Azul para Siempre
Por Fabiola
Lady Fabiola Grandchester
Capítulo XI
Era ya de mañana cuando al joven esposo le avisaban que su hijo había nacido al fin, afortunadamente sin complicaciones.
- El bebe esta bien, es un varón. – les dijo a sus amigos una vez se unió a ellos en la sala de espera, lo habían acompañado ahí toda la noche inmóviles y silenciosos desde que llegaron respetando el difícil momento que Archie pasaba.
- Gracias a Dios! – dijo Pauna que fue la primera en reaccionar.
Patty soltó una lágrima y abrazó a Candy que estaba sentada a su lado.
- Y Annie? – preguntó Stear – hermano, cómo esta Annie? Qué te dijo el médico?
- Dice que tuvieron una complicación y realizaron una cirugía de emergencia… ella aun no despierta.
El estado de Annie era muy delicado. El parto se había adelantado varias semanas debido a una caída que la joven sufrió mientras trabajaba en el jardín de su casa. Ya que estaba sola cuando ocurrió, perdió mucha sangre hasta que Archie llegó y pudo auxiliarla.
La llevó sin sentido al hospital y así seguía aun sin despertar, mientras su joven esposo sentía durante la espera que la vida se le iba en cada respiro. No había podido verla y ahora le daban la noticia de que su hijo ya había nacido. No sabia que sentir.
Luego de un rato, una enfermera se acercó a él y le dijo que podía llevarse al bebé a casa; pero él no quería moverse de la clínica. Patty y Stear se ofrecieron a hacerle compañía.
- Candy – habló Archie –, puedes tomar al bebé tu y cuidarlo en tu departamento? Quiero sacarlo de este lugar, pero no confío en nadie más que en ti.
- Por supuesto, yo lo cuidaré el tiempo que sea necesario. – dijo ella en un impulso por ayudar a su amigo, aunque no sabía cómo haría lo que estaba ahora prometiéndole.
La enfermera al escuchar el arreglo fue por el pequeño y luego de un rato lo trajo a la sala de espera. Archie no quiso cargarlo, era demasiado difícil para él. Candy lo tomó en sus brazos y acompañada de Pauna se dirigió con él a su departamento.
Cuando llegaron Pauna le explicó que debía ir ese día a la reunión diaria de pre-producción del programa en la estación de radio.
- Nunca he cuidado de un recién nacido, Pauna. – dijo nerviosamente Candy al ver que se quedaría sola.
- No te preocupes, lo harás bien, dormirá la mayor parte del tiempo y tienes todo lo necesario. – le dijo su amiga mientras colocaba en el cuarto de la joven la bolsa con las cosas del pequeño que Archie les había entregado.
- Estoy preocupada por Annie, quisiera hacer algo por ella. – dijo Candy pensativa mientras acompañaba a Pauna a la puerta.
Su amiga le respondió ya despidiéndose en la salida.
- Lo mejor que puedes hacer ya estas haciéndolo: cuidar de su hijo.
Candy se encontró de pronto sola en el departamento con el pequeño bebe, su primer sobrino, como ella le dijera a Annie antes. El niño dormía tranquilamente en sus brazos, mientras ella no sabía bien ni cómo sostenerlo correctamente.
Lo colocó con cuidado en la cama acomodando almohadones alrededor de él, porque creía que podía darse la vuelta y caer, aunque no sabia que con solo un día de nacido era muy poco probable que el bebe fuera capaz de hacer tal cosa.
Cerró las cortinas de su cuarto, puso su teléfono en modo vibrador esperando la ansiada llamada de Archie diciendo que Annie estaba bien, pero temiendo que el timbre pudiera despertar al hijo de sus amigos; y acomodándose cuidadosamente a su lado para no despertarlo se quedó dormida. Había sido una larga noche también para ella despierta en el hospital esperando noticias de Annie y con sus propias preocupaciones internas por haber visto a Terry.
Un fuerte llanto la despertó un par de horas después. Abrió los ojos asustada y no supo de dónde venía tal berrinche hasta que vio a su lado al bebe de Annie.
Nerviosamente lo tomó en sus brazos, meciéndolo como pudo, pero el bebé no paraba de llorar. Qué se suponía que debería hacer? Buscó entre las cosas que Archie le dio para el niño y encontró biberones y leche en polvo. Se dirigió a la cocina apresurada mientras con la mano que tenía libre intentaba preparar algo para que comiera el pequeño.
Sin tener ni idea de cuanta fórmula darle, sólo agregó al agua varias cucharadas de leche, agitó el biberón y se lo dio.
El niño no aceptaba la comida que se le ofrecía y no paraba de llorar ni un minuto, haciendo uso de sus pulmones en un llanto que a Candy le estaba taladrando los nervios. Empezaba a perder la calma. Quería llorar tanto o más furiosamente que el pequeño maldiciendo su incapacidad para contentarlo.
Entonces recordó que podía ser algo más y no hambre lo que tenía. Fue de vuelta al cuarto y recostándolo sobre la cama revisó su pañal. Ese era el problema, el niño estaba hecho un verdadero desastre. Una sonrisa de felicidad cruzó por su rostro al ver la raíz del desesperante llanto del pequeño pero luego se borró al preguntarse cómo diablos se cambiaría un pañal.
Buscó uno y como pudo se lo cambió, nunca había visto a nadie hacer algo así, excepto en televisión, así que se sorprendió cuando el pañal se quedo en su lugar. No lo había hecho tan mal después de todo.
Pero no pudo sentirse feliz mucho tiempo; para su decepción, el bebe seguía llorando. Le ofreció el preparado que le había hecho y no lo aceptó. El llanto del pequeño llenaba el departamento y amenazaba con hacer perder la razón en cualquier momento a la inexperta joven.
Alguien tocaba el timbre y una Candy con el pelo desarreglado por levantarse tan apresurada, manos nerviosas que cargaban a un bebe que casi se ponía morado de tanto llorar y unos ojos verdes mas desesperados que nunca, abrió la puerta. Era Terry.
Cuando se encontró con ese rostro amable y esos hermosos ojos azules que la miraban tan dulcemente olvidó los últimos días y una gran alegría le inundó el corazón. Era como si el tiempo no hubiera pasado.
Soltó un grito lleno de nerviosismo y ansiedad.
- Terry!
- Qué le haces a ese pobre niño, pecas? – le dijo él sonriendo –. Por qué lo cargas como si fuera una bomba a punto de estallar?
- No se qué le pasa, no para de llorar, ya lo cambié, intenté darle de comer, pero no se calma. No deja de llorar, creo que descompuse el bebe de mi amiga! – le dijo al joven mientras él reía abiertamente ante la desesperación de ella – No te rías, pasa y ayúdame!
- A ver, dámelo – le dijo él mientras entraba al departamento - ve a la cocina y prepara un poco de te de manzanilla, en las obras cuando usamos bebés reales siempre les dan te de manzanilla con azúcar.
Cuando ya se encontraban en la sala de estar y él le extendió los brazos para recibir al bebe, ella le preguntó con desconfianza.
- Sabes cargarlo?
Terry sonrió.
- Tienes idea de cuantos bebes reales y ficticios he cargado en el teatro? – le preguntó –. Miles! Confía en mí y entrégamelo porque si no este pequeñín va a dejarnos sordos a los dos y a todos tus vecinos de paso. Además cualquiera podría cargar a ese pobre niño mejor que como tú lo haces ahora, Candy es un niño no un paquete que vas a enviar por correo.
Una vez lo tuvo en brazos se dirigió quedamente a él.
- Ven acá pequeñito – susurró –, tu tía pecas no sabe nada de hombres, tú y yo sí nos entenderemos.
Tomó al bebe con cuidado y empezó a mecerlo de un lado a otro, mientras le hablaba quedamente. Para sorpresa de Candy el niño se calmó lentamente y dejó de llorar un poco.
Solo se quedó haciendo pucheros que se calmaron cuando Terry le dio el té que Candy había preparado a las carreras en el microondas, y que luego enfrió con agua helada como Terry le dijera desde la sala de estar.
- Quieres quemarle la lengua? – le había dicho cuando sintió el biberón caliente.
Ella contestó a punto del llanto por la desesperación.
- Qué se supone que haga?
- Enfríalo con agua helada del grifo.
- Y cómo se supone que yo sepa eso?
Él miró el rostro confundido de la chica con una mezcla de ternura y comprensión y le dijo tranquilamente.
- Pecas, relájate, deja de discutir y hazlo, por favor.
– Se ve tan hermosa – pensaba él – así confundida, pidiendo mi ayuda. Princesa, yo te ayudaría en esto y en todo siempre… si tú quisieras.
Terry sacudió su cabeza intentado alejar de su mente ideas que no convenían y que prefería hoy dejar en el pasado.
El niño no tardó en quedarse dormido en los brazos del joven, mientras ella lo observaba al otro extremo de la habitación sentado en un sillón de la sala sosteniendo delicadamente el cuerpecito del bebe y dándole de comer.
Terry vestía jeans y camisa azul oscuro con el cuello desabotonado y sin corbata. Llevaba las mangas dobladas hasta los codos dejando ver sus brazos bien formados. Candy observó sus manos y la manera cómo sostenían al hijo de Annie. Eran tan masculinas, tan grandes que con una de ellas sostenía prácticamente el cuerpo entero del bebé.
Muy a su pesar recordó el tiempo juntos. Cómo un hombre tan varonil y decidido podía estar ahora tan dulce con un recién nacido y había estado con ella tan cuidadoso y delicado tantas veces era un pensamiento que la intrigaba.
Observando sus brazos y sus manos fuertes con largos dedos no pudo evitar pensar en lo que había vivido con él. Pronto su mente recordó esas mismas manos abrazándola a ella, sujetándola a ella, sosteniéndola a ella.
Un conocido estremecimiento la recorrió desde el vientre amenazándola con hacerla desfallecer. Ahí viéndolo a tan corta distancia Candy no sabia qué era mas fuerte, la sensación de inutilidad que la invadía o las ansias de tocarlo que la estaban quemando por dentro.
– No puedo negar lo mucho que me atrae aun – pensaba ella.
- Como me veo de papá? guapo eh? – le dijo él guiñándole un ojo, al ver que ella lo observaba insistentemente.
Un furioso rubor invadió las mejillas de ella al verse sorprendida.
- De modesto es de lo que deberías tener algo - le contestó sentándose frente a él.
Rieron abiertamente aunque cuidando de no despertar al bebe. Estaban tan acostumbrados el uno al otro que sentirse cómodos con la mutua compañía ya era algo normal entre ellos. Sin importar lo dicho y lo no dicho había algo en el ambiente que los hacía casi olvidar los sucesos recientes.
Era como si tanto el uno como el otro se sintieran irremediablemente bien cuando estaban juntos. Y como si inconcientemente ambos buscaran la presencia del otro para sentir algo de consuelo en ese momento tan difícil que pasaban con sus amigos.
Mientras sostenía al bebe en sus brazos Terry, aún contra su propia voluntad, no dejaba de pensar en lo que le hubiera gustado que fuera su vida. Una vida que había planeado con ella. Nunca se había preguntado o puesto a pensar sobre convertirse en un padre de familia, pero si con alguien quería tener hijos era con esa mujer que ahora tenía tan cerca y a la vez tan lejos.
El rompimiento estaba aun demasiado reciente. Pensaba que era el trágico momento que vivían pero no entendía por completo como es que podían estar los dos juntos así tan serenos, como si fueran amigos y nada más. Un amargo sentimiento se le atoró en la garganta subiendo desde su corazón mientras se preguntaba al verla de reojo.
- Por qué no logré que me amaras Candy? Qué le hizo falta a mi amor por ti? y a pesar de tu rechazo por qué te sigo sintiendo mía y me siento tan cómodo contigo?
Permanecieron en silencio un rato sin decir nada. La primera en romper el encanto fue Candy.
- Por qué viniste? – le soltó repentinamente.
Terry no se sorprendió por la frialdad en su pregunta. La había sentido la noche en que le pidió matrimonio.
- Stear me llamó anoche y me contó lo que paso con Annie. Fui hoy en la mañana al hospital a verlos, porque anoche no pude ya que estaba algo ocupado. – contestó seriamente.
- Con tu nueva conquista – pensó la rubia haciendo un gran esfuerzo por controlar los celos. Al final de cuentas él era un hombre libre y ella no podía reclamarle nada.
- Te dijeron como esta Annie? – le preguntó Candy simplemente.
- Sigue igual, no despierta aun. Archie esta destrozado, yo en su situación me volvería loco. – le dijo mirándola con inconciente anhelo.
- Loco debes estar al salir con la tipeja con la que te vi anoche… - pensaba rabiosamente Candy, quien estaba tan enojada con la idea de que él ya tenía alguien más que no notó la insinuación que él inconcientemente hacía con esa mirada.
Entonces sintió los insistentes ojos de Terry casi quemándole la piel y se removió inquieta en su asiento levantándose con el pretexto de traer más té.
- No lo necesita, ya esta dormido, mira – le dijo él retirando el biberón del bebe sin que éste se moviera. – Lo ves? Duerme tranquilamente.
La joven se sentó de nuevo.
Terry rozó delicadamente con el dorso de su mano la frente de la criatura profundamente dormida mientras le decía algo ininteligible para la chica. Al mirar esto ella movió nerviosamente sus manos, algo estaba revolviéndose en su interior.
Cuando él volteó a verla de nuevo, algo le llamó la atención en las manos femeninas. Había visto ese estado en ellas ya muchas veces y conocía bien las razones.
- Veo que has estado haciendo tú misma tus bastidores… - le dijo haciendo un movimiento de cabeza.
Ella volteó a ver sus manos y entendió que él hacia el comentario al verle los dedos vendados y las manos y muñecas con pequeñas heridas y manchas de pintura que se habían negado a irse a pesar de ser lavadas furiosamente por la joven una y otra vez. Notó que en su mayoría eran manchas azules. Ese descubrimiento la sonrojó internamente y la estremeció desde el estómago recordando el motivo para que tal color predominara en su piel. - Y en mi corazón, pensó involuntariamente.
- Por qué viniste? – le preguntó de un solo golpe otra vez. Él se contrarió, pero entendió que no se lo había respondido la primera vez.
- Vine porque imaginé que estarías deshecha con la situación de Annie y yo mismo me siento muy mal, sabes que la aprecio mucho igual que a Archie. – le dijo sinceramente.
Terry notó la tristeza que invadía esos amados ojos verdes al recordar la situación en la que estaban sus amigos y el sufrimiento que ambos sentían por ellos y añadió en un tono más relajado.
- Además me dijeron que estabas sola cuidando al bebe y me imaginé que estarías volviéndote loca, así que vine a ver si necesitabas algo. Como ves, no me equivoqué – le dijo señalando al espejo que tenían ambos a un costado, donde ella al voltear vio el lamentable estado en el que se encontraba.
Candy se levantó de un brinco avergonzada al ver su cabello revuelto y la blusa manchada de fórmula.
Terry se rió abiertamente al ver la reacción de la joven y cómo ella se disculpaba para ir a la habitación a cambiarse de blusa.
Cuando regresó Terry estaba de pie. Se acercó a ella viéndola fijamente a los ojos y parándose a un escaso metro de distancia.
- Puedo pasar a tu cuarto? – la rubia abrió los ojos sin creer lo que escuchaba – para acostar a este angelito, pecas, no te preocupes, tu virtud esta a salvo, no pienses mal. – le dijo pretendiendo inocencia aunque ella sintió que la miraba de una forma como si ya estuviera desnudándola en la mente.
Un escalofrío la recorrió desde las rodillas observando como él movía los labios, deseando besarlo desesperadamente.
- Yo no pienso nada, pasa, no seas ridículo. – le dijo conteniendo la respiración. Él solo le sonrió travieso y entró a la habitación.
Colocó al bebe cuidadosamente sobre la cama de la muchacha y se paró junto ella que se había quedado junto a la puerta.
Estuvieron así ambos observando al pequeño sobre la cama pero con su mente galopando en sentidos muy diferentes a la escena que presenciaban.
Habían estado ahí tantas veces. El prácticamente consideraba ese cuarto como propio a fuerza del tiempo que había pasado en él.
Ambos recorrieron una a una las imágenes vividas ahí durante dos años. Candy lo veía sentado en la cama desayunando mientras ella se vestía frente a él. Viendo el televisor abrazándola. Junto a la ventana abrazándola. Sobre la cama dormido abrazándola.
Él la veía vistiéndose, maquillándose, arreglándose el cabello. La veía entre sus brazos junto a la ventana. Entre sus brazos bajo la regadera. Entre sus brazos en la cama.
Involuntariamente voltearon a verse. Ajenos el uno a los pensamientos del otro sabían que hurgar en esos recuerdos era infructífero. Él creía que ella lo había rechazado y no lo dejaba entrar en su vida por completo, por falta de amor. Ella creía que él no le había dado tiempo para pensar y se había buscado otra rápidamente, por falta de amor.
Candy notó cómo la respiración de Terry estaba ligeramente alterada y vio sus manos inquietas apretadas a los costados de sus piernas.
Mientras miles de imágenes asaltaban su pensamiento, su mente le jugó la mala broma de hacerla recordar esas fuertes manos en sus caderas, en sus piernas, en su cuerpo entero. Tocando, acariciando, estrujando.
Mientras lo veía de pie junto a ella, revivió de nuevo la imagen de su última noche ahí; en la que él, con la vehemencia con la que hacía todas las cosas y con el arrebato que muchas veces invadía las noches juntos; la había levantado en el aire para llevarla a la cama, luego de arrinconarla entre profundos besos y atrevidas caricias contra el muro de su habitación. Contra ese mismo muro que hoy tenía a su costado.
Se recriminó a si misma cuando tuvo un momento de lucidez al sentir un calor que le cubría el rostro, dándose cuenta de pronto de lo peligroso que era recordar esos momentos.
Se forzó a si misma a recordar la noche anterior en el bar. Se forzó a odiarlo otra vez por estar tan pronto con otra mujer. Lo logró. La imagen de aquella mujer tomada del brazo de él se le clavó en el corazón como una lanza venenosa que la sacó de sus ensoñaciones y la situó a la fuerza en la realidad. En la cruel realidad. En la dolorosa realidad en la cual él ya tenía otra en menos de dos semanas.
- Qué rápido encontraste un reemplazo – pensaba ella - Hombre a final de cuentas. Quiere decir que no es que hubieras querido casarte conmigo, es que quieres casarte y ya, con quien sea.
Rompió el silencio luego de arder por dentro recordándolo con la que creía su nueva conquista.
- Terry, quieres por favor irte ya? Te agradezco tu ayuda, pero ya no es necesaria. – le dijo con ojos fríos. Cuando ella se lo proponía podía ser todo lo cruel que la situación ameritara.
Él no supo entender los motivos en esa frase y solo se sintió profundamente ofendido.
- Hasta luego – le dijo sencillamente mientras se daba la vuelta y se dirigía a la puerta del departamento.
Una vez afuera se recostó en la pared un momento intentando recuperar la calma.
Sentía un deseo por ella que lo consumía ferozmente, cuánto hubiera deseado al estar ahí dentro tomarla entre sus brazos, abrazarla y besarla hasta quedar sin aliento.
La vista de su piel, su cabello, sus labios y de toda ella lo habían desarmado más de lo que hubiera podido imaginar. La deseaba hoy más que nunca, más que siempre.
Casi había sentido perder los estribos, pero el recuerdo del rechazo femenino a su propuesta lo había invadido llenándolo con su amargo sabor y haciéndolo entender que poco valía tener su cuerpo, si no era dueño también de su corazón.
Ella no había deseado casarse con él, nunca le había hablado de sus sentimientos, ni de su vida, ni de su pasado. Para el joven era claro que la distancia que ella siempre mantuvo hacia él era señal de que nunca lo había querido. Antes no pudo o no quiso verlo pero la negativa de Candy a su propuesta le abrió los ojos.
Ahora, muy a su pesar, se reconocía a si mismo enamorado de una mujer que no lo amaba de igual manera; y él no era hombre que pudiera vivir así, con las cosas a medias.
Temperamental, como era en todos los aspectos de su vida, más aún en el amor, necesitaba que ella se entregara sin reservas o que no se entregara en absoluto.
- Maldita sea, Candy! – pensaba – tanto tiempo creí que me amabas. Aun cuando no me lo decías, yo creía que me amabas, qué ciego estuve. Y hoy como un idiota después que ya había decidido olvidarte, te veo y pierdo la cordura. Por qué será que te amo tanto? Tenerte tan cerca y no poder tocarte es una lenta tortura. Arde la sangre en mis venas cada vez que pienso en ti. Maldita sea! Me estoy quemando en leña verde por tu culpa!
Se acomodó el cabello con las manos de manera nerviosa intentando calmarse. Lo logró poco a poco. Suspiró largamente. Una decisión se confirmó en su mente.
- Hoy vine porque estaba preocupado por ti y por los demás. Pero te juro que te voy a olvidar, - dijo mientras se dirigía al elevador - así tan fácil como tú jugaste conmigo tanto tiempo y ahora me olvidas, así te voy a olvidar yo también!
Lo que Terry no sabía es que la joven que dejó dentro del departamento estaba desolada sentada en la alfombra recargada en la puerta que él acababa de cerrar.
Estaba decidida a no llorar otra vez a pesar de que la imagen de Terry tomando la mano de otra mujer la noche anterior era demasiado dolorosa. A final de cuentas había tenido razón al rechazarlo, él jamás la quiso. O si la quiso se le pasó muy pronto.
- Ya ves, Pauna – pensaba tristemente -, yo tengo razón. El amor no existe! Nunca dura para siempre. Y si lo hiciera no se manifestaría jamás conmigo. A final de cuentas soy una – se forzó a decir la palabra –… una huérfana a la que nadie nunca ha querido.
Continuará...
