombre de la tarjeta—… Ayase.

Eli me abre la puerta, y yo ocupo el asiento del pasajero.

—Gracias —le digo en cuanto se sienta a mi lado.

Él sonríe.

—Lo hago con mucho gusto, Nozomi.

Eli enciende el motor y vuelve a sonar la música.

—¿Quién es? —pregunto.

—Eva Cassidy.

—Tiene una voz preciosa.

—Sí, la tenía.

—Oh.

—Murió joven.

—Oh.

—¿Tienes hambre? No te terminaste el desayuno.

Me mira de reojo con expresión reprobatoria.

Oh, oh…

—Sí.

—Entonces comamos primero.

Eli conduce hacia los muelles y después hacia el norte, por el

viaducto. Es otro día precioso en Akibahara. Llevamos varias

semanas con buen tiempo, y eso no es habitual.

Eli parece feliz y relajado mientras circulamos por la autovía

escuchando la voz dulce y melancólica de Eva Cassidy. ¿Me había sen-

tido así de cómoda con él antes? No lo sé.

Ahora sé que no me castigará y sus cambios de humor me preocupan

menos, y también él parece más tranquilo conmigo. Gira a la izquierda,

por la carretera de la costa, y finalmente deja el coche en un aparcami-

ento frente a un puerto deportivo enorme.

—Comeremos aquí. Espera, te abriré la puerta —dice de un modo

que me indica que no es aconsejable moverse, y le veo rodear el coche.

¿Es que nunca se cansará de esto?

Caminamos de la mano hacia la zona del muelle, donde el puerto se

extiende frente a nosotros.

—Cuántos barcos —comento, admirada.

Hay centenares, de todas las formas y tamaños, meciéndose sobre las

tranquilas aguas del puerto deportivo. Fuera, en el estrecho de Puget,

hay docenas de veleros oscilando al viento, gozando del buen tiempo. Es

la viva imagen del disfrute al aire libre. Se ha levantado un poco de vi-

ento, así que me pongo la chaqueta sobre los hombros.

—¿Tienes frío? —me pregunta, y me atrae hacia sí.

—No, simplemente disfrutaba de la vista.

—Yo me pasaría el día contemplándola. Ven por aquí.

Eli me lleva a un bar inmenso situado frente al mar y se dirige

hacia la barra. La decoración es más del estilo de Nueva Inglaterra que

de la costa Oeste: paredes blancas encaladas, mobiliario azul claro y par-

afernalia marina colgada por todas partes. Es un local luminoso y alegre.

—¡Ayase-san! —El barman saluda afectuosamente a Eli—.

¿Qué puedo ofrecerle hoy?

—Dante, buenos días. —Eli asiente y los dos nos encara-

mamos a los taburetes de la barra—. La encantadora dama es Toujou Nozomi.

—Bienvenida al local de SP —me dice Dante con una cálida sonrisa.

Es negro y guapísimo, y me examina con sus ojos oscuros y, por lo

que parece, da su visto bueno. Lleva un gran diamante en la oreja que

centellea cuando me mira. Me cae bien al instante.

—¿Qué les apetece beber?

Miro a Eli, que me observa expectante. Oh, va a dejarme

escoger.

—Por favor, llámame Nozomi, y tomaré lo mismo que Eli

.

Sonrío con timidez a Dante. Cincuenta sabe mucho más de vinos que

yo.

—Yo tomaré una cerveza. Este es el único bar de Akibahara donde

puedes encontrar Adnam Explorer.

—¿Una cerveza?

—Sí —me dice risueño—. Dos Explorer, por favor, Dante.

Dante asiente y coloca las cervezas en la barra.

—Aquí también sirven una sopa de marisco deliciosa —comenta

Eli.

Me lo está preguntando.

—Sopa de marisco y cerveza suena estupendo —le digo sonriente.

—¿Dos sopas de marisco? —pregunta Dante.

—Por favor —le pide Eli con amabilidad.

Nos pasamos la comida charlando, como no habíamos hecho nunca.

Eli está a gusto y tranquilo; tiene un aspecto juvenil, feliz y

animado, pese a todo lo que pasó ayer. Me cuenta la historia de Ayase Enter-

prises Holdings, Inc., y, cuanto más habla, más noto su pasión por re-

flotar empresas con problemas, su confianza en la tecnología que está

desarrollando y sus sueños de convertir en productivos extensos ter-

ritorios del tercer mundo. Le escucho embelesada. Es divertido, inteli-

gente, filantrópico y hermoso, y me quiere.

Llegado el momento, me acribilla a preguntas sobre Jinta y mi

madre, sobre el hecho de crecer en los frondosos bosques de Montesano,

y sobre mis breves estancias en Texas y Las Vegas. Se interesa por saber

mis películas y mis libros preferidos, y me sorprende comprobar cuánto

tenemos en común.

Mientras hablamos, se me ocurre pensar que ha pasado de ser el

Alec de Thomas Hardy a ser Angel, de la corrupción y la degradación a

los más altos ideales en un espacio de tiempo muy corto.

Terminamos de comer pasadas de las dos. Eli paga la cuenta a

Dante, que se despide de nosotros afectuosamente.

—Este sitio es estupendo. Gracias por la comida —

le digo a Eli, que me da la mano al salir del bar.

—Volveremos —dice y caminamos por el muelle—. Quería en-

señarte una cosa.

—Ya lo sé… y estoy impaciente por verla, sea lo que sea.

Paseamos de la mano por el puerto deportivo. Hace una tarde muy

agradable. La gente está disfrutando del domingo, paseando a los perros,

contemplando los barcos, vigilando a sus hijos que corren por el paseo.

A medida que avanzamos por el puerto, los barcos son cada vez más

grandes. Eli me conduce a un muelle y se detiene delante de un

enorme catamarán.

—Pensé que podríamos salir a navegar esta tarde. Este barco es mío.

Madre mía. Debe de medir como mínimo doce metros, quizá unos

quince. Dos elegantes cascos blancos, una cubierta, una cabina espa-

ciosa, y sobresaliendo por encima de todo ello un impresionante mástil.

Yo no sé nada de barcos, pero me doy cuenta de que este es especial.

—Uau… —musito maravillada.

—Construido por mi empresa —dice con orgullo, y siento henchirse

mi corazón—. Diseñado hasta el último detalle por los mejores arquitec-

tos navales del mundo y construido aquí en Akibahara, en mi astillero.

Dispone de sistema de pilotaje eléctrico híbrido, orzas asimétricas, una

vela cuadra en el mástil…

—Vale… ya me he perdido, Eli.

Sonríe de oreja a oreja.

—Es un barco magnífico.

—Parece realmente fabuloso, Ayase-san.

—Lo es, Toujou-san.

—¿Cómo se llama?

Me lleva a un costado para que pueda ver el nombre: Kotori-san. Me

quedo muy sorprendida.

—¿Le pusiste el nombre de tu madre?

—Sí. —Inclina la cabeza a un lado, un tanto desconcertado—. ¿Por

qué te extraña?

Me encojo de hombros. No deja de sorprenderme: él siempre actúa

de un modo tan ambivalente en su presencia…

—Yo adoro a mi madre, Nozomi. ¿Por qué no le iba a poner su

nombre a un barco?

Me ruborizo.

—No, no es eso… es que…

Maldita sea, ¿cómo podría expresarlo?

—Nozomi, Ayase Kotori me salvó la vida. Se lo debo todo.

Yo le miro fijamente, y me dejo invadir por la veneración implícita

en ese dulce reconocimiento. Y me resulta evidente, por primera vez,

que él quiere a su madre. ¿Por qué entonces esa ambigüedad extraña y

tensa hacia ella?

—¿Quieres subir a bordo? —pregunta emocionado y con los ojos

brillantes.

—Sí, por favor —contesto sonriente.

Parece encantado. Me da la mano, sube dando zancadas por la

pequeña plancha y me lleva a bordo. Llegamos a cubierta, situada bajo

un toldo rígido.

En un lado hay una mesa y una banqueta en forma de U forrada de

piel de color azul claro, con espacio para ocho personas como mínimo.

Echo un vistazo al interior de la cabina a través de las puertas correderas

y doy un respingo, sobresaltada al ver que allí hay alguien. Un hombre

alto y rubio abre las puertas y sale a cubierta: muy bronceado, con el

pelo rizado y los ojos castaños, vestido con un polo rosa de manga corta

descolorido, pantalones cortos y náuticas. Debe de tener unos treinta y

cinco años, más o menos.

—Mac —saluda Eli con una sonrisa.

—¡Ayase-san! Me alegro de volver a verle.

Se dan la mano.

—Nozomi, este es Sakurasai Mac, esta es mi novia,

Toujou Nozomi.

¡Novia! La diosa que llevo dentro realiza un ágil arabesco. Sigue

sonriendo por lo del descapotable. Tengo que acostumbrarme a esto: no

es la primera vez que lo dice, pero oírselo pronunciar sigue siendo

emocionante.

—¿Cómo está usted?

Mac y yo nos damos la mano.

—Llámeme Mac —me dice con amabilidad, y no consigo identificar

su acento—. Bienvenida a bordo, Toujou-san.

—Nozomi, por favor —musito y enrojezco.

Tiene unos ojos castaños muy profundos.

—¿Qué tal se está portando, Mac? —interviene Eli enseguida,

y por un momento creo que está hablando de mí.

—Está preparada para el baile, señor —responde Mac en tono jovial.

Ah, el barco. El Kotori. Qué tonta soy.

—En marcha, pues.

—¿Van a salir?

—Sí. —Eli le dirige a Mac una sonrisa maliciosa—. ¿Una

vuelta rápida, Nozomi?

—Sí, por favor.

Le sigo al interior de la cabina. Frente a nosotros hay un sofá de piel

beis en forma de L, y sobre él, un enorme ventanal curvo ofrece una

vista panorámica del puerto deportivo. A la izquierda está la zona de la

cocina, muy elegante y bien equipada, toda de madera clara.

—Este es el salón principal. Junto con la cocina —dice Eli,

señalándola con un vago gesto.

Me coge de la mano y me lleva por la cabina principal. Es sorpren-

dentemente espaciosa. El suelo es de la misma madera clara. Tiene un

diseño moderno y elegante y una atmósfera luminosa y diáfana, aunque

todo es muy funcional y no parece que Eli pase mucho tiempo

aquí.

—Los baños están en el otro lado.

Señala dos puertas, y luego abre otra más pequeña y de aspecto muy

peculiar que tenemos enfrente y entra. Se trata de un lujoso dormitorio.

Oh…

Hay una enorme cama empotrada y todo es de tejidos azul pálido y

madera clara, como su dormitorio en el Escala. Es evidente que escogio un motivo y lo mantiene.

—Este es el dormitorio principal. —Baja la mirada hacia mí, sus

ojos azules centellean—. Eres la primera chica que entra aquí, aparte de

las de mi familia. —Sonríe—. Ellas no cuentan.

Su mirada ardiente hace que me ruborice y se me acelere el pulso.

¿De veras? Otra primera vez. Me atrae a sus brazos, sus dedos juguetean

con mi cabello y me da un beso, intenso y largo. Cuando me suelta, am-

bos estamos sin aliento.

—Quizá deberíamos estrenar esta cama —murmura junto a mi boca.

¡Oh, en el mar!

—Pero no ahora mismo. Ven, Mac estará soltando amarras.

Hago caso omiso de la punzada de desilusión, él me da la mano y

volvemos a cruzar el salón. Me señala otra puerta.

—Allí hay un despacho, y aquí delante dos cabinas más.

—¿Cuánta gente puede dormir en el barco?

—Es un catamarán con seis camarotes, aunque solo he subido a

bordo a mi familia. Me gusta navegar solo. Pero no cuando tú estás aquí.

Tengo que mantenerte vigilada.

Revuelve en un arcón y saca un chaleco salvavidas de un rojo

intenso.

—Toma.

Me lo pasa por la cabeza y tensa todas las correas, y la sombra de

una sonrisa aparece en sus labios.

—Te encanta atarme, ¿verdad?

—De todas las formas posibles —dice con una chispa maliciosa en

la mirada.

—Eres un pervertido.

—Lo sé.

Arquea las cejas y su sonrisa se ensancha.

—Mi pervertido —susurro.

—Sí, tuyo.

Una vez que me ha atado, me agarra por los costados del chaleco y

me besa.

—Siempre —musita y, sin darme tiempo a responder, me suelta.

¡Siempre! Dios santo.

—Ven.

Me coge de la mano, salimos y subimos unos pocos escalones hasta

una pequeña cabina en la cubierta superior, donde hay un gran timón y

un asiento elevado. Mac está manipulando unos cabos en la proa del

barco.

—¿Es aquí donde aprendiste todos tus trucos con las cuerdas? —le

pregunto a Eli con aire inocente.

—Los ballestrinques me han venido muy bien —dice, y me escruta

con la mirada—. Toujou-san, parece que he despertado su curiosid-

ad. Me gusta verte así, curiosa. Tendré mucho gusto en enseñarte lo que

puedo hacer con una cuerda.

Me sonríe con picardía y yo, impasible, le miro como si me hubiera

disgustado. Le cambia la cara.

—Has picado —le digo sonriendo.

Eli tuerce la boca y entorna los ojos.

—Tendré que ocuparme de ti más tarde, pero ahora mismo, tengo

que pilotar un barco.

Se sienta a los mandos, aprieta un botón y el motor se pone en

marcha con un rugido.

Mac se dirige raudo hacia un costado del barco, me sonríe y salta a

la cubierta inferior, donde empieza a desatar un cabo. A lo mejor él

también sabe hacer un par de trucos con las cuerdas. La inoportuna idea

hace que me ruborice.

Mi subconsciente me mira ceñuda. Yo le respondo encogiéndome de

hombros y miro hacia Eli: le echo la culpa a Cincuenta. Él coge el

receptor y llama por radio al guardacostas, y Mac grita que estamos pre-

parados para zarpar.

Una vez más, me fascina la destreza de Eli. Es tan competente.

¿Hay algo que este hombre no pueda hacer? Entonces recuerdo su con-

cienzuda intentona de cortar y trocear un pimiento el pasado viernes en

mi apartamento. Y sonrío al pensarlo.

Eli conduce lentamente el Kotori del embarcadero en dirección

a la bocana del puerto. A nuestras espaldas queda el reducido grupo de

gente que se ha congregado en el muelle para vernos partir. Los niños

pequeños nos saludan y yo les devuelvo el saludo.

Eli mira por encima del hombro, y luego hace que me siente

entre sus piernas y señala las diversas esferas y dispositivos del puente

de mando.

—Coge el timón —me ordena tan autoritario como siempre, y yo

hago lo que me pide.

—A la orden, capitán —digo con una risita nerviosa.

Coloca sus manos sobre las mías, manteniendo el rumbo para salir

de la bahía, y en cuestión de minutos estamos en mar abierto, surcando

las azules y frías aguas. Lejos del muro protector

del puerto, el viento es más fuerte y navegamos sobre un mar en-

crespado y rizado.

No puedo evitar sonreír al notar el entusiasmo de Eli; esto es

tan emocionante… Trazamos una gran curva hasta situarnos rumbo

oeste hacia la península Olympic, con el viento detrás.

—Hora de navegar —dice Eli, lleno de excitación—. Toma,

cógelo tú. Mantén el rumbo.

¿Qué?

Sonríe al ver mi cara de horror.

—Es muy fácil, nena. Sujeta el timón y no dejes de mirar por la proa

hacia el horizonte. Lo harás muy bien, como siempre. Cuando se icen

las velas, notarás el tirón. Limítate a mantenerlo firme. Yo te haré esta

señal —hace un movimiento con la mano plana como de rajarse el

cuello—, y entonces puedes parar el motor. Es este botón de aquí.

—Señala un gran interruptor negro—. ¿Entendido?

—Sí —asiento frenética y aterrorizada.

¡Madre mía… yo no tenía pensado hacer nada!

Me besa y baja rápidamente de la silla de capitán, y luego salta a la

parte delantera del barco, donde se encuentra Mac, y empieza a despleg-

ar velas, a desatar cabos y a manipular cabrestantes y poleas. Ambos tra-

bajan bien juntos, como un equipo, intercambiando a gritos diversos

términos náuticos, y es reconfortante ver a Cincuenta interactuar con al-

guien con tanta espontaneidad.

Quizá Mac sea amigo de Cincuenta. Por lo que yo sé, no parece que

tenga muchos, pero la verdad es que yo tampoco. Bueno, al menos aquí

en Akibahara. Mi única amiga está de vacaciones, poniéndose morena en

Saint James, en la costa oeste de Barbados.

Al pensar en Anju-chan siento una punzada de dolor. Echo en falta a mi

compañera de piso más de lo que creía cuando se fue. Espero que cam-

bie de opinión y que regrese pronto a casa con su hermano Maki-kun, en

lugar de prolongar su estancia con el hermano de Eli, Eren-kun.

Eli y Mac izan la vela mayor. Se hincha y se infla a merced

del impetuoso viento, y de repente el barco da bandazos y acelera. Yo lo

siento en el timón. ¡Uau!

Ellos se ponen a trajinar en la proa, y yo contemplo fascinada cómo

la gran vela se iza en el mástil. El viento la agarra, expandiéndola y

tensándola.

—¡Mantenlo firme, nena, y apaga el motor! —me grita Eli por

encima del viento, y me hace la señal de desconectar las máquinas.

Yo apenas oigo su voz, pero asiento entusiasmada, y contemplo al

hombre que amo, con el pelo totalmente alborotado, muy emocionado,

sujetándose ante los cabeceos y los virajes del barco.

Aprieto el botón, cesa el rugido del motor, y el Kotorinavega hacia

el norte, deslizándose por el agua como si volara. Yo

tengo ganas de chillar y gritar y jalear: esta es una de las experiencias

más excitantes de mi vida… salvo quizá la del planeador, y puede que la

del cuarto rojo del dolor.

¡Madre mía, cómo se mueve este barco! Me mantengo firme,

sujetando el timón y tratando de conservar el rumbo, y Eli vuelve

a colocarse detrás de mí y pone sus manos sobre las mías.

—¿Qué te parece? —me pregunta, gritando sobre el rugido del vi-

ento y el mar.

—¡Eli, esto es fantástico!

Esboza una radiante sonrisa de oreja a oreja.

—Ya verás cuando ice la vela globo.

Señala con la barbilla a Mac, que está desplegando la vela globo, de

un rojo oscuro e intenso. Me recuerda las paredes del cuarto de juegos.

—Un color interesante —grito.

Él hace una mueca felina y me guiña un ojo. Oh, no es casualidad.

La vela globo, con su peculiar forma, grande y elíptica, se hincha y

hace que el Kotori coja gran velocidad. El barco toma el rumbo, nave-

gando a toda marcha hacia el Sound.

—Velaje asimétrico. Para correr más —contesta Eli a mi pre-

gunta implícita.

—Es alucinante.

No se me ocurre nada mejor que decir. Mientras brincamos sobre las

aguas, en dirección a las majestuosas montañas y una isla que no conosco, yo sigo con una sonrisa de lo más bobalicona en la cara. Al

mirar hacia atrás, veo Akibahara empequeñecerse en la distancia.

Nunca me había dado cuenta realmente de lo hermoso y agreste que

es el paisaje de los alrededores de Akibahara: verde, exuberante y apacible,

con enormes árboles de hoja perenne y acantilados rocosos con paredes

escarpadas que se alzan aquí y allá. En esta gloriosa tarde soleada el

entorno posee una belleza salvaje pero serena, que me corta la respir-

ación. Tanta quietud resulta asombrosa en comparación con la velocidad

con que surcamos las aguas.

—¿A qué velocidad vamos?

—A quince nudos.

—No tengo ni idea de qué quiere decir eso.

—Unos veintiocho kilómetros por hora.

—¿Solo? Parece mucho más.

Me acaricia la mano, sonriendo.

—Estás preciosa, Nozomi. Es agradable ver tus mejillas con algo

de color… y no porque te ruborices. Tienes el mismo aspecto que en las

fotos de Makoto.

Me doy la vuelta y le beso.

—Sabes cómo hacer que una chica lo pase bien, Ayase-san.

—Mi único objetivo es complacer, Toujou-san. —Me aparta el

pelo y me besa la parte baja de la nuca, provocándome unos deliciosos

escalofríos que me recorren toda la columna—. Me gusta verte feliz

—murmura, y me abraza más fuerte.

Contemplo la inmensidad del agua azul, preguntándome qué debo

haber hecho para que la suerte me haya sonreído y me haya enviado a

este hombre.

Sí, eres una zorra con suerte, me replica mi subconsciente. Pero aún

te queda mucho por hacer con él. No va a aceptar siempre esta chorrada

de relación vainilla… vas a tener que transigir. Fulmino mentalmente

con la mirada a ese rostro insolente y mordaz, y apoyo la cabeza en el

torso de Eli. En el fondo sé que mi subconsciente tiene razón,

aunque me niego a pensar en ello. No quiero estropearme el día.

Al cabo de una hora atracamos en una cala pequeña y guarecida de

la isla de Bainbridge. Mac ha bajado a la playa en la lancha —no sé bien

para qué—, pero me lo imagino, porque en cuanto pone en marcha el

motor fueraborda, Eli me coge de la mano y prácticamente me ar-

rastra al interior de su camarote: es un hombre con una misión.

Ahora está de pie ante mí, emanando su embriagadora sensualidad

mientras sus dedos hábiles se afanan en desatar las correas de mi cha-

leco salvavidas. Lo deja a un lado y me mira intensamente con sus ojos

azules, dilatados.

Ya estoy perdida y apenas me ha tocado. Levanta la mano y desliza

los dedos por mi barbilla, a lo largo del cuello, sobre el esternón, hasta

alcanzar el primer botón de mi blusa azul, y siento que su caricia me

abrasa.

—Quiero verte —musita, y desabrocha con destreza el botón.

Se inclina y besa con suavidad mis labios abiertos. Jadeo ansiosa,

excitada por la poderosa combinación de su cautivadora belleza, su

cruda sexualidad en el confinamiento de este camarote, y el suave bal-

anceo del barco. Él retrocede un paso.

—Desnúdate para mí —susurra con los ojos incandescentes.

Ah… Obedezco encantada. Sin apartar mis ojos de él, desabrocho

despacio cada botón, saboreando su tórrida mirada. Oh, esto es em-

briagador. Veo su deseo: es palpable en su rostro… y en todo su cuerpo.

Dejo caer la camisa al suelo y me dispongo a desabrocharme los

vaqueros.

—Para —ordena—. Siéntate.

Me siento en el borde de la cama y, con un ágil movimiento, él se ar-

rodilla delante de mí, me desanuda primero una zapatilla, luego la otra,

y me las quita junto con los calcetines. Me coge el pie izquierdo, lo

levanta, me da un suave beso en la base del pulgar y luego me roza con

la punta de los dientes.

—¡Ah! —gimo al notar el efecto en mi entrepierna.

Se pone de pie con elegancia, me tiende la mano y me aparta de la

cama.

—Continúa —dice, y retrocede un poco para contemplarme.

Yo me bajo la cremallera de los vaqueros, meto los pulgares en la

cintura y deslizo la prenda por mis piernas. En sus labios juguetea una

sonrisa, pero sus ojos siguen sombríos.

Y no sé si es porque me hizo el amor esta mañana, y me refiero a

hacerme realmente el amor, con dulzura, con cariño, o si es por su de-

claración apasionada —«sí… te quiero»—, pero no siento la menor ver-

güenza. Quiero ser sexy para este hombre. Merece que sea sexy para

él… y hace que me sienta sexy. Vale, esto es nuevo para mí, pero estoy

aprendiendo gracias a su experta tutela. Y la verdad es que para él es

algo nuevo también. Eso equilibra las cosas entre los dos, un poco, creo.

Llevo un par de prendas de mi ropa interior nueva: una mini-tanga

blanco de encaje y un sujetador a juego, de una lujosa marca y todavía

con la etiqueta del precio. Me quito los vaqueros y me quedo allí

plantada para él, con la lencería por la que ha pagado, pero ya no me si-

ento vulgar… me siento suya.

Me desabrocho el sujetador por la espalda, bajo los tirantes por los

brazos y lo dejo sobre mi blusa. Me bajo el tanga despacio, lo dejo caer

hasta los tobillos y salgo de él con un elegante pasito, sorprendida por

mi propio estilo.

Estoy de pie ante él, desnuda y sin la menor vergüenza, y sé que es

porque me quiere. Ya no tengo que esconderme. Él no dice nada, se lim-

ita a mirarme fijamente. Solo veo su deseo, su adoración incluso, y algo

más, la profundidad de su necesidad… la profundidad de su amor por

mí.

Él se lleva la mano hasta la cintura, se levanta el jersey beis y se lo

quita por la cabeza, seguido de la camiseta, sin apartar de mí sus vívidos

ojos azules. Luego se quita los zapatos y los calcetines, antes de dispon-

erse a desabrochar el botón de sus vaqueros.

Doy un paso al frente, y susurro:

—Déjame.

Frunce momentáneamente los labios en una muda exclamación, y

sonríe:

—Adelante.

Avanzo hacia él, introduzco mis osados dedos por la cintura de sus

pantalones y tiro de ellos, para obligarle a acercarse más. Jadea involun-

tariamente ante mi inesperada audacia y luego me mira sonriendo. Des-

abrocho el botón, pero antes de bajar la cremallera dejo que mis dedos

se demoren, resiguiendo su erección a través de la suave tela. Él flexiona

las caderas hacia la palma de mi mano y cierra los ojos unos segundos,

disfrutando de mi caricia.

—Eres cada vez más audaz, Nozomi, más valiente —musita, sujetán-

dome la cara con las dos manos e inclinándose para besarme con ardor.

Pongo las manos en sus caderas, la mitad sobre su piel fría y la otra

mitad sobre la cintura caída de sus vaqueros.

—Tú también —murmuro pegada a sus labios, mientras mis pul-

gares trazan lentos círculos sobre su piel y él sonríe.

—Allá voy.

Llevo las manos hasta la parte delantera de sus pantalones y bajo la

cremallera. Mis intrépidos dedos atraviesan su vello púbico hasta su

erección, y la cojo con firmeza.

Su garganta emite un ruido sordo, impregnándome con su suave ali-

ento, y vuelve a besarme con ternura. Mientras muevo mi mano por su

miembro, rodeándolo, acariciándolo, apretándolo, él me rodea con el

brazo y apoya la palma de la mano derecha con los dedos separados en

mitad de mi espalda. Con la mano izquierda en mi pelo, me retiene

pegada a sus labios.

—Oh, te deseo tanto, nena —gime, y de repente se echa hacia atrás

para quitarse pantalones y calzoncillos con un movimiento ágil y rápido.

Es una maravilla poder contemplar sin ropa cada milímetro de su

cuerpo.

Es perfecto. Solo las cicatrices profanan su belleza, pienso con

tristeza. Y son mucho más profundas que las de la simple piel.

—¿Qué pasa, Nozomi? —murmura, y me acaricia tiernamente la mejilla

con los nudillos.

—Nada. Ámame, ahora.

Me coge en sus brazos y me besa, entrelazando sus dedos en mis ca-

bellos. Nuestras lenguas se enroscan, me lleva otra vez a la cama, me

coloca encima con delicadeza y luego se tumba a mi lado.

Me recorre la línea de la mandíbula con la nariz mientras yo hundo

las manos en su pelo.

—¿Sabes hasta qué punto es exquisito tu aroma, Nozomi? Es irresistible.

Sus palabras logran, como siempre, inflamarme la sangre, aceler-

arme el pulso, y él desliza la nariz por mi garganta y a través de mis

senos, mientras me besa con reverencia.

—Eres tan hermosa —murmura, y me atrapa un pezón con la boca y

chupa despacio.

Gimo y mi cuerpo se arquea sobre la cama.

—Quiero oírte.

Baja las manos a mi cintura, y yo me regodeo con el tacto de sus ca-

ricias, piel con piel… su ávida boca en mis pechos y sus largos y di-

estros dedos acariciándome, tocándome, amándome. Se mueven sobre

mis muslos, sobre mi trasero, y bajan por mi pierna hasta la rodilla, sin

dejar en ningún momento de besarme y chuparme los pechos.

Me coge por la rodilla, y de pronto me levanta la pierna y se la

coloca alrededor de las caderas, provocándome un gemido, y no la veo,

pero siento en la piel la sonrisa con que reacciona. Rueda sobre la cama,

de manera que me quedo a horcajadas sobre él, y me entrega un en-

voltorio de aluminio.

Me echo hacia atrás y tomo su miembro en mis manos, y simple-

mente soy incapaz de resistirme ante su esplendor. Me inclino y lo beso,

lo tomo en mi boca, enrollo la lengua a su alrededor y chupo con fuerza.

Él jadea y flexiona las caderas para penetrar más a fondo en mi boca.

Mmm… sabe bien. Lo deseo dentro de mí. Vuelvo a incorporarme y

le miro fijamente. Está sin aliento, tiene la boca abierta y me mira

intensamente.

Abro rápidamente el envoltorio del preservativo y se lo coloco. Él

me tiende las manos. Le cojo una y, con la otra, me pongo encima de él

y, lentamente, le hago mío.

Él cierra los ojos y su garganta emite un gruñido sordo.

Sentirle en mí… expandiéndose… colmándome… —gimo suave-

mente—, es una sensación divina. Coloca sus manos sobre mis caderas

y empieza a moverse arriba y abajo, penetrándome con ímpetu.

Ah… es delicioso.

—Oh, nena —susurra, y de repente se sienta y quedamos frente a

frente, y la sensación es extraordinaria… de plenitud.

Gimo y me aferro a sus antebrazos, y él me sujeta la cabeza con las

manos y me mira a los ojos… intensos y grises, ardientes de deseo.

—Oh, Nozomi. Cómo me haces sentir —murmura, y me besa con

pasión y anhelo ciego.

Yo le devuelvo los besos, aturdida por la deliciosa sensación de ten-

erle hundido en mi interior.

—Oh, te quiero —musito.

Él emite un quejido, como si le doliera oír las palabras que susurro,

y rueda sobre la cama, arrastrándome con él sin romper nuestro preciado

contacto, de manera que quedo debajo de él, y le rodeo la cintura con las

piernas.

Eli baja la mirada hacia mí con maravillada adoración, y estoy

segura de reflejar su misma expresión cuando alargo la mano para acari-

ciar su bellísimo rostro. Empieza a moverse muy despacio, y al hacerlo

cierra los ojos y suspira levemente.

El suave balanceo del barco y la paz y el silencio del camarote, se

ven únicamente interrumpidos por nuestras respiraciones entremezcla-

das, mientras él se mueve despacio dentro y fuera de mí, tan controlado

y tan agradable… una sensación gloriosa. Pone su brazo sobre mi

cabeza, con la mano en mi pelo, y con la otra me acaricia la cara mien-

tras se inclina para besarme.

Estoy envuelta totalmente en él, mientras me ama, entrando y sa-

liendo lentamente de mí, y me saborea. Yo le toco… dentro de los

límites estrictos: los brazos, el cabello, la parte baja de la espalda, su

hermoso trasero… Y cuando aumenta más y más el ritmo de sus envites,

se me acelera la respiración. Me besa en la boca, en la barbilla, en la

mandíbula, y después me mordisquea la oreja. Oigo su respiración entre-

cortada cada vez que me penetra con ímpetu.

Mi cuerpo empieza a temblar. Oh… esa sensación que ahora

conozco tan bien… se acerca… Oh…

—Eso es… Entrégate a mí… Por favor… Nozomi —murmura, y

sus palabras son mi perdición.

—¡Eli! —grito, y él gime cuando nos corremos juntos.