—No me digas nada, Lázuli. Ya sé quién es este señor.
Lapis sonrió. Era lindo y simpático el esposo de su hermana. Avanzaron uno hacia el otro, y Krilin, con una naturalidad encantadora, se empinó sobre la punta de los pies y dijo un tanto emocionado:
—Eres Lapis.
—Sí, y tú, Krilin.
Los tres se echaron a reír.
—¿Sabes, Krilin? Me parece imposible que hayas querido a esta loca. ¿Te contó toda su vida?
—Por supuesto. Ni siquiera omitió sus días de cárcel.
—Una mujer debe ser sincera hasta para referir las cosas desagradables de su vida a su hombre.
—Y es lo que más me satisfizo de ti, Lázuli, ten la plena certidumbre. Sé que no me engañarás nunca, y si lo haces, me lo dirás arrepentida —y riendo, añadió—, pero no me engañes, ¿eh? Ahora tengo que dejarlos. Una clienta me espera. Ven por la noche a cenar con nosotros —le dijo sonriendo a Lapis—. Invitaremos a Pan y formaremos un buen cuarteto.
Lapis frunció el ceño. ¡Pan! Se llamaba como la enfermera… Siempre guardó un grato recuerdo para la muerta. Por supuesto, no amargó su vida. Pero su muerte siempre pesó sobre su conciencia.
—¿Pan?, preguntó distraído.
—Es nuestra jefa.
Lázuli le guiñó un ojo.
—De la que… te hablé hace, ejem, hace un instante.
Krilin se echó a reír.
—No te pongas tan misteriosa, Lázuli. Ya sé que Pan es una belleza auténtica.
—Conocí a una mujer llamada así.
Krilin y Lázuli lo miraron con curiosidad.
Y de pronto, alterado, escondiendo una extraña ansiedad, pensó en la señorita Saiyaman. Pan Saiyaman… Saiyaman Pan… Son Pan… Pero…
—¿Se… se llama Son Pan?
—Sí.
Tragó saliva. Se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Trabaja aquí… en el salón de belleza?
—Es la directora.
—Ya. Tengo… —había que inventar algo. No podía salir de allí sin verla. Pero ¿no estaba muerta? Claro que sí. Qué penosa coincidencia—. Tengo una clienta con un barrito en la cara muy desagradable. Tal vez un tratamiento aquí… ¿Sería difícil verla?
—Ahora mismo imposible. Está en su oficina con dos clientas muy importantes. No creo que la dejen libre en una hora. Además, tiene en la sala de espera otra visita y citadas otras dos.
Se tranquilizó. Sería absurdo que Pan… Claro que no.
—Bueno —dijo consultando su reloj—. Acepto la cena.
—Estupendo.
—Pero con una condición.
—Que asista Son Pan, ¿no, picarón?, rió Lázuli.
—Exacto. Tengo curiosidad. Apuesto —dijo con una ansiedad que no observaron en él— a que tiene los ojos negros.
Lo miraron asombrados.
—¿Por qué lo sabes?
—Todas las mujeres un poco independientes tienen los ojos negros y el… el… —¿lo diría? — el pelo negro.
—Caramba. ¿Te dedicas a la medicina o eres adivino?
Era ella. Pero… ¿por qué? ¿Había resucitado? ¿Cómo? Se despidió sin responder. Subió al auto y respiró hondamente.
Llegó a la clínica excitadísimo. Se encerró en su consultorio y marcó un número de teléfono. Desde que dejó aquel lugar vivía en contacto con los médicos que fueron en su ayuda en esa fatídica ocasión. Recordaba muy bien al médico que le dio la noticia de su muerte.
—¿Podría hablar con el doctor Carton? Soy el doctor Diecisiete.
La voz gangosa de una enfermera respondió al otro lado.
—Ahora mismo, doctor Diecisiete. Espere un segundo.
Y casi inmediatamente la voz jovial de Jim.
—¿Qué pasa, Lapis?
—Una pregunta, Jim. Recuerdas a mi enfermera, aquélla que murió durante la epidemia.
—Sí, lástima que muriera.
—¿Estás seguro de que se haya muerto?
—Claro. Yo mismo ordené que la unieran a los demás cadáveres —Lapis se estremeció— ¿Qué es lo que ocurre?
—Existe una Son Pan, tiene ojos negros y el pelo negro.
—Teñido —rió Jim tranquilamente—. Pero, hombre… ¿no ves que las mujeres ahora se cambian la cara y el pelo a su gusto cuantas veces quieran? En cuanto al nombre, hay cientos de Son en la Capital del Norte y Oeste y miles de Pan.
—Sí, puede que tengas razón. Pero, espera, Jim. Voy a hacerte otra pregunta. Y medita antes de responder. ¿Estás seguro de que estaba muerta? ¿Estás seguro de que la quemaron con los demás cadáveres?
—Maldición, haces cada pregunta que dejas a uno indeciso. Por supuesto que estaba muerta. En cuanto a quemarla…
—Gracias, Jim. Buenas tardes.
Colgó y quedó pensativo. Sí, posiblemente era una idea suya. Había muchos nombres y apellidos iguales. Y muchos ojos negros. En cuanto al pelo… Jim tenía razón.
Pese a la tranquilidad que pretendía imponerse, trabajó toda la tarde como un autómata. Cuando a las ocho cerró la consulta, decidió ir al salón de belleza. Tenía que ver por sí mismo a aquella mujer.
—Se lo ruego, Pan.
—Lo siento, Krilin. No soy divertida ni amena. Prefiero la soledad.
—Ya le digo que hemos invitado al hermano de mi esposa. Supongo que habrá oído usted hablar de él. Se trata de ese médico famoso que tiene los mejores pacientes de la Capital del Norte.
—Sí, sí, ya oí hablar de él.
—Por favor, acepte usted.
—Imposible.
—Está bien —admitió Krilin, desilusionado—. Lázuli lo sentirá.
Al quedarse sola, apretó los labios. Otra vez Lapis en la superficie de su vida. No sabría de ella jamás. La dejó morir. Si Dios no le da un poco de fuerza en aquellos instantes trágicos de su vida, la habrían quemado viva. No. Ello no volvería a resucitar.
Recorrió las instalaciones del salón de belleza, incluyendo éste. Fue apagando las luces. Cerró con llave y subió a su casa.
