Ninguno de los personajes de Southern Vampire Mysteries o de True Blood me pertenecen. Son propiedad de Charlaine Harris y de Alan Ball.
Hubo un error al subir el orden de los capítulos que he arreglado ahora. El capítulo 7 que os leísteis era en realidad el capítulo 8. Ya está corregido y subido el auténtico capítulo 7, que no habíais podido leer. Mil perdones.
Di unas vueltas a ciegas con la venda puesta sobre los ojos. Erik y Audr me animaban y también lo hacían los otros niños y otras mujeres, las que no estaban disputando la carrera de sacos.
Varios niños me tiraron del vestido, y yo me reí, podía oír sus vocecitas en mi cabeza y sabía perfectamente dónde se encontraban. Audr no sabía si acercarse a mí y tirarme de la falda o quedarse a salvo donde estaba con su muñeca nueva. Erik se me aproximó por la cola y me pellizcó el culo.
-¡Erik!-protesté-Espera a que te coja, renacuajo descarado.
Sentí una presencia abrumadora, una mente poderosa y que estaba completamente fuera de la corriente festiva general. Eric se acercaba a mí malhumorado. Seguí el juego y fingí que le atrapaba a él. Llevaba los brazos gachos porque estaba persiguiendo niños, así que lo primero con lo que se encontraron mis manos fue con su bajo vientre. Coloqué las palmas sobre sus abdominales y fui subiendo por el pecho hasta los hombros, palpándole, y ahí me quedé unos segundos, tocando, luego le recorrí el cuello y noté que se le ponían los pelos de punta. A mí también se me estaba removiendo todo. Le acaricié la cara, las puntas del cabello y volví a los hombros.
-Te pillé-le dije. Me quité la venda y sonreí. Tenía la cara blanca y tersa y me di cuenta de que estaba recuperando el aliento, no sólo por mis caricias, sino por algo más: Había oído los gritos en la lejanía y había venido al galope, pensando que nos estaban atacando. Había galopado con el corazón en un puño, temiendo lo peor. Me mordí el labio y bajé la mirada.
-Papá, papá, mira que muñeca me ha regalado Sookie. Y mira qué juguete-le enseñó la varita con las cintas enganchadas. Eric la miró muy serio y la niña se cobijó tras mis faldas. Estaba pensando que no podíamos hacer semejante dispendio de comida.
-No toda la comida es nuestra-le dije-Las otras madres también han traído cosas.
Olga había traído un pedazo de conejo asado, Finna había traído unas manzanas, Geirlaug había traído un pan de aceite y uno de centeno, Vilborg había traído la cerveza y Vidgis la hidromiel. Helga había traído un choto de buen tamaño que se estaba asando en el fuego y cada una de la cincuentena de mujeres que habían acudido, no sólo madres de niños, habían traído algo. Al final, el cumpleaños se había convertido en una celebración local.
Eric dio dos pasos atrás y un par de críos se colaron entre sus largas piernas, reían y corrían de aquí para allá, jugando a "la peste".
-¿No crees que deberíamos celebrar que Audr hace cinco otoños que llegó a nosotros?-le dije. No asintió, pero se quedó convencido. Me coloqué la venda y volví al juego. Atrapé a uno de los nietos de Grim, quien tenía, según Eric, las mejores ovejas del pueblo y unas manos prodigiosas para trabajar la madera.
Eric se fue agazapando contra su propia casa, alejándose de la fiesta hasta que recuperara la tranquilidad. Estiró la mano para coger una manzana que había flotando en un lebrillo de tejo y metal y recibió un grito y una protesta a cambio.
-¿Qué pasa?
-No se pueden coger con las manos, padre-le dijo Audr.
-¿Y cómo esperas que las coja?-Audr se señaló la boca con un dedo pequeño, regordete y sucio. Lanzó una risita y le brillaron los ojos ante la expectativa de ver a su padre jugando un rato en su fiesta.
-Mira, te enseñaré-la niña le dio su muñeca y sus cintas nuevas, se inclinó sobre el agua (que me había encargado de calentar y mantener tibia durante toda la fiesta) y empezó a intentar coger las manzanas, que se escurrían, hundían y huían de sus pequeños dientes. Me reí y me agaché junto a ella.
-Déjame a mí-me recogí el pelo a un lado, miré a Eric a los ojos, y bajé la cabeza hasta la superficie del agua. Elegí una manzana, acerqué la boca a ella, succioné y le hinqué el diente. Levanté la cabeza, roja manzana en boca. Audr aplaudió. Me la saqué y reí, le di un bocado y se la entregué a la niña. Eric me siguió con la mirada y se relamió los labios. No quise mirar en su cabeza porque corría el riesgo de hacerle entrar en casa para obligarle a que me lo hiciera allí mismo. Helga me sacó de mi estupor. Cogió a su hijo por un brazo y a mí por el otro.
-Juguemos a eso que han jugado los niños antes-dijo-Al… pañuelo ¿no? Hombres contra mujeres-asentí y me volvió loca la idea.
Los hombres fueron haciendo su equipo, doce números, nosotras también. Eric no quiso jugar, así que en su lugar, lo hizo Leif, que por culpa del trabajo en el campo se había perdido la mayor parte de la diversión. Me horrorizó comprobar que había bebido. Les expliqué el juego a los hombres y éstos se mostraron emocionados. Cambiamos un poco las reglas del juego y en vez de elegir los números al azar, nos aseguramos de que cada mujer compitiera contra su hombre y yo, contra Ivar.
-El cinco-gritó Ulf-Salí corriendo recogiéndome las faldas y observando a Ivar, que había tardado un segundo en salir él mismo de la fila, llegué al pañuelo y me quedé parada. Alargamos la mano e hicimos ademán de coger el trozo de tela, después de unos segundos de vacilación y de risas nerviosas, lo agarró y echó a correr, resbaló en una zona de barro, y se desestabilizó lo suficiente para que le pudiera dar alcance. Llegué hasta él, le plaqué, tropezamos y caímos al suelo. Nos reímos unos segundos y luego él se levantó y me ayudó a levantarme. Sacudí el pañuelo para que mi equipo de féminas viera mi victoria. Los hombres me abuchearon y las mujeres silbaron y gritaron. Los niños se divertían jugando al pollito inglés.
Helga perdió contra Leif, que aunque joven, tenía piernas fuertes y largas. Signo inequívoco de que se haría tan alto como su padre. Un montón de mujeres acabaron revolcadas por los suelos con sus esposos o novios, riéndose tontamente, unos y otros. Volvieron a decir mi número y fue Ivar quien me dio alcance esta vez, eso deshizo el empate y ganaron los hombres. Algunos se echaron a sus mujeres al hombro como celebración.
Vi a una niña lloriqueando cerca del barril de las manzanas y descubrí que Olaf, un muchacho fornido con apariencia de trol, pelirrojo y con una barba impropia para alguien de su edad, se la había quitado. Me sacaba una cabeza y un cuerpo y se rió de mí cuando le exigí que le devolviera la manzana a la pequeña. No sólo no se la devolvió, sino que cogió otra con la mano, ignorando el juego. Eric, que estaba cerca, intervino. Lo miró con severidad, pero el crío no se amilanó. Y no me extrañaba, aunque Eric era mayor, había oído alardear a la madre de Olaf sobre la vez en que su hijo tumbó a un macho cabrío de un cabezazo. No me preguntéis por qué una mujer podría sentirse orgullosa de semejante barbaridad. Eric le cogió del hombro y apretó, el chico le dio una patada en la espinilla a mi vikingo, pero si le hizo daño, Eric no lo demostró: Devolvió las dos manzanas.
Helga hizo un anuncio a gritos. Enseñó a todo el mundo una muñeca y un buey de madera que había tallado Halvar e hizo saber a los niños que la niña que ganara la carrera de sacos, ganaría la muñeca, y el niño que ganara su cursa, ganaría el buey. Eric, que sólo había hecho algo de caso a la comida y al juego del pañuelo, pareció querer aportar en algo y organizó espontáneamente un juego para los niños más mayores: Una pelea a espadas de madera. Ulf, el herrero, presentó una pequeña daga de metal, un poco usada, pero de su factura. Los chicos se emocionaron aún más (creo que añadir el puñal no habría sido necesario porque la perspectiva de lucirse en combate delante de sus padres, madres y hermanos y la posibilidad de ganar prestigio en la lucha era bastante estímulo para ellos)
Erik intentó apuntarse, pero no le dejé. Me dio igual lo que Eric dijera. A Leif, sin embargo, fue imposible frenarlo. Sólo había otros dos chicos de su edad.
Ulf y Sturla, el marido de Finna, organizaron los encuentros porque ninguno de los dos tenía hijos de esa edad que participaran en los juegos. Sturla era muy joven, no habría cumplido los veinticuatro y Ulf era un hombre mayor, recién estrenada la cincuentena, aunque tenía una esposa de apenas veinte años. Él era un hombre bueno y un herrero magnífico con grandes recursos económicos, por lo que se consideraba afortunada y era feliz. Iban a tener un hijo que llegaría al inicio de la primavera.
El primer combate enfrentó a dos muchachos de quince y doce años, uno de los hijos de Bera contra uno de los medianos de Freira. Aplaudí y me divertí hasta que la cosa se puso fea. El combate acababa cuando uno de los dos abandonara o al tercer golpe de espada en el pecho o el primero en la cabeza. Helga me contó que los combates de exhibición o los retos tenían normas diferentes, pero que al fin y al cabo, eran niños. No había vencedor por muerte y tampoco se podía intentar que el contrincante abandonara por no poder sostener su espada (los jóvenes ayudaban en las tareas del hogar, y una mano o un brazo roto significaba un par de manos menos que ayudaba en casa)
Venció el joven Solvi, de quince años, hijo de Bera. De los cinco primeros combates sólo en uno el que era más joven que su contrincante había conseguido la victoria. A Leif le tocó en octavo lugar. A Eric y Halvar parecía que se les iba la vida en ello. Y Helga y yo también estábamos bastante nerviosas. Audr y Erik se colocaron junto a mí en el círculo formado por la gente alrededor de los combatientes y animaron a su hermano mayor.
Leif luchaba contra un muchacho de trece años, era un palmo escaso más alto, pero mucho más grueso y fuerte de complexión. Su padre era Helgi, era uno de los dos hombres que acompañaban a Halvar cuando me encontró. Eric decía que tenía uno de los caballos más rápidos del pueblo. Era buen amigo de ambos. Y uno de los consejeros del jefe. La mano derecha de Halvar.
El hijo de Helgi cargó primero, Leif se lo quitó de encima como pudo, poniendo el escudo entre ambos y protegiéndose la cabeza con la espada de madera. Pero Steinn, que así se llamaba el joven, atinó a darle un golpe en el brazo… Lancé un gritito, pero fue apagado por las voces de los hombres. Le había dado casi en el hombro, buscando el cuello, si le hubiera dado ahí habría perdido el combate.
Leif buscó la mirada de Eric, él asintió y esperó de nuevo. Steinn volvió a cargar como la vez anterior, pero esta vez Leif usó la espada para desembarazarse de la estocada del otro, lo empujó con el escudo, y le golpeó con la espada en la pierna.
Aplaudí porque acababan de empatar. El último punto sería definitivo. Leif y su contrincante se miraban, calibrando cuál sería el siguiente movimiento del otro. Steinn atacó con el escudo, chocaron primero y después levantó la espada por encima de su cabeza para atinarle el golpe definitivo a mi niño, pero Leif le colocó el borde del escudo en el codo frenando el movimiento y llevó la punta de su espada de madera hasta el estómago del hijo de Helgi. El niño bajó la cabeza, avergonzado, y Leif dio saltos de alegría. Yo también los di, aplaudí, grité, besé a Audr y abracé a Eric emocionada.
Después de la segunda ronda de encuentros, de las que saldrían los cuartos de final, el único que quedaba menor de catorce años era Leif.
En cuartos se tuvo que enfrentar a Olaf, el que parecía un trasgo. Era un abusón, un gigante, un bruto y tenía casi cinco años más que Leif. Se le había permitido participar a pesar de que cuando entrara la primavera sería considerado un adulto.
Atacó a Leif un segundo después de que fueran presentados al público, le dio tal golpe que le saltó el escudo del brazo. Luego le dio con la espalda en la pierna y le hizo caer de rodillas.
-Maldito bruto-Ya tenía un pie en el ring cuando dos manos poderosas, la de Eric en mi hombro derecho y la de Halvar en el izquierdo, me echaron para atrás.
-Me gustas, Sookie-me dijo Halvar-Pero eres blanda como todas las mujeres.
-¡Lo va a machacar!
-Seguramente-dijo Eric-Pero para él sería humillante que interrumpieras la pelea.
-Pero es que…
-Si gana, ganará a uno de los jóvenes más fuertes de la aldea, y si pierde, lo hará contra…
-Un orco-le interrumpí. Eric se rió y Halvar soltó una carcajada.
-¡Vamos, Olaf!-gritó su madre desde el otro lado-Demuéstrale quién es el más fuerte.
-Vamos, Leif-grité-Tú eres más hábil e inteligente que ese trol-la gente se partía de risa.
-¿Qué has dicho, bruja?-me gritó.
-¡Lo que has oído, víbora!-Las chispas saltaron entre nosotras .
-¡Dadles una espada también a ellas!-sopesó Helgi. Hubo más risas y después Ulf presentó el segundo round. Le cogí la mano a Eric y se la apreté. Olaf miró hacia Eric y noté su risa maléfica y sus ojos perversos. Se la iba a cobrar.
-Eric…
-Chist-me apretó la mano y me indicó que mirara el combate-Haga lo que haga, lo hará bien. Ya ha llegado muy lejos.
Olaf se golpeó el casco con la espada de madera, Leif se balanceó de lado a lado, intentando adivinar por dónde le vendría el golpe y cómo sería. Olaf había ganado todo el rato atacando con el escudo, usando su fuerza bruta, y Leif lo sabía, podía leerlo en su pequeña mente aguda. Olaf embistió como un toro, Leif le esperó, pero en vez de oponer resistencia al golpe se dejó llevar y giró a la misma velocidad que Olaf embestía. El escudo de Leif se deslizó por la superficie del escudo del joven orco, Leif giró con la agilidad propia del que no es un trol con gigantismo y con su espada le asestó a Olaf un golpazo en la cabeza.
-¡AHHHHH!-Abracé a Eric, que sonrió y me devolvió el abrazo. Salí corriendo y abracé a mi pequeño vencedor. Chupé un piquito de mi delantal y le limpié una herida en la mejilla.
-Sookie…-protestó él. Todo el mundo le aclamaba.
-El justo vencedor es Leif ¡mi nieto!-anunció Halvar levantando el brazo del niño-Nieto de Halvar "Jinete Audaz", hijo de Eric "Puño de Hierro", sobrino de Leif "PiernasFuertes"-le dijo su abuelo-Leif "Mata gigantes" ha vencido hoy a Olaf "el orco"-me guiñó un ojo y solté una risita.
Leif ganó a su rival de semifinales. Primero le asestó un golpe en el brazo y después, consiguió tocarle con la espada de madera en la cabeza, sin embargo perdió contra su oponente en la final. Ganó el primer punto con un golpe en la pierna, perdió el segundo por un mismo golpe, y el tercer punto se lo llevó su adversario tras golpearle en la espalda. Fue un combate disputadísimo y todos estábamos muy orgullosos de él, pero él no podía estar más decepcionado.
La noche había caído y era hora de que los más pequeños se fueran a dormir, también era la hora en que se retiraban los ancianos y las mujeres embarazadas, porque a pesar de la hoguera, a cielo abierto hacía frío.
Antes de eso, Halvar nos sentó alrededor del fuego y contó una de sus historias de jefe. Había oído las historias del viejo vikingo, y temí que pudiera contar cosas poco apropiadas para oídos infantiles, pero Halvar nos contó un episodio de su vida en el que en plena estepa siberiana, una noche en la que la luna crecía, dio muerte a un berserker, completamente desnudo y que tenía la capacidad de convertirse en oso. Estoy segura de que se trataba de un hombre oso. Los niños y yo escuchamos con atención y cuando hubo acabado la historia, las mujeres retiramos a los niños a sus casas.
Varios jóvenes cogieron sus flautas y flautines de hueso y empezaron a tocar mientras el skald (el poeta) recitaba poemas acompañando a la música. Como en todas las culturas, los hombres preferían beber y las mujeres, bailar. Acosté a Audr entre protestas y a Erik con más protestas aún, porque a su hermano Leif-un poquito mayor-sí le habíamos dejado quedarse.
