Corazón de Guerrera
Había dejado de llover. Lo que aparentó tener la fuerza de tres tormentas juntas terminó en un pequeño diluvio que sólo sirvió para que las ardillas, las aves, y algunos insectos se refugiaran. Los árboles seguían goteando como si la lluvia viniera de ellos mismos, pero las nubes se habían evaporado cuando Astrid salió a la plaza principal.
Se encontraba en una esquina resguardada por los troncos de árboles y el vértice del salón que usaban para entrenar. Había mirado fijamente la estatua de Estoico, toda imponencia y sabiduría para buscar una respuesta, pero no le había servido de mucho.
No supo si Valka la había seguido o si la había encontrado por casualidad, cuando se dirigió a ella.
-¿Astrid? ¿Qué pasa muchacha?
Valka se le unió al momento de que lanzaba los improperios más blasfemos que una dama puede pronunciar junto con una patada a un pasivo e inocente árbol.
-Respóndeme algo. -le pidió - ¿Crees que soy una cobarde?
Valka no ocultó la sorpresa que le produjo su interrogante, así como tampoco ocultó las risitas que soltó. Astrid alzó los ojos compungida, ofendida, autocríticamente.
-¿Lo soy?
-¿Por qué lo preguntas? -soltó Valka en su lugar.
-¡Porque quiero abandonar la responsabilidad de dirigir todo un pueblo a la primer urgencia que surge! -resopló como si fuera evidente. -Quiero decir. Estoico no está. Hipo tampoco, y en éstos momentos no puedo ni siquiera pensar en qué circunstancias está y si alguna vez lo volveré a ver, pero soy una cobarde y una egoísta. Tú pareces determinada a ir en su busca a pesar de que traten de disuadirte y yo soy la única que queda para darles esperanza a todos. Especialmente después de…..¡especialmente después de que los dragones se fueron! Lo que dije en el comedor fue una reverenda tontería. No puedo…no debería, abandonar lo que Hipo ama.
Guardó silencio. Sopesaba una decisión que le costaría un sacrificio.
-Yo me quedaré. Ustedes deberían ir a la isla sin mí. -finalizó resuelta.
Valka la escuchó con atención e indulgencia. Soltó un suspiro de compasión y paciencia.
-Astrid, cariño. Nadie piensa que seas una cobarde y nadie lo pensará jamás. Si te quedas no serás una cobarde y si vienes con nosotros tampoco lo serás. Es algo muy valiente que sacrifiques tus deseos más profundos, incluso tu naturaleza, por querer quedarte a proteger a todos aquí. Pero sería algo muy valiente también, que sacrificaras tu sentimiento de deber y de querer protegerlos a todos por ir en busca de tus deseos más profundos.
Astrid la miró sorprendida, pero no menos abatida. Sopesaba lo que acababa de escuchar.
-¿Te arrepientes? -le preguntó a Valka -¿Te arrepientes de haber dejado a tu esposo y a tu hijo?
A Astrid nunca le ocasionó problema decir lo que realmente pensaba. Sólo esperaba no haber tocado una fibra sensible en Valka. Pero nadie jamás pensaría que las mujeres vikingas eran sensibles bajo ninguna circunstancia. Valka le respondió con sinceridad y cierto grado de confidencia.
-Sí, lo hice, al principio y por mucho tiempo. Tanto que no sé cuánto en realidad. Pero ahora ya no. -sonrió como si por su mente contemplara sucesos que habían ocurrido en el pasado. -No puedo dejar de pensar que si me hubiera quedado, si Brincanube jamás me hubiera llevado consigo, las cosas hubieran resultado de un modo muy distinto. Tal vez yo nunca hubiera conocido la verdadera naturaleza de los dragones. Ellos no sólo me mostraron lo que eran, sino lo que era yo, mi naturaleza. Y tampoco puedo evitar pensar, que si yo hubiera permanecido aquí, Hipo no sería lo que es ahora. Tal vez nunca hubiera conocido a su Furia Nocturna ni vivido todo aquello que lo obligó a ser lo que es. O tal vez sí, no lo sé. Pero no puedo más que dar gracias. Él logró lo que ninguno de nosotros hubiera conseguido jamás.
Se quedó pensativa, mirando hacia el vacío, pero con una media sonrisa, complacida. No tardó mucho para volver a tomar la palabra.
-Pero Hija. Así como Estoico tenía la sabiduría para liderar, yo la resolución de proteger a los que amo, e Hipo la fortaleza del alma de los dragones, tú tienes el corazón de una guerrera. No luches contra ello.
Estas palabras tuvieron un efecto en Astrid, era más de lo que esperaba escuchar de Valka. Tomó aire, y miró a los cielos.
-Pero sea lo que sea que decidas, lo respetaré pues sabré que es lo que tu corazón te dice que hagas. -finalizó Valka.
Astrid supo la respuesta. Había un viaje que hacer y su corazón de guerrera no dudaría en emprenderlo.
